Capítulo 11

Tres meses pasaron desde que Harry se unió al asedio de forma regular. Ya no veía a Theodore tanto como antes, pues él se había negado a participar o tomar la Marca Tenebrosa. Ni Harry ni Draco se lo reprochaban, pues a pesar de lo cerca que estaba la victoria, se les escapaba entre los dedos con cada asalto a Hogwarts. Harry habría pensado que Theo les iba a traicionar si no fuera porque era ese chico callado el que se pasaba por su casa cada semana para comprobar que todo estuviera bien.

Severus parecía haberse instalado en otra rutina distinta, mucho más pacífica que la de Harry. Elaboraba las pociones para los combatientes, y cada vez que Harry iba a Hogsmeade, llevaba unas cuantas. A Harry le preocupaba un poco su situación. Parecía deprimido, incluso hundido, pero no sabía que decir o hacer para cambiar esa situación. Severus tampoco ayudaba, dado que él tendía a esconder esos síntomas de debilidad detrás de la máscara inexpresiva que vestía.

Pero para eso estaba Theo. Él solía pasar un rato hablando con Severus acerca de… Ni siquiera sabía de qué hablaban realmente. Harry había desconectado de todo eso, relegándolo a Theodore aunque él no lo supiera. Sus esfuerzos en Hogwarts estaban marcando una diferencia, o eso quería creer Harry, y pronto abrirían brecha. No podía distraerse con los asuntos familiares en esos momentos.

Draco le empujaba hacia delante cuando tenía dudas, cuando creía que sería mejor tomarse un tiempo para descansar y saber cómo estaban las cosas por casa. Hablar con Severus, con Theo, tomarse un helado en Fortescue… No, ese no era el momento. Tomaría cincuenta helados de Fortescue si era necesario después de que ganaran. Después de ver a Dumbledore, a su Orden del Fénix y a Zabini eliminados. Eso sería suficiente para que Harry lo considerara victoria.

Mientras tanto, ellos presionaban. Los asaltos se hacían cada vez más arriesgados, la vanguardia desesperada por entrar, por obtener resultados reales. Harry los conocía a todos los que pasaban por allí, reconocía sus caras, aunque no se había parado a hablar con ninguno de ellos. Él mismo era parte de la vanguardia. Era algo de lo que se sentía orgulloso incluso.

El territorio tomado por los mortífagos se extendía por la mayor parte del bosque prohibido. No habían llegado a cruzar las puertas de acceso a Hogwarts más de dos veces, pero Harry había estado presente una de esas veces y sabía que iban a volver a hacerlo dentro de poco. Las pociones curativas que su padre había elaborado tintineaban ligeramente en el maletín negro que llevaba. Draco había dicho que iría un poco más tarde, así que Harry se había adelantado.

La relación entre los dos iba bien. No era lo mismo que antes, eso seguro, pero era algo bueno. El sexo era gratificante y los desfogaba a los dos cuando se sentían demasiado frustrados por el ritmo lento y desgastante del asedio. En esos días, ellos apenas hablaban, ni de Zabini, ni de nada en general. Harry sentía que las palabras no eran necesarias, pues las miradas que se lanzaban estaban cargadas de mensajes entre ellos.

Harry fue directo a la estación de Hogsmeade. A pesar de los avances en la línea del frente, la base seguía estando allí, cosa que Harry no entendía. Apenas había gente en esos momentos congregada alrededor de la mesa de estrategia, en la que Harry ya había participado unas cuantas veces. Sus pasos le dirigieron a una tienda de campaña situada al otro lado de la estación, donde estaba el almacén de pociones. Entró levantando la tela que hacía de puerta.

—Traigo pociones. —anunció Harry, como casi todos los días. La tienda era grande por dentro, con varias estanterías llenas de pociones y tarros para tratar a los heridos. Dejó el maletín pesado encima de la mesa central. Un hombre canoso apareció de entre las estanterías.

—Potter, puntual como siempre. —le saludó. Harry cabeceó, saludándole con rigidez. No sabía cómo se llamaba siquiera, no era importante. —Dame un segundo que lo organizo.

Harry observó como el jefe de recursos médicos abría el maletín y empezaba a sacar pociones, organizándolas en la mesa por grupos según su criterio. Los botes tintineaban. Harry se sentía especialmente impaciente esa tarde: ¿por qué no agitaba la varita y dejaba que se organizaran solos? Para eso eran magos, por Merlín. Después de sacar las redomas manualmente, el hombre canoso agitó la varita y varios botes vacíos se introdujeron en el maletín. Otro movimiento más y el contenedor se cerró.

—Necesitaremos poción cicatrizante y de reabastecimiento de sangre. —la informó mientras Harry se marchaba.

Con un pase de varita, Harry mandó el maletín de nuevo a Pontypool Place, específicamente al salón de su casa. Sus ojos se pasearon por el pueblo, comprobando mentalmente cuanta gente había reunida hoy ahí. La mesa de operaciones continuaba vacía, a excepción de un par de hombres discutiendo cerca y el jefe de estrategia del asedio, que no parecía encontrarse en las mejores condiciones.

—Voy a ir a investigar un poco el frente. —le gruñó cuando pasó por su lado. El hombre se incorporó un poco y, mientras Harry se alejaba, alcanzado a decirle:

—Repórtate en una hora.

Harry gruñó un poco más, sintiéndose enfadado. ¿Cómo se atrevía ese inútil a decirle lo que hacer? Harry era mejor que él, de eso estaba seguro. Aún así, no dijo nada, callándose sus quejas. Como en un trance, Harry recorrió el camino que hacían cada año los carruajes hasta las verjas de Hogwarts, viendo a los refuerzos ir y a los heridos volver. Se salió del camino poco antes de llegar al frente, internándose en el bosque. Harry había hecho eso muchas veces antes, así que no tenía ningún miedo caminando entre la maleza espesa.

Dio un rodeo por el bosque, que cercaba a Hogwarts como una lengua. Se mantuvo cerca de la salida, camuflado por diversos hechizos, pues tampoco era tan estúpido como para introducirse en las profundidades del bosque. Sus ojos estaban puestos en los terrenos de Hogwarts, que podía ver desde el interior del bosque, mientras sus oídos prestaban atención a cualquier ruido extraño.

Las copas de los árboles crujían ese crepúsculo bajo el suave aire que las mecía. Las ramas secas y muertas se rompían bajo los pies de Harry con un crepitar, rompiendo el monótono silencio del bosque. Nadie se aventuraba a los terrenos, pensó mirando la planicie desierta. Solo había un par de hombres fuera, montando guardia frente a los portones del castillo. Harry sonrió; poco quedaba del ánimo bélico que había rugido con tanta pasión en sus corazones al principio.

Un movimiento captó su atención súbitamente. Había alguien en los terrenos, al fin. Harry se acercó con cuidado de no hacer ruido. Quienquiera que estuviese allí fuera, estaba en una zona poco visible. Los hombres que hacían guardia en las puertas del castillo no podían verlo, pues varios árboles lo tapaban. Harry se acercó, lamiéndose los labios.

Por un momento, perdió la respiración ante lo que veían sus ojos. Su pecho se había quedado helado y su corazón no sabía qué sentir. Blaise Zabini le daba la espalda, aunque Harry podía ver parte de su cara. Estaba muy pálido y demacrado, y tenía una mirada vacía en sus ojos oscuros. Ataba una soga a la rama de un árbol. En un extremo había hecho un lazo. Se iba a colgar, determinó Harry. Salió precipitadamente, su varita en la mano. No estaba allí la furia que Harry había pensado que sentiría. Zabini se dio la vuelta. Lo miró, pero si estaba sorprendido, no lo demostró.

—Harry. —murmuró. La mano de Zabini se introdujo entre sus ropas, sacó la varita y la tiró a los pies de su adversario. —Qué extraña coincidencia.

—Zabini. —respondió Harry. Se quedaron un momento en silencio. La soga estaba colgada y el lazo que sujetaría el cuello del chico oscuro estaba entre sus manos. Solo faltaba ajustar la altura y encontrar un sitio desde el que colgarse. —¿Este quieres que sea tu final? —preguntó al fin.

—Un final digno de un traidor. Morir mientras nadie me ve, para ocultar mi vergüenza. —Harry frunció el ceño. Ahora solo sentía asco y pena por él.

—¿Por qué? —las manos de Zabini recorrieron el lazo y comprobaron que el nudo estuviera bien hecho. —¿Por qué nos traicionaste? ¿Qué te ofreció Dumbledore que no te dábamos nosotros?

—Amor. —respondió Zabini quedamente. Luego se rió, pero su risa era igual de patética que la excusa de ser humano que había delante de Harry. —Ginny Weasley. Sabes, siempre me pareció atractiva, desde que empezara a desarrollar una personalidad y dejara de ser la mocosa estúpida que era. El curso pasado ella pareció darse cuenta de mi infatuación, podría decirse. Echamos un par de polvos rápidos antes de que empezara a hablarme de… Cosas. Como el amor, la vida después de la guerra, lo importante que era la familia… Me pintó una imagen que no pude rechazar, y acudí a Dumbledore, encandilado. Él me prometió que todo se terminaría si acababa contigo, Harry Potter. Que iría con Ginny a vivir a una casa segura.

—Dumbledore tiene la costumbre de mentir. —le avisó Harry tardíamente. Casi no podía creer que la traición de Zabini se debiera al amor. Algo de emoción translució finalmente en Zabini:

—¡Me la dio! ¡Me la entregó en bandeja de plata! —las manos del muchacho se cerraron en torno a la soga. Harry no tenía claro si quería oír el final, no sonaba a una ruptura de la forma usual. —Así que yo lo hice, Harry. Esperé y esperé hasta tener una oportunidad, aproveché las pobres protecciones de la casa que me enseñabas con tanta ilusión y avisé a Dumbledore. Necesitaba tenerte solo para mí, Harry, para que no hubiera errores. Pero James se puso en medio y yo fallé catastróficamente. No había conseguido eliminarte ni podía continuar dentro para una segunda oportunidad.

—Supongo que Dumbledore no estaría muy contento. —se burló Harry. Zabini asintió, dándole la razón. De nuevo se veía vacuo de expresión.

—No lo estaba. Aún así, no me importó mucho. Ginny estaba allí, lo afrontaríamos juntos. Pero no estaba allí realmente. —su voz se rompió entonces. —Ella me contó la verdad, lo horrible que había sido acostarse conmigo y escupirme todas las mentiras acerca de una vida juntos cuando lo único que sentía por mí era asco. Y luego… Luego se mató. Dumbledore incluso dio un pequeño discurso, ensalzándola, encubriendo lo que había pasado de verdad, fingiendo que se había roto por la presión.

Se quedaron en silencio. Harry entendía bien. No le perdonaba, jamás lo haría, pero entendía sus razones. El amor que sentía por Draco, aquella conexión tan íntima entre ambos, era algo que no podía dejar morir. Si fuera Draco el que le hubiera traicionado, Harry… Harry… No lo habría conseguido. Sería él el que estuviera atando la soga, colgándosela al cuello ese crepúsculo rojizo.

Zabini no le miró más. Trepó al árbol, dejando la soga suspendida en el aire. Sus movimientos eran torpes y erráticos, como si le costara coordinarse. Harry lo miró con lástima. El chico ajustó la altura de la soga y luego pasó la cabeza por el lazo. Apretó la soga hasta que la sintió alrededor de su cuello, sin llegar a ahogarle. Estaba listo para terminar con todo. Harry le dejó, todas aquellas formas de tortura y muerte que había pensado, olvidadas en el fondo de su mente.

Aquello era lo único que Zabini merecía. Un cobarde traidor que no pertenecía ni a un lado ni a otro no merecía una muerte más digna. Un suicidio sin testigos, sin nadie que tratara de hacerle entrar en razón o que le diera algo a lo que aferrarse. Sin nadie que le salvara de su propia miseria. Harry bajó la varita. Zabini no era una amenaza, ni siquiera llevaba una varita, pues el trozo de madera estaba a los pies de Harry en señal de redención.

—Lo decía en serio ese día. —dijo de repente Zabini. Sus pies se balanceaban un poco en el aire. —Lo siento, Harry Potter.

Zabini saltó, casi sin fuerza. Su cuerpo cayó, la soga se tensó y se escuchó un crujido de huesos. El cuello de Zabini se había torcido, quedando en una posición extraña, roto. El muchacho que colgaba del árbol estaba muerto, su cuerpo desmadejado y la mirada vidriosa, desenfocada. Harry lo miró como si quisiera captar todos los detalles de la escena para no olvidarlos jamás. Sus ojos temblaban un poco y su cuerpo se negaba a cooperar.

Aquella escena le dejaba un vacío en lo más profundo de su alma. Apenas reconocía a su amigo Blaise Zabini en el cuerpo de un chico mecido por el viento. ¿Cómo había sido posible que cayera tan bajo? El orgulloso, frío y fuerte Blaise Zabini, reducido a una marioneta sin voluntad. Aquello le daba escalofríos. No supo cuánto tiempo estuvo mirando el cuerpo pendiendo de la soga, pero finalmente se dio la vuelta y se marchó en dirección contraria, volviendo a Hogsmeade. Ya no había nada allí para él.


Nota: Wow, wow, wow. Interesante, ¿verdad? Me encanta la escena del final, es de mis favoritas de esta historia. En serio, me encanta. Y espero que a ustedes también XD

Saludos,

Paladium