Si, lo sé.
He tardado mucho, lo lamento pero ya me encuentro aquí, espero lo disfruten.
CAPITULO X
Bien señora Granger –le decía un hombre grande y robusto de cabello negro y rizado con una sonrisa en su rostro – ¿Qué opina de mi propuesta?
Sin saber qué hacer, Hermione Granger se removió incomoda en su asiento y mordió su labio inferior. Trató de pensar lo más claro posible para contestar a semejante ofrecimiento por parte de aquel hombre.
Posiblemente otra chica en su lugar hubiese contestado de buenas a primeras con un sí rotundo, pero ella no. Debía sopesar los pros y contras de toda la situación.
Señor Child… –murmuró ella por lo bajo –no estoy muy segura de que sea la mejor forma. Usted sabe…
De eso a nada –la interrumpió el señor Child acomodándose en su asiento tratando de persuadir a cierta castaña necia –sabe qué; dejémonos de formalidades… Le estoy ofreciendo como un amigo, la oportunidad de desempeñar ese puesto…
Perdone –murmuró Hermione, interrumpiéndolo –pero si ya de por si me cuesta trabajo dirigirme a usted como solo "señor Child" como para ahora lo quiera manejar como un amigo.
El hombre robusto sonrió, encantado con la sencillez de la mujer frente a él
Hermione –dijo él con voz seria, tuteándola. Debía hacerla entender – sabes que estás perfecta para el puesto, estarías más cómoda, gozarías de una mejor estancia y vida.
Yo ya tengo una mejor vida –comentó ella, algo herida por sus palabras. El hecho de ser una simple curandera en el mundo Muggle le enorgullecía de sobre manera.
Lo sé –contestó el señor Child con voz paternal –pero piensa en tu hijo
Es por eso que no he tomado una decisión. Porque estoy pensando en lo mejor para él –
¿Y qué crees que es lo mejor para él, Hermione? –
Señor ministro… –Murmuró ella con la vista perdida en el suelo de mármol, incapaz de contestar a esa pregunta por el momento. Ella había hecho muchas cosas por el bien de su hijo, mismas que lo habían dañado de sobre manera hasta hoy en día.
¿Acaso no habíamos quedado que nada de formalidades? –le comentó el ministro con picardía.
Ella no pudo evitar sonreír, en verdad que hablar seriamente con el ministro de magia búlgaro, era una las cosas más complicadas que había experimentado a lo largo de su carrera.
Está bien, Robert –murmuró ella siguiéndole el juego. En verdad era un caso perdido dirigirse a ese hombre, al menos para ella pues no había escuchado de nadie más-aparte de su familia, claro-que lo tuteara.
Hermione aun no entendía como era que ella había logrado conocer al señor ministro Búlgaro de magia, de nombre: Robert Child, hasta tal punto de permitirle referirse a él como un amigo, aunque de cierta forma el Señor Child lo era, pues desde que se habían conocido-en una tardeada gracias a Viktor-el ministro había admitido simpatía con la joven madre de ojos castaños y desde entonces no faltaba la ocasión en que el ministro de magia preguntara por ella y mas con el hecho de que ambos adultos poseían pequeños de edades similares, los cuales se habían llevado bastante bien.
Perdone si lo preguntó –dijo de pronto la chica –pero el hecho de que me ofrezca un puesto en el ministerio ¿no se debe a que mi hijo es el mejor amigo de su hijo?
El señor Child la miró serio, pero en sus ojos grises nadaba una sonrisa.
Eso sí que sería un mal argumento viniendo de mí, pero no te lo negaré… –dijo sincero contemplando una pequeña fotografía enmarcada en madera que se encontraba sobre su escritorio. Antes de seguir hablando ladeó levemente el pequeño cuadro y Hermione pudo observar las figuras de dos niños con caritas sonrientes, reflejando unos once o doce años cumplidos, era difícil saberlo, a ella aun le costaba trabajo diferenciar que su niño estaba creciendo, para Hermione, Mateo siempre seria su pequeño.
En la fotografía, Lio Child y Mateo Granger, manoteaban entre sí tratando de despeinar los cabellos del otro, haciendo una escena sumamente adorable para los padres, en este caso, el señor ministro y ella misma. En ese marco pudo observar lo ojos verdes de su hijo, brillantes de alegría, mismos que se habían apagado cuando todo se había descubierto.
Al pensar esto último, no pudo evitar que la tristeza la invadiera. Al no haber hecho las cosas bien como madre, había lastimado muchísimo a su hijo y eso no lograba perdonárselo.
La voz del señor Child la hizo volver a la realidad ayudándola, sin saber, a no desmoronarse frente al él.
Ustedes han traído alegría a mi único hijo –murmuró el brindándole una sonrisa a la castaña –y a pesar de saber que precisamente es mi hijo, lo han tratado como a su igual y no como a alguien diferente… eso es lo que más molestaba a Lio cuando visitábamos a otros magos, pues él de pequeño decía que no le gustaba la idea de sentirse más que los demás y esa era la forma en que los otros magos y brujas lo trataban.
Lio a sido otro desde que conoció a Mateo, en Durmstrang –dijo sonriendo más ampliamente –Hermione, su hijo ha sido un verdadero amigo para mi Lio y sé que ha sido así, por la forma de educarlo.
Aquel último comentario la hizo sonrojar.
Señor Child, no es necesario que se vea con la necesidad de recompensar esas acciones… –contestó apresuradamente –quiero decir: Lio es también parte de nuestra familia, como lo son usted y su esposa…
Vez a lo que me refiero –la interrumpió –es por eso que te ofrezco ese puesto, no específicamente a que seas la madre de Mateo, aunque eso influye levemente, si no por la gran persona que eres, además de que los conocimientos que posees servirían mucho para el Departamento de Cooperación Mágica con sede de Bulgaria
¿Me está tratando de insinuar que desee que trate a los del ministerio como a una familia? –comentó sarcásticamente alzando una ceja hacia el señor Child
El ministro no pudo reprimir salir de sus labios una carcajada
Ya decía yo que me hacía falta reír un poco –murmuró burlándose de ella. Hermione mordió su labio. Nerviosa y sentida por las palabras dichas de su acompañante.
No me malinterpretes –dijo el búlgaro al notar su incomodidad –pero a lo que me refiero, es que sabes cómo manejarte ante los eventos que suceden, mantener la cama y pensar correctamente.
Mientras hablaba, el señor ministro cambio sus gestos volviéndose serio para que la castaña notara que decía aquello lo más sinceramente posible.
Hermione lo miró detenidamente, tratando de decir la respuesta correcta.
Señor ministro pero… ¿Qué pasará cuando yo tenga que presentarme en otros países? –dijo de pronto al comprender más abiertamente una de las desventajas de ese puesto. En absoluto le incomodaba viajar, solo le incomodaba ir a un solo lugar en todo el mundo, y ese era: Londres.
Cuando debas ir a Londres no te deberás preocupar, Hermione. –respondió el hombre robusto, yendo directo al grano.
Hace algunos años (específicamente desde que llegó a Bulgaria), después de una conversación con Viktor, había decidido decirle acerca del parentesco de Mateo con Harry Potter, con la única finalidad de que el ministerio búlgaro le proporcionara un fuerte encantamiento Fidelio para proteger la ubicación de Hermione y también de esa manera a su hijo.
El señor Child, gran amigo de la familia de Viktor, había aceptado realizarles ese favor. Y solo él era el único, aparte de Viktor, que conocía la verdad de Hermione.
Será al único lugar a donde no habrá necesidad de que vayas, para eso mandaré a otro representante, si así lo ameritas. Aunque para serte sincero, es precisamente el único lugar en donde no tenemos un representante búlgaro…–
Aquello último la había hecho sentirse peor, pues si aceptaba el cargo que le ofrecía el señor Child, de buenas a primeras ya estaría faltando a sus obligaciones.
Eso no le gustó ni en lo más mínimo a Hermione. Ella no quería esconderse, dejar de cumplir, sentirse culpable, nada de eso debería sentir, mas sin embargo no podía evitarlo.
Señor ministro, yo… –antes siquiera de decir una palabra más una luz plateada atravesó el ventanal posándose sobre el escritorio entre Hermione y el Ministro.
A pesar de no tener plena consciencia del porque había aparecido de repente un encantamiento Patronus, aquello le dio muy mal augurio.
Antes siquiera de levantar la vista al rostro del Señor Child, la bola de luz plateada adquirió la forma de jaguar solo para abrir sus fauces y de ella, liberar una voz rasposa. Estaba claro que ese Patronus era de un hombre.
¡Necesitamos refuerzos! –Decía el jaguar con sus fauces enormemente abiertas – ¡El colegio Durmstrang, está siendo atacado por Mortifagos!
Los ojos de Hermione se abrieron como platos, el corazón tartamudeó dentro de su pecho, y el aire le hizo falta en sus pulmones.
No supo en qué momento el Patronus había desaparecido, lo único que nadaba en su cabeza era un ataque donde su único hijo se encontraba.
La chica levantó su rostro y sus orbes marrones se posaron en lo grises del ministro. Solo se observaron por unos segundos, compartiendo la preocupación.
Pero antes siquiera de haberlo puesto en palabras ambos adultos salieron apresuradamente del elegante despecho, con la voz del el señor Child gritando a todo pulmón al departamento de Aurores que fuera con él al Durmstrang.
Hermione no tenía ni idea de cómo llegarían lo antes posible al colegio oculto, pero de lo único que si tenía la certeza era de que acabaría hasta hacerlo polvo, a aquel que se hubiese atrevido a tocar a su único hijo.
En pensamiento se encontraba firmemente la idea de lanzar un para Avada Quedabra aquel que hiciera daño a Mateo James Granger. No había lastimado a su hijo desde que lo supo en sus entrañas, ahora mucho menos dejaría que otro estúpido mortal lo dañara.
Esto debe ser una maldita broma –pensó un joven quinceañero mientras se encontraba cara a cara con un hombre de capucha negra. Apenas hace unos segundos, había logrado burlarse a dos de ellos, solo para encontrarse en el primer piso a otro mucho más grande y robusto que los otros.
Mateo Granger alzó la cabeza, encontrándose con una máscara de huesos que cubría el rostro del hombre. El muchacho no podía apartar sus ojos verdes de aquella figura. Haciendo un poco de esfuerzo, más de lo que ya daba, salió pintando por donde sus pasos solo para toparse con otro a los que ya había aturdido anteriormente.
Mateo suponía que no había dado directo en su cabeza, como para que el hombre se hubiese tambaleado y seguido hasta aquí.
Atrapado –dijo una vocecita dentro de su cabeza –estas atrapado, Granger.
¡Cállate! –le respondió mentalmente tratando de pensar en un plan lo suficientemente efectivo para salir ileso de esta.
De una de las esquinas del pasillo, surgió nuevamente el otro agresor del cual había corrido. Por sobre su cabeza caía el polvo de escombros del piso de arriba, mientras que los destellos de luces por las ventanas que orientaba al lago, pasaban por doquier.
Mateo miró a ambos lados, acorralado.
Entre su garganta, el aliento corría velozmente al respirar agitado. Estaba asustado, no podía negarlo pero este era un buen momento para poner en práctica todo lo aprendido en la escuela, aunque siendo sinceros, en este preciso momento se le habían olvidado todas sus lecciones.
Su cabeza seguía girando de uno a otro Mortifago, donde pudo observar como ambos hombres alzaban la varita, dispuesto a atacarlo.
Eh hizo, lo primero que se le vino a la mente.
Su respiración agitada se calmó abruptamente y sus orbes se situaron observando detenidamente el muro. Esperando el momento oportuno.
Por el rabillo de su ojo izquierdo, miró atento como el Mortifago hacia un leve movimiento de su varita.
Por un instinto bastante estúpido, corrió hacia el lado contrario, donde el otro sujeto ya había floreado su varita mientras que de ella salía un chorro de luz morada.
Como si fuese el efecto de un gira-tiempo, se vio así mismo derrapando sobre el suelo, antes de llegar al hombre encapuchado, mientras este caía al suelo por el efecto del hechizo contrario que había pegado en todo su pecho.
De forma rápida y sin levantarse del suelo, giró sobre sí mismo y apuntó al otro Mortifago directo en la cabeza.
¡Desmayus! –gritó con toda la potencia de su voz. De su varita surgió un chorro de luz roja, impactando en la frente del sujeto, sacudiéndolo por los aires y arrojándolo a unos buenos seis metros desde la posición donde se encontraba.
Con la adrenalina corriendo por sus venas todavía, sonrió extasiado por su logro, había derribado a dos oponente bien cualificados en la magina como para ser Mortifagos, se levantó de un salto y echó a correr. Recordando que debía encontrar a su mejor amigo y rogando para sus adentros porque él estuviera bien.
Sus pasos apresurados lo llevaron al segundo piso, donde algunos de los cuerpos de sus compañeros se encontraban tirados sobre el suelo de piedra, cubiertos de escombros del castillo, con sus caras polveadas y llenas de sangre.
Su mirada recorrió los rostros contrariados por el dolor, de cada uno de sus compañeros buscando entre ellos a Lio.
El alivio de no encontrarlo entre los heridos fue sustituido inmediatamente por la preocupación y el miedo al imaginárselo en peores condiciones.
Agitó su cabeza rápidamente, desechando los pensamientos.
Lio está bien –se dijo así mismo mientras seguía con su marcha.
Apenas había salido donde sus compañeros, cuando sintió un fuerte impacto en su costado derecho haciéndolo volar por los aires y estrellándose contra el muro de piedras.
Ante la rapidez de su ataque, no había logrado meter las manos para amortiguar su golpe, por lo que el impacto contra la pared solida fue de lleno en su rostro.
Cayó de espaldas al suelo. Estremeciéndose por el dolor de su espalda y la fuerte sensación que aprisionaba su cabeza.
Se sintió bañando en un espeso líquido caliente que escurría desde su frente hasta su mentón. Los gritos de sus compañeros y las explosiones de luz dejaron de ser sonidos y el silencio lo abrumó.
Se sentía desorientado, perdido.
No recordaba que estaba haciendo o que había hecho.
Un fuerte dolor lo invadió de pronto, destruyendo toda tranquilidad de su cuerpo. Se sentía consumirse.
Se oyó gritar así mismo, sintiendo como mil cuchillos se deslizaban por toda su piel, causándole cortes mientras que el fuego lo consumía.
¡Ah! –volvió a gritar una y otra vez.
¡Mateo! –Escuchó decir a su amigo a lo lejos mientras que los cuchillos calientes no dejaban de arañarlo con cada punta – ¡Déjalo!
De un momento a otro el dolor desapreció y se sintió aliviado a pesar de su costado y la frente.
¡Por fin he dado contigo estúpido sangre sucia! –decía una voz grave. Por un momento se imaginó que conocía esa voz – ¡Crucio!
Y antes de poder abrir sus ojos, los afilados cuchillos hirvientes volvieron a la carga contra su piel.
¡AH! –volvió a gritar.
¡TE HE DICHO QUE LO DEJES! –rezongó su amigo
Mateo se sentía retorcerse sobre el suelo, pensando que así podría apagar la quemazón que sentía sobre su piel.
Deja de meterte, Lio –habló el hombre –deberías de estar agradecido del favor que te estoy haciendo al estar desasiéndome de la escoria que habita este castillo.
Mateo luchó con todas su fuerzas, respirando agitadamente solo para poder abrir sus ojos mientras su tortura continuaba.
Sus orbes verdes se detuvieron en el momento justo de ver, como el maldito Mortifago arremetía con una bofetada el rostro de Lio, tirándolo al suelo.
Un odio corrosivo creció en su interior, y la ira que sintió ante la escena le ayudó a ponerse de pie a pesar de la maldición imperdonable al que era sometido.
¡DEJELO! –Gritó con todas sus fuerzas cuando estuvo completamente parado, sin dejar de hacer muecas por el dolor mientras agarraba fuertemente su varita con su mano derecha, escondiéndola del agresor.
Estúpida escoria –blasfemó el hombre quietándose la máscara de huesos. A Mateo Granger no le hacía falta ver su rostro para observar quien era. –tú no me vas a decir lo que tengo que hacer
Y teniendo la varita mas en lo alto, intensificó la maldición.
¡CRUCIO! –
Mateo se doblegó, cayendo sobre sus propias rodillas, pero el odio por aquel ser, era más grande que el dolor y fue suficiente motivación para no hacerlo caer por completo.
¿Có-cómo se a-atreve a levantarle una m-mano a su propia san-sangre? –dijo Mateo en un hilo de voz mientras observaba el cuerpo inconsciente de Lio, manchado en su propia sangre que escurría por unos de sus brazos.
¡Tú eres el culpable del trato a mi propio sobrino! –lo sentenció Oropel, el tío de Lio. Aquél que sabía de atente mano, que lo odia solo por el simple hecho de existir en su mismo mundo –¡y el único culpable porque todo esto pase!
Observó como el tío de Lio movía nuevamente su varita, por un momento Mateo dejó de sentir el extenso dolor sobre su piel para luego recibir un golpe verdaderamente fuerte sobre su pecho, lanzándolo por los aires, aterrizando sobre su ya mallugada espalda en el suelo de piedra rocosa.
No supo de dónde sacó las fuerzas suficientes, pero de un momento a otro se supo de pie confrontado a aquel ser que lo único que hacía era dañar.
¿Po-por eso monto t-todo es-te estúpido es-espectáculo? –preguntó incrédulo, preguntándose de forma interna de donde le salían las agallas de burlarse del hombre que bien podía matarlo. Alzó las manos señalando todo el lugar a su alrededor y volvió a hablar – ¿so-solo para atrapar-parme a mí? Cre-creo que debería de s-sentirme alagado.
Una sonrisa burlona se atravesó por su contorsionado rostro mientras oía los dientes de Oropel rechinar en su boca. Volvió a sonreír.
¡Maldito mocoso, te voy a enseñar! –observó la varita de Oropel agitarse en su mano mientras – ¡CRUCIO!
¡DESMAYUS! –gritó Mateo levantando su propia varita, interceptando con su conjuro, la maldición de Oropel.
Ante el choque de magia, ambos contrincantes salieron volando por los aires, pero antes de darle tiempo al Mortifago de levantarse y atacar de nuevo. Mateo se levantó nuevamente y apuntó su varita contra él.
¡SECTUMSEMPRA! –gritó con todas la fuerzas que le quedaba. La maldición dio de lleno en el lado izquierdo del Tío de Lio. Mateo observó con satisfacción como el Mortifago se retorcía de dolor por el suelo.
Las mangas, rotas por la maldición, se empaparon de su sangre. El rostro de Oropel giró es su dirección y en el pudo observar dos fuertes rajadas por su mejilla izquierda. Sus muecas deformes eran claramente de pura ira y repudio.
Oropel se levantó decidido a ir por él, pero antes siquiera de haber dado un par de pasos, volteó sobre sus talones y salió corriendo por el lado contrario con la sangre escurriendo de su brazo.
¡JAMES! –escuchó su nombre a lo lejos y con la vista en la lejana espalda del Tío de Lio, sonrió sinceramente.
¡James! –escuchó otra vez aun más cerca. En ese momento se sintió completamente a salvo. Hermione Granger estaba ya con él. Mateo no podía pedir nada mas en este mundo que estar en los brazos de su madre, por lo que sin previo aviso se desplomó sobre el suelo, perdiendo la consciencia.
¡Me mentiste, Viktor! –
Hermione, no era mi intención ocultártelo. Nunca imaginé que atacaran –
¡Venían por mi hijo, lo sabes! –
Hermione… –
¡Estuvieron a punto de matarlo! –
La voz de su madre estaba impregnada de una enorme tristeza, se removió incomodo. Una enorme pesadez invadía todo su cuerpo y cada centímetro de él, le dolía de sobre manera. Sentía como si cientos de bludger lo hubiesen golpeado con saña una y otra vez. No tenía idea de donde se encontraba o que había pasado.
Lo siento, Hermione –
Lo torturaron, Viktor. Le hicieron daño. Si no hubiésemos llegado a tiempo, no sé qué… no sé… –
Los sollozos de su madre lo invadieron totalmente haciendo que Mateo abriera los ojos de golpe. Se encontraba en su habitación de Durmstrang, las paredes pedregosas del castillo eran inconfundibles, recostado sobre su cama con un montón de mantas encima.
Movió su cabeza levemente y en la cama continua, encontró a su mejor amigo y compañero de cuarto. Lio estaba completamente dormido, también arropado hasta el cuello de mantas. Algo inusualmente raro debido a que aquí no daban mantas tan abrigadoras y reconfortantes.
La puerta de su cuarto estaba entre abierta, dejando pasar las voces de los adultos que se encontraban en el pasillo.
Ya está todo controlado, Hermione –escuchó decir a un hombre que tenía toda la pinta de ser el padre de Lio –Perdóname a mí también. Yo debí haber supuesto esto. Es decir, era mi familia la que atacó.
Usted no tiene la culpa señor ministro… –dijo su mama con voz apagada.
Yo también sabía lo mismo que Viktor, pero nunca imaginé que fuese mi propio cuñado el que planeara todo esto –la interrumpió el padre de Lio y Mateo estaba seguro de que los ojos de su madre, a pesar de no verlos, estaban desorbitados ante la noticia.
Gracias a las palabras de los adultos, Mateo recuperaba el orden de los acontecimientos. Por su conversación, ahora entendía que los Mortifagos sí habían venido solo por él, tal como el Tío de Lio le había dicho. La verdadera pregunta era: ¿Por qué precisamente él habiendo más chicos en sus mismas condiciones?
Sabía que en Durmstrang eran pocos los alumnos que compartían sangre Muggle en sus venas, pero a pesar de eso, solo lo habían escogido a él de entre el pequeño montón.
Por el tono en que su madre volvió a hablar estaba seguro que se encontraba sumamente molesta con las personas que estaba en su compañía.
¿¡Cómo pudo hacerme esto!? –Preguntó ella – ¡Es mi hijo de quien hablamos!
Hermione… –
Sabiendo que debía ayudar a su padrino y al padre de su amigo a salir de esta, respiró profundamente y se deshizo de las mantas. Se incorporó poco a poco de la cama, el cuerpo realmente le dolía mucho, y con todo el esfuerzo que fue capaz caminó en dirección a la puerta.
Sentía sus piernas demasiado débiles como para soportar su propio peso. La cabeza le martillaba muchísimo, por lo que se llevó una mano a sus cabellos, comprobando que tenía en ellos un fuerte vendaje atado.
Al salir de su cuarto observó como su madre se abrazaba a sí misma, mientras las lágrimas se derramaban por sus mejillas. La imagen le detuvo el corazón por un momento.
Nunca le había gustado ver a su madre llorar, por lo que sin previo aviso le entraron unas ganas incontrolables de lanzarles maleficios a su padrino y al señor ministro por haberla lastimado.
Mamá –dijo él en un susurro, incluso para hablar le dolía mucho.
Apenas había dado unos pasos cuando su madre volteo a verlo y se abalanzó sobre él abrazándolo de forma fuerte en un principio, lo que lo llevó a lanzar un gemido de dolor, que ayudó a Hermione a relajar sus ganas de apretarlo contra si, abrazándolo de forma suave.
Mateo daba gracias de tener su misma altura, lo que le permitió darle un beso en la mejilla.
Estoy bien, mamá –dijo el sonriéndole –nada puede conmigo. Soy tu hijo. Un Granger.
Mi niño –sollozó ella hundiendo su cara en el cuello de Mateo.
Mientras la abrazaba suavemente, sus ojos verdes se trasladaron a los dos hombres que acompañaban a su madre, pidiendo una explicación.
No estamos totalmente seguros de que es lo que pretendían aquí –dijo de pronto su padrino
Su cuñado me dijo que venían a por mí –contestó Mateo mirando al señor ministro, sintiendo entre sus brazos los estremecimientos de su mamá. A pesar de ser palabras duras para ella, siguió con su explicaciones –pero no se cual era su intención. Oropel murmuró algunas palabras pero pienso que era su prioridad hacerme daño a explicarme las cosas.
Lo siento mucho, Mateo –la cara del señor ministro era todo un dilema, puesto que se consumía en la culpa junto con Viktor
Yo lo siento más por él –contestó recordando lo que le había hecho –se llevó un gran recuerdo mío al lanzarle un maléfico.
A pesar de verse consumido observó por el rabino de su ojo izquierdo como su padrino sonreía.
Lo alcanzamos a ver –contestó impresionado el señor ministro – un maleficio poco común debería decir… ¿Sectumsempra? ¿Qué…?
Lo aprendí por mi madre… –
No creo que sea momento de discutir eso, hijo –la voz de su madre se hizo escuchar. Sus ojos marrones se enfocaron el los verdes de Mateo.
No hizo falta que ella le dijera lo preocupada que se encontraba, el podía ver esa emoción nadar es sus ojos achocolatados.
Lamento haberte preocupado, Madre –dijo él
Tu no fuiste el culpable, Mateo –contestó su mamá, desplazando sus ojos hacia Viktor que agachó más la cabeza al oír la indirecta de Hermione.
Será mejor que vaya a checar con los profesores como están los demás alumnos –avisó de pronto el señor ministro, viendo como la mamá de Mateo fusilaba con la mirada a Viktor Krum –debemos asegurarnos de la salud de los chicos lesionados y también de la estructura del colegio antes de reanudar las clases. Tal vez pronto, Lio y Mateo ya este repuestos para terminar con su ciclo…
Mateo no regresará a clases, señor ministro –la voz de Hermione era clara, precisa y a pesar de eso, Mateo estaba seguro que había odio mal.
¿Cómo? –Preguntó el padre de su amigo – ¿a qué te refieres con que Mateo no…?
¿Cree que voy a dejar a mi hijo solo, aquí, sabiendo que habían venido por él? –lo interrumpió Hermione mirándolo fijamente a los ojos. Mateo observó como Viktor la miraba intensamente y él se preguntaba qué rayos estaba pasando.
Me llevaré a mi hijo, no lo dejaré en un lugar donde está claro que no lo protegerán –
Hermione, no creo que vengan de nuevo aquí –murmuró aprisa Viktor, Mateo estaba seguro que él sabía el significado de las palabras de su mamá –los aurores custodiaran el lugar. Yo estaré pendiente de él.
¿Así como el día de hoy, Viktor? –contestó ella mordaz, mirándolo. Aquello había sido un golpe bajo –no me voy a arriesgar a perderlo. Mateo estará donde siempre debió estar. No hay otro lugar más protegido que ese.
Mateo observó en los ojos negros de Viktor las lagrimas contenidas nadar en ellos.
El señor ministro se había quedado pasmado ante las palabras de la castaña, movía la boca pero sin decir alguna palabra.
Recoge tus cosas, Mateo –le ordenó. Aquello debía de ser broma pero ¿Dónde estaba el chiste? ¿Su mama volcando sus estudios a casi medio año de finalizar el ciclo escolar? ¿Acaso seguiría inconsciente y esto era parte de su mente?
Mamá, no creo que en casa este más seguro que aquí… –
No iremos a casa –lo interrumpió, para después dirigirse al señor ministro que no le quitaba los ojos de encima –aceptaré tu propuesta de trabajo, Robert, con la única condición de que esté en la sede para no moverme del lugar donde estará mi hijo.
Mama, no creo que se buena idea… – insistió
¡Recoge tus cosas, James! –volvió a ordenarle con voz un poco más alta, utilizando ese segundo nombre que no le gustaba en lo más mínimo, por el hecho de recordarle sus raíces, pero sabía que cuando ella lo llamaba así es que no había vuelta atrás en sus decisiones.
¿Adónde iremos? –preguntó antes de deshacerse de su abrazo y caminar en dirección a su cuarto. Hermione, lo miró detenidamente y él pudo observar un sinfín de emociones que nadaban en sus ojos marrones, aquello lo abrumó de sobre manera.
Iremos a Londres, Mateo – sus últimas palabras las dijo mirando a Viktor, que no hizo más que agachar la cabeza –Terminarás tus estudios en el lugar más seguro. Hogwarts.
Los ojos verdes de su hijo se abrieron como platos, mirándola detenidamente y con la incredulidad plasmada en su rostro. Aquello era broma ¿verdad?
¿¡A Londres!? –
Una chica de cabellera roja caminaba tranquilamente viendo los negocios del Callejón Diagon arrebozar de gente, mientras que detrás de ella, un hombre de cabello negro desordenado cargaba con todas su bolsas.
Ya veo por qué tu hermano no ha querido venir contigo –decía Harry Potter a su hija alzando levemente las compras que tenía entre sus manos para acentuar su sarcasmo.
Su hija sonrió burlonamente, se acercó a él parándose de puntillas para besarlo en la mejilla.
Papi, iré a Madame Malkin necesito nuevas túnicas, las que tengo ya no me quedan –dijo Lily, la hija de Harry.
No sé si ya sea el momento de aceptar que estas creciendo –murmuró mientras veía como su única hija se alejaba sonriendo.
A pesar de la gente que pasaba una y otra vez con sus compras, Harry pudo observar como Lily Potter se deslizaba entre la multitud que al igual que ellos, habían acudido al Callejón Diagón a adquirir los útiles para el nuevo ciclo escolar en Hogwarts.
Sin pretenderlo, Lily Potter le acentuó más su propio comentario acerca de que su pequeña estaba creciendo, pues pudo observar notoriamente como un chico alto y de cabello castaño rebelde chocaba de frente con su hija en la entrada de Madame Malkin, ocasionando que Lily tirara parte de las compras del chico al suelo.
Apresurado con ir en su rescate, de su hija no del muchacho, Harry caminó más rápido.
Pero antes incluso de dar un par de pasos. Sus ojos verdes miraron como ambos jóvenes se agachaba a recoger las compras.
Unas ganas incontrolables de querer maldecir al muchacho se apoderaron de Harry al ver como el chico de cabellera castaña sonreía a su hija en el momento en que ambos se reincorporaban.
La sonrisa radiante que Lily brindó al chico lo detuvo de hacer cualquier estupidez que la perjudicara.
El muchacho se despidió cortésmente de su Lily, realizando una pequeña reverencia con su cabeza, mientras veía como su hija volvía a sonreír y a pesar de la distancia que los separaba, estaba seguro de que las mejillas de Lily Potter habían adquirido un color sonrosado.
Antes de ingresar a Madame Malkin, por un momento, su hija siguió con la mirada al joven castaño, por lo que no pudo reprimir también la curiosidad de seguirlo también con sus orbes.
Observó como el muchacho de cabellos rebeldes se detuvo en Flourish y Blotts. Harry suponía que esperaba a alguien por la forma en que el chico veía dentro del negocio.
Por algún extraño momento, se preguntó internamente por qué no podía dejar de mirar al muchacho, entre sus pensamientos trató de llegar a la conclusión de que era debido a la forma en que Lily le había sonreído, posiblemente impresionada por la caballerosidad del joven a la hora de despedirse de ella.
Además, si no quería engañarse completamente, debía admitir que aquello lo había hecho sentirse celoso con respecto a su hija.
Decidió, por el bien del muchacho, ya no mirarlo más y encontrarse con Lily para ver cómo iba con sus túnicas nuevas. Caminó unos pasos hacia el negocio y de forma inesperada echó otra mirada al chico, quedándose de piedra en ese mismo lugar.
No dando crédito a lo que veía parpadeó de forma rápida.
Pensando que aquello era un sueño, sacudió su cabeza levemente esperando despertar, pues de Flourish y Blotts no podía estar saliendo una chica de rizos castaños, que él conocía como la palma de su mano y a la que no había visto en años.
Su rostro se contrajo al observar como la chica se acercaba al joven castaño, sonriendo como Harry no recordaba en mucho tiempo.
Lo primero que se le ocurría hacer, era correr a su encuentro pero las piernas no le respondían, ningún miembro de su cuerpo.
En su pecho, sentía martillar su corazón en cada bombeo. Parecía que se le quisiera salir.
Tragó saliva al sentir su boca seca.
Sintió su cabeza moverse, negando el hecho de lo que veían sus ojos verdes, pero aquello no podía ser más claro que el agua misma. Hermione Granger, la amiga que tanto había buscado durante años, caminaba felizmente hacia el chico que había sonreído a su hija.
El joven de cabello castaño pasó sus compras a uno solo de sus brazos para tener libre el otro, y con él pasarlo sobre los hombros de ella, mientras que la chica que había sido todo para él, rodeaba su cintura con su brazo libre, acortando la distancia que los separaba.
El chico sonrió feliz y sin previo aviso, Harry observó como el muchacho besaba la mejilla que él, muchas veces había besado y que tan ansioso se encontraba de hacerlo ahora.
Si hace un momento se había sentido molesto porque aquel chico odioso sonriera a su hija, ahora ese sentimiento no era nada comparado con los celos que sentía por el joven, al haberlo visto besar a Hermione Granger, la chica que había desparecido de su vida y había vuelto a surgir.
Continuará...
Y hasta aquí es todo por hoy...
Prometo regresar pronto. Espero que les haya gustado...
