Clarke POV
-¡No podéis obligarme a nada! – grité histérica y asustada a la mujer de mediana edad que decía ser mi madre y hablaba con el doctor Titus como si yo no estuviera delante, como si yo siguiera en coma y no pudiera decidir qué hacer por mí misma.
La mujer, Abby, se empeñaba en arreglar un rápido y posible traslado a Arkadia, ciudad que quedaba en la otra punta del país. Podía ser mi madre y podía ser mi ciudad natal, y quizás podía ayudarme a recordar algo, pero, en aquel momento, con una persona que a mí me resultaba completamente desconocida independientemente del parentesco, sólo quería pedirle que se marchase y dejase de gritarme que era por mi bien.
Ella no sabía nada, ni siquiera yo sabía qué era lo mejor para mí, pero prefería hacerle caso a un doctor que me había tratado y seguido todo el tiempo que estuve en coma, que fiarme de la opinión de una madre que lo único que quería era tener a su hija cerca. Porque su hija, en ese momento, estaba muy lejas, perdida con los demás recuerdos.
-Señora Griffin, por favor, sé que es duro para usted dejarla aquí, ahora que está despierta, pero lo mejor es que… - la mujer volvió a interrumpir al doctor.
-¿Lo mejor? ¿qué sabrá usted qué es lo mejor para mi hija? – parecía a punto de llorar, pero eso sólo me estaba agobiando más -. Hace dos años dijo que lo mejor para ella era que estuviera aquí ingresada, y le hice caso. Ahora resulta que mi hija no recuerda nada, ¿y cree que es mejor mantenerla en un entorno desconocido que en la ciudad donde ha crecido?
-La pérdida de memoria puede ser temporal, y continuará sin recordar en este hospital o en cualquier otro – repitió por quinta vez Titus, con las manos en la espalda y la mandíbula tensa -. Lo que su hija necesita ahora es estabilidad para recuperarse físicamente y ver cómo avanza su memoria. Ha despertado aquí, y ha estado dos años con nosotros. En este hospital hemos seguido sus avances, y debemos continuar hasta asegurarnos de que se ha recuperado del todo. ¿Qué conseguirá llevándosela? ¿qué pueden hacer mejor que nosotros unos enfermeros que no conocen de nada a su hija sin memoria? – Abby cubrió su rostro con las manos, y Titus respiró profundamente para calmar su tono -. Es un tratamiento corto, y puede que para cuando finalice, su hija haya recordado de manera natural. No fuerce las cosas, señora Griffin. Ha esperado dos años, puede esperar seis meses más. Esto es por el bien de Clarke.
Abby suspiró con cansancio, y me miró de una manera tan fija y triste, casi como si fuera una madre mandando a su hija a la guerra, que me sentí culpable por gritarle y pedirle que se marchase. Yo era la que no recordaba, pero ella sí, y seguía siendo mi madre y yo su hija. No debía hablarle así.
Se me ocurrió preguntarme si, antes del accidente, solíamos discutir mucho. ¿Qué tipo de relación tendríamos? Porque la nueva no había comenzado de la mejor manera. Sin embargo, ella parecía acostumbrada a ignorar mis deseos y opiniones. Quizás sólo era porque al no tener recuerdos creía que había perdido mi capacidad de raciocinio, o que estaba muy habituada a discutir conmigo.
¿Qué clase de hija era yo? ¿qué tipo de amiga, amante, persona fui? La principal razón por la que no quería volver a Arkadia era porque sabía que podía llegar a saturarme chocar de frente con personas que me recordaban y me atosigarían a preguntas, y me agobiaría al saber que debía recordar cada casa, habitación, vecino, parque o tienda, pero todo sería desconocido. Enfrentarme a mi madre ya me causaba dolor de cabeza, y no quería imaginarme la jaqueca que sentiría si volviera a aquella ciudad. Y luego estaba Lexa, aquí, en Polis.
Cuando le pregunté a mi madre por mis amigos, me nombró a muchas personas, pero no a Lexa, y cuando le pregunté si la conocía de algo, ella sólo me miró extrañada y me preguntó si tenía una amiga imaginaria. Mi madre me tomaba por una loca, y a Lexa como a una chica que me habría inventado en mis sueños, sobretodo cuando le aseguré que era real y había pasado unas cuantas horas conmigo.
-¿Usted conoce a Lexa? – miré a Titus, que no pareció tan aliviado de que lo salvase de mi madre como pensé que estaría - ¿trabaja aquí? ¿cuándo vendrá?
-Lexa no va a venir – pero esa no era la voz de Titus. El doctor, mi madre y yo volteamos para ver a la chica de ojos castaños y mala cara y bata blanca que acababa de entrar por la puerta. No era Lexa, pero parecía conocerla, y eso era suficiente para mí.
-Ella me prometió ayer que volvería hoy – repliqué a la defensiva, sintiendo una chispa de pánico al contemplar la posibilidad de que Lexa me hubiera mentido. Sus ojos miraron a Titus y después me atravesaron con una rabia injustificada que me hizo encoger en la cama ante un posible ataque. ¿Qué mosca le había picado?
-¿Ayer? ¿cuándo? – vociferó sin hacer caso de mi doctor, que le pedía que bajase la voz. Ella dio dos pasos hacia mi cama, pero su expresión de acero se dirigía a Titus -. ¿Lexa estuvo aquí ayer, con ella? ¿Por qué no me dijiste nada?
Quizás fue la manera en que nombraba a Lexa como si nada, o como si todo, o la forma en que me miraba a mí como si el calentamiento global y todos sus problemas fueran por mi culpa, o la manera de exigirle a Titus, quien era mi doctor y probablemente su superior, lo que me hizo sentenciar que esa chica no me caía nada bien.
Por gracia o desgracia, yo no era la única incómoda en la habitación: mi madre se apresuró a ponerse a mi lado en posición defensiva antes de comenzar a gritar con la chica como si la odiase, y Titus avanzó hacia la enfermera con un semblante duro pero titubeante; estaba claro que conocía las reacciones de la chica, quien no parecía precisamente un oso amoroso pacífico.
-Costia, es mejor que salgas de aquí. Ahora – añadió sin dejar lugar a réplica, guiando a la joven con una mano en la espalda hasta la puerta. No conseguí escuchar lo que le decía en voz baja, pero sí las maldiciones y culpas que mi madre continuaba gritándole mientras se aferraba con fuerza a mi hombro.
Gritos y más gritos. De repente, también me parecía escuchar otros sonidos, como música de fiesta, risas, más gritos, el frenazo de un coche, un golpe y más gritos. Y luego silencio. Hasta que volvieron los gritos de aquella habitación y mi mente comenzó a dar vueltas. Me estaba mareando, un taladro parecía perforar mi mente y las voces continuaban. Entonces un grito aún más fuerte se alzó sobre todos los demás, y sólo pude identificarlo como mío cuando mi garganta pareció desgarrarse y unas manos cogieron las mías, intentando tranquilizarme sin éxito.
Lexa POV
Costia me esperaba fuera de la habitación de Clarke, que tenía la puerta cerrada, y por su expresión supe que estaba más que furiosa.
-¿Qué ocurre? – pregunté fatigada y preocupada. Eran las cinco de la tarde cuando recibí una llamada del hospital que me interrumpió en el trabajo, pero fui al hospital lo más rápido posible cuando me informaron de un problema con Clarke, quien, al parecer, había sufrido un ataque de pánico y gritaba mi nombre hasta que las enfermeras tuvieron que sedarla.
-Tu amiguita te necesita – espetó de manera burlona. Recibí su tono como una patada en el culo. Costia tenía tanta facilidad para herirme como para hacerme feliz, y últimamente sentía que se aprovechaba de su poder sobre mis sentimientos para hacerme tomar unas decisiones que no eran de mi agrado -. Tenemos que hablar seriamente, Lexa – cogió mi brazo cuando intenté pasar por su lado a la habitación de Clarke, y por su tono y su mirada pude adivinar qué tipo de conversación quería tener y cómo iba a acabar.
-Lo sé – murmuré acomodando mis gafas, intentando deshacer el nudo de pesar en mi estómago, y ella me soltó para que pudiese entrar.
Dentro, la imagen no era mucho más alegre que la furiosa y dolida mirada de Costia: la madre de Clarke discutía acaloradamente con Titus y Emori, mientras su hija estaba con las muñecas atadas.
Mi pecho se oprimió, ¿Clarke había intentado autolesionarse o era por precaución? Ella parecía relajada de una manera antinatural, y supuse que debieron sedarla tras el ataque. Ignoré a las demás personas de la sala, no saludé y tampoco contemplé la posibilidad de que mi novia pudiera estar mirando por el cristal de la habitación cuando me acerqué a la chica adormilada y acaricié suavemente su hombro.
- Clarke.
Sus párpados temblaron ligeramente cuando susurré su nombre, y al enfocarme, el azul de sus ojos se iluminó como el cielo cuando se despeja de nubes. Mi garganta se sentía repentinamente seca, oprimida por todas las emociones positivas que veía en su mirada clavada en mí.
-¡Lexa! – saludó alegremente, haciendo un gran esfuerzo por extender los brazos hacia mí para que la abrazase, dejándome de piedra y llamando la atención de los demás. Jadeé sorprendida y le devolví el abrazo con cuidado, siendo consciente de que todavía estaba medio sedada y sus músculos deshabituados a hacer esfuerzos. Y aún así, me abrazaba como si no estuviera dispuesta a permitir que algo, los enfermeros, su madre o los medicamentos, la separasen de mí. Clarke olía a suavizante, champú y hospital, y sus brazos era débiles y a la vez firmes, cálidos y acogedores. Fue el mejor abrazo que me habían dado nunca -. Sabía que vendrías – sentí su sonrisa contra mi hombro y me puse completamente roja.
-Te lo prometí – le recordé para despejar cualquier duda, y me contagié de su sonrisa cuando se separó, incapaz de continuar erguida más tiempo, así que me forcé a quitar mis brazos de su cintura y ayudarla a tumbarse de nuevo. Sin embargo, ella no soltó mi mano cuando acerqué el sillón para permanecer a su lado -. ¿Qué ha pasado exactamente? – pregunté mirando desde la chica rubia a su madre, pasando por Titus y Emori.
-Tu novia se ha presentado a lo grande – espetó Emori. Era una chica agradable, excepto cuando intervenían en su trabajo, sobretodo compañeros que debían respetar a sus pacientes.
Titus trató de evitar una disputa entre la doctora de Clarke y yo, así que me relató por encima qué había llevado a Clarke a tener un ataque de pánico. Supe enseguida que teníamos un problema: Costia alteraba a Clarke, y yo podía calmarla.
La tensión de que se formase una especie de triángulo entre nosotras llegó hasta Clarke, quien me miraba extrañada desde que mencionaron que Costia era mi novia. Quizás se había dado cuenta de que realmente no me conocía de nada, o puede que hubiera recordado que ella fue quien la atropelló. Además, si su madre había gritado a Costia, era imposible que no se preguntase qué estaba pasando a su alrededor.
-Ya estoy mejor – le aseguró una sonriente Clarke a su madre y Titus cuando éstos insistieron en hacerle y repetirle las mismas preguntas: que si estaba bien, que si necesitaba algo, que si quería ir al baño o más sedantes para descansar… - ¿Has traído algo para jugar? Me aburro aquí metida – comentó hacia mí con fastidio, ignorando las quejas de su madre.
Sonreí a la mujer a modo de disculpa y solté la mano de Clarke para abrir el cajón de su mesa, de donde saqué todas las páginas con los pasatiempos de cada periódico que había estado guardando. Le entregué un bolígrafo también y puse un cojín sobre sus piernas para que pudiera apoyar las hojas sin tener que esforzarse mucho.
-Lexa, ¿verdad? – Abby me miró con una extraña expresión, una mezcla de recelo y agradecimiento que me hizo tensarme. Clarke parecía completamente concentrada en buscar las siete diferencias de la primera hoja, así me levanté y fui afuera con su madre cuando ésta me pidió hablar a solas; había llegado el momento de explicarle de qué conocía a su hija.
Clarke POV
-¡Pero si está clarísimo! ¿Cómo no lo ves? – repitió Emori con exasperación. Se suponía que debía estar revisando algo en sus papeles o mis constantes y todas esas cosas aburridas, pero nadie podía resistirse al magnetismo de adivinar las diferencias, y ya sólo me faltaba una.
-¡Calla, no me lo digas! – mordí mi lengua con concentración, mis ojos viajando de una imagen a otra a la velocidad de la luz, casi sudando por encontrar la última diferencia entre las dos imágenes de un perro pastor alemán que estaba sacando a pasear a un señor de mediana edad que tenía la lengua fuera y los ojos bastante grandes.
-Oh, por Dios, ¡es el calcetín del señor! – exclamó cinco minutos después, tiempo en el que permanecí inmóvil buscando cualquier detalle diferente entre cada foto. Emori me arrebató el bolígrafo y redondeó el pie izquierdo del señor que iba a cuatro patas,. Efectivamente, en una tenía calcetín y en otra no, y me pregunté cómo no me había dado cuenta antes.
-Hala, ya me has fastidiado la diversión – chasqueé la lengua con fastidio.
Emori sonrió achinando los ojos y señalando el montón de hojas de pasatiempos que había en mi mesa.
-Una hoja por cada día durante dos años; creo que tienes suficientes para curar tu orgullo herido – comentó desviando la mirada hacia el cristal de la pared. Lexa y mi madre llevaban casi veinte minutos hablando, y ya habían tomado dos cafés. Tenía curiosidad, pero como no podía moverme para ir e integrarme en la conversación que, supuse, iba sobre mí, decidí que debía resignarme a esperar.
Miré a Emori con expresión decidida.
-Dame la siguiente hoja – ella la puso frente a mí, sobre el cojín, y me esforcé por estirar el brazo para comenzar a redondear diferencias -. ¡Y no me digas ni una!
Mi doctora se limitó a reírse mientras anotaba un par de cosas en el portafolios que llevaba.
Pasaron quince minutos más hasta que Lexa y mi madre entraron de nuevo en la habitación, y toda mi atención se dirigió a la morena.
Sus ojos verdes eran como un imán, y me hacía sentir bien saber que no era la única que se sonrojaba cuando hacíamos contacto visual. Lexa sonrió con timidez antes de volver a sentarse en el sillón de mi lado, y le lanzó una fugaz mirada a Abby, como pidiéndole permiso para hablar, antes de dirigirse a mí.
-Sabes que tienes que pasar por un tratamiento para recuperarte del todo, ¿verdad? – su mirada era genuinamente preocupada, y quise estirar mi mano para alcanzar la suya, pero me limité a asentir -. Verás, tu madre cree que es mejor que te recuperes y vayas a terapia en Arkadia, pero Titus y Emori insisten en que aquí ya te conocen y puede que estés más a gusto que en un hospital nuevo – volvió a mirar tímidamente hacia mi madre y de nuevo a mí, que permanecía quieta y expectante ante tanto misterio -. Pero eres mayor de edad, y has insistido en que prefieres quedarte – asentí confirmando lo que decía.
-Titus nos ha dicho que el tratamiento se puede reducir según la velocidad con la que progreses en la recuperación y tu memoria – interrumpió mi madre desde el otro lado de la cama, así que tuve que mover mi cuello para poder observarla. Tenía un brillo de resignación y preocupación que me hicieron sentir culpable nuevamente por querer mantenerme en Polis, alejada de ella y mis amigos -. Estarás ingresada un par de semanas más, haciendo ejercicios físicos para recuperar por completo la movilidad de tu cuerpo, y después te darán el alta. Luego sólo tendrás que venir cada mañana a ver a Titus, que se asegurará de cómo está tu memoria y si te has recuperado del todo – suspiré con pesadez sólo de imaginarme todo aquel largo y lento proceso -. El problema es que yo no puedo quedarme aquí; tengo que volver a Arkadia, pero podríamos pagarte un hotel, aunque es mejor que no estés sola.
Ambas compartieron una mirada, buscando el consentimiento de la otra para decir algo, y mis nervios se pusieron alerta. ¿Quedarme sola? Claro que no. ¿Quedarme con algún desconocido? Mucho menos.
-¿O…? – animé a mi madre a continuar, porque estaba segura de que ella quería tan poco como yo dejarme a cargo de alguien que no conociese.
-O puedes quedarte en mi casa – habló Lexa. Mi cuello se quejó con un agudo pinchazo ante el movimiento brusco que sus palabras me provocaron hacer para mirarla. Su frente estaba arrugada y sus ojos abiertos con cierto miedo a mi reacción cuando añadió -: Conmigo.
¿Con ella, en su casa?
-¿Y Costia? – fue lo único que se me ocurrió decir, aumentando sin querer su incomodidad. Estaba segura de que me cambiaría la medicación o me envenenaría.
-Tengo otra casa – añadió amablemente al comprender de dónde venía mi preocupación por la opinión de su novia -. De Costia me encargo yo.
Estaba a punto de sugerirle que fuera armada cuando mi madre volvió a hablar.
-Todavía vas a estar ingresada las veinticuatro horas, así que tienes tiempo de pensarlo – me tranquilizó al ver que hacía un gesto de dolor ante la molestia punzante de la parte trasera de mi cabeza -. Sino, puedes ir a terapia en el hospital de Arkadia. Pero antes de que tomes una decisión, Lexa tiene algo que contarte – miró de manera significativa a la morena de temerosos ojos verdes -. Confío en ella, pero la decisión es tuya, Clarke.
Miré a Lexa, escuchando cómo mis pulsaciones aumentaban de ritmo, y la mano de la chica se apoyó en mi pierna para tranquilizarme. Sí, confiaba en Lexa, pero no en su novia.
-¿Qué me tienes que contar?
-Todo. Desde el principio.
