Mujeres hermosas aquí les dejo el final de la historia, díganme si les gustó y si subo otra
Esta historia no me pertenece es Michelle Reid y los personajes son de stephenie meyer
muchas gracias por leer
Nessa
Capítulo 11
ERA muy tarde cuando el coche regresó. Bella estaba sentada en una de las sillas de la terraza vestida con un confortable abrigo. Le había esta do esperando durante horas.
Sin duda, Edward la había reconocido puesto que le dirigió una ráfaga de luces, de camino a los garajes. Pero pasaron minutos hasta que el hombre se reunió con Bella en la oscuridad.
Nada más distinguir su silueta, ella no pudo evitar sentir un escalofrío.
—Veo que todavía sigues aquí... —dijo Edward.
—Antes de marcharme tengo que hacerte una pre gunta —arguyó Bella—. Por eso decidí esperar a que volvieras.
—¿Quieres decir que hemos omitido alguna menti ra más? —preguntó Edward en tono burlón.
—Puede que tengas razón —respondió Bella—. No estoy segura. ¿Por qué no te sientas y charlamos tranquilamente? Es difícil ponerse a hablar con alguien que te está despellejando viva con la mirada.
—Desembucha —le ordenó Edward.
Pero, llegado el momento de hablar, se quedó sin valor para hacerlo. ¡Qué ironía! Después de esperarlo durante horas...
—¿Lo has pasado bien esta noche? —le preguntó tratando de reunir fuerzas.
Edward se volvió hacia el perfil de Bella, estaba muy pálida.
—¿Esa es la pregunta que me querías hacer, o solo la introducción? —preguntó él.
Estaba claro que no se lo iba a poner fácil a Bella.
—Quiero que sepas, Edward, que no soy una per sona cruel o rencorosa —adujo ella—. No he tenido la intención de herirte a propósito.
—Es obvio que no se trata de una pregunta —co mentó él.
Molesta, Bella decidió ir al grano.
—¿Has hecho el amor conmigo todos estos días por el simple hecho de practicar el sexo? ¿O realmente yo te importaba algo y además has hecho el amor conmigo?
—Contigo no he practicado el sexo, únicamente — contestó él.
Bella suspiró profundamente.
—Entonces, ¿puedo quedarme, por favor?
Pareció que aquellas palabras le hubieran herido en lo más profundo.
—Dijiste que tenías que hacerme una pregunta, no dos —arguyó él.
—Me iré si tú me lo pides, pero yo prefiero quedar me, es más, necesito quedarme contigo —insistió Bella.
—Y con Nessie, claro —repuso Edward cínica mente.
Bella lo fulminó con la mirada.
—No metas a Nessie en esto —agregó ella—. Lo que es mejor para ella nada tiene que ver con nuestra conversación. Yo estoy hablando de lo que necesito yo y de lo que voy a hacer yo.
—Y quieres quedarte —adujo Edward—. Me parece muy honroso teniendo en cuenta con quién lo vas a hacer.
—¿Acaso pretendes ser desagradable para que me vaya sin que me lo pidas? —dijo Bella.
—Pensé que ya te lo había pedido.
Viendo su gesto de dolor, Edward suavizó el tono.
—Escucha, Bella. Eres una persona generosa, ama ble y cariñosa —prosiguió él—. Además, eres joven e increíblemente bella. Si te marchas ahora, pronto recu perarás las riendas de tu vida. Seguro que encuentras a un hombre maravilloso que colme de amor tu corazón. Pero yo no soy ese hombre. Soy demasiado mayor, brusco y cínico como para complacer a una persona tan bella y perfecta como tú.
—Pero con eso no estás diciendo que te gustaría es tar en el lugar de ese hombre —añadió Bella—. Si no que no crees poder ser como él.
Edward lanzó una carcajada triste y apagada.
—Olvidé decir que también eres testaruda —dijo él—. ¿Por qué no facilitas las cosas aceptando que no permitiré que te quedes a mi lado?
—Porque te quiero —respondió Bella—. Aunque no creo que te lo merezcas. Porque si no, no me harías sufrir de este modo. Y si lo que intentas es ser duro para hacerme bien, ya me encargaré yo de hacerte daño a ti.
—Está bien —convino Edward—. Pero, sigo opi nando lo mismo.
Parecía tan resuelto a salirse con la suya que el co razón de Bella dio un vuelco.
—O sea, ¿qué si me voy ahora y dejo a Nessie aquí, eso te hará feliz? Porque claro, eso era lo único que tú perseguías, después de todo...
La tensión se mascaba en el ambiente. Impulsiva mente, Bella se levantó.
— ¡No! —exclamó Edward finalmente.
—De acuerdo, Edward, te lo diré de otra forma — arguyó Bella—. ¿Tú crees que por el hecho de que no te pueda dar un hijo nuestro amor no tiene importan cia?
—Eso es una pregunta estúpida —respondió él.
—No lo es, sobre todo cuando no hemos visto el re sultado del test de embarazo. Además, si crees que lo primero que le voy a hacer a mi príncipe azul es reali zarle una prueba de fertilidad...
—No digas tonterías —repuso Edward—. Deberías aceptar simplemente, que no quiero que estés conmigo.
—Entonces, ¿por qué me estás apretando tanto la mano en estos momentos?
De inmediato, Edward le soltó la mano.
— ¡Ya es suficiente! —exclamó él poniéndose de pie.
—Tienes razón, me iré a la cama a soñar con un príncipe azul lleno de espermatozoides fértiles —afir mó Bella—. A lo mejor me despierto y me voy. Sería todo un placer después de mi sueño...
Y sin más, ella se levantó y caminó hacia el interior de la casa, dejando a Edward sentado en la penumbra, mudo en su terquedad.
Bella subió a su habitación, se desnudó y se metió en la cama esperando una posible reacción por parte de Edward.
Un par de minutos después, Edward entró en su dormitorio y a continuación, se abrió la puerta que daba al de Bella.
—Aquí está lo que pretendías —afirmó el hom bre—. Querías que me enfadara y estoy enfadado. Que rías que estuviera celoso y lo estoy, maldita sea.
—¿De mis sueños?
—De todo lo que tiene que ver contigo —dijo él be sándola con pasión.
Entonces comenzó una batalla por ver quien excitaba más al otro, conociéndose cada uno como se conocían. Él la besó, la lamió y la acarició haciendo emerger toda su sensualidad. Y ella le contestó haciéndole perder el control de tanto como lo besó y acarició con la suave ur gencia que le inspiraba el deseo.
—¿Mi príncipe azul me hará sentirme tan bien como ahora? —preguntó Bella en un susurro.
La inocencia de sus palabras aumentó la excitación en Edward con un poder tremendo, incluso excesivo.
El hombre respondió penetrándola con una entrega que rayaba en la locura.
Cuando iban juntos camino del climax, Bella creyó oír un gemido angustiado y se dio cuenta, con un ligero sentimiento de culpa, de que era Edward quien lo ha bía emitido.
—Entonces, ¿no me marcho mañana? —preguntó ella, mientras yacía en el regazo del hombre, fuerte mente abrazada por sus atléticos brazos, como para im pedir su huida.
—Te quedas hasta que quieras irte de aquí —res pondió Edward—. Me niego a aceptar algo más de ti.
«¡Qué magnánimo!», pensó Bella y se soltó de sus brazos para dirigirse al cuarto de baño. Cuando volvió llevaba algo escondido en la mano. Él no se dio cuenta, absorto como estaba contemplando su figura a medida que se acercaba a la cama.
—Tengo algo que decirte —le confesó Bella—. Pero tienes que prometerme que no te vas a enfadar.
—Es una petición extraña —afirmó Edward, cru zando los brazos bajo su nuca—. ¡Ya me estoy enfa dando con solo pensarlo!
—Le he pedido a Jacob que me llevara a ver a un médico en la ciudad.
Edward estiró los brazos de inmediato y con ellos estrechó la cintura de Bella.
—¿Por qué? ¿Te ocurre algo?
—Me ha examinado, y ha confirmado mis temo res... —repuso Bella—. Edward, tú sabes que te he sido fiel, ¿verdad?
—Por supuesto que lo sé —adujo Edward impa cientemente—. Dime que pasa, por favor.
—Mi útero está dilatado —afirmó Bella—. Me ha hecho varios análisis... Estoy embarazada.
— ¡Pensé que habíamos quedado en que no lo harías! —exclamó él poniéndose a caminar por la habitación.
—De seis... semanas exactamente —continuó Bella entrecortadamente—. Edward, necesito que tú...
—¿Cuántas veces tengo que pasar por este infierno? —preguntó él—. Es imposible que estés embarazada. Soy estéril.
Bella se sentó sobre la cama abrazándose las pier nas bajo la barbilla.
—El doctor me dijo lo mismo —murmuró ella. Edward continuó maldiciendo en griego.
—Además, dijo que aún se sabe muy poco acerca de la esterilidad masculina. Solo me contó que acaban de descubrir que el número de espermatozoides en un hombre puede variar a lo largo de un mes.
—No quiero oír hablar de eso... —insistió Edward, tambaleándose como si estuviera bebido.
—Dijo que solo te hicieron un análisis, y que debía de haber sido un día de mala suerte.
—¿Un día de mala suerte? —repitió Edward, mi rándola con una expresión tan hostil que la hizo enco gerse—. Viví cinco años de mala suerte continua du rante mi matrimonio, Bella. Trata de imaginártelo.
—Según parece, el médico también era el doctor de la familia de Esme.
—No, nuestro médico de cabecera es otro.
—Pero este era el médico de la familia de Esme cuando ella estaba soltera —añadió Bella—. Quiere hablar contigo en privado. Dice que tiene que contarte algo confidencial acerca de Esme...
En Edward se operó una reacción particular que le hizo dirigirse a su dormitorio sin decir una palabra.
Bella languideció como un cisne moribundo. Su corazón comenzó a latir desordenadamente y tuvo difi cultades para respirar. Su mente se bloqueó repentinamente. No podía dejar de pensar en la expresión del rostro de Edward.
De pronto, Bella notó una presencia a su lado en la cama.
—Llámalo —le ordenó Edward.
—¿Qué llame a quién?
—Al doctor —respondió él, tendiéndole un teléfono móvil.
— ¡Pero, si es medianoche! —exclamó Bella.
—Pues, despiértalo...
Y tomando el teléfono, él preguntó:
—¿Cuál es su maldito número?
—No sé... —contestó Bella—. Lo único que hice fue pedirle a Jacob que me llevara a verlo...
—Pues su nombre, entonces. Seguro que sabes como se llama.
—La tarjeta de la consulta —recordó súbitamente, Bella—. Está en el tocador.
Cuando finalmente la encontró, Edward marcó el teléfono nerviosamente.
Bella no podía soportar la tensión. Se levantó de la cama y se metió en el cuarto de baño, sentándose en el retrete. Oyó la conversación en griego y luego volvió en silencio. Ella siguió sentada en el mismo lugar hasta que tuvo frío y se levantó para ponerse el albornoz. Dio un par de suspiros, y se dirigió al dormitorio.
Edward estaba sentado en un borde de la cama, con el rostro cubierto por las manos. Bella no había visto nunca a un ser más desvalido.
Sin pensarlo dos veces, se acercó a él y lo rodeó con sus brazos tiernamente.
—Ella me mintió —murmuró Edward con voz ronca.
—Lo sé —asintió dulcemente Bella.
—Sabía antes de casarnos que era estéril, y sin embargo, me hizo pasar todo ese tormento... Mes tras mes. Hizo que me sintiera inútil e impotente.
—Ella debió de correr un gran riesgo permitiéndote hacer el análisis.
—No creas, el tormento habría continuado de cualquier manera. Si el resultado hubiera sido fértil, tendría que haber hecho los mismos esfuerzos para quedarse encinta. Y si el resultado era estéril, habría tenido que seguir rogando a Dios por un día de suerte, como siempre hacía.
Edward se estremeció.
—Al final no me atrevía ni a tocarla —prosiguió el hombre—. Me sentía culpable y fracasado. Creo que mi retirada brusca después de hacer el amor la última vez fue lo que la incitó a quitarse la vida.
Y que le había dejado una sensación de fracaso con la que tendría que aprender a vivir, pensó Bella triste mente.
—Lo siento mucho —murmuró ella. Él se encogió de hombros.
—¿Por qué tendrías que sentirlo? —preguntó Edward—. Más bien sería yo el que tendría que pedirte disculpas a ti.
—Puedo comprenderlo —repuso Bella.
—Estás embarazada... —murmuró Edward de pronto.
—Sí —asintió Bella—. ¿Estás contento?
—Pues, un poco sorprendido.
—Tengo algo para ti —dijo Bella tomando la vari ta del test de embarazo, y dándosela—. Es nuestro hijo. ¿Qué quieres que sea niño o niña?
Entonces, Bella pudo comprobar como le embarga ba la felicidad a Edward. Resultaba difícil de creer que un simple objeto le hubiera puesto tan furioso minutos antes, y le hiciera tan feliz en aquellos momentos.
Edward tomó a Bella en brazos y la subió a la cama, abrazándola tiernamente.
—Desde el primer momento que vi tus bellos ojos, mientras estabas tirada en aquella calzada lon dinense, supe que ibas a ser muy importante para mí — afirmó él—. Pero nunca me pude imaginar que ibas serlo de este modo.
—A ver lo que sientes —le incitó ella a poner su mano sobre el vientre, todavía plano.
Y enseguida se miraron ambos a los ojos alcanzan do la plenitud.
—Te voy a querer hasta el final de mis días —le confesó Edward—. Y jamás te dejaré marchar.
—Por si no lo has notado, he sido yo la que ha in sistido en quedarse... —bromeó Bella.
—Testaruda —la acusó él cariñosamente.
—No, enamorada.
Entonces, Edward la besó con ternura, jurándole amor eterno.
Marco Cullen nació una calurosa mañana de verano.
Su madre estaba agotada, pero no quería dormirse. Estaba demasiado ocupada observando a Edward que estaba sentado a su lado, con Nessie sobre una pierna y el pequeño en su regazo.
Los estaba presentando con voz paciente, para que ambos pudieran entender sus palabras. De hecho, Nessie lo hizo porque inmediatamente después acarició con su mano la mejilla del bebé. Este se parecía mucho a ella cuando nació.
A Bella se le puso un nudo en la garganta al ver ese acto tan entrañable en un ser tan pequeño. Edward también se enterneció y enseguida besó la mano de la niña.
Al levantar la mirada, captó la de Bella que le son rió dulcemente. Pero él no lo hizo. Estaba demasiado emocionado como para poder sonreír.
—Estoy colmado de felicidad —afirmó él.
Con eso bastaba para expresar sus sentimientos en aquellos momentos. Como Bella necesitaba contacto físico con el propietario de aquellos sentimientos, hizo reposar una mano sobre el hombro de Edward. Este la acarició con su mejilla, mientras su atención volvía a dirigirse hacia sus hijos.
Y esa fue la última imagen que vio Bella antes de dormirse: su amor, toda su alegría en aquel preciso instante. Su vida también estaba colmada de felicidad.
FIN
