Capítulo 10
CANDY abrió la puerta, salió al porche y miró el paraíso que la rodeaba. Todo estaba cubierto de escarcha, que relucía bajo el brillante sol de la mañana como si fuera una capa de diamantes pulidos. Junto al gallinero una gallina picoteaba el suelo, con las plumas ahuecadas como un pavo ufano para defenderse del frío.
Justo cuando salía del porche para dar caza al ave fugitiva, oyó el disparo. Se apresuró a retroceder y miró hacia la montaña TarStone mientras el disparo iba resonando montaña abajo como el estampido de un trueno.
La temporada del rifle.
Eso quería decir que, justo en aquel momento, algún pobre ciervo corría por allí arriba para salvar la vida.
Preocupada por su propia vida, corrió también y entró de nuevo en la casa. Entonces fue al cuarto de baño y sacó del estante una toalla de un vivo color amarillo; no era color butano, pero no se le ocurrió ningún animal que tuviera el pelaje amarillo limón. Se envolvió los hombros con ella como si fuera un chal y regresó al porche. Luego, agachando la cabeza como un soldado que esquiva un tiroteo, cruzó deprisa el jardín y entró precipitadamente en el gallinero buscando refugio.
Su brusca llegada asustó a las gallinas, que se pusieron como locas; bajaron aleteando de sus perchas en medio de un escándalo de frenéticos chillidos y levantando nubes de serrín. Mientras apartaba con la mano la sofocante polvareda, Candy abrió la bolsa de pienso que Ian había dejado y llenó el comedero que había en el suelo. A continuación revisó el bebedero y rompió la corteza de hielo que había en la superficie; al instante dos aves empezaron a beber.
Se volvió hacia los nidales y echó una ojeada a los tres que estaban vacíos. Sólo encontró un huevo roto y lo sacó junto con parte de la paja. Metió aquel desastre en un cubo vacío que había a sus pies y luego dedicó su atención a la gallina que estaba en el cuarto ponedero.
Sin inmutarse, la gallina le devolvió la mirada y la atacó cuando Candy metió la mano debajo de ella y se puso a tantear buscando un huevo.
—¡Ay, pero qué bruja desagradecida! —exclamó Candy, enfadada.
Se frotó la mano en el muslo y echó una mirada feroz a las gallinas.
—Voy a dejar que los cazadores os usen en sus prácticas de tiro, si no dejáis de picarme — dijo, incluyéndolas a todas en la amenaza—. Chicas, vosotras me dais huevos y yo os doy de comer; así funcionan las cosas por aquí.
Pero las gallinas no la escuchaban; la mitad estaba comiendo, y las demás, bebiendo. Entonces sonó un leve ruido en la puerta y Candy se acercó a abrir. Era la gallina fugitiva, que entró a todo correr y se reunió con sus compañeras en el comedero.
Tras decidir que esta mañana no iba a encontrar el desayuno allí, Candy salió, se aseguró de que la puerta quedara bien cerrada y se puso la toalla amarilla por la cabeza. Después, corriendo, volvió hacia la casa, subió los escalones del porche y soltó un suspiro de alivio al no volver a oír más disparos
Qué raro, tener que tomar precauciones para salir de su propia casa... La verdad es que no tuvo en cuenta la temporada de caza cuando decidió trasladarse a Nueva Inglaterra.
Y no es que fuera vegetariana; le gustaba la carne, pero no estaba segura de que pudiera comerse un precioso cervatillo. Aunque sí que se comería una o dos gallinas si seguían picoteándola.
Dejó la toalla en el colgador que había junto a la puerta y fue al cuarto de baño a lavarse las manos mientras pensaba en el ajetreado día que la aguardaba. Tenía que hacer un millón de cosas... y al talonario de cheques iba a darle un buen tiento.
Se planteó añadir a la lista una cama nueva. No le hacía mucha gracia la idea de revolver las sábanas de Mary con el antiguo amante de Mary y en la antigua cama de Mary... Ya era bastante malo vivir en casa de Mary.
Se apresuró a cepillarse los dientes y se ahuecó el pelo. Luego cogió el bolso y las listas y entró en el garaje. Iba a ir derecha a la tienda de los Dolan a comprarse unas botas impermeables, guantes gruesos para protegerse las manos de gallinas picoteadoras, y, además, una cazadora y un sombrero color butano.
Abrió la puerta del garaje, fue hacia su nueva camioneta y abrió la portezuela; luego trató de recordar cómo se las había arreglado la noche anterior para subirse a aquel condenado trasto cuando fue a probarlo en la carretera.
¡Ah, sí! Amablemente, Callum la había subido en brazos; después, amablemente también, le sugirió que le pusiera unos estribos... Eso sí, no tan amablemente, no paró de reírse en todo el rato.
Candy también había conocido a su esposa, Eliza, y a su guapo hijo, Duncan.
Después de varios intentos de montarse, reconoció por fin su derrota. Entonces miró por el garaje, encontró un cajón de madera y lo utilizó como escalón. Una vez dentro de la furgoneta, alargó la mano, cogió el cajón y lo dejó en el suelo del copiloto; lo necesitaría otra vez si quería volver a casa conduciendo.
Pasó los tres minutos siguientes ajustando el asiento y dando gracias porque fuese eléctrico y se subiera, además de adelantarse. De paso, Callum le había sugerido (amablemente) que le pegara un taco de madera al acelerador con cinta adhesiva para alcanzarlo.
Se abrochó el cinturón de seguridad y encendió el contacto; al oír el potente motor sonrió mientras echaba un vistazo por dentro. El monovolumen era tan grande que se podría dar un baile en él. Candy meneó la cabeza y se rió. ¿Quién iba a pensar, sólo un mes antes, que estaría viviendo en las montañas de Maine y conduciendo una furgoneta casi tan grande como su casa?
Pero no tardó en ponerse seria. Era culpable de cobardía, de darle la espalda a su trabajo... Y sobre todo, era culpable de no desear un don que ayudaba a la gente.
Pero ¿ese don no la convertiría en una especie de rey Midas? ¿Qué tenía que hacer, curar a todo el que rozara? Porque ¿adonde la llevaría aquello? ¿A convertirla en una mujer-espectáculo, un fenómeno de feria con hordas de gente buscándola, acosándola, pidiendo, suplicando...?
Candy intentó razonar con sus inquietantes pensamientos. Mientras mantuviera en secreto su don, estaba a salvo: los de Pine Creek sólo tenían que saber que fabricaba joyas y que era de California. Albert y Annie guardarían su secreto, estaba segura; no parecía importarles mucho lo poco dispuesta que ella estaba a confiarles su pasado.
El hecho de confiar en ellos la asombraba.
Ya cuando cursaba la especialidad, había aprendido a ser prudente con sus compañeros. Sí, la mayoría de quienes se dedicaban a la medicina eran personas entregadas, pero, por muy honestas que fuesen sus intenciones, en el lugar de trabajo siempre entraban en juego las relaciones de poder.
Como su rivalidad con Tom Steven por la subvención que los dos querían. El dinero y el prestigio siempre complicaban las cosas.
Sus respectivos padres eran colegas, además de buenos amigos, y Candy y él se conocían desde niños. Aunque Tom era dos años mayor, habían hecho la especialidad juntos, y ambos habían encontrado un puesto en el Cedars-Sinai.
Y ahora los dos buscaban la misma subvención para desarrollar un método nuevo de microcirugía no invasiva.
O así era hasta la semana anterior, cuando a Candy se le vino el mundo abajo. Ahora sólo quería... Diablos, no sabía lo que quería. ¿Paz? ¿Comprensión? ¿La vida que llevaba antes? ¿O quería una vida nueva allí?.
Para encontrar la respuesta a esta pregunta, ya era hora de empezar a explorar aquella posibilidad. De modo que empezaría con la Armería de Dolan y avanzaría desde allí.
Candy dio marcha atrás y salió del garaje. Luego giró en el jardín y se dirigió hacia la carretera, pero pisó el freno a fondo cuando un gran camión articulado, cargado de maderos hasta los topes, pasó a toda velocidad por delante de donde acababa su camino de entrada. El conductor, que por lo visto no tenía intención de compartir la carretera con nadie, la miró sonriendo y la saludó con la mano. Luego levantó un brazo para tirar de la bocina y le brindó un amistoso y ensordecedor bocinazo que se quedó flotando en el aire, en medio de una nube de polvo, hasta mucho después de que hubiera desaparecido.
En cuanto volviera a ver a Albert, se subiría a una silla y le presentaría sus excusas. No bromeaba cuando la advirtió de los peligros de su nuevo hogar.
A lo mejor debería hornearle algo; una tarta o galletas... O una cena. Eso es; prepararía una buena cena para el día siguiente e invitaría a Albert, a Tony y a John Bigelow.
Metió la mano en el bolso, buscó la lista de la compra y, tras añadir una gran gallina para asar, sonrió satisfecha. Antes de cocinarla, les enseñaría el ave empaquetada a las chicas del gallinero y les advertiría que si no dejaban de darle picotazos, acompañarían a su colega en el horno.
Después, con sus planes bien organizados, Candy miró a un lado y a otro de la carretera para ver cómo estaba el tráfico y, por fin, se dirigió al pueblo.
—Tendría que buscar en la sección de niño, jovencita—repitió Harry Dolan por tercera vez, mientras intentaba llevarla a la pared trasera de la tienda—. Por aquí no hay nada que le venga bien.
Candy se negó a moverse. Estaba demasiado ocupada subiéndose las mangas de la sudadera color butano que llevaba puesta. Pero la etiqueta del precio, tan grande como un libro y que probablemente costaba más que la propia prenda, no dejaba de estorbarla.
La mujer de Harry, Irisa, trataba de ayudarla, pero Candy sólo entendía la mitad de lo que le decía, y eso con tanto acento que no acababa de saber si lo que intentaba aquella mujer era echarle una mano o que se quitara la sudadera.
Maldita sea, no tenía intención de comprar en la sección infantil. Tenía edad suficiente como para tener hijos que compraran allí.
En ese momento Dwayne Dolan se le acercó desde la pared de atrás con una sudadera en la mano.
—Esto debería irle bien —dijo—. Y tiene capucha, igual que ésa.
—No quiero una sudadera que me venga bien —explicó Candy con terquedad—. Quiero ponérmela encima de un jersey.
Ignorando por completo sus protestas, Dwayne se detuvo delante de ella y le puso la sudadera sobre los hombros; su inquebrantable media sonrisa asomaba tras unos bigotes de una semana, y olía raro, como a encurtidos o algo así. Luego se echó la sudadera al hombro y alargó la mano hasta la cremallera de la que ella llevaba puesta.
—Pues ésta puede usted ponérsela encima, señorita White—dijo.
Candy retrocedió, y entonces Irisa acudió al rescate; ahuyentó a los dos hombres y tiró de la sudadera más pequeña que Dwayne llevaba al hombro.
—Yo creo que sé —dijo en inglés chapurreado, mientras asentía con gesto comprensivo—. No niña; mujer.
Candy cedió ante la sonrisa de Irisa. Se subió las mangas de la sudadera que llevaba puesta para buscarse las manos, se bajó la cremallera y se la quitó. La condenada le llegaba a las rodillas, y sabía que estaba ridicula con ella, así que se puso la que le ofrecía Irisa, más pequeña; luego se subió la cremallera y meneó los brazos para asegurarse de que fuera lo bastante holgada.
Estaba mirándose en el espejo cuando Irisa le puso en la cabeza un sombrero color butano. Candy no tardó en recuperar el buen humor y se rió en voz alta. Ahora sí que estaba ridicula de verdad. Como si fuera a comprarse un arma y dispararle a algo.
Era un sombrero de fieltro con ala y con una cinta naranja a juego, que le aportaba un toque de estilo. Candy tiró de la parte delantera para ladearlo y le dio un aire desenfadado.
En ese momento se lo quitaron de la cabeza y en su lugar le pusieron otro; esta vez una gorra de béisbol en versión de los bosques del norte: a cuadros naranjas y negros, con orejeras y una correa que se ajustaba debajo de la barbilla. Toda ella estaba forrada de borreguillo y era tan cálida como una tostada.
Ahora parecía Elmer Gruñón, el cazador.
Luego Irisa le puso un gorro de punto. También era de color butano y tenía un pequeño pompón encima. Pero precisamente cuando intentaba encajárselo, se lo quitaron de la cabeza y en su lugar le pusieron el sombrero de fieltro.
Candy levantó la mirada en el espejo y detrás de ella vio un chaquetón de lana roja que cubría un gran pecho. Al instante reconoció el chaquetón... Y el pecho también.
Se volvió rápidamente y se dio de narices con un botón del chaquetón de Albert. Entonces alzó los ojos y tuvo que echarse atrás el sombrero para sonreírle.
El le devolvió la sonrisa y le dio un golpecito en la punta de la nariz.
—Ahora sí que pareces de Maine —dijo—. Sólo te falta un arma.
—He oído un disparo esta mañana, allá arriba en el TarStone.
—Sí. Era yo, lass.
Candy retrocedió, sorprendida.
—¿Tú le disparabas a un ciervo? Pero ¿por qué?
La sonrisa de él desapareció.
—Para comer este invierno.
—¿Y tuviste...? ¿Tuvo éxito tu caza?
Al ver su evidente disgusto, la mirada de él se suavizó.
—Sí. Pero no tienes por qué preocuparte, Candy; fue una muerte limpia. El macho estaba muerto antes de caer al suelo.
Ella necesitó toda su fuerza de voluntad para no estremecerse... Y mucho esfuerzo para sonreír.
Albert alargó la mano y, con suavidad, le rozó la mejilla con los nudillos.
—Es un acto natural, lass —dijo en voz baja—. El hombre es cazador, y los ciervos son presas. Y la sociedad no cambiará nunca eso, por muy civilizados que creamos ser ahora.
—Lo sé. Y yo como carne, como la mayoría de la gente. Sólo es que la caza es algo tan... tan directo...
—Si te dieran a escoger, ¿qué preferirías ser, un novillo en un corral o un ciervo que corre libre? —preguntó él—. Si de todos modos vas a acabar en la mesa de alguien, ¿qué vida elegirías?
—La del ciervo.
—Sí. Yo también. Y el macho que he matado esta mañana también. Por favor, intenta recordarlo cuando le hinques el diente a uno de sus filetes este invierno. ¿Has tomado alguna vez carne de venado?
—No. ¿Me darás un filete?
—Sí. Y uno o dos asados, si quieres.
De pronto Candy recordó la decisión que había tomado antes.
—¡Ah! —dijo—. Mañana voy a preparar un pollo para cenar, y he pensado que a lo mejor a ti, a Tony y a John os gustaría venir a compartirlo conmigo.
Por más que lo intentó, no supo interpretar la expresión que de repente adoptó la mirada de Albert mientras daba un paso hacia ella.
—¿Vas a ponerle relleno? —preguntó con voz emocionada—¿Y vas a hacer salsa de carne y puré de patatas?
Asintiendo, Candy se le acercó a su vez.
—También había pensado hacer tarta de manzana de postre.
Albert la agarró por los hombros y se inclinó hasta que, prácticamente, sus narices se tocaron.
—Tú prepara una tarta de manzana, lass, y yo llevaré el helado. Y también, una buena botella de vino.
Su voz era gutural, casi seductora, y Candy no supo si era de pasión por ella o por la perspectiva de la comida que planeaba.
En ese momento oyó una risilla y desvió la vista para ver a una sonriente Irisa que se tapaba la boca con la mano, sin dejar de mirarlos.
Albert se enderezó, y Candy se apresuró a apartarse para ocultar su encendido rostro. Luego se quitó el sombrero y la sudadera, se los dio a Irisa y se puso a rebuscar la lista de la compra en el bolso.
—¿A qué hora?—preguntó Albert.
Candy alzó la vista.
—¿A qué hora qué?
—La cena. ¿A qué hora quieres que vayamos? Y gracias por incluir a John.
—Ah, no se me ocurriría dejar de invitarlo. Tengo muchas ganas de conocerlo. ¿A qué hora os viene bien?
—A las seis.
—Entonces a las seis. Hecho —convino Candy mientras se acercaba al mostrador con su lista.
Albert fue detrás y, antes de que llegara hasta Harry y Dwayne, la detuvo.
—¿Has cogido la caja que te envió Tony? —preguntó—. Si no quieres hacer lo que te pide, el chico lo comprenderá.
Candy le dedicó una dulcísima sonrisa.
—La nota decía que tú me indemnizarías —susurró para que nadie la oyera—. Y te lo advierto: no soy barata.
Albert levantó una ceja y la miró con tanta intensidad que fue un milagro que Candy no se incendiara. Entonces se apresuró a retroceder mientras intentaba sofocar el rubor que le subía por las mejillas. ¿Cómo se le había ocurrido decir semejante cosa?
—Leysa acaba de llegar —dijo Dwayne, acercándose a ellos—. Ya puede enseñarle la tienda. Buenos días, Andrew.
Tras una última mirada encendida, Albert se volvió y saludó a Dwayne con una inclinación de cabeza.
—¿Han llegado ya los cartuchos de seis milímetros con noventa? —preguntó—. Además voy a encargarte aquel cuchillo del que hablamos para Tony. ¿Estás seguro de que llegará a tiempo para Navidad?
Candy intentó contener un grito ahogado, de verdad que sí... Pero le salió de todas formas. Entonces Albert bajó la mirada hacia ella, se pellizcó el caballete de la nariz y dio un paciente suspiro de cansancio.
Pero, antes de que pudiera hablar, ella alzó la mano.
—No digas nada. No quiero saber por qué vas a comprarle un cuchillo a un niño por Navidad.
El se fió de su palabra, dio media vuelta y siguió a Dwayne hasta el mostrador, dejando a Candy boquiabierta, mirándole la espalda.
¡Maldita sea! ¡Sí que quería saberlo! ¿Por qué iba a comprarle a Anthony un arma tan peligrosa? Y, además, ¿qué regalo de Navidad era un cuchillo? El niño debía recibir juguetes, un Walkman, una bicicleta, o calcetines y jerséis..., no algo con lo que a lo mejor se mutilaba.
En ese momento Irisa le llamó la atención para presentarle a Leysa, la esposa de Dwayne. Leysa quizá tuviera diez años más que Candy, era al menos treinta centímetros más alta que ella y tenía una bonita melena de cabello largo y ondulado, recogida a ambos lados de la cara con dos preciosos pasadores de madera.
Llevaba a un niño pequeño en el brazo.
—Mi cuñada, Leysa —dijo Irisa—. Su trabajo ocuparse de tienda. Ella habla usted alquiler.
Candy no pudo contener más su curiosidad. Las dos mujeres eran guapísimas, limpias como un quirófano..., y unas esposas tan insólitas para Harry y Dwayne que, sencillamente, tenía que saber más sobre ellas.
—Hola, Leysa. Yo soy Candy —dijo; hizo una inclinación de cabeza mientras acariciaba con suavidad la mano del niño dormido—. ¿Sois de Rusia tú e Irisa?
Leysa sonrió, cordial, y le tendió al niño para que lo cogiera. Sorprendida, pero encantada, Candy acunó al bebé en un brazo y le acarició la pequeña y arrugada mejilla.
En perfecto inglés, aunque con mucho acento, Leysa le contestó:
—Yo soy ucraniana, e Irisa es de Croacia. Vinimos aquí hace cuatro años, después de conocer a Harry y a Dwayne en una fiesta, en Moscú —prosiguió al ver la mirada interrogante de Candy—. Estaban buscando esposas, y nosotras...
Miró a Irisa y sonrió; luego volvió a mirar a Candy.
—Nosotras estábamos buscando maridos.
—Nosotras elige buenos hombres —añadió Irisa—. Y ahora vive en hermoso sitio y es feliz.
Se pasó la mano por el liso vientre.
—Doy hijo a Harry próxima primavera.
Candy se quedó estupefacta. ¿Que habían conocido a Harry y a Dwayne en una fiesta en Moscú...? Una vez había visto un reportaje en televisión sobre esas fiestas; por lo visto, los norteamericanos viajaban a Rusia o a Asia para buscar esposas.
—¿Tengo en brazos a un niño o a una niña? —preguntó, bajando la vista para mirar al pequeño.
—Una niña —dijo Leysa—. Se llama Rose, por la madre de nuestros maridos.
—Es preciosa —murmuró Candy, al tiempo que se dirigía al mostrador y se detenía junto a Albert—. Mira lo que tengo. ¿A que es una preciosidad?
El dejó el catálogo que estaba hojeando y dirigió su atención a Rose. Al instante alargó la mano, cogió a la pequeña y la meció contra su pecho, mientras le cubría la cabeza con una ancha mano y enterraba la nariz en su cabello.
A Candy se le aflojaron las piernas al verlo tratar a la niña con tanta seguridad y con auténtico afecto. Y mientras tanto Leysa, en lugar de horrorizarse al ver a su hija en los brazos de aquel hombre enorme, se puso a tirar de Candy hacia la puerta de la tienda.
—Venga —le dijo—. Le enseñaré el local que tenemos en alquiler, y así decidirá sí le conviene.
—Pero... pero ¿y Rose?
Leysa siguió caminando.
—Si la aparto ahora de Albertl, se desgañitará llorando—dijo; se volvió hacia Candy con una sonrisa—Creo que está enamorada de él; siempre que él viene aquí la coge en brazos. Sólo tengo que vigilar que no intente llevársela a casa a escondidas.
Entonces se inclinó y susurró:
—Creo que Albert también está enamorado de ella.
En aquel momento Candy no sólo sintió que las piernas se le volvían fideos, sino que también notó que le daba varios vuelcos el corazón. Se volvió a mirar mientras Leysa la arrastraba y vio que Albert observaba con detenimiento el catálogo otra vez al tiempo que le pasaba una perezosa mano por la espalda a Rose, hecha un ovillo en su hombro.
Una imponente montaña de hombre que mataba un ciervo por la mañana y al cabo de unas horas abrazaba a un bebé. Que entraba en una habitación y la dejaba sin aliento, decía algo que la ponía hecha una furia y luego le hacía el amor como si el mundo fuera a acabarse al día siguiente... Que con sólo una mirada la emocionaba, la encendía y le ponía las hormonas a toda marcha...
Y justo entonces aquella advertencia que él le hizo la noche en que fue a su cuarto para ahuyentarla, por fin la alcanzó con el ímpetu de una locomotora.
Sí, Candy haría muy bien en estar muy asustada.
Continuara...
