Disclaimer: Los personajes y todo lo demás que podáis reconocer pertenece a J.K. Rowling, la trama, el tiempo utilizado y los esfuerzos en escribir algo que valga la pena son nuestros.
Capítulo 10: Regalo de Navidad
POV Scorpius
—Scorpius, la corbata —dijo madre al pasar por delante de mi habitación.
—¿Es necesario?
—Eres igual que tu padre —entró a mi habitación, eligió una corbata y comenzó a anudarla.
Terminó de anudármela, me dio un beso en la frente y me dejó solo en la habitación para que terminara de vestirme. Aquella noche se celebraba una recepción en la mansión Malfoy, donde aún seguían viviendo los abuelos, para celebrar lo que la clase de gente que acudía a esas fiestas denominaba Navidad. Claro que su concepto sobre estas fechas distaba mucho de lo que nuestra familia creía. Pero aunque habíamos intentado declinar la oferta de acudir a esas recepciones, los abuelos ejercían un poco de presión sobre padre y madre hasta convencerlos de que los tres asistiéramos a ellas; cada año. Había intentado quedarme por vacaciones en Hogwarts pero madre había dejado claro que no iba a permitir que esas fiestas impidieran que disfrutara de su hijo en días tan señalados; días que eran para compartir con la familia. Así que cada año terminábamos asistiendo a esas aburridas e insulsas celebraciones. Recuerdo un año, cuando aún era un infante, que le pregunté a madre por qué debían ir ellos si lo que el abuelo quería era presumir de nieto. Ella simplemente me dio un beso y me susurró al oído que debían cuidar de mí. No supe a lo que se refería hasta que recibí la carta de Hogwarts y me percaté por vez primera de cómo la gente evadía a mis padres y los intentaba evitar constantemente.
—¡Scorpius debemos irnos! —en la voz se podía adivinar que madre estaba ansiosa por que nos fuéramos ya. Habíamos adoptado la resolución de que cuanto antes fuéramos, antes volveríamos a casa.
Con resignación bajé al recibidor a la vez que padre, quien me regaló una sonrisa particular suya que con toda seguridad me daba ánimos para afrontar aquella noche. Dinky nos tendió los abrigos y, después, entregó a padre el recipiente que contenía los polvos Flu. Madre cogió unos pocos, caminó hasta el centro de la chimenea y con voz clara dijo:
—Malfoy Manor.
Una llama verde apareció de la nada y envolvió el cuerpo de madre, quien desapareció volviendo a dejar en penumbra el hueco de la chimenea. Padre y yo la seguimos sin vacilar y en un instante los tres estuvimos en el concurrido salón de la mansión Malfoy. En un cierto sentido me recordó a la estación de King's Cross el primero de septiembre: los pocos elfos domésticos que los abuelos habían conservado iban de un lado para otro portando bandejas de plata previamente pulidas que contenían todos los manjares existentes y abundantes copas de champagne. Los invitados se movían por el salón entablando conversación con gente distinta cada cinco minutos. En el ambiente se podía distinguir los perfumes caros de los invitados, así como el olor de las flores que seguramente la abuela había mandado cortar aquella misma mañana. Pero, por encima de todos aquellos olores, prevalecía uno muy distinguido en aquellas reuniones "de la alta sociedad": la frialdad, la ambición, el desinterés y la farsa. A ninguno de los presentes les agradaba la mitad de las personas que se encontraban junto a ellas en aquella habitación, no obstante, o bien fingían indiferencia para con aquellas personas o entablaban una fría e insulsa conversación que normalmente se dirigía hacia los antiguos tiempos de los que mis padres estaban intentado huir. Por esa razón todos los años terminaba escapándome al jardín hasta que padre o madre venían a buscarme y volvíamos a casa. Era ya casi una rutina: saludar a los abuelos, socializar con un poco gente (normalmente se trataba de los hijos de los amigos íntimos de padre: Theodore Nott, Blaise Zabinni y, cuando asistía, Pansy Parkinson) y me escabullía por entre la gente hasta llegar al jardín.
Aquel año no vi a Nataly o a Samantha (hijas de Pansy y Blaise, respectivamente) en la fiesta así que después de saludar a los abuelos, tanto por parte de madre como por parte de padre, salí al jardín. Nada más dar un paso fuera del concurrido salón y contemplar la magnífica y hermosa noche que se abría ante mí me acordé de la noche de Halloween en la que Lily y yo surcamos el cielo nocturno por primera vez. No lo habíamos vuelto a hacer pero en aquel instante me prometí a mi mismo que le propondría volver a hacerlo una vez por semana. Sabía que no se negaría y, además, era la única forma que se me ocurría para poder cumplir con mi parte del trato. Sabía que podía volar con Albus o con Rose, pero no era lo mismo. Lily enmudecía al contemplar la silueta del castillo recortada por la luz de la luna y, asimismo, después de lo que ocurrió entre Rose y yo el último día de clase antes de las vacaciones, no podría asegurar cómo acabarían nuestros paseos nocturnos. Aquello fue una especie de impulso. Estaba confundido. Creía que sentía lo mismo por Rose que por Lily: una clase de amor de hermano. Por eso creí que si besaba a Rose podría aclarar mis dudas pero no todo salió como pensaba. Por eso ahora estaba tan preocupado, ¿y si Rose volvía a preguntarme por aquel beso? ¿Y si le terminaba confesando la verdad? No podía arriesgarme a que Rose se enfadara por saber que sólo la había besado porque estaba confundido. Pero tampoco podía permitir que alguien se enterara de la reciente amistad que había aparecido entre Lily y yo. Ya podía sentirme agradecido de que James tolerara que su prima no le hiciera caso y se juntara conmigo; pero desde luego no estaría nada contento si sabía que era amigo de su pequeña hermana Lily. No sabía lo que pasaría pero no estaba dispuesto a perder la amistad que tenía con Rose.
Me apoyé sobre la balaustrada y me quedé allí reflexionando hasta que padre vino de decirme que nos volvíamos a casa. Volvimos a entrar para coger los abrigos y por medio de la aparición conjunta regresamos a casa. Aún no habían dado las doce, por tanto aún tenía tiempo para realizar el plan que había tenido en mente desde hacía tiempo pero para el que aún no había logrado encontrar el objeto perfecto. Aquella noche, en el jardín, una idea había surcado mi mente. ¿Qué idea aparecía en mi mente asociada siempre con Lily, a parte del rojo fuego de su pelo? El Quidditch. En cuanto me había dado cuenta de ese detalle todas las piezas encajaron. Como había dicho Rose era un regalo personal y no había otra cosa en la que pudiera pensar que le hiciera ilusión poseer. Un ejemplar de Quidditch a través de los tiempos, que había comprado el abuelo a padre cuando él aún jugaba en el colegio y que éste me había entregado a mí posteriormente. En él Lily podría encontrar anotaciones tanto de padre como mías y, al menos esperaba, que le sirviera de entretenimiento; pero, sobre todo, que lo disfrutara y le gustara.
Una vez en mi habitación y antes de volver a bajar cuando dieran las doce para abrir los presentes que padre, madre y yo habíamos comprado para cada uno, saqué el libro con cuidado de la estantería y lo introduje en una pequeña caja plateada. Escribí una pequeña nota en la que, básicamente, garabateé un "espero que te guste". Cerré la caja, le puse un lazo verde y se la di a Anthena para que se la llevara a Lily. Justo cuando el reloj dio las doce me reuní con mis padres en el salón y terminamos de pasar aquella víspera de Navidad como una verdadera familia.
Los días pasaron rápido y en cuanto quise darme cuenta ya estaba metiendo de vuelta las cosas en el baúl para volver a Hogwarts. Como si del primer día de septiembre se volviera a tratar, madre despertó nerviosa y alentó a todo el servicio a que empezara a trabajar para que todo lo que faltaba estuviera preparado y posteriormente no nos viéramos con un imprevisto de última hora. Padre y yo soportamos las órdenes de madre hasta que pudimos sentarnos los tres a desayunar. En cuanto padre se hubo tomado su primer café de la mañana volvió a ser él mismo.
—¿Cómo van los estudios?
—Bastante bien, padre.
—¿Y el Quidditch? ¿Crees que arrebataréis a Gryffindor la copa este año?
—Es prácticamente imposible. Pero la temporada no acaba más que comenzar y muchas cosas pueden ocurrir en lo que resta de curso.
—Bien dicho, hijo.
—Bueno, los señores de la casa. ¿Se van a dignar a subir y arreglarse para llevar a Scorpius a la estación?
—Ya voy, madre.
Con una sonrisa en la cara subí y me arreglé antes de que madre pudiera volver y entrar en mi habitación alegando que se nos hacía tarde y debía de darme prisa. Una vez hube terminado recogí un par de cosas más que había sacado del baúl al llegar a casa y con ayuda de Dinky lo bajé al salón.
El viaje hasta llegar a la estación resultó un tanto tedioso pero por fin estábamos Albus y yo sentados en nuestro compartimiento habitual contándonos todo lo que habíamos vivido durante estos días junto a la familia. Poco después Rose se unió a nosotros pero alegando que no quería dejar sola a Pippa se fue instantes después de haber venido. Me alegró comprobar que el poco tiempo que habíamos compartido juntos en el compartimiento no habían estado marcados por la tensión o la incomodidad. Había estado claro, cuando nos despedimos al comienzo de las vacaciones, que seguíamos siendo los mejores amigos pero, aún así, durante este breve periodo que habíamos pasado separados invadieron mi mente una serie de pensamientos que terminaron por formarme en la cabeza la tonta idea de que ya nada volvería a ser igual. Que me había atrevido a cruzar una línea y no había vuelta atrás. Y, por si fuera poco, las dudas atenazaban mi mente impidiéndome pensar con claridad. ¿Qué se suponía que tenía que hacer ahora con lo que había descubierto gracias a ese beso? No tenía ni idea pero al menos estaba contento de que después de comprobar que nada de lo que había pensado tenía fundamento alguno podía volver respirar tranquilo.
Albus y yo seguimos hablando sobre la temporada de Quidditch, los estudios y otras muchas cosas hasta que oímos la típica pregunta que la señora del carrito hacía constantemente. Me levanté y me dirigí a la puerta. Nada más abrirla vi pasar una cabellera larga y pelirroja por delante de nuestra puerta y el olor a lirios que dejaba tras ella terminó de confirmarme la identidad de aquella persona. Tras ellas, puesto que iba al lado de otra chica, me dirigí hacia donde se encontraba el carrito. Pude oír un poco de su conversación.
—¿Vas a soltar alguna vez ese libro, Lils? Mira que tus hermanos…
—Lia, relájate. Mis hermanos solo me verán leyendo un libro.
—Corrección: un libro sobre Quidditch —mis ojos se abrieron por un momento pero me recompuse en el mismo instante.
—¿Y qué? No creo que eso sea un delito en mi familia.
—Yo que tu no iría enseñando mucho ese libro cuando tus hermanos pudieran verte.
—Está bien, de acuerdo. Por una vez te haré caso.
—Así me gusta.
Se detuvieron y comenzaron a pedir. Antes de que se giraran y pudieran verme me volví a mi compartimiento. Albus me preguntó por mi escasez de suministros dulces y le dije que había demasiadas personas esperando para pedir. Pareció quedarse satisfecho con mi justificación y continuamos hablando. Un sentimiento reconfortante se había instalado en mi pecho al oír que ella llevaba consigo mi libro, el que yo le había regalado. Me sentí feliz al saber que ella se había emocionado tantísimo con ese pequeño regalo.
Y esto es todo amigos. Espero que os haya gustado.
Con este se terminan los capítulos sobre las Navidades de nuestros protagonistas.
En el siguiente ya volverán a estar en Hogwarts.
Os esperamos la proxima semana.
Besos, Arualle.
