Capitulo 11.

Sóla

—Luis felicidades, es todo doctor, –él asentó con la cabeza–, con permiso, –y salió.

Candy le habló, antes de cerrar la puerta, —Albert, siento lo de tu prometida.

Él volteó, y mirando esos ojos verdes esmerada, ella se acercó y lo abrazó él la recibió, los dos lloraron en silencio, cada quien con sus pensamientos, ella, «¿Por qué? no confiaste en mí, amor». Él, «Te perdí mi pequeña estás esperando a los hijos de Luis». En eso, los gemelos se movieron, Candy separándose. —Gracias, pequeña, –Él se retiró; fue muy doloroso verla.

En los siguientes días lo cito, él doctor para informarle de que es lo que tenía.

—Buenos días Albert, –dándole el pase.

—Buenos días doctor.

—Tengo noticias malas, los exámenes que se realizaron…

—Dime estoy preparado, –pero en realidad le aterraba, se lo imaginaba.

—Es difícil, quedaste estéril.

—¿Por qué?, no puede ser, –parándose de la silla caminando hacia la ventana, una lágrima salió de uno de sus ojos azules como el cielo–, cual es la otra mala noticia.

Cuando le dijo él doctor, él solo agradeció, —creo que es todo.

—Tienes que tomar terapia puede ser algo sicológico.

—Si lo tendré en cuenta.

—Te puedo recomendar a una sicóloga, toma sus datos ella te ayudará.

Fue el día que quiso morirse ya no tenía a Candy y no podía tener hijos, el pensar que ella si los tendría, eso lo destrozó y más cuando recordó el día que Candy se entregó a él por primera vez.

Su único refugio fue el alcohol, y su soledad, estaba en Brasil.

Cuándo Clarissa lo vio, —Willy que estás haciendo, mira como estás, –lo ayudo y pidió que lo llevarán a su habitación lo cambio, lo acostó, al otro día que él despertó no era su habitación, olió el aroma a café se paró y fue a la cocina.

—Clarissa, que rico aroma a café.

—Hola Albert ten esto, te quitará la resaca, –lo tomo.

—Gracias, –tomando un remedio casero que le preparo.

—Te puedes bañar y comer algo tengo que salir por negocios te hablo para comer, vale.

—Si gracias.

Cuando ella llegó a comer el ya había preparado todo, —Que bueno que te decidiste por cocinar, –quitándose los zapatos.

—Gracias pasa, es por lo que hiciste por mí.

—Tenemos que hablar, y tengo todo, lo que resta del día, querido.

Disfrutó de la comida era la primera ves que Albert le cocinaba y preparaba algo para ella, —Albert te puedo decir un chiste, bueno de todos modos te lo voy a decir, ¿Por qué? la gallina se regreso, –él movió la cabeza en negación–, por sus ¡¡¡huevos!!!, ja, ja, ja, Albert tu cara, me hago pipí, ja, ja, ja.

—Tú no cambias, Clarissa.

—Dime que estás haciendo, parece que quieres olvidar, o morirte.

—Lo que sea y resulte primero.

—Que tan malo es, para que te quites la vida, me imagino por quién es, es por la doctora verdad.

—Si y no, es que ya no voy a tener hijos. –lo interrumpió.

—Por favor.

—Si déjame, hablar, es que la droga que tome me dejó estéril, ya nunca voy a tener hijos y el otro problema es que tampoco voy a poder estar con otra mujer.

—¿Por qué? que te paso, y Candy que dice.

—Ella está embarazada de Luis.

—Y tú, lo crees.

—Los oí, derles la noticia a los doctores.

—Cuánto tiempo tiene de embarazo.

—No sé,

—¿Por qué? los hombres son tan idiotas, pero tan idiotas que cuando una mujer les dice es tu hijo, ellos lo creen y no es de ellos y cuando uno les dice no es tuyo lo creen.

—Me imagino que tuviste relaciones sexuales con ella, –él volteó hacia otro lado–, por favor.

—Si, –sintiendo pena.

—Y se cuidaron. –el negó con la cabeza–, un punto a tu favor, cuando fue la última vez.

—Clarissa, –parándose de la mesa.

—¿Qué, te quiero ayudar?

—Hace cuatro meses.

—Cuanto tiene de embarazo.

—No se,

—Yo la vi ayer en México y se le ve como cuatro a cinco meses, ella se ve mal físicamente y en su rostro hay tristeza, feliz de que está embarazada si, pero que está enamorada no.

—Estas segura.

—Sí, que no la has visto en las revistas, pídele que te diga la verdad o que se hagan unas pruebas de ADN

. —Si, no son mis hijos me voy a morir, el tan solo pensar que Luis la tocó.

—Yo no creó que Luis sea él padre, porque no se casaron.

—Gracias Clarissa, me regreso para Chicago voy a hablar con ella.

—Eso Willy, ese hombre que no le tiene miedo a los negocios, así debes de ser con el amor, júntate conmigo y te enseño lo que las mujeres necesitamos, –riendose.

En Chicago se estaba despidiendo Candy de los niños y de los doctores. —Me voy los voy a extrañar

—Te cuidas y lo que sea nos hablas.

Candy iba para Suiza a ser atendida, no retenía nada y los bebés estaban muy bajos de peso. Todo fue controlado para que nadie supiera a donde estaba, si moría o sus hijos solo ella y Luis sabrían.

Cuando Albert llegó a Chicago con Clarissa, fueron fotografiados.

—¡Hola señora Elroy!

—¡Hola Clarissa! ¿cómo estás? rescatando a los moribundos, y aquí estoy, tía abuela.

—¿Qué?, –dijo la tía abuela.

—Si, aquí como ve Willy me propuso matrimonio, pero cómo fue de repente le dije que en un año más, no estoy lista, –Albert riéndose por lo que Clarissa decía a su tía y la tía con una cara de espanto.

—William, Dorothy, me traes un té por favor, –Dorothy salio.

—Tía y tú qué le crees, si se la pasa haciendo bromas y diciendo chistes.

—No es cierto señora, usted piensa que yo voy a casarme con este moribundo no, les cuento otro chiste, que es manifiesta, –no contestaron–, es una fiesta… De cacahuates, ja, ja, ja, –todos rieron.

—Solo hablamos que tiene que defender lo que es de él y eso son sus hijos.

—Tú crees que ellos son de Albert.

—Sí señora, si no de quién.

—Descansen y los veo en la cena.

—Gracias tía por ayudarme.

—Espero que todo salga bien.

Mientras en el aeropuerto, partía el avión. —Luis crees que mis hijos vivirán.

—Si mi niña lo creó, Demián está trabajando muy duro para salvarte la vida, bueno todos.

—Y tú dejaste de cantar para estar conmigo, si muero te harías cargó de mis bebés.

—No me importa mientras estés bien, mi pequeña niña y si te doy mi palabra que lucharé por nuestros hijos.

—Gracias, Luis, –recargándose en él. Pensando « Estoy tan sola que quisiera dormir y no despertar, a un que está Luis y todos conmigo hay un vacío en mi ser, tengo que luchar por mis hijos, me da miedo, me los quitarás porque tú ya no puedes tener hijos, no me buscaste cuando murió Estefany, Albert quizás si la querías, nunca dejare de amarte». Que dándose dormida.

El viaje fue duro para la futura mamá, con sus náuseas y vómitos no los podían controlar.

Al otro día muy temprano fue Albert a ver a Candy a su departamento, tocó y nadie salió se fue a la clínica. —Hola señorita, la doctora White se encuentra.

—No señor Andrew, ella salió de viaje.

—Pero como, él doctor Eduard.

—Él si está.

—Lo puedo ver.

—Espere un momento, –después de unos minutos–, puede pasar.

–Gracias.

—Hola William te sucede algo.

—No solo quiero saber a dónde fue Candy.

—Y eso, pasa algo.

—Quiero la verdad los gemelos que Candy espera son míos.

—Yo no puedo responder esa pregunta.

—Eso quiere decir que si, donde está.

—No sé solo sé que tuvo que viajar para aprobar un medicamento, que ayudará a los niños que sus padres fueron drogadictos.

—No me vas a decir.

—Lo siento no puedo.

Salió del hospital, —George, quiero que investigar a donde viajo Candy, y porque, con quien está. Pasaron dos semanas y nada de Candy por qué se comunicaba por e–mail

—ME voy Willy y no te des por vencido, búscala,

—Gracias, Clarissa. Albert la buscó y no dio con ella.

En Suiza, Candy estaba entubada la cuidaba Juan Luis, y el doctor, Demián y Terry, buscando un medicamento para que ella pueda, vivir. A sus veinticuatro, semanas de embarazo ya estaba controlada, el problema era que sus hijos al nacer tenían que hacerles una transfusión sanguínea del padre, durante tres meses.

—Tenemos que decirle a Albert, para que se vaya preparando.

—Demián no hay otra solución, ponerles el tipo sanguíneo.

—No porque necesitan su sangre.

Continuará.

Muchas gracias por sus comentarios y críticas, bendiciones.