Disclaimer: Ni la historia de la Saga Vanir, ni los personajes de Fairy Tail me pertenecen, solo los e mezclado para mi diversión.
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Natsu se encontraba en su casa. Tendido sobre su cama todavía podía oler en el colchón el perfume de Luce. Herido y abatido, había perdido tanta sangre que apenas tenía fuerzas para caminar, pero el aroma de ella lo mantenía todavía despierto.
Gray y Lyon estaban muy preocupados por él. Si Natsu no lograba recuperar a Lucy, él no podría sanar ni usar sus poderes. Una vez se había bebido de la cáraid ya no se podía volver a beber de nadie más por riesgo a acabar perdiendo el alma. Sólo de ella se podía. La cáraid lo mantendría con vida hasta la eternidad, igual que él a ella. Su sangre se convertiría en el mejor manjar, en el origen de su poder. Sin ella, poco a poco, el vanirio perecería. Y si bebiera más de una vez de otra que no fuera su cáraid perdería su alma y se convertiría en un nosferátum.
Gray atendió las heridas. Las limpió y le puso una pomada cicatrizante que poco haría en aquellos cortes profundos y en aquella carne quemada y lacerada. Le había costado extraer los trozos de cristales que se habían quedado clavados en su espalda y alrededor de la columna.
Natsu recordaba la cara de Luce cuando vio a Plue. Lo que ella no sabía es que él había encargado a Gray que se llevara al perro con ellos el mismo día que la sacaron de Barcelona. Entonces no entendió muy bien por qué iba a tener ese detalle con ella, teniendo en cuenta que la odiaba. Pero tal como habían ido las cosas luego no podía más que agradecer aquel instinto, aquella intuición. Aquel gesto podría hacer que ganase puntos con respecto a ella.
Había sonreído por aquella sorpresa. Él la había hecho sonreír, y quería volver a hacerlo. Estaba tan arrebatadora con aquella sonrisa blanca que le llegaba a los ojos. ¿Y sus dientes? Sus colmillos eran pequeños, femeninos y sexys. Estando como estaba, manteniéndose con las fuerzas que tenía en la recámara, sintió como se despertaba su virilidad. Ni medio inconsciente podía apagar el fuego que avivaba Luce en su interior.
Iba a ser su fin. Luce no podría perdonarlo. Ella no se entregaría a él. Pero había intentado protegerlo de los latigazos y además había oído cómo insultaba al prepotente de Sting por haberle pegado.
Y luego todavía no sabía si el contacto de su mano en la cara y los ojos tristes y llenos de dolor de su cáraid eran resultado de su abatimiento o realmente había pasado.
La necesitaba. Necesitaba tocarla y sentirla. Y todo, todo lo que le pasaba ahora, lo merecía. Ley de causa y efecto.
Gruñó y hundió la cara en la colcha.
De nada servía lamentarse. Sus fuerzas irían menguando, volvería su mortalidad y con un cuerpo humano esas heridas le producirían fiebres, infecciones e incluso la muerte. Y si no eran esas heridas cualquier enfrentamiento con un lobezno, un nosferátum o un humano con un arma podría matarlo. Y si no, finalmente, lo mataría la sed que sentía por ella. Ahora era vulnerable. Sin la alimentación de su cáraid, su cuerpo perdía todo el poder. Una debilidad que había sido capricho de los dioses. Los maldecía con toda su furia.
Pero no se iba a rendir. Aquella bella mujer de ojos lila y pelo dorado estaba muy equivocada si creía que él la iba a dejar en paz. Lucharía por ella hasta que su magullado cuerpo aguantara.
El dolor le advertía de que no aguantaría mucho, pero mientras tanto tenía que ir al aeropuerto en unas horas a recoger un regalo para Luce.
Se encontraba en su nueva habitación. En la mansión de su abuelo Makarov. Había que admitir que su abuelo tenía un gusto exquisito para la decoración. En menos de doce horas, realizando unas
cuantas llamadas y desplazando a todo un equipo de decoradores hasta su mansión, había preparado toda un ala sólo para el uso de Luce. Una zona sólo de su uso exclusivo, con todas las comodidades que una mujer de su edad podía necesitar. La habitación había sido pintada en tonos ciruela y la habían transformado en una suite de lujo, muy informal y joven. Ordenador, pantalla de televisión extraplana, equipo de música... El baño lo habían redecorado colocando una bañera hidromasaje de casi tres metros de diámetro. Y al lado, en una habitación contigua, habían montado un vestidor en tonos violeta pálidos que no tenía nada que envidiar al de Mariah Carey.
Sí señor. Su abuelo tenía clase y a un montón de gente dispuesta a trabajar para él. Pero nada de eso la había hecho olvidar lo vivido.
Sentada sobre la cama, apoyada sobre los grandes cojines de plumas, pensaba sobre lo dicho por Juvia.
«... Intenta escucharlo. Habla con él. Perdónalo.» Miró por la ventana. Eran las cinco de la tarde y pronto oscurecería. Estaba decidida a escuchar. Decidida a entender, si podía, el comportamiento de Natsu. No había dormido en toda la noche. Se sentía pesada y aturdida por lo que había visto. El cuerpo de Natsu magullado. Abierto. Sangrante.
Se cogió las rodillas y hundió la cara contra ellas. Tenía un nudo en el estómago y unas ganas de llorar y gritar que no acababa de comprender.
Dolía. El sufrimiento de ese hombre le dolía como si fuera suyo y las ganas de calmarlo la corroían hasta el punto de volverla loca. Sentía como si alguien le estuviera estrujando el corazón como una bayeta.
Esa noche, agarrada a las sábanas, había sentido como el frío y la soledad venían a por ella. Sofocada, había caminado por la habitación frotándose los brazos y pensando en él. En sus ojos, en su boca, en su pelo, en su cuerpo. Todo él exhalaba peligro por todos sus poros, pero después del castigo lo había visto doblegado y a ella le había preocupado su bienestar. Después de lo que él le había hecho ahora resulta que ella se sentía mal por su dolor. Natsu podía asustar, pero ella ya no sentía miedo. Ni de él ni de ella misma. ¿Por qué? ¿Qué le estaba pasando con ese hombre? Algo había cambiado en su interior y ese algo modificaba las emociones y los sentimientos que Natsu despertaba en ella.
Puede que la pusiera nerviosa, o que intentara poseerla de modos con los que ella no estaba de acuerdo. Puede que él estuviera realmente muy arrepentido por lo sucedido y si era así, ella era capaz de perdonar. Estaba en su naturaleza.
Su madre había perdonado a Rogue cuando la tomó violentamente por primera vez... Dejó caer la cabeza sobre el respaldo de la cama y miró al techo resoplando. Ojalá tuviera a Levy a mano para poder hablar con ella. Estaba hecha un lío. Se sentía furiosa con él, pero del mismo modo anhelaba verlo y consolarlo en su dolor.
Pero lo que había sucedido entre Natsu y ella era distinto de lo de sus padres. Distinto en las formas, en el fondo, en todo, y sin embargo estaba loca de verdad porque quería perdonarle y darle una segunda oportunidad.
Luce necesitaba poder sobrellevar su otra naturaleza. ¿Por qué Natsu la llamaba de ese modo? ¿Por qué despertaba sus instintos y la hacía sentir como si fuera una flor abriéndose en primavera? La naturaleza berserker la estaba comprendiendo, pero la vaniria ya era otra cosa. Y no la comprendía porque no la conocía. Sólo la había temido y se había alejado de ese lado oscuro en caso de que fuera realmente un lado oscuro y no un lado sólo gris.
Allí parada, mirando por la ventana cómo el sol poco a poco se iba poniendo, anhelaba concebir esa realidad nueva, bloquear sus miedos y coger los sentimientos que empezaba a despertar ese vanirio prepotente y desglosarlos. ¿Y si no era el síndrome de Estocolmo lo que ella tenía? ¿Y si deseaba realmente a ese hombre?
Porque se sentía igual. Con la necesidad de atarse los pies para no echarse a correr e ir hacia él. Hacia su captor. Hacia su torturador. Hacia su ladrón.
Tenía que hablar con Juvia. Tenía que comprobar que Natsu estaba bien. Y tenía un hambre de hiena en ayunas. Esperaría a que llegaran Sting y Gajeel a buscarla y llevársela a Londres para ir a la sede de Newscientists. Pero antes tomaría el aire y daría una vuelta por los alrededores para calmarse y encontrarse a sí misma. Iría al Tótem.
El tótem estaba más silencioso que nunca. No corría viento alguno y todo lo que la rodeaba se sumía en la calma y la inmovilidad de la expectación. Árboles, plantas y animales la cercaban como esperando ver algo nuevo. Ella los sentía, los podía oír. Un ciervo por allí, un jabalí por allá... Una liebre escapando de un lobo y ocultándose en una madriguera.
Luce sabía qué estaba haciendo allí. No sólo deseaba encontrar la paz. No, no era eso. Sentada y apoyada en aquel monumento al dios lobo, mientras arrancaba los pétalos de una florecita silvestre, meditaba sobre la verdadera razón por la que ella estaba allí.
Esperaba que Natsu la observara como hizo el día anterior. Esperaba que él estuviese vigilándola.
Decepcionada, y sin querer ahondar en el porqué de su decepción, después de tanto esperar se levantó, se espolvoreó los pantalones ajustados y se dispuso a regresar a la casa.
—Luce.
Cuando ella escuchó aquella voz melódica y profunda, el corazón se le agitó como una maraca. Exhaló intentando controlar el aire abrupto de sus pulmones y miró al frente.
Cubierto con una capucha procedente de su chaqueta de piel negra, vistiendo unos pantalones téjanos negros y calzando unas botas negras Natsu la miraba de arriba abajo. Con las manos metidas en los bolsillos, de pie, impertérrito e inquebrantable, ocupando todo el espacio y robando todo el aire del lugar.
Luce estaba muy bonita. Llevaba unas botas de montaña altas y desabrochadas que llegaban por debajo de las rodillas, unos téjanos cortos que se le amoldaban perfectamente al trasero y una camiseta blanca y ajustada de manga corta. Un pañuelo negro de seda le rodeaba el cuello y los extremos caían hasta cubrir la altura de los pechos. Tenía el pelo sujeto a una cinta de cuero marrón muy fina que impedía que los mechones se voltearan hasta su cara. Sus mejillas habían adquirido un tono rosado y se había pintado los labios de color carne que al ser palida daba más calidez y naturalidad de la que ya tenía a su rostro. Se había delineado los ojos con Kohl negro.
Su mirada violácea se clavó en la verdosa de él. Permanecieron mirándose, evaluándose unos instantes que parecieron íntimos y eternos.
—Has llegado más pronto —le dijo ella con un hilo de voz. —Otra vez.
Habían acordado que se reunirían a las cinco. Quedaba una hora y Natsu ya estaba en Wolverhampton. Con ella. A solas.
Luce tragó saliva y se pasó una mano por el cuello para echar la melena en un gesto femenino hacia atrás.
Natsu sintió cómo la ingle se le tensaba.
—El sol todavía está en lo alto —dijo ella controlando sin éxito el temblor de su voz. —¿Cómo puedes salir?
—Voy muy cubierto. Los cristales de nuestros coches están ahumados, llevo protección de 50 y además está muy nublado —contestó sin apartar los ojos de su boca.
Hablaban a cuatro metros de distancia. Ella no estaba segura de acercarse y él no estaba seguro de lo que haría si se acercaba a ella.
—Lo de la protección era una broma—dijo él con un gesto de diversión. —Estamos en una zona que se llama Black Country —explicó él dando un paso hacia ella y parándose al instante.
—El País Negro.
—¿Has estado estudiando? —le preguntó divertido.
—Internet. Sólo ojeé un poco.
—¿Sabes por qué se llama así? —preguntó dando otro paso hasta ella. Controlaba cada movimiento, evitaba ser brusco y ansioso. Al menos Luce no retrocedía.
—No, no lo sé —musitó con la voz ahogada.
Natsu percibió sus nervios, escuchó los latidos de su corazón que corrían acelerados. Acelerados por él, pensó complacido. Inhaló y se llenó los pulmones de su olor femenino.
—Black Country la forman cuatro comunidades —respondió con calor en la mirada. —Segdley, Dudley, Walsall y Wolverhampton, ubicadas en el centro de Inglaterra, al Noroeste de Birmingham. Aquí nació la primera revolución industrial. Todas las fábricas que hay en esta zona trabajan el acero y la fundición del hierro, y también hay grandes minas.
—Eres como la Wikipedia.
Natsu frunció el ceño y echó una pequeña y ronca carcajada.
—Más o menos. Las chimeneas de las fábricas expulsan humos constantemente y han creado sobre el cielo que abarca estas cuatro comunidades una espesa capa de ceniza negra que hace que por el día, el cielo se tina de colores grisáceos y oscuros y que por la noche y al atardecer el cielo se vea rojo. La capa que han creado las chimeneas no deja que el sol filtre como debería —dio dos pasos más y se plantó frente a la joven que lo miraba con los ojos muy abiertos, asombrada por lo que escuchaba. —Nos hemos acostumbrado a caminar bajo él.
—Por eso vivís aquí —era una afirmación.
—Nuestro clan siempre ha permanecido en estas tierras, en esta zona. Antes de que se erigieran las industrias y las fábricas, el suelo de tierra oscura y los gases que exudaban el interior de las minas ya cubrían estos cielos de un perceptible color ofuscado. A nuestro cutis nos va muy bien —bromeó sin sonreír.
Natsu asintió con la cabeza cuando vio que Luce no estaba para bromas. Tenía que dejar de comportarse como un adolescente inseguro.
—Y... ¿qué haces aquí? —preguntó ella frotándose los brazos, incómoda.
—Quería ver cómo estabas.
—¿Cómo sabías que iba a estar aquí?
—¿Cómo podría no saber dónde estás?
Luce lo miró a los ojos unos instantes, buscando en su mirada la sinceridad de sus palabras. Parecía que decía la verdad y a ella le alegró.
—¿Cómo estás tú? —preguntó ella con timidez. —La espalda tiene que dolerte, pero seguro que cicatrizas rápido.
—Tengo la espalda en carne viva —respondió él contrito. —Pero, es verdad. Cicatrizo rápido —mintió él estudiándola.
Luce agachó la mirada y frunció los labios.
—No debiste hacerlo.
—No estoy arrepentido —replicó Natsu buscándole los ojos. —Cada pinchazo me recuerda lo injusto que fui contigo, Luce. Me lo merezco.
Luce se giró y le dio la espalda. Temía mirarle a sus ojos esmeralda y quedarse hipnotizada por ellos.
—¿Qué haces tú aquí, Luce? —se acercó a ella hasta casi rozarle la espalda.
Su voz seductora le ponía los nervios en tensión.
Luce sentía el calor que irradiaba su cuerpo tan cerca de ella. Se aclaró la garganta y respondió:
—Necesitaba salir y tomar el aire.
Por el amor de Dios, ¿dónde había ido a parar todo el oxígeno del bosque?
—¿Por qué? ¿Acaso te sentías mal? —ronroneó. —¿Te sentías mal por mí?
—No —se apresuró a contestar dándose la vuelta para encararlo. —No, claro que no.
—Yo creo que deseabas encontrarme aquí, como ayer, porque necesitabas verme.
—Eres un pedante —gruñó ella avergonzada por haber sido descubierta. Pero antes muerta que reconocerlo. —Un patán.
—Puedo leer tu mente cuando quiera —cogió un mechón de ébano en sus manos y se inclinó a olerlo. —Pero no tengo tu permiso para hacerlo, así que no sabré si me mientes o no.
—Ayer te pedí que hablaras conmigo de mente a mente y no lo hiciste.
—Ayer, en aquel momento, no sabía ni cómo me llamaba. Además, quiero que me lo pidas en voz alta, no mentalmente.
—Dices que no sabes si miento o no y que por eso quieres entrar en mi cabeza —murmuró molesta. —Según tú, seguro que miento para variar —le arrojó el guante. —Nunca me has creído.
—¿Entonces, me estás mintiendo? ¿Te preocupas por mí?
Luce resopló irritada.
—¿Por qué puedes leer mis pensamientos? —notaba cómo la caricia del pelo se propagaba por todo su cuerpo y le ponía la piel de gallina.
—Conozco todos tus secretos. Puedo hablar contigo y hurgar en tu memoria. Es uno de los dones con los que los dioses dotaron a nuestra raza. Los vanirios podemos inculcar imágenes y podemos hipnotizar con nuestra voz, controlar mentalmente a alguien. Sin embargo, sólo podemos mantener conversaciones telepáticas con nuestras parejas vinculadas y con aquellos de los que hemos bebido, es así como podemos saber todo lo acontecido en la vida del donador.
—¿Yo fui una donante para ti? —preguntó con la mirada fría y acusadora. —¿Un banco de sangre?
—No.
—Porque yo no recuerdo haber firmado nada para que me dejaras seca —espetó apretando los puños.
—Tienes razón —la miró con ternura explícita. —Pero necesitaba hacerlo.
Luce exhaló todo el aire de sus pulmones y relajó los hombros, resignada.
—Entonces ya lo sabes todo de mí —dijo ella recelosa.
—Sí. Bebí de ti.
—No me gusta. Yo a ti no te conozco.
—Ya va siendo hora, ¿no te parece?
—¿Ése también es mi «don» ahora? —cambió de tema. No iba a contestar lo que le parecía. —¿Puedo hacer todo eso como vaniria? Natsu sintió su incomodidad.
—Tienes sangre vaniria. Sí, puedes hacerlo. ¿Quieres saber quién soy? ¿Cuál ha sido mi vida, Luce? ¿Entrar en mi mente? —le preguntó ilusionado por una respuesta afirmativa.
Sí. Quería saber quién era ese hombre que se había llevado su inocencia, y parte de su cordura. ¿Quién era el hombre que temía y anhelaba a partes iguales?
—No me interesa conocerte —mintió. —Pero ¿puedo contactar contigo cuando quiera? —preguntó con reservas.
—Puedes, si lo deseas. Sólo tienes que ponerle la intención. Visualizar en tu mente mi imagen y llamarme. Como una llamada telefónica pero sin móvil de por medio.
—Y podría hacerlo porque yo fui tu donador, y eso nos mantiene ligados —concretó.
Luce deslizó la mirada hasta sus labios delineados y carnosos y luego hasta el hoyuelo de su mentón.
—O porque estamos vinculados como pareja.
—¿Qué dices? —dijo ella horrorizada.
—¿Ya no me tienes miedo? —preguntó él frotando el mechón de pelo entre sus dedos. Ignoraba su tono resentido. Ella cedería tarde o temprano.
—Te tengo miedo Natsu y creo que eso no va a desaparecer nunca.
—Dejarás de temerme, ya lo verás.
—No puedo olvidar lo que me hiciste —murmuró fijándose en sus blancos colmillos. —No lo puedo olvidar.
No. No podía olvidar ni el dolor ni el placer que experimentó en sus manos.
—No puedo obligarte a hacerlo —reconoció con pesar. —Aunque podría.
Luce tembló y se apartó de él haciendo que soltara su pelo.
—Podría Luce. Podría inculcarte una imagen tuya y mía retozando en la cama como animales, sin miedos, sin inhibiciones. Y tú dejarías de temerme.
La imagen erótica de ellos dos haciendo el amor como salvajes la asustó tanto que tuvo que agitar la cabeza para hacerla desaparecer.
—¿Serías capaz? —le dijo entre dientes, furiosa y temerosa a la vez.
—Podría. Pero no lo haré —confesó con pesar. —Esa es una mancha que voy a llevar toda la vida. Me avergüenzo de ello, Luce, pero tengo que vivir con la culpa. Sólo te pido que me conozcas para que veas que nunca más te haré daño. Jamás.
—¿Y por qué tendría que confiar en ti?
—Porque vamos a vernos más de lo que esperas —volvió a acercarse a ella. —Y si voy a protegerte, necesito que confíes en mí.
—No eres mi protector, Natsu. Ya tengo a Makarov, Sting y Gajeel que cuidan de mí.
—No... —la aferró por los hombros y se cernió sobre ella, provocando que Luce tuviera que inclinar la cabeza hacia atrás para mirarlo. —No lo entiendes...
—¿Qué tengo que entender? —lo desafió. No. Ya no le tenía miedo.
—Tú... estás a mi cargo —suplicó con la mirada que no lo contradijera.
—No seas ridículo —espetó ella haciendo un gesto de incredulidad con los labios. —Y... y suéltame, Natsu —le empujó el pecho.
—Me está costando darte espacio Luce y no sé cuánto más voy a soportar esta separación —concedió con sinceridad. —Tú... me deseas —no era una pregunta.
Luce se quedó boquiabierta ante el atrevimiento de ese presuntuoso. Alzó una ceja incrédula por lo que acababa de oír.
—Claro, monstruo. Me muero por ti, cavernícola vanidoso —contestó burlándose de él e intentando mover el muro de su pecho.
Natsu apretó la mandíbula y se obligó a relajarse. Dejó de tocarla y se apartó dando un paso hacia atrás.
Al momento, ella anheló de nuevo su cercanía y se sintió estúpida y enferma por ello. ¿A qué estaba jugando? Se apartó un mechón de la cara.
—Mira. Necesito saber cosas sobre mi naturaleza vaniria —explicó queriendo serenar los ánimos. —Te he perdonado Natsu, así que no hay necesidad de mantener el hacha de guerra. He querido comprender que todo formó parte de una gran equivocación. Aun así, no me gustan vuestros métodos ni las ansias de venganza que tenéis. No voy a olvidarlo —le advirtió.
No, claro, él no quería ni el hacha de guerra ni que olvidara lo sucedido entre ellos. Él quería fumar «la pipa del amor».
—Yo no quiero estar en guerra contigo, princesa.
—Entonces: ¿Tú me vas a ayudar a entender esa parte de mí o tengo que acudir a otro para que me explique qué soy y de dónde vengo? Tu hermana me ha ofrecido su ayuda y esta noche...
—Te ayudaré en lo que sea necesario —sonrió con presunción. —No tienes por qué acudir a mi hermanita. ¿Qué quieres saber? —estaba irritado.
—Muchas cosas... Si no sois vampiros —dijo intentando desviar la tensión del momento, —¿qué sois? Ya sé que venís de los dioses, pero ¿me lo explicas mejor?
—Tu abuelo te habló de las dos razas de dioses que experimentaron con nosotros ¿verdad? —Luce asintió. —Los vanir, que eran los dioses que apoyaron a los aesir en el plan evolutivo de Odín con la humanidad, vieron que los berserkers adquirían cada vez más y más poder. Cuando se hibridaron con los humanos, la energía del Midgard podía llegar a desequilibrarse con lo que se necesitaba a otros guerreros que ayudaran a mantener la energía de la tierra y la protección de la humanidad, pero sobre todo unos guerreros cuya labor también era la de controlar a los berserkers de que no abusaran de su poder. Los berserkers son muy tribales y eran incapaces de acabar con la vida de los híbridos que se habían convertido al poder de Loki. Y fueron muchos. —Los lobeznos.
—Sí. Seguían viéndolos como parte de su clan. No se atrevían a matarlos, con lo cual las guerras no cesaban y los berserkers que no se habían corrompido caían en número ante los lobeznos que no tenían compasión ni escrúpulos a la hora de eliminarlos. Los vanir decidieron que era el momento de participar en ese plan evolutivo y de protección a la humanidad. Si los aesir tenían representación en el Midgard, ellos también querían tenerla. Además, era un modo de igualar las fuerzas con los aesir, un modo de cubrirse las espaldas también contra ellos. Ya habían tenido antiguos enfrentamientos y, aunque entonces ya habían firmado la paz, no era muy recomendable que uno de los dos grupos de dioses que controlaban el Asgard, tuviera un ejército tan fuerte a sus órdenes, y el otro ninguno. Además, Loki estaba apretando muchísimo con sus tretas y pensaron que no vendría mal la ayuda de otras manos.
—Y entonces os crearon a vosotros.
—Bueno, no exactamente. Somos mucho más jóvenes que los berserkers. Nosotros aparecimos hará unos dos mil años atrás. Una época en la que la oscuridad creada por Loki ganaba terreno en la Tierra y donde los berserkers apenas podían controlar todo el daño que se hacían los humanos entre ellos. Los vanir son unos dioses que no tienen nada de bélicos. No saben nada de la guerra. Son dioses que representan la riqueza, son los creadores de las artes mágicas, exaltan el amor, el placer y la sexualidad, y promueven la fecundidad y la paz. Pero quisieron tomar cartas en el asunto para ayudar a equilibrar la balanza. Así que estudiaron a los clanes de humanos guerreros que poblaban la tierra y los mutaron genéticamente. Tomaron a espartanos, vikingos y celtas, seres humanos que sabían del arte de la lucha y la espada y les ofrecieron una serie de dones. Njord, Frey y Freyja, los principales dioses vanir, fueron los artífices de nuestra transformación.
—¿Cómo os transformaron? —preguntó acercándose a él y deseosa de tocarlo e inspeccionar ella misma esos cambios.
Natsu se sintió vulnerable cuando ella se aproximó de aquel modo. Su pastelito de queso y frambuesas estaba ya demasiado cerca.
—Freyja fue la que nos dotó de todo el poder. Nos entregó la belleza física.
—¿Antes eras un adefesio? —le preguntó arqueando las cejas.
Natsu se echó a reír.
—Nos hizo atrayentes a los ojos de los demás y sexualmente muy activos, llenos de una vitalidad erótica que no tiene ningún otro ser en la tierra —eso último lo dijo en un tono tan ronco que Luce se estremeció. —Nos dio poderes curativos, con lo que nuestros cuerpos cicatrizaban y se regeneraban con rapidez, y nos otorgó poderes mágicos como la telepatía, la capacidad de volar y la telequinesia. Pero no todo es oro lo que reluce. Freyja estaba harta de llorar lágrimas de sangre, de oro rojo, cuando Od, su esposo, la abandonaba por tan largas temporadas. Así que sintiéndose despechada nos hizo débiles ante aquellas que serían nuestras parejas eternas, nuestras verdaderas mujeres. Nos quitó la capacidad de saciar nuestro apetito y nos lanzó a una vida inmortal de hambre eterna, hasta que encontráramos a nuestra verdadera pareja, nuestra cáraid. Su sangre se convertiría para nosotros a algo parecido a la ambrosía.
—Así que Freyja dijo algo así como: «tragaos mis lágrimas».
—Más o menos. Entonces, sólo entonces, nosotros dependeríamos de nuestra pareja, nos entregaríamos a ella, porque sin su sangre moriríamos y los más débiles acabarían transformándose en nosferátums.
—¿Cómo?
—Loki tiene un radar para la vulnerabilidad del alma vaniria. Encuentra a los que han sido rechazados por sus cáraids y les da a elegir entre la muerte que llega inevitable sin los recursos de la sangre de la pareja o entre la vida eterna, bebiendo y saciándose con los cuellos de los humanos. Loki te ofrece dejar de pasar hambre y saciarte con la muerte de un ser humano. A cambio de ese pacto roba sus almas. Muchos vanirios lo aceptan —se encogió de hombros resignado.
—¿Me estás diciendo que todos los vampiros son hombres despechados por sus parejas?
—Casi todos. O hombres cansados de buscarlas. Como ves, somos vulnerables ante vosotras. Cuanto más tiempo pasamos sin encontrar a nuestra mujer, más cerca está Loki de nosotros. Y si la encontramos y ella nos rechaza, entonces si uno no tiene honor, cede ante lo que Loki le ofrece. Somos débiles porque aunque nuestra alma es inmortal, sigue siendo humana. Por eso, la cáraid de un vanirio es sagrada. Con ella recuperamos el sabor, cerramos las puertas definitivamente a Loki, saciamos el hambre y mantenemos nuestra inmortalidad y nuestros poderes. Si no obtenemos el favor de nuestra cáraid y si ella nos priva de su sangre una vez ya la hemos probado, si por alguna razón se niega a nuestra naturaleza, nosotros elegimos entre morir o perder nuestra alma a manos de ese toca huevos de diablo. ¿Entiendes? Lo más importante para nosotros es hallar a nuestra mujer y luego mantenerla a nuestro lado.
—Me recuerda al lema de los Cynster —susurró ella. Le encantaba Stephanie Laurens.
—¿Quién?
—Nadie. ¿Y si sentís que es ella, pero no habéis probado su sangre? ¿Qué pasaría? —preguntó intrigada.
—Entonces uno intenta mantener la esperanza y se dispone a sufrir el tormento de los condenados hasta que beba de ella.
Luce se mordió el interior del labio para evitar preguntarle lo que la corroía. ¿Natsu tenía cáraid? De repente una punzada inesperada de celos le agarrotó el corazón. No tenía intención de analizar esa reacción.
—Es evidente que os creó una mujer —murmuró ella ladeando la cabeza y repasándolo con la mirada. Creo que voy a abrir un club de fans en facebook. Club de fans de Freyja —asintió con una sonrisa.
Los vanirios eran el sueño húmedo de cualquier hembra. Bellos, fuertes y poderosos, pero a la vez débiles y sumisos ante sus mujeres. Caramba con esa tal Freyja. Era toda una artista.
—¿Y las mujeres? ¿Tienen que esperar a que lleguen los hombres y las reclamen?
—Para ellas también es el maleficio —dijo entre comillas. —Estar tanto tiempo sin que nadie las reclame también es doloroso, ¿no crees? —alzó las cejas. —No lo sé —contestó ella fríamente.
—Freyja cree en el verdadero amor y espera a que las parejas eternas se reencuentren. Que se reconozcan o no depende de nosotros.
—Pero sin embargo vosotros habéis utilizado los colmillos para algo más que beber la sangre de vuestra cáraid —observó ella mirando de nuevo su masculina y sensual boca.
—Nosotros no bebemos de los humanos para sobrevivir —explicó él admirando los ojos brillantes de Luce. —Si alguna vez hemos bebido de ellos, ha sido para averiguar sucesos que eran importantes para nuestros objetivos y necesitábamos de la información que había escrita en la sangre del sujeto. En nuestras papilas gustativas hay una especie de lector de información y a veces debemos utilizarlo. Pocas cantidades ¿sabes? La sangre humana nos tienta, pero no es importante. Vivimos igual.
—¿Poca cantidad? Matáis a los humanos así —susurró ella entre dientes. —Zeref mató a Purehito. Lo desangró.
—Zeref está retenido por eso. Los vanir nos dejaron las reglas bien claras. No podemos abusar de nuestra fuerza con los humanos, pero él enloqueció. Perdió el control.
—Tú casi me matas —recordó temblorosa los colmillos de Natsu clavándose en su garganta.
—Tú me volviste loco, pequeña. Tu sangre es... —no sabía cómo explicar lo importante que era su hemoglobina para él. —Es deliciosa, Luce. Me dejé llevar por tu sabor, y por lo que estábamos compartiendo.
—No compartimos nada —dijo cortante. —Tú tomaste lo que quisiste sin consultarme.
—No sucederá más —concluyó él ocultando una sonrisa lobuna en sus labios.
—Eso espero —intentó relajarse, pero con Natsu era una tarea imposible. Tenía la sensación de que antes o después se la iba a comer. —Zeref no me gusta —confesó ella recordando como la había tratado y las cosas que le había dicho. —¿Por qué crees que no os avisó del paradero de Rogue y que no alertó sobre los cazadores?
—No lo sé. Esta tarde todos los vanirios recibirán un comunicado de los dos representantes del Consejo de Walsall. Dubv y Fynbar nos dirán cuál ha sido el veredicto después de la reunión con él.
—¿Quiénes son los del consejo?
—Son vanirios que actúan como representantes y jueces de cada condado. Hay seis. Erza y Jellal representan a Dudley. Dubv y Fynbar son de Walsall. Evergreen y Elfman representan a Segdley Entenderás que en Wolverhampton no haya representación vanir —arrugó la nariz con un gesto infantil. —El Consejo trata de llegar a concilios cuando surge algún problema entre los clanes. Discuten y luego deciden sobre las soluciones con el resto de vanirios. No quieren decir que sean superiores, ni más fuertes ni más poderosos. Es sólo que están dotados de un gran discernimiento y mucha objetividad, y eso hace que nosotros creamos que tomarán las mejores decisiones y las más justas para todos nosotros. Lo ideal es que sean parejas las que ocupen ese lugar. Es en las parejas donde reside el equilibrio.
Luce frunció el ceño, pensativa. Había entendido muy bien todo lo que le había explicado.
—¿Jellal y Erza son...?
—Pareja.
—¿Y Elfman y Evergreen...?
—También lo son.
—¿Por qué los de Walsall no?
—Porque todavía no hay nadie emparejado de allí —contestó con ternura.
—Entiendo... —Luce se abrazó a sí misma y se estremeció. —Zeref es mi tío, pero no lo quiero conocer. Me recuerda a un animal salvaje contagiado de rabia.
Natsu hizo un mohín, pero no pudo reprochar ninguno de esos pensamientos. A él también le parecía un animal desquiciado.
—¿Se llevaba bien con mi padre?
—Sí. Zeref era el mayor y siempre lo protegía. Sin embargo, también tenían sus diferencias. Zeref era muy agresivo y no dudaba en abusar de sus poderes para obtener sus fines. Rogue, sin embargo, aun siendo el pequeño, era quien lo hacía entrar en razón. Con la desaparición de tu padre, Zeref se empezó a cerrar más en sí mismo y se alejó más de nosotros. Antes, Gray, Lyon, Juvia y yo patrullábamos con ellos dos. Los seis éramos inseparables ¿sabes? —sonrió melancólico. —Cuando Rogue faltó, entonces Zeref dejó de venir. Todavía no me creo que él supiese dónde estabais, y que no nos mencionara nada —apretó el puño hasta que los nudillos se le quedaron blancos.
Luce advirtió la tensión de Natsu. Debieron estar muy unidos él y su padre. Su madre no exageraba en el diario respecto a su gran amistad.
—En fin —la miró con atisbos todavía de melancolía en sus increíbles ojos. —No tienes por qué preocuparte. Tenemos que esperar a ese comunicado. Luego te informaré de lo que se haya decidido. Hasta entonces no tendrás que cruzarte con él, él está encerrado.
—Está bien —asintió dócil. —Sigue explicándome cosas, Natsu —le pidió en un ruego dulce y amigable.
Luce empezaba a sentirse a gusto con él. ¿Podía ser eso?
Natsu sonrió. ¿Cómo no iba a obedecer a su hermosa y bella cáraid?
—Nuestra hambre es eterna, ángel —puso un dedo índice en su entrecejo y poco a poco lo deslizó por el puente de su nariz hasta llegar a la punta. Luce estaba inmóvil. —Comemos alimentos que nos sacian mientras los ingerimos, pero inmediatamente después llega el vacío. ¿Eso es lo que te pasa a ti, preciosa? —le preguntó dulcemente todavía rozando su nariz. —Tienes hambre ¿verdad?
Natsu estaba siendo muy tierno con ella y Luce no sabía cómo actuar ante esa ternura.
—Sí, tengo hambre —reconoció indignada.
Natsu se alegró por no haber hecho ningún intercambio con ella, sino en ese momento Luce se volvería loca con la presencia de él. Olería su sangre y necesitaría hincarle los dientes. Pero, asustada como todavía estaba y, después de lo vivido, la joven se debilitaría sobremanera por luchar contra él, contra el ansia de beber de su pareja. ¿Cómo podía decirle que él era su pareja eterna? Ella tenía hambre de él. Se le veía en las pupilas dilatadas y en el modo en que se pasaba inconscientemente la lengua entre los dientes. Y él se sentía orgulloso de que un ejemplar de mujer como era Luce lo deseara de ese modo. Ahora sólo hacía falta que ella cediera ante ese deseo, que se familiarizara con ese anhelo y con las sensaciones que su proximidad provocaba en ella.
—Como y no me sacio —continuó ella preocupada sin apartar la vista de sus ojos. —Nada es suficiente.
—Cuando encuentres a tu cáraid, verás que su olor y su presencia te alterarán. Necesitarás tocarlo, necesitarás besarlo, lamerlo, abrazarlo. Él te saciará — dijo él con voz erótica. —Yo soy tu cáraid.
Luce no recibió el mensaje mental pero se sonrojó igual, pues su mirada lo decía todo y, avergonzada, volvió a ponerse la mano en el cuello. Ella necesitaba probar a ese mango con pelo rosa y ojos verdes que tenía enfrente con la misma desesperación que le describía Natsu.
—Sigue con la historia de los dioses —se apartó de él sutilmente.
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Gracias por todos sus reviews me hacen sentir muy feliz y motivada a seguir.
Bien, este es ni primer fic y espero que les guste :)
Dedicado a mi amiga Just me and my shadows por mi fic de Giotto c:
Espero sus reviews con opiniones y críticas.
Ayame.
