CAPÍTULO 010
Latir. Sentir. Volver a emocionarme. Eso era lo que Kate había provocado en mí. A pesar de sus enfrentamientos, de su desconfianza. Algo que me chocaba sorpresivamente. Y, a la vez, era inevitable. Estar pegado a ella, era revolucionarme. Sentir que cada poro de mi piel cobraba vida. Reconstruir la fuerza que había perdido por el camino. Y no pude evitarlo. No pude controlar mi necesidad. Así que terminé por acercar mis labios a los suyos y le robé un beso.
Un beso tierno. Dulce. Hasta que escuché un inesperado gemido por su parte. Casi, casi, de rendición y me perdí.
Aquel beso que comenzó con exquisita lentitud se convirtió en un torrente de sexualidad por cada poro de mi piel.
Si mis labios eran incapaces de separarse de ella, menos aún mis manos. Cobraron vida propia. Saltaron a por ella. Sin aviso. Sin pedir permiso. La quería toda para mí. Al completo. Sin normas. Sin límites.
La apreté contra mi cuerpo. Necesitaba hacerle sentir mi necesidad. Y ella no me empujó. No lo hizo. Todo lo contrario. Se frotó contra mi sexo y enloquecí. La poca cordura que permanecía en mí, desapareció. La levanté del suelo y terminé invadiendo su boca con toda la fuerza del mundo. Sus labios ardían hasta quemarme.
Pasión. Urgencia. Exigencia. Era todo lo que nuestros cuerpos emitían hacia el otro. Nuestra cruda y malévola realidad.
Kate envolvió sus brazos alrededor de mi cuello y abrió su boca, invitándome a entrar sin ningún tipo de pudor. Mucho menos miedo.
Su sabor era tan exquisito. Tan embriagador. Tan carnal. Puro. Adictivo. Ya no existiría nadie más excepto ella. Todo lo que era capaz de provocar en mi cuerpo. Sacar al animal que llevaba dentro. Al cuerpo, por el simple hecho de ser el cuerpo.
Me incitó. Con su lengua. Hasta que terminé tomando el control y dominándola. Ella me mordió. Y me hizo sentirme más vivo. Consciente de que los dos deseábamos aquello como el aire para respirar. Gruñí. Sostuve la cabeza quieta, apoderándome de sus labios. Que eran míos. Solo míos. Y no dejaría que nadie más los rozase, ni tímidamente.
Nuestra ira, nuestra tristeza, se desvaneció. En aquella fracción de tiempo, todo lo oscuro, dejó pasó a la luz. A ese sentimiento que había atravesado nuestras entrañas sin pedirnos permiso. Complicándonos la vida hasta el extremo. Mostrándonos un camino que nos aterrorizaba y para el cuál, aún, no estábamos preparados. Ni ella, por sus miedos. Ni yo, por las sombras de mis años entre rejas. Y me aferré a sus hombros y le exigí que no dejase de besarme.
Cuando detuvimos el beso, levanté la cabeza y jadeé contra sus labios. Sentí que mi cuerpo se despezaba por momentos. Entonces, noté sus manos, acariciando mis mejillas. Sus labios, buscando el hueco de mi cuello. Oliéndolo. Lamiéndolo. Me estremecí.
Kate respiró hondo cuando la fui bajando poco a poco al suelo. Entrecruzamos nuestras miradas y nos entendimos sin pronunciar palabra. En casa estaba Alexis, pero a diez pasos de nosotros, la playa. Y una zona de pequeña dunas donde podríamos escondernos a plena luz del día. Me arrastró hasta allí, apretando mi mano tan fuerte que percibí su determinación. La decisión de acabar con la tensión sexual que nos estaba consumiendo.
Al llegar al punto exacto que ambos habíamos decidido, ella me sacó la camiseta en un abrir y cerrar de ojos. Deslizó sus manos alrededor de mi piel y sentí tanto placer que mis párpados se cerraron instintivamente. Repasó mis abdominales, mis costillas, mi cuello, hasta rozar mi nuca y volvió a descender. Malditamente lento. Tanto así, que mis labios, capturaron su cuello, dejándole un pequeño mordisco. Y al notar como sus dedos, pellizcaban mis pezones, perdí el poco control que me quedaba.
Devoré su boca. Asalté su cuerpo. Me pertenecía. Así lo sentí. Era mía. Solo mía. Acaricié su culo y su estómago. Sus pechos a través de su ropa. Alcé su camiseta con la única premisa de degustarla al completo. Centímetro a centímetro de su piel. Su textura. Su fragancia. Tembló. Noté como se contraía contra mi tacto.
- Más... - susurró contra mi pecho.
Ahora que lo pienso con frialdad, sin ese calor tan intenso del momento, no me acuerdo para nada como sucedió pero, de pronto, sus bragas estaban en mi mano, deslizándolas por sus piernas. Yo, completamente, desnudo.
Ella miró hacia el suelo y se echó sobre nuestras ropas, estudiándome como jamás nadie me había mirado. Un escalofrío cruzó mi cuerpo. Sonreí nervioso y me agaché a su lado. Entre sus piernas. Seguro. E inseguro.
Hoy puedo decir que ella fue consciente de mi nerviosismo y tomó las riendas de la situación. Mi espalda golpeó contra la arena y ella se colocó a horcajadas sobre mí. En una fracción de segundo vi como rasgaba un condón, me lo colocaba y se deslizaba hacia abajo.
Entré en ella. Tan apretada. Tan húmeda. Tan perfecta. Me costó respirar. Tiré de ella para abrasar nuestros labios y ella se movió sin control. Sus caderas adquirieron vida propia. Enloqueciéndome. Agarré su culo e intenté guiarla. Un poco más suave. Porque todo iba demasiado rápido y tuve miedo de acabar tan pronto como la llené por completo.
- Más lento... - jadeé. Pero Kate hizo caso omiso de mi petición y aumentó la velocidad. Apoyó sus manos en mi pecho y cogió su propio ritmo. Buscando su placer. Olvidándose del mío. Cinco penetraciones más y noté como se apretaba contra mí. Corriéndose.
Sacó mi erección de su interior. Se echó sobre mí, buscando mi lóbulo. Lo rozó con sus dientes. - Ya tienes permiso para correrte. - susurró como una orden. Y por muy absurdo que parezca, me corrí. En aquel mismo instante. Lo hice.
Se incorporó. Se vistió ante mi sorpresa. Y echó a andar hacia la casa.
Corrí todo lo que pude, vistiéndome entre medias, hasta alcanzarla. - ¡Kate! - la agarré por su brazo, a punto de caerme al suelo - ¡Ey! ¿Qué te pasa?
- ¡Sexo! - me gritó mirándome - Eso de ahí... - indicó con uno de sus brazos - ...es solo sexo. Tú tenías ganas. Yo tenía ganas. Eso es todo. No hagas un mundo de un orgasmo de lo más normal.
- ¿Cómo dices? - me quedé inmóvil. Sin poder soltarla. Intentando cargarme de la misma rabia que ella lanzaba contra mí - Pero, ¿qué demonios te pasa?
- ¿Qué? ¿Creías que echando un polvo todo iba a cambiar entre nosotros?
- ¡Joder! ¡No entiendo nada! Eso de ahí ha sido...
- Nada del otro mundo. - escupió contra mi ego - Se ve que estar entre rejas te ha afectado un poco... - miró a mi entrepierna escupiendo más veneno.
La solté. Pasé de largo. Caminé hasta casa. Y cuando llegué allí, me escondí en la habitación de mi hija. Me acurruqué a su lado.
