Capítulo 11: Trío de ases.
Harry salió de la casa sin ser visto; necesitaba meditar a solas, no sólo sobre la conversación mantenida con Ron hacía unas horas, durante la que su mejor amigo le había confesado el engaño "piadoso" a que estaba sometiendo a la temperamental Hermione. Tampoco sobre su propio secreto, al mantener aún oculto el hecho de que el piso que había ocupado su adorada pelirroja hasta hacía bien poco, ahora era totalmente de su propiedad, gracias – o desgracias, aunque desde lo más hondo de su alma, esperaba que no lo fuesen - a él. Todo aquello le inquietaba, pero lo que más desazón le había causado, era el hecho de que Snow le había negado categóricamente algo que, hasta el momento, él había tenido bien claro: que Aby era hija de Oswal Carmichael.
Para el joven auror, aquellos ojos grandes y profundos, grises como el cielo encapotado, y tan bellos, eran inconfundibles, tanto en Oswal como en Aby. Sin embargo, Snow le había dejado bien claro que el pueblo entero se empeñaba en afirmar que la joven rubia no era sino hija del que, por otro lado, había jurado votos de castidad al convertirse en sacerdote: Ben Campbell, y que a su modo de ver, en nada a ella se parecía. Para aquel enigma, él sólo tenía una respuesta: que la misma Romilda Carlyle hubiese fomentado esa creencia; o que al menos, no la hubiese negado. ¿Pero porqué? ¿Por qué una mujer como ella, evidentemente querida y respetada en la villa, necesitaría mantener semejante mentira? También le constaba que Romilda había estado casada hasta hace unos pocos años, en que su esposo falleció. ¿Qué papel había jugado aquel hombre en todo el asunto? Demasiadas preguntas, y una sola mujer para responderlas.
Pero lo más intrigante del asunto, era que no sólo en la joven rubia y en el Jefe local de Aurores había podido observar aquellos rasgos tan majestuosos y distintivos, por otro lado llenos de secretos; el inmenso lobo que le había atacado tan sólo hacía unas cuantas noches, mostraba también los mismos ojos, la misma mirada, perdida el la profundidad del recóndito enigma que había supuesto para Harry, desde el mismo momento en que lo vio.
La pregunta era obvia: ¿Cuál era la conexión, el nexo de unión, entre los tres? O quizá, como él temía desde que el enigmático lobo los salvó, a sus compañeros y a él, en la catastrófica cueva, no era correcto hablar de tres, sino de dos. Quizá, y su corazón le aseguraba que no se estaba equivocando, Oswal Carmichael y el descomunal lobo eran una única persona, o una única bestia… Y de tener razón en su creencia: ¿Romilda Carlyle lo sabía? ¿Estaba al corriente de lo que era, o en lo que se había convertido el padre de su hija?
Aquel pensamiento terminó de decidirle. Era cierto que había dado el día libre a todos sus compañeros, y que había prometido a Ron no intentar concluir la misión hasta que él se hubiese repuesto, para que pudiese ayudarles, a no ser que algún peligro inminente precipitase los acontecimientos. Y cumpliría su palabra. Pero también era cierto que nada iba a impedirle plantar las cosas bien claras a la dueña del hostal. No sabía qué le sacaba más de quicio: si que le engañasen, o que le tomasen por idiota. Y sentía que en aquel lugar, desde el mismísimo momento en que había puesto un pie en él, ambas cosas estaban sucediendo por igual. Y no iba a permitirlo ni por un segundo más.
Sin darse cuenta, sus erráticos pasos le habían llevado a las afueras del pueblo. Era hora de volver, entrar en el hostal y encontrar a Romilda, a quien debía inmensa gratitud por lo bien que los estaba tratando a él y a todos sus amigos, pero que no por ello iba a librarse del peso de la ley. Era hora de que ambos hablasen a solas, de que él esgrimiese todas sus preguntas cual una varita a la que sólo podría atar el yugo de la verdad.
Bruscamente, dio media vuelta para encaminar sus pasos hacia el lugar elegido, topándose de frente, por ello, con la que le pareció la misma mujer que, durante su primer día de estancia allí, le había advertido sobre la amenazadora presencia de la bestia. Temió golpearla con toda su fuerza por el encontronazo, e hizo lo posible y lo imposible por evitarlo; pero estaba tan cerca de su pequeña figura, le quedaba tan poco tiempo de reacción, que su cuerpo se abalanzó al encontronazo sin remisión. Al menos, ya se había preparado para atraparla entre sus brazos cuando su propio cuerpo, mucho más joven, más alto y robusto que el de ella, la lanzase contra el suelo, evitándole la caída.
Pero nada de aquello sucedió. Atónito, sintió cómo una gelidez casi mortuoria penetraba en todo su ser, traspasándolo sin contemplaciones para escapar por su espalda, dejándole la misma sensación de vacío, la misma sensación de muerte que tantas veces había sentido ya en su vida, pero que, por ser tan inesperada, en esa ocasión le recordó a la primera vez en que "alguien" se la había hecho sentir, hacía tantos años ya, en el castillo de Hogwarts, y siendo tan sólo un niño: un fantasma, para ser exactos. Acababa de ser atravesado por un espectro.
Totalmente desconcertado y sin palabras, tan sólo pudo darse la vuelta de nuevo, en busca del ente que, con tan malos modales, acababa de invadirle las entrañas. Una mirada inquisitiva le confirmó la identidad de la "mujer": la misma que había hablado con él durante su primer paseo por el lugar, para pedirle ayuda.
¡Mierda! – se lamentó para sus adentros. ¿Por qué los espíritus tenían la mala costumbre de atravesar al personal, dejando en el cuerpo ese frío tan antinatural que, durante minutos, nada podía mitigar? Se sintió enfadado consigo mismo, casi furioso. ¿Cómo no había sido capaz, durante la primera ocasión en que aquella mujer y él se encontraron, de darse cuenta de que no se trataba de una humana normal, sino de un ente, tan sólo vivo en el pasado? A regañadientes, hubo de admitir lo evidente: en aquel momento, su único pensamiento, su único sentimiento, habían sido los dulces y húmedos labios de su pelirroja, que él acababa de saborear por primera vez, después de tanto haberlo estado anhelando. Aquel día, se había estado ahogando en su propia calidez al desearla como un loco, al recordarla. Y en aquél encuentro, tampoco ella lo había atravesado por completo.
- ¿Sabe que es de muy mala educación invadir de ese modo el cuerpo de las personas? – aún así la acusó, dando rienda suelta a la indignación que sentía por lo sucedido, para que encubriese totalmente su estupor.
- Lo siento, muchacho, pero en este caso, necesito hacerme con toda tu atención – la voz de la mujer rebosaba tanta melancolía, tanto temor, que el moreno creyó tener el corazón en un puño. Por ello la dejó continuar, más que dispuesto a escuchar. – El alma de la bestia es más negra por momentos – aseguró.
Harry habría jurado que la más absoluta negrura acechaba al ente con su más cruel presagio. Si no estuviese muerta ya, habría temido que aquel halo de maldad le arrebatase la vida sin tregua. Instintivamente, se llevó la mano al bolsillo interior de la chaqueta, donde siempre guardaba su varita; aunque no la enarboló, a sabiendas de que el peligro no procedía de la mujer, sino del tormento que ella llevaba a cuestas.
- ¿El alma de Carmichael? ¿Está intentando alertarme de que Oswal Carmichael se ha vuelto más peligroso? – le preguntó sin ambages, contagiado de la inquietud que su aura destilaba.
El fantasma negó tristemente con la cabeza.
- No anida la bestia en el corazón de esa bestia – fue su enigmática respuesta.
- ¡No me venga ahora con enigmas! ¡Ha sido usted quien me ha reclamado para que intente ayudarla! – el joven auror respondió, comenzando a hartarse de aquella situación. - ¡Por favor! ¡Si no es él quien le preocupa, si teme por la vida de los que fueron sus vecinos, sus amigos en este pueblo! ¡Póngame en el camino correcto! ¡No me haga perder tiempo! ¡Se lo ruego!
- Grande es el castigo que llevo a cuestas, y grande es la penitencia. Me está vedado ayudarte, pero no advertirte. Sé que has visto en muchos ojos – la vetusta imagen le aseguró, sonriéndole con cierto cariño; he podido sentirlo al…
- Atravesarme – Harry terminó la frase por ella, con acidez.
- Al atravesarte…- hubo de aceptar, apenada. - El niño que vivió, el elegido, el salvador… Mira también en mis ojos – fueron sus últimas palabras.
Y cual suave brisa, se marchó.
Harry se halló a sí mismo observando fijamente a un punto inexistente, como un idiota. Sacudió la cabeza, resuelto y todavía enfadado, y comenzó a caminar a grandes zancadas hacia el destino que, momentos antes, él mismo había elegido.
Si al salir de casa la sangre le hervía con un mal presentimiento, la conversación mantenida con el espíritu de aquella atormentada mujer, no hacía más que acrecentar su angustia. Si él no había interpretado mal sus enigmáticas palabras, la vieja dama le había alertado de que algo grave iba a suceder en la villa muy pronto, si él y su equipo de aurores no eran capaces de evitarlo; algo relacionado con… ¿la bestia que tiene a la bestia dentro, y no con la bestia que no la tiene? Harry, exasperado, negó con la cabeza. ¿A cuántas bestias se refería? ¿Y eran todas físicas, reales? ¿Ó haber hablado de aquel modo no había sido más que un fútil enigma provocado por los delirios de un penitente fantasma? De un modo u otro, guardó aquel detalle a buen recaudo en su recuerdo, para ser capaz de usarlo, en caso de necesidad.
Aunque, al parecer, la situación había cambiado para él, continuó pensando que lo mejor para tomar las riendas de lo que fuese que iba a suceder, era combatir el fuego con el fuego. De este modo llegó al hostal que regentaba Romilda Carlyle, accedió a este por la puerta de atrás que daba directamente a las cocinas, sin hacerse notar, y rápidamente localizó a la mujer que, por suerte para ambos, se hallaba sola, dando los últimos retoques al menú para la inminente cena de aquella noche.
Al reparar en su presencia, la mujer le ofreció una amplia y sincera sonrisa, que no fue correspondida.
- Usted y yo vamos a hablar – Harry declaró, empleando un tono que no daba lugar a una negativa.
- Claro, muchacho. ¿Qué sucede? – lo miró fijamente a los ojos, preocupada. – Dime.
- En privado.
- ¿Acaso usted ve a alguien más aquí? – Romilda sonrió de nuevo, intentando suavizar el ambiente, con resultado nulo.
- Usted está siendo muy bondadosa con todos nosotros; yo le estoy inmensamente agradecido, y por ello prefiero mantener esta conversación en privado, Romilda – el auror mantuvo su postura firme, aunque apareció calidez en su mirada. – En un lugar donde nadie pueda interrumpirnos.
- Veo que es realmente importante lo que vienes a decirme – ella afirmó con voz que comenzaba a ser realmente preocupada.
- Lo es.
- Está bien. Acompáñame a la biblioteca. Allí tengo mi despacho privado, donde Aby no entra para nada. Le recuerda demasiado a su fallecido padre.
Al escucharla, Harry enarcó una ceja y la miró con suspicacia. Mas la mujer ya había comenzado a caminar, y no pudo darse cuenta de ello. Ambos anduvieron en silencio hasta alcanzar una vieja puerta del primer piso, que Romilda abrió para él, indicándole que entrase. Tras el hombre, ella franqueó la entrada también, cerró la puerta tras sus pasos, y quedó pendiente de Harry, esperando a que él comenzase a hablar.
- Por toda la gratitud que le debo, voy a ser franco con usted: estoy investigando las andanzas del extraño y descomunal lobo que amenazó a Ginny y me atacó a mí, hace unas noches – los ojos de la mujer se agrandaron, mostrando mezcla de sorpresa y de un temor que a Harry no pasó desapercibido. – Creía que el reverendo Campbell ya le habría puesto en antecedentes – de nuevo aquella mirada temerosa por parte de ella – al tratarse de una villa tan pequeña como esta, donde supongo que las noticias deben correr como la pólvora, y viniendo él por aquí tanto como suele venir.
- Bueno… en este lugar no existen muchos sitios donde pasar el tiempo – ella intentó explicar una actitud que, por otro lado, Harry en ningún momento había puesto en tela de juicio.
- Por eso lo digo. Romilda, no me van los rodeos, ni tengo tiempo para ellos en este momento.
- A mí tampoco.
- Voy a hacerle tan sólo dos preguntas, y quiero respuestas claras y concisas.
Ella asintió.
- ¿Por qué todos en la villa creen que Aby es hija de Ben Campbell, en vez de serlo de Oswal Carmichael, como sucede en realidad? – de nuevo, los ojos de la mujer se agrandaron como platos, y un leve temblor comenzó a recorrer sus manos. - ¿Y es realmente Oswal Carmichael a quien voy a enfrentarme, cuando acorrale a la bestia que está acosando a las mujeres jóvenes en este lugar?
El semblante amable que, hasta aquel momento, siempre había mantenido la dama, desapareció por completo tras una máscara de deliberada indignación.
- Mi hija es hija mía, y de mi difunto marido. Y no veo porqué usted deba pensar lo contrario, ni tampoco los aldeanos de Hope Avery. Pero si es así, no seré yo quien de pábulo a chismes que tan sólo pretenden hacer daño, removiendo un pasado que jamás existió. Y ahora, si me disculpa…
Intentó abandonar el cuarto con rapidez, pero Harry se interpuso en su camino, decidido a no permitirle marchar hasta haber obtenido de ella lo que quería.
- Déjeme salir, muchacho – Romilda insistió, intentando apartarlo por la fuerza.
- No, hasta que haya respondido a mi segunda pregunta. ¿Es Oswal Carmaichel el lobo que está aterrorizando a las mujeres de la villa, el mismo que a mí me atacó? Respóndame – le ordenó sin contemplaciones.
- ¿Piensa arrestarme? – la mujer preguntó fríamente, a la defensiva.
- ¡No pienso arrestarle! ¡Por Merlín! – apretó los puños con fuerza, intentando serenarse. – No voy a arrestarle, Romilda. Pero voy a hacer todo lo que tenga que hacer para poner fin al drama que este lugar está viviendo, con su ayuda o sin ella. Y sinceramente, preferiría que fuera con su ayuda, para evitar un dolor innecesario a las personas que usted ama, y a usted misma.
- Ya he dicho todo lo que tenía que decir – ella insistió, firme en su postura.
Harry negó con la cabeza, apenado.
- Cuando todo esto termine, porque terminará – recalcó, dejándolo bien claro – espero que usted no tenga que arrepentirse de no haber confiado en mí. Y ahora discúlpeme, pero tengo muchas cosas que hacer.
Dio la espalda a la mujer y salió del cuarto sin mirar atrás, mientras ella lo observaba con semblante de derrota.
- Y yo también lo espero, muchacho; yo también – afirmó apenas en un susurro, que él ya no pudo escuchar.
Harry bajó las escaleras con paso impetuoso y ágil, las mismas que, por un lado, llegaban desde las cocinas, y por otro – desde un cómodo descansillo – se encaminaban al comedor, donde ya los pocos huéspedes del hostal, así como varios vecinos de la villa, comenzaban a acomodarse para disfrutar de una sabrosa y tranquila cena.
Un vistazo rápido a la estancia, le descubrió el paradero de David, quien ya había notado también su presencia, y a quien ordenó salir fuera del hostal mediante un raudo y disimulado movimiento de una mano, que ambos hombres entendían a la perfección, y que su subordinado inmediatamente interpretó. Tomándose su tiempo, David dejó que Harry abandonara el edificio, para seguirle minutos después, con total discreción. El crepúsculo se adueñaba de la villa, cuando ambos hombres se encontraron, como si fuese por pura casualidad, ante la estatua de Harry que dominaba la plaza principal.
- Me imagino a mí, encerrado en piedra, dejando la vida pasar sin poder hacer nada más que ver cómo se escurre ante mí, inmóvil, inútil e indefenso – de pronto Harry sorprendió a su compañero con aquella confesión, taciturno.
- ¿Lo dices por la estatua? – David no pudo evitar sonreír con diversión; aunque el semblante melancólico y pensativo de su jefe y amigo, también a él le dio qué pensar.
- Lo digo por esta aberración, sí – el moreno rezongó, molesto. – Se parece tanto a mí que me hace sentir como… desnudo; ahí, expuesto ante todo y ante todos. No me gusta. No, no me gusta. Si existe un buen modo de que yo sea recordado, en caso de que hubiese un motivo para ello, que no lo hay, sin duda no es este.
- ¿Y cómo desearías tú ser recordado?
El otro lo miró con amargura.
- Lo único que hay que recordar de lo que pasó, es que siempre existe un modo de luchar contra la tiranía, contra el terror… de intentar proteger a aquello y a aquellos que amamos; que por mucho miedo que tengamos, por mucho dolor que sintamos, siempre quedará esperanza para los dispuestos a luchar por aquello en lo que creen. Yo sólo aspiro a vivir en los corazones de las personas a quienes amo. Nada más – desvió la mirada, melancólico. – Dejemos el tema, David.
El otro selló una réplica en sus labios, aunque observó a su jefe con renovada admiración.
- Quiero que mañana, a primera hora, convoques a Aby Carlyle y a Edward Snow en nuestra casa – le ordenó, volviendo a centrar su vista en él. - Que Aroa hable con Aby, y tú lo haces con Edward, o como queráis… Pero que nadie más se entere de que vamos a mantener una reunión con ellos. Con Ron aún convaleciente, Aroa y tú no necesitáis excusas para visitarnos. Decidles que inventen algún pretexto convincente para ausentarse de sus tareas, y que vengan por separado, sin comentárselo a nadie y si puede ser, sin hacerse ver.
- No pretendo poner en tela de juicio tus decisiones ni tus órdenes, ya lo sabes. Pero me muero de curiosidad por saber qué quieres hablar con ese par de adolescentes, que están tontitos el uno por el otro y hacen de todo menos confesarse la verdad mutuamente – el otro afirmó, divertido. – Y por qué.
- ¿Tú también te has dado cuenta de que se mueren el uno por el otro? – el moreno sonrió alegremente.
- ¡Por Merlín! ¿Y quién no? – rió sin poder evitarlo.
- Por eso sé que Snow protegerá a Aby, aún a costa de su vida, si es necesario.
- ¿Necesario para qué?
- Este no es momento ni lugar para hablar de ello. Nunca se sabe qué oídos indiscretos pueden estar escuchando. Vosotros, convocadlos. Y durante la reunión, todas vuestras preguntas serán respondidas, y muchas más.
- Sea similis ordens, arcaemagirus – abrió ambos brazos con las palmas de las manos hacia arriba, en señal de rendición.
Harry le sonrió con acidez.
- A las ocho de la mañana, no lo olvides.
- No lo haré.
Ambos se estrecharon las manos de forma cortés, aún representando su papel, y cada cual tomó su camino.
~~O&o&O~~
Harry entró en la casa pensando, alucinado, en que la había ocupado tan sólo acompañado por una amiga y que la había acabado compartiendo con su novia y sus dos mejores amigos. Se había dado cuenta de que, el enfado que lo había estado dominando durante gran parte de la tarde, se había difuminado en una bruma de molestia, mucho más cálida y llevadera. De hecho, el sólo hecho de tener un lugar a donde regresar, en el que cuando llegase le recibiesen las personas a quienes más quería en su vida, llenaba su alma de una calidez impagable. Sintió que debía saborear cada segundo que pasase junto a ellos en aquel lugar, a pesar de ser tan misterioso y lleno de peligros. Ensimismado en sus pensamientos, paseó una sonrisa amable por la planta baja, en dirección a las escaleras que le llevarían a su cuarto, con intención de mudar sus ropas por otras mucho más cómodas.
- ¿Se puede saber de dónde vienes? – una voz indignada, que no sabía de dónde había salido, detuvo en el acto tanto sus pasos como sus pensamientos.
- Tío, si estás ensayando otro modo de pronunciar el "Petrificus totalus", te juro que casi lo has conseguido – aseguró a quien le había increpado de un modo tan brusco, que no era sino Ron, quien no dejaba de observarlo con cara de enfado. – Me alegra verte de pie. ¿Cómo te encuentras?
- No desvíes la conversación. ¿Qué es eso de largarte sin avisar, y sin siquiera decirle a tu novia a dónde demonios te has ido a pasar casi una tarde entera?
- Vamos, Ron, no dramatices. El pueblo es lo suficientemente pequeño para que vosotros me hubieses encontrado en diez minutos, si hubieseis querido – afirmó con obviedad apoyada en una divertida sonrisa.
- Pero no hemos querido, idiota. Hemos pensado que quizá tú deseabas pasar desapercibido, porque has ido a investigar algo relacionado con la misión – el otro se defendió con malos modos.
- Sabia decisión.
- ¿Entonces ha sido así? ¿Has tenido la poca vergüenza de salir de misión tú solo? ¡Me habías prometido que me esperaríais! – le gritó, aún más indignado.
- Y te esperaremos. Tienes hasta mañana por la noche para reponer fuerzas, capullo; porque entonces, empezará el espectáculo.
- ¿E-espect-?
- ¿Dónde están Ginny y Hermione? – Harry le interrumpió sin miramiento.
- Eh… Hermione está en la cocina, preparando la cena. Y con mi hermana vas a tener que lidiar tú. No le ha sentado nada bien que hayas desaparecido de esa manera.
Al escuchar sus últimas palabras, Harry mostró un semblante sombrío, consiguiendo que a Ron se le pasase el enfado de repente. Sin motivo aparente, el moreno se abalanzó sobre su enfurruñado amigo y lo abrazó con fuerza.
- ¿Sabes que eres mi mejor amigo? – le dijo como toda explicación. - ¿De verdad te encuentras mejor?
- Sí, me encuentro mucho mejor. - Ron le devolvió el abrazo, sorprendido. - Harry… ¿Q-qué te pasa?
- Nada, no te preocupes.
Se separó de él tranquilamente, y subió las escaleras con placidez, mientras el pelirrojo lo observaba, aturdido.
Pasados unos segundos, Ron negó levemente con la cabeza y se marchó a la cocina, en busca de su castaña favorita.
~~O&o&O~~
Harry abrió la puerta de la habitación que compartía con Ginny, con suma suavidad, y entró en ella sin apenas hacerse notar. Halló a Ginny de pie, observando la negrura de la noche a través de la ventana; caminó hacia ella y la tomó en sus brazos, por la espalda. Ambos compartieron la fascinante oscuridad del paisaje.
- Perdóname, cariño – él comenzó a hablar. – Sé la promesa que te hice. Siento haberme marchado de este modo, pero necesitaba meditar sobre el trabajo, y no consigo hacerlo con claridad cuando estoy contigo. Contigo cerca, sólo pienso en tu mirada, en tus labios, tu figura, tus abrazos… Y aún contigo lejos, me ha costado una inmensidad centrarme en otra cosa que no fueras tú.
- Había olvidado lo que es realmente vivir al lado de Harry Potter – Ginny afirmó serenamente, acariciando con ternura las masculinas manos que la abrazaban.
- ¿Y eso? – él alzó una ceja, suspicaz.
- Cuando tú, Ron, Hermione y yo, éramos alumnos de Hogwarts, sobre todo durante el último año que pasaste allí, ese año que yo compartí con vosotros de un modo tan cercano, yo, al igual que ellos dos se la habían hecho desde hace mucho tiempo, tuve que hacerme a la idea de que eres un espíritu libre, destinado a hacer grandes cosas; cosas que a veces te mantienen cerca de quienes quieres, pero que a veces te llevan lejos, muy lejos, en la distancia – habló con naturalidad, como si tan sólo hiciese palabras de un sentimiento que siempre había sido tan obvio para todos. – Eres un líder nato, Harry. Y esa responsabilidad que conlleva lo que eres, te acerca a los que quieres, y a los que lideras, para apoyarte en ellos, para guiarlos; pero también te aleja de nosotros, cuando los demás no somos capaces de llegar donde tú sólo sabes hacerlo, o puedes hacerlo.
Él la giró entre sus brazos, para ser capaz de mirarla fijamente a los ojos, atónito.
- Si hice lo que hice, es porque me vi obligado a hacerlo. Ya lo sabes.
- ¿Tú crees? Yo creo que lo hiciste porque eras el indicado para hacerlo – acarició su mejilla con ternura y volvió a sonreír. - ¿Cuántos de nosotros crees que habríamos conseguido lo que tú lograste? ¿Cuántos habríamos llegado siquiera hasta el final, y menos con tu edad?
- Eso no es…
- ¿Cierto? ¿Relevante? Vamos, Harry. ¿Quién va a convertirse en el Jefe del Departamento de Seguridad Mágica, con tan sólo veintiséis años? Puedes negarlo cuantas veces quieras, pero en el fondo, sabes que vales para hacer lo que haces. Todo lo que haces – besó sus labios suavemente. – Como siempre, tú estás aquí para liderarnos, y nosotros estamos para seguirte.
- Yo estoy aquí para compartir unas hermosas vacaciones con la mujer que amo – él protestó, molesto. – Y no sé cómo, me he visto liado en todo este asunto de la bestia.
- Sí que sabes cómo: porque lo deseabas.
- ¡Sí! ¡Va a resultar que deseaba haberte puesto en peligro, que me hayan herido y que nos fastidien las vacaciones una y otra vez!
- No van a funcionarte conmigo los juegos de palabras, señor cabezota – Ginny le regañó como a un niño pequeño. – Sabes bien lo que deseas: proteger a esta gente, salvarla. Una vez más, el bienestar de los demás está primero; el tuyo, después.
- ¿Y el tuyo?
- El mío está junto al tuyo, por supuesto – volvió a besarle adorablemente. – Aunque reconozco que, si por mí fuera, te tendría encerrado en esta habitación día tras día, a mi merced.
Harry la levantó en brazos y la apretó aún más contra su cuerpo. Ambos rostros quedaron a la misma altura, sus miradas fijas la una en la otra, hipnotizadas.
- Por Merlín… no puedo aguantar más… - afirmó con su voz más varonil. – Cásate conmigo.
- Sí – ella susurró, pegada a él, como si hubiese estado anhelando aquella pregunta toda una eternidad, con la respuesta bien dispuesta para la ocasión; como de hecho, así había sido.
Un nuevo beso, apasionado y profundo, silenció los millones de palabras que los dos se morían por pronunciar.
Sin apenas darse cuenta, acabaron tumbados en la cama, Harry sobre Ginny, besando su largo y sedoso cabello, su dulce rostro, su esbelto cuello, mientras ella le regalaba por todo su cuerpo sus caricias llenas de entrega y de excitados gemidos.
~~O&o&O~~
Mientras, en la cocina, Ron se había sentado en una de las sillas y observaba cómo Hermione estaba cocinando, demasiado callado y con el entrecejo fruncido. La chica, acostumbrada a la desenfadada cháchara de su novio, pasado un tiempo se giró para observarlo, suspicaz.
- ¿Qué es lo que pasa? – quiso saber, fijando en sus ojos su mirada inquisitiva.
- Harry ya ha vuelto – el chico respondió, esperando – en el fondo sin esperanza – que ella se conformase con la escueta respuesta, como efectivamente, no sucedió.
- Lo imaginaba. Pocas personas, aparte de Harry, son capaces de hacer que te calientes la cabeza de ese modo. Harry sabe cuidarse solo, ya lo sabes – intentó animarle, para que dejase de mostrar aquella cara de preocupación.
- Ya lo sé, y no es eso lo que me preocupa.
- ¿Entonces, qué es?
El chico se mordió los labios con nerviosismo, temiendo la que se le venía encima.
- Él me ha dicho, me ha dicho…
- ¿Te ha dicho…? – le animó a continuar, con voz exasperada.
- Me ha dicho que mañana por la noche vamos a entrar en acción. Por fin.
- ¡Ah, no! ¡Ni lo sueñes, Weasley! - le ordenó, con los brazos en jarras - ¡Tú te quedarás en casa, a continuar con tu convalecencia! ¡Y si hace falta, yo ocuparé tu lugar! ¡Faltaría más!
- ¡De eso, nada! ¡Yo ya estoy casi recuperado! ¡Además! ¿Quién es el auror aquí? – él se defendió, sintiéndose acorralado.
El rojo que arrasó en el rostro de la castaña, los bufidos de indignación que profería, y los puños tan apretados que habrían ahogado a una mísera pulga dentro de ellos, la hicieron parecer un gran caldero apunto de explotar. Dio una fuerte patada en el suelo, antes de dignarse siquiera a responder aquella última pregunta.
- ¡Ron Weasley! ¡Ya es la segunda vez en pocos días que se me acusa de no estar a la altura para defender a los que quiero! ¡Y no pienso permitirlo! ¡Ni una vez más! – le gritó, perdiendo los nervios.
- ¿De qué me estás hablando? ¡Sólo te he dicho que puedo hacer mi trabajo! ¡Nada más! – se puso en pie y la encaró, cruzándose de brazos frente a ella.
Sin darse cuenta, Hermione mudó su expresión enfadada por otra de sufrimiento; al darse cuenta de ello, el alma de Ron le cayó a los pies; se abrazó a ella como un desesperado, y la pegó a su pecho con tanta fuerza, que a la chica casi le costaba respirar.
- Lo hemos hecho de nuevo, ¿verdad? – él dijo con voz queda; no era una pregunta.
- E-eso me temo – ella respondió entrecortadamente; había comenzado a llorar.
- Te juro por mi vida que te haré feliz – la abrazó con toda la ternura del mundo; los nervios le agarrotaban el cuerpo entero.
Ella se abrazó a él con la misma desesperación que el chico había mostrado hacía unos segundos.
- No metas tu vida en esto. Tan sólo, hazme feliz. Yo lograré hacerte feliz, te lo prometo.
- Ya me haces feliz – la voz le salió rota, emocionada, mientras le acariciaba el rebelde cabello, tratando de serenarla. – Vamos, preciosa, terminemos de cocinar la cena.
- Sí, será lo mejor.
Hermione fue a darse la vuelta, para seguir cocinando; pero Ron la tomó de la mano con ímpetu y la obligó a que sus labios se encontrasen, sumiéndola en un apasionado beso.
Al separarse, ambos se miraron, enamorados.
- No sé porqué demonios estos dos aún no han bajado para cenar – él afirmó, volviendo a sentarse a la mesa con descaro. – Seguro que Ginny lo está poniendo firme – concluyó con cierto deleite.
- Oye, tú… ¿No me has dicho que ibas a ayudarme?
- ¿En serio quieres que lo haga? – le ofreció una mueca de exagerada sorpresa.
- No. Mejor será que no lo hagas, si no quiero tener que recomponer luego todos los cacharros, y pasarme horas y horas fregando lo que tú ensucies.
- Eeeeeeeexacto – él respondió con descaro.
Hermione no pudo más que sonreír, pues el Ron que tanto amaba, había regresado.
COMENTARIOS DE LA AUTORA:
Después de tanto tiempo sin haber podido actualizar, ya venía pensando que iban a pasar meses y meses sin poder, hacerlo. Precisamente, ese pensamiento, ese sentimiento, es el que me ha creado la urgencia de crear este capítulo, fuera como fuera y cuando fuese, pero tenía que sacar tiempo para hacerlo. Ya se había convertido en una necesidad.
El capítulo, como suele pasarme, ha resultado no ser como esperaba; aunque en esta ocasión, me quedo con la sensación de que ha sido mucho mejor de lo que había imaginado. Así que me siento satisfecha.
Nota: "Sea similis ordens, arcaemagirus". Esta frase, pronunciada por David, y que yo me he inventado, vendría a significar "Sea como ordenas, jefe", en el lenguaje de los magos. En este pasaje, David se pone en plan "ceremonial", queriendo hacer ver a Harry de un modo un poco picajoso que, aunque se muere por hacerlo, no va a cuestionarle más, pues acepta su rango de jefe. De ahí que Harry pille la "broma" y le sonría con acidez.
Hace tiempo que no he respondido reviews, más que nada porque, prácticamente, hace días, por no decir semanas, que no había entrado en fanfiction (con la de buenísimos fics de tan buenísimos autores que tengo por actualizar su lectura, por Tutatis...). Espero poder responder los reviews atrasados en cuanto pueda disponer de unos momentos tranquilos para escribir (¿pero eso existe? que sí...). Os prometo que los he leído todos, uno a uno, con infinita ilusión y emoción (me llegan a mi mail particular, como os sucede a todos vosotros, jeje).
Así que este capítulo lo dedico a todos aquellos que me habéis dejado un review al capítulo anterior, con todo vuestro cariño; y especialmente, a aquellos a quienes, con toda mi desfachatez, todavía no he respondido. Ruego que me perdonéis e intentéis comprenderme; la vida profesional suele ser dura, unas veces más y otras menos, y acabo de pasar por un momento bastante duro en ese sentido.
Un abrazo fortísimo para todos, y hasta muy pronto (espero y deseo de todo corazón).
Rose.
