11.
Todo lo que no puedes dejar atrás
Hemos
preparado a los hombres para pensar en el futuro como una tierra
prometida que alcanzan los héroes, no como lo que cualquiera
alcanza a un ritmo de sesenta minutos por hora, haga lo que haga1
Lex Luthor estuvo desde el primer momento volcado en que todo el universo de Lena fuera únicamente él. Inmediatamente después del nacimiento del bebé, la Contessa fue encerrada y separada de su hija. Ya había cumplido su propósito y Luthor la recluyó sin ningún remordimiento para que se fuera consumiendo poco a poco. Puso a dos cuidadoras de confianza como responsables de todo lo que concerniera a la pequeña y la ocultó en secreto en las profundas habitaciones de su mansión de Metrópolis. Nada de ruedas de prensa ni anuncios oficiales. Muy poca gente sabía de la existencia del bebé, que fue trasladada a la ciudad en medio de la noche con tres meses de vida.
Redujo sus viajes y su vida social, se volvió mucho más reservado para el conjunto de los ciudadanos de Metrópolis, llevaba muchos de los negocios desde su mansión y vivía obsesionado con que su heredera no enfermara ni sufriera ningún daño. Pasaba mucho tiempo con la niña y se asomaba a sus ojos azules llenos de vida, haciéndose preguntas. Le intrigaba saber hasta qué punto era o no poderosa, se preocupaba a menudo por su futuro y la imaginaba sentada en un alto trono, hermosa y terrible como el alba. Pero había algo más. El servicio de la mansión Luthor a menudo cuchicheaba al respecto: Lex Luthor cada vez pasaba más tiempo a solas, reflexionando, parecía que su carácter decaía, que poco a poco iba tomando una visión diferente de las cosas y que sus ideas acerca del poder se transformaban con el tiempo. Muchas veces, en reuniones de negocios, se había quedado abstraído en un susurro: "Lena, querida Lena..." Y su pensamiento parecía transportado muchos años atrás en el tiempo, hacia algún lugar olvidado de su memoria. Y su mirada se entristecía.
Tras separarse de la Contessa, muchos de sus delirios acerca de una nueva civilización y la mejora genética y la nueva raza humana habían desaparecido de sus proyectos, como si se tratase de un proyecto de juventud que ha perdido toda la fuerza y que había sido engendrado más por la condesa que por él mismo. Lo recordaba como una pasión de juventud olvidada que no tenía que ver con la realidad. La realidad era Lena, el día a día, la culpabilidad. Recibía permanentemente The Inquisitor y el Daily Planet en la mansión. Clark Kent había recuperado su ritmo de vida habitual. Había vuelto a la absurda rutina, a la mediocridad del trabajador de a pie. Lex le despreciaba conscientemente: había conseguido todo lo que quería de su enemigo y sin embargo... A veces Lena se reía abiertamente, con una inocencia que desarmaba cualquier actitud, y traía a Lex de vuelta a unos tiempos extremadamente remotos en que Clark y él habían tenido una sincera amistad. Lena tenía unos ojos que no eran de este mundo. Llevaba en ellos el claro sello de la inmortalidad, que Lex sólo podía alcanzar a contemplar desde muy lejos, desde un ángulo de visión externo que le dejaba fuera del círculo de elegidos. No le importaba. Quería terriblemente a Lena. Era su hija. No de la Contessa, no de Clark, no de Superman. Era una Luthor. Así debía ser.
Una vez había estado enamorado. En un tiempo en que todavía había esperanza en su vida, en que todavía creía que podría llevar una vida normal. Se llamaba Lena Griggs. Una huérfana como él. Vivía en el hogar adoptivo al que le destinaron después de que sus padres murieran en un accidente automovilístico. La dulce y preciosa Lena. Durante los dos meses que estuvo cerca de ella se convirtió en su mejor amiga, un espíritu lleno de pureza y desesperado por recibir y entregar cariño. El síndrome de una niña necesitada que nunca había conocido el amor de unos verdaderos padres, ya que los Griggs eran unos canallas explotadores, que sólo querían a los niños para obtener beneficios. Cuando Lex llegó a la casa ella le recibió con los brazos abiertos pero la amistad sólo tardó dos meses en acabar en tragedia. Lena había muerto por su culpa. La habían asesinado a golpes sus propios padres adoptivos en un intento de utilizarla para sacarle dinero a Lex, que se había convertido en un chico millonario gracias al seguro de vida de sus padres biológicos. La culpabilidad siempre había sido la fiel compañera de Lex Luthor hasta que había aprendido a estrangularla con sus propias manos.
El día del nacimiento de Lena Luthor, Lex no había podido asistir. No había podido dar la bienvenida al mundo a su única hija. El cabeza de familia de los Griggs había salido de la cárcel después de cumplir condena por asesinato. Esa misma tarde, Lex vengaba a Lena Griggs en uno de los múltiples callejones oscuros de Metrópolis. Había conseguido cerrar la herida más grande de su vida. La antigua Lena podía descansar en paz mientras que la nueva abría los ojos por primera vez. Otra vez Lena y de nuevo la esperanza de poder llevar una vida normal, como un simple hombre, lejos de las esferas de los semidioses. Pero para ahora ya era demasiado tarde y la esperanza se había convertido en una melancólica utopía. El era Lex Luthor, el poderoso, el dueño de Metrópolis. Se había ganado un sitio entre los inmortales por derecho propio
En la misma ciudad, Clark Kent había conseguido restaurar el frágil equilibrio de su doble vida. Entre Lana y él había espacios de grandes silencios. A Clark se le habían abierto profundas brechas en algún lugar de su pensamiento, en donde llevaba preguntas que no deseaba compartir con nadie. Lex Luthor había vuelto a Metrópolis, sin esposa, sin familia, como siempre mostrando su mejor cara en temas de relaciones públicas, diplomacia institucional y filantropía hipócrita. Su reputación había salido inmaculada de la explosión de la planta química y de los sucesos posteriores que le habían involucrado a él y a Lana. A Clark sólo le quedaban dos opciones: la venganza a sangre fría o bien la espera a la próxima ocasión para ponerle en manos de la ley. Por fortuna, los esfuerzos de Luthor por crear un superenemigo de la humanidad parecían haber sido en vano.
Cuando Perry White insistió en realizar la entrevista a doble página sobre el regreso de Lex Luthor a Metrópolis y sus planes para Lexcorp, Clark se ofreció voluntario. Necesitaba ver a Lex en persona. White odiaba mandar a sus reporteros a la mansión Luthor. Sabía de lo peligroso que podía llegar a ser Lex. Habían sido grandes amigos en el pasado pero ahora sólo había entre ellos desconfianza y rencor. Sin embargo, no dejaba de ser una importantísima figura social y los ciudadanos se merecían una información de primera mano. La secretaria de Lex le dio cita a Clark a medianoche, transmitiendo las disculpas de su jefe por citar a una hora tan descortés, provocada por los excesos en la agenda del señor Luthor. Clark llegó puntual, de traje impecable, a la cita con un Lex Luthor que le esperaba sentado en su inmenso despacho, oculto en la sombra. Daban las doce en el reloj del ayuntamiento.
1 C.S. Lewis
