Hacía varios días que habían llegado a Sol Eclipsado y Susan ya había vuelto a llamar a Lemec el sastre calormeno para que le confeccionara ropa de montar a caballo. La reina alegaba que ahora que tenía posibilidades, no iba a privarse de un vestuario más grande que el océano.

Mientras, Tal hablaba con Peter.

—¿Qué crees que significaba lo de que ella estaba volviendo?—le preguntó la solandiana.

Aunque no estaba de acuerdo con que los narnianos estuviesen allí, estaban en contra de los calormenos y los enemigos de sus amigos eran sus amigos.

Peter la miró de soslayo.

—Solo pude pensar en Jadis y como Hier tiene esos poderes…

—Conozco a Hier desde hace tiempo, puedo asegurarle que es un buen hombre. Sé que puede parecer un hombre muy hosco, pero creo que es muy tierno—sonrió la solandiana.

En ese momento, llegó el capitán de la guardia.

—Hablando del rey de Roma—dijo Peter al acercarse.

—¿Disculpe?—preguntó el capitán.

—No es nada. Dígame, ¿Qué hace aquí?—preguntó.

—Ya he avisado a la reina Susan, tienen que venir conmigo a la sala de recepciones de inmediato.

oOoOoOoOoOOo

La joven Susan no sabía porque el capitán le había dicho que fuese a la sala de recepciones, pero estaba muy curiosa y no rechistó. Cuando entró, se encontró a una chica joven, de unos catorce o dieciséis años. Susan no entendía a que venía tanto revuelo hasta que cayó en la cuenta: era una niña calormena, su pelo rizado y negro como la noche la delataba y su piel morena, sus pomulos altos y su nariz eran totalmente calormenos. Sin lugar a dudas. Pero había una cosa que era extraña en ella. Sus marcas. Tenía las marcas azules, como pinturas de guerra, que poseían los solandianos.

Parecía asustada, iba vestida con una camiseta por encima del ombligo y una larga falda.

—¿Eres mitad calormena, mitad solandiana?—preguntó Susan acercándose a ella, mientras sonreía alucinada.

La chica miró a la reina y asintió.

—Me llamo Koral, pero que no os puedo decir mi apellido, ni quien es mi familia—dijo exaltada, parecía muy nerviosa—.He escapado de mi casa, mi padre me tenía encerrada como a una prisionera. Nunca he sabido si había niños mestizos como yo, y si los había, no sé si están vivos. Tal vez mi padre me protegía o quizás se avergonzaba de mí—soltó de golpe, parecía que lo llevaba guardado desde hacía tiempo.

—Y dime, ¿tu padre es calormeno o solandiano?—preguntó Susan. Koral era muy guapa, no tanto como ella, pero sí muy guapa. Aunque si siempre había estado encerrada, seguro que se sentía como un monstruo.

—No voy a traicionarle. Mi madre murió cuando tenía diez años y no voy a traicionarle ahora que él está solo. He venido aquí a pedir asilo político… si me lo permite, alteza—dijo Koral, casi al borde del llanto.

Susan se rio y la abrazó.

—No te preocupes, aquí tienes tu nuevo hogar. Pero tendrás que trabajar—dijo Susan—¿Quieres ser mi dama de compañía?

Koral se limpió las lágrimas.

—¡Por supuesto mi reina!—gritó—Lo que usted me diga.

OOoOoOoOoOoOoO

Uno de los calormenos al servicio de Kalhed, había muerto esa noche. Estaba en la cubierta y con el bamboleo del barco se había dado un golpe en la cabeza. Kalhed hizo las cuentas y ya eran 22 personas que habían muerto bajo su mando. Y cada uno le pesaba.

Enrollaron su cuerpo en vendas y lo tiraron por la borda. Edmund se sintió mal, pues no sabía ni su nombre. Desde la muerte del hombre, el ambiente era más crispado en el barco y continuamente había peleas.

Después de la tormenta, llegó un periodo de calma donde casi no soplaba el viento y tenían la sensación de estar varados en medio de ninguna parte, lo que provocaba más peleas en el barco. Kalhed empezó a obsesionarse y casi no salía de su camarote.

Mientras, Atizi y Edmund empezaban a conocerse. La solandiana tenía mucho desparpajo.

—Entonces mi caballo Philip confundió la manzana con una zanahoria—terminó de contar el rey.

Ambos se rieron. Había estado a punto de decirle muchas veces que él era el rey de Narnia, pero siempre volvía a poner los pies en la tierra antes de que se le fuese la lengua. Siempre había sido muy confiado y eso le había traído problemas en el pasado.

—Pues mi hermana mayor una vez jugó contra un calormeno al ajedrez y le ganó. El niño se enfadó tanto que se puso rojo—sonrió—Fue la primera vez que vi perder a un calormeno y jamás se me olvidará.

Edmund asintió.

—Por supuesto tú jamás con tu intelecto podrías.

—¿¡Me estás llamando tonta!?—preguntó enfadada.

—No, solo más lenta que la mayoría—se rio.

Atizi le pegó un puñetazo en el brazo.

—¡Eres imbécil!—gritó.

Edmund hizo como si se enfadara.

—¡Pues ya no podrás quedarte conmigo y Lucy!—gritó cruzando los brazos.

Atizi tragó saliva.

—Oh, Edmund, era una broma…

—No—negó alzando la cabeza.

—Por favooooor—suplicó la solandiana mientras le daba un beso en la mejilla.

En ese momento, llegó Lucy.

—Ed, ¿Qué estás haciendo?—preguntó.

—Lucy tu y yo viviremos en Narnia, completamente solos—dijo el chico mirando a Atizi—¿Qué querías?

—Tengo hambre y el barco está gobernado por hombres. Les tengo miedo y necesito comida—explicó.

Edmund suspiró.

—De acuerdo, ahora voy—dijo cogiendo a su hermana del brazo.

Cuando llegaron a proa, eso parecía una batalla naval por la comida: todos se daban puñetazos y se saltaban los dientes, iba ganando un hombre fuerte y el zorro narniano.

—¡Ey! ¿¡Que está pasando aquí!?—gritó Edmund dando golpes a una cazuela.

Todo el mundo paró de pelear de repente.

—¡No estamos quedando sin comida y sin agua!—gritó uno de ellos.

Edmund se llevó la mano a la barbilla.

—Traed al vástago—ordenó.

Minutos después, estaba el anciano en la cubierta, deshidratado y muerto de sed.

—Dinos vástago, ¿hay alguna isla donde repostar?—preguntó Edmund

El pobre hombre temblaba de pies a cabeza.

—Yo no lo sé… deberíamos haber llegado ya a una de las islas… tal vez la tormenta nos haya desviado del rumbo…—dijo con voz temblorosa.

—¡Mentiras!—gritó un telmarino.

Toda la tripulación empezó a gritarle al hombre y amenazarle. Viendo que le iban a matar, Lucy fue a llamar a Kalhed, ya que pronto habría un botín a bordo. Esas palabras alertaron al calormeno y salió fuera lo antes que pudo.

Todos al verle llegar, imponente se callaron y soltaron al saco de huesos que era el vástago.

—¿Qué está pasando aquí?—preguntó Kalhed.

—El vástago nos ha mentido y nos ha enviado a una muerte segura—dijo el zorro—.Yo propongo que le tiremos por la borda.

Todos empezaron a gritar a modo de aprobación, incluida Atizi.

—¿Pero os estáis oyendo?—gritó Lucy—Estamos desesperados lo sé, pero no podemos echarle la culpa y matarle. Realmente esos años en la cárcel vástaga os han cambiado. Decidme, ¿erais así cuando llegasteis?

Quedaron en silencio durante unos segundos y después reanudaron la conversación.

—¡Votos a favor de tirar al vástago al agua!—gritó un archenlandes.

Todos levantaron las manos y zarpa. Después miraron a Kalhed, su jefe. El calormeno sintió las miradas de toda la tripulación fijas en él y sonrió. Se acercó al hombre y le cogió del cuello.

—¡¿Creías que te íbamos a dejar vivir?!—preguntó con una sonrisa y voz malévola—Nos has condenado a la muerte pero créeme que tu morirás antes.

Todos empezaron a reírse y a vitorear, entonces prepararon una tabla por donde iban a tirarle.

—¡No por favor! ¡Tened piedad!—gritó el anciano, con lágrimas en los ojos—¡Os lo suplico! ¡Ha sido la tormenta que os ha desviado del curso! ¡Lo prometo!

Kalhed le pegó un puñetazo que le tiró al suelo. Sus hombres aprovecharon para atarle los pies y las manos.

La respuesta de Lucy no se hizo de esperar.

—¡Articulo diez de la declaración universal de los derechos humanos!—gritó—¡Tiene derecho a un juicio justo!

Pero empezaron a echarla para atrás y pronto solo veía las espaldas de sus compañeros de a bordo.

—¡Kalhed no lo hagas! ¡Tú dios no estaría de acuerdo!—gritó corriendo de nuevo a primera línea, casi llorando por la atrocidad que estaban a punto de cometer.

Pero Edmund la cogió a tiempo y negó con la cabeza.

—Pero…—respondió.

—¿Quieres caer tú también?—le preguntó Edmund—Recuerda lo que te dijo Kalhed sobre amanecer con un cuchillo si no seguías sus órdenes. Prefiero que muera un desconocido que mi hermana menor

Lucy miró a su hermano y empezó de nuevo a correr hacia Kalhed, pero Edmund y Atizi la cogieron de manos y pies antes de que pudiera llegar.

Le pegaron al anciano patadas y puñetazos hasta que Kalhed puso fin. Cogió de nuevo al anciano y lo puso en el tablón.

—Quiero que la última persona que veas sea yo, asqueroso anciano—anunció Kalhed a punto de tirarle por la borda—¿Tus últimas palabras?

El hombre no dejaba de llorar y de suplicar por su vida.

—Por favor chico, solo soy un anciano, no le he hecho en mi vida nada malo a nadie por favor, déjame vivir, haré lo que quieras—imploró.

Kalhed sonrió.

—Patético hasta el final. Adiós escamoso.

Entonces le tiró por la borda y cayó al mar. Lucy no paraba de llorar y de gritarle al calormeno.

—¡Kalhed eres un monstruo!—no dejaba de repetir, hasta que después de dos horas, se quedó afónica.

El calormeno se metió de nuevo en su camarote.


Si... me dió mucha pena el pobre vagabundo vástago, no fué justo nada de lo que le ocurrió. Pero quería ser realista y bueno, esto es lo que pasaría al borde de un botín. Creedme que Kalhed no quedará impune. En cuanto a la nueva amiga de Susan, Koral la mestiza, es muy importante porque que se sepa, no había habido ningun mestizo de las dos especies.

Por cierto, en los libros originales, los calormenos siempre eran los malos... algo que no me parecía bien. En este fic tampoco es que se vayan a portar muy bien, pero les he dado un enfoque más tridimensional, mostrando que ninguna raza es buena o mala.