La respuesta no fue transmitida con claridad, ni siquiera mediante palabras. Sin embargo, Gilbert supo que, desde el momento en el que Feliks desvió su mirada ante su pregunta, había sido expresada la respuesta que esperaba a través de su silencio y de aquel gesto. Se habría reído debido a lo irónica y de fantástica que resultaba la situación. Pero sólo una risa débil y seca, tintada de amargura, fue lo que invadió cada una de sus cuerdas vocales.

No le hizo falta saber que Feliks había vuelto a clavar sus ojos en él, probablemente observándole con un semblante entre triste, compasivo, o incluso molesto. Pero era más acertada la primera posibilidad. Y así era. Ninguno de los dos se atrevió a dar el primer paso, a hablar primero. Y como sabía que Feliks no sería quien lo haría, él mismo se dio un voto de valentía para pronunciar:

-Así que mis manos son las de un asesino, al fin y al cabo…

No quería reprochárselo, tampoco se lo decía con intenciones de hacerle sentir mal. Era lo que su mente estaba pensando, lo que sus recuerdos trataban de decirle, lo que el miedo estaba causando en él. Porque por primera vez en aquella vida, Gilbert Beilschmidt tenía miedo. Y lo peor, era que tenía miedo de sí mismo, de su pasado, de su presente, o de su futuro. Porque ahora que sabía lo que sabía, desconocía con qué medidas o actitud afrontar todo aquello.

-No quiero oír eso de tu boca, Gilbert.

-Eres tú que simplemente evitas la verdad. ¿O te atreverás a decirme que no? ¿Y cómo es que sabes que yo soy lo que soy?- esta vez, quien le enfrentó, fue él. Tuvo la sensación de que Feliks se echaría a llorar ahí mismo, delante suya.- Tú eres… tú también eres uno de ellos.

-Gilbert…

-¿Cómo debería tomármelo? ¿Cómo debería asimilarlo? Eh, soy un país desaparecido ¿y tú qué tal?- dijo con sorna, representando una conversación con alguien normal.- No me jodas. Y eso no es lo peor de todo. Tuvo que ser precisamente un país que se llevó por delante miles de vidas.

-O sea, na-nadie te va a juzgar por eso…- murmuró Feliks, cada vez se estaba encogiendo más, como si le doliera que Gilbert se enterase de aquella manera, que el momento tan esperado hubiese llegado así, sin avisar y con los más agrios recuerdos.- Yo no te voy a juzgar por eso.

Un suspiro. Gilbert de repente se sentía más viejo, más cansado, y sobre todo, más culpable y podrido de arrepentimientos sobre acciones que había cometido alguna vez, en un tiempo y en una vida que recordaba, pero que no recordaba haber vivido alguna vez. Se levantó del banco en el que permanecían, y supo que Feliks quiso detenerle, porque sintió sus pasos tras él, pero con voz autoritaria, tuvo que decirle:

-Necesito estar solo.

Y Feliks no pudo más que cumplir sus palabras. Las hojas muertas del parque se esparcían por el suelo, y él las apartaba a medida que iba avanzando, lento y sin prisa, como si cada paso que diera, cargase con un gran peso en sus pies. Ni siquiera tuvo en cuenta a las personas con las que se chocaba, y tampoco tenía fuerzas para contestar a sus reclamos. Cuando hubo llegado a su piso, no encendió las luces.

Se dejó sentar en el sofá, y permitió que las horas se anidasen en sus ojos. En la oscuridad, recordando y viéndose a sí mismo, como si se tratara de una reencarnación de la muerte, destruyendo y sin dejar nada en su camino, con la crueldad vestida en el color rojo de su mirada, con las lágrimas en los ojos de los más inocentes, y también, con los ojos verdes impregnados de dolor, los ojos verdes de Feliks.

Estaba seguro que si él lo sabía, era porque Feliks también era un país. Estaba muy seguro de ello, porque si no, no entendería por qué habría de aparecer en sus recuerdos. Y no sólo eso, se dijo mientras se encogía en aquel sofá que de repente, le quedó muy grande para una sola persona. Recordó pues, el libro que una vez había encontrado, dando la casualidad que su dueño no era ni más ni menos que Feliks.

Su título jamás lo olvidaría. Rezaba algo sobre lo que parecía haber sido un país, puesto que Gilbert no recordaba haberlo visto situado en el mapa con ese nombre, y ni siquiera lo habían nombrado en las noticias alguna vez. Polonia. ¿Qué era Polonia? ¿También había sido un país? Tendría que ser, puesto que había estado durante la Segunda Guerra Mundial. Entonces ¿qué había sido de él? ¿Dónde estaba ahora? ¿Habría desaparecido, al igual que Prusia? Era imposible.

Pero desechó todas esas conjeturas y preguntas complicadas, dejando que el sueño se apiadase de su alma, pese a que en el mundo de los sueños, sus recuerdos volverían a atacarle de tal manera que sintiera que los vivía de verdad, robándole la calma y la tranquilidad, como usualmente pasaba y seguía pasando. A pesar de que hubo un período de tiempo en que no los había tenido.

El resto de los siguientes días, Gilbert no asistió el trabajo, porque aún tenía que asimilar todo lo que estaba sucediendo y cambiando de alguna manera u otra, su usual y común vida. No tuvo temor de perder su trabajo, se supuso que el viejo lo entendería. Pero si lo perdía, realmente no le importaba. Su cabeza no estaba para pensar en ese tipo de cosas secundarias, o al menos, para él se había tornado así en aquel instante.

El viejo lo había llamado alguna vez, pero quien más insistía era Feliks. Llamaba siempre una vez todos los días, y a veces, más de dos si le daba un arrebato de preocupación. Sin embargo, Gilbert no era capaz de coger su móvil. Una vez, se había atrevido a descolgarlo, a por lo menos, dejar que la voz de Feliks se reprodujera a través del aparato y llegase hasta sus oídos, porque al fin y al cabo, le echaba de menos.

Escuchaba cómo Feliks le preguntaba que cómo estaba, que por qué no le cogía las llamadas, que no quería perderle por un pasado del que ya no había vuelta atrás. Insistía en que nunca le había juzgado por ello, y que pese a eso, seguía requiriendo de su presencia, que no iba a abandonarle, que estaría dispuesto a explicarle todo.

Pero en cuanto las memorias le invadían, cuando visualizaba el cuerpo de Feliks con múltiples heridas, con el desprecio en sus ojos, encerrado en un calabozo donde Gilbert era el dueño y el causante de su dolor, cerraba los ojos con fuerza, y colgaba el móvil sin ni siquiera pronunciar un adiós al joven. Le dejaba con la preocupación expuesta en el aire, y se preguntó si en alguno de esos días que habían ido pasando, había hecho llorar a Feliks.

Y realmente, espero que no fuese así. Porque sabía que no se perdonaría el crearle sufrimiento de nuevo. No por segunda vez. Aunque, a saber cuántas veces le había hecho llorar, no lo recordaba, tampoco quería recordarlo, y con esos arrepentimientos continuó encerrado en su piso, sin atreverse a salir fuera, sin asistir al trabajo.

Sin ir a ver a Feliks.

Pero entonces, las llamadas a su móvil se vieron sustituidas por toques en su timbre. A veces se alternaban con toques en la puerta, apremiantes e incesantes, pero Gilbert no contestaba. No había nadie en casa. Nadie esperaba tras la puerta, aquel piso estaba vacío.

Una de las veces, al tercer día de los toques en el timbre y en su puerta, escuchó un sollozo. Alzó la cabeza, clavando la mirada en esa dirección, y supo que aquel sollozo era de una única persona que, irónicamente, reconocería en cualquier sitio, entre un millón de personas.

-Gilbert… sé que estás ahí.

Era un reclamo, una petición, o parecía casi hasta una súplica. Gilbert se enterró más en sí mismo, se encogió aún más, quería taparse los oídos pero no quiso hacerlo porque de algún modo u otro, quería escucharle. Necesitaba escucharle, él, que nunca había dependido de nadie, que era tan arrogante y tan seguro de sí mismo, que siempre se burlaba de Feliks, aunque fuera con cariño. Ahora, era dependiente de él, y no supo hasta qué punto eso le preocupó.

-Abre la puerta por favor.

Pero no hubo respuesta, no hubo voz que saliera de su garganta para responderle y decirle al menos que se fuera, que sus intentos eran en vano, que no perdiese el tiempo en una persona que le había hecho tanto daño. ¿O no era eso, a fin de cuentas? No le había aportado nada positivo a Feliks.

-¿¡Cómo se supone que voy a perdonarte si no te tengo en frente!? ¡No seas cobarde, tú no eres así!

Aquel grito vino acompañado de un golpe en la puerta, y Gilbert estuvo seguro de que Feliks se habría hecho daño en sus frágiles manos. En los nudillos, para ser más exactos, unas manos que en el rincón de su mente y su corazón, le habían revivido que alguna vez, las había acariciado e incluso hasta besado con ternura, despertando una serie de emociones desconcertantes para Gilbert.

Ese día tampoco abrió la puerta.


Y los días que siguieron después de ese, Feliks tampoco fue a insistir más. Y por un momento, Gilbert pensó que ya se había rendido. Y que al fin y al cabo, era la mejor decisión. No valía la pena que sufriera más por alguien así, cuando había personas mejores allá fuera.

Pero a la semana siguiente. Cuando estuvo dispuesto a abrir la puerta para recoger el correo y los periódicos que se habían quedado acumulándose a lo largo de las semanas, se encontró de lleno con Feliks. Y no hubo fuerza suficiente para cerrarle la puerta en las narices, porque Feliks le abordó en un abrazo desesperado, dejándole desarmado, sin poder apartarle.

Sus manos se aferraron a la gran estructura de su cuerpo, puesto que Gilbert era consciente de que era el doble que Feliks, en muchos sentidos. Le recorrieron su ancha y larga espalda, y se aferraron a su ropa como si fuera el único sustento que podía sostenerle y no dejarle caer.

Gilbert retrocedió unos pasos, la puerta la tuvo que cerrar, y Feliks intentó empujarle hasta acorralarlo contra la pared más cercana. Gilbert sintió la fría pared contra su cabeza, y ambos se deslizaron, sin despegarse del uno del otro, hasta tocar el suelo. Gilbert aún no se había inmutado a corresponderle aquel gesto que no se merecía, pero cuando sintió la nariz de Feliks rozar contra su cuello, al igual que sus húmedas lágrimas, no tuvo más duda.

Le envolvió como quien envuelve a un niño desprotegido, al tesoro más preciado jamás encontrado, intentó ser lo más delicado posible, ya que, aunque no lo hubiese sido en esa vida, tenía alma de soldado. No se podía pretender que alguien así fuera dulce y delicado, pero aquella vez lo intentó con todas sus fuerzas.

Dejó que Feliks llorase, que se desahogara todo lo que quisiera por ese tiempo que estuvieron separados el uno del otro, por la situación, por las circunstancias, por todo. Y sorprendentemente, Gilbert también sintió que sus ojos escocían. No podía decirse que Gilbert nunca hubiese llorado en algún momento concreto de su vida. Alguna vez lo había hecho. Pero sólo cuando había sido un niño.

Un niño que sentía que no encajaba en aquella familia, como si algo estuviese mal. Un niño rodeado de hombres, sin el cariño de una madre. Sin el cariño de un hermano. De un hermano, del que tuvo la sensación de haberse reencontrado con él apenas unos días, de aquel hombre desconocido de mirada azul que había visto en la distancia.

No quiso que se diera cuenta, pero parecía que ya era demasiado tarde, porque Feliks le sujetó del rostro, y empezó a besar todo su rostro. Eran amigos, se suponían que eran amigos, pero por una extraña razón, Gilbert no fue capaz de rechazarlo, ni de decir algo hiriente, o algo para romper ese ambiente con algún comentario egocéntrico de los sueños. Dejó que Feliks le limpiase las lágrimas, mientras él hacía lo mismo, aunque sólo fuera con sus manos, que pese a estar ásperas, Feliks las recibía con una sonrisa muy pequeña, aún encogida por la tristeza acumulada.

Un último beso fue depositado en su frente, los cálidos labios de Feliks se habían encargado de reconfortarle, y mirándose en silencio, Gilbert estuvo a punto de pronunciar que lo sentía, pero el otro no se lo quiso permitir. Lo que Gilbert no se esperó, fueron las siguientes frases pronunciadas por Feliks, quien omitiendo todos los sentimientos que aún no querían salir, pero que se habían manifestado un poco en ese momento, dijo con total seguridad:

-Te lo explicaré todo. Puedes preguntarme lo que quieras, pero tienes que acompañarme a un sitio al que debemos ir. Tenemos que salir de Alemania… sólo si tú quieres Gilbert. Sólo si estás dispuesto a saber más cosas. Aceptaré tu decisión, sea cual sea. Pero recuerda que no voy a dejarte solo.

Gilbert fue capaz de preguntar.

-¿A qué sitio te refieres?

Aunque ya creía saber la respuesta.

-A Polonia.

Donde el fénix jamás murió en sus cenizas.