Gracias a Macka, JuneIParis01, untouchrk, Bea1258, mery38alice, Anzu Ravenwood, Jade Edaj, June JK, MoonyStark, Iszy Whatshername, The Lonely Darkness, Crazy Lissi, gaby28 y una Personilla Anónima por sus reviews.

Y... siento el retraso. Procesiones y deberes atrasados y cosas. Aunque por otro lado, ts, tuvisteis dos capítulos en Semana Santa.


CAPÍTULO X

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Makoto era probablemente la única persona viva que conocía a Haruka casi tan bien como él mismo.

Por eso, pese a que él también estaba asustado, era mayor la preocupación que lo invadía al ver cómo el pánico en la mirada de su amigo no hacía más que crecer con cada intento desesperado, a duras penas coordinado e infructuoso de liberar sus manos, atadas a la espalda.

No estaba seguro de qué estaba pasando exactamente por la cabeza de Haruka, pero el joven no había pronunciado palabra desde que la Guardia de Palacio aprovechase la momentánea conmoción de los hombres de Makoto al ver a Rin para reducirlos; ni siquiera prestaba atención a las palabras del Príncipe, y pese a que el hombro lesionado debía de arderle después de la escaramuza, lo único que evidenciaba su dolor era la forma en que apretaba los dientes cada pocos segundos.

No es que el resto tuviera mejor aspecto; Momotarou, el único al que los guardias aún no habían maniatado, estaba encogido en el suelo, demasiado aturdido por el dolor de la herida que aún no había sanado del todo para intentar escapar. A su lado, Aiichiro le susurraba algo en voz baja, y pese a que era fácil intuir en su tono que estaba tratando de tranquilizar al muchacho no parecía estar teniendo mucho éxito. El propio Makoto tenía que hacer un esfuerzo por ignorar las punzadas de su brazo lesionado para no perderse lo que estaba ocurriendo.

—Alteza —Rei hizo una reverencia exageradamente pronunciada ante Rin—. ¿Qué os ha pasado? Vuestro aspecto…

El Príncipe se miró, y Makoto comprendió a lo que se refería el guardia. Sus ropas estaban sucias, desgarradas en algunos puntos; por no hablar del bronceado que los rayos del sol habían dejado en su rostro tras quemarlo, la suciedad que tiznaba su piel irregularmente. Parecía cualquier cosa excepto un miembro de la Familia Real, y fue una suerte que fuera lo suficientemente avispado como para esconder las manos tras la espalda para evitar mostrar las marcas de los grilletes.

—Mejor explícame tú qué hacéis aquí —replicó tras unos segundos, obviamente decidiendo no hacer ningún comentario.

—Desaparecisteis la noche del cumpleaños de la Princesa, Alteza —explicó Rei—. Vuestro amigo, Yamazaki, fue interrogado —bajo la melanina instigada por el sol, Rin palideció—, pero no se sacó nada en claro. Sin embargo, testigos os vieron encadenado con grilletes en Tar Shai. También había rumores de que os habían convertido en un esclavo… y parecen ser ciertos —su mirada se clavó en Makoto, que entornó los ojos.

—No, no lo son —Rin se pasó una mano por el cabello sucio.

—Mi misión es llevaros de vuelta a Palacio —Rei volvió a mirarlo de arriba abajo—. Necesitáis que se os atienda como es debido; los Dioses sabrán qué habéis padecido…

—No —lo cortó Rin—. No tengo la menor intención de regresar a Palacio.

Durante unos segundos, el guardia se quedó sin réplica. Luego, sin embargo, pareció encontrar su voz:

—Alteza, no sé qué os han hecho estos salvajes, pero es normal que estéis confundido —la condescendencia en sus palabras era tan evidente que Makoto no pudo evitar poner los ojos en blanco—. Cuando lleguemos a Palacio…

—No oses tratarme como a un crío —gruñó Rin, y Rei agachó la cabeza—. Sé perfectamente lo que estoy diciendo.

—Disculpad mi atrevimiento, pero no concibo cómo podéis no querer regresar a Palacio. Es vuestro hogar —Rin se tensó visiblemente—. No quiero creer que la Princesa quisiera apartaros para gobernar en vuestro lugar, como apuntan los rumores, pero…

—¿Qué?

—Sospechaba que habíais salido de Palacio y tenido un contratiempo, pero esto…

—¿Qué rumores? —lo interrumpió Rin.

Rei se subió las gafas con cierto nerviosismo

—Buena parte del Consejo cree firmemente que vuestra hermana os hizo desaparecer, que traicionó a su propia sangre por su ambición de ser la primera Sultana —explicó—. Me negaba a creerlo. Pero incluso contrató a estos hombres para evitar que regresarais…

—Eso no es cierto —intervino Makoto, incapaz de permanecer callado—. Ninguno de nosotros ha hablado jamás con la Princesa.

Al fin, Haruka dejó de retorcerse. Giró la cabeza para mirar a su amigo con tal brusquedad que probablemente se hizo daño en el cuello; Makoto se alegró de que se quedase quieto.

—¿Entonces por qué el Príncipe estaba oculto? —inquirió Rei—. ¿Por qué en Tar Shai lo hicieron pasar por un esclavo?

—Mi hermana no tiene nada que ver con esto —masculló Rin.

—Entonces querían tener al Príncipe de rehén —dedujo el guardia.

—¡No! —Rin se masajeó las sienes—. Esto es un malentendido. Makoto y los demás no… planeaban ganar nada conmigo.

Makoto comprendió que Rei había captado la mentira incluso pese a que, tal y como Rin lo había formulado, era sincero; ese instante de duda lo delató.

—Alteza, he de devolveros a Palacio —dijo con firmeza—. Siento desobedeceros, pero no puedo permitir que perdamos al futuro Sultán. Y estos bandidos…

—No somos bandidos —protestó Makoto.

—…no consigo entender muy bien cómo encajan en esta historia, pero los llevaremos a Palacio —decidió Rei, ignorándolo—. Una vez confiesen en la Torre de Justicia, supongo que se decidirá qué hacer con ellos.

Makoto miró a Haruka cuando escuchó el sonido que brotó de su garganta, débil pero lleno de terror. Su amigo miraba a Rin con los ojos muy abiertos, desbordados de un miedo que Makoto sólo podía intuir; el temblor que recorría su cuerpo era evidente, y cuando sus labios se movieron el joven comprendió que estaban formulando una súplica que nunca tendría sonido.

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En una ocasión, cuando era pequeño y su padre aún vivía, Rin había hablado con Sousuke de lo que significaría ser Sultán.

Apenas tenían seis años, por lo que ninguno de los dos era remotamente consciente de lo que estaban diciendo. Rin hablaba del mal humor de su padre, de lo poco que lo veía. Sousuke, por su parte, opinaba que ése era el único sacrificio que suponía gobernar sobre prácticamente todo el desierto: no poder pasar todo el tiempo con la familia. "Pero eres Sultán. Puedes hacer lo que quieras y todo el mundo te obedece", había añadido, con los ojos brillantes y una sonrisa de oreja a oreja.

Aquel día, Rin había sonreído, había sacado pecho y había hecho una lista de leyes que crearía cuando sucediese a su padre como Sultán, en la que habían colaborado Sousuke y Gou cuando regresó de pasear con su madre.

En el presente, sin embargo, el Príncipe no podía evitar querer estrangular a Sousuke al recordar ese fragmento de su infancia. Sólo un poquito.

Porque oh, qué equivocado había estado su amigo. El poder era encadenarse, fingir y aparentar una libertad que no podía existir entre los muros que lo habían visto crecer. Y ni siquiera podía hacer lo que quisiese; Rei y los demás consideraban que estaba aturdido tras su secuestro o que le habían lavado el cerebro. A Rin le parecía que el guardia sólo se negaba a escucharlo porque estaba sucio y su ropa en un estado lamentable, pero no podía enfrentarse él solo a quince miembros de la Guardia de Palacio, y Makoto y los demás estaban encerrados en el carro lleno de telas, que la guardia había reforzado para impedir que escaparan.

Se pusieron en marcha a media mañana. Rin, montado a lomos de Erial, marchaba a la cabeza de la comitiva, junto a Rei, pero no estaba, ni por asomo, de humor para hablar. Era cierto que podía huir; pero esa idea, al igual que la de enfrentarse a la Guardia, no era muy factible.

Así que indagó sobre las últimas novedades de Palacio.

—La Princesa aspiraba a sustituiros si no regresabais —explicó Rei—, por lo que buena parte del Consejo está convencido de que ella es la responsable de vuestra desaparición —apartó la mirada—. Y parece ser cierto.

—No… bah —Rin decidió dejarlo; ya había intentado explicar lo ocurrido, sin éxito. Rei parecía pensar que le había dado demasiado el sol para que sus palabras fuesen creíbles—. ¿Qué hay de Sousuke?

—Fue interrogado en la Torre de Justicia tras vuestra desaparición, Alteza —respondió el guardia, solícito—. No sacaron una sola palabra de él, sin embargo.

Rin jugueteó con las riendas de Erial, un remordimiento que le quemaba las entrañas instalándose en su estómago. Suponía que Sousuke estaba bien; de lo contrario, Rei se lo habría dicho. Sin embargo, eso no cambiaba el hecho de que, si él no se hubiese ido, no habría ocurrido nada de eso.

Todo para nada, pensó; y fue sólo un obcecado orgullo lo que impidió que Rin se desmoronase sobre el dromedario.

Había sido terriblemente ingenuo al creer que podría librarse de su responsabilidad. Le gustase o no, era el único hijo del Sultán, y como tal tenía que sucederlo en el trono. Gou podía ser mucho más apta para el cargo que él, pero nunca le permitirían demostrarlo.

Esperaba, al menos, que Makoto y los demás pudiesen contarlo. Sabía que sus vidas estarían a salvo sólo con que él lo pidiese, pero era lo único que podía garantizar.

Se estremeció al recordar, una vez más, el macabro entramado de cicatrices que era la espalda de Haruka.

Cuando se detuvieron al anochecer, Rin se acercó al carro. Dos de los guardias tenían órdenes de dar agua a los hombres de Makoto y encargarse de que todos tuvieran su ración de comida, pero el Príncipe dudaba que estuviesen dispensando palabras de ánimo precisamente.

Además, tenía que hablar con ellos. Tenía que explicarles que no había, de ninguna de las maneras, planeado eso, asegurarles que utilizaría la autoridad que detestaba para impedir que ocurriera lo que generalmente pasaría.

Se detuvo ante la improvisada cancela de metal con que habían encerrado a los hombres de Makoto. Habían cortado la tela, de forma que sólo quedaba la que cubría la parte superior, permitiéndole ver a los ocho hombres sentados en su interior, apoyados en los barrotes. Ignoró las miradas de rabia que se clavaron en él.

—Deberíamos haberte entregado —masculló alguien.

—No creí que pasaría esto —admitió Rin—. Pero no os tocarán un pelo si yo no quiero —aseguró, con más confianza de la que sentía.

Escuchó varias réplicas despectivas, pero no les hizo caso. Acababa de localizar a Haruka; Rin rodeó el carro para acercarse a él, pero se detuvo a una distancia prudencial al verlo mejor.

Estaba sentado en una esquina, junto a Makoto, con las piernas encogidas; miraba el cielo con la cabeza apoyada en uno de los barrotes, y estaba tan quieto que Rin hubiera pensado que estaba dormido si no tuviese los ojos abiertos. El Príncipe necesitó unos segundos antes de dirigirse a él; incluso cuando lo hizo, necesitó concentrarse en Makoto para mantener sus piernas en marcha.

—Lo siento —murmuró cuando llegó hasta ellos.

Makoto suspiró.

—No, lo siento yo. Tenías razón, hubiese sido mejor no usar la violencia.

Haruka apartó la mirada del azul que se extendía sobre ellos para clavarla en Makoto, negando con la cabeza.

—No es… —empezó Rin.

—Sí. Sí es —lo cortó el joven, con tanta contundencia que el Príncipe sintió la tentación de retroceder un paso—. ¿Vamos a la Torre de Justicia?

El terror que impregnaba su voz, pese a no hacerla temblar, dejó paralizado a Rin. No tardó en comprender su origen, sin embargo; y tampoco encontró palabras que pudiesen suavizar la situación. No se le había ocurrido pensar que el lugar al que se dirigían era probablemente la parte del mundo que Haruka más aborrecía.

—No habrá necesidad de interrogatorios —dijo finalmente—. Lo peor que puede pasar es que algún noble se encapriche de vuestras mercancías… ¿Qué es eso?

Haruka dio un respingo ante la repentina pregunta. Bajó la mirada, y encontró la tela que cubría su hombro oscurecida con su propia sangre.

—La herida se ha abierto un poco antes —respondió, y Rin comprendió que se refería a la trifulca con la Guardia de Palacio—. No es nada.

Rin quiso protestar, pero en ese momento Rei lo llamó.

—No te… No te preocupes mucho —dijo apresuradamente, antes de echar a andar hacia el guardia.

No vio la mirada vacía que le dedicó Haruka mientras se alejaba.

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Una vez, poco antes de que Rin se marchase, Gou había bebido tanto vino que su memoria se había inundado.

Al día siguiente, la Princesa había sido poco más que un cuerpo al que le quedaba un leve rastro de alma. Había encontrado una posición en la que el continuo golpeteo del pulso en su cráneo era apenas un ritmo imperceptible, en la que los rayos de luz que se colaban por la ventana no zapateaban sobre sus párpados y no tenía ni frío ni calor. Y, durante unos instantes, se había sentido como si su cuerpo fuese un saco vacío, sin nada que la anclase a las suaves sábanas de su cama.

En ese momento, observando el dosel con los brazos extendidos y una sonrisa que no podía borrar de su rostro, Gou se sentía como en aquellos gloriosos segundos de su primera resaca. No eran sus pulmones los que se llenaban con el aire que inspiraba, sino todo su ser; y al espirar sentía la caricia de la tela que la tapaba rozando su piel.

No podía dormir.

Tampoco podía arrepentirse.

Lo había intentado; de hecho, había esperado el mazazo del remordimiento en cuanto Nagisa había salido de sus aposentos, se había preparado para soportarlo y había creado excusas para combatir el malestar que nunca había llegado.

En su lugar, Gou se sentía ligera, más de lo que se había sentido jamás; el único peso que la ataba al mundo era la leve presión que aún notaba en sus labios, como si ese beso jamás hubiese acabado.

No se arrepentía. Besar a un titiritero era probablemente lo último que debía hacer en su situación, pero a Gou no le importaba. Nunca había querido que sus labios pertenecieran a un único hombre durante toda su vida, de todas maneras. Y estaba segura de que cuando se casara con el noble que su padre había recomendado antes de morir –¿Mikoshiba?– no tendría muchas opciones.

En ese momento, el dolor de saber que jamás compartiría con Nagisa nada más que un beso tampoco importaba. Gou nunca había albergado esperanzas, de todos modos; sabía que la vida no funcionaba como a uno le gustaría que funcionase, y sabía que si quería tener alguna posibilidad de reinar nunca podría introducir a Nagisa en su vida como algo más que un excelente cuentacuentos.

Pero el sueño seguía sin llegar y la Princesa sólo deseaba otro beso.

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Desde que la Guardia de Palacio lo había detenido y desarmado, Haruka parecía más interesado en el cielo que en las personas.

Había pasado un día y medio desde que los encontraran, y el joven cada vez se alejaba más del mundo; cada vez Makoto tenía que llamarlo con más insistencia, y en las escasas ocasiones en que Rin se acercó a ellos para asegurarse de que los guardias no fuesen excesivamente desagradables apenas dedicó dos segundos a observarlo, antes de clavar la mirada en el cielo de nuevo.

La sangre seca que manchaba su ropa allí donde la herida se había abierto atraía continuamente la atención de Makoto, como si en lugar de un color pardo estuviese cantando. Haruka cada vez tardaba más en exigirle que no lo escudriñara, siempre rechazando su preocupación.

Unas horas antes, Makoto le había dicho que los guardias podrían proporcionar a Aiichiro el material necesario para atender la herida.

Haruka había perdido todo el color en el rostro con la mera mención de sus captores.

Makoto no podía culparlo. La Guardia de Palacio sólo había proporcionado a Haruka heridas que al infectarse estuvieron a punto de enviar al niño a dondequiera que estuviesen sus padres, una selecta colección de recuerdos de los que el joven nunca hablaba y pesadillas de las que Makoto no siempre podía despertarlo. Si él aborrecía tenerlos tan cerca, para Haruka debía de ser insoportable simplemente saber que estaban allí.

—Haru —Makoto agitó una mano ante su rostro, intentando bajarlo de las nubes. Sólo cuando zarandeó su hombro suavemente Haruka reaccionó; reprimió un quejido mientras se llevaba una mano a la herida por acto reflejo, mirándolo confundido.

—¿Tienes sed? —Kisumi le tendió un cántaro, que Haruka cogió con cierta dificultad a causa de la lesión. Tras beber varios sorbos y devolvérselo, volvió a su tarea de escudriñar el cielo.

Kisumi miró a Makoto inquisitivamente El joven sacudió la cabeza.

—Déjalo —murmuró, aunque dudaba que Haruka estuviese en condiciones de escucharlo. Kisumi le pasó el cántaro a Momotarou y se acercó a Makoto.

—¿Está de mal humor? —inquirió en voz baja—. ¿O sólo está más asustado que nosotros?

—"Sólo" lo segundo —replicó Makoto sin ganas. No había palabras que pudiesen aliviar el terror de Haruka, porque lo ilógico hubiera sido que no lo sintiera.

—Pero Rin ha dicho…

—¿Y tú lo crees?

Kisumi se quedó callado durante unos minutos, pensando. Resultaba sorprendente lo despreocupado que parecía y la cantidad de asuntos distintos que podía manejar su mente.

—No nos ha dado motivos para no hacerlo —reflexionó. Makoto se mordió el labio. Había luchado codo con codo con Rin, lo había considerado uno de los suyos, pero en ese momento le parecía una persona completamente ajena a su pequeño grupo, un completo desconocido que tenía en sus manos las vidas de todos ellos. No podía evitar el recelo que sentía al pensar en él, no como Rin, sino como el futuro Sultán—. Sabes que Haru estaría muerto si no hubiera sido por él.

Eso era un punto a favor, reflexionó Makoto. Por no hablar de que Rin parecía genuinamente preocupado por ellos cada vez que se acercaba al carro; al menos, por Haruka. El joven estaba seguro de que se había perdido algo ocurrido entre que su amigo manifestara su deseo de perder de vista al Príncipe y que los encontrara durmiendo en la misma tienda sin intentar matarse, pero tenía la prudencia de no preguntar por ello.

Un tirón a su túnica sacó a Makoto de su reflexión. El joven miró a Haruka, que aún sujetaba la tela con dos dedos.

—¿Vamos a Palacio? —Makoto asintió—. ¿A la Torre de Justicia? —otro asentimiento.

Haruka volvió a retraerse en sí mismo. Parecía haber olvidado que había formulado exactamente las mismas preguntas al amanecer. Makoto lamentaba que las respuestas no hubiesen cambiado.

—No ocurrirá lo mismo que entonces —intentó tranquilizarlo. A juzgar por la falta de reacción del joven, no lo logró—. No creo que Rin deje que nos ejecuten.

Su amigo lo miró con los ojos entornados. No parecía enfadado, sólo tremendamente cansado.

—¿Sólo eso es seguro? ¿Que saldremos vivos? —jugueteó con sus dedos temblorosos—. Siento haber tenido esa idea —musitó.

Makoto apoyó una mano en su hombro bueno. El contacto fue más cálido de lo que esperaba.

—Deja de echarte la culpa de todo.

—Dijiste que era mi responsabilidad —Makoto no supo qué responder a eso; no había pensado, cuando había advertido a Haruka, en la posibilidad de que todo se fuera al cuerno de la manera en que lo había hecho—. No quiero volver allí.

La extraña calma que Makoto había vestido de armadura desde que los detuvieran se rompió con la voz de Haruka.


Notas de la autora: Aviso porque me ha pasado con más longfics: la gente se sorprende cuando llego al último capítulo y anuncio que sólo queda el epílogo. Así que... a este fic le quedan tres capítulos más, y el epílogo.

En fin, volviendo al capítulo, ¿qué os ha parecido?