Capítulo 11

Las escuchó llorar a ambas en la baño y no tuvo el valor suficiente de ir a consolarlas. ¿Qué es lo que le impedía abrazarlas y decirles que todo iba a salir bien? Era lo que siempre se había prometido a sí mismo hacer si algún día pasaba algo, si le necesitaban. Pero allí estaba, inmóvil entre sus sábanas, sintiendo como su familia lo pasaba mal a tan sólo una pared de distancia.

Realmente, en ninguno de esos momentos en que lo había pensado o se lo había susurrado a Emma en el oído creyó que fuese realmente a pasar de verdad. Era como un hecho que sólo ocurría en las películas y las novelas pero nunca en la realidad.

Se podría decir que si las había protegido cuando separó a aquel monstruo de ellas y lo molió a golpe, pero era un momento de demasiada rabia. Ni siquiera se había parado a pensar en las consecuencias de lo que estaba haciendo. Sólo cuando la adrenalina se fue acabando vio en lo que sus actos lo habían convertido: un violento. ¿No era él quien siempre le decía a los muchachos en el instituto que a golpes no se llega a ningún lado? ¿Cuánto había tardado en desobedecer su propia norma? Los tres segundos que tardó en reaccionar. ¿No podría haber llegado al mismo resultado, que era alejarle de ellas, por otros medios? Aún podía oír los sollozos de Caroline mientras dejaba caer el puño una y otra vez sobre él, y los jadeos asustados de Emma. Cada vez que cerraba los ojos veía los dos pares de ojitos avellanas mirándole espantados. La mano temblorosa de su mujer caía una y otra vez sobre su hombro.

Y después de lo que Emma le había contado la noche anterior… Había dejado que sucediera todo delante de sus narices. Le había permitido, mirarlas, estudiarlas, ganarse su confianza… ¡él incluso le había empezado a sentir como parte de la familia! Y mira… ¿podría haber sido algo más horrible? Indudablemente no. Si tan solo hubiese tenido los ojos más abiertos, o se hubiese interesado tan sólo un poco en los asuntos de su hermano, podría haberlo impedido.

¡Pero, ¿cómo lo iba a saber él? Simplemente había querido ser la buena persona que se le pedía que fuera. ¿Cómo iba a imaginar que su hermano era un violador, asesino y pederasta? ¿Qué probabilidades tenía?

Además, no era totalmente culpa suya. Emma podía haber confiado más en él, ¿no? Se suponía que eso era lo que hacían, contarle las cosas que le preocupaban al otro, como buen matrimonio, como buena pareja, como buenos amigos. Pero no, ella se había callado todo y había pretendido que él lo averiguase como por arte de magia. Si le hubiese dicho tan solo que tenía un poquito de miedo, habría hecho lo posible que eliminárselo de su vida... ¿O no? Ya no estaba seguro de las promesas que había hecho antes. ¿Qué clase de persona era? Nunca se había conocido a sí mismo. ¿Y si en realidad no se diferenciaba tanto de ese animal? Al fin y al cabo, llevaban los mismos genes, ¿no? Habían recibido la misma educación y se habían criado en el mismo ambiente. En definitiva, eran harina del mismo costal.

Oyó la puerta abrirse, las oyó salir y las oyó preparar el desayuno en la cocina. Pudo oírlas durante horas pese a que apenas hacían ruido. Cuando la puerta de la habitación se abrió cerró rápidamente los ojos. Era lo único que lo diferenciaba con una persona dormida. Notó como Emma caminaba por la habitación y se acercaba a él. Su delgada mano le acarició el pelo. Dudaba si despertarle o no. Al final pareció decidir no hacerlo. Durante varios minutos siguió en la habitación abriendo y cerrando con suavidad los cajones. Seguramente iba a salir a algún sitio.

-¿Mami? –los pasitos se pararon dudosos en la entrada. Poco después la habitación se oscureció cuando la puerta se cerró al salir ellas. Luego volvió a abrirse para dejar paso a los tacones. Ya no le quedaban dudas de que iban a salir. Los oyó pasarse a su lado sólo unos instantes y volvieron a salir.

No tardó mucho más en escuchar como la puerta de la calle se cerraba y el poco ruido de la casa se apagaba. De todas formas, no se movió. ¿Para qué? No quería hacer nada. No se veía con fuerzas de enfrentarse a nada.

Decidió que tampoco podría fingirse el dormido el resto de su vida, así que mejor ir acostumbrándose ahora en la soledad. Se incorporó y encendió la lámpara de noche. Aunque había luz fuera, las persianas estaban echadas.

Entonces tropezó con un trocito de papel perfectamente cortado y doblado. Al abrirlo descubrió la impecable caligrafía de su mujer. La nota era muy escueta.

Vamos a salir a que nos dé el aire.

No sé cuánto tardaremos.

Con amor, Emma xxx

Suspiró y volvió a dejarla donde estaba.

Su estómago rugió y se preguntó si debería comer algo. Era lo mejor que se le ocurría hacer de momento.


Realmente le hacía falta despejarse, y nada mejor para ello que un poco de aire.

Carol le cogió la mano mientras en la otra cargaba al conejito Trixi. Empezaron a caminar por la calle sin rumbo. No hablaban, sólo avanzaban, mirando alrededor. Todo estaba igual que siempre pero nada era lo mismo. La gente iba a venía, se paraban a charlar en medio de la calle, reían. Pero transmitían una sensación diferente, como si aquello a lo que tan acostumbradas estaban y ellas misma había vivido le diese la espalda y se burlara en sus caras.

-Mamá, estoy cansada.

¿Cuánto tiempo llevaban andando? No estaba segura. Posiblemente bastante. El sol estaba más alto y las calles más bulliciosas.

-¿Quieres que descans…-

Su pregunta se vio ahogada por el repicar de las campanas cerca de donde se encontraban. Una calle a la izquierda estaba la iglesia. Solían ir de vez en cuando algunos domingos para la misa. Y hoy era domingo. Y realmente necesitaban sentirse acogidas. ¿Qué mejor lugar?

Así que entraron. Era una parroquia pequeñita, sólo para el barrio. Contaba con tres filas de bancos que miraban hacia el altar tras el cual se podía ver la figura de un Cristo con los brazos abiertos. Las paredes estaban llenas de vidrieras normales y otras de colores para que pudiese entrar bien el sol y no hiciera falta consumo de luz eléctrica. Por la tanto, la sala estaba no estaba demasiado iluminada. Era aún temprano por lo que aparte de ellas, no había nadie más salvo el párroco que parecía estar preparándose para la eucaristía. Posiblemente, Emma llevaría un "Ayuda" pintado en la cara, porque no le hizo falta decir nada para que el buen hombre se dirigiera al confeccionario y la esperase.

-Cielo, ¿serás capaz de quedarte aquí un momentito mientras mamá va a hablar con el Padre? –preguntó mientras sentaba a la pequeña en uno de los bancos más o menos a la mitad. El confeccionario estaba al fondo y Emma no quería que Carol la oyese pero tampoco dejarla demasiado lejos.

Asintió no muy convencida.

-¿No puedo ir contigo? –preguntó con un deje de esperanza. No quería quedarse sola allí en medio.

-Mejor quédate aquí, ¿vale? –la besó en la frente con cariño- Además, está Trixi para hacerte compañía. Podéis jugar mientras yo no estoy.

-Pero no tardes –pidió.

De nuevo le dijo que no lo haría antes de ir hacia el fondo.

En ningún momento pensó que fuera a sincerarse demasiado. Sólo desahogarse un poco más y buscar consejos. Era un poco frustrante ser siempre la que los daba porque después nadie le sabía dar uno en condiciones. Pero las cosas no salieron como ella imaginó. Nada más comenzar a hablar se sintió libre de expresarse sin miedo a herir a nadie. No era como con Will, que sabía que le hacía sufrir con cada frase que pronunciaba, porque le hablaba de gente que conocía y que había querido. Pero con el párroco fue diferente. Por supuesto, omitió los detalles íntimos. En realidad, más que lo que pasó le contó lo que sentía, la horrible carga que llevaba dentro. Cómo no podía dejar de sentirse culpable de lo sucedido, por no haber sabido controlar la situación y acabar en aquel agujero del que no veía salida. Ella se sentía como un juguete, una herramienta, utilizada. Sabía que había hecho que Will sintiera la puñalada en la espalda, traicionado por su propio hermano, por su propia sangre. Pero en el fondo sabía que él podría arreglárselas solo y que era un adulto maduro. Lo que realmente le preocupaba era su hija. Sólo era una cría, pequeña, inocente, no tenía porqué conocer aún cómo de horrible era el mundo que giraba en torno suya. Era su tiempo de ser feliz, reír, jugar y aprender. Pero no esas cosas, al menos no todavía. ¿Y si se quedaba marcada para siempre? La experiencia no se le iba a olvidar fácilmente, pero y si se mantenía viva en la superficie, sin esconderse. No quería que fuese como ella, no quería que tuviese problemas mentales, quería que fuese normal, porque sabía lo duro que era llevar esa carga en los hombros constantemente. Podría arruinarle la vida. Y todo por su culpa, por no haber sabido ser buena madre, por no haber sabido protegerla, por haberla olvidado y haberse ocultado sólo ella. ¿Cómo había podido hacerlo? ¿Cómo podía haberse sentido a salvo dejando a su hija a manos de ese ser espantoso? ¿Cómo podía decir que la quería? ¿Qué clase de persona era? No, no solo de persona, si no de madre.

Poco a poco se calmó y dejó de llorar. Escuchó y asintió a los consejos del párroco, pero no creyó demasiado en ellos. No era tan fácil hacerlo como decirlo.

Se levantó y le dio las gracias por escucharla. No le importó haberle dejado un poco horrorizado por la historia. Al menos ahora se sentía un poco, no mucho, mejor.

Se limpió las lágrimas y el rímel corrido antes de llegar a su banco. Debió de haber estado hablando más tiempo del que creyó que utilizaría porque había bastante más gente.

-Has tardado mucho –le riñó Carol cuando ocupó su lugar junto a ella. Inmediatamente, empezó a gatearle hasta sentarse sobre sus piernas.

-Lo siento mucho, cariño –susurró abrazándola con fuerza contra su pecho- De verdad que lo siento mucho. Perdóname –cerró los ojos descansando la mejilla sobre su cabecita. El pelo le olía fantástico a jabón de aquella mañana.

No se disculpaba por la tardanza, si no por todo lo demás.


Llegaron las primeras y también ser fueron las últimas. Carol no volvió a hablar, ni siquiera se quejó porque se aburriera o estuviese hambre o tuviese ganas de jugar. Simplemente se quedó en silencio sobre su falda, esperando hasta que Emma decidió que era hora de irse y volvieron a salir de la mano.

Tampoco fueron por el camino directo a casa, si no que dieron un rodeo, esta vez a propósito. Llegaron hasta el parque de columpio. Era hora de que Caroline también se divirtiera un poco.

-¿Te guardo a Trixi mientras vas a jugar con los otros niños? –preguntó dulcemente agachándose para cogerlo.

-No –contestó automáticamente abrazando al peluchito con más fuerza contra su pecho.

-Entonces, no vas a poder jugar bien.

-No quiero ir a jugar –su voz era triste y desanimada. Era la primera vez en su vida que escuchaba a su hija decir que no a un juego.

-¿Por qué no?

-No tengo ganas. Prefiero quedarme contigo.

-Voy a estar justo aquí, Carly –le prometió.

-¡Que no quiero! –dijo una patada al suelo y rompió a llorar.

-Vale, vale, cariño. Sh… no llores. Está bien –se apresuró a decir Emma, cogiéndola en brazos- Si no te apetece no te voy a obligar, Carol, está bien. No llores… -le dio besitos en los lugares donde corrían las lágrimas- ¿Quieres mejor que volvamos a casa con papá?

Asintió calmándose y empezando a morder la peluda oreja de Trixi.

Emma la besó de nuevo y la cargó todo el camino mientras la pequeña ocultaba su rostro en el cuello de su madre.


La puerta se abrió. El sonido de las llaves en la cerradura, los pasos cortos, los tacones repiqueando en el suelo… No era difícil adivinar que era ella. Su perfecta rutina era inconfundible. Las llaves cayeron sobre la mesita y las chaquetas colgadas en la percha. Los zapatos se alinearon milimétricamente. No le hacía falta verlo para saberlo. Podría reconocerla en cualquier sitio.

Luego, los suaves pasos en el parqué.

-Hola, papi.

La pequeña se puso de puntillas para darle un beso en la mejilla.

Levantó la cabeza un momento para sonreírle. Era tan linda. Luego volvió a pulsar las cuerdas de su guitarra para continuar creando tristes melodías.

Entonces sintió los labios de su mujer hundiéndose en su pelo y besándole.

Aquellas suaves notas eran lo único que llenaba el ambiente. Pero quizá era también lo único que hacía falta, porque era así como se sentía.

Cada una se le acurrucó a un lado.

Eran ellos lo único que tenían.