Descargo de propiedad: Hetalia le pertenece a Himaruya.
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ADVERTENCIA: Escenas sexuales MUY explícitas. Por favor tener cuidado al leer, este capítulo tiene un rating de NC-17 o MA, como ustedes gusten llamarlo. Si no quieren leer porno, les recomiendo saltarse la parte descriptiva del acto sexual y continuar con la lectura. No me hago responsable de los traumas que este capítulo pueda provocar, están advertidos.
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JUEGOS DE SEDUCCIÓN
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CAP XI: Quiebre
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Alfred F. Jones tenía por costumbre tomar el desayuno en la cocina. En la habitación había dispuesta una mesa circular, de té, pintada al horno de un color blanco lustroso, con sus dos sillas a juego; eran unas costosas antigüedades que databan de la belle époque francesa que Arthur le había obsequiado hacía treinta años aproximadamente. La mesita de hierro se hallaba justo frente a una ventana cuyas cortinas corridas permitían que la luminosidad propia de las alboradas en verano se derramara sobre su superficie nacarada, haciéndola resplandecer. La luz intensa le confería matices dorados al cabello rubio cobrizo del estadounidense, quien miraba distraídamente la televisión mientras comía cereales con leche en un gran tazón. Los mechones rubios se mezclaban en distintas direcciones, saltaban por doquier y levantaban una maraña impenetrable; evidenciando su reciente despertar. Efectivamente, Alfred vestía un pantalón ligero y una flojera pesada cuando se había arrastrado fuera de la cama, en busca de comida. Sus sentidos todavía no acababan de activarse al cien por cien.
Alzó la mirada a la pantalla del televisor, donde una guapa rubia de porte galante y acento monótono relataba las noticias importantes del día en un áspero y fluido alemán. Jones había adoptado la manía malsana de poner el canal extranjero desde que el mayor de los Beilschmidt pasó de ser 'el cretino de la sonrisa psicópata y los ojos increíbles' a 'su novio de mentirillas'. Principalmente había iniciado con la rutina por dos motivos: Uno, para mejorar su moribundo alemán. Dos, para mantenerse al tanto de la actualidad europea. Era de conocimiento público que en Los Estados Unidos de América la difusión de noticias internacionales carecía de aquiescencia popular, en realidad, ese era un eufemismo usado para evitar admitir que a su población le afectaba más bien poco los acontecimientos acaecidos fuera de sus fronteras. No obstante, como la potencia mundial que era, debía transmitirlas, de lo contrario su capacidad informativa sería puesta en tela de juicio. Y nadie quería eso sucediera… Bueno, Alfred F. Jones no quería que eso sucediera.
Bostezó abriendo mucho la boca mientras tallaba sus ojos con el dorso de la mano. Los rayos solares que ingresaban por la ventana ubicada a su espalda le calentaban la nuca y los hombros desnudos, al punto que la piel empezó a enrojecer, pero el chico se sentía muy perezoso para cambiar de lugar. Se llevó una cucharada de cereales a la boca y concentró sus cinco sentidos en tratar de entender las —a sus oídos—atropelladas palabras de la joven presentadora, quien seguía recapitulando los hechos más sobresalientes de la jornada.
—Durante la última semana la bolsa de valores alemana ha experimentado una tendencia al alza. El repunte de la economía se debe, principalmente, a los inversionistas que apuestan…
Jones bufó en tanto que tomaba el control remoto y le subía al volumen. Puto alemán, y doblemente puto Gilbert. Todo el mundo debería hablar inglés y dejarse de tonterías, ¿para qué querían un idioma tan complicado y tan asquerosamente rudo de cualquier forma?
—… por otra parte, el portavoz del gobierno ha confirmado la firma de un acuerdo de cooperación mutua con Bélgica, un hecho que demuestra la buena voluntad de ambas naciones…
—Oh… Puta… Madre —maldijo cuchara se le resbaló de entre los dedos y chocó contra la superficie de hierro de la mesa, generando un ruido agudo y estridente que el americano no escuchó. Había dejado de oír. Se puso en pie de un brinco y caminó en círculos con dios sabe qué propósito en mente—. Gilbert… no… no, cálmate Alfred. Gilbert de seguro ni ve noticias, menos en la mañana… No… AHHH AL DIABLO. ¡Teléfono, teléfono, dónde está el teléfono! —chilló desentonado.
Cruzó la cocina corriendo a trompicones con dirección al salón. Por el momento necesitaba centrarse en Beilschmidt, luego tendría tiempo para preocuparse por su pésima costumbre de hablar solo…, y también por llamar a gritos a objetos inanimados. Gilbert era su amigo, porque esa era la palabra que venía a su cabeza cada vez que intentaba definir su relación, y los héroes no abandonan a los amigos a su suerte, menos después que este amigo perdió un vuelo y se pasó la noche en vela resguardando su sueño. Gilbert pensaba que él no lo había notado, sin embargo cuando se despertó en medio de la madrugada pudo sentir la mano del hombre acariciando su coronilla distraídamente. Aquellos dedos, dignos de un pianista, tan largos y tan blancos y tan delicados, revolvían su cabello con una diligencia casi afectuosa, mientras Jones se mantenía inmóvil sobre el mullido colchón. Sin ganas de advertirle con su movimiento qué, de hecho, estaba despierto.
Alfred finalmente logró ubicar el teléfono inalámbrico de la casa, y entonces se detuvo súbitamente. Su mente se quedó en blanco. Si llamaba… qué le diría a Gilbert: "Oye, viste las noticias", "¿Cómo te encuentras?" o "¿Quieres conversar sobre algún detalle en particular que te esté disgustando?". No, no, no. No funcionaría. Prusia adivinaría sus intenciones y cortaría la comunicación, y si por azares del destino llegaba a contestarle seguramente le mentiría. Las naciones sabían bien lo que significaba un tratado de cooperación, Estados Unidos no era la excepción, y aunque algunas veces simplemente se trataba de un acuerdo firmado por los gobernantes siguiendo algún objetivo en común, en el caso de Alemania parecía más un medio para formalizar su relación con Bélgica.
"Joder. ¿Y ahora qué hago?... como podría yo ayudarlo…" pensó, desesperado. Su puño se cerró con fuerza alrededor del teléfono, sus nudillos lisos y bancos como una hoja de papel. Pasó una mano por su cara y suspiró. Viajaría a Alemania. Su deber era acompañar a Gilbert, del mismo modo en que él lo había acompañado cuando necesitó de un amigo, su experiencia le había enseñado que las acciones valían mucho más que las palabras. Con la decisión tomada y el espíritu renovado, relajó los músculos y discó un número en el teléfono.
El teléfono timbró tres veces antes de que una voz femenina articulara un suave: "¿Aló?".
—¡Buen día Mary! Preciosa, me es indispensable conseguir un boleto de avión a Berlín, Alemania. El precio no interesa pero sí el tiempo… el vuelo tiene que partir a más tardar dentro de tres horas. —Mary era una señora regordeta que bordeaba los cuarenta, de cara redonda, vivarachos ojos azules y cabello rubio. La mujer se desempeñaba como secretaría, una de las muchas, en la casa blanca. Jones siempre recurría a ella en busca de ayuda. Escuchó atentamente su respuesta mientras subía y bajaba en la punta de sus pies, encauzando sus nervios en ello.
—Sí, yo sé, y es justamente por eso que acudo a ti. Es urgente, sabes que no utilizaría mis beneficios diplomáticos si no lo fuera. —Alfred guardó silencio, internamente rogaba porque Mary accediera a ayudarlo con la reserva del boleto—. Perfecto. Entonces estaré en el aeropuerto de Washington en una hora… Ehmm trata de no contarle al presidente, no quiero preocuparlo, tal vez y no es nada —le sugirió y esperó la confirmación del otro lado de la línea—. ¡Eres mágica! Gracias.
Estados Unidos apretó el botón que finalizaba la llamada y soltó un suspiro de alivio. Considerando la diferencia horaria, y si todo salía según lo previsto, su avión arribaría a la ciudad de Berlín bordeando las ocho de la mañana… Hora alemana. Muy bien, entonces necesitaba bañarse, cambiarse, embutir un poco de ropa en una mochila y tomarse una Coca-Cola helada. Sobre todo la Coca-Cola.
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Alfred estaba de pie frente a una puerta de madera, sobre cuyo tercio superior colgaba una placa con el número doscientos uno inscrito en ella. El muchacho llevaba unos cinco minutos aguardando en el pasillo que daba hacia el departamento, pero aún no recibía ninguna respuesta del interior. Apretó el timbre nuevamente y continuó esperando. Habían pasado dos semanas desde la última vez que viera a Gilbert Beilschmidt, y por alguna extraña razón los reencuentros con ese hombre siempre lo ponían de los nervios. Apoyó el peso de su cuerpo sobre la pierna derecha y frunció el entrecejo, su ansiedad pronto transformándose en aburrimiento. Esta vez presionó el botón del timbre hasta el fondo y no lo soltó antes de completar un minuto entero, y después de eso comenzó a tocar y golpear la puerta insistentemente.
—¡Ábreme, ábreme, ÁBREME! Sé que estás ahí dentro —gritó Alfred, perdiendo absolutamente la paciencia. Había oído diferentes tipos de ruidos provenir del interior del piso, así que estaba bastante seguro de que Beilschmidt se encontraba en casa, y si no le abría era simplemente porque no le daba la gana. Desearía que el tipo al menos poseyera su mala costumbre de dejar las puertas abiertas.
No hubo que esperar mucho más para que la puerta se abriera con un suave traquido, permitiéndole ver la desaliñada imagen de Gilbert. Los ojos carmesí se clavaron en los suyos, lo observaban con una intensidad amenazadora. Apabullante. Estados Unidos se encogió en su posición aunque mantuvo el contacto visual, negándose en su obstinación a desviar la mirada. La corriente de aire que provino del apartamento trajo consigo un hedor a alcohol tan penetrante que lo compelió a carraspear un par de veces, por un momento incluso estuvo tentado a cubrirse la nariz, pensamiento que descartó puesto que habría sido un gesto demasiado grosero, y en cambio concentró su atención en la apariencia del hombre parado frente a él: Gilbert lucía más pálido que de costumbre, el matiz violáceo de las bolsas bajo sus ojos resaltaba dramáticamente sobre su piel nívea y evidenciaba una importante ausencia de sueño, estaba descalzo y vestido únicamente con un sencillo pantalón de algodón en color gris claro, el collar de plata con el dije de la cruz de hierro que siempre portaba consigo brillaba sobre su pecho desnudo y los cabellos rubios platinados estaban hechos un lío. El chico admitía, no sin sonrojarse de la vergüenza, que el aspecto de Gilbert era malditamente sugestivo.
—¿Qué haces aquí? —Prusia cortó el silencio tenso con un cuestionamiento hosco. El europeo frotó apáticamente su vista inflamada y se recargó contra el marco de la puerta, custodiando cual Cerbero la entrada a su habitación.
Antes lo había puesto en duda, pero luego del recibimiento entusiasta de la antigua nación, a Alfred le quedó bastante en claro que si la puerta estaba abierta era únicamente a causa del escándalo que había estado armando… Aquello le molestaba. Le molestaba mucho.
—Hola Alfred. Hola Gilbert ¿cómo estás? Muy bien, adelante por favor. Oh gracias… —Jones simuló una conversación, parodiando voces y haciendo muecas exageradas. En un día normal Gilbert habría reído encantado de la vida…, por lo visto aquel no era un día normal.
—No estoy de humor para tus bromas Jones. Por qué no vuelves otro día —sugirió Gilbert.
—Escúchame atentamente Beilschmidt. —Los Estados Unidos picó el esternón del germano con un dedo—, no he pasado la mitad del día aplastándome el trasero en un asiento de avión para regresar a Washington sin haber hablado antes contigo —anunció con un indicio de enojo flotando alrededor de su habitual tono alegre. Alfred golpeó el hombro de Gilbert con el suyo al caminar a su lado, en su afán por abrirse paso a través del umbral, e ignorando olímpicamente la postura recelosa del mayor, ingresó al apartamento.
El salón estaba sumergido en una tiniebla lúgubre pese a que el sol brillaba resplandeciente sobre la ciudad de Berlín, las cortinas de color guinda oscuro a duras penas le otorgaban una ligera tonalidad rojiza al ambiente, la cual no bastaba para iluminar la totalidad de la habitación. La pequeña mesa de centro estaba repleta de copas y botellas con diferentes tipos de licor, en su mayoría vodka y güisqui escocés. Mientras más avanzaba, más agudo era el olor a borrachera que llegaba a sus fosas nasales. Los Estados Unidos entró en un estado de alerta tal, que inclusive distinguió la mancha de humedad en una de las paredes, a cuyos pies se hallaba un charco de líquido —por el color sospechaba que se trataba de vino tinto. Sus zapatillas crujieron al retroceder un paso, y fue en ese preciso instante que se percató de las esquirlas de vidrio que cubrían el piso. La noticia debió afectar a Gilbert mucho más de lo que él imaginara…, a fin de cuentas había sido una buena decisión viajar a Alemania. Se quitó la mochila que llevó para el viaje y la arrojó a un lado.
—Oye Gil, yo… —Jones empezó a hablar con la idea de disculparse por irrumpir intempestivamente en el apartamento y por llegar sin anunciarse, sin embargo algo distrajo su línea de pensamiento: Un tenue rastro de sangre. Los ojos de un color turquesa encendido se agrandaron en sorpresa, el chico corrió hasta Gilbert y lo sujetó por los hombros con brusquedad—. El piso está lleno de pedazos de vidrio, ¡no puedes caminar descalzo grandísimo tonto! —le gritó, iracundo.
—Suéltame —medio pidió, medió ordenó Prusia, quien se mantenía cercano a la puerta, vigilando en su posición de centinela.
Jones agachó un poco el cuerpo y de un solo movimiento levantó a Gilbert del piso, sosteniéndolo en sus brazos para que no continuara lastimándose los pies.
—¿Eres idiota? TE DIJE QUE ME SUELTES —chilló Gilbert, removiéndose en el agarre firme de Alfred.
—Patalea todo lo que quieras, no te voy a soltar.
Prusia siguió pataleando y sacudiéndose y chillando, y tal como advirtió, Alfred no lo soltó. Ignoró el berrinche haciendo uso de toda su paciencia y cargó con Gilbert hasta llegar al dormitorio principal, una vez ahí, lo dejó caer sobre la cama.
—No bajes de la cama —indicó Alfred y rápidamente caminó al baño—. ¿Dónde guardas el botiquín de emergencias?
—Yo qué sé —contestó Gilbert, malhumorado. Se tumbó en la cama y cerró los ojos. La suavidad del colchón lo seducía de mil y un maneras imaginables. Lo sedaba. No escuchó al americano venir, pero confirmó su presencia al sentir algo frío rozarle suavemente la piel. Arrugó el ceño al ser consciente de un dolor punzante en los pies.
—Ya que el botiquín está como no habido, he mojado una de las toallas de mano que encontré en el baño para limpiar un poco tus heridas —explicó Jones, adelantándose al interrogatorio del prusiano. El inesperado contacto de la tela humedecida con las sensibles plantas de sus pies provocó en Gilbert un estremecimiento que había sido claramente percibido por Alfred, quién le sonrió con travesura—. Idiota… Gracias a ti ahora comprendo lo que sentía Arthur al cuidarme.
Gilbert no respondió, se limitó a entornar los párpados y permanecer inmóvil con la vista enfocada en el techo, mientras las amables manos del muchacho retiraban con cuidado y dedicación los pedacitos de cristal que se habían incrustado en sus pies y limpiaban la sangre y suciedad.
Luego de varios minutos en silencio Gilbert se aclaró la garganta.
—¿Por qué lo hizo? Es lo peor que pudo hacerme… Hubiera… —Prusia tragó saliva con dificultad—, hubiera sido menos doloroso que la folle en mi cara antes que presentársela al mundo ocupando el lugar que a mí nunca me dio…
Alfred detuvo sus labores para escuchar, sin embargo no había nada que él pudiera decir al respecto. Era incorrecto entrometerse, por mucho que su instinto de héroe le insistiera que era su deber moral hacerlo. Suspiró y continuó limpiando, cuando consideró que su trabajo estaba completado la nación se despojó de su chaqueta de aviador y se quitó el polo de algodón por encima de la cabeza. Tomó la prenda por el borde y la rasgó para hacer con ella una tira larga que usaría como venda, rodeó la tela en torno al pie izquierdo de Gilbert y, una vez envuelto, la anudó. Repitió la acción con el otro pie.
—Listo —canturreó Alfred, orgulloso del resultado—. ¿Está mejor así?
Estados Unidos se paró de un brinco, abandonando la posición de cuclillas que había adoptado para maniobrar más fácilmente, y caminó hacia la cabecera de la cama. Acercó su rostro al de Gilbert y lo besó en la mejilla, sonrisas amistosas se encontraron y miradas cómplices se cruzaron. Fuego y Agua. Carmesí y turquesa. Un par de manos ansiosas lo atraparon por el cuello, y en menos de lo que canta un gallo estaba sumergido hasta la cabeza en un beso demandante. Un beso que no daba espacio a pensamientos ni remordimientos.
"Uhmmmm." El sonido de su propio gemido se oía ajeno. Lejano. La lengua de Gilbert lo incitaba con movimientos cadenciosos, experimentados. Mientras él se consagraba a absorber el conocimiento, a memorizar las sensaciones, a dejarse enseñar. Poco a poco se familiarizó con el ir y venir de la lengua invasora: Imitó su ritmo, danzó con ella. Ubicó sus manos una a cada lado de la cabeza del europeo y subió las piernas a la cama, apoyándose en las rodillas y muñecas para sostener su peso. A esa altura su rostro estaba pintado de un tono rosa, la temperatura de su cuerpo aumentaba y la sangre dentro de sus venas se sentía bullir. Alfred intentaba controlar sus impulsos, frenaba sus deseos de tocar, de acariciar, aunque seguía disfrutando de causar estragos en la boca contraria. Acrecentó la fuerza y la profundidad de sus incursiones y Prusia lo recompensó tirando de sus cabellos cobrizos, atrayéndolo cerca. Más cerca. Succionó con fuerza su labio inferior y se separó.
—Quiero que me folles.
El jadeo susurrante que salió de la boca prusiana lo detuvo todo. El chico creyó al escenario parte de algún sueño húmedo, desquiciado, mas aquella demanda angustiosa vino acompañada de una rodilla alzada que frotó su entrepierna de una manera obscena. Deliberada. Lo despertó.
—Estás borracho Gilbert… —suspiró Estados Unidos sin aliento, apartándose apenas. Una cosa era compartir unos cuantos besos y otra muy diferente tener relaciones sexuales. Beilschmidt no estaba en sus cinco sentidos…, ni siquiera llegaba a tres. Tal vez a dos y medio…
Sería incorrecto aprovecharse de su estado vulnerable, por muy tentador que este fuera.
—Perfecto, si tú no quieres habrán otros que sí —sentenció Gilbert.
Los ojos rojizos buscaron los suyos e hizo falta solo una mirada para que Alfred comprendiera que su negativa había sido malinterpretada. El hombre de los cabellos platinos se incorporó, sin embargo su espalda no demoró en reencontrarse con la comodidad del colchón. El estadounidense actuó rápido. Lo retuvo en su sitio, apresándolo con ambas manos, sus dedos se clavaron cual estacas de acero en los huesos prominentes de los hombros. Bajó la vista en su afán de alejarse de aquellos ojos intensos, acusadores. Se arrepintió enseguida. El caprichoso dije de la cruz de hierro había ido a parar encima de uno de los pezones rosados del alemán, resaltaba sobre la piel blanca, cremosa, deseable, de sus pectorales definidos.
—No es que yo 'no quiera' follarte… Dios mío Gil, eres… muy, muuuy apetecible… —La voz le salió ronca, irreconocible.
—Entonces hazlo —le insistió Gilbert, escrutando la duda al interior de sus ojos azules.
Beilschmidt esbozó una sonrisa victoriosa y jaló la cadena que sostenía la chapa de identificación que todo buen soldado americano debía portar por seguridad. Aunque después de tamaña demostración Jones desconfiaba de la cantidad de seguridad que las pequeñas placas de aluminio podían brindarle. Perdió balance y el peso de su cuerpo cayó sobre el de Gilbert, quien aprovechó su desconcierto para delinear sus labios con la yema de los dedos, en una reacción instintiva los entreabrió, permitiéndole el libre ingreso a su boca. La invitación fue rápidamente aceptada.
El pulgar de Gilbert se ubicó delante de su oreja, y los otros cuatro dedos detrás de ella, hundiéndose debajo de la maraña de cabellos rubios. El beso era delicado, acompasado, incluso podría decirse que era lento. Un placer tortuoso. La mano en su cabeza dirigía el ángulo de empalme, imprimía la fuerza necesaria para guiar los cambios. Alfred estaba fascinado. Mucho antes de comenzar con su juego de venganzas y celos, durante su época independentista, él había fantaseado con el imponente imperio. Lo había imaginado como un amante egoísta, agresivo, acelerado. La realidad distaba enormemente de su antigua creencia: Sabía bien dónde y cómo tocar para proporcionar placer a ambas partes, era un fanático del control, mas no agresivo, y poseía la paciencia propia de la vejez. América estaba tan embelesado con el beso —con el músculo suave y húmedo que lamía su paladar, recorría sus dientes y saboreaba su boca—que cuando la mano libre del prusiano bajó a masajear su entrepierna sobre la tela del pantalón jean, no pudo reprimir el sonido gutural que escapó a su garganta. El autocontrol se le escurría de entre las manos cual agua.
Separaron las bocas, la única conexión restante fue un hilo fino de saliva que se resistía tozudamente a quebrarse. Estados Unidos abrió los párpados despacio y entonces descubrió que los ojos escarlata continuaban firmemente cerrados, resguardados bajo un arco tupido de larguísimas pestañas rubias. De pronto sintió la necesidad imperiosa de besarlo. Una sonrisa ligera adornó su boca, atrapó el labio inferior de Prusia entre sus dientes y tiró de la carnosidad con saña, encandilado con el llamativo rojo brillante que adquiría la boca prusiana después de tanto contacto. Del muchachito sensato que había recomendado frenar aquella locura no quedaba ni la sombra, Jones no solo inició el nuevo beso, sino que además le otorgó a sus manos —¡por fin!— la libertad para explorar cuánto quisieran. Sus dedos arrancaron su viaje en los hombros y se deslizaron en dirección al sur, tanteando los músculos tensos en el trayecto, sus besos descendieron presurosos por la barbilla puntiaguda y se estacionaron sobre el cuello alargado y blanco, blanquísimo, del representante de Alemania Este. La piel excesivamente pálida no cesaba de maravillarlo, si prestaba atención incluso podía distinguir la tonalidad verduzco-azulada de los conductos sanguíneos. Succionó cerca de la carótida y sintió los latidos acelerarse bajo su presión.
—Me gusta cuando usas tus dientes… —comentó.
—Ah sí…
—Lo prefiero duro.
Alfred mordió fuerte y enseguida lamió la zona maltratada.
—Sí, sí, justo así Jones —alentó Beilschmidt con voz anhelante, sus uñas trazaron líneas a lo largo de la espalda del estadounidense.
Después de su primera experiencia homosexual, Jones había estado investigando un poco acerca del sexo entre hombres —benditos sean Wikipedia, YouTube y el internet en general—, y tenía ganas de intentar un par de cosas. En realidad Prusia lo incitaba a probar demasiadas cosas. Con el entusiasmo in crescendo a causa de las imágenes mentales que su imaginación se esmeraba en proyectar, metió los pulgares bajo la pretina del pantalón plomo de Gilbert y deslizó la prenda hacia abajo, retirándola completamente y jalando a la ropa interior consigo.
Su mano derecha envolvió la semierección que quedó absolutamente desprotegida y al descubierto, la masajeó con bombeos constantes mientras la sentía hincharse y endurecerse contra su palma. La respiración de Gilbert comenzó a agitarse y sus gemidos silenciosos se volvieron audibles, a Alfred le sorprendía lo mucho que el licor le soltaba la lengua al normalmente apático germano. Aunque sería mentira negar que aquello no le gustara.
—Voltéate Gilbert —ordenó Estados Unidos, temblando por la excitación.
Obediente, Gilbert giró hasta quedar acostado sobre su estómago con toda la torpeza que su estado alcoholizado le confería. Jones le empujó los muslos para abrirlo y el otrora gran imperio se apoyó un poco en las rodillas y separó las piernas. Facilitándole la tarea, exhibiendo su culo desnudo. Alfred le apretó las nalgas tímidamente —músculos elásticos, estirados— y comenzó a masajear, esta vez con mayor confianza, el bonito culo que tenía delante. Redondo y firme. Fue entonces cuando su cara se tornó de un rojo encendido al recordar las palabras de Francis: "los traseros alemanes son lo mejor". Sus dedos bajaban a rozar los testículos y volvían a subir, lo hacían una y otra vez, y en cada incursión sobaban tentativamente puntos sensibles. Sin embargo pronto aquello fue insuficiente. Sus pulgares separaron las nalgas para exponer la entrada rosada y dejó caer su cara sobre ella, su lengua húmeda se introdujo lo que su escasa longitud le permitió, removiéndose y agitándose, acariciando el interior de Gilbert con su superficie suave.
Un rugido de placer escapó a los labios del prusiano y en una reacción instintiva empujó el culo hacia la boca de Alfred, anhelando más de aquel maravilloso contacto. El norteamericano siguió metiendo y sacando su lengua, emulando veloces penetraciones mientras Prusia se derretía en jadeos urgidos. Las sombras bailaban sobre los músculos de su espalda como el hombre se curvaba y se contoneaba buscando algún tipo de alivio.
—¡Mierda! … A-apre-apresúrate —pidió Gilbert.
América alejó su rostro del culo alemán, desabotonó su pantalón jean con la ineptitud que le donaba la desesperación y lo bajó junto a sus calzoncillos, ambas prendas quedaron atoradas a medio muslo, pero eso poco le importó. Su pene ya chorreaba pre-seminal para el momento en que alineó la punta con el anillo de músculos que se contraía y se dilataba ansioso por recibirlo en su interior, estimulado como estaba a causa de las caricias húmedas de su lengua. Se impulsó hacia adelante, despacio, muy despacio y de a pocos, hasta que la totalidad de su miembro fue devorado por las entrañas de Prusia. Un grito quedó atrapado en su garganta, la opresión asfixiante y el calor tórrido a todo lo largo de su erección se sentía tan delicioso que el americano hubiera sido capaz de correrse por el simple hecho de permanecer ahí, estático. El grado de compresión y ardor no podía compararse al sentido con una mujer; eran sensaciones diferentes. Y estaba disfrutando de su nueva experiencia como jamás pensó que lo haría.
Los Estados Unidos detuvo su movimiento, se tomó un minuto para calmar su excitación. Gilbert giró la cabeza sobre su hombro para mirarlo desde su incómoda posición en la cama, sus pupilas brillaban con extrañeza y rebelaban un sentimiento que Alfred no era capaz distinguir, y tampoco tuvo tiempo de definirlo ya que Prusia volvió a enterrar el rostro en la almohada, seguramente abochornado de lo expuesto que se encontraba: Apoyado en los antebrazos y rodillas, dándole una vista panorámica de su culo.
—Muévete —le ordenó Gilbert con voz ahogada, rasposa.
Su mirada estaba clavada en el trasero del alemán, sus ojos ya no eran más turquesa, eran de un azul mar oscurecido por la lascivia, por el hambre. Encajó sus manos en la piel blanca, sujetando la cadera firmemente para iniciar la retirada, se deslizó lento hacia afuera y entonces acometió hacia adelante. Repitió el movimiento y esta vez cambió el ángulo en búsqueda de la próstata, adoptó una cadencia rápida y pronto el sudor comenzó a correrle por la frente, por la espalda, se mezclaba en cada fuerte embestida, la respiración fallaba y gemía desbocado. Se inclinó adelante para abrazar al otro cuerpo, para sentir en su pecho el calor que desprendía y estar lo más cerca posible… En todos los sentidos.
Estando ahí, tan cerca, fue que lo escuchó.
—Lud…
Alfred F. Jones se sintió humillado y herido, era como si el dolor le rasgara las entrañas y sin embargo procuró no demostrarlo. Salió del interior de Gilbert y lo ayudó a darse vuelta, cuando lo tuvo frente a frente volvió a ingresar en él. Puso especial énfasis en acercar sus caras en aquella nueva estocada.
—No. Ludwig no. Soy Alfred —le habló suave y seguro y después lo besó enérgico y dudoso. Usó su mano izquierda para inmovilizarle ambas muñecas arriba de la cabeza, de esa manera no conseguiría refrenar sus gemidos.
Continuó empujándose, casi de manera salvaje, dentro del ardiente interior del hombre bajo suyo. El ritmo había pasado de ser acompasado a ser violento y acelerado, los besos eran torpes y posesivos. Las piernas de Gilbert se enrollaron alrededor de su cintura como si se tratase de un salvavidas, y sin manos que le cubran la boca los gemidos rebotaban libres por toda la habitación.
—Eres tan hermoso Gil… tan a-apretado, tannn ca-calien… ahh, ahhh ¡jodeeeeer!
La calentura en la cara del norteamericano aumentaba conforme se oía jadear cada palabra. El vaivén se tornó frenético, sus testículos golpeaban el trasero del europeo en cada una de sus incursiones, se volvió híper consciente de las entradas y salidas furiosas de su pene hinchado a través del esfínter. La precisión de las estocadas quedó olvidada junto con el raciocinio, a esas alturas parecía concentrarse únicamente en meterse lo más profundo y rápido en Gilbert. Paf, paf. La cama comenzó a rechinar, el colchón se sacudía reproduciendo su balanceo.
El clímax llegó junto a jadeos contenidos, un grito mudo y varios disparos de tibio esperma. El cuerpo exhausto de Alfred cayó sobre el de Beilschmidt, aplastándolo contra la cama. Todavía respiraba con dificultad, todavía podía sentir su verga vibrar, todavía tenía en mente el recuerdo de una placentera presión envolviéndolo. Le costó trabajo sacar su pene flácido del interior de Gilbert. Definitivamente, ese había sido uno de los mejores orgasmos de su vida.
—Quédate conmigo esta noche —pidió Gilbert, la voz soñolienta restándole seriedad a su demanda.
—Por supuesto —accedió Alfred. Le dejó un beso en la frente, sobre los cabellos rubio platinado que se le habían pegado a la piel debido al sudor. Se acomodó en la cama y fue acercando el cuerpo de la antigua nación hasta finalmente ubicarlo sobre el suyo, el hombre no era ligero, sin embargo Estados Unidos presumía de una fuerza monstruosa. Separó sus piernas, permitiéndole al otro meterse entre ellas. Abrazarse a su pecho con genuino desespero.
—Todo va a estar-
—Cállate —exclamó Gilbert—. No hables, no hables, no hables…
"No me tengas lástima. No me mientas. Tú no"
¡Era increíble! El otrora imperio de Prusia escondía el rostro en su pecho, el sujeto que se paseaba por el mundo mirando sobre el hombro, regalando exquisitas sonrisas engreídas a todo el que cruzara su camino, estaba deshaciéndose en lágrimas oculto entre sus brazos. Lo sabía porque las gotas saladas le corrían por el pecho, dejando una huella de humedad imborrable. Y mientras abrazaba a Gilbert no pudo evitar odiar a Alemania. Lo catalogó un estúpido. Él vivía de las migajas del afecto de los demás, ¿cómo podía despreciar el amor tan grande que le tenía Gilbert? Si se lo daba todo. ¿Qué gran motivo tuvo para abandonarlo? Para Alfred era inconcebible.
Un suspiro que bien pudo ser un lamento escapó a sus labios entreabiertos. ¡Rayos, aquella situación era igual o peor a la que vivía con Kirkland! Lo que marcaba la diferencia, lo que convertía a su mente en un auténtico caos, residía en que Gilbert era más tangible, real, de lo que Inglaterra jamás sería. Y el verse conmovido por sus temores, encantarse con sus desaciertos, había sido muy sencillo. Tal vez demasiado…
"No se suponía que eso iba a pasar." Pensó, angustiado.
—Creo que me estoy enamorando de ti… —susurró bajo, temiendo que Gilbert lo escuche. Le rodeó la cintura con ambos brazos y cerró los párpados, sumergiéndose en una oscuridad blancuzca donde esperó y esperó porque la culpa le permitiera dormir.
Continuará
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Notas de la autora:
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Para el próximo se vienen las explicaciones y consecuencias de lo que pasó en este capítulo. Y ahora huiré como una cobarde –inteligente cobarde- antes que me alcancen las piedras que me lanza una horda de lectores enfurecidos.
