Finalmente comienza la parte de Mello.

Advertencia: Este capítulo ha quedado algo fuerte, y lo he pensado así desde el principio. A decir verdad, me hubiese gustado que quedase aún más fuerte... pero es lo que salió.

Que lo disfruten...


Mello

El hijo de la Grosse Freiheit

Jamás sintió vergüenza por haber salido de aquel vientre, aunque más de uno le hubiese sugerido que debía sentirla. Podría haberse avergonzado de ser mediocre, o imbécil, o ignorante, como muchas de las tantas personas que había tratado y con las cuales, por fortuna, no compartía tales condiciones. Pero no de aquello. Quizás hasta se sentía orgulloso de la miserable vida que le había tocado, pues había logrado sobrevivirla como seguro ninguno de los que se burlaban o desaprobaban semejante orgullo hubiese podido. Definitivamente, él no se consideraba denigrado por ser un hijo de puta.

Después de todo, la gente que conoció en su niñez solía relacionar el hermoso dorado de su cabello y su astuta mirada azulina con los genes de su madre. Los que en susurros la criticaban por haber traído al mundo a una criatura como él en el sitio pútrido y bajo donde había nacido eran unos ineptos buenos para nada. Ella era una mujer fuerte, a pesar de que durante algunas noches silenciosas, junto con el silbido del viento frío del Elba colándose por entre las rejas de la ventana diminuta, creía oír sus sollozos.


—¿Qué edad tienes?—le preguntó el viejo. Semejante figura robusta e imponente podría haber causado el mismo miedo que ese ojo izquierdo, ciego y blanco como si perteneciera a un muñeco. Pero su porte, más amable que temible, lo instó a contestarle firme y sin titubeos:

—Pronto cumpliré siete.

—¡Seis años!—exclamó, casi burlón, casi espantado. —¿Y dónde está tu madre, pequeño?

—Está muerta. La mataron.

Frente a la respuesta del niño, el viejo exhaló un suspiro y curvó sus labios hacia abajo.

—Pobrecillo—se lamentó, acariciando con su mano enorme la cabellera de oro. —Viéndote a ti, puedo adivinar que se trataba de una mujer bastante bonita. Por desgracia, las cosas bonitas no duran mucho por estos lugares. Sé de hombres a los que les da placer ir por allí matando criaturitas como tú. Oh, no te asustes, yo no soy uno de ellos. Dime, ¿te gustan los dulces que te han convidado los demás niños?

—Saben bien. —dijo antes de desviar la mirada. Su orgullo no le permitía confesar que aquellos que le habían regalado sus nuevos amigos eran los dulces más deliciosos que jamás había comido. A decir verdad, exceptuando los que le regalaban en la calle o los que había hurtado de las tiendas, no había probado muchos. La promesa de su madre de llevarlo a una dulcería en cuanto salieran se había extinguido la noche en que esos dos hombres de traje terminaron con su vida.

—Claro que saben bien. Yo se los he regalado, y te aseguro que no podrás encontrar ninguno que se le compare aquí en Hamburgo. ¿Qué digo? En toda Alemania.

Dicho esto, sacó una pequeña bolsa de nylon transparente de uno de los cajones de la mesa que estaba a su lado.

—Klaus me ha dicho que te encanta el chocolate. Ten. Te la regalo.

Una hilera de grandes dientes amarillentos se asomó detrás de una amplia sonrisa. El pequeño tomó la bolsa con sus dos manitos diminutas y se regocijó al notar que estaba llena de las tabletas de chocolate que su compañero solía darle.

—Puedes volver en cuanto te las termines y quieras más. —le ofreció el viejo, apoyando su calva nuca en el respaldo del sillón floreado.

—Gracias, señor.

—Otto. Llámame Otto. Y cuando tengas algún tipo de problema, no dudes en acudir a mí, mi pequeño Mihael.

Salió del antiguo caserón corriendo, abrazando con fuerza la preciada bolsita. Recordó enseguida el camino de regreso, así que apresuró el paso hasta encontrarse frente al río.

Le gustaba el puerto, casi tanto como las calles que desembocaban en él. A veces le recordaba a su madre y a las pocas caminatas que habían compartido juntos por esas zonas tumultuosas. Otras, simplemente le divertían el aroma a café y la música de diferentes estilos que sonaba en los bares. Además, siempre había una prostituta con instinto maternal frustrado que le regalaba comida, o un turista idiotizado por las piernas y escotes que ofrecían las vidrieras al cual resultaba pan comido robarle la billetera abultada. Así había conocido a Gerd y a Klaus. También a otros niños y alguna que otra niña, pero no le interesaba demasiado acordarse de sus nombres.

En cuanto logró hallar un sitio adecuado, cómodo y con buena vista, se sentó, hecho casi un ovillo, a degustar su tesoro. Después de desatar el nudo de la bolsa con escasa paciencia, comenzó a quitarle el envoltorio brillante a la primera de las barras. Luego a la otra y a la otra. Habían pasado apenas unos pocos minutos y tenía las palmas de las manos, ya de por sí llenas de mugre, cubiertas de cacao derretido y pegajoso. Claro que, entre bocado y bocado, no dejaba de mirar a ambos lados por si alguno de los chicos se acercaba. Ahora contaba con la prueba de que finalmente era parte del grupo y no volvería a depender de ninguna caridad para obtener sus propios dulces, y hasta se había encargado de guardarse uno de los chocolates en el bolsillo como prueba. Tendría que controlar sus ganas de devorarlo en segundos como a los otros.

En general la pasaba bien con la pandilla. El mejor momento del día era aquel en el que, luego de haberse hecho de un buen botín y huido dos o tres veces de algún policía torpe, se echaban a observar los barcos mientras fumaban o saboreaban golosinas. Klaus, que debía ser un poco mayor que él, no había tenido problemas hasta entonces en compartirle sus tabletas de chocolate. No era muy alto, ni tampoco muy corpulento. En realidad, la poca comida que ingería se le notaba en las costillas chupadas. Pero el hecho de que lo superara por varios centímetros y años era suficiente para que lo defendiera durante las peleas. Con frecuencia se pasaban juntos tardes o noches enteras, alejados de los demás, jugando o curioseando en la basura de los burdeles cercanos. A Klaus también parecía agradarle el puerto. En especial cuando el cielo estaba claro y los extranjeros se dispersaban por doquier como hormigas, él aseguraba que en cuanto creciera sería marinero para tripular un barco que lo llevase lejos. Pero Klaus era un poco tonto. Los niños como ellos no se volvían marineros.


—¡Qué rápido has vuelto! ¿Ya te los has terminado?

Asentía con cortos y rápidos movimientos de cabeza. Otto seguía acomodado en su sillón floreado, con la nuca hacia atrás y los poderosos brazos rígidos a los costados. Si le hubiesen dicho que nunca se había levantado de allí, o que nunca se levantaría, lo habría creído.

—¿Y bien? ¿Qué tienes hoy, pequeño?

Hurgó entre sus bolsillos viejos y agujereados. De ellos extrajo un pequeño reloj plateado, dos billetes arrugados y una tarjeta de plástico, los cuales dejó sobre la mesa de siempre. El viejo entornó los párpados y se mantuvo un rato observando los objetos, hasta que abrió el segundo cajón(el primero estaba destinado únicamente para los dulces) y los arrastró allí dentro.

—Mihael, eres el único que viene a visitarme a diario. Sabes que eso me pone muy feliz, pero no puedo darte chocolates tan seguido si sólo me traes esto.

Mihael se encogió de hombros, frunciendo los labios y resoplando con fuerza.

—Ya no es temporada alta y queda poca gente en la calle.

Sabía que en cuanto terminase de excusarse, esa mano enorme le revolvería el cabello en señal de cariño. Sin embargo, no tuvo lugar gesto semejante, sino que dicha mano desvió su camino en dirección a su cuello descubierto.

—¿Qué tienes ahí?

La pregunta lo estremeció un poco. Instintivamente dio un paso hacia atrás, liberándose del contacto incómodo.

—N-nada—mintió mientras apretujaba la tela sucia de su camiseta. Sin duda Otto tenía buen ojo(sólo uno) para haber notado aquello y, aunque había sido cuidadoso al ocultarlo entre los pliegues de su vestimenta cada día, el clima pesado y caluroso lo traicionaba.

—Vamos, niño. No querrás hacerme enfadar, ¿verdad? Enséñame lo que llevas al cuello.

No le temía a Otto ni a su enfado ni a ese ojo blanco suyo. Pero sus chocolates le encantaban y le resultaría irritante ser el único del grupo que no contase con su simpatía y sus obsequios. Así que, finalmente, tuvo que acceder a mostrarle el rosario que escondía bajo la ropa. Como no vestía chaqueta ni suéter, sus pequeñas cuentas carmesíes eran fáciles de percibir aquella tarde de elevadas temperaturas.

—Umm... ¿Te gusta? ¿Es por eso que no querías enseñármelo?

La voz de Otto, más que a enfado, sonaba a curiosidad. En realidad, nunca se había puesto a pensar si valdría algo de dinero o si se trataba de una baratija. Tampoco era de su interés averiguarlo.

—Pertenecía a mi madre.

—¡Oh! No sabía que guardaras algo suyo. Pero qué chico más lindo.

No lo hacía. De su madre no le había quedado nada, excepto por los recuerdos en su celda fría. Aquel rosario se lo había robado a un anciano que había caído a la calle, desmayado por tanto beber, luego de haber pasado una noche típica de lujuria. El resto de las cosas que había encontrado en su bolso y en su saco los había cambiado hacía ya buen tiempo por varios paquetes de cigarrillos. Pero el rosario le recordaba, de cierta forma, a una joya que ella usaba.

—De acuerdo, puedes quedártelo. Igualmente no hay nada que yo pueda hacer por ti si me sigues trayendo objetos de tan poco valor. Sabes que amo verlos felices, pero no puedo traerles golosinas buenas y costosas con sólo mi amor.

El pequeño rubio permaneció en su lugar, dejando que su mirada bailara por todas las manchas de humedad de la habitación y que sus deditos jugasen con las brillantes cuentas del rosario. Conocía, por experiencia propia y por lo que le habían contado los demás niños, la intención de Otto. Él jamás se quedaba sin dulces. Sólo había que encontrar algún objeto que le interesase o un fajo de billetes lo suficientemente gordo como para que éste aceptase recurrir a su "reserva de emergencia". A él no lograría engañarle.

—Aunque... Si haces algo por mí, quizás sí pueda llegar a conseguir esos chocolates que tanto te gustan.

—¿En serio?—preguntó, fingiendo sorpresa.

—He dicho quizás. Ven; acércate—le dijo, palmeándose el regazo.

Obedeciendo el ademán, Mihael se sentó sobre sus muslos. Allí lo recibieron aquellas extremidades gruesas que lo envolvieron con fuerza, casi al punto de asfixiarlo.

—Hueles tan bien... Puedo darte una gran cantidad de chocolates si haces lo que te pido—susurró el hombre, respirando pesadamente cerca del rostro del chiquillo mientras continuaba tocándolo y despeinándolo. —Pero con la condición de que no le digas nada a tus amigos.

—No les diré—aseguró.

Mihael ya conocía ese juego que tanto parecían disfrutar los adultos. Lo había presenciado decenas de veces en las calles donde los faroles no alumbraban. No hacía falta que Otto lo disfrazara con palabras con el fin de que pareciera otra cosa. En cuanto éste se bajó la cremallera, luego de haberle quitado hasta la última de las prendas, supo exactamente que debía hundirse entre sus piernas para que le regalase una buena cantidad de sus amados chocolates.


Se le habían caído varios paquetes durante su apresurado retorno por la calle Grosse Freiheit. Las prostitutas, exhibiendo hasta el último de sus encantos, sus pieles refulgiendo en una variedad de colores a causa de las luces de neón, lo miraban con ternura y de vez en cuando le dedicaban alguna palabra atrevida. Los policías, en cambio, al verlo correr con las manos ocupadas y los bolsillos llenos, le dirigían miradas cargadas de sospecha. Por suerte, no tuvo ningún contratiempo para llegar a uno de los tantos almacenes abandonados del puerto. Allí se sintió lo suficientemente seguro como para relajarse y admirar su botín.

Jamás había visto tanto chocolate junto, sin contar al que se encontraba en las vidrieras de las dulcerías. Pensaba, no sin cierta contrariedad, que no le sería posible comérselo todo sin que le diera una buena indigestión, pero tampoco podía llevarlos por ahí como si nada. Los de la pandilla le preguntarían de dónde había sacado semejante cantidad, y decirles que los había robado, puesto que bien sabían que aquél era imposible de conseguir en las tiendas de la ciudad, no era una idea muy brillante.

Entonces, el nombre de Klaus se le vino a la mente. Tal vez debería confiar en él y contárselo. Al fin y al cabo, era el único con el que no tendría tanto recelo de compartir sus ganancias.


Los días de tormenta en Hamburgo eran más que comunes. En ellos, las calles se volvían notoriamente solitarias y la música de los bares se apagaba por el sonido de la lluvia y de las olas estrellándose contra la costa. Los vientos furiosos tranquilizaban al corazón de Mihael, que siempre, con o sin razón particular, se hallaba agitado.

Aún le quedaban algunas reservas de chocolate. Ya no necesitaba delinquir con tanta asiduidad, pero continuaba haciéndolo para no aburrirse y también para seguir demostrando sus habilidades y su astucia frente a los demás chicos.

Con el cuerpo empapado y los zapatos llenos de barro, caminaba buscando algún entretenimiento momentáneo o un bocadillo que no tuviese cacao entre sus ingredientes. De pronto sintió frío. La temperatura descendía y las gotas se hacían cada vez más espesas.

—¡Hey! ¡Mihael!—oyó que lo llamaban.

Apenas terminó de darse vuelta, luego de haber reconocido a los de su pandilla, sintió que alguien le metía rápidamente las manos en los bolsillos.

—Aquí estabas, pendejo. Últimamente no te vemos mucho—dijo en tono fanfarrón Gerd, quien era el mayor de todos y, por lo tanto, autoproclamado líder. —Así que tienes tanto chocolate... A ti que te encanta y te lo tragas todo apenas vuelves de lo de Otto.

Los demás chicos que lo rodeaban lo miraban con rostros impresos de enojo o de burla. Tuvo la necesidad de huir, pero sabía que no llegaría demasiado lejos. La ronda de niños prepotentes ya se había cerrado alrededor suyo.

—Estaba indigestado... No he estado comiendo mucho.

—¡Ja! ¡Y quieres que te creamos esa mierda!—exclamó el líder, adelantándose para darle un empujón que lo dejó tirado sobre el charco de agua en el que se había convertido la calle.

Mihael se levantó enseguida, sabiendo que de no hacerlo, pronto los tendría a todos encima. Como era pequeño, no le costó escabullirse entre ellos ni impartir algún que otro golpe. Ya dos se encontraban gimiendo por las heridas que les había inferido, cuando finalmente lograron inmovilizarlo, sujetándolo por los brazos desde atrás. Lo siguiente fue un golpe dirigido directamente a su estómago.

Desesperado, buscó a Klaus con la mirada. Lo encontró, ubicado detrás de la multitud de niños exaltados, con la cabeza gacha y las manos en los bolsillos.

—Tu príncipe no te salvará esta vez, princesa—volvió a hablar Gerd, sarcástico. —¿O quién crees que nos contó lo que haces con el viejo Otto para conseguir bolsas enormes de dulces? Con esa boquita pequeña que tienes... ¡Carajo! ¡Sí que eres asqueroso!

Continuó recibiendo puñetazos y patadas de todos sus compañeros y en todas las partes de su cuerpo. Mientras tanto, no le quitaba los ojos de encima a Klaus. Su actitud demostraba una mezcla de arrepentimiento con impotencia. Pero nada indicaba que estuviese dispuesto en lo más mínimo a ayudarle.

Lo dejaron caer al suelo, ya ensangrentado y adolorido al punto de no poder moverse. Oyó el grito de una de las niñas y, en cuanto levantó la vista, divisó el filo de la navaja que Gerd había sacado.

—¡Ya déjalo, Gerd!—exclamó ella, sacudiendo al dueño del arma.—¿Qué tienes pensado hacer?

—¡Tú no te metas, zorra! Además, no voy a hacerle nada que no le agrade... Quítate la ropa si no quieres quedar tan desfigurado que ni Otto querrá verte.

Mihael se protegió la cabeza con las manos y se hizo un bollito. No estaba dispuesto a darles el gusto, por más armados y fuertes que fuesen. Jamás se humillaría por su propia voluntad ante esos brutos.

—Con que no quieres, ¿eh? Bien... ¡Ustedes, háganlo!

A pesar de sus intentos de resistirse, el cuerpo le dolía demasiado como para luchar. En pocos minutos, se encontró completamente desnudo y muerto de frío en el callejón donde lo arrastraron. Allí, Gerd, con sus trece años y su miembro pequeño, lo obligó a hacer aquello que Otto jamás le había hecho. Si varias manos no le hubieran estado tapando la boca en ese momento, su grito de agonía se habría escuchado por todo el barrio. Con la cara aplastada contra el pavimento, sintiendo el metálico gusto a sangre en los labios y sus últimos rastros de inocencia siendo mancillados una y otra vez, apenas se dio cuenta cuando las bolitas del rosario, cuyo crucifijo tenía incrustado lacerantemente en el pecho, rodaron en todas las direcciones hasta perderse de vista.

Luego de que el mayor hubiese terminado con su tortura, mientras seguía siendo víctima de todo tipo de insultos, escupidas y golpes, continuó gritando a pesar de que hacía rato ya había perdido la conciencia.

Continuará...


... y tenía que ser así para justificar que el comportamiento de Mello para con los pobres angelitos de Wammy's House(entiéndase, Matt y Near) no fuese algo taaan inverosímil.

También creo que siendo como es Mello, un personaje con tanta facilidad para moverse en las sombras(y tan sexy xD), me parece bastante creíble que se hubiese criado en una zona roja, ¿verdad?

Yo por las dudas me justifico jaja

Ahí se ven.