Capítulo 10:
Por el contrario que en anteriores viajes, no había limusina esperándolos. Inuyasha se dirigió al aparcamiento, donde se detuvo junto a un Mercedes descapotable de color rojo.
–¿Es tuyo? —le preguntó Kagome mientras se acomodaba en el lujoso asiento de cuero beis.
—Por supuesto —respondió él tras meter el equipaje en el maletero y sentarse tras el volante—. Siempre tengo un coche aquí. Cuando no estoy trabajando, me gusta conducir.
–Estoy segura de que eso no ocurre con frecuencia.
–No con tanta como me gustaría.
Inuyasha apretó un botón y comenzó a retirar la capota del coche. Kagome levantó el rostro para recibir plenante los rayos del sol.
–¿Has sido siempre un adicto al trabajo o es algo te ocurrió al cumplir los treinta años? —le preguntó ella mientras se marchaban del aeropuerto.
—Supongo que siempre me ha gustado mucho mi trabajo. Me resulta emocionante, lleno de desafíos. Ciertamente, después de mi divorcio, decidí que seguramente resultaba más satisfactorio que la vida social. ¿Y tú? ¿Has sido siempre una adicta al trabajo?
—Supongo que me ocurre lo mismo que a ti, sólo que yo no me he divorciado. También me gustan los desafíos.
–¿Qué ocurrió con ese tipo... con el que te hizo daño?
Lo inesperado de aquella pregunta tan personal hizo que Kagome dudara.
–Simplemente no funcionó. Yo pensaba que iba en serio, pero resultó que me equivocaba.
–¿Y lo amabas?
Kagome se mordió los labios. Siempre había creído que sí. Sin embargo, había comprendido por fin que los sentimientos que tenía hacia Kouga no se parecían en nada a lo que sentía por Inuyasha.
–Creo que ya no importa, ¿no te parece?
-No. Supongo que no.
Lo más extraño de todo era que sí importaba. ¿Qué demonios le pasaba? Él no era celoso. Jamás lo había sido y nunca lo sería. Además, aquel tipo era ya historia. Kagome le pertenecía a él. Tal vez la falta de sexo le estaba afectando el cerebro. Más de un mes de abstinencia le estaba pasando evidentemente factura y necesitaba ponerse al día con las necesidades de si. cuerpo. Un tiempo de relax en el dormitorio, en el salón, en la cocina... Donde fuera. Habían llegado ya a una carretera secundaria. El paisaje se había ido haciendo más suave. Iban rodeando la costa, donde las montañas cubiertas de árboles llegaban hasta el mismísimo Mediterráneo. De vez en cuando, se vislumbraba una playa de arenas blancas completamente desierta.
El silencio se apoderó de ellos.
–Todo esto es muy hermoso -dijo ella.
–Sí.
De repente, Inuyasha se apartó de la carretera y aparcó en un mirador desde el que se podía admirar la costa. El corazón de Kagome empezó a latir alocadamente hasta que se dio cuenta de que él se había detenido para contestar a una llamada.
Trató de relajarse. Hacía mucho calor. Inuyasha estaba hablando en griego y su voz le resultaba a Kagome increíblemente sexy. La envolvía como el día, de un modo cálido, lánguido y placentero.
Observó la costa. Se veía un yate de velas blancas sobre el mar azul. Justo en la curva de la bahía se asomaba al mar una casa medio oculta por el verdor de la colina. Estaba pintada de blanco y los tejados eran rojos.
Inuyasha terminó su llamada y se fijó en lo que Kagome estaba mirando.
-¿Qué te parece esa casa?
-Es muy hermosa.
–Me alegro de que te guste, porque me pertenece a mí y allí es donde me gustaría crear un hogar contigo.
Estas palabras provocaron una emoción apenas contenida en el corazón de Kagome.
-¡Parece muy grande! Pensaba que te gustaban los apartamentos situados en el corazón de las grandes ciudades.
–Así es, pero ahora me voy a convertir en un padre de familia y mis prioridades han cambiado.
Una vez más, las palabras sonaron muy bien, tanto que Kagome tuvo que tragar saliva para tratar de mantenerse anclada a la realidad. Inuyasha estaba haciendo todo aquello por su hijo, no por ella. No debía olvidarlo nunca.
-Por supuesto, si quieres proseguir con tu profesión, podría ser que esto te resultara algo aislado, pero ya veremos cómo podemos solucionarlo. Puedes ir y venir a Atenas desde aquí.
–¡Primero tendré que aprender griego!
-Bueno, con eso puedo ayudarte yo. Creo que te podría dar unas cuantas clases particulares...
Con eso, Inuyasha volvió a arrancar el coche. Kagome se dijo una vez más que debía aferrarse a la realidad, recordar por qué y por quién estaba allí.
Cuando por fin llegaron a la casa, Kagome la observó completamente maravillada. Jamás había pensado que podría vivir en un lugar como aquél.
—Creo que todo mi apartamento entraría en una pequeña parte de una de las habitaciones de esta casa —comentó.
—Bueno, ya no necesitas tu apartamento. Sería mejor que lo pusieras a la venta.
Kagome decidió que no iba a tomar esa decisión precipitadamente. Su apartamento era una red de seguridad de la que no quería desprenderse. De todos modos, no le dijo nada a Inuyasha sobre sus intenciones.
Juntos, subieron las escaleras que conducían a la casa.
—Como es tradición, debería atravesar el umbral contigo en brazos —dijo él.
—No creo que haya necesidad alguna de eso. No se puede decir que seamos una pareja tradicional, ¿no?
En cuanto ella terminó de hablar, Inuyasha la tomó en brazos. Como la pilló desprevenida, a Kagome no le quedó más remedio que agarrarse a los hombros para no caerse. Estar entre los brazos de él le provocó una oleada de recuerdos.
Se acordó de la primera vez que hicieron el amor en el piso de Kagome. Recordó los sentimientos, la exquisita ternura de sus caricias combinada con la dominación total a la que sometió a su cuerpo.
Quiso apoyarse contra él y estrecharse con más fuerza contra su cuerpo, ceder a la necesidad que se acababa de despertar en él. Tuvo que echar mano de todo su autocontrol para no hacerlo.
—¿Me vas a dejar en el suelo? —le preguntó en cuanto cruzaron el vestíbulo.
—Por supuesto que no —respondió él. Comenzó a subir por las, escaleras y a recorrer la galería de la primera planta.
El corazón de Kagome comenzó a latir a toda velocidad al ver que él abría una puerta y la colocaba en el interior de un dormitorio. Durante un instante, no supo qué hacer. Inuyasha la miraba con una intensidad que parecía capaz de incendiarla.
—Bien, señora Taisho. Éste es exactamente el lugar en el que he querido tenerte todo el día... donde te he imaginado... De hecho, quizás por más tiempo que eso...
Kagome tragó saliva. Allí era precisamente donde también ella llevaba todo el día imaginándose. Lo deseaba mucho, pero también se sentía asustada de mostrarle sus verdaderos sentimientos y de entregarle su corazón sólo para que él lo hiciera pedazos.
Inuyasha comenzó a acariciarle suavemente la mejilla.
—Esto es lo que tus ojos me han estado pidiendo desde que entraste en mi despacho.
—.¡Eres el bombre más arrogante y presumido que he conocido nunca, Inuyasha! — exclamó, con voz temblorosa, pero no tanto como su cuerpo cuando, con la otra mano, comenzó a desabrocharle el botón superior de la chaqueta.
Inuyasha notó el modo inconfundible en el que ella comenzó a temblar cuando los dedos le rozaron la piel y cómo los pezones se le erguían contra la cremosa seda. Sonrió. A pesar de la oposición que ella presentaba, la química aún seguía ardiendo entre ellos. El lo sabía y ella también. Kagome sentía cómo el corazón le latía con fuerza contra el pecho. Los labios de Inuyasha estaban a pocos centímetros de los suyos y deseaba que él la besara. Lo deseaba tanto que le dolía todo el cuerpo.
Desesperadamente, trató de contraatacar sus sentimientos.
—Si quieres que te diga la verdad, no te he mirando con nada más que desconfianza desde el momento en el que entré de nuevo en tu despacho. Se obligó a decir estas palabras. No podía permitir que él pensara ni por un instante que su corazón le pertenecía. Tenía que mantenerse fuerte. Tenía que acordarse de que él le había permitido que se alejara de él, que no había quiero tener una relación verdadera con ella hasta que se enteró de que estaba embarazada.
Inuyasha se echó a reír.
—Entonces, aquella mañana en mi apartamento es sólo producto de mi imaginación, ¿no?
El rostro se le cubrió de rubor al recordar lo mucho que lo había deseado. ¿Cómo se atrevía a mencionar algo así y a reírse de ella?
—A veces ni siquiera me gustas.
—¿No? Pero sí que te gusta lo que mi cuerpo puede hacer por ti. Siempre ha sido así —susurró. Entonces, le rozó los senos con los dedos y se los acarició a través de la seda. Kagome cerró los ojos al sentir un éxtasis inmediato.
Inuyasha se acercó más a ella y la besó apasionada y posesivamente. Así era como Kagome quería estar, entre sus brazos mientras que los labios de él la devoraban. Le devolvió el beso y levantó las manos para acariciar los amplios contornos de su musculado torso.
—¿Ves? Puedes fingir todo lo que quieras, Kagome, pero los dos sabemos que estamos bien juntos y que tú sigues deseándome tan desesperadamente que te duele.
Mientras hablaba, deslizó una mano por el cuello del vestido. Entonces, comenzó a quitarle la chaqueta. Al terminar, la tiró al suelo. La respiración de Kagome se aceleró con una mezcla de aprensión y deseo.
—Ahora, tú me perteneces...
Las arrogantes palabras de Inuyasha inflamaban sus sentidos, del mismo modo que lo hacían los labios contra su piel. Kagome se inclinó sobre él débilmente, gozando con el contacto de sus cuerpos y la sensación posesiva de las manos sobre la cintura.
Inuyasha comenzó a desabrocharle los botones de la parte posterior del vestido hasta que se le cayó de los hombros. Ella levantó las manos para tratar de sujetarlo, pero él se las apartó rápidamente.
Inmediatamente, el vestido cayó al suelo y Kagome quedó frente a él ataviada con un conjunto de lencería de braguitas y sujetador de encaje. Inuyasha admiró el cuerpo que tenía enfrente. Era tan hermosa... Había perdido un poco de peso desde la última vez que hicieron el amor, pero su cuerpo seguía aún siendo perfecto. Tenía los senos levantados y redondeados sobre el sujetador. La cintura era muy estrecha y las caderas presentaban una suave curva. Sólo mirarla le proporcionaba una sensación de placer increíble.
-Eres tan bella, Kagome...
El modo en el que la miraba y el sonido gutural de su voz hicieron que ella se deshiciera por dentro. Lo deseaba tanto... Inuyasha levantó las manos y le acarició los senos a través del encaje.
-Hay tantos asuntos inacabados entre nosotros...
Kagome levanto la cabeza para encontrar los labios de Inuyasha. Cuando se unieron, ella sintió que las defensas que había construido para defenderse se desmoronaban y se hacían pedazos. Gruñó de placer cuando él le tiró del sujetador y comenzaron a acariciarla con una pasión que le hizo gemir de deseo. Cerró los ojos cuando él la apretó, jugando con ella, torturándola, antes de bajar la cabeza y meterse un duro y erecto pezón en la cálida boca.
Tembló de excitación y terminó por perder definitivamente el control. Le enredó las manos en el cobrizo cabello y luego le arañó la espalda a través de la camisa con las uñas mientras se apretaba con más fuerza a él. El deseo que sentía por Inuyasha era una fiebre que la consumía sin remisión.
—Ah, veo que mi gatita salvaje ha regresado —dijo él, riendo de placer.
Después, la tomó en brazos y la tumbó sobre la cama.
Entonces, se sentó a horcajadas sobre ella, besándola, acariciándola y torturándola con la lengua hasta que ella empezó a jadear y se volvió loca de deseo por él. Kagome trató de desabrocharle los botones de la camisa, pero las manos le temblaban demasiado. Inuyasha la ayudó y muy pronto la camisa terminó en el suelo. Durante un segundo, Kagome admiró aquel poderoso torso.
—Tienes un cuerpo perfecto —murmuró mientras le recorría los hombros con una mano.
Inuyasha se echó a reír.
—Me has robado la frase —susurró, sin dejar de acariciarle los senos. Apretó los pezones con los dedos, hasta que vibraron de placer y necesidad. Presa del éxtasis, ella cerró los ojos—. Te gusta eso, ¿eh?
Sin esperar a que ella respondiera, comenzó a bajarle las manos por encima de las costillas hasta lle garle a las braguitas. Cuando encontró la entrepierna, empezó a atormentársela a través de la delicada seda. Ella gruñó de placer a medida que las caricias fueron haciéndose más firmes y más insistentes.
Kagome no podía pensar en nada que no fuera el placer que él podía darle y el vacío de necesidad que tenía en su interior.
—Inuyasha, te deseo tanto...
De repente, él se apartó de ella.
—¿Adónde vas? —le preguntó ella abriendo los ojos presa del pánico. Edward se echó a reír.
-Créeme si te digo que no me voy a marchar a ninguna parte...
Había estado conteniendo su deseo por un hilo, pero dado que ella se encontraba completamente preparada para él, decidió que iba a saborear el momento. Se desabrochó el cinturón y se quitó los pantalones.
-Dime otra vez lo mucho que me deseas —le ordenó suavemente mientras se quitaba los calzoncillos.
-Ya sabes lo mucho que te deseo —susurró ella. Se humedeció los labios y lo miró con aquellos ojos juguetones y sugerentes...
Estos gestos provocaron en Inuyasha un deseo tan grande que incluso comenzó a sentirse incómodo. Incapaz de soportarlo ni un segundo más, la tomó entre brazos y la estrechó contra su cuerpo.
-Te he echado tanto de menos, Kag...
Estas palabras le proporcionaron un placer como no da sentido en mucho tiempo. Inuyasha comenzó a besarle suavemente el rostro antes de tomar sus labios con pasión. Kagome gimió de placer cuando él se tumbó encima de ella.
Las sensaciones eran puro gozo sensual.
-No sé cómo he podido esperar tanto tiempo para ver a poseerte...
Suavemente, le introdujo la lengua entre los labios y le agarró con fuerza la cintura.
Con un rápido moviento, le quitó las delicadas braguitas que ella llevaba puestas.
Cuando Kagome sintió que la penetraba, gritó de placer. Le recorrió ávidamente los anchos contornos de sus hombros y se pegó a él todo lo que pudo. Inuyasha sonrió.
—Esta es la Kagome que yo recuerdo tan bien, la Kagome que me gusta hacer jugar, atormentar y dar placer... –Aderezó las palabras con deliciosos besos en el cuello .
Ella le rodeó la cintura con las piernas, sujetándolo así con fuerza y entregándose al placer que le proporcionaba su cuerpo. Inuyasha la deseaba con una fuerza que lo abrumaba por su intensidad. Se sentía como si hubiera estado pasando hambre, por lo que se dispuso a darse un ban quete. La poseyó con fuerza, hundiéndose en ella con profundos movimientos hasta que los dos se convirtieron absolutamente en un cuerpo. Le habló en griego. olvidándose de todo, casi hasta de quién era en la bruma de tan poderoso deseo. Al tiempo que ella igualaba su pasión y que su cuerpo se fundía con el de él. Kagome comenzó a gritar su nombre hasta explotar presa de un largo y orgásmico placer. Inuyasha la siguió poco después y ella lo abrazó con fuerza, absorbiendo los temblores de su cuerpo y acariciándole suavemente los hombros. Entonces, giró el rostro para encontrar sus labios y beber de ellos.
Durante mucho tiempo después, los dos permanecieron abrazados, completamente agotados. El cuerpo de Inuyasha estaba muy caliente y sus brazos eran como apretadas bandas de posesión contra ella. Kagome se acurrucó contra él, gozando con el sentimiento de calidez y cercanía. Lo había echado tanto de menos... Quería gritar de puro placer al sentirse de nuevo entre sus brazos. El hecho de que él le hubiera dicho que la había echado también de menos se entrelazaba placenteramente con sus felices sentimientos. Tal vez aquel matrimonio podría funcionar. Tal vez tenían una posibilidad. Tal vez él comenzaría a enamorarse de ella.. Después de todo, en la situación correcta, el amor podía nutrirse y cultivarse hasta que brotara como una flor.
Inuyasha le dio un beso en la frente y ella sonrió. Se sentía tan feliz... Entonces, él se apartó de Kagome ligeramente y la miró. Había sabido que la deseaba, pero la fuerza total de esa necesidad lo había sorprendido por completo. Había perdido el control y eso nunca le ocurría a él.
La deseaba de nuevo, en aquel mismo instante. Esa repentina necesidad lo enojó profundamente. No quería sentirse así. Ansiaba sentirse saciado, que el embrujo con el que ella le había hechizado remitiera para que pudiera poseerla de nuevo a su gusto y cuando le conviniera. Quería controlar por completo sus sentimientos.
—Dime otra vez que me has echado de menos —susurró ella. La pregunta se clavó en él como si fuera una espina.
—Ya sabes que te he echado de menos. Eres muy buena en la cama, Kagome.
Ella sintió que su mundo se hacía pedazos. Realmente lo había creído cuando él le había dicho que la había echado de menos. Sin embargo, lo que de verdad había añorado había sido su cuerpo, nada más. ¿Aprendería alguna vez? ¿Cómo podía ser tan estúpida? La vergüenza se apoderó de ella al recordar lo apasionada y ávidamente que lo había necesitado.
—¿Te apetece algo de beber? —preguntó él para apartarse de ella.
—Me vendría bien un poco de agua —respondió. Alcanzó rápidamente su ropas y su ropa interior. Las manos le temblaban mientras trataba de abrocharse el sujetador.
Inuyasha la observó. Le encantaba el aspecto que tenía después de las relaciones sexuales, con el cabello todo revuelto y la piel sonrojada. Dios, la deseaba tanto...
—Haremos el amor otra vez más tarde —le dijo secamente.
—Creo que iré a darme una ducha y a cambiarme.
—Kagome, ¿te encuentras bien? —le preguntó, sujetándola antes de que pudiera marcharse.
—Por supuesto.
—No te he hecho daño, ¿verdad?
—No. Ha estado bien.
—¿Bien? —preguntó él frunciendo el ceño—. Pensaba que había estado más que bien.
—No estarás preocupado por tu habilidad sexual, ¿verdad, Inuyasha? Has estado bien. No tienes motivo de angustia. Ha sido más que... adecuado.
Supo que había ido demasiado lejos cuando vio que los ojos de Inuyasha se oscurecían. Él estaba acostumbrado a que lo alabaran en la cama, a mujeres que lo idealizaban.
—¿Adecuado? —repitió él. Entonces, Kagome se encogió de hombros y trató de marcharse, pero él la agarró por la cintura y tiró de ella—. Dímelo otra vez — añadió, al tiempo que se la sentaba sobre las rodillas. Ella estaba muy sexy con sólo la chaqueta y la ropa interior.
—Inuyasha, me voy a dar una ducha. No tengo energías para calmar tu ego.
—Muy divertido, Kagome. Bien, veamos si puedo conjurar algo de energía, ¿quieres?
La estrechó contra su cuerpo y la besó. Durante un instante, ella trató de resistirse, de comportarse como si aquel beso no significara nada, pero después de un instante la pasión empezó a tomar forma dentro de ella. Le devolvió el beso ardientemente.
—Dímelo otra vez —murmuró él mientras introducía la mano por debajo de la chaqueta para acariciarla.
El modo en el que la estaba acariciando hizo que ella sintiera miedo de que él pudiera demostrar su teoría demasiado fácilmente.
—No, Inuyasha, detente...
Volvió a bajarle el sujetador y le acarició duramente los senos.
—¿Qué era lo que estabas diciendo? —le preguntó él juguetonamente mientras sentía cómo el cuerpo de ella comenzaba a responder.
¿Qué había estado diciendo? No se acordaba. No recordaba nada excepto lo bueno que era lo que Inuyasha le estaba dando.
—Inuyasha, no pares —susurró.
—No tengo intención alguna de ello —respondió él, con voz ronca—. Ninguna en absoluto.
Kagome levantó la cabeza para recibir de pleno los chorros de la ducha y dejó correr el agua sobre el rostro. Después del calor de su pasión, necesitaba refrescarse un poco. ¿Cómo era posible que Inuyasha fuera capaz de excitarla de aquella manera? ¿Cómo podía hacer que se sintiera tan viva, tan excitada, delirante de pasión y luego completamente saciada? Y después, tan triste...
La primera vez que hicieron el amor fue salvaje, pero en la última Inuyasha la había poseído tan tiernamente que ella había sentido unas profundas ganas de llorar.
Se recordó que era sólo sexo. Inuyasha sólo había querido demostrarle lo mucho que podía controlarla y excitarla. Y la ternura había sido sólo por deferencia al hecho de que ella estuviera esperando un hijo. No había motivo alguno para soñar o esperar amor o palabras cariñosas.
Simplemente no iba a ocurrir.
Cerró el grifo del agua y salió de la ducha. Se puso uno de los esponjosos albornoces que colgaban de la puerta antes de regresar de nuevo al dormitorio.
Inuyasha se había marchado ya hacía treinta minutos,pero debía de haber regresado mientras ella estaba en la ducha porque sus maletas estaban junto al armario. Abrió la suya y se preguntó qué se iba a poner.
Inuyasha había mencionado algo sobre una cena íntima a la luz de las velas en la terraza. Aquel pensamiento le tensó el corazón de dolor. Tenía todo lo que se podía esperar de una luna de miel romántica, pero no había sentimientos. ¿Estaba destinada a seguir así con su matrimonio? ¿Y si Inuyasha se cansaba de ella? A él le gustaban los desafíos y, si ella dejaba de suponerlo. podría ser que quisiera buscarse otra conquista. Ella se convertiría exclusivamente en la esposa que le había dado un heredero.
Se sentó en la cama. ¿Por qué se torturaba con esos pensamientos? Necesitaba parar. Necesitaba conseguir que no le importara.
Miró a su alrededor. Todo era lujo y comodidad. Le habría gustado tumbarse un poco a descansar después del viaje, pero sabiendo que Inuyasha podría entrar en el dormitorio en cualquier momento, se levantó y se dirigió hacia las ventanas.
La noche había caído rápidamente. Apenas podía distinguir las oscuras siluetas de los cipreses contra el cielo y el plateado brillo del mar a la luz de la luna. Después de respirar ávidamente el aire del mar, se sintió un poco mejor. En la distancia, se escuchaba el canto de las cigarras y el murmullo constante del mar contra la playa.
Decidió que se vestiría. Se reuniría con Inuyasha y se mostraría fría y reservada. No podía hacerlo así cuando él la besaba o le hacía el amor, pero sería capaz de conseguirlo en circunstancias normales del día a día. Tenía que ser fuerte si quería conseguir que aquel matrimonio funcionara. Rebuscó en la maleta y encontró un vestido de flores en tonos pastel. Se lo probó y comprobó que resula femenino, pero muy sexy. Lo que buscaba. Se tomó su tiempo para secarse el cabello y maquillarse. Eran casi las nueve cuando salió del dormitorio y bajó las escaleras.
La casa era magnífica. Una araña arrojaba luz sobre grandioso vestíbulo y a ambos lados se abrían salas proporciones majestuosas. Cada una de ellas, a su vez, daba a una gran terraza que recorría la parte principal de la casa. Mientras estaba en el umbral de una de las dos salas, vio que Inuyasha estaba en la terraza mirando el mar. Parecía perdido en sus pensamientos. ¿En qué estaría pensando? Se preguntó si aquella sa tendría recuerdos de su primera esposa... si habían vivido allí juntos.
Iba a marcharse de allí cuando él se dio la vuelta y vio.
—Ven aquí conmigo —dijo—. Hace una tarde preciosa.
Kagome hizo lo que él le había pedido. Inuyasha estaba vestido con unos pantalones y una camiseta negros. Estaba tan guapo, tan fuerte y tan vital que sintió que le hacía un nudo en el estómago. Habría hecho cualquier cosa por abrazarlo, pero no se atrevió. Había vuelto a colocar sus barreras de protección. Tenía que manejar la situación con mucho cuidado y protegerse. Inuyasha la miró. Ella rápidamente se puso a observar el paisaje.
—Desde aquí hay una vista fabulosa —murmuró. El jardín conducía a una playa privada con un muelle en que había anclado un pequeño yate.
—Sí, es un lugar muy bonito.
—¿El yate es tuyo?
Durante un momento, Inuyasha no respondió. Parecía hundido en profundos pensamientos.
–¿Inuyasha?
—En realidad, lo compré para Kikiou—dijo. De repente, se dio la vuelta para darle la espalda a la vista y centrar en Kagome toda su atención—. Quería aprender a navegar, pero no le tomó gusto al agua y se aburrió después de un tiempo. Debería librarme de él, pero no he tenido tiempo.
Tal vez tampoco quería. Tal vez los recuerdos se lo impedían.
–¿Significa eso que Kikiou y tú vivisteis aquí? —preguntó, tratando de que su voz sonara casual.
–Durante unos meses, pero ella es una mujer de ciudad, por lo que regresamos a Atenas. Esta casa pertenecía a mis abuelos. Me le dejaron a perpetuidad, para mis hijos y para los hijos de mis hijos. Yo solía venir mucho aquí cuando era niño.
—Debiste de tener una infancia idílica.
—Sí, tuve suerte. Provengo de una familia muy grande y muy unida. Mi infancia fue muy segura. Eso es lo que quiero para nuestro hijo.
—Eso es lo que yo quiero también.
—Hemos hecho lo que debíamos, ¿sabes?
Kagome asintió, aunque no parecía muy contenta. Inuyasha frunció el ceño al notar el gesto de preocupación de su esposa.
—Seremos felices. Nos esforzaremos por ello.
—Sí, claro que nos esforzaremos. Y el hecho de que no nos amemos se convertirá de algún modo en algo aceptable.
Probablemente no debería haber pronunciado estas palabras. Durante un instante, se produjo un tenso silencio entre ambos. Entonces, él simplemente se encogió de hombros.
—Bueno, simplemente tendremos que esperar a que ocurra lo mejor, ¿no te parece?
El teléfono comenzó a sonar en el interior de la casa.
—Perdona, Kagome. Tengo que ir a contestar esa llamada.
Ella observó cómo se marchaba y, a continuación,volvió a centrarse en la vista. El yate flotaba suavemente sobre las aguas, mecido por una suave brisa que susurraba y silbaba entre las cuerdas que lo sujetaban. Kagome pensó tristemente que era casi como el fantasma de su primer matrimonio, que la observara desde el muelle, riéndose de ella...
Gracias por todos los reviews, alertas y favoritos.
La otra adaptación se llama Porcelana y los primeros capítulos que leí bueno a mi me encanto.
Un beso.
