10. UNA GARRA AMIGA
- Pero ¿eso no sería romper nuestro acuerdo?
El hermano mayor se palmeó la frente, meneando la cabeza. A veces no entendía la estupidez del otro.
- ¿Es que no te das cuenta de que no existe tal acuerdo? – preguntó con impaciencia. Como su hermano no dijo nada suspiró y agregó - ¿De veras crees que ese patético hombrecillo no nos barrerá del mapa una vez todo acabe? ¡Ya sabes que no podemos fiarnos de los humanos!
- Aah… pero él es dueño de todo este tinglado y es quien controla a los Alelados.
- Lo sé, lo sé… pero ¿qué te acabo de decir? Sólo te hablo de tomar nuestras propias precauciones. Además, me molesta muchísimo que se reserve el derecho de aplastar él mismo al doctor Cortex. ¿No te parece que nosotros tenemos más derecho que él?
- ¡Oh sí! Nosotros estábamos primero.
- Bien. ¿Ahora entiendes mi plan?
El hermano menor asintió, sonriente.
- Creo que no pedimos mucho ¿verdad? Sólo al doctor Cortex y a ese maldito de Crash Bandicoot. Sus otros dos hermanos, el tigre estúpido, el híbrido pirómano, la comadreja trajeada y aquella mujer terrible no me importan lo más mínimo. Que se los quede, pero que nos deje a esos dos.
- Eso, eso…
- Cuando todos hayan caído y antes de que vaya a dar el golpe final debemos detenerle. Entonces nos lo quitaremos de en medio para protegernos las espaldas y luego acabaremos con los otros. ¡Bam! – exclamó, extendiendo sus brazos – Y tendremos nuestra venganza.
- ¡Y luego nos iremos de vacaciones!
- Y luego nos iremos de vacaci… ¡no! – gritó el mayor, dándole un coscorrón a su hermano pero entonces se dio cuenta de que quizá no fuera tan mala idea – No, tienes razón. Luego podemos irnos de vacaciones… no quiero volver nunca más a esa nefasta dimensión.
- ¡Sí! – exclamó el pequeño, y luego estornudó fuertemente, dejando moquitos blanquecinos en el cristal de su casco – Oh, vaya…
- Definitivamente deberías hacerte mirar ese catarro, Moritz.
Cuando Crash volvió al poblado ya había amanecido y sus habitantes se preparaban para un nuevo día. A pesar de sus preocupaciones no se le pasó por alto que los indígenas se encontraban visiblemente alterados; cuando llegó ante Papu Papu para solicitarle ayuda para llegar hasta el Laboratorio Iceberg de Cortex (estaba claro que allí estaría el científico) se asombró de recibir una negativa por respuesta.
Al parecer, según explicó el jefe, no quería enfrentarse de nuevo a aquél hombre malvado que tantas calamidades les había ocasionado: Papu Papu aún tenía muy presente el día en que ese hombre llegó a las islas y mató con sus rayos a la gente de su pueblo y tampoco olvidaba el día no tan lejano en que por fin le apresaron y se lo llevaron a la aldea, buscando apaciguar a los dioses a los que había ultrajado con sus obras. Desafortunada e inesperadamente Crash le salvó y eso causó una enemistad pasajera entre el marsupial y los indígenas pero la hermana, Coco, le explicó a Papu Papu los motivos que tenía su hermano para haber ayudado al hombre malvado. Él los entendió e hicieron las paces, sin rencores, a pesar de que la aldea había sido destruida por un demonio gigante metálico que sin duda era aliado de aquel hombre y que apareció poco después de su marcha.
Papu Papu no quería que eso volviera a repetirse por lo que, lamentándolo mucho, no iba a ayudarle. Además los espíritus no estaban de su parte puesto que la noche anterior habían visto resplandores en el cielo y soplaba un viento del norte bastante fuerte, todos males presagios.
Crash no se dio cuenta, con su escasa inteligencia, que con esos resplandores a los que Papu se refería se debían al reflejo del incendio de su hogar; quizá si se lo hubiera explicado adecuadamente el hombre se lo habría pensado un poco mejor. Además, según le confesó el jefe, tenía otro serio problema del que ocuparse. Al parecer últimamente les desaparecía comida, principalmente carne. Precisamente anoche les habían sobrado un par de cerdos salvajes que habían dejado cocinados para esta mañana y, cuando fueron a echar mano de ellos, habían desaparecido. También se habían bebido todo el fuerte ponche que habían fermentado en un caldero con motivo de las siguientes ceremonias rituales que tocaban en esas fechas. Unas extrañas huellas sugerían que algún animal salvaje se había colado en su recinto y como el vigía que habían puesto casualmente se había quedado dormido no había visto nada.
Crash se relamió recordando el sabor del cerdo asado, a pesar de que normalmente no comía carne, pero agachó las orejas al comprobar que no tenía medios para llegar hasta el laboratorio de Cortex. Pensó durante largos minutos mientras Papu le daba instrucciones a uno de sus guerreros, pues iban a organizar una partida de caza para buscar al animal ladrón. Finalmente tuvo una idea y tirando del faldón del jefe para llamar su atención se expresó como mejor pudo, diciendo algo así como:
- "No me importan los espíritus enfadados, quiero llegar al iceberg, ya me busco yo mi buena suerte".
Papu Papu no parecía muy convencido pero entonces Crash insistió en su lenguaje de chapurreos y gestos:
- "Si te preocupa el hombre malo, hagamos un trato: si os ayudo a buscar al ladrón de comida, me dejas un bote. No temas de él que yo me encargo, te prometo que no hará daño a la tribu."
Papu se acarició el mentón pensativo y cruzó varias palabras en su idioma con el médico-brujo y sus mejores guerreros que estaban presentes. Finalmente asintió y dejó que Crash se uniera a la partida de caza.
Las huellas eran un tanto extrañas pero aun así le resultaban familiares sin saber por qué. En eso pensaba Crash mientras seguía a la partida de indígenas, un grupo que, sin contarle a él, sumaban cinco guerreros. Sus tripas rugieron, le estaba entrando algo de hambre y también sueño. Mientras bostezaba hasta que se le saltaron las lágrimas uno de los indígenas hizo una señal, una especie de ulular, y todo se pararon. Se trataba del que iba en cabeza, que se había echado a tierra ocultándose entre los matorrales. El resto le imitó salvo Crash quien, recuperando del bostezo no se había dado cuenta. Miró a su alrededor alarmado porque bruscamente se veía solo. Justo cuando delante de él vio unos huesos alguien le agarró y le hizo echarse a tierra con un sonoro "¡Whoa!".
Por eso le hicieron la señal universal de guardar silencio y se asomaron todos con lentitud, mirando a través de las hojas. Efectivamente había unos huesos blancos sin ápice de carne un poco más adelante, en un claro de la selva. Se oía el rumor del agua de una pequeña cascada y, asomando de la cueva que tenían justo enfrente se veía una cola de un color azul muy oscuro rematada por una especie de aguijón de color más claro. Del interior salían ronquidos. Estaba claro que esa era la guarida de la bestia: se habría atiborrado con la comida y la bebida y se estaba echando una buena siesta.
El cabecilla volvió a agacharse y recitó una serie de instrucciones: le rodearían para sorprenderle y le azuzarían con las lanzas. Debían impedir que escapara a toda costa porque entonces tendrían que empezar de nuevo con el rastreo, además que la criatura ya estaría más alerta y sería más difícil de atrapar.
Se acercaron sin hacer ruido, Crash andando de puntillas e impaciente por ver de qué animal se trataba. Se aproximó a la cola y vio que tenía escamas. El interior estaba demasiado oscuro para ver el resto del animal, aunque no parecía ser demasiado grande. ¿Por qué a Crash le parecía tan familiar aquella cola?
Cuando todos estuvieron en posición se percataron de que tenían que organizarse bien para pillarle desprevenido y que no tuviera opción de defenderse. El líder de los guerreros comenzó a dar instrucciones en voz muy baja sobre cómo hacerle salir de la cueva.
Por su parte Crash se concentró en la cola, dándole algunos toques con el pie. Luego cogió el extremo, lo levantó un ápice y la dejó caer pero el dueño no hizo ni un solo movimiento, no emitió ningún quejido. Entonces tuvo la genial idea de pisarle la cola dando un salto y aterrizando con los dos pies y se apartó al instante hacia unos arbustos ahogando una risita. Hizo bien porque la cola se movió rápidamente deslizándose serpenteantemente dentro de la cueva, se oyó un quejido seguido de un gruñido y salió un chorro de fuego del umbral de la entrada.
Los pobres guerreros indígenas dieron un respingo lanzando todo tipo de exclamaciones y ruegos a sus dioses. Algunos dejaron caer sus lanzas y escudos y salieron corriendo del lugar desapareciendo en la selva aterrorizados. Crash, quien se estaba aguantando la risa por lo sucedido permanecía oculto entre la vegetación. Esperó pacientemente para ver quién o qué salía.
Su paciencia se vio recompensada cuando vio asomarse un hocico escamoso de cuyas fosas nasales aún salía algo de vapor; el hocico olisqueó el aire, retrocedió un poco, esperando. Entonces el dragón (porque de eso se trataba) salió al exterior y Crash pudo verlo en su totalidad, si bien se decepcionó un poco porque esperaba que fuera algo más grande.
Se trataba más bien de un dragoncito cuyo tamaño era poco más grande que el de un coche pequeño. Tenía cuernos y espinas en la zona de la cabeza y del lomo y sus alas y placas del pecho eran de color turquesa, al igual que sus grandes ojos, que vagaron de los escudos y armas abandonados hasta los árboles de enfrente, como si estuviera sopesando perseguir o no a los indígenas. Luego volvió a olisquear el aire, aunque esta vez en dirección a Crash.
Éste se encogió todo lo que pudo; no sabía si era amigo o no si bien él ya había conocido a otro dragón que era amistoso. Es más, ambos se parecían mucho. ¿Vendrían del mismo sitio? ¿Se conocerían? ¿Cómo había llegado hasta aquí?
Entonces el dragoncito habló mirando en su dirección:
- Sé que estás ahí, puedo olerte. Sal, no te haré daño.
Crash obedeció, rascándose la cabeza con timidez y algo sorprendido. El reptil se desperezó, luego se le quedó mirando ladeando la cabeza.
– ¿Esos humanos tan ruidosos son amigos tuyos?
Crash asintió con vehemencia.
- Lo suponía. No era mi intención hacerles daño, sólo quería asustarlos. No me gusta que me apunten con lanzas y menos aún que me pisen la cola mientras duermo. Porque son tus amigos si no, les daba una buena paliza – hizo una pausa y al estudiar la expresión de reproche de Crash, agregó, con un gesto altanero – Ya sé que robar está mal, pero no hace mucho que llegué aquí y tenía mucha hambre. Necesitaba tomar fuerzas, prometo que les restituiré lo sustraído con algunas gemas cuando pueda acceder a ellas. Los dragones no somos ladrones… Por cierto ¿cómo te llamas? Supongo que tendrás un nombre ¿no?
Él respondió.
- ¿Crash? ¿En serio te llamas así? Está bien. Bueno, ¿te vas a acercar de una vez? No voy a comerte. Si no me crees, díselo a ellos – añadió con ánimo de hacer un chiste, moviendo la cabeza hacia los huesos de los cerdos salvajes.
A pesar de eso Crash se acercó para ser olisqueado a conciencia. Su cresta pelirroja se movió como si fuera a ser aspirada por las fosas nasales del dragoncito y se la sujetó con las manos.
- ¿Ehhmm? – preguntó.
- ¡Oh! Perdona mis modales, no te he aclarado que es así como nos saludamos los dragones. Encantada de conocerte Crash. Puedes llamarme Dany. Regresé no hace mucho de un largo viaje, hacía años que no estaba en estas islas. Me he pasado durmiendo la mayor parte del tiempo… oh, no lo entenderías, cosas de dragones. Estaba muy hambrienta así que estos días tomé prestada alguna comida de esos amigos tuyos tan cantarines y danzarines… pero anoche ¡ah! Debía haber algo raro en ese caldero porque al rato de bebérmelo me sentía muy risueña con el inconveniente de que me mareaba y se me hizo imposible volar. Sólo me tumbé un poco a ver si se me pasaba pero he dormido el resto de la noche como un tronco. El caso es que ahora me duele terriblemente la cabeza… pero no importa, aun así iba a buscarte después.
- ¿Whoa? – exclamó Crash con los ojos como platos, señalándose.
- ¡Pues claro! Vi cómo destruían tu casa y quería hacerte algunas preguntas. ¿Sabes quién ha podido hacerlo?
Crash hizo mímica para indicar que sí y explicó que todo era obra del doctor Cortex.
- ¿Y qué piensas hacer? – preguntó la dragoncita, sumamente interesada.
Los gestos del marsupial estrellando un puño cerrado sobre la palma de la otra mano se lo dejaron bastante claro.
- Lo imaginaba, por eso quería buscarte. ¡Ni se te ocurra! – gritó extendiendo las alas haciendo que Crash se sobresaltara – No me malinterpretes – añadió más calmada – Conozco a ese tipo y no me cae bien en absoluto, pero me debe un favor. Le vi en el lugar de los hechos con un acompañante bajito y regordete que no conozco. Luego te vi a ti. Quise acercarme para hablarte pero supuse que necesitabas tu espacio. Yo también sé lo que se siente cuando pierdes tu hogar – aseguró, poniéndose súbitamente triste.
Su tristeza se le contagió al bandicoot pero entonces se acordó de lo que Dany acababa de decirle y le instó a que le contestara: ¿a qué se refería con que el doctor le debía un favor?
- No sabes mi historia pero para resumir te diré que yo no soy de este mundo. Tu doctor Cortex me trajo aquí por accidente hace unos diez años durante uno de sus experimentos y pude escapar de sus garras gracias a la intervención de una amiga. Desde la tan ansiada libertad, si puede llamarse a eso de estar atrapada en un lugar que no es tu hogar, pude obligar a Cortex a que rastreara mi mundo para llevarme de vuelta con la máquina que usó para traerme. Sin embargo, surgieron ciertos inconvenientes: los dragones comemos mucho y, por ese motivo, aquellos amigos tuyos de la aldea empezaron a sospechar de mi presencia y a rastrearme. Así que decidí marcharme por un tiempo – hizo una pausa, por un momento maravillada - ¡La de cosas que he visto en mis viajes! Desiertos de arena, nieve y sal, bosques sin final, océanos que me ocupaban días de viaje y ciudades de metal y piedra, aunque estas no me atraían lo más mínimo. Sé que en algunos sitios me vieron, esos humanos se ponen muy nerviosos por nada en especial. Pronto aprendí que era mejor evitarlos ¡la de veces que intentaron capturarme! En fin, tras una larga temporada me dio pereza seguir viajando porque encontré un lugar muy bonito similar a estas islas, de extensas playas y selvas, volcanes y fumarolas, lagartos escupiendo agua salada al aire y tortugas gigantes *. He de reconocer que tu mundo es muy bonito y dispar. Así que allí me eché a dormir porque estaba agotada (nuestras sueños son legendarios, ya te lo he dicho) y cuando me desperté pensé que había pasado el tiempo suficiente para volver. El tiempo pasa volando ¿no crees?
Crash se había sentado en el suelo y la escuchaba con mucha atención, casi embelesado; le encantaban las historias. No pudo evitar sentir una punzada de tristeza: echaba de menos a Aku-Aku que era quien les contaba cuentos por las noches antes de irse a dormir. Sin embargo la dragona estaba tan absorta narrando sus peripecias que no se enteró.
- Regresé aquí sin probar bocado, impaciente y dispuesta a ver si Cortex había conseguido encontrar mi mundo tras mi ausencia. No me fío un pelo de él así que pensé que antes de ir a visitarle, por si acaso, debía descansar y reponer fuerzas de mi viaje. Tenía más sueño que hambre y subí al volcán para echarme una siesta. Me despertó el humo y vi que en la playa había un gran fuego. Como dragona que soy adoro el fuego y me gusta mucho observarlo, así que me coloqué en un sitio mejor desde donde poder verlo en la distancia.
Aquí el marsupial se inclinó hacia adelante mirando sin pestañear a la dragona, tenso y expectante.
- Cuál fue mi sorpresa cuando vi que no era un fuego natural si no que se trataba de una casita incendiada y que había varias siluetas en la playa que no eran en absoluto humanos si no mutantes similares a los que Cortex tenía en su castillo y eso me preocupó. ¿Qué estaría tramando ese científico chiflado? En ese momento pensé que comería algo y me pasaría inmediatamente por el casillo para averiguarlo – prosiguió Dany, frunciendo el ceño – Bueno, el caso es que vi a un marsupial parecido a ti pero mucho más grande…
- ¡Unch! – exclamó Crash, haciendo un sonido gutural. Sin duda quería pronunciar el nombre de su hermano pero Dany no le entendió.
- Los otros eran también mutantes: uno era una especie de perro con cola de dragón que llevaba un arma en la mano que escupía fuego. Luego había otro parecido a tu amigo en tamaño pero que llevaba un ridículo taparrabos verde. El otro tipo era una especie de rata con un traje rojo.
Los ojos de Crash se salían de las órbitas: ¡Dingodile, Tiny y Pinstripe! ¿Acaso habían ayudado a Cortex a hacer todo eso?
- El caso es que se marcharon enseguida en una nave voladora en dirección oeste ¡muy extraño! Sentí la tentación de seguirlos pero di por sentado que se trataba de alguna fechoría Cortex y pensaba que sabía dónde encontrarle… ¡tonta de mí que no sabía que el castillo estaba en ruinas! Eso lo descubrí, como te digo, después de todo esto y antes de visitar la aldea de tus amigos para comer algo. Me recosté desde mi mirador improvisado dando vuelta a los posibles planes del doctor y al rato fue cuando apareció el mismísimo Cortex. Algo me decía que no sería prudente dejarme ver en ese momento pero vigilé sus movimientos. En cuanto a Cortex y su colega se marcharon seguí dándole vueltas al asunto, aún más preocupada porque no parecía ser el responsable. ¿Qué estaba pasando aquí? Estuve pensando un buen rato y justo cuando empezaba a quedarme dormida, te vi a ti… escuché aquella voz que culpaba a Cortex, sí, desde esa distancia. Supuse que, en tu dolor, querrías vengarte de él. Pero, como ya sabes, no puedo permitir que le hagan daño. No me importa si alguien quiere su pellejo pero él es el único que puede devolverme a casa y, hasta entonces, debo protegerle porque si no me condenaré a mí misma a permanecer en este mundo para siempre.
Dany calló al fin y observó a Crash que parecía muy serio, como si estuviera asimilando todo lo que ella le había contado. Al rato, el bandicoot se puso en pie y soltó una paparruchada de sonidos acompañados de varios gestos.
La dragoncita asintió, encantada.
- ¡Te agradezco tu comprensión! Gracias por respetar mi idea; a cambio yo también te ayudaré. Desconozco tu historia, Crash, pero salta a la legua que eres uno de los mutantes de Cortex que, al igual que yo, escapaste e hiciste tu vida. ¿Me equivoco?
Crash asintió con una gran sonrisa y emitió un silbido alabando su inteligencia, gesto que complació mucho a Dany; ya sabemos lo presumidos y orgullosos que son los dragones. Luego le contó de manera resumida sobre Coco, Crunch y Uka-Uka. La dragona parecía más decidida aún.
- Está bien. Te llevaré ante Cortex, salvaremos a tu familia y luego ajustaré cuentas con el doctor. La cosa es que no sé dónde está ahora, no he tenido mucha ocasión de explorar estas islas…
Crash comenzó a asentir rápidamente y le hizo gestos, indicando que él sabía exactamente dónde podía estar o, al menos, por dónde podían empezar a buscarle.
- ¡Bien! No sabes la de tiempo que nos has ahorrado. ¡En marcha pues!
Crash dio un salto por la euforia y se montó en el lomo de Dany. Pero ésta no reaccionó como él esperaba.
- ¡EH! ¿Pero qué haces? ¡Baja ahora mismo! – exclamó sacudiéndose y el bandicoot dio en el suelo con el trasero. Miró a la dragoncita sorprendido mientras se levantaba y se frotaba la zona dolorida - ¿Por quién me has tomado? Soy una dragona, no una mula…
Crash se disculpó intentando no soltar una carcajada puesto que Dany, en esa actitud tan altiva, le resultó de lo más graciosa y él no se sentía en absoluto molesto por el coscorrón. Sin embargo le indicó que no tendría manera de seguirla porque él no podía volar.
Dany dejó de fruncir el ceño y se percató de que él tenía razón. Como parecía dudar Crash se apresuró a decirle que no pasaba nada si no podía llevarle, quizá él era demasiado pesado y que ya pediría ayuda a los indígenas pero cuando ella escuchó eso volvió a ponerse digna:
- Eso nos retrasaría demasiado. No soy demasiado grande porque aún soy joven pero soy bastante fuerte. Pero no vuelvas a hacer lo de antes. A la próxima vez pide permiso primero ¿de acuerdo? ¡Y ahora sube!
El marsupial obedeció subiéndose entre los hombros de Dany y apoyando sus manos en su escamoso cuello. Luego ella empezó a trotar graciosamente y trepó una pendiente que le llevaba a un acantilado cercano que daba al mar, lugar alto desde donde podría lanzarse para remontar vuelo.
- Por cierto mientras viajamos – dijo la dragoncita – podrías contarme tu historia ya que yo te he contado la mía, siento curiosidad...
Crash sonrió y mientras comenzaba ella se lanzó desde la cima del risco y, aprovechando las corrientes de aire se elevó, planeando en dirección norte hacia el Laboratorio Iceberg.
*Nota: Dany se refiere, por supuesto, a las Islas Galápagos, que están en el océano Pacífico relativamente cerca de las costas de Ecuador.
