Notas del Autor: Originalmente esta capitulo era más largo asi que decidí acortarlo para que no sucediera lo mismo que con el anterior, sin embargo ya esta escrito completamente. Pensaba subirlos juntos ya que les debia un capitulo la semana pasada, sin embargo ya que no podre escribir en esta prefiero subirlo el proximo sabado. Muchas gracias por continuar leyendo esto, les mando muchos besos.
Disclaimer: Hellsing no me pertenece; Mina Harker, Lucy Westerna y Jonathan Harker pertenecen a Bram Stoker y su personalidad e historia esta basada completamente en la novela.
Sintió dolor, un dolor intenso que se localizaba en su rostro, Integra acababa de abofetearle y no habría de oponerse ante eso; no era solo porque ella fuera su superior sino porque nunca habría estado mas de acuerdo con tal castigo y quizá si él a quien habían llamado "El Príncipe Empalador" líder de miles de ejércitos y reconocido históricamente por su crueldad, estuviera en el lugar de su amo no habría imaginado tortura lo suficientemente dolorosa y brutal como para hacer expiar su propio pecado: atreverse a levantar la mano a un ángel no solo estaba penado por el cielo sino también por el mismo infierno.
Esperaba que le dijera alguna barbaridad o que le gritara pero ella solo lo veía con desaprobación y profunda ira, quizá su culpa se habría hecho menos si hubiera vaciado la carga de su pistola sobre él o que tomara la espada de su princesa y la enterrara en el fondo de su corazón, aun así eso habría sido demasiado sencillo y piadoso de su parte hacia con él, un pobre imbécil que no era mejor que los insectos rastreros o los desperdicios que los pordioseros desechaban.
- No la mereces – la condesa le dedicaba una mirada muy fría y despectiva – No mereces nada de lo que tienes, no mereces lo que ella te da… deseo que algún día de verdad se desengañe así como me he desengañado esta noche yo que vivía pensando que podrías aspirar a ser más de lo que eres, pero no, no eres más que un mounstro que no sabe apreciar algo mucho menos sentir estima. El día en que ella llegue a mi puerta diciéndome que desea su libertad, te juro – marcó sus palabras haciendo un énfasis muy conciso – que se la otorgaré sin dudarlo ni un segundo, no importa cuánto me duela perderla y aunque tú no lo desees tendrás que entregársela. Hazle un favor por una vez en tu existencia y aléjate de ella, déjala ser feliz y vive solo tu miseria.
No pudo hacer nada más que quedarse callado, estaba enfadado pero no con Integra sino con él mismo y con Seras Victoria por ser como era. Nunca había estado mas de acuerdo con su ama pero no podía obedecer esta vez: no podía alejarse de ella. Cuando Seras había lanzado su corbata al viento lo había tomado y vuelto a poner en su cuello formando su moño, aun sentía su aroma en él y supo que era un adicto irremediable; Integra no podía pedirle eso, no sabía la magnitud de lo que estaba solicitándole, prefería soportar cualquier humillación a dejar ir a esa su hermosa doncella de ojos de rubí y cabellos dorados, tampoco aceptaría la muerte puesto que no podría dejarla sola en ese mundo tan horrible.
- Dame la situación de la misión, sirviente – definitivamente la Hellsing estaba más que enfadada, le estaba tratando con tal desprecio que solo era equiparable con el que él mismo había tratado a su draculina. Lo merecía, merecía aun más.
- No hay mas amenazas, el enemigo ha sido satisfactoriamente silenciado, amo – se puso de rodillas humillándose ante ella.
- Entonces fuera de mi vista esclavo, largo y no quiero verte hasta el amanecer… - Le reverenció con la mano en el corazón
- Así será, mi señora.
Apareció en su habitación y fue a sentarse en su trono, aun estaban en su mesa las cosas de su joven sirviente: una chaqueta cuya tela aparentaba ser muy suave y un par de guantes que había usado para proteger sus manos; el aroma de las prendas había perfumado el ambiente y no ayudaba en nada a sobrellevar su actual situación, tomó pues aquella prenda e intentó sentir su textura mas no podía hacerlo, aquellos guantes que actuaban como sus grilletes personales lo impedían. Cuanto daría por poder acariciar su rostro otra vez sin que ella pensara que era eso que todos decían: un monstruo, un demonio ¿Desde cuándo le importaba lo que pensaran de él? No lo sabía con exactitud pero no deseaba ser eso para su princesa.
No había nada en esa habitación que no evocara su recuerdo: su ataúd, aquel pedazo de madera negra tan maldita como lo estaba él donde podía descansar, su refugio del mundo, había sido ese vínculo tangible que la había unido a él cada noche. Estuvo perdido en esa inmensidad donde no sabía quién era y sin embargo escuchaba su voz contándole historias que aunque absurdas y melancólicas no podrían haberle hecho más feliz; nunca lo supo, no se lo dijo pero cada noche que durmió en ese lúgubre y frio lugar el estuvo velando su sueño desde la vastedad de lo eterno deseando volver para tocarle por lo menos una vez más. Estaba enfadado, estaba enfadado con ella.
La odiaba, si eso debía ser… eso que sentía debía ser odio porque era intenso y doloroso y sobretodo porque no le gustaba sentirlo. La odiaba por sobre todas las cosas, la odiaba por haber puesto sobre sus labios ese dulce beso que le había confundido aun más de lo que ya estaba, no era el primero que recibía, tampoco era el primero que había dado o arrebatado pero era el primero que alguien le había otorgado por propia voluntad y aun mas allá, era el primero que había sido así… el único que había sido así. Aun podía sentirlo, aun podía degustar ese suave sabor sobre si y era mágico, era adictivo; Había sido un beso de principiante, ella parecía no saber cómo hacerlo y aun así le marcó mucho más profundamente que cualquier otro que hubiera recibido: no había sido vacio, no había sido solamente apasionado y banal dedicado a satisfacer la lujuria que pudiera consumirle, no, había algo mas en el, algo poderoso y trascendental: sublime.
Ese algo era aquello que lo estaba volviendo loco, le hacía llevar sus dedos a su boca intentando evocar aquel su más hermoso recuerdo, la odiaba… definitivamente la odiaba y necesitaba decírselo. Necesitaba decirle lo que estaba haciendo de él, reclamárselo para que ella lo supiera y le contara cual era ese poderoso hechizo que estaba utilizando para causarle tantas sensaciones aterradoras y al mismo tiempo delirantes. Se sentó en el piso a lado de su ataúd, en aquel lugar donde ella había pasado tantas noches a su lado durmiendo con su recuerdo y llevó las manos a su cabeza: "Maldita seas, Seras Victoria, maldita seas"
Tocaron a la puerta muy levemente, parecía que el responsable de sacarle de su ensimismamiento tenía terror de estar frente al umbral de su recinto, se levantó y fue a recibir a su visitante:
- Buenas noches señor – el hombre que lo observaba era un poco mayor y traía traje de mayordomo, intuyó que venía a ser aquel que tomo el lugar del ángel de la muerte Walter, tartamudeaba ante su presencia, le tenía pavor - Mi nombre es Sebastian Windsor y soy el mayordomo de la casa Hellsing, he venido a traer su cena.
Se quedó en silencio observándole y entreteniéndose un poco con los pensamientos del nuevo mozo, aparentemente el señor Windsor le temía de sobremanera pero tenía una preocupación en mente.
- Buenas noches, Sebastian Windsor. – contestó cortésmente aunque un tanto áspero – agradezco profundamente que haya tenido la amabilidad de traer mis alimentos hasta esta mi puerta.
Tomo el paquete de sangre y la botella de vino, aparentemente a pesar de su enojo Integra aun parecía tener un buen trato hacia él, no quería dejarle pasar a su habitación, no quería ver a nadie así que espero a que el mayordomo se alejara de su puerta pero para su sorpresa el hombre no se movió ni un poco, antes bien se quedo observándolo cuidadosamente.
- ¿Hay algo en lo que pueda ayudarle, señor Windsor? – preguntó educadamente esperando que con esto comprendiera que quería estar solo.
- ¡Pero qué joven esta! – eso pareció una frase que había traicionado al hombre escapándosele de sus pensamientos para decirlo en voz alta, se puso pálido al darse cuenta de su osadía y continuó – Lamento mucho incomodarle señor, pero, bueno estoy un tanto preocupado por la señorita Seras Victoria, no estoy seguro de que tanto se conozcan ustedes pero por la forma en la que me hablaba de usted puedo pensar que podría auxiliarme.
- ¿Qué pasa con Seras? – otra vez volvía a caer en el mismo circulo vicioso preocupándose por ella, sin poder evitarlo lo demostró; el hombre vio la reacción y actuó un poco mas fluidamente.
- He estado tocando a su puerta para darle su cena, pero no contesta señor… ella nunca hace eso, ella no es así. Temo que haya sucedido algo – parecía perturbado por la idea de que a su draculina le hubiera pasado algo, compartían el mismo sentir y eso le hacía pensar que quizá el no fuera su única víctima.
Salió instintivamente de su habitación hacia el corredor, y se puso de pie delante de la entrada a la mazmorra de su sirviente.
- No puedo pasar, está cerrada – continuó el buen hombre – espero que no le haya pasado algo malo.
- Descuide, yo me encargaré personalmente de entregar su cena a la señorita Victoria – dijo tomando otro paquete de sangre de la mano del mayordomo tranquilizándole – Y también me aseguraré que se encuentre en perfectas condiciones.
- Muchas gracias joven Alucard – dijo el mozo con una sonrisa amable y con el gesto más sereno – disculpe si me he equivocado en su nombre, pero la señorita Seras siempre había nombrado a la persona que ocupaba este sitio como Alucard. Ahora entiendo porque la señorita le estima tanto, usted es una persona muy gentil. Ella ha hablado maravillas de usted en su ausencia.
- Sí, me llaman Alucard. – estaba gratamente sorprendido: ¿su draculina había hablado bien de él? Aparentemente el hombre no le consideraba un mounstro como todos los demás – Es reconfortante saber que mi vampiresa me tiene en tan alta estima.
- ¿Es su vampiresa señor? – el mayordomo le sonrió como si estuviera realmente alegre por la noticia – Usted es un hombre muy afortunado al tener tan maravillosa mujer a su lado, hermosa tanto por dentro como por fuera. Cuídela mucho, la señorita ha sufrido mucho por su ausencia y aunque aparenta ser muy fuerte es muy vulnerable. Una dama como esas es muy difícil de encontrar.
- Lo sé – se limito a contestar, las palabras del mayordomo hacían que su herida ardiera cada vez mas pero al mismo tiempo le hacían sentir importante y afortunado – Le juro que la protegeré con mi propia existencia.
El mozo hizo una reverencia y se retiró dejándole solo en el pasillo con la cena de Seras, de pronto se sintió tan preocupado como aquel hombre puesto que en sus pensamientos vio honestidad, iría a hacerle una visita; probablemente ella no quisiera verlo y llorara por causa suya pero sentía la imperiosa necesidad de corroborar personalmente que no estaba en peligro. Atravesó con facilidad la pared, no necesitaba permiso para entrar puesto que donde se encontrara su draculina era su hogar: lo primero que observó fue a un mercenario con cara de pocos amigos que le veía con odio desde la estancia.
- ¿Quién te ha permitido entrar aquí, mounstro? – se atrevió a decir en voz alta no obstante no gritó aparentemente para no despertar a la joven vampiresa - ¿Qué mas buscas? ¿Ya no tienes nada más que deshacer? ¿estás aburrido y vienes a tomar las piezas de lo que era una muy buena mujer para pulverizarlas aun más?
Estaba equivocado, no venía a lastimarla más, solo estaba preocupado por ella. Tampoco era que pretendía darle explicaciones a ese estúpido francés que parecía quererse apropiar de lo suyo, si él quería o no quería entrar, hacer o deshacer estaba en todo su derecho, no entendía como un tipo como ese pudiera ser tan molesto y mucho mas, que una joven como su vampiresa pudiera aguantar su horrenda voz en su cabeza todo el día. Muy seguramente el mercenario tuviera razón, sin embargo no estaba dispuesto a otorgársela. Y ahí estaba, su presencia se sentía débil pero aun permanecía allí en ese ataúd café de lindo acabado, aparentemente dormía a causa de la falta de alimento; había prometido a Sebastian Windsor que entregaría satisfactoriamente su cena a Seras así que cumpliría al pie de la letra.
- Aléjate de ella – seguía gritándole Bernardotte mientras se inclinaba a abrir la tapa del féretro de su vampiresa – déjala en paz, lárgate mounstro. ¿Que no entiendes que le haces daño?, ella no quiere verte más: La humillaste, la despreciaste y la maltrataste. ¡No mereces ser llamado hombre… nadie toca a una dama de esa manera! ¡No tienes derecho siquiera a verla maldito bastardo!
- Guarda silencio – dijo en voz normal pero en tono imperativo.
Le había quitado el habla para impedir que siguiera sermoneándole y que despertara a su princesa, ella se veía tan apaciblemente perfecta mientras dormía que podría pasar toda la noche dedicado a su contemplación. Con un solo brazo la levanto con mucha facilidad cargándola al estilo nupcial, no pesaba casi nada; Ella recargo su cabeza en su pecho e instintivamente le abrazó Buena Chica – pensó. Caminó hacia la salida pero Pip Bernardotte le saltó encima intentando detenerlo para que no se llevara a Seras: lo jalaba de los brazos e intentaba arrebatársela:
- Duerme – ordenó.
El francés cayó dormido casi instantáneamente liberándolo así y permitiéndole salir con mayor facilidad. No era que no pudiera entablar un duelo con él pero lo consideraba innecesario, además tenía cosas más importantes por las cuales preocuparse que perder el tiempo discutiendo con un mercenario. Aquello le hizo recordar su pasado cuando para tomar a una doncella entraba a su habitación y si había alguien que pudiera representarle una molestia le hacía caer en un sopor muy intenso que aparentaba ser como la muerte misma.
Es interesante – se dirigió a la hermosa joven que dormía entre sus brazos mientras servía la sangre en una de las copas de cristal que estaban sobre la mesa – hace algunos años solía entrar a las habitaciones de las damas de la misma manera que entre a la tuya tan solo para alimentarme de ellas, ahora es irónico que tenga que tomar a una de esas doncellas tan solo para hacer lo contrario…
Sentía frustración, sabía que ella no le contestaría puesto que estaba muy dormida pero confiaba en que podía escucharle, debía hacerlo porque de otra manera no podría obtener la calma deseada.
- Antes solía morar en mi castillo a solas con mis libros y mis draculinas, esas tres mujeres caprichosas que solían acompañarme al anochecer. Ellas eran exigentes y molestas e incluso desobedientes pero de entre todas tu lo eres más: tú eres la mas desobediente, la más molesta y la más exigente – aunque sabía que estaba durmiendo y su cabeza estaba apoyada en su pecho por un momento pensó haberla visto hacer una mueca de tristeza – tan exigente que me has despojado de aquello pensaba era mi verdadero deseo ¿no sabes acaso lo que has hecho de mi, maldita hechicera? Ya no soy lo que pensaba que era, ahora no hay momento en el que estés fuera de mis pensamientos, te has quedado incrustada en mis memorias, en mis sueños… No hago más que actuar en función a tus deseos…
Se levantó dejándola sentada sola en su trono y bebió la copa de sangre de un solo golpe, no era para nada deliciosa a comparación de la que había bebido hacia unos momentos directamente del cuello de su sirviente; caminaba de un lado a otro observando su perfección sin sosiego alguno, la ira que sentía era mucho más fuerte de lo que podía soportar:
- No soy ni la sombra de lo que antes era y lo sé. Si te hubiera convertido en mi vampiresa años atrás se que no lo habrías soportado y eso que dices de mi ahora, eso que aseguras prometer ni siquiera te habrías atrevido a pronunciarlo: en ese tiempo no me habría importado haberte humillado tanto o más de lo que lo hice ahora, no habría sido tan benevolente contigo al haberte negado terminantemente a beber sangre ¿Habrías aceptado acaso beberla directamente de un niño vivo de 5 años? O ¿Habrías preferido ir a cazar seres humanos por la noche a mi lado? Claro que no, habrías increpado mi crueldad pero eso era, eso soy. Has existido en el tiempo exacto para ti y aun así te quejas de todo e irremediablemente accedo a tus peticiones como tu fiel lacayo, ¿Dime desde cuando dejaste de ser mi sirviente para convertirte en mi ama? ¿Desde cuándo deje de ser tu amo para convertirme en tu servil? - sentía ganas de llorar al hacerle esa confesión e inclinándose a sus pies se recargó en su regazo en busca de su compasión – Mi ama, mi reina… soy tu sirviente, caballero y protector por voluntad propia ¿Cómo puedo arrancarte de mi ser? Enséñame tú que me has metido en esto a salir de tu hechizo porque no puedo soportar más esto que me haces sentir y no puedo definir: Duele mucho, arde como si dentro de mí estuviera sido quemado por un metal incandescente, no me permite estar en paz, me persigue a todos lados… ¡maldita sea!
Aferrándose a los bordes de su falda lloró amargamente su pena, estaba condenado, condenado a sufrir aquello que no podía comprender y paradójicamente necesitaba hoy más que nunca de su presencia, necesitaba su abrazo – cosa que nunca había requerido de nadie – y necesitaba su perdón pero no tenía el valor de ofrecerle una disculpa.
- Dime qué es eso que siento cada vez que alguien más se acerca a ti, dime que es esa ansiedad que siento cuando no estás conmigo que me hace volver a ti…¡explícame! ¿qué me está pasando? ¿Qué eres tú? ¿Quién eres tú? ¿Por qué me haces esto? – levantó su rostro para verla, aun seguía profundamente dormida pero un par de lagrimas rodaron por sus mejillas… lo escuchaba, escuchaba lo desdichado que lo hacía y eso la ponía inmensamente triste – No, por favor no llores… puedo soportar cualquier tormento menos tu aflicción, no llores mi princesa… Mírame que soy solo un condenado a la eterna noche que ha tenido la dicha de ver la luz del día en tus ojos. Tiene razón Integra, no te merezco, no merezco nada de lo que tú haces por mi y sin embargo sigues aquí fiel a mis palabras ¿Es acaso verdad aquello que me has dicho? ¿Me acompañaras a pesar de todas las salvajadas que te he hecho? No, no soy digno de tu bondad ni siquiera soy digno de tocarte tal como lo estoy haciendo ahora; deberías irte, alejarte de mi tan lejos como te sea posible para que mi maldad no te alcance, para que no pueda dañarte más; no soy aquello que tu imaginas, no hay nada en mi que sea bueno ni un poco noble. No tengo alma, ni siquiera tengo un corazón que ofrecerte a cambio del tuyo.
Permaneció un momento en silencio abrazado al regazo de su vampiresa para después bajarla de su trono y refugiarla entre sus brazos protectoramente, no quería que sufriera. De pronto se encontró consolándola limpiando sus lágrimas acariciando suavemente su rostro, no podía comprender como era posible que existiera alguien tan hermoso como ella, toda su vida había conocido muchas mujeres muy bellas tanto antes de convertirse en vampiro como después, algunas hasta se habían puesto a sus pies para que las tomara como esposas ya que les interesaba el poder y las riquezas pero ninguna de ellas podría compararse con su Seras Victoria ni siquiera la señorita Westerna quien había sido la más bella de sus draculinas hasta entonces.
- No – se arrepintió de sus palabras casi tan pronto como las había dicho - No te vayas, nunca te vayas, por favor no retires tu existencia de mi porque entonces desaparecería la poca humanidad que aún queda en mi interior – la voz se le quebró impidiéndole hablar con propiedad – si tú te vas ya no habrá motivos para cometer las locuras que estoy cometiendo, si te vas ya no tendré una razón para elegir despertar a cada anochecer… ya no soy lo que era antes pero es que me has contaminado, has llenado mi interior con algo que desconozco pero que se siente cálido, sublime, confuso, excitante, dulce … y ahora estoy malacostumbrado, soy adicto a ti y a tu sonrisa, a tu hermosa voz y a tu presencia.
Su llanto solo parecía secar su boca aun mas, recordó que no había bebido nada desde que se fue del bosque cuando se lo había ordenado, así pues preparó para ella una copa de sangre con vino que le ofreció como un regalo. Ella respiró el dulce aroma de aquel elixir de la vida y pareció ser de su agrado mas sin embargo se negó a beberlo, aun en ese estado parecía estar muy despabilada y comprender lo que sucedía ¿tanto miedo tenia de ser libre? aun cuando dejara de ser su sirviente jamás estaría lejana a él por lo tanto no debía temer a nada.
- No temas, no es mía, dije que no volvería a ofrecerte mi sangre nunca más y he de cumplirlo, no he de darte tu libertad a menos de que tú así lo desees. No pretendía hacer lo que hice esta noche pero es que comprendí por un momento lo que tanto te asustaba ¿De verdad crees que te estoy entregando mi sangre porque no deseo que te quedes a mi lado? Torpe draculina… eres incluso mucho más torpe que este tu desdichado maestro: Beber mi sangre no te ofrece solamente tu libertad como esclava – no quería decirle eso, de alguna manera había algo que lo frenaba… ¿timidez? ¿sería bueno acaso que ella supiera que deseaba convertirla en su esposa? ¿y si se negaba? – crea un vinculo mucho más poderoso entre los dos del que ahora tenemos, tan fuerte que no importa la distancia no podrás separarte de mi…
Reflexionó un poco, había experimentado eso solamente con Mina Harker aquella joven a la que había entregado su maldición como venganza por haberse atrevido a levantarse en su contra; ella tampoco la había bebido por decisión propia sino a causa de sus amenazas, recordaba haberle amenazado con destrozar a Jonathan su esposo si no le obedecía y por supuesto no habría tenido ningún miramiento en cumplirlo a cabalidad, sin embargo esta vez era algo diferente: no planeaba liberarla para castigarla, tampoco deseaba atarla de esa forma porque estuviera encaprichado con su belleza como en algún tiempo lo estuvo por la señorita Murray ¿Qué era entonces lo que le motivaba a desear que Seras Victoria se librara de sus ataduras como esclava y convertirla en su reina si no requería mas obediencia de ella? ¿La razón era que deseaba que solo le perteneciera a él? Esa era en parte una de las razones, pero secretamente también quería pertenecerle a ella de la misma forma, quería que no tuviera el rango de subordinada sino de compañera.
- Debiste haber preguntado aquello que temías ¿No era más sencillo? Te aseguro que a pesar de lo malo que puedo ser siempre he estado disponible para ti, ¿o es que alguna vez que has venido a mí me he negado a contestar alguna de las incertidumbres que te aquejan? – tomó una de sus pequeñas manos con la suya - Te he mentido Seras, te he engañado descaradamente: No me avergüenzo de ti, no hay momento en el cual no me sienta orgulloso de tenerte a mi lado, es solo que soy un presuntuoso impertinente que no sabe como reconocer una debilidad; tanta es mi cobardía que heme aquí hablándote mientras duermes porque no me siento capaz de confesarte abiertamente estos mis más profundos secretos, tampoco me he atrevido a besarte como tú lo hiciste, por el contrario tuve que aprovecharme del trance en el que te puse para que no te percataras de ello. Yo también lo deseaba profundamente desde mucho antes que intentara besarte por primera vez pero nunca pensé que sería de ese modo... – hizo una pausa conteniéndose – tan perfecto. Eres muy valiente, bondadosa y muy fuerte… mucho más fuerte de lo que yo quisiera llegar a ser – besó suavemente su frente mientras acariciaba su pelo con dulzura sin poderlo evitar - Enséñame a ser como tú, muéstrame el camino que debo seguir para no perderme entre estas sombras que me ahogan y no me permiten salir; tanto tiempo he permanecido aquí encerrado en este infierno de obscuridad que ya no puedo ver y tú eres aquella luz que destaca en estas tinieblas a las que estoy condenado, sígueme hasta ellas tanto como te sea posible y sálvame.
Volvió a ofrecerle aquel vino mezclado con sangre pero esta vez la joven abrió la boca obedientemente y así pudo darle de beber a pequeños sorbos:
- Aun dormida no eres nada dócil, vampiresa rebelde e impetuosa – no pudo evitar sonreírle al ver aquel rostro angelical con el que se le antojaba desleírse como la mantequilla al calor del sol - ¿Qué ha de ser de mi contigo, doncella mía, que me tienes en tus manos y ni siquiera te has dado cuenta? Empiezo a temer el día en que sepas lo que realmente eres…
La recostó en su ataúd cuidadosamente para permitirle así dormir mientras él pensaba cómo habría de liberarse de eso que sentía, pero ella se aferraba a su camisa para no dejarlo ir, parecía asustada probablemente a causa de una pesadilla. No te soltare, no me alejare de ti – le dijo a través de su lazo
