Chapter 11: Secretos de vampiros

Disclaimer: ni los personajes ni el mundo de Twilight me pertenecen.

Estoy cansada hoy, pero no tanto como para no agradecer vuestros comentarios, vuestros favoritos, alertas y demás. O, simplemente, que estéis allí y leáis la historia.

Capítulo 11.-Secretos de vampiros.

-Así que los Vulturi tienen amigos entre los humanos.

-Siempre ha habido gente dispuesta a servir a los vampiros a cambio de obtener la inmortalidad algún día pero esto es algo distinto, más oscuro y más peligroso –me respondió Jenkins.

Jenkins hizo una pausa para ver nuestra reacción.

-Vamos, suéltalo ya –dijo Edward.

-Hay gente muy influyente que está ahora enterada del secreto de los vampiros, Edward –dijo, tragando saliva-: empresarios, políticos, financieros, gentes del mundo de la comunicación… Creemos que han hecho un trato con Aro.

-¿Qué clase de trato? –pregunté.

-Los términos exactos del trato los desconocemos, pero van más allá de conseguir la inmortalidad para ellos o sus familias, o sus amantes.

No era posible lo que leíamos en los ojos oscurecidos de Jenkins.

-Sí, Bella, lo que piensas es cierto. Habrá dos clases de humanidad: depredadores y presas. Los Vulturi no están pensando en renunciar a la sangre humana y aquellos que han hecho el trato con ellos tampoco, de eso estamos seguros.

-¿Cómo pueden vender a gente inocente? –dije.

- Hay gente dispuesta a todo, Bella. Deberías saberlo. Tienes más de doscientos años.

Con doscientos años o sin ellos, había cosas a las que nunca lograría acostumbrarme.

-Podríais hablar con Carlisle–sugerí-. Estoy segura de que los Cullen estarán deseosos de ayudar y, además, conseguirán apoyos. Los Denali acudirán a la llamada, seguro –dije-. Entre todos, pueden averiguar más cosas sobre toda esos traidores.

-Benjamín desapareció para ir a ver a Carlisle –dijo Edward.

-¿Eso es lo que estaba en la mente de Ethan?

-No. Eso está en la mente de Jenkins –Edward miró a éste como si se disculpara-. En la de Ethan estaba cómo casi lo matan. En realidad, creyeron que lo habían hecho. Por suerte, se lo ocultaron a Aro para evitar un castigo y, gracias a ello, Benjamín pudo escapar de su control unos días. Avisó a nuestro amigo Jenkins y le dijo que iba a ver a Carlisle Cullen para explicarle lo que pasaba y pedirle ayuda. Está corriendo mucho riesgo: si Aro descubre donde está matará a su mujer.

Jenkins asintió.

-Pero tenía que hacerlo. Esto nos sobrepasa. Todos somos humanos menos Benjamín y otros tres vampiros que apenas logran fingir ante Aro, sobre todo cuando han de escapar de las orgías de sangre humana.

-Solo tres… -dije.

-Hay otros muchos que odian a los Vulturi –respondió Jenkins- pero les tienen demasiado miedo para arriesgarse. También hay otros como yo, que han perdido la inmortalidad, pero no puedo decirles nada, porque están deseando hacer méritos ante Aro para que se la devuelva y me traicionarían enseguida.

-No es un panorama muy alegre, que digamos –dijo Edward. Luego se sobresaltó un poco y a continuación sonrió. Jake acababa de darle unas palmaditas en el hombro.

-Jake, ¿ya estás por aquí?

-Vengo a animarte. ¿Qué es eso de un panorama nada alegre? Está visto que, en cuanto me largo, te entra esa tristeza vampírica que tanto caracteriza a los de tu clase.

-Claro, los lobos sois la diversión personificada, venga o no venga a cuento –respondió Edward.

-Di que sí, chupasangres –dijo otro lobo, el actor que hacía de Sam, que había venido junto con Jake. No era el único. La mesa al completo había acudido a "animarnos", al parecer.

-Estáis muy serios, chicos –dijo una actriz, la que hacía de Jessica. Se sentó a mi lado y pasó cariñosamente un brazo sobre mi hombro-. Eso hay que solucionarlo. Son las doce y aún queda mucha noche por delante…

En la mesa, de golpe, éramos quince. Jake se había traído a todos los actores de nuestra serie que estaban en el pub. La juerga estaba asegurada, sobre todo, desde que Jenkins decidió que invitaba a todos a una ronda de bebidas. Yo seguí con mi coca-cola para mantener la cabeza fresca. A Edward y a mí nos separaron dos lobos y Ángela.

Al cabo de media hora, me levanté para ir al baño. El pub estaba a rebosar y me costó llegar hasta allí. Cuando regresaba, pensé que iba a tener que abrirme el paso a codazos, pero no llegué a hacer mucho camino. Alguien me cogió por la espalda.

-Soy yo, Bella. No te asustes.

Aunque no hubiera hablado, lo habría reconocido enseguida solo por la forma de apresarme entre sus brazos. Sonreí y me dejé capturar por ellos.

-Vamos a buscar un sitio más tranquilo –susurró en mi oído.

Edward me cogió de la mano y me guió hasta un pasillo que conducía a la puerta de atrás, pero no salimos para no llamar la atención de nuestros diligentes guardaespaldas. Allí seguía habiendo gente, pero ya no tocábamos a una media de tres personas por metro cuadrado. Edward me empujó hasta la pared y me besó hasta que ambos tuvimos que detenernos a respirar.

-No puedo vivir tantos días sin poder besarte ni siquiera una vez –dijo, en mi oído.

-Yo tampoco –respondí. Lo cogí del cuello y lo atraje hasta mí. Sumergí mis dedos en su pelo desordenado y lo besé de nuevo. Ah, cuánto la había echado de menos aquella semana.

Cuando dejamos de besarnos, descubrimos unas cuantas miradas fijas en nosotros. Hum, quizás nos habíamos mostrado demasiado entusiastas.

-¿No habrá ningún pasillo solitario cerca? -Dijo Edward. Se apoyó en la pared, a mi lado, y cogió mi mano. Esbozó mi sonrisa preferida, que, en aquellas circunstancias, resultaba inocente y pícara a la vez.

-No sé –dije. Recordé que más allá de los baños de chicas el pasillo continuaba-. Ven, sígueme.

Edward no se lo hizo repetir dos veces. Diez minutos después, nos besábamos a nuestras anchas en un pasillo lleno de barriles de cerveza. Edward me cogió de la cintura, me levantó en vilo y me sentó sobre uno de ellos. Me reí, mientras revolvía su cabello entre mis dedos.

Su respuesta fue besarme aún con mayor intensidad, no solo en los labios, sino en el cuello, en los hombros, en la clavícula. Sus manos, al mismo tiempo, buscaban mi piel por debajo de la camiseta que llevaba puesta.

-Hum, tienes la piel tan suave.

-No te entusiasmes, Edward, tenemos que volver.

-No mientras no me prometas que esta noche te escaparás conmigo al fin del mundo.

-Sabes que eso es imposible –dije. Ah, cómo echaba de menos los tiempos en que éramos libres y podíamos hacer escapadas de fin de semana a Shanghai, o a Australia. Cómo, además, no nos cansábamos nunca ni de volar en avión ni de… nada más.

Edward dejó de besarme un instante.

-¿En qué estás pensando?

-Ya quisieras verlo.

Sus ojos eran puro ruego.

-Inténtalo, por favor.

-Sabes que no funciona así.

-Es cuestión de practicar.

Suspiré. Me concentré en recuerdos agradables de los dos juntos y empujé mi campo lejos de mí. Durante un instante pareció que lo iba a conseguir. Pero mis fuerzas fallaron antes de lograrlo, como siempre. Edward gruñó, frustrado.

-Me ha parecido captar un destello –dijo.

-Edward, lo siento. Me cuesta un esfuerzo enorme alejar el campo de mí. Sólo cuando tengo mucho miedo de que te hagan daño reúno la energía suficiente y sólo para protegerte porque mi mente sigue estando tras la barrera.

-No tienes por qué disculparte, Bella –susurró con una voz áspera, profunda, mientras acercaba sus labios a mi cuello otra vez-. Es sólo que lo hecho tanto de menos. Poco a poco leo más claramente los pensamientos de los demás y me resulta tan frustrante no oír nunca los tuyos que…

Apartó mi melena a un lado y comenzó a acariciar con sus labios mi cuello. Me dejé llevar y al tiempo que disfrutaba de lo que sentía, intenté que mi campo se expandiera lejos de mí, para rodearle. Quería darle ese placer, que leyera lo que yo estaba sintiendo, que viera cuánto lo amaba, que él lo era todo para mí. Quería compartir con él mi intimidad. Quería que viera por sí mismo que era suya por completo. Pude sentir como la película transparente que protegía mi yo más profundo se volvía elástica y flexible y la empujé con fuerza hacia fuera, para incluirle dentro a él. Me obedeció con suavidad.

Edward se sobresaltó de alegría y comenzó a besarme y acariciarme como un loco. Me dejé llevar por su entusiasmo y supe que, si no lo detenía, íbamos a hacer el amor allí mismo sin que nada ni nadie pudiera evitarlo. Una señal de alarma se encendió en mi cabeza y mi campo se retrajo, volviendo a su lugar. Escuché el gruñido de frustración de Edward pero había algo más, una voz que parecía provenir de muy lejos. Una voz conocida. Sentí angustia en el corazón antes de que pudiera identificarla del todo.

-¿Bella?

Me volví despacio, como si saliera de un sueño, sabiendo que algo se había roto de forma irreparable y que Edward y yo éramos culpables por ello. Jake me miraba con el dolor pintado en su rostro.

-Jake, yo, nosotros…

-¿Qué pasa, Jake? ¿Qué haces aquí? –preguntó Edward. Había beligerancia en su voz. Satisfacción también, como si dijera "por fin lo sabes, lobo". Me rodeó con sus brazos intentado estrecharme con más fuerza contra él y, al ver que yo me resistía y quería bajar del barril de cerveza al suelo, me levantó en vilo para bajarme, eso sí, lo hizo lentamente y con reluctancia.

-Déjame, ¿quieres?

Lo empujé y por fin me dejó en el suelo. Pero fue peor. La mirada que Jake y él cruzaron no prometía nada bueno.

-¿Te está molestando este chupasangres? –me preguntó Jake, sin dejar de mirarle, y dio unos pasos hacia él.

Me interpuse entre ambos antes de que ninguno de los dos hiciera una locura. Edward me rodeó la cintura con sus manos, posesivamente. Suspiré. No podíamos seguir manteniendo a Jake en la ignorancia. Tendríamos que dejar que lo supiera todo. Además, Edward parecía dispuesto a gritárselo en la cara de una forma brutal, si era necesario.

-Jake, Edward es mucho más que un amigo.

Los ojos de Jake me miraron angustiados.

-¿Tu novio? –preguntó. Dije que sí con la cabeza-. ¿Desde cuándo? –Me miró esperanzado, como si deseara que fuera algo reciente y aún se pudiera revertir el proceso. Jake, como siempre, tan optimista.

-No soy su novio, Jake. Soy su marido –dijo Edward. Lo miré enfadada y él me devolvió una mirada firme-. Jake tiene que saber la verdad, Bella. Antes o después, se enterará de todo así que es mejor que no lo protejas más y le des tiempo a asimilarlo, no sea que algún día, en un pasillo oscuro, encuentre algo más peligroso que una pareja que se besa como poseída porque lleva semanas sin poderse ver… íntimamente.

Miré a Jake, sobresaltada. Su rostro estaba contraído por el dolor. Sentí que eso dolor suyo me traspasaba.

-Jake, yo… -dije, y puse una mano sobre su brazo. Jake se soltó.

-Dime si es verdad, Bella.

-Sí, lo es, Edward es mi marido.

-Luego, la primera vez que me lo dijiste, era cierto.

-Sí.

-¿Y por qué me engañaste?

-Porque ,oh, Jake, porque es peligroso para ti saber la verdad.

-Y aún más peligroso no saberla –dijo Edward.

-¿Qué verdad?

-Por de pronto –dijo Edward-. Bella y yo nos casamos antes de que tú nacieras.

Jake se echó a reír.

-¿De qué vas, tío?

Cuando vio que ni Edward ni yo nos reíamos, dejó de hacerlo y nos miró expectante, pero aún había sorna en su mirada.

-Deja que yo se lo explique, Edward –dije-. ¿Qué opinas de Jane?

Jake me miró sorprendido por el cambio de tema, pero respondió.

-Que es una tía muy rara.

-¿peligrosa?

-Hum, quizás. No sé por qué, pero no me gusta tenerla cerca.

-¿Y a Michael, te gusta tenerlo cerca?

-No sé, Michael es más astuto y disimula mejor, pero también tiene algo extraño en la mirada –Se quedó pensativo unos instantes. Aún había dolor en su rostro, pero el distraerle parecía una buena idea-. Nunca había caído hasta ahora –añadió-. Michael y Jane parecen compartir algo, como un secreto común.

-Un secreto común escalofriante –dije-. He intentado ocultártelo todo este tiempo, porque tú vida no estará segura si lo sabes, Jake.

-Su vida ya no es segura, haga lo que haga –dijo Edward.

-Da igual, decídmelo –dijo Jake. Me miró intensamente-. La seguridad de mi vida es lo que menos me importa en este momento. En realidad, mi vida, ahora mismo, es una piltrafa.

Sentí el dolor que acompañaba a sus palabras. Pobre Jake.

-El mundo de Jane y Michael, lo que hay detrás de su fachada, Jake, el mundo al que Edward y yo pertenecíamos y también Jacob Black…

-¿Jacob Black es alguien real?

-Lo era. Te pareces tanto a él, Jake.

Edward me cogió posesivamente de la cintura. Jake se fijó en ello.

-Edward, ¿por qué no compruebas que no venga nadie mientras yo le explico a Jake?

Mi marido gruñó pero me hizo caso. Se acercó a la esquina que había al final del pasillo en el que estábamos.

-¿Sabes? La historia que cuenta la serie de televisión, los personajes que estamos representando, son reales.

-Y Edward y tú sois los Edward y Bella de la historia. Já, Y yo va y me lo creo.

-Pues es cierto, Jake –dijo Edward desde la esquina, con una mirada triunfal. Se había asegurado de que el pasillo que partía desde allí estaba desierto, pero se acercó a nosotros y bajó la voz-. Y eso incluye a los vampiros chupasangres a los que admiras tanto.

Bueno, no penséis que Jake va a creer enseguida las palabras de Edward y Bella. Le va a costar lo suyo asimilar el mundo fantástico en el que vive. Tampoco va a renunciar tan fácilmente a Bella. Jake es un optimista nato y aprovechará cualquier error de Edward, faltaría más. Casada o no, tardará en dejar de luchar por ella.

Y ahora ya sabéis que por qué los Cullen están desaparecidos. En realidad, han estado muy ocupados. Lo que les va a contar Benjamín no les vendrá de nuevas. Ya tenían la sospecha de que los Vulturi querían el poder sobre los humanos y han estado trabajando al respecto, sobre todo Carlisle, que sabe que la amenaza es real, y muy peligrosa.

Plis, sentíos libres para dejar comentarios. Se agradecen muchísimo...