Disclaimer: Ninguno de los personajes de Full Metal Alchemist me pertenece.

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Hola a todos. ¿Como están? Espero que bien. Y espero no haberlos aburrido a éstas alturas de la historia tampoco. Si tal es el caso, espero sepan perdonarme, realmente intenté mezclar lo más equilibradamente lo sucedido en el manga y el segundo anime (e incluso el OVA) con la historia. En fin, como siempre, quería agradecerles a todos los lectores que llegaron hasta aquí y que para hacerlo debieron haberle dado una oportunidad a mi historia en primer lugar ¡Gracias! A todos, y especialmente a quienes se toman y tomaron el tiempo de hacerme saber su opinión mediante un review. ¡Gracias! a: Anne21, Halldora' Ballohw, Maii. Hawkeye, fandita-eromena, okashira janet, HoneyHawkeye (tenés todo mi permiso para usarla cuando quieras =D y me alegro que te haya gustado. Gracias por tu review, realmente me alegró el día), Alexandra-Ayanami, Sangito, Lucia991, inowe y Noriko X. Otra vez, gracias. Y como siempre, y si no es mucho molestar, me gustaría saber su opinión. El próximo es el último capítulo realmente. ¡Nos vemos y besitos!


En el último lugar del mundo


XI

"Infierno"


Acomodándose en la silla giratoria de cuero, apoyó sus dos manos sobre su nuevo escritorio. Su espalda hacia el gran ventanal de cristal detrás suyo, la luz del sol filtrándose a través de éste e iluminando gran parte de su recientemente designada oficina. El que la ventana diera al este era una suerte. De esa forma, podía recibir a lo largo del día la claridad del sol y la calidad de sus rayos también y dado que se encontraban en esa época del año en que la temperatura comienza a bajar progresivamente, Roy no podría estar más complacido. No era extensiva. Solo un cuarto ligeramente angosto y largo con un escritorio, una silla y un emblema del país colgando de un tapete en la pared. Pero era confortable, y resultaba un merecido descanso y agradecido respiro de las oficinas bulliciosas que previamente había debido compartir con otras personas de menor rango. Al menos de ésta forma podría tener su propio grupo de subordinados.

Girando la silla en un fluido movimiento se posicionó perfilando a la ventana. Su expresión calma mientras observaba a través del cristal y hacia fuera. Habían pasado casi ya dos años desde su regreso y aunque al inicio las cosas habían sido duras finalmente había logrado adaptarse nuevamente a como funcionaba el resto del mundo. No mentiría, las pesadillas de lo sucedido y de lo que ellos habían cometido en Ishbal aún le robaban el sueño y en ocasiones se sobresaltaba de solo oír la violenta combustión de un caño de escape pensando que se trataba de un cañón o algún enemigo armado. Y aún despertaba también al menor sonido temiendo ser asesinado durante la noche pero progresivamente había ido logrando reducir todos aquellos rasgos de guerra al mínimo. Aún así las pesadillas volvían.

Por otro lado, agradecía el cambio del campo de batalla al de oficina. Allí, la menor de sus preocupaciones era no engraparse el dedo con la engrapadora –cosa que no había sucedido jamás, por supuesto- y terminar su trabajo burocrático a tiempo. Rara vez lo lograba y al parecer las fechas tope no eran particularmente lo suyo. A veces se ahogaba en papeles también, y no terminaba de acostumbrarse al hecho de que eso era todo lo que tendría que hacer y que en ningún momento vería morir a alguien a su lado. Si, era un alivio pero un completo tedio. Aún así, no se quejaba. No con su nueva promoción.

Observando su hombro de reojo, notó con complacencia la segunda estrella recientemente agregada. Teniente coronel. Masticó el nuevo rango. Definitivamente sonaba considerablemente mejor que Mayor y personalmente no tenía tanto apego a su antiguo rango como para tener dificultades en adaptarse a su nuevo título. Era agradable, en realidad, no ser llamado como había sido llamado por tanto tiempo durante la guerra y esa era una de las razones para que le gustara el bienvenido cambio del todo un poco más. Sin mencionar el hecho de que con su rango actual finalmente podría tener subordinados propios a quienes repartirles órdenes. Aunque aún los papeles del traslado a su mando aún no habían llegado.

Suspirando, se acomodó aún más en la silla. Volviendo a rotarla hasta quedar frente a su escritorio. No era demasiado grande tampoco, solo un escritorio regular con una serie de libros acomodados en uno de los rincones y un teléfono junto a éstos pero era más que suficiente para que realizara su trabajo. Algún día, probablemente no tan pronto como desearía, ocuparía la silla que ocupaba actualmente King Bradley pero para eso faltaba una considerable cantidad de tiempo y lo sabía. Además, y de momento, tenía algo de trabajo que hacer así que era mejor ponerse a trabajar. De esa forma, quizá, esta vez lograría entregar todos sus papeles a tiempo. O al menos podría siquiera intentar a alcanzar la fecha tope.

Tomando la pluma en su mano derecha, la acercó al primer papel el cual comenzó a leer tranquilamente –nadie lo apuraba, después de todo- hasta que su lectura fue interrumpida por el sonido de la campanilla del teléfono. Observando el objeto por un instante, se resignó a atenderlo. Tenía una vaga idea de quien podía ser de todas formas. Había estado esperando la llamada todo el día.

—¿Hola? —masculló, cruzándose de brazos y acomodándose en la silla.

Al otro lado, una voz alegre y familiar respondió —¡Oy, Roy! ¿Cómo estás?

Si... Sabía que se trataba de Hughes. Después de todo, el hombre había tomado la costumbre de llamarlo durante sus horas de trabajo sólo para chequear cómo se encontraba y conversar de su vida. Y de su maravillosa esposa y su maravillosa vida, en Central. Después de todo, Hughes había sido asignado allí mientras que él había sido enviado de regreso al Este. Y si no fuera porque sinceramente no tenía los menores deseos de leer todos los papeles que tenía en su escritorio ya habría cortado el teléfono. En vez de eso, y en tono cansado, exclamó —Hughes, estoy trabajando...

El hombre al otro lado replicó entusiastamente —¡Qué bien! ¡Yo también! Oy, oí lo de tu promoción. Felicidades por tu buen trabajo. Asegúrate pronto de ser promovido a Coronel —Roy cerró los ojos calmamente y negó con la cabeza.

—Fácil decirlo —recién había adquirido el cargo que tenía actualmente. ¿Cómo demonios esperaba Hughes que ascendiera a Coronel así de rápido? Era ridículo. A veces el hombre era ridículo—. Hughes... Si no tienes nada más que decir...

—Verás... —comenzó, y Mustang supo al instante que era ése momento de la conversación. Donde Maes comenzaría su imparable monólogo sobre su esposa Gracia y lo maravillosa que era y demás cosas que probablemente terminarían aburriéndolo en algún punto. Siempre terminaban aburriéndolo de todas formas, aún cuando Roy estuviera genuinamente complacido de que Hughes estuviera satisfecho con su propia vida. No era asunto de él, de todas formas. Y no entendía porque el hombre continuaba insistiendo una y otra vez con el tema— ¡Mi maravillosa Gracia está embarazada!

—Eso... —se detuvo un instante— es nuevo —concedió. Y Hughes tomó esto como un incentivo para continuar hablando sobre el tema alegre y exhaustivamente.

—¡Ah...! Tendrías que verla, luce maravillosa y radiante.

Los ojos de Roy se suavizaron ligeramente, a duras penas, y una arrogante sonrisa agració sus facciones. Sin embargo, una expresión de incredulidad regresó a su rostro —Hughes. Dudo que se note —señaló lo obvio. No queriendo estallar la pequeña burbuja del hombre. Dudaba que fuera a lograr eso, de todas formas. Hughes no se desalentaba en sus halagos a Gracia por prácticamente nada. Y eso era algo que Roy sabía perfectamente porque lo había intentado.

—¡Claro que no! Pero de todas formas puedes ver lo maravillosa que luce aún cuando no se note.

Mustang exhaló calmamente. El hombre definitivamente era un ridículo —Hughes, me parece perfecto. Así que no me llames cada dos minutos para alardear de tu esposa.

La voz de Maes se tornó acusadora —No es solo mi esposa, ahora es mi hija también de la que estoy orgulloso.

Pellizcándose el puente de la nariz, se inclinó contra el respaldar —¿Hija, Hughes?

—¡Claro que sí! Yo sé que será una maravillosa niña —y Roy tuvo que abstenerse de preguntarle cuántas veces había usado el condenado adjetivo "maravillosa" a lo largo del día. Probablemente más veces de las que podría contar.

—Hughes —insistió—, en estos momentos estoy trabajando y, de hecho, tengo trabajo que hacer.

Pero el hombre no se dio por aludido —Bien por ti. Yo también. Por cierto, ¿ya llegaron tus nuevos subordinados?

Aún cuando no podía verlo, y aún con el teléfono contra el oído, Roy negó con la cabeza —No, aún no.

—¡Bien! Quizá cuando lleguen puedas conseguirte entre ellos una esposa maravillosa como mi Gracia —y eso fue la gota que rebalsó el vaso. Irritado —¡No digas idioteces! —tomó el tubo del teléfono y lo azotó contra el resto del objeto. Cortando. Alzando la vista, fastidiado, notó a una joven cadete de pie en la puerta y observándolo asustada. Soltando un suspiro, le indicó que pasara.

La joven muchacha caminó hasta delante de su escritorio y se detuvo, llevándose la mano a la frente mientras que con a otra sostenía una serie de papeles —Teniente Coronel, Mustang. Acá están los papeles que ordenó.

Aceptando las formas que la mujer le entregó, les dio un rápido vistazo y asintió —Ah... Gracias... Ya puedes retirarse —y, sin decir más, la chica saludó, dio media vuelta y se marchó. Los ojos negros de él viajando por las hojas que ahora acababa de depositar sobre su escritorio.

Tomando el primero, escaneó los datos anotados en la hoja y la foto adjuntada con un pequeño clip en la esquina derecha superior. Apartando la imagen, comenzó a leer. Sargento Kain Fuery, leyó. Experto en tecnología de comunicaciones. Si, lo recordaba. Él personalmente lo había apartado para posterior consideración debido a la forma en que el joven soldado solía tratar a sus propios subordinados. Y Roy necesitaba, y creía útil, algo de esa amabilidad en su equipo. Sin mencionar que su talento –que él había llamado Hobby- en comunicaciones, sería muy útil a futuro. Haciéndolo pasar. Lo observó ponerse de pie y saludar. Una alegre y optimista sonrisa en el joven rostro con gafas. Su actitud innegablemente entusiasta.

—Ah... Supongo que se podría decir que mi Hobby se convirtió en mi trabajo —sonrió, llevándose la mano hacia la frente—. Gracias por la promoción.

Asintiendo Roy lo despachó y tomó el siguiente de los papeles. Examinando la foto primero antes de pasar a los datos apuntados en la solicitud de traslado. Suboficial Vato Falman. Soldado trabajador y dedicado. Ah... Si... Lo recordaba, el hombre de la ridículamente asombrosa memoria enciclopédica y considerablemente buenas habilidades. Sin duda alguna, un hombre así le proveería grandes ventajas en su equipo y esas eran algunas de las razones por las que lo había elegido. Entre tantos otros

Pasando a la oficina, el hombre saludó formalmente y dijo —Ah ¡Si...! ¡Es un honor! —sonriendo, Roy lo despachó también con un movimiento de su mano. El hombre era excesivamente serio.

Tomando el siguiente formulario, observó la foto. Suboficial Heymans Breda. Seguro, lo concedía, el hombre parecía a primera vista un idiota pero sus habilidades en ajedrez y shogi habían probado que era todo menos eso. De hecho, Brada se había graduado con una de las mejores calificaciones de su clase y había demostrado ser un soldado completo. Sin mencionar sus aptitudes estratégicas y su agudo intelecto. En realidad, desde que había perdido en un juego de ajedrez una vez, Roy había considerado seriamente añadirlo a su equipo. Y finalmente lo había hecho.

Alzando la vista, observó al robusto hombre de cabello colorado erguirse y llevarse la mano a la frente, aunque en el frente de su uniforme podían verse algunas migas —Huh. Gracias —por supuesto, no era la persona más elocuente tampoco. Pero estaba bien, no era por su elocuencia por lo que lo había elegido de todas formas.

Haciendo otro gesto con la mano, tomó el siguiente y penúltimo papel. Suboficial Jean Havoc. Leyendo cuidadosamente el expediente. Havoc, él mismo había decidido sin la menor duda añadirlo a su equipo. Lo había conocido brevemente, tras su regreso al Este y el rubio había probado ser una persona leal y confiable. Una de las más leales probablemente que Roy había conocido, y aún cuando no era la persona más lista del mundo –lo concedía- Havoc solía compensar perfectamente su simpleza con ingenio y sentido común. Sin mencionar que era una de las tres personas que sabían de su ambición de convertirse en Fuhrer. Siendo las otras dos Hughes y...

Tomó el siguiente expediente, tras ver al rubio salir nuevamente de la oficina –cigarrillo en boca- y lo leyó detenidamente. No lo negaría, él mismo y por su cuenta había elegido al siguiente subordinado de entre todas las personas. Suboficial Riza Hawkeye. De entre todos los miembros de la milicia disponibles y lo había hecho en primer lugar sin siquiera detenerse a pensarlo. Sus habilidades de francotiradora eran aún extraordinarias desde la academia –razón por la que la habían enviado a aquel endemoniado infierno, en primer lugar- y ella era la única restante de las tres personas que conocían su ambición. Y él la quería allí, a su lado. Más aún tras todo lo sucedido. Más aún tras todo lo que habían vivido –sobrevivido- la quería en su equipo y en su inmediata proximidad. No lo negaría, era un deseo mayoritariamente egoísta y él tendía a ser un hombre egoísta así que negarlo no tendría mayor efecto en él que en nadie más. Además, de esa forma, podría tenerla a su alcance y asegurarse de que su vida no acabara tempranamente y de la forma en que ambos habían visto morir a muchos en la guerra. De esa forma, y siendo ella su subordinada, él podría protegerla. Tal y como le había dicho a Hughes. Es por eso que protegeré... a todos aquellos... que sean importantes para mi. Un subordinado debe proteger a sus subordinados y a su vez, ellos a los suyos. Eso es todo lo que podemos hacer los seres humanos.

Inhalando calmamente, le indicó que ingresara. Su mirada realizando una rápida inspección por su rostro y demás fisonomía para asegurarse que ningún daño le hubiera sido inflingido de la última vez que la había visto. Aliviado, aunque sin dejarlo entrever en sus facciones, la observó chocar sus talones, erguirse y llevarse la mano a la frente. Sus ojos caoba perforando los de él —Riza Hawkeye —su expresión una de compresión y entendimiento.

La expresión de Roy se tornó seria. Por un instante, y tras la guerra, había creído que ella desistiría finalmente de la milicia debido a todo lo ocurrido y retomaría una vida lejos de la vida militar. Sin embargo, y ahora que lo pensaba detenidamente, su conjetura probablemente no había tenido ninguna validez. No, había estado errado y no debería haberlo estado en primer lugar (pero todo había sido probablemente una expresión de deseo más que una válida conjetura). La conocía. Y sabía que ella jamás se apartaría de sus obligaciones y responsabilidades sólo porque no hacerlo sería infinitamente más fácil. Ella era fuerte, y decidida y Roy sabía que su corazón había estado siempre en el lugar correcto así como siempre lo había estado su brújula moral. Y quizá, solo quizá, la había elegido para su equipo por todas esas razones también. Pero no podía estar seguro.

Y no lo negaría, aún entonces. Aún con todo lo sucedido en Ishbal y en todos aquellos años, aún entonces quería besarla. Y quería hacerlo tanto como lo había deseado hacer la primera vez cuando él sólo había sido el discípulo de su padre y ella la hija del alquimista Hawkeye y solo habían estado ellos dos. Pero no lo hizo. No la besó y comprendía ahora que eso probablemente no fuera a ocurrir pronto tampoco –si es que alguna vez ocurría-. No, y él sabía que ella entendía también, él sabía que ella podía verlo y leerlo perfectamente en sus ojos. Riza Hawkeye siempre había sido capaz de leer sus facciones, de todas maneras, incluso cuando habían sido más jóvenes y no meramente soldados. Incluso cuando habían sido niños. Porque eso es lo que habían sido antes de ir a la guerra –sin importar las edades- niños.

Pero ya no lo eran. Y ambos reconocían la posibilidad de hacer las cosas bien cuando la tenían delante de sus ojos, así se interpusiera entre ambos. Y Roy y Riza sabían, ésta era esa posibilidad. Tenían la oportunidad de rectificarse, y la tomarían. Significara lo que significara para ambos. Aún así, Roy quería oírlo de sus labios. Necesitaba estar seguro de que lo que había decidido hacer era correcto. Aunque no lo dudaba tampoco, no realmente —¿Has elegido éste camino... a pesar de lo que ocurrió en Ishbal? —ella era la persona más confiable que conocía y había conocido a lo largo de toda su vida.

—Si —la guerra la había doblado pero no la había roto y no permitiría que nada volviera a hacerlo tampoco—, lo escogí por mí misma, y me puse éste uniforme por mi voluntad.

Desdoblando el papel con sus dedos, lo observó calmamente. Su silla girándose ligeramente a un costado —¿Cuál es su especialidad? —aunque suponía que tenía una vaga idea de la respuesta.

Ella no se inmutó siquiera al responder —Armas de fuego. Un arma de fuego es buena. A diferencia de una espada o un cuchillo, no deja la sensación de una persona muriendo en tus manos —sus palabras secas y seguras.

Los ojos de él se abrieron ligeramente, antes de suavizarse al volverse a verla una vez más —Eso es un engaño —susurró, y por un instante la conversación se revistió de una intimidad remotamente familiar. Sin embargo, como vino se fue—. ¿A sí que pretende engañarse a sí misma y continuar ensuciándose las manos?

Ella asintió a secas. Esa era su decisión, si. La de poner su propia vida a un lado y en una especie de alto para poder servir a sus sueños. Los de ella, y los de él. Para poder servirle hasta alcanzar su ambición —Correcto —aseguró—. Es tal como dice la alquimia... si éste mundo se rige por el intercambio equivalente... debemos atravesar el río de sangre cargando con el peso de aquellos que hemos asesinado... como precio para que las siguientes generaciones disfruten de la felicidad.

Entrelazando los dedos de sus manos delante suyo, apoyó su mentón sobre el dorso de ambas. Sus ojos cerrándose calmamente. Si, lo sabía. Lo había sabido perfectamente. Antes que él inclusive, ella había sabido el camino a seguir y había estado dispuesta a tomarlo. A sacrificarse y a sacrificarlo todo por ese objetivo. Por rectificarse, y para garantizar que ese sueño en el que él había creído fuera algo posible y no una mera utopía. Ella le cedería su tiempo, su esfuerzo y su vida y ya le había entregado su espalda también. Y él le entregaría lo mismo a cambio. Era intercambio equivalente, después de todo. Y ella no merecía menos que todo aquello. No, merecía más. Mucho más. Poniéndose de pie, apoyó ambas manos su escritorio —Te designo mi asistente —y vociferó su decisión de hacer aquello, así supiera que con tal decisión estaba sellando la relación de ambos. Así supiera que estaba distanciándola prudentemente de él también, en el proceso. Y lo sabía, Roy era perfectamente conciente de la decisión que estaba tomando y aunque no era una fácil de tomar era la única que quedaba para ambos. Era lo único que quedaba de ambos.

—Quiero que cubras mi espalda —aseguró, notando la ligera y sutil apertura de sus ojos caoba ante la sorpresa—, ¿lo comprendes? Si digo que dejo mi espalda en tus manos... significa que puedes dispararme por detrás en cualquier momento. Si algún día pierdo mi camino... mátame con tus propias manos. Tienes el derecho de hacer —afirmó, serio. Y ella sólo devolvió una expresión similar, comprendiendo al instante el significado de sus palabras—. ¿Me acompañarás?

Le estaba entregando todo, todo a cambio de lo que ella le había dado y como resultado lo demás sería dejado de lado. Apartado, y probablemente enterrado en el pasado. Y eso estaba bien también, Roy le había entregado lo más valioso que tenía de todas formas, su vida. La había dejado en sus manos, para que ella decidiera qué hacer con ella. Con su ambición. Para que ella juzgara sus acciones y lo detuviera de volver a cometer las mismas acciones del pasado. Si, eso estaba bien también. Después de todo, ella lo había seguido hasta Ishbal para protegerlo y salvaguardar su vida. Y él ahora había legitimado su decisión de hacerlo. Le había dado el derecho de hacerlo y esa confianza depositada en ella era mucho más valiosa para Riza que lo que él le había dado en Ishbal. Si, él dándole su vida era más importante. Y no se arriesgaría a poner en riesgo todo aquello por nada en el mundo.

No, así le costara arrancarse de él lo lograría. Después de todo, amor no era una palabra que elegiría para describir aquello de todas formas. No, palabras como esas no existían de dónde ellos venían, y tampoco probablemente lo hacía hacia dónde iban —Entendido —asintió—, lo acompañaré al infierno si eso es lo que desea.

Al fin y al cabo, ellos ya lo habían visto. Ella ya lo había visto. El infierno, allí en Ishbal. Y dudaba seriamente que las cosas pudieran tornarse aún peor a lo que lo habían sido. Dudaba seriamente que el infierno pudiera ser peor. Así que simplemente lo seguiría, sin cuestionar. Allí a dónde él fuera, hasta el fin del mundo inclusive sólo por esa ambición. Sólo por ese sueño que los mantenía vivos. Y protegería su espalda, así tuviera que volver a mancharse las manos para hacerlo. Una y otra y otra vez, lo haría. Simplemente porque él lo valía.

Si, lo valía. Y si alguien preguntara por qué lo había hecho, seguirlo, Riza habría dicho que para protegerlo. Para protegerlo a él y a su sueño hasta que él alcanzara su tan ansiada ambición. Pero nadie la obligaba a hacerlo. Sólo lo hacía por su propia voluntad. No, ella había escogido asesinar a todas aquellas personas... y de necesitarlo, jalaría el gatillo una y otra vez. Sin pestañar. Sin vacilar. Hasta que ambos finalmente arribaran a la cima, juntos.

Eso era todo lo que había de ellos, y probablemente todo lo que habría también. Pero era más que suficiente. Para ella, para él. El saber que ambos estaban vivos y respirando, y juntos, era más que suficiente. Si... era incluso más que suficiente.

Era algo que ninguno de los dos daría por sentado.

Soy un humano sin poder. Por eso, necesito de tu ayuda para poder proteger a todos.

Protegeré sus vidas. Y ustedes protegerán sólo a los que puedan... aún si son sólo unos pocos..., protejan a esos que están por debajo de ustedes. Y ésos que están debajo de ustedes también protegerán a los que estén debajo de ellos.

Si, los esfuerzos de una persona no significan nada... Entonces daré todo lo que tengo aún si se trata de algo muy insignificante... para al menos proteger a mis seres queridos...

Aquellos de arriba velando por los que se encuentran por debajo...

No importa lo que suceda, la vida continúa para sobrevivir codiciosamente... Vivamos y cambiemos éste país juntos...

...eso es algo que incluso los humanos podemos lograr...