Nota: ¡Hola! Os escribo aquí para haceros una recomendación sobre el capítulo. Como supongo que recordáis, en la historia, Rachel está practicando para presentarse al casting de "El Fantasma de la Ópera", que es un musical de Andrew Lloyd Webber. Bien, llegados a este punto, os anuncio que algunos de los próximos capítulos se titularán y mostrarán ciertos paralelismos con canciones del musical. Este, en concreto, es mi favorito de todos los que he escrito hasta ahora y os recomiendo que busquéis la canción "The Point of No Return" de The Phantom of the Opera, dado que es la que Rachel y Quinn van a cantar al final del capítulo y la escuchéis, porque creo que con ella se entiende mejor lo que está pasando en ese momento. Muchas gracias por vuestra atención y espero que lo disfrutéis :).


11. El Punto Más Crucial

Rachel Berry caminaba presurosa por las pulcras aceras de Amsterdam Avenue, buscando con ojos distraídos el restaurante The Bagel Basket, el lugar donde había quedado con Kurt para almorzar después de que ella hubiese terminado su sesión de ensayo y él hubiese regresado de comprar con un compañero con el que mantenía una relación bastante menos sana que la amistad.

Para almorzar, sí, le apetecía muchísimo devorar sin miramientos uno de esos enormes y deliciosos platos de ensalada que servían en The Bagel Basket. Quizás lo acompañase con un batido de chocolate. Normalmente, no se permitía abusar demasiado de las calorías, y sin embargo, aquel día necesitaba una concesión desesperadamente. Y es que, su cita con Kurt iba más allá de la inocente charla que habitualmente mantenían después de clase. No.

Rachel iba a contarle cómo la noche anterior, Quinn y ella habían alcanzado el punto más crucial.

Crucial porque significaba que se habían delatado mutuamente. Crucial porque habían dejado caer sus gruesas máscaras de carnaval para encontrar detrás de ellas a dos mujeres que como cualquier otro ser humano se dejaban perder por el apetito carnal y los sentimientos descontrolados. Crucial, porque ya no hubo miedo, ni incertidumbre, crucial porque Rachel Berry se vio envuelta por la certeza de que hiciese lo que hiciese, ya era demasiado tarde: Se sentía atraída por Quinn Fabray. Su mortal enemiga.

Kurt llegó sólo cinco minutos después que ella, cargado con bolsas repletas de ropa, zapatos, y demás caprichos.

- Querida – Saludó a Rachel en cuanto la vio, sentada en la última mesa y con la carta entre las manos. - ¡Ha sido una mañana de lo más alucinante! He comprado de todo para esta temporada. Pierre me ha enseñado unas tiendas maravillosas. ¡Podrías haberte venido!

- Ya sabes que no puedo permitirme ignorar los ensayos, Kurt – Contestó Rachel, con poco entusiasmo. – Esa pérfida de Sierra es muy buena. Seguro que ha estado yendo a los mejores profesores de canto y de coreografía para la audición. Estoy prácticamente perdida.

Sierra Westwick era, en pocas palabras, la chica más popular de la NYADA. Era guapísima, tenía mucho talento y, lo que sin duda más crispaba a Rachel, una actitud simpática, amable e inocente que enamoraba a cualquiera que la conociese. Había otras chicas que también iban a hacer la audición para Christine Daaé, pero Rachel sabía que si había una rival potencial, esa sería Sierra. Las audiciones serían una batalla a muerte entre ellas dos.

Hicieron sus pedidos y Berry trató de llamar la atención de su amigo sutilmente, quería contarle lo de Quinn cuanto antes y quitarse aquel asfixiante peso de encima.

- Kurt… ¿Qué tal anoche en el trabajo? – Preguntó inocentemente la chica, antes de sorber con ganas su batido de chocolate.

- Pues bien, muy animado. Unos adorables ancianos estaban celebrando sus bodas de oro y la canción que habían elegido para… Un momento… - Kurt pareció darse cuenta de golpe de que a su compañera le importaba bien poco la canción que hubieran elegido el señor y la señora Joyce para su primer baile. - ¡Anoche estuviste a solas con Quinn! ¡Es eso! ¿Verdad? ¡Oh, Dios, lo había olvidado por completo! ¿Y qué tal fue?

- Shh baja la voz, te van a oír hasta en Lima. – Susurró Rach histéricamente. – Fue… fue rarísimo, Kurt. No… no era capaz de reconocerme a mí misma cuando…

- ¿Qué pasó? – Kurt, con los ojos brillantes de la excitación apremió a Rachel para que le contase la jugosa historia de su primera noche a solas con el objeto de sus pensamientos.

- Kurt… Anoche Quinn y yo llegamos al punto de no retorno ¿Sabes? El punto más crucial.

Las cosas habían sucedido de una forma tan extraña que Rachel todavía tenía lagunas de algunos de los momentos de la noche anterior.

Cuando llegó a casa de su agradable paseo vespertino por las puertas de los teatros de Broadway para "acostumbrar a su espíritu a aquel ambiente", Kurt ya se había marchado a trabajar. Lo supo por la nota que había pegada en el frigorífico, sostenida con un imán en forma de berenjena. "Rach, Quinn, hoy empiezo mi turno a las seis. Os veré mañana. XX Kurt"

Y, tarareando por lo bajo, soltó su bolso, se vistió con su pijama de seda para estar más cómoda y se puso manos a la obra para preparar una exquisita cena de pasta para ella y para Quinn, aunque la última se la comiese fría. Había decidido que aquella noche vería la película del Fantasma de la Ópera, eso le ayudaría a visualizar su objetivo, a meterse un poco más en la piel de Christine, a encontrar la clave que la haría triunfar en la audición.

Mientras tanto, Quinn Fabray se hallaba perdida en Manhattan, errando como una vagabunda, buscando respuestas a las preguntas que se agolpaban en las secuencias de sus pensamientos. ¿Por qué Rachel? ¿Por qué ahora? ¿Por qué ya no?

Toda la culpa era del maldito despertador.

Había puesto la alarma de su móvil a la misma hora de siempre, para despertarse antes de que Berry y Hummel volviesen de su sesión de footing matutina y tuviese que encontrarse cara a cara con una versión más bajita y menos candorosa que Christine Daaé ensayando en la sala de estar. Pero no había sonado.

Esa fue la razón por la que en lugar de despertarse como cada día a las siete, el cansancio acumulado de pasarse las tardes por ahí caminando sin descansar la venció y siguió durmiendo hasta que, a las ocho, ocurrió.

Una música celestial.

Una voz que parecía proceder de la inmaculada garganta de un ángel.

Fabray parpadeó apresuradamente, para descartar la posibilidad de seguir soñando, y al ver que no era así se levantó muy despacio, como si tuviese miedo de poder asustar al maravilloso ser que se hallaba cantando en su comedor.

Y cuando salió de su habitación y lo vio, sus ojos no podían dar crédito.

No era un ángel. Era Rachel.

¿Cómo podía ser posible? Si ella creía conocer a la perfección el timbre de su preciosa y aguda voz, sus altos y sus bajos, su tono, todos, absolutamente todos los detalles de los sonidos que sus cuerdas vocales eran capaces de producir. Y sin embargo, allí estaba, en medio del salón, con una partitura en las manos mientras en su boca bailaban los delicados acordes de "Think of me", cantando con una voz que no podía proceder sino de su mismísima alma.

Al sentirse observada, el milagro se detuvo, Rachel dejó de cantar.

- Buenos días, Quinn – Saludó, con una sonrisa – Perdóname si te he molestado. No sabía que seguías aquí.

Y eso fue todo. Durante el resto del día, Quinn estuvo intentando sacarse ese sonido de la cabeza sin éxito hasta que desistió y se fue a casa. Lo peor estaba aún por llegar, y lo supo en cuanto vio a Rachel envuelta en un pijama de seda, con un delantal de cuadros blancos y azules afanada en la cocina, responsable del delicioso olor procedente de la olla de salsa de tomate que había sobre el fuego.

- Hola – Dijo Fabray, derrotada. Se arrastró a su cuarto, tratando de dejar la mente en blanco, de no pensar en la asombrosa escena de aquella mañana.

- Hola, Quinn. Estoy haciendo pasta, pero como no pensaba que fueras a llegar tan pronto…

- No te preocupes. – Musitó, saliendo de su cuarto otra vez. Se dejó caer en el sillón, cogió una revista de Kurt que había sobre la mesita y fingió que le interesaba muchísimo la vida de los duques de Cambridge. - ¿Dónde está Kurt?

Al menos, él podría salvarla de la insoportable compañía de Rachel.

- Está trabajando – Contestó la morena, vertiendo la olla de pasta en el escurridor sobre el fregadero. – Esta noche estaremos solas.

- Genial. – Murmuró la rubia.

- Oye, Quinn, he pensado ver El Fantasma de la Ópera esta noche. Mis padres me regalaron el DVD cuando fui a Lima y creo que tengo que…

- De acuerdo, no te molestaré. – Quinn pasó una página de la revista con aire aburrido y observó durante un rato los extravagantes vestidos de Lady Gaga.

- No… no me molestas, Quinn. Lo que yo quería decir es si… que quizás te gustaría que la viésemos juntas.

Vaya. Aquello sí que era una sorpresa. Ahora pretendía fingir que era su amiguita.

- ¿Lo dices por ser amable o de verdad quieres que esté aquí sentada haciendo acto de presencia mientras te emocionas con ese musical? – Intentó impregnar sus palabras con toda la acritud que quedaba del odio que había sentido por ella.

- No. – Dijo solamente. Puso dos platos en la mesa que había frente a la rubia y durante un momento, le pareció que Quinn la escrutaba cuidadosamente con la mirada. Concentró la vista en los humeantes espaguetis, notando como un violento rubor subía a sus mejillas. – Quiero que hagamos algo las dos. Kurt tiene razón, ya que vivimos juntas podríamos intentar volver a llevarnos bien.

Sopesó unos instantes la idea de estar a solas, con Rachel, viendo una película. Por mucho que le pesaran las palabras de la repelente de Berry, tenía razón, no podía pasarse la vida entera esquivándola y evitando hablar con ella más de lo estrictamente necesario.

- Está bien. – Contestó al fin, sentándose en la silla que había frente a ella. Enrolló los espaguetis con parsimonia en su tenedor y se los llevó a la boca. Era la primera vez que comía algo recién hecho desde que estaba allí. – Están buenísimos.

- Gracias – Rachel aceptó el cumplido con una encantadora sonrisa y Quinn sintió cómo algo dentro de ella se removía con inquietud.

Terminaron de comer y enseguida, Rachel colocó el DVD en el reproductor y se sentaron, cada una en un sillón a ver la película. La morena hacía constantes paradas para relatarle a su compañera los pormenores del musical.

- Christine piensa que el fantasma es el Ángel de la Música que su padre fallecido le envió para ayudarla a cantar. – Aclaró, mientras observaban la escena en la que la joven cantante le explicaba a su amiga la relación que había establecido con un desconocido al que llamaba ingenuamente "mi Ángel de la Música".

- ¿Y no es así? – Replicó Quinn – Ese hombre, aunque tenga medio rostro deforme, es el Ángel de la Música. La cuida, la protege, la escucha y la ayuda a cantar. Le ha dado lo que ella más necesitaba de un padre que ya no está con ella, de un amigo y de un magnífico tutor.

Rachel giró la cabeza hacia Quinn, sorprendida por aquella profunda reflexión. Se encogió de hombros, suspiró y dijo.

- Me gustaría saber cómo es tener uno. – Dijo, volviendo a darle al botón de Play.

- ¿Un qué?

- Un Ángel de la Música – Contestó, misteriosamente Rachel.

Quinn rió por lo bajo pero no hizo ningún comentario. Era gracioso porque, aunque ella no lo supiera, debía tenerlo, estaba segura. ¿De qué otro modo podía explicarse aquel nuevo chorro de voz que manaba de su boca cuando cantaba? ¿Aquellos melodiosos altibajos, ese tono de soprano que ponía el vello de punta a quien lo escuchara?

Cuando la película finalizó, Rachel se limpió las lágrimas del rostro, emocionada por el final.

- ¿Te ha gustado? – Le preguntó a la rubia, suspirando, temblando de la emoción que le habían producido los últimos momentos del musical.

- No está mal. – Concedió ella. – La música es bonita.

- Quinn, se me ocurre algo que podrías hacer por mí, si quieres. – Rachel la miró con los ojos brillantes. - ¿Te gustaría ayudarme a ensayar?

Fabray giró la cabeza hacia ella, extrañada.

- Hay partes que no puedo hacer sola, necesito una voz masculina. No estoy diciendo que tu voz suene como la de un hombre, pero sí que puedes cantarlas tú para ayudarme. – Finalizó su aclaración con un encantador puchero y un gesto suplicante.

- Bueno, no sé sí… - Lo único que quería Quinn era irse a la cama y darle vueltas a la nueva e incipiente relación cordial que se estaba forjando entre ella y Berry. Y no supo por qué, su boca habló por ella. – De acuerdo.

- ¡Genial! ¡Muchas Gracias! – Exclamó la morena. Se fue directa hacia el equipo de música, cogió el libreto de partituras que tenía guardado en la carpeta que usaba para las clases y rebuscó una ansiosamente. - ¿Qué te parece si empezamos por "The Point of no Return"? Es una de las que más me cuesta, todavía no soy capaz de sentir esa excitación casi sexual que se supone que Christine tiene que demostrar mientras canta con el fantasma.

Le tendió la partitura y comenzó a hacer unos rápidos ejercicios para calentar la voz. Quinn la repasó rápidamente y se colocó frente a Rachel.

- A ver, tú eres el fantasma y me estás cantando a mí, la chica de la que estás enamorado. Pero yo no sé que eres tú, porque estamos actuando sobre un escenario. Sin embargo, cuando te escucho, me siento extrañamente atraída por ti… Y me dejo llevar. ¿Lo tienes?

- Eso… eso creo – Respondió Fabray. – Rachel, ¿No crees que molestaremos a los vecinos?

La morena ignoró el comentario y puso la melodía de la canción en el reproductor.

Quinn comenzó a cantar.

Y Rachel, inexplicablemente, lo sintió.

Empezó a notar cómo, si efectivamente, ella fuera una cándida Christine Daaé y su compañera fuese el temible fantasma de la ópera, la música le invadía los sentidos. Sintió cómo se le ponía la carne de gallina, un escalofrío le recorría la columna y cerró los ojos para saborearlo. La voz de Quinn Fabray se metía en sus sentidos, la exploraba por dentro, como si no hubiese barreras entre ellas, como si realmente pudiera desnudarla y hacerla suya.

Ahora le tocaba a ella el turno.

Tomó el relevo con la frase "No te asombres si el temblor me obligó a callar" y elevó su voz hacia lo más alto, las notas que cantaba iban a mezclarse con las más lejanas estrellas del cielo.

Y Quinn también pudo sentirlo.

Sintió cómo la melodía que salía de los labios de Rachel le desgarraba las entrañas, cómo todo su cuerpo sufría espasmos por la urgencia, cómo sus manos se crispaban en torno a la partitura que sujetaba. Se acercaba a ella, podía sentir su olor dulce enredándose en torno a su cuerpo, atrayéndola.

Rachel también se acercaba, en el impulso creciente de derramar su melodía sobre Quinn, de embriagarla con ella. Sintió cómo perdía el control de su propia voz, y gritó, con toda la excitación que había dentro de ella "Ya no existe el bien ni el mal ¡El mundo es nuestro!". No podía más, lo necesitaba, la sensación cálida que habría sentido en su interior cuando comenzara a cantar se había convertido en algo líquido, ardiente, que tocaba puntos de su cuerpo que ni ella misma se había imaginado que podían revolucionarse.

"No puede arder la sangre aún, no habrá placer que nos consuma".

En ese momento, Quinn unió su voz a la suya, se acercó más, presa de un incontrolable deseo que la obnubilara por completo, se rindió a la complicada música que hacían juntas. Sus voces, entrelazadas, alcanzaron su clímax e, incapaz de encontrar el sosiego, Fabray llevó sus manos a la cintura de Rachel, observando sus labios anhelantes que le pedían que los mordiese hasta hacerla gemir de ese placer mórbido que sólo puede causar el dolor. Rachel rodeó con las suyas el cuello de la rubia acercando su boca a la de Quinn tanto que podía sentir su cálido aliento golpeándola en el rostro, necesitaba hacerlo, necesitaba volver a sentirlo, volver a sentir la locura que sólo podía provocarle ella.

Y justo cuando ambas habían comprendido que lo deseaban, que lo necesitaban con la urgencia más desesperada, que lo único que les importaba en aquel momento era sentirse la una a la otra de la forma más brutalmente física, el final de la melodía les devolvió con un cruel mandoble a la realidad.

Rachel se vio a sí misma aferrada a Quinn, presionándola para que se acercase más, para poder volver a besarla por fin, en tanto que ella la sujetaba con fuerza por la cintura, jadeando, resoplando, luchando por recuperar su determinación.

Así permanecieron unos fugaces instantes que a ellas les parecieron siglos, hasta que al fin, Fabray la soltó con aspereza.

- Espero haberte sido de ayuda, Berry. Buenas noches.

Y se fue a dormir.

- ¿Y eso es todo? – Chilló Kurt, histérico, una vez que Rachel hubo acabado su relato sobre lo ocurrido con su compañera de piso en su ausencia. - ¿Cantáis juntas como si lo único que quisierais fuera haceos el amor violentamente, estáis a punto de besaros y al final no pasa nada?

Se cruzó de brazos, con irritación.

- No sé qué me pasó… - Musitó Rachel, después de un silencio en el que sorbió con ansiedad su batido de chocolate. – Estaba allí, yo era completamente consciente de que era Quinn y no otra persona y aún así… La deseaba, Kurt. No podía dejar de pensar en que lo único que quería en ese momento era que me besara otra vez. Y en cómo yo la correspondería de haberlo hecho.

Hummel esperó unos momentos antes de lanzar su veredicto.

- Ya lo has hecho. Tú misma me lo has dicho, el punto más crucial.

- ¿De qué hablas, Kurt?

- Te has enamorado.

Las palabras de su amigo cayeron sobre ella como un bloque de hielo. ¿Ella, enamorada de Quinn? Ni hablar. No. No podía ser. Sí era cierto que le gustaba, y mucho, pero no podía estar enamorada de ella.

- No, Kurt. – Negó con la cabeza, intentando convencerse a sí misma de que lo único que sentía por Quinn era una muda admiración que había desembocado en deseo. – No soy…

- Mira, Rachel, no vas a engañarme aunque seas la mejor actriz que haya ahora mismo sobre Nueva York. No has podido pensar en otra cosa desde que te besó en el McKinley. Primero intentaste disfrazar tu miedo de rabia, y eso puede que me lo creyese, pero no vas a decirme que lo que sientes, ahora, no es algo mucho más fuerte que la amistad.

Sin previo aviso y a falta de otra forma mejor de reaccionar, Rachel rompió a llorar. Todos sus miedos se habían materializado ante ella. Sentía algo, algo muy fuerte por una chica. Sólo era cuestión de tiempo que empezase a fijarse en otras. Y ya está. Rachel Berry, lesbiana.

- ¡No! – Gritó, más para ella que para Kurt.

Su amigo la acogió entre sus brazos, consolándola pacientemente.

- Todo ha cambiado, Rachel. Tienes que aceptar las cosas como son. Quinn y tú habéis llegado al punto más crucial.