Perdonad la tardanza del capítulo… he estado liada y tal xD.
Y puf, últimamente no sé que me pasa con la inspiración que no me llega (todavía no he sido capaz de terminar el capítulo 12 aunque lo tenga pensado)
Bueno, espero que os guste :__D
Gracias por los reviews y tal ^___^
Capítulo 11: Las lágrimas alguna vez se acaban
Alfred se alejó lo máximo que pudo, hasta donde sus piernas pudieron llevarle. Se quedó rendido, apoyado en el mástil. No podía apenas con su alma. Sin poder evitarlo, las lágrimas anegaban su rostro que expresaba tristeza. Se las intentó secar con el puño de la camisa blanca, pero seguían saliendo. Se dio la vuelta, y apoyó su frente en el mástil. Dejó que las lágrimas cayeran, para desahogarse. Aunque pensó, que eso sería imposible porque solo tenía ganas de llorar y llorar, hasta que no pudiera volver a hacerlo nunca más. Se sentía solo. De repente, oyó pasos hasta que se detuvieron detrás de él. Se dio la vuelta lentamente, aunque se secó las lágrimas. Tampoco le apetecía que le preguntaran que le pasaba o que le vieran así. Como era de noche, y encima tenía los ojos llorosos todavía le costó distinguir la silueta que se encontraba enfrente. Pero se volvió más nítida y se dio cuenta que era el joven vigía.
- Hombre, el señoritingo Alfred F. Jones. – dijo Heracles, en modo de saludo.
- Déjame en paz, no tengo ganas de ver a nadie y menos a ti. – contestó e hizo un ademán de irse pero le agarró de la muñeca. Alfred giró la cabeza lo justo para clavarle sus ojos azules en los de él. – Suéltame, no te he hecho nada.
- Oh, sí que me has hecho… aunque ahora mismo no sé el que. Bueno, sí, te has cruzado en mi camino…- De un tirón en la muñeca, lo atrajo hacía él, estampándole contra el mástil. Aproximó su rostro al de él y acercó sus labios a su oído.- Y, ¿sabes qué? Me provocas. Y eso está muy mal, pero que muy mal… - susurró. Alfred intentó zafarse de él pero no fue capaz. Todavía se sentía algo débil, y Heracles era más fuerte que él.- Shh, ¿crees qué esta vez podrás salirte con la tuya? Te equivocas, chico. Hoy te haré lo que no pude empezar siquiera el otro día.- Y concluyendo con esto, recorrió con su lengua desde la oreja hasta sus labios. Los posó con intensidad en los de Alfred. El chico intentó separarse de él, pero sin éxito. Apretó más sus labios con los suyos, y metió la lengua en la boca del joven rubio. Alfred le dio una patada en el pie, consiguiendo que el otro se separará unos centímetros y aprovechó para escapar hacía un extremo del barco. Subió las escaleras y siguió corriendo por la cubierta, hasta que llegó al otro lado, dándose contra la barandilla. Pudo ver las olas estampándose contra el barco con furia. Se dio la vuelta y vio a Heracles allí detrás de él.
- So cabrón, vas a enterarte de lo que es bueno… - contestó Heracles, enfadado.
Alfred miró a los lados, pero no veía ninguna salida. El griego llegó hasta él y aferró su cuello entre sus manos.
- No es esto lo que me habían ordenado. Pero estoy hasta los cojones de ti, y ya te di una opción, ¿no la quisiste? Esto es lo que te espera. – Alfred se retorcía de dolor. Notaba que no le llegaba el aire a los pulmones y que se asfixiaba. Gimió del dolor y cuando sintió que la muerte le acechaba, las manos se soltaron de su cuello. Las piernas le flaquearon y rodeándose con suavidad su cuello con las manos, cayó al suelo de rodillas. Levantó la mirada como pudo y vio la cara de su salvador. Iván estaba allí, al lado de Heracles, el cual estaba retorcido de dolor. Le sangraba el labio y supuso que el ruso le había dado una buena al griego.
- Heracles, te animaría a que te marcharas antes de que cuentes tres. – Contestó, cabreado, y el griego se levantó y se fue corriendo aún sin haber empezado a contar.- ¿Estás bien, chico?
- Sí, porque llegaste… gracias, Iván.
- ¿Le has hecho algo? Si es un tipo de lo más tranquilo a menos que le hayas molestado, claro.
- Me habrá cogido manía, yo que sé… - contestó. La verdad, es que eso es lo que menos le importaba.
Iván se acercó al chico y rodeó sus hombros con el brazo. Alfred ladeó la cabeza y le sonrió pero se le borró la sonrisa de inmediato. Recordó lo que había pasado hace unos minutos con Arthur. No sabía siquiera como le había salido aquella sonrisa.
- A ti te pasa algo y no me engañas. Cuéntamelo si quieres y te desahogas, y si no a la fuerza. – contestó, admirando su puño cerrado. Alfred suspiró, y decidió contárselo. Iván era de confianza.
- Me he peleado con Arthur.
- Ah, debería haberlo imaginado… - susurró mirando a la lejanía, a ningún punto. Giró su cabeza para mirar a los ojos del chico.- Arthur es un buen chico. Si te ha dicho algo que te molestara no deberías tomárselo en cuenta. La verdad, es que hoy ha tenido un mal día, muy malo he de decir.
- Pues no sé porque lo toma conmigo. Encima me llama, ¿para qué? Para ver como escribe… - contestó Alfred. Iván le miró esta vez con mala cara y le dio un golpe en la espalda, pero con suavidad.
- Tú lo que eres es un caprichoso. – respondió. Retiró el brazo de sus hombros y se dio la vuelta para marcharse.- Piensa esta noche, y mañana ve a hablar con él.
- Eres como él, ¡UN IDIOTA!
Iván se aproximó al chico y le agarró del cuello. Alfred sabía que no le estaba apretando tanto como podía hacerlo. Conocía la fuerza del ruso, y si hubiera sido otro ya le hubiera reventado el cuello.
- A ver, pequeñín, lo primero… conmigo o estás de buenas o estás de malas. No pienso dejarte insultarme ni nada por el estilo, porque por ejemplo, ahora mismo… podría reventarte entre mis dedos. ¿Comprendes? – amenazó, con una sonrisa en la cara. Alfred asintió como pudo.
- L-lo siento.
- Así me gusta.
- L-la verdad… es que sí, no sé porque me estoy comportando de esta manera. Perdonad. – se disculpó el joven rubio. Notó la mano del ruso acariciándole la cabeza.
- Sabía que recapacitarías. ¿Sabes? De este barco, yo soy el que mejor conoce a Arthur… - comentó el ruso. Alfred le miró intrigado.- ¿Quieres que te cuente como conocí al capitán?
- Me gustaría… mucho. – contestó.
Se acercaron a las escaleras y se sentaron. La noche estaba cerrada y las estrellas estaban en el cielo, sobre sus cabezas.
- Pues, yo nací en Rusia, bueno eso ya lo sabías. Mis padres murieron cuando yo solo tenía cinco años. Como no podía estar solo, pues apenas tenía razón me mandaron con mis abuelos que vivían en Dinamarca en esos momentos. Me cuidaron como un hijo. Al tiempo, consiguieron un trabajo en Inglaterra. Nos montamos en un barco, mucho más grande que este, desde Alemania. Y llegamos a Londres. Nos recogieron en un carruaje con caballos negros… lo recuerdo como si fuera ayer, ¿sabes? Bueno, y nos llevaron a una mansión gigantesca, yo me quedé impresionado, ya que mi casa en Rusia era de lo más pequeña y la de mis abuelos no es que fuera más grande que digamos. Allí, mis abuelos trabajaron de criados de los de Arthur. Un día, vinieron los padres y él mismo a visitar a sus abuelos. Al principio no nos hablábamos, pues a mi me tenían prohibido acercarme a él y a Arthur no le dejaban acercarse a mí. Pero con el tiempo, nos hicimos amigos. Cuando mis abuelos murieron, a lo largo de los años, yo me marché de la casa y me busqué un trabajo en barcos, con el deseo de volver algún día a mi tierra natal. Y hace cinco años, el señorito con él que se ha peleado usted, y yo nos volvimos a encontrar y formamos el barco Emerald. Y bueno, esa es la historia. – concluyó el ruso. Alfred se le quedó mirando ensimismado. No pensaba que se conocieran desde pequeños y menos que fueran los que formaron aquel barco. No sabía porque pero se sentía como un estúpido.
- Soy idiota… - contestó Alfred. Una lágrima recorrió su rostro, pero se la secó con la muñeca.
- Menos mal que te has dado cuenta.
Alfred sonrió, y el joven ruso le dio una palmada amistosa en la espalda.
- V-voy a hablar con Arthur… - dijo, mientras bajaba las escaleras, pasando por el mástil y llegando al camarote de Arthur lo más rápido que le llevaron los pies. Entró sin llamar y cerró la puerta tras él, con una sonrisa en la cara. Miró al enfrente y vio a Arthur, que se encontraba dormido en el sofá cama enterrado entre dos mapas, un pergamino pequeño, y un compás encima. Su respiración era algo fuerte, sin llegar al ronquido, muy habitual en él cuando dormía. Alfred se acercó, sin hacer mucho ruido, y le dio un golpecito en el hombro para despertarlo, pero sin éxito. Lo intentó varias veces, pero como se aburría de esperar cogió los mapas y el pergamino para echarles un vistazo, mientras esperaba a que se despertara. En el pergamino ponía unas coordenadas, algo que le resultó muy raro. Decidió mirar el mapa, que eso lo entendía mejor, y vio infinitas líneas, círculos en él que llegaban todas al mismo sitio…
- ¿Japón?
París, Francia.
Cogió la copa de whisky entre sus dedos y bebió de un trago lo que en ella contenía. Un joven rubio, que se encontraba a su lado, se tomó el suyo con más moderación.
- Bien, pues esta es la persona de la que os hablaba… - contestó Sadiq ofreciéndoles un papel de "Se busca" con una foto de lo más familiar.
- ¿Capitán Emerald? ¿Y se supone que tengo que asesinar a este tío? Sin saber quién es, ni nada… - preguntó dándole vueltas a la hoja mirando por todos lados.
- Su verdadero nombre es Arthur Kirkland, aunque en realidad todo el mundo lo conoce por su nombre de capitán pirata. De todas formas, aquí tenéis papeles de cómo reconocerlo y hacía donde va. – comentó, mientras les daba más papeles.
- Uhm… Arthur Kirkland, no sabe lo que le espera. Ha hecho bien en contratarme, soy el mejor asesino que corre por todos los reinos. Desde los del más al Norte al más del sur. Pero bueno, ¿cómo se que le voy a encontrar? Ahora mismo supongo que estará en el mar y como usted comprenderá no he navegado un barco en mi vida. – contestó Gilbert.
- Hermano, a veces pareces tonto. – replicó Ludwig, terminando de beber su copa.
- Está todo solucionado, estarán en Japón antes que ellos, se lo aseguro. – dijo, con una sonrisa.
- Y… ¿En cuánto al dinero? – preguntó el joven prusiano, apoyando su rostro en una de sus manos, sonriendo con una sonrisa de lo más ambiciosa. Sadiq ya sabía cuando le hablaron de él que solo se movía por el dinero.
- Con esta cantidad, creo que es más que satisfactoria… - dijo, mientras escribía en un pequeño papel la cifra y entregándosela. Gilbert silbó al ver la suma de dinero que recibiría y se guardó el papel en un bolsillo interior del traje azul.
- Más que satisfactoria, le puedo decir. Es la mayor cantidad que me han dado en la vida… tiene que estar desesperado para ofrecernos tanta pasta por matar a ese individuo.
- Es un bicho de lo más molesto, y quiero perderle de vista ya. Y preferiría que lo torturan incluso, si se puede, que sufra y su cuerpo… me gustaría que desapareciera. Sin rastro. – contestó el turco.
- De eso trata mi trabajo. Soy rápido y eficaz. Fiuu. – Sopló al dedo de señalar simulando que era una pistola.- Bueno, si nos disculpa, tenemos que prepararnos… ¡TENEMOS QUE EMPEZAR CUANTO ANTES! ¿VERDAD, HERMANITO? – preguntó agarrando de la muñeca a su hermano y arrastrándole afuera de la taberna en dónde estaban, mientras el joven rubio se quejaba de los tirones de su hermano.
Sadiq sonrió y se levantó de la mesa, dejando el dinero de las tres copas de whisky, antes. Salió a la calle, y empezó a andar. A lo lejos, pudo ver la punta de la Torre Eiffel.
- Lo siento, Alexander…- susurró.
