Cap. 11: Sobreviviendo a lo inesperado.

El corte de la cabeza de Jane se agrandó al caerle la viga encima, así que estaba fuera de combate y lo estaría durante un buen rato. Lisbon, por lo contrario, también revcivió un golpe, pero en menor grado. Al cabo de un rato se despertó tumada en el suelo, casi encima de Jane, el cual estaba boca abajo con la cabeza ladeada. Se enderezó un poco con la mano en la cabeza, aunque entonces recordó dónde se encontraba y paró en seco. No podía arriesgarse a un derrumbamiento. Logró sentarse al lado de su compañero e intentó despertarle. Nada. Miró su reloj después de toser un poco a causa del polvo, los escombros y el aire cargado y espeso tras la explosión y el fuego. Había estado inconscientes unos diez minutos, tal vez menos.

Ahí abajo era muy difícil respirar, pues había muy poco espacio. Aú así, cogió aire e intentó pedir ayuda. Gritó con todas sus fuerzas para que alguien la oyera, pero las personas supervivientes se encontraban fuera del restaurante destruido y no obtuvo respuesta. Encontró su móbil bajo un par de palos de madera. Intentó sacarlo, pero comprovó que, si lo sacaba, aquello se hundía. Era, pues, un pilar de la estructura, y no podía pedir ayuda ni siquiera a los servicios de emergnecia gratuitos.

Mientras, en el cuartel del CBI, a Hightower estaba a punto de darle un ataque de histeria. Además de quedarse sin un sólo vehículo, había recivido una nota del saboteador. Sus siglas eran DB, es decir, Daimon Booth. Estaba jugando con ellos ahora que sabían de quién se trataba. Quería jugar al gato y al ratón, y ese era uno de los juegos que se encontraban en la lista negra de Hightower. Puesto que la unidad de Lisbon era muy buena, por no decir la mejor, los hizo "encargados". Los reunió a todos en la sala que hay antes de su despacho.

- Agente Cho, ¿hay algún coche operativo?

- Tan sólo uno de los coches.

- ¿Ni una triste moto? -preguntó algo alucinada.

- Las motos están practicamente inservibles.

- Hay cuatro que ni siquiera tienen ruedas -comentó Rigsby.

Hightower suspió tocándose la frente-. Está bien. Daimon nos está provocando, pero ahora lo más importante es ir al restaurante italiano Giorgio. Van Pelt, dices que Lisbon ha llamado y que están bien. Llámala y díle que de momento iréis vosotros de apoyo en el coche que está operativo. A medida que se vayan reparando ya iré enviando más.

- Entendido.

- Vosotros dos id a prepararos. Salís en cuanto Lisbon nos confirme su posición.

Ambos agentes asintieron con la cabeza. Van Pelt fue hasta su escritorio y cogió el teléfono. Marcó el número de Lisbon casi sin mirar los dígitos. Lisbon, por otra parte, estaba sentada abrazada a sus rodillas y la cabeza entre estas. Se llevó un buen susto cuando sonó el teléfono. Intentó cogerlo de nuevo, pues consiguió ver que en la tapa del teléfono ponía "Van Pelt", pero no pudo. Finalmente el teléfono dejó de sonar y Lisbon estuvo a punto de dar un golpe contra el suelo, pero se contuvo y apretó fuerte los diente.

- Cuanod salga de aquí voy a comprarme un móbil sin tapa, al menos así podré intentar responder con el altavoz.

En las oficinas, Van Pelt se quedó estrañada de no recivir nade al otro lado de la línea, aunque fuera Jane, y eso fue algo que le hizo sospechar. Volvió con el resto del grupo y Hightower.

- ¿Qué te ha dicho? -preguntó Cho.

- No contesta -se giró hacia Hightower-. Comunica todo el rato.

- No me lo puedo creer -dijo deviando la mirada.

- ¿Qué habrá pasado esta vez? -preguntó Rigsby algo harto.

- A estas alturas puede haber pasado cualquier cosa -dijo Cho.

- Bueno, de acuerdo -aceptó Hightower-. Agentes Cho y Rigsby, id hasta el restaurante, pero id con cautela. No sabemos qué ha pasado, así que tened cuidado.

- A la orden -dijeron ambos agentes a la vez.

- Van Pelt, intenta rastrear la señal del móbil de Lisbon. Tal vez no sigan allí.

- De acuerdo.

Mientras, en el pequeño agujero en el que habían quedado atrapados Jane y Lisbon, el silencio reinaba en toda esa zona. Lisbon no sabía si era porque ya no quedaba nadie allí o porque habían quedado insonorizados. Ya se empezaba a desesperar cuando escuchó un gemido de su compañero. Se acercó rápido a él y le apartó un poco el pelo para verle mejor. La herida se le había abierto y se había agrandado con el golpe. Tenía todo el lateral ensangrentado.

- ¿Jane? ¿Te encuentras bien?

- ¿Jane? ¿Quién es Jane? -dijo levantando algo la cabeza.

Eso la dejó helada- ¿no recuerdas quién eres ni qué ha pasado? -preguntó preocupada.

- Quién soy, qué ha pasado... bah, típicas preguntas de médico.

Eso la hizo fruncir el ceño-. Jane, ¿te estás quedando conmigo?

- ¿Yo? Jamás sería capaz de hacerte tal cosa -dijo girándose hacia ella con una gran sonrisa.

- ¡Eres idiota! -se apartó de él y se sentó donde estaba-. La próxima vez espero que te mueras.

- Oh, vamos, no te enfades. ¿De verdad querías que me muriera?

- No -Jane mostró alivio-, ahora podré matarte yo misma.

- Pero primero tendremos que salir, a menos de que quieras ahogarte con la peste de la putrefacción -dijo para picarla aún más.

- Déjame, ¿quieres?

- Está bien, ya paro -miró a su alrededor-. Estamos atrapados y no hay forma de salir.

- Muy bien, detective -dijo con sarcasmo-. ¿Y ahora qué?

- Pues -se puso cómo a su lado- habrá que esperar a que nos vengan a buscar.

- ¿Y mientras? -entonces Jane se la miró con unos ojos seductores, lo que la hizo poner un tanto incómoda-. Sea lo que sea que estás pensando, ni se te ocurra.

- ¿Por qué? -preguntó divertido.

- Porque tus ideas de bombero me dan miedo.

- Lo sé, por eso se me ocurren tantas -dijo con una sonrisa.

Entonces, una voz a parte de las suyas se escuchó lejana. No entendieron lo que dijo, pero sí que entendieron su risa, y Lisbon la reconoció en seguida.

- Es él -dijo Lisbon a la defensiva mirando hacia donde procedía, pues había aprendido a no quedarse en blanco en este tipo de situaciones.

Jane tamibén miró- ¿él? -la miró a ella-. ¿Te referies a Daimon?

- Sí -le miró a los ojos-. Es Daimon Booth.

- Me conmueve que sepas mi nombre, Teresa. Nos lo pasamos bien en tu casa, ¿recuerdas?

- ¡Cállate, maldito cabrón! -gritó Jane.

- Tranquilízese, señor Jane, que usted también tendrá su momento de gloria -hizo una pausa-. Mi amigo Maison ha hecho un buen trabajo, ¿no creéis? Ha dejado el restaurante en quiebra -dijo entre risas.

- ¿Y si ha sido Maison por qué estás tú aquí? -preguntó Lisbon.

- Muy perspicaz, Teresa. Te lo explicaré -entonces se escuchó un crujido encima suyo- mientras que augmento el peso de vuestra pequeña estructura. En cuanto acabe mi relato ambos moriréis y todos creerán que morísteis en este terrible e intencionado accidente.

- Estás cómo una cabra, ¿lo sabías? -dijo Jane apoyándose contra la pared de nuevo.

- Pero lo suficiente cuerdo como para no estar bajo esos escombros, ¿no cree, señor Jane? -dijo riendose a carcajadas-. Verás, Teresa. Tayler no te ha dejado plantada por voluntad propia -la estructura crujió de nuevo, aunque se mantuvo firme-, más bien no pudo venir por cuestiones... digamos de emebrgadura mayor.

- ¿Qué le habéis hecho?

- ¿Nosotros? Jamás le haríamos nada, Teresa. Eso jamás.

Jane se quedó callado, meditando una solución. Aunque entonces Daimon echó algo más encima y el "techo" por poco se cae, aunque se aguantó dos palmos más abajo. Jane y Lisbon tuvieron que echarse al suelo, pues sentados ya no cabían. El espacio era aún más reducido, y tras el pequeño derrumbamiento se levantó polvo y ceniza, lo que les hacía más difícil respirar. Al escuchar a sus víctimas toser, Daimon se echó unas risas.

- ¿Qué os pasa, héroes? ¿Os cuesta respirar?

- Nuestros compañeros no tardarán en llegar -dijo Lisbon con dificultad.

- Sí, ¡y van amrados! -añadió Jane.

- No son únicos, créeme -hizo una pausa cargando su pistola-. Después de lo de tu casa, el primer intento fue para Luke en la brigada, después la explosión de hace un rato... soys difíciles de matar, ¿sabéis?

- Me lo tomaré cómo un cumplido -dijo Jane en voz baja para que no le oyera.

- Pero a la tercera va la vencida, y ahora esto se ha combertido en vuestra tumba -levantó un trozo de metal-. Decid adiós, pequeños, es hora de dormir, pero para siempre.

Y justo cuando lo iba a soltar se escuchó un disparo y, después, nada. Se quedaron en silencio y escucharon unos pasos que se acercaban rápidamente. Después escucharon más. No sabían que estaba pasando, tan sólo que la estructura empezaba a crujir. Escucharon cómo el peso minaba, pues alguien estaba quitándoles los escombros de encima. Entonces la viga que les tapaba salió de encima suyo y la luz de dos linternas les enfocó. Se dieron la vuelta aún tumbados boca abajo doloridos.

- ¡Jefa!

Lisbon dio un gran suspiro mientras que Jane esbozaba una sonrisa sin fuerzas aparentes. Eran Van Pelt, Cho y Rigsby, quienes llegaban en el momento oportuno, como siempre. Abrieron un camino y les ayudaron a salir. Una vez fuera, pudieron tomar aire fresco, o al menos no tan cargado como el de alló abajo. Mientras, Cho cogió al moribundo de Daimon y lo llevó hasta una de las ambulancias que acababa de llegar. Le había disparado en la articulación del brazo derecho, así que, aunque se quejara mucho y perdiera sangre, no sería suficiente como para morirse.

Se lo llevaron al hospital escoltado por Cho, y ya de paso a dos heridos de gravedad más. Mientras, en otra de las amublancias curaron a Jane y Lisbon. Pero esta vez el corte de Jane era algo más grave, incluso le empezaban a dar mareos. Ya que Lisbon tamibén estaba algo moribunda se los llevaron a ambos hacia el hospital. Rigsby informó de lo sucedido a Hightower mientras que Van Pelt ayudaba con los heridos restantes.

Una vez en el hospital trasladaron a Jane y a Lisbon a la sala de curas mientras que llevaban a Daimon al box uno para extraerle la bala y hacerle la cura correspondiente. Por suerte lo de Jane no fue nada grave. Esos mareos eran del todo normal, y Lisbon se encontraba casi perfectamente. Ahora lo que necesitaban era una buena ducha, y fue lo que Hightower les otorgó cuango volvieron a la brigada acompañados de Van Pelt, pues Rigsby y Cho se habían quedado para hablar con Daimon. Una de las infermeras salió de la habitación donde se encontraba y se reunió con los agentes en la puerta.

- Lo siento, pero está muy cansado y dolorido. No creo que vaya a despertar hasta mañana por la mañana. Vengan entonces, si lo desean.

Ambos agentes se miraron. Rigsby alzó la vista, puesto que era el más alto, y miró por la ventanita de la puerta. Daimon dormía, efectivamente, y tal como les había dicho la infermera tardaría en despertar.

- Está bien. Mañana a primera hora vendremos para interrogarle -dijo Rigsby apartánodse lentamente.

- Sí, manténgale despierto para entonces -dijo Cho empezando a andar.

Mientras, Jane llevó a Lisbon a buscar su coche cerca del cine, pues Lisbon no podía quedarse sin coche a la mañana siguiente. Aunque lo peor eran los trayectos en silencio incómodo, como el que había en la cafetera de Jane.

- ¿Te encuentras bien? -dijo para romper el hielo.

- Sí, tranquilo. ¿Y tú?

- Tan sólo dolor de cabeza. Mañana habré vuelto a nacer -dijo con una sonrisa.

Lisbon también sonrió, aunque se desvaneció casi al instante- ¿Por qué no puedo quedar con alguien sin que pase nada? -preguntó algo molesta.

- Si sólo te pasa con hombres es que tienes un admirador secreto.

- No bromeo. Siempre que quedo con alguien, un chico o una amiga, siempre pasa algo y les dejo colgados -se giró hacia la ventanilla-. Aún no me creo que sigan cogiendo mis llamadas.

Ahí Jane se dio cuenta de que realmente estaba afectada. Así que decidió hacer uno de sus típicos comentarios inentendibles y fuera de tema.

- Al menos tenemos a Daimon, y aunque hayamos tenido que estar un ratito bajo un edificio carbonizado, oye, tenemos información -dijo animado-. Y en cuanto acabe todo este rollo te prometo que vas a tener una cita "no oficial" con quien quieras, donde y cuando desees, y será imposible que nadie te moleste.

Lisbon le miró con las cejas arqueadas-. A veces me das miedo -dijo amagando una leve sonrisa.

- Lo sé -dijo sonriente.

La dejó justo al lado de su coche, aparacando en doble fila, por supuesto. Pero como que ya era tarde, había poco tráfico, ¿así que qué más da? A partir de ahí cada uno se fue por su lado. Lisbon llegó a su casa con unas ganas tremendas de darse una ducha. Se aseó bien y luego se fue a dormir. Al contrario de lo que se esperaba, no le costó mucho dormirse. Perlo las pesadillas no tardaron en volver. Se despertó sudando y jadeando sobre las tres de la madrugada, como siempre. Cada noche lo mismo, y ya se empezaba a hartar. Pero no podía arriesgarse a tomar pastillas para dormir, pues no quería dormirse a la mañana siguiente y llegar tarde al trabajo. Pero debía encontrar una solución, y pronto.

A la mañana siguiente Cho y Rigsby estuvieron puntuales en la habitación de Daimon, el cual estaba medio despierto. Entraron en la habitación y cerraron la puerta.

- Hola Daimon, ¿cómo va tu brazo? -preguntó Cho irónicamente.

- No sé, dímelo tú, que eres quien me disparó.

- Muy agudo, Booth -dijo Rigsby- pero no te servirá ahora.

- Ah, ¿no? -preguntó con una sonrisa impertinente.

- Nos tienes que contar muchas cosas -dijo Rigsby haciéndose el interesante.

- Como por ejemplo porqué hiciste explotar el restaurante de anoche -prosiguió igual que su compañero Cho.

- ¿Y si no lo hago qué?

- Pues que las cosas irán mucho pero de lo que ya van, colega -dijo Rigsby poniéndose a su lado imponientemente.

Daimon les miró a ambos y después esbozó una sonrisa-. Sabeis perfectamente quién es el que está detrás de esto, ¿por qué perdeis el tiempo conmigo?

- ¿Nos vas a decir donde está? -preguntó Rigsby apoyado en la cama con los brazos rectos.

- Ese es vuestro trabajo, colega -dijo imitandole.

Todo el rato dándoles esquinazo, y Rigsby se empezaba a cansar. Puesto que estaba a su lado lo pilló desprevenido. Lo agarró por el cuello y lo echó hacia atrás, empotrándolo contra el cogín.

- ¡Ya estoy harto de tu palabrería, maldito violador inpertinente!

- ¿Te ha vuelto loco? -alzó la voz Daimon con sus manos en la de Rigsby.

- Es posible -dijo Cho-. Deberías verle en los interrogatorios.

Daimon le miró de reojo y después miró a Rigsby, el cual proyectaba su furia en él. Cho, por lo contrario, estaba la mar de tranquilo, de brazos cruzados frente a ellos.

- De acuerdo -Rigsby le soltó. Daimon se puso la mano en el cuello y se recompuso de aquel susto-, pero quiero un trato -los dos agentes se miraron-. Os doy toda la información que sé a cambio de que la sentencia no sea a muerte.

- Lo de la muerte se podría pactar, pero no te libras de la cadena perpetua ni en broma -dijo Rigsby.

- De acuerdo, me vale. Tendré tiempo para hacer un plan de escape -pensó Daimon en voz alta.

- Eso nos da igual -dijo de repente Cho, el cual se acercó imponente hacia él-. Ahora nos vas a decir qué hacías ahí, qué pinta O'Gradie en todo esto, por qué inutilizaste todos los vehículos de la brigada y por qué John el Rojo quiere matar a nuestra jefa.

- De acuerdo, tranquilo -dijo apartándolo un poco-. No hace falta que te me comas -miró a ambos agentes antes de seguir-. El Maestro lo único que quiere es ver sufrir a aquel hombre igual a él, a aquel hombre que se atrevió desafiarle públicamente. La mejor manera de destruir a un hombre es hacerlo desde dentro y sin nisiquiera tocarle -hizo una pausa-. Chris es nuestro contacto dentro de la policia -hizo una pausa para recordar el orden de las preguntas de Cho-. Yo no fuí quien saboteó todos los vehículos, fue Maison.

- Maison -dijo Rigsby con sarcasmo-. Otra vez ese nombre.

- ¿Quién es?

- Es la mano de recha del Maestro y su heredero.

- ¿Y tiene algún apellido ese tal Maison?

- Maison es su apellido. Nadie excepto el Maestro conoce su nombre.

Los dos agentes se miraron.

- Está bien -dijo Cho-. Y ahora cuéntanos por qué hiciste explotar el restaurante.

- Me mandó a acabar con ambos, pero quería que lo hiciera a lo grande. ¿Y qué mejor que complacerle con una bonita explosión? -dijo con una sonrisa.

- Estais cómo una cabra -dijo Rigsby alejándose, poniéndose así al borde de la cama.

- No, amigo, nosotros somos los cuerdos. Ahora vemos el mundo como realmente es.

Al ori esa frase se acordaron el interrogatiorio con Luke Stone. Exactamente la misma frase.

- Atajo de locos... -susurró Rigsby andando hacia la puerta.

- ¿No me crees? -dijo haciendo que se detuviera-. Pues es verdad. John el Rojo es la única persona que me entiende.

- ¿Igual que entendió al Sherif Hardy, Rebecca y Brus Spencer.

- Y posiblemente Luke Stone -añadió Daimon sin inmutarse-. Llevo días sin verle, y ahora sé que es porque ha pasado a una vida mejor gracias al Maestro.

- No me lo puedo creer -dijo Cho en un suspiro.

- Él lo ve todo y siempre acaba sabiéndolo absolutamente todo de todos.

- Está bien, lo hemos cogido -interrumpió Rigsby-. Corta el rollo.

Los dos agentes se dirigieron a la puerta ya para irse cuando las últimas palabras de Daimon les hicieron detener en el marco de la puerta.

- John el Rojo es mi Diós. Sé que después de esto moriré, pero sé que moriré a manos de mi Diós, y eso me hará morir feliz y libre.

Estaban alucinando. Exactamente lo mismo que les dijo Luke antes de morir. John el Rojo les había lavado el cerebro por completo. ¿Pero cómo?¿Cómo lograba convencerles de una manera tan fuerte? Les hacía creer que su causa era justa, que hacían lo que debían, lo correcto. Salieron de allí mientras que el imbécil de Daimon se reía a carcajadas. Doblaron en la esquina para ir a buscar el ascensor. Pero cuando se encontraban en el final del pasillo se oyeron disparos.

Se miraron y echaron a correr de vuelta a la habitación de Daimon. Entraron casi derribando la puerta. Efectivamente yacía en su cama con dos disparos en el lado izquierdo del pecho. Salieron a regañadientes mientras que dos médicos y una enfermera entraban en la habitación. Miraron a su alardedor pero no vieron nada extraño, salvo al otro lado del pasillo un hombre apoyado en la pared de espaldas a ellos, observándoles de reojo. Por lo que lograron ver era un hombre musculoso y fibroso, de pelo corto de color castaño claro. Rigsby se acercó a su compañero, ambos sin dejar de mirarle.

- ¿Qué opinas?

- Que es más sospechoso que un gitano haciendo footing.

Los dos agentes comenzaron a andar hacia él paulativamente, aunque con decisión. Y lo que les confirmó las sospechas fue que cuando se encontraban a diez metros de ellos el hombre echó a correr como un rayo. No les quedó otro remedio que perseguirle por todo el hospital. Bajaron por las escaleras de emergencia y les hizo dar un montón de vueltas inútiles hasta llegar a la zona de ambulancias, donde tuvieron que detenerse para encontrarle entre las ambulancias y ya de paso coger algo de aire.

- ¿Pero dónde se ha metido?

Y por hablar casi recive un golpe de una moto de cross conducida por aquel hombre. Justo antes de que desapareciera les miró un instante, lo suficiente como para lograrle ver sus ojos azules. Al menos ya era algo para buscarle un perfil en cuanto volvieran a la brigada.