Me he inspirado en este capitulo con la canción Swallow it – Brandon Flowers.

CAPITULO 10

Kagura

"You could not swallow it.

No Baby, you're not ready.

Slow down and take your time to evolve.

Slow down."

Aoko sonrió al ver como la pequeña Kagura estaba concentrada con un dibujo que elaboraba a base de crayones, con el cejo fruncido y una graciosa mueca en su boca. De vez en cuando, paraba de dibujar, echaba la cabeza hacia atrás para contemplar el dibujo y rebuscaba con sus pequeñas manitas el color adecuado.

Ya hacía un año del desgraciado accidente de su madre, y por suerte, Kagura empezaba a volver a ser una niña normal.

Aún recordaba ese época tan difícil de su vida…


"¡Aoko! ¡Prepárate por que Kagura y yo venimos a haceros una visita a ti y a tu padre! Ya era hora ¿verdad? Pero sabes que el trabajo no me permite hacer milagros, chica. Ser madre soltera no te permite hacer casi nada ¡Estás muy limitada! ¡Y Hokkaido y Tokio están muy lejos! Pero, por fin, ha llegado la hora… ¡Mañana llegaremos! Venimos en coche, sabes que el avión es muy caro… ¡No me lo puedo permitir! ¡Ja, ja! ¡Somos más pobres que las ratas! ¡Oh…Y mi niña esta preciosa! ¡Cuando la veas, no la reconocerás! ¡Qué emoción! ¡Hasta mañana, mi queridísima prima!"

Aoko volvió a darle al play mientras se volvía a recogerse a sí misma como un ovillo, en el sofá, envuelta en una manta.

"¡Aoko! ¡Prepárate por que Kagura y yo venimos a haceros una visita a ti y a tu padre! Ya era hora ¿verdad?..."

Ese mensaje telefónico era lo único que le quedaba de su querida prima Yutaka. Aquello y su hija, Kagura. La había visto inconsciente en el hospital cuando le dieron la amarga noticia de que su prima no había sobrevivido al accidente de coche. Un maldito borracho se saltó un semáforo y se estampó contra la puerta del conductor con gran intensidad. Al saber la noticia, salió corriendo del hospital y se resguardó en su piso a llorar mientras oía una y otra vez el último mensaje que le dejó su prima en el contestador. De eso ya hacía una semana…

Yutaka era una chica despistada, soñadora, algo mandona, con la cabeza siempre inmersa en una novela. Era la hija de la hermana mayor de su fallecida madre. Su tía era mucho mayor que la madre de Aoko, y Yutaka se quedó sin madre a los diecinueve años, por la misma enfermedad que Sakura Nakamori: cáncer de páncreas. Su padre las había abandonado cuando Yutaka era pequeña, su paradero aún era desconocido. Tan solo tenía a ella y a Ginzo. Aoko recordaba que cuando eran pequeñas jugaban muy a menudo y como Yutaka siempre había tenido ese aire juvenil y ese carácter soñador y fantasioso, no era de extrañar que se llevaran muy bien a pesar de que se llevaban cuatro años de diferencia.

Yutaka conoció a su marido, Xiao Ming, en un viaje de fin de curso, en Hong Kong. Ella tenía diecisiete años y él veinticuatro. Se enamoraron a primera vista y él se apresuró en encontrar trabajo en Japón para estar junto a Yutaka. Para aquél entonces, Aoko tenía trece años y cuando Yutaka le explicaba las citas tan románticas que tenían, se deleitaba secretamente que Kaito algún día le invitara a salir. Pero su noviazgo fue demasiado rápido. Se casaron cuando Yutaka cumplió los veinte años, después de la muerte de su madre. Él era el hermano menor de muchos de los hijos de la dinastía Ming, y la familia se opuso a ese enlace no encontrando adecuada a Yutaka siendo japonesa y huérfana. Pero él se desentendió de su familia y se casaron.

Al año siguiente, tuvieron una preciosa hija que llamaron Kagura. Le pusieron el apellido de soltera de Yutaka, pues no querían tener problemas con la familia de él. Lamentablemente, la desgracia cayó sobre ellos. El padre de la criatura cogió una grave neumonía y murió cuando Kagura cumplió el primer año. La familia Ming no quiso saber nada ni de la madre ni de la hija. Entonces Yutaka decidió irse a vivir a Hokkaido para emprender una nueva vida como madre soltera. No la había visto más. Tan solo la llamaba muy a menudo y le contaba su vida y los progresos de su querida hija.

En medio de sus pensamientos, un pitido intermitente sonó, trastornando su ensoñación y devolviéndola a la realidad. El teléfono. Se pasó las manos por la cara y estiró el brazo con pesadez hacia el auricular para descolgarlo.

- ¿Diga? – preguntó con voz ronca.

- ¡Aoko, qué bien que hayas cogido el teléfono! – exclamó una voz grave llena de nerviosismo.

- ¿Papá? – Se extrañó - ¿Estás bien?

- Sí, sí… Bueno…No. – Ginzo suspiró cansado – Aoko, me gustaría que vinieras a casa. Kagura no me hace caso. Se encierra en su habitación, apenas me habla y no come. Ya sabes…Que no soy bueno en esto, hija. No sé qué hacer.

- Está bien, papá – Dijo sorbiendo con la nariz sonoramente – Ahora vengo.


Llegó a la puerta de su casa al cabo de una hora. La verdad, no le extrañaba que Kagura se comportara de esa manera. Tan solo hacía una semana del trágico accidente y debía ser un choque muy grande para una niña de tan solo cinco años. Se había visto envuelta en una nueva vida en muy poco tiempo, en un entorno diferente, en un lugar distinto, sin sus queridos padres. Sin nadie. Tan solo con un tío abuelo neurótico y una tía demasiado inmadura que eran prácticamente desconocidos para ella. Era comprensible. No obstante, a pesar de tener en cuenta todo lo anterior, cuando vio a su padre con ese estado de cansancio, su piel pálida y unas moradas y feas ojeras, el alma se le cayó al suelo. En su apariencia se veía todo el esfuerzo que hizo el hombre a los últimos días. Después del accidente, Kagura pasó dos días de inconsciencia y el tercero al hospital. Cuando despertó y preguntó donde estaba su madre a Aoko se le atragantaron las palabras y se le empeñaron los ojos. Su padre tomó el relevo y le explicó a la pequeña lo que había pasado.

Aoko siempre recordaría los gritos y el llanto de la niña. La niña acusó a su padre de mentiroso, para después revolcarse en la cama del hospital, envuelta de patadas y lágrimas, gritando que quería ver a su madre. Ella y su padre la intentaron parar y tranquilizar pero no quería saber nada de ellos. Vinieron unas enfermeras y le dieron un valium para tranquilizarla. A la mañana siguiente, le dieron el alta. Iría a vivir a casa de Ginzo, pues la familia de de su padre no quería saber nada de ella. Pero ahora veía la enorme tarea de su padre, reviviendo otra vez la labor de lidiar con una niña pequeña que había perdido su madre, tal como había hecho con ella. La diferencia estaba en que ahora era diecisiete años mayor y la niña con que trataba no era su hija sino una completa desconocida.

Ahora veía el esfuerzo reflejado en esos ojos cansados y tristes.

- Aoko, hija, me alegra que hayas venido.

- Claro, papá – Dijo entrando en la casa y depositándole un beso en la mejilla - ¿Dónde esta Kagura?

- En su habitación, como siempre.

Aoko le sonrió a su padre de forma tranquilizadora y le puso la mano en su hombro, apretándolo en forma de apoyo.

- Yo me encargo de ella – le recomendó – Tu mejor que vayas a dormir un poco, lo necesitas.

- Gracias, hija – le agradeció rascándose la nuca – Esta noche tengo trabajo, ya no lo puedo eludir más.

Ella le contestó con una sonrisa comprensiva y se dirigió escaleras arriba, en su antigua habitación, donde ahora dormía Kagura. Llamó a la puerta con ligeros golpes contra esta, pero no obtuvo respuesta.

- ¿Kagura? – La llamó sin dejar de dar suaves golpes en la madera de la puerta – Kagura, soy Aoko… Tía Aoko ¿Me abres la puerta?

No oyó contestación y un silencio incomodo se hizo presente, sintiéndose un poco estúpida por esa sensación de hablar a una pared.

- ¿Kagura…?

- La puerta está abierta – Dijo una voz infantil de repente.

- Ah.

Aoko abrió la puerta con cuidado y entró con lentitud, por miedo de espantar a la criatura. La encontró dentro de la cama, enrollada con la manta, tan solo mostrando un pequeño bulto. Aoko se acercó a la cama y se sentó en ella, al lado del bulto. Hizo el ademán de tocarla, pero se contuvo, no pareciéndole buena idea después de todo. Esa niña había pasado un infierno hacia pocos días y ella apenas sabía qué decir para reconfortarla. Se pasó un rato mirándose las manos, muda e incómoda. Intentó recordar cómo se sintió cuando su madre murió, pero hacía tanto tiempo que no se acordaba.

- No te esfuerces.

Aoko volteó hacia la voz que salía del bulto, sorprendida.

- ¿Qué?

- He dicho que no te esfuerces – Repitió la niña debajo de las sábanas – No tienes ninguna obligación de consolarme.

Aoko se removió incomoda sobre la cama. Vaya, era lista. Pensó que, en una semana, las enfermeras, los médicos y algún que otro psicólogo del hospital, la habrían intentado consolar. Así que las palabras no serían lo que ella necesitaba en ese momento.

- ¿Por qué no bajas al comedor? – Propuso Aoko con voz dulce, intentando que la niña saliera por lo menos de esa oscura habitación – Podríamos ver una película de dibujos y comer algo…

- No quiero.

- Pero deberías salir de aquí, no esta bien que te pases tan rato…

- No quiero.

- Debes comer algo.

- No tengo hambre.

Aoko la miró con susceptibilidad. Era imposible que no tuviera hambre. Si lo que había dicho su padre era cierto, esa niña no había comido un plato decente durante una semana.

- Vamos, Kagura…

Aoko alargó la mano hasta posarse sobre el bulto de mantas pero, al estar en contacto, el bulto se escurrió y una Kagura con los ojos hinchados y piel enfermiza salió de entre las mantas con la cara contraída de dolor y tristeza.

- ¡No me toques! – Gritó ella con voz nasal, apartándose de Aoko hacia un rincón - ¡Déjame en paz! ¡Quiero estar sola! ¡No te necesito!

- Kagura – la llamó con la voz más tranquila que pudo adoptar – No puedes quedarte aquí para siempre.

- ¡Sí que puedo!

- No, no puedes – Insistió Aoko, tendiéndole la mano – Vamos, iremos las dos a comer algo.

Kagura se la miró especulativamente durante unos segundos para después sacudir la cabeza con fuerza y apartarle la mano con un movimiento tosco y brusco. Se volvió a meter entre las mantas, formándose de nuevo ese ovillo dentro de la oscuridad.

- ¡Vete! – Rugió – ¡No necesito nada de ti ni de nadie! ¡No quiero verte!

Kagura aguantó la respiración dentro de las mantas, oyendo la reacción de la mujer que estaba a su lado. Al cabo de unos largos segundos, notó como ella se levantaba y cruzaba la habitación con lentos pasos hasta llegar a la puerta y cerrarla cuidadosamente. Dejó ir el aliento. Por fin se había marchado. Estaba harta de ellos. Ella no quería estar allí. Ella no quería saber nada de ellos. Daba igual lo que dijeran. Ella tan solo quería una cosa. Y esa cosa era su mamá.

Pero su mamá no iba volver. Nunca más.


Un calor abrasador la despertó y, al abrir los ojos, se topó con la inmensa oscuridad. Se removió sobre sí misma, notando como el tacto áspero de las mantas le rozaba con su pijama, hasta hallar una rendija de luz y levantarse de golpe, tirando todas las mantas por el aire. Las luces del atardecer iluminaban esa habitación tan extraña para ella y el silencio tan solo era roto por la acelerada respiración de ella.

Y, de nuevo, se veía en el mismo lugar de siempre. En esa habitación que odiaba y necesitaba al mismo tiempo, en esa habitación que se había convertido en su único refugio del mundo. Se recogió sobre sí misma, invadiéndose por la tristeza como cada día. Sin embargo, ahora ya no lloraba. Las lágrimas se habían acabado por hoy, dejando a su paso una molestia en sus ojos y un dolor de cabeza entre las cejas. Con la cabeza entre las rodillas, se mecía sin pausa, cerrando los ojos con fuerza, teniendo la esperanza de despertarse de esa horrible pesadilla. Pero, como siempre, abría los ojos y volvía a verse dentro de esa pequeña habitación. Sola.

Se tiró contra la cama, adoptando una posición fetal, escondiendo su cara contra sus rodillas. Se dio cuenta que tenía que ir al lavabo. Se enderezó y bajó de la cama con parsimonia, rascándose los ojos y agarrando una manta, arrastrándola mientras caminaba. Entreabrió la puerta y sacó la cabeza. No había nadie. Perfecto, no quería que se enterasen que salía de la habitación. De puntillas, se dirigió hacia al final del pasillo, donde estaba al lavabo.

Pero, en el trayecto, un olor delicioso invadió sus orificios nasales. Lo reconoció en el acto: Chocolate. Esa golosina que tanto encantaba a los pequeños, que deleitaba a los grandes y era el postre favorito entre todos. Sin quererlo, su boca le empezó salivar ante ese estímulo tan apetecible. Quiso hacer caso omiso y seguir su trayecto hacia al lavabo, pero su barriga la traicionó y gruñó de forma escandalosa. Puso sus manitas en su estómago, en un acto pobre de refrenar el ruido, sin resultado.

A partir de allí, le pareció que su cuerpo no estaba regido por su cerebro, como si se hubiera vuelto autónomo de golpe y se moviera solo. Su cuerpo se dirigió de puntillas hacia las escaleras, guiado por el delicioso olor a cacao y sus instintos hambrientos. Bajó los escalones con cierta aprisa, oyéndose pequeños crujidos al pisar la madera. Al llegar a la cocina, sacó la cabeza por el umbral de la puerta para contemplar como la chica que antes había venido a su habitación estaba de espaldas, delante de una olla en los fogones, cocinando, mientras tatareaba una canción pegadiza. Por un momento, Kagura retrocedió un poco en el tiempo y se encontró a su madre en lugar de la chica, haciendo la cena, tatareando también una canción, con su siempre contagiosa alegría.

De nuevo, su cuerpo la traicionó y la barriga le volvió a sonar. La chica dio un respingo y se volteó, encontrándose con la pequeña. Kagura, al verse descubierta, quiso correr y encerrarse en su habitación de nuevo, pero la sonrisa llena de ternura que le dedicó la chica, tan semejante a su madre, la paralizó durante unos instantes sin poder reaccionar ante nada.

- Hola, Kagura ¿Tienes hambre? – Le preguntó ella y continuó sin dejarle responder – He preparado un poco de chocolate. Siéntate, te pondré un poco.

Su invitación imperativa ocasionó que la pequeña se sentara en una de las sillas de la mesa de la cocina sin abrir la boca. Quizás, si le hubiese preguntado si quería chocolate, la niña con el orgullo de león se hubiese negado, alegando que no tenía hambre y hubiese huido. Pero, por suerte o por astucia, no había sido así. Aoko puso el chocolate en dos tazas y se entregó una a Kagura. Ella vio con cierta animosidad la taza unos segundos, pero su boca salivar le hizo recordar su hambre y se decidió por coger la cuchara que estaba al lado.

- Espera. Tienes que soplar – Le avisó Aoko, soplando su propia taza - Aún quema un poco.

Kagura asintió levemente y cogió un poco de cacao derretido con la cuchara y sopló. Aoko asintió con una sonrisa y se giró hacia la olla otra vez, para no intimidar a la niña. Kagura dio un bocado a la cuchara, sintiendo como el liquido dulce se colaba por su garganta. Tragó y volvió al ataque, saciando por fin la enorme hambre que le había sobrevenido estos últimos días.

Aoko puso los restos de chocolate que había sobrado en un recipiente y los guardó en la nevera. Su plan había funcionado. Ningún niño se resistía al chocolate. Se volteó hacia la niña para preguntarle que si quería algo más, pero la imagen que vio hizo pararse en seco y tragarse cualquier palabra que quisiera decir. La pequeña Kagura no paraba de comer, ansiosa e imparable, el chocolate derretido mientras un montón de lágrimas surcaban por sus mejillas.

Aoko, manteniendo su tranquilidad, se sentó a su lado sin dejar de mirarla. Le acarició el pelo, a lo que la niña dio un respingo y la miró con los ojos bañados por agua salina y la boca llena de chocolate, con la faz llena de angustia. Aoko sonrió con tristeza.

- Yo también la echo de menos – susurró con un hilillo de voz, sin dejar de acariciar.

Kagura sorbió por la nariz y una nueva cascada de lagrimas se materializó, para después lanzarse contra el pecho de Aoko y ahogar allí su dolor con alguien, soltando estruendos sollozos. Aoko la abrazó fuertemente, apoyándola en todo y consolándola en un silencio lleno de compresión implícita.


Después de ese episodio, Aoko la fue a ver casi todos los días, ganándose su cariño y su confianza con facilidad. Fue su punto de apoyo y para Aoko un gran consuelo. A veces pero, la joven universitaria no podía evitar pensar que Kagura se refugiaba en ella por el gran parecido que tenía con su prima. Después de unos meses, concedieron con su padre que lo mejor sería que Kagura se fuera a vivir con ella y con Kazuha. Era una tontería que siguiera viviendo con Ginzo, pues él no se encontraba casi nunca en casa y lo que necesitaba la niña en esos momentos era compañía. Kazuha y ella se la proporcionarían y su padre ayudaría con su manutención en lo que pudiera.

Kagura se integró en la escuela primaria Ekoda, donde ella fue de pequeña. Al principio, los profesores le decían que no lograba integrarse con los demás compañeros. Y era normal, se había convertido en una niña introvertida y taciturna, aún no recuperada por la muerte de su madre. Aoko la animaba siempre en quedarse a jugar después de clase con algunos compañeros, pero ella siempre se negaba en rotundo, adhiriéndose a sus faldas y sin soltarse de ellas en ningún momento. Aoko empezaba a temer que Kagura estuviera dependiendo demasiado de ella y eso no podía ser bueno, debía abrirse a los demás o sino nunca superaría la muerte de su madre.

Un día, sin quererlo, llegó tarde a recogerla. El metro había sufrido una avería y no podo llegar a tiempo. Lamentándose por su tardanza y por el hecho de que estaba lloviendo, corrió bajo la lluvia bajo su paraguas y llevando el de la pequeña Kagura bajo su otro brazo. Cuando llegó al portal de la escuela no pudo creer lo que vio. El patio de la escuela estaba desierto y tan solo había dos pequeñas figuras debajo la lluvia, debajo un mismo paraguas. Los observó desde una distancia prudencial, rezando que no la hubieran visto. Kagura…Kagura… ¡Kagura estaba hablando con alguien! ¡Con un niño de su edad! ¡Su dicha no cupo en su corazón! Se acercó a ellos lentamente, con una sincera y tierna sonrisa dibujada en sus labios.

- ¡Kagura! – Le saludó cuando llegó a su lado – Lo siento, cariño, el metro sufrió una avería y no pude llegar antes… - Kagura asintió un poco incomoda por el niño que tenía al lado - ¿Quién es tu amiguito?

- Él es… - Empezó con un nerviosismo en su voz.

- Yo soy Seiji Matsumoto – Se presentó el niño con una enorme sonrisa y una pequeña reverencia – Voy a la misma clase de Kagura.

Aoko contempló en chico de ojos negros y pelo oscuro. Tenía una alegre y amigable sonrisa en sus labios y supuso que ese era su temperamento la mayor parte del día. Un carácter perfecto para que Kagura pudiera volver a ser una niña de cinco años sana y feliz, superando el trance de la muerte de su madre.

- Hola, Seiji – Saludó Aoko contestando la sonrisa y la reverencia – Yo soy la tía de Kagura ¿Te has quedado con ella para hacerle compañía?

- Sí – asintió con orgullo – Se había quedado sola y sin paraguas así que me quede con ella.

- Muy amable de tu parte. Te estoy muy agradecida.

- De nada – contestó risueño, frotándose la nariz.

- ¿Y donde están tus padres? ¿No te vienen a buscar?

- No, no hace falta – Contestó él – Vivo dos calles más allá.

- Muy bien. Si quieres te acompañamos hacia allá.

- Como quieran – dijo encogiéndose de hombros con aire desenfadado.

Lo acompañaron hacia su casa y Aoko pudo observar con gran satisfacción como el niño explicaba anécdotas curiosas sobre novelas de terror y de fantasía, de seguro su pasatiempo favorito. Kagura lo escuchaba con interés aunque con un poco de reticencia. Seiji derrochaba en sus palabras gran emoción y sentimiento, y su carácter era amable y carismático con lo que sería relativamente fácil que Kagura se abriera con él.

Afortunadamente, la predicción de Aoko fue acertada y Kagura y Seiji se conviertieron con el tiempo en mejores amigos. Seiji ayudó a Kagura a hacer nuevas amistades y Kagura hizo bastantes amigas, pero siempre acabó prefiriendo a Seiji para jugar. A veces, al verlos juntos, Aoko se ponía nostalgica y recordaba los bonitos tiempos que compartieron Kaito y ella. Pero esos recuerdos desaparecían en seguida, apartados por la dureza de corazón de ella.


- ¡Ya he acabado!

La exclamación infantil hizo despertar a Aoko de su ensoñación. Kagura le implantó delante de su rostro el magnifico dibujo de un hombre rodeado de manchas blancas – a lo que ella interpretó que eran palomas – y de una figura menuda que seguramente representaba la misma Kagura. Aoko se obligó a hacer una sonrisa forzada, aunque por dentro la rabia la carcomía.

- Mira ¿ves? – Le dijo Kagura señalando el hombre – Este es el mago que conocí el otro día y esa soy yo con él jugando con las palomas.

Esa explicación hizo que Kazuha que estabas situada con ellas en la mesa, con las gafas que solía usar para organizar y hacer cuadrar las cuentas de la casa, asomara sus ojos por encima de sus anteojos, con una expresión asqueada y horrorizada. Echó un bufido de resignación y volvió a sus facturas.

- Muy…Bonito – Contestó Aoko tan serena como pudo - ¿Por qué no vas a colgarlo en la nevera?

Kagura asintió, encantada con la proposición, sin darse cuenta de las reacciones que había ocasionado a las dos jóvenes mujeres. Aoko suspiró intentando desahogar así parte de la rabia contenida hasta el momento y se reclinó contra la silla, hastiada. Desde que Kagura había vuelto de casa de los Kuroba hacía una semana, no paraba hablar del famoso mago y sus palomas. Qui si mago aquí, que si mago allá, que si hizo aquello, que si hizo lo otro… ¡Y ella tenía que hacer un esfuerzo de mil titanes para asentirle con una sonrisa, como si no pasara nada! ¿Pero qué podía hacer? Pocas personas ocasionaban esa admiración en Kagura, y cualquier clase de sentimiento como ese era bienvenido, aunque proviniese de ese estúpido mago de cuarta.

- Esta situación acabará por hundirte, Aoko – susurró Kazuha sin levantar la vista de los números.

Aoko rió sarcástica.

- Pues dime, Kazu – le alentó ella - ¿Qué más puedo hacer? Kagura se lo pasó tan bien con él…

- Cualquier persona con dos dedos de frente no hubiese llevado a Kagura en casa de la persona que le traicionó en la adolescencia, para empezar.

- No la llevé a casa de él, es casa de Chikage Kuroba.

- Nada más ni nada menos que la madre del sujeto en sí – Completó mirándola de forma burlona – Era de esperar que algún día se presentase.

Aoko le sacó la lengua como contestación, en un acto pueril de defenderse. Si bien lo que decía Kazuha era verdad, también era cierto que Chikage se había ofrecido dos meses atrás de cuidar de vez en cuando a Kagura, arguyendo que estaba mucho tiempo sola y que le iría bien un poco de compañía. Siendo Chikage, una persona que siempre la había apoyado en todo y la conocía desde la más tierna infancia, no le supo decir que no. Al contrario, hasta le pareció una buena idea. Ahora, lógicamente, no pensaba que lo hubiese sido.

- ¿Qué tal van las cuentas? – Preguntó para cambiar de tema.

- No muy bien, sinceramente – contestó echando un bufido de desesperación – Este último año que hemos tenido a Kagura ha habido muchos gastos, ya lo sabes. Y ahora que la bruja del quinto nos ha subido el alquiler, me parece que vivir aquí ya no es viable.

- ¿Y con la manutención de mi padre no hay suficiente?

- Me parece que no. Hay para comprarle la ropa, la escuela, los libros…Eso sí. Pero el alquiler, la luz, el agua, Internet, el teléfono, la calefacción, la comida…Apenas nos llega con tu salario y mi paga, he de decir. Además, estamos a punto de terminar la carrera y es necesario hacer un máster o prácticas si queremos un buen puesto de trabajo, así que las cuotas de la Universidad subirán como la espuma… - Se rascó la cabeza y se sacó las gafas para dejarlas en la mesa, resignada – Así que no, no es posible.

- Si por lo menos alguien viniera a vivir con nosotras, tendríamos nuevos ingresos… - meditó Aoko, para después desechar la idea – Pero no es posible, nadie querría ir a vivir a un piso de estudiantes con una niña pequeña merodeando por aquí.

- Sí, eso es cierto.

- Kazu, entendería perfectamente si quisieras buscarte otro piso…otras compañeras de piso – Le sospesó Aoko sinceramente – Entiendo que Kagura y yo te limitemos en ese sentido y si quieres irte, lo entenderé.

Kazuha la miró con la boca abierta y con una expresión incrédula.

- ¿Cómo puedes pensar que os abandonaré?

- No sería abandonar, sería…

- …Dejaros con el culo al aire.

Aoko le lanzó una mirada de reproche ante la expresión usada.

- Tan solo digo que no pasaría nada si decidieras irte, lo entenderíamos.

- Pues no, no pienso irme – Contestó ella tozudamente, cruzándose de brazos – Os quiero demasiado para dejaros plantadas.

Aoko rió un poco ante la tozudez de la chica, para después mirarla con ternura. Kazuha, que al igual que ella le encantaban los niños, había cogido un afecto por Kagura formidable. La quería tanto como ella. Y Aoko le agradeció internamente que no se hubiera marchado cuando le propuso que Kagura se fuera a vivir con ellas hace un año atrás.

- Pues entonces no queda más que dos soluciones: o nos toca la lotería o nos cambiamos de piso – Comentó Aoko – Y como la primera es muy poco probable a corto plazo, tendremos que optar por la segunda.

- Así es, no queda otra.

El teléfono sonó y Kagura apareció alardeando que ya lo cogía ella.

- ¿Diga? – Contestó con voz infantil - ¡Al habla Kagura! – El rostro de la niña se iluminó – ¡Señora Kuroba! ¿Qué? ¡Sí, sí! ¡Sí quiero! ¡Espere, ahora voy a preguntarle!

Kagura dejó el teléfono descolgado y corrió hacia Aoko para agarrarle la mano y suplicarle con la mirada.

- ¡Tía Aoko! ¡La señora Kuroba me ha invitado a ir un rato esta tarde a su casa! ¿Puedo ir? ¡Por favor!

Aoko sintió el revoloteo característico que sentía cada vez que nombraban algo que iba ligado con su amigo de la infancia y la alarma del peligro se activó en su mente, pensando que quizá ese androide se encontrara en casa de Chikage, posibilidad que de seguro Kagura también habría pensado. Quiso negarse, de verdad que quiso, pero la mirada de suplica de la niña, lleno de ternura y tristeza, provocó que la negación quedara saturada en su garganta ¡Y quién podría decir que no a esa mirada color miel!

- Esta bien – Dijo en tono derrotado – Dile a la señora Kuroba que iremos a visitarla esta tarde.

La niña dio un saltito de alegría y corrió hacia el teléfono a decirle a la señora Kuroba las buenas noticias. Aoko sonrió por la reacción de la pequeña, pero un chasqueó con la lengua hizo que su sonrisa se borrara al instante y se giró hacia su amiga quien le negaba con la cabeza y la miraba con cierta desaprobación.

- No sé si eres demasiado buena o si eres demasiado tonta… - Sostuvo Kazuha – O si eres masoquista, al fin y al cabo.

- Oh, vamos, Kazu, no exageres – Le reprochó Aoko – Será mucho que se presente por allí ¿no?

Kazuha la miró con desconfianza y se cruzó de brazos con gesto inquisitivo.

- ¿Sabes qué pienso? - Preguntó suspicaz - ¡Que en verdad tienes ganas de verle!

Ante esa acusación, Aoko se sintió como un reo delante de un tribunal de justicia, haciendo frente a una pregunta de vital importancia para su expugnación. Las dudas se instalaron en su mente, materializando con palabras los pensamientos confusos que había tenido esos últimos días sobre su antiguo amigo de la infancia… ¿Ganas de verle? Podía ser. No sería tan descabellado. Desde que Kagura había vuelto de casa de Chikage, no había parado de hablar de Kaito, y ciertamente eso le hizo pensar mucho en él. El comportamiento que Kagura explicaba sobre Kaito se le salía de sus esquemas ¿Magia? ¿Desde cuando él había vuelto ha hacer magia? Y cómo Kagura relataba que estaba muy contento y reía... ¡Reír! ¡Kaito, reír! ¡Vaya disparate! ¿Y lo de las palomas? Realmente sospechoso. La desconcertaba. Kagura estaba hablando de Kaito, de su verdadero Kaito, no del androide. Y esos sentimientos, guardados y dormidos, parecían querer aflorar otra vez, pero su fría y entera razón no dejaba que sobrepasaran los muros que había levantado ella adrede, afortunadamente. "¡No!" Susurraba su razón "¡No tengo ganas de verle! ¡Él no ha cambiado! ¡Esos tiempos pasados ya no volverán, y tampoco volverá el dolor sufrido antaño! Nunca más".

- No digas tonterías – dijo frunciendo el ceño – Yo nunca querré algo así.

Kazuha la miró sin creérselo.

- Kazuha, de verdad no quiero – le aseguró intentando convencerla con sus palabras, o quizá también quería convencerse a ella misma.

- Di lo que quieras – Se encogió de hombros – Pero recuerda lo que te diré ahora: Este chico tan solo te traerá problemas. Más problemas. – Volvió a ponerse las gafas para volver con las facturas – Lo mejor que podrías hacer es olvidarte de su existencia.

Y Aoko pensó que ojala decirlo fuera tan fácil como hacerlo.


La mañana y el mediodía pasaron demasiado rápido para Aoko y demasiado lento para Kagura. Con una con la cara contraída y la otra con una felicidad desbordante, se encaminaron hacia el barrio donde estaba la residencia de los Kuroba. Aoko no pudo evitar echar una mueca de desagrado al ver a su querida sobrina ir dando saltitos por la calle y entonando una canción infantil. Maldita sea ¿Estaba tan ilusionada porque se esperaba ver a Kaito? ¡¿Por qué estaba tan contenta? ¿Tan bien le había caído? Aoko recordó que cuando eran adolescentes, Kaito tenía gran mano con los niños… Bueno, no era de extrañar, él siempre había sido como un niño. Pero, sinceramente, no le acababa de gustar que se llevara tan bien con Kagura. Eso provocaría que lo tuviese que ver en muchas ocasiones.

Su corazón traicionero le dio un vuelco al pensar en esa posibilidad. Aunque no quisiese admitirlo, tenía ganas de verlo, ganas de comprobar si el cambio que decía que Kagura era cierto. Pero luego, sacudió la cabeza con fuerza. No. Eso sí que no. Él le hizo mucho daño. Es más, le rompió el corazón. Por el simple hecho de que volviera a hacer magia y a sonreír no se lo perdonaría todo de la noche a la mañana. Y, al igual que su esperanza, el rencor de su interior seguía allí, impaciente por asaltarlo en cualquier momento. Y eso tampoco podía hacerlo. No otra vez. El último día que se vieron quizá se pasó un poco. Debía de hacer trizas corazón y tratarlo con la misma frialdad que él la trataba. Sí. Sería lo mejor.

Pero esos pensamientos no hicieron que el nerviosismo y la anticipación abandonaran su cuerpo en ningún momento.

- Tía Aoko…

- Dime – Contestó sacándola de sus pensamientos.

- ¿Cuándo volverá Hakuba a venir a casa?

Aoko parpadeó un par de veces y meditó un poco.

- Ummm… Creo que tenía la intención de volver a Inglaterra. Seguramente ya debe estar allí.

- ¿Eehh? – Soltó lastimeramente Kagura - ¡Pero si no se despidió de mí!

- Ya, ya lo sé cielo – Le sonrió en modo de disculpa – Pero ya sabes como es Hakuba, siempre va a su aire. Ya verás que cuando menos te lo esperes se presentará delante de la puerta de casa con una sonrisa.

- Hmmmpf… - Soltó la pequeña, no muy convencida.

- Vamos, no te enfades – Le reprochó Aoko amistosamente – ¿No querrás que la señora Kuroba te vea con esa cara, verdad?

- No…

- ¡Pues sonríe! – dijo acercándose a ella para hacerle cosquillas.

- ¡Tía! – Gritó entre carcajadas - ¡Me haces cosquillas!

Aoko también rió para después abrazarla por la espalda y cogerla para girar sobre si misma con la niña en brazos. La bajó y le implantó un beso en la mejilla. Parecía mentira cómo quería Kagura a Hakuba. Lo adoraba. Extrañamente, Kagura siempre se había ganado el afecto de los mayores antes que de los niños de su edad. Tal vez por que, siendo huérfana, buscaba inconscientemente el afecto de la gente que pudiera protegerla, y los temores y la introversión se vieran reflejados a la hora de hacer amigos.

Al cabo de unos diez minutos llegaron a su destino. Kagura traspasó el caminito de piedra hasta llegar a la puerta donde, con impaciencia, hizo sonar el timbre dos veces seguidas. Aoko llegó a su lado con el corazón en el puño ¿De verdad él estaría allí? Tragó fuerte ¿Qué cara representa que tenía que poner? Después de su discusión, no podría hacer como si nada. Además, tampoco le saldría de dentro hacer algo así. Le parecería hipócrita. Tragó fuerte. Si de verdad ese hombre estaba allí, diría cualquier excusa y se largaría de allí pronto, diciendo que ya pasaría a buscar a Kagura más tarde. Mejor mantener las distancias. Sí, sería lo mejor.

La puerta se abrió, apareciendo detrás la dueña de esa casa con una sonrisa.

- ¡Aoko, Kagura! – Saludó la mujer – ¡Qué bien que hayáis venido!

- ¡Buenas tardes, señora Kuroba! – Saludó Kagura enérgicamente - ¿Puedo pasar?

- Claro que sí.

Kagura no se entretuvo más. Entró como un rayo para sacarse los zapatos a la velocidad de la luz y adentrarse en la casa. Aoko rió nerviosamente.

- Lo siento, señora Kuroba – Se disculpó Aoko por la entrada temeraria de Kagura – Pero hoy tenía muchas ganas de venir.

- Oh, ya veo – Sonrió la otra.

Aoko entró junto a Chikage y anduvieron hasta el salón, donde la anfritona ya se había ocupado de preparar un té y un zumo de piña para las invitadas. Mientras las dos iban enfrascadas en una amable y cortés conversación sobre cómo iba el trabajo de Ginzo Nakamori en la Comisaría Central y tomaban asiento en el salón, oyeron bajar a una Kagura apresurada des de el piso de arriba. Instantes después, una Kagura con el rostro lleno de decepción hizo acto de presencia en la estancia.

- ¿Qué te pasa, Kagura? – Preguntó Chikage desconcertada - ¿A qué viene esa cara tan triste?

- Señora Kuroba ¿Hoy no ha venido su hijo? ¿No ha venido Kaito?

El rostro de Chikage se volvió pálido de repente y miró asustada a la joven mujer que tenía en frente. Aoko, por su parte, hizo como si oyera llover y degustó el té que le había acercado momentos antes Chikage con un aparente tranquilidad en su rostro.

- ¡Es que Kaito me prometió que vendría más a menudo y me enseñaría más trucos de magia! – Replicó la niña.

- L-Lo siento, pequeña, pero Kaito no esta aquí. – Logró decir la viuda.

Kagura adoptó una postura entre enfadada y triste, mientras que Aoko, aunque su semblante fuera tranquilo, notó como la tensión de sus músculos desparecía y se relajaba ante la perspectiva que no tendría que ver al mago.

- ¡Pero les prometió a las palomas que las iría a ver más a menudo! – Volvió a rechistar la niña - ¡Fue una promesa!

- Lo sé, cielo, pero lamentablemente no ha vuelto a visitarme.

A pesar de su media sonrisa de disculpa, Chikage pronunció esa última frase con un cierto tono de tristeza y pena. Aoko la contempló de soslayo unos segundos, por encima de la taza de té, y se lamentó sinceramente por ella. Sabía cuán había sufrido la madre de Kaito por su pérdida, cuán le echaba de menos y de seguramente cuán se había esperanzado por su vuelta. Y ahora parecía que su hijo había desaparecido de nuevo.

- Kagura – le llamó Aoko con una sonrisa – ¿Por qué no vas a ver tu qué tal estan las palomas? ¡Estoy segura que se alegraran de verte!

Kagura la miró dubitativamente durante unos segundos, para después asentir no muy convencida.

- Yo quería ir con Kaito, pero…Bueno, vale – Asintió la niña – Iré a ver qué tal están.

Kagura se fue hacía el jardín para visitar a las palomas, dejando a las dos mujeres en el salón sin casi mirarse a la cara y con un silencio incómodo.

- Aoko, yo…

- No se preocupe, señora Kuroba – La interrumpió – Ya lo sé – Ahora frunció un poco el ceño – Aunque me hubiese gustado que me lo hubiese dicho.

- Debí imaginar que Kagura hablaría más de la cuenta… - Susurró para sí.

- ¿Pero por qué no me lo dijo?

- La verdad es que tenía cierto temor…

- ¿Temor?

- Tenía miedo a que no volvieras a dejar a Kagura en mi casa porque Kaito venía a veces… - Se sinceró Chikage - ¡Oh, Aoko, no sabes el bien que le hace Kagura a Kaito! ¡El otro día Kaito hizo magia! ¿Te lo puedes imaginar? ¡Magia!

Aoko sonrió de medio lado, contagiada por el entusiasmo y la alegría en las palabras de la madre.

- ¡Y todo fue gracias a tu querida Kagura! ¡Entiéndeme! – Le explicó - ¡No quería que te enojaras y te llevaras a Kagura, no después del bien que hizo!

Aoko tuvo que apartar de su vista esa visión de la más completa alegría. No quería oír cosas buenas de Kaito, no quería. Ya le fue lo bastante difícil tacharlo de frío, insensible y mentiroso en su época, ya le costó aceptar la nueva personalidad de su antiguo mejor amigo, como porque ahora le volvieran a cambiar los esquemas y le dijeran que había vuelto ser el de antes. No lo entendía y no quería entenderlo. Ya fue todo demasiado difícil en su época como porque ahora lo volviesen a complicar.

- Sé que cuesta creerlo – Musitó Chikage, como si le leyera el pensamiento - ¡Pero es verdad, Aoko! Ese día me pareció como si el tiempo no hubiese pasado y mi hijo volviera a tener diecisiete años.

- Me gustaría creerla, Chikage, de verdad – Se sinceró ella – Pero no puedo. Ni creo que deba.

La viuda la miró comprensivamente durante unos segundos y después sonrió con benevolencia.

- Quizá el tiempo te hará cambiar de idea.

- No creo – observó tozudamente.

- Bueno, espero que por lo menos dejes venir a Kagura de vez en cuando.

- Sí, claro – asintió Aoko – Aunque no me entusiasme la idea, tengo que admitir que le hace un bien. Kaito ha despertado una gran admiración en Kagura y cualquier sentimiento que le produzca felicidad a ella será bienvenida… - Ahora adoptó un tono más sombrío – La pequeña ya ha sufrido suficiente, no seré yo quien le prive de momentos de felicidad.

- Esto es muy sensato de tu parte, Aoko – Sostuvo Chikage con su dulce sonrisa característica – Y te lo agradezco.

- No hay de qué.

- Aunque debo admitir que ya hace una semana que no sé nada de mi hijo – dijo en tono preocupado – No se ha presentado a casa, no contesta a mis llamadas… Tengo miedo a que…

No hizo falta que Chikage completara la frase. Las dos sabían lo que quería decir. Ese miedo inminente a Kaito volviera a desaparecer de sus vidas, a que volviera a encerrarse junto a su novia Akako, a que volviera a ser el androide, era palpable y preocupante. Y Aoko comprendía enormemente esa preocupación.

- Bueno ¿Y tú que tal? – Soltó Chikage de pronto, intentando alzar los ánimos - ¿Algún problema?

- No…Bueno, sí – Sostuvo Aoko con un bufido.

- ¿Qué tipo de problema?

- Económico.

- Vaya.

- Nos han subido el alquiler este mes y vemos que no podemos afrentarlo – Le explicó algo angustiada – la manutención para Kagura de mi padre tan solo sufraga los gastos para la niña y mi salario y la paga de Kazuha no es suficiente para todos los demás gastos…

-¿Y porqué no le pides a tu padre más asignación?

- No quiero. Me prometí a mi misma que me las arreglaría sola – le dijo decidida – Así que supongo que tendremos que cambiar de piso.

Chikage meditó su problema durante unos segundos.

- ¿Porqué no venís a vivir aquí?

Aoko parpadeó dos veces, confusa.

- ¿Qué?

- Oh, bueno, ya sabes que desde joven siempre me ha gustado viajar, como mi difunto esposo… - le explicó con una sonrisa – Pero sinceramente, estos últimos años no tenía ganas de viajar, estaba demasiado preocupada por mi hijo… Pero el otro día estuve pensando que no me iría mal irme una temporada… De hecho, ya tengo el vuelo reservado para ir a Las Vegas y después a Europa. – Rió ilusionada – Estaría fuera unos cuatro meses. Iré en casas de antiguos amigos de mi marido y míos y recordaré otros tiempos – Continuó soñadora - Aquí hay espacio suficiente para tres personas, mientras buscáis un piso que podáis pagaros, podéis quedaros aquí.

- ¿Lo dice de verdad? – preguntó entre sorprendida e ilusionada.

- Por supuesto.

- ¡Muchas gracias! – Agradeció Aoko – Nos ha quitado un problema de encima.

- De nada, mujer – Sonrió Chikage – Mejor para mí, así me cuidáis la casa.

"No, no. Don't be afraid.

This is your year. It's gonna be all right.

You're a performer. Just take your time.

But not too much time. No, no."

Fin capitulo 10

Bueno, chicas ¡Ahí va otro capitulo! No actualicé la semana anterior, lo siento. Pero tuve bastante faena...¡Éxamenes! Pero bueno, aquí estoy. Por el contrario que muchas pensabais, este capitulo de Kagura no ha supuesto que aparezca Kaito, ¡lo siento! Pero me comprometí que explicaría el pasado de Kagura y así lo he hecho :):)

Ha sido un capitulo de transición y para ver como estan las cosas después del hechizo de Hakuba! que, por cierto, aluciné cuando vi que en todos los comentarios os gustó ese capitulo O.O Pensaba que no os gustaria porque quité a Hakuba de la historia por una temporada!xdxd Pero prometo que volverá, lo prometooo!

Siento que hoy no pueda responder a vuestro comentarios decentemente, voy aún un poco ocupada, lo siento! os prometo que en el proximo capitulo sí que comentaré de forma digna! (me prometí a mi misma no dejar de actualizar, porque siempre abandono los fics a medias xdxd)Como compensación, este capitulo ha sido un poco más larguito :):)

Gracias a: Lady paper( me alegro que te haya sorprendido! era mi intencion, la verdad! y eso de citar un fragmento de mi historia...me hiciste sentir como una profesional! jeje! Lucifer al poder!:D ); Shulia (suerte que no te decepcione! pense que no gustaria! pero por lo que veo si que gusto! sobretodo lucifer, cosa que me encanta porque me lo "he inventado" yo!xd por cierto, te envie un mensaje por correo no se si lo has recibido!xd); Miina Kudo (siento que aun no salga shin lo sientoooooo! pero es que se me esta alargando el fic mas de lo que esperaba xdxd pero si yo digo que saldra, saldra! jajaja! me alegro que te haya gustado el anterior capitulo, aunque quiseras que akako muera yaaaa! jajaja! gracias por tu comentario tan efusivo!:D:D);karimariesk(Tranquila, no lo dejare encerrado mucho tiempo! pero lo suficiente para intrigar a los demás! jusjus! muchas gracias por tu comentario!:D);Saori Kudo (primero, decirte que lo siento por no poder extenderme tanto como tu review! pero es que no dispongo de mi tan preciado tiempo y quiero actualizar!me alegra que te gustara el capitulo y recibir una critica tan trabajada y constructiva, en serio! aunque kagura esta vez no ha podido ayudar a kaito, pobrecita, no lo ha encontrado! pero bueno, la historia sigue! :P:P);Clara (Muchas gracias por seguir comentando siempre! me anima mucho tu seguimiento! :D:D estate atenta porque en el proximo capitulo aparecera akako...otra vez xdxd);Sharyl21(Si, se que todo es un poco lioso, pero espero que puedas entenderlo xdxd aunque esta vez kagura no ha animado a Kaito, mas que nada porque no lo ha encontrado ¿donde estara Kaito? tatachan...! sera en el proximo capitulo :P:P muchas gracias por comentar:D);aural17(te prometo que akako tendra su merecido al fin, sisi, pero tendras que esperar hasta cuando y como! jojojo! pero te aseguro que en todos mis fics habra justicia...al final!xdxd muchas gracias por comentar!);Adherel (Ohh! una antigua conocida!me alegro que ahora leas este nuevo fic! jaja! espero que continues hasta el final :D:D )

Proximo capitulo: Ermitaño Encarcelado.

Sí, lo sé, un titulo extraño! pero avanzo que tiene que ver con la mansión de Akako...

aunque esta vez quizá tambien tarde un poco más en actualizar! lo siento!

MUCHOS BESOS A TODAS!

LittleThief03