Buenas ^^ Sinceramente que no recordaba que fuera tan largo. Muchas gracias a Carmen, que emigraste desde Potterfics y ahora te encontré aquí, leyendo de nuevo la historia. Significó mucho para mí. Alex si estás por estos lugares... iré ahora a ver si actualizaste ^^

A todos los que llegaron hasta aquí, gracias y espero les guste.

Brofist!

Capítulo 10: Plumas rojas.

Avancé sigilosamente entre los matorrales. Podía oírlo caminando a varios metros delante de mí, escondido entre la maleza. Cuatro kilómetros llevaba persiguiendo al maldito zorro, su carne no era demasiado blanda ni sabrosa pero con los tiempos que corrían no se podía ser tiquismiquis con la comida.

Aparté unas ramas y me tiré al suelo, protegida por la hierba alta. El zorro se había parado a husmear el ambiente. Movió la cabeza nervioso y miró fijamente hacia el este. Cargué el rifle con manos expertas, me lo coloqué contra el hombro para que no retrocediera con el disparo y miré por la mirilla. Aspiré y contuve el aire mientras acariciaba el gatillo con el dedo índice. El zorro levantó la cabeza gruñendo y cayó al suelo en silencio.

Me levanté sorprendida, yo no le había disparado. Miré por la mirilla y descubrí una flecha clavada en el costado del animal. Tenía los alerones de plumas rojas. Fui a levantarme pero volví a esconderme al ver a un hombre andando hacia el zorro. Se colgó la ballesta que traía a la espalda y se agachó. Cogí el arma preparada para disparar y me acerqué con sigilo. No se dio cuenta de mi presencia hasta que le coloqué la boca del rifle sobre la oreja.

- No te des la vuelta – dije cuando intentó volverse – Aleja tus manos de mi almuerzo. ¡Ya!

Obedeció lentamente. Le puse el pie en la espalda para derribarlo si se movía. Pensé en dispararle al recordar a los asaltadores que nos habían atacado a John y a mí hacia tiempo. Escuché ruido entre los árboles, lo que atrajo mi atención. Una mujer estaba llamando a alguien, quizás al hombre que estaba arrodillado frente a mí. No podía irme sin más, podrían tenderme una trampa, pero tampoco podía dispararle porque escucharían el tiro y vendría todo el grupo.

Levanté el arma y le di con la culata en la cabeza. Se desplomó inmediatamente sobre el suelo. Le di la vuelta, rondaría los veinti-muchos años, castaño oscuro con el pelo corto y barba de varios días, le tomé el pulso en el cuello. Su corazón aún latía. Le toqué allí donde le había golpeado y un poco de sangre manchó la punta de mis dedos. No estaría mucho tiempo inconsciente, no le di muy fuerte, pero se levantaría con un dolor de cabeza terrible.

Recogí el cuerpo del zorro y salí corriendo hasta donde me esperaban Zaina y Chucho. Me habían seguido durante mi caza y les había ordenado que esperasen algo lejos. Até el zorro a una de las cuerdas y monté sobre Zaina.

- Vámonos pequeña, tenemos que encontrar un sitio para pasar la noche.

Relinchó como si me entendiese y partimos con Chucho a la cabeza.

Dejé que Zaina anduviese por donde quisiese y terminamos en una zona donde había menos maleza. Desmonté y preparé todo para pasar la noche, subí la bolsa con las armas al árbol en el que iba a dormir, encendí unas ascuas para calentarme y cocinar la carne del zorro.

Zaina se puso a pastar al otro lado de los árboles, y Chucho olisqueó la madriguera de un conejo. El ambiente se llenó del olor de carne amarga al poner el zorro sobre el fuego. Lo toqueteé para saber si estaba hecho, arranqué un trozo y lo probé. No estaba muy hecho pero era comestible.

Escuché ladrar al perro, seguramente habría encontrado una madriguera con conejo incluido.

- Chucho, ven a comer y deja al conejo en paz – de nuevo le escuché pero esta vez aullaba de dolor – Chucho, no intentes meterte en la madriguera que no iré por ti otra vez – le amenacé.

Presté atención pero no volví a escucharle, ni sus pisadas acercándose corriendo. Me preocupé al escucharle gruñir y como arrastraba las zarpas sobre la tierra. Me levanté y caminé hacia donde provenían los ruidos. Me encontré al perro atado a un árbol, con una cuerda como bozal, gruñendo salvajemente y tirando con todas sus fuerzas.

- ¡Chucho!

Alguien me agarró por detrás tapándome la boca para que no gritase. Con una mano intenté apartar la suya de mi cara y con la otra empuñé el mango del cuchillo. Lo dirigí hacia donde se suponía que estaba el costado de mi agresor, pero paró el golpe y me apretó la muñeca hasta que tuve que soltarlo por el dolor. Me tiró al suelo, boca abajo, y se puso encima. Me colocó las manos a la espalda y sentí la cuerda aferrando mis muñecas, impidiéndome moverlas. Me quejé y le pegué patadas en la espalda con los talones. Tenía miedo porque ya había visto antes como actuaban los bandidos pero pensaba vender cara mi vida. Me desarmó y buscó más cuchillos que pudiera tener escondidos en el cuerpo.

- ¡Suéltame maldito, juro que te mataré y arrastraré tu cadáver kilómetros para patearle el culo cuando quiera!

- ¡Cállate o le pego un tiro a tu chucho entre los ojos! - me amenazó.

Supe por la voz que era un hombre. Me levantó del brazo, me dolió por la brusquedad, y me ayudó a ponerme de pie. Reconocí al hombre al que había golpeado horas antes por querer llevarse mi presa, era más alto que yo. Me empujó hacia la hoguera. Chucho aulló a nuestras espaldas.

- Suéltalo, suéltalo porque se esta haciendo daño con la cuerda.

- Ni de coña, para que me muerda. Vaya uñas que se gasta el maldito perro – me enseñó los brazos con marcas de arañados.

- No te morderá si se lo digo yo – las quejas del animal se me clavaban en el corazón – Suéltalo.

Dudó unos minutos y luego se acercó al árbol. Chucho se le lanzó en cuanto lo vio cerca. El hombre me miró como diciendo ya te lo dije.

- Chucho, quieto, sienta.

El perro me obedeció pero no perdió de vista al hombre. Este cortó la cuerda que lo mantenía sujeto al árbol. En cuanto se vio libre, Chucho corrió a mi lado y le gruñó cuando se acercó.

- Muévete – ordenó con una voz grave que no admitía réplicas.

Caminamos de vuelta a donde tenía la hoguera. Mi agresor me empujaba de vez en cuando para que no me parase y Chucho gruñía amenazadoramente, pero yo le impedía atacar por miedo a que le pegara un tiro.

Cuando llegamos apagó el fuego y se sentó a comer el zorro. Lo hizo delante de mí y le dediqué la mirada más agresiva posible. Se iba a enterar ese prepotente cuando fuera libre. Cuando terminó de comerse mi almuerzo metió todas mis cosas en la mochila y se la colgó a la espalda. Esperé que no encontrase la bolsa con las armas pero se paró justo debajo del árbol y miró hacia arriba. Descolgó la bolsa y también se la echó sobre el hombro. Zaina apareció entre los árboles y se quedó mirando la escena. Relinchó nerviosa y pateó el suelo cuando se le acercó el desconocido. Este le acarició el cuello y montó en su grupa.

- Eh, tranquila, tranquila – el tono de su voz se volvió suave.

La yegua cabeceó y trotó nerviosa. Él la dejo hacer para que se cansara. Luego se me acercó y ató una segunda cuerda a mis esposas. Tiró de la cuerda suavemente.

- Vamos, anda delante de mí.

Comencé a andar encabezando el grupo, con Chucho pegado a mis piernas. Me dirigía con la cuerda tirando hacia el lugar al que quería que fuese, como si fuera una mula. Mi odio hacia él crecía a cada paso que daba, por humillarme de esa manera. Anduvimos varias horas y se acercaba el crepúsculo cuando divisé hacia donde nos dirigíamos. En mitad del campo había una caravana enorme y blanca, a su lado una ranchera burdeos y un Peugeot beige, los mismos vehículos que había visto días antes en la carretera, también había cinco tiendas de campaña azules. Varias personas caminaban por las cercanías, dos mujeres hablaban sentadas entre las tiendas, el hombre más viejo estaba encima del techo de la caravana con una rubia y un fusil en las manos, tres hombres hablaban apoyados contra el Peugeot y un niño pintaba en el suelo con un palo. La pareja de la caravana fueron los primeros que nos vieron y avisaron a los demás.

- Chucho – el perro levantó las orejas al escuchar su nombre – ayúdame a huir.

No quería llegar junto al grupo porque entonces podrían ayudarle. Me tiré al suelo de rodillas. Escuché como se acercaba para ayudarme a levantarme, dos de los hombres andaban hacia nosotros, uno con el pelo rapado y otro con rizos castaños vestido de policía.

- Ahora.

El perro obedeció la orden y se volvió rápidamente. Saltó sobre mi espalda para lanzarse contra el hombre que cayó del lomo de Zaina. Me levanté y salí corriendo en dirección contraria al grupo. Zaina pasó por mi lado asustada por los movimientos bruscos, oía a Chucho gruñendo a mi espalda y el otro maldiciendo a todo el mundo. Sentí un tirón y caí de espaldas al suelo. Me hice daño en el hombro al caer y el dolor me nubló la vista. Me giré pero sentí pinchazo y tuve que ponerme bocabajo. Atrás el hombre había inmovilizado a Chucho con la rodilla y lo mantenía sujeto contra el suelo. Los hombres se acercaban corriendo y los otros se habían alineado para ver lo que estaba pasando. Debía de ser un espectáculo encantador, la humillada y apaleada Sue entreteniéndoles antes de cenar. Deseé tener mi cuchillo cerca para librarme de mis ataduras.

- ¡Daryl! ¿Qué estas haciendo? - le gritó el policía al pasar por el lado del hombre que sujetaba a Chucho.

- Esta fue la que me golpeó en el bosque y su perro no paraba de atacarme. Jodido animal – se defendió con voz fiera.

- Es solo una niña – le haría tragarse sus palabras.

Se acercó y me desató. Chillé de dolor cuando me movió el hombro derecho. Me levantó con ayuda del rapado. Intenté librarme de sus manos pero cuanto más me movía más sentía el dolor.

- Tranquila, no temas, no te haremos nada.

- Suelta al perro o te juro que te arrancaré los dos brazos y te abofetearé con ellos – le grité al que habían llamado Daryl.

- Joder con la niña, no tiene la lengua afilada ni nada – rió el rapado.

Le dediqué una mirada de despreció e intenté quitarle el arma al poli para amenazar a Daryl, pero vio mis intenciones y no me dejó. Soltó al perro que se levantó rápidamente y corrió para lanzarse contra los otros que me sujetaban. Con una orden se lo impedí y se quedó mirando como avanzábamos. Miré por encima de mi hombro, Chucho nos seguía y varios metros por detrás lo mismo hacía Zaina.

Cuando llegamos con los demás me recibieron con miradas curiosas.

- ¿Quién es? - preguntó una mujer con el pelo largo, castaño y ondulado. El niño estaba a su lado cogiéndola de la mano.

- No lo sé, no me dijo su nombre – dijo mi captor.

- Porque lo primero que hiciste fue inmovilizarme contra el suelo y atarme las manos.

- ¿Tengo que recordar quién golpeó a quien primero? Porque aún me duele – se llevó la mano al lugar en donde le di con la culata del rifle – La cría estaba bien armada.

Soltó la bolsa con las armas que se desparramaron por el suelo. Cajas de cargadores quedaron desperdigadas por doquier. Se quedaron mirándolas admirados.

- ¿De dónde ha salido todo eso? - preguntó un chico de aspecto asiático.

- Creo que antes de las preguntas deberíamos ayudarle – dijo el anciano.

Todos me miraron. Miré hacia donde me dolía, el hombro me colgaba de forma poco natural.

- Creo que aún nos quedan calmantes, Glenn ve a buscarlos – el asiático salió corriendo hacia la caravana – Podría estar roto.

El anciano se me acercó tímidamente.

- No está roto, solo dislocado – refuté su diagnóstico – Necesito algo que pueda morder, una cuerda y una bebida con alcohol.

Parecieron reacios a darme lo que pedía pero el poli ordenó que me lo trajeran todo. El asiático apareció con los calmantes y se desanimó cuando lo volvieron a enviar a por lo otro.

- Átame la muñeca a la puerta.

El policía obedeció con algunas dudas.

- Me llamo Rick Grimes, y soy policía. No tienes que tenernos miedo, no somos bandidos.

- No creo que sea el momento de hablar de eso.

Cogí la botella que me ofrecía Glenn, la etiqueta ponía que era whisky. Le di un trago largo y sin respirar, para que sus efectos se propagasen con mayor rapidez. Tiré la botella que la recogió rápidamente el rapado, le vi darle un trago y se la pasó a Daryl que también bebió. Me preparé cuando noté que mi lucidez empezaba a flaquear por el alcohol. Mordí el trapo que me habían dado y puse la mano izquierda sobre la carrocería del coche. Solté el aire en tres veces cortas y tiré hacia atrás con todas mis fuerzas. Un pinchazo de dolor me recorrió todo el hombro hasta la muñeca haciendo que se me saltasen las lágrimas, el trapo ahogó mi chillido y me derrumbé. Rick se agachó a mi lado y me preguntó si estaba bien. La mujer castaña también se había acercado, no pude evitar fijarme en el abombamiento de su barriga. Rechacé sus ayudas y me levanté por mi propio pie. Repetí el proceso, exhalé en tres ocasiones y tiré hacia atrás. Lo hice tan fuerte que se me resbaló la mano de la atadura y caí al suelo. Me agarré el hombro gimiendo por el dolor tan fuerte que sentía, se me nublaba la vista y sentía gotas recorriéndome el rostro pero no sabía si eran de sudor o lágrimas. Vi como se agachaban a mi lado y me hablaban pero los oídos me pitaban y no les entendía. Se quedó todo negro y me desmayé.

Abrí los ojos y me encontré un techo blanco sobre mi cabeza. Miré a mi alrededor, estaba en la habitación dentro de la caravana, tumbada en la cama. La puerta del pasillo estaba abierta y veía el resto del vehículo, la cocina estaba justo al lado de la puerta y la mesa de comer justo enfrente, todo el interior estaba forrado de madera y muy bien ordenado. Al moverme sentí el dolor del hombro, retiré las sábanas, no tenía camiseta y me habían vendado el brazo al torso. Rápidamente cogí la sudadera que colgaba del perchero de la pared y me levanté. Salí de la rulo, era por la mañana según la posición del sol. Había dos personas más a parte del grupo de ayer, un chico grandote de color y una mujer con el pelo castaño corto. Escuché el ladrido de Chucho, estaba a varios metros corriendo tras una pelota que le había lanzado el niño. La mujer con el pelo corto al estilo muchacho se me acercó al verme.

- Ya te has despertado, estábamos preocupados de que tardases tanto.

- ¿Quién me vendó el brazo? - pregunté más rudamente de lo que pretendía.

- Fui... fui yo, algunas veces hice de voluntaria en los servicios sanitarios de Atlanta.

Asentí incómoda por como me miraban todos, como una simple curiosidad.

- Así que la bella durmiente ya se despertó ¿eh? - el rapado venía con leños en los brazos.

Le dediqué una mueca y se rió. La mujer volvió con un plato en la mano.

- Es un guiso con un poco de carne de conejo, no parece muy apetitoso pero está bueno – dijo amablemente.

- Ahora mismo no tengo hambre.

Giré y entré de nuevo en la caravana. Cerré la puerta de la habitación y me apoyé en ella. Tenía que salir de aquí cuanto antes, eran un grupo demasiado grande, me sorprendía que hubieran aguantado tanto tiempo. Me quité la sudadera para librarme de la venda. Tenía el final de esta en la espalda y no podía llegar con la mano izquierda.

- ¡Maldita sea!

Se abrió la puerta a mi espalda y me tapé corriendo con la sudadera.

- Lo siento, solo quería saber si estás bien.

- Sí, perfectamente – ironicé.

- Aún no nos hemos presentado, me llamo Carol – se me quedó mirando esperando que le dijera mi nombre, al ver que no lo hacía cambió de tema – Deja que te ayude.

Me quitó la venda y fue enrollándola. No podía mover el brazo y me picaba como cuando se te duerme, me tiré pellizcos pero casi no sentía el dolor. Cogí la sudadera para vestirme, Carol fue a ayudarme pero me retiré al sentir su contacto. Bajó la cabeza y se retiró de la habitación.

- Espera – se dio la vuelta – No... no puedo ponerme la sudadera sola.

Lo dije de carrerilla, sin respirar. No dijo nada, solo asintió y me ayudó a ponerme la ropa. Con un trozo de la venda me la pasó por el cuello para colocar el brazo. Después salimos y fuimos a donde estaban los demás, comiendo. Cogí el plato que me tendía el rapado y me apoyé en el árbol. Costaba comer con la mano izquierda.

- ¿Cómo te llamas? - Rick se había sentado a mi lado.

- Sue.

- ¿De dónde vienes?

- De muy lejos – Rick asintió pillando la indirecta de mi silencio voluntario.

Rick asintió. Procedió a presentarme a todo el grupo, saludé a cada nombre que dijo con una amabilidad forzosa y dejé el plato a medio comer sobre la mesa de camping que tenían.

- ¿Y mis armas?

- Dale es el encargado de guardar todas las armas del campamento.

- ¿Dónde están? - me volví hacia Dale. Miró interrogativamente a Rick. Bufé y fui a la caravana.

Rebusqué por los armarios sin encontrar nada. Me agaché bajo la cama y saqué dos bolsas, una de las cuales era la mía. Recogí la mochila que estaba en una esquina de la habitación y volví al exterior. Se me quedaron mirando mientras andaba hacia Zaina.

- ¡Chucho, nos vamos!

Monté en la yegua con la ayuda de un tronco y la azucé para que caminara. Rick se acercó corriendo y algunos se levantaron para ver mejor lo que pasaba.

- Espera, ¿adónde piensas ir?

- Lejos de vosotros, me sorprende que hayáis durado tanto vivos – mis palabras parecieron herirle – se os escuchaba a kilómetros cuando ibais por la carretera.

- Sue, estás herida, por favor quédate – imploró Carol acercándose.

- Tiene razón, no creo que sobrevivieras mucho sin poder usar el brazo derecho ni disparar – dijo Shane.

- Mira, quédate solo hasta que te recuperes, en dos o tres días estarás bien y podrás hacer lo que te dé la gana – propuso Rick.

Sopesé su propuesta. Tenía razón el rapado, había estado a punto de morir en más de una ocasión, y ahora no podía disparar. Solo serían un par de días.

- Vale, pero con una condición, las armas son mías y las guardo yo...

- Es más seguro para todos que estén las armas en un solo lugar – dijo Dale.

- Son mías y yo las guardo – le miré esperando que volviera a replicar, no dijo nada.

- Está bien, pero no dejes ninguna cargada.

Apoyada contra una verja veía como Chucho saltaba entre la hierba alta.

- Buenas.

Su voz me sobresaltó y me aparté de la valla. Shane sonreía divertido por mi reacción.

- ¿Te gusta ir por ahí asustando a las mujeres indefensas?

- No creo que seas una mujer indefensa, precisamente – saltó la valla y se puso a mi lado – entonces te gusta el campamento ¿no? Se ve que eres una chica muy sociable.

- No deberías burlarte de una persona que va armada con un cuchillo – acaricié su empuñadura.

- Vale, bromas cero. ¿Ya conoces a todo el mundo?

- Más o menos.

- ¿Quién es Glenn? - preguntó al ver que no seguía hablando.

- ¿En serio pretendes que te describa a todo el mundo? - asintió – Glenn es el chico asiático, con la gorra de repartidor de pizza. Andrea es la mujer rubia, no parece demasiado amable. Dale es el más viejo, el dueño de la caravana. Rick, el poli, el "súper" líder, Lori, la mujer... castaña, con el pelo largo, su esposa y Carl, el niño es su hijo.

- ¿T-Dog?

- Sí, el hombre de color. Maggie, la castaña del pelo corto, la novia de Glenn. Carol es la mujer que me estuvo ayudando, parece la madre del grupo, siempre preocupándose por todos. Daryl es el cateto que casi mata a mi perro. Y tú, Shane.

- ¿Para mí no hay una descripción objetiva?

- El rapado militar, parecido a Rambo.

Rió por mi ocurrencia. Nos quedamos en silencio. Chucho corrió de vuelta, le acaricié la cabeza peluda. Shane extendió la mano y fue a tocarle pero el animal gruño amenazadoramente.

- No le gustan los extraños – dije.

- ¿Adónde vas? - ignoró los gruñidos del perro.

- Voy a Fort Wallas. Llegué a Atlanta porque escuchamos los mensajes en la radio que decían que allí había un refugio, pero aquello era un infierno, caminantes por todas partes.

- Lo sé, nosotros también lo vimos.

- Bueno, pues allí había un grupo que vivía en un geriátrico, ellos me dijeron que todos se habían mudado a Fort Wallas. Hay un fuerte en el que los militares han formado un segundo refugio.

- Nosotros vamos a Fort Beining. Supongo que en algún momento nos separaremos.

- Más pronto que tarde, eso tenlo por seguro – le aseguré.

Escuchamos un relincho de Zaina a nuestras espaldas. Me levanté y caminé hasta ella con Shane siguiéndome. Carl estaba junto a la yegua acariciándole el cuello, Lori estaba de pie un poco más lejos observando la escena. El niño llevaba un sombrero de policía que le quedaba grande y una camisa de cuadros.

- Pareces todo un vaquero con el sombrero y la yegua al lado – le bromeé.

Pegó un salto al escucharme y dejó de acariciar al animal. Me miró como si hubiera estado haciendo algo malo. Zaina me dio con el morro en la mano para que le hiciese caso.

- Yo solo... me gustaría que me enseñases a montar – me lo pidió con voz suplicante.

- Claro – sonrió alegremente.

- ¡Genial! Shane ayúdame a subir.

- Eh, tranquilo niño. Ya está anocheciendo, será mejor que empecemos mañana. Te quiero despierto a primera hora.

- Por supuesto.

Se alejó corriendo y fue junto a su madre para contárselo. Me despedí de Shane y monté en Zaina, me acerqué a la caravana. T-Dog estaba sobre el techo de esta, sentado en una silla de playa bajo una sombrilla, vigilando el campamento. Carol estaba preparando la cena junto con Dale y Maggie. Glenn luchaba con Chucho, al perro le encantaba tirarse sobre el asiático.

- Dale, pásame mi bolsa.

Entró en la caravana en busca de lo que le había pedido.

- ¡Sue, llama a tu bicho! - gritó Glenn. Maggie y Carol miraban la escena preocupada y Shane y los demás se reían.

- ¡Chucho, vamos de paseo! - levantó las orejas, lamió por última vez al chico y vino corriendo a mi lado.

- Aquí tienes.

Cogí la bolsa que me tendía Dale y me despedí de todos.

Dirigía a Zaina lejos del campamento. Encontramos un camino de tierra que pasaba cerca y lo seguimos, estaba oculto por la maleza en algunos sitios porque no se había usado en mucho tiempo. Chucho corría de un lugar a otro husmeándolo todo, un conejo salió de entre los matorrales y el perro corrió detrás. Suspiré y no le llamé, no iba a estar a todas horas preocupándome por lo que hacía. El camino descendía hasta un pantano de agua estancada, era un buen lugar para esconder las armas. Miré hacia atrás para asegurarme de que no me seguían, no confiaba en ellos. Desmonté. Caminé hasta un árbol que estaba al filo del pantano. Até una piedra al extremo de la cuerda y el otro a la bolsa, lo tiré intentando pasarlo por encima de una rama, cosa muy difícil con la mano izquierda cuando eres zurda.

Al quinto intento lo dejé. El hombro me dolía horrores, jadeaba por el esfuerzo. Pateé la bolsa furiosa y me hice daño en el pie.

- ¡Me cago en...!

Me senté sobre una roca agarrándome el pie. Eso que dicen de que solo te puede doler una parte del cuerpo es mentira. Por el rabillo del ojo vi a una persona acercándose. Me giré en su dirección.

- ¿Es que no me dejáis en paz nunca? – le grité a lo que me respondió con un gruñido.