Ni la historia, ni los personajes me pertenecen. La historia pertenece a Abbie Glines y los personajes pertenecen a la gran Stephanie Meyer. Yo solo juego con ellos para mi diversión y su disfrute...
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Capítulo 20
Bella
Seth se había ido a cazar. Lo odiaba. Hizo esto a propósito. Sabía que Edward estaría de regreso. Lo supo toda la semana y no me lo dijo. Lo iba a golpear en la nariz la próxima vez que lo viera. Actué como una idiota en la planta baja, creyendo que mi falta de sueño estaba causándome alucinaciones cuando vi a Edward llegar esa mañana. Luego él había entrado y… ahuequé mis sensibles senos. Dolían todo el tiempo estos días. Siempre se sentían hinchados. Luego cuando Edward había empezado a mirarlas, juro que hormiguearon y causaron que el área entre mis piernas hormiguera también. Había tenido que ir a mi habitación y calmarme.
Me había rendido la noche del sábado y aliviado el dolor que pensar en Edward siempre causaba. No me había permitido hacerlo mientras estaba comprometida con Seth. Solo se sentía mal. Pero tomar duchas frías era doloroso en el invierno. Prefería mucho más un orgasmo. Incluso uno que tuviera que darme yo misma. Tenía demasiados momentos con Edward para reproducirlos en mi mente y liberarme. Sentada en mi habitación y verlo cargar el camión me había dado más inspiración. Él se quedó mirando fijamente mis pechos. Había visto la mirada en sus ojos, y solo recordarlo hizo que mi cuerpo volviera a la vida. Solo tenerlo tocándome de nuevo.
Mis pezones estaban tan duros ahora. Tenerlo mirándolos ayudó a producir un mucho mejor orgasmo que el que había tenido la noche del sábado. Me preguntaba qué pasaría si él los tocaba. Apreté mis piernas juntas y traté duramente de alejar ese pensamiento. Solo me enviaría de vuelta a mi cama con mi mano abajo en mis bragas.
Tendría que aprender a controlar eso. Edward simplemente era más de lo que mi cuerpo podía manejar.
Él quiso quedarse. Quiso estar cerca de mí. Sin pedir nada más. No lo entendí. ¿Por qué se quedaría aquí y trabajaría gratis solo para estar cerca de mí si no creía que podríamos tener lo que tuvimos una vez? Me había herido. Hizo cosas para las que no había excusa, y me aterrorizaba confiar en él. Pero lo quería aquí. Quería ver su sexy sonrisa. Quería verlo mirándome con necesidad en sus ojos. También lo extrañaba. Disfrutaba hablarle, sin importar, de lo breve que nuestras conversaciones podrían haber sido.
Me aparté de la ventana. Él necesitaba comer algo, y quería hablar con él de nuevo. Sola. Sin Seth aquí. Tal vez sus continuas idas a cazar no eran una cosa mala después de todo. Además, Edward pensaba que aún estaba comprometida. No haría algo que no debería. Lo cual era bueno porque no estaba segura de que pudiera decirle que no.
Una vez que tuve las galletas y huevos listos, llamé a su teléfono por primera vez en seis meses.
—Hola —respondió al primer timbre.
—El desayuno está listo —repliqué.
—Estaré allí en un segundo —dijo antes de terminar la llamada.
Le pude haber mandado un mensaje. Sabía eso. Solo quise llamarlo. Escuchar su voz. El placentero sonido cuando dijera que estaría aquí en un minuto había valido la pena.
Había frito salchicha en vez de tocino esa mañana, y los huevos fueron un toque añadido que normalmente no me tomaba tiempo de hacer. Sí, me iba por la borda, pero no pensaría demasiado sobre eso. No tenía a Seth aquí para notarlo, así que hice lo que quise sin juicios.
Edward abrió la puerta y entró. Me giré justo a tiempo para verlo quitarse su gorra y colgarla junto a la puerta. Me destelló una sonrisa. Esa que hace humedecer mis bragas. Sí, esa clase. De seguro, él sabía eso también.
—Maldición, nena, ¿me preparaste huevos hoy también? ¿Y salchichas? ¿Qué he hecho bien? —preguntó con un brillo de burla en sus ojos mientras sacaba su silla y luego me miró—. Estás comiendo también —dijo. No fue una pregunta. Extendió el brazo y saco la silla junto a él. Me senté y dejé que me empujase la silla. Luego se sentó y preparo mi plato.
Le permitía hacer eso cada mañana. No era algo sobre lo que quería pensar demasiado.
—¿Por qué haces eso? —pregunté mientras él ubicaba mi plato en frente de mí.
—¿Qué? ¿Preparar tu plato?
Asentí.
—Porque me gusta cuidar de ti. —Fue su simple respuesta antes de que fuera a preparar su plato. Quise preguntarle por qué otra vez, pero ya me había dicho como se sentía esta mañana. No iba a seguir haciendo que lo dijera. Tenía un tiempo difícil creyendo que me amaba. Había visto las fotos y el video. Estarían por siempre grabados en mi cerebro.
Tomé un bocado de mi salchicha y esperé un minuto. En el momento justo, Vanessa empezó a moverse. Alcancé la mano de Edward. —Cuando como, ella se mueve —le dije. Dejó de comer y le dio a mi estómago su completa atención. Tomé otro bocado y observé mientras Edward sostenía mi estómago como si estuviera sosteniendo algo tan frágil como una bebé de verdad. Alcanzó el botón de mi blusa y sus ojos verdes se alzaron a los míos.
—¿Puedo? —preguntó. Me había preparado para eso.
Asentí.
Deslizó sus manos debajo de mi camisa y, justo como antes, mi cuerpo tembló por el contacto. —Come —dijo con una sonrisa.
Hice lo que me dijo y observé mientras Vanessa empezaba a moverse debajo de su mano. Sus dedos extendidos a lo largo de mi piel, y cuando dejaba de moverse, él empezaba a tocarme en una forma que ponía a mis hormonas de embarazo a toda marcha. Forcé la comida en mi boca para evitar que sus manos se movieran. Las veces cuando Vanessa no se movía fueron cuando sus caricias empezaron a afectarme. Vanessa se movía y sus manos se movían con ella. Cuando ella se detuvo, sus pulgares estaban justo debajo de mis pechos y si siquiera los movía, rozarían la parte inferior de mi sujetador. Aguanté mi respiración. No estaba segura de que pudiera evitar emitir un sonido si él lo hacía.
—¿Bella? —preguntó. Su voz había caído a un bajo susurró ronco.
—¿Umm? —Fue todo lo que pude decir.
—Si muevo mis pulgares y gimes una vez más, no estoy realmente seguro que pueda ser bueno. Estoy tratando, corazón, pero estás haciendo estos sonidos y estoy perdiendo el control lentamente.
¡Oh! Me aparté. No sabía que estaba haciendo sonidos. ¿Cómo dejé que eso pasara? Empujé mi silla y me puse de pie. —No lo sabía. Quiero decir. Lo siento —Me las arreglé para graznar antes de escapar a mi habitación de nuevo por segunda vez en la mañana.
Edward
Mi hada invisible estaba de vuelta. Un sándwich apareció milagrosamente en el portón trasero con una bolsa de patatas fritas y un termo con té dulce cerca de la hora del almuerzo. Ella permanecía escondida. Probablemente no debí haber dicho nada sobre los pequeños sonidos que estuvo haciendo, pero maldita sea si no estuve a punto de hacer algo para lo que no estaba lista. Trataba de salvarme de arruinar las cosas. Ahora ella se escondía de mí. La odiaba por esconderse de mí.
Había decido dejarla esconderse por hoy. Darle un día para superarlo. Pero mañana no iba a dejarlo ocultarse. Odiaba que se sintiera como si tuviera que esconderse de mí. Casi había olvidado cuan asustadiza Bella podía ser. Miré hacia atrás una vez más antes de dirigirme a mi auto. Su puerta estaba cerrada, y me pregunté si dormiría bien esta noche. No había aceptado mi oferta de dormir en el granero.
Tenía la puerta del auto abierta cuando escuché la puerta principal azotarse. Di la vuelta, y Bella se encontraba en el pórtico, observando. ¿Qué hago con eso? Demonios, era difícil.
—Terminé. Estaré de vuelta en la mañana —le grité.
—De acuerdo. Gracias. Te veo luego —replicó. Entonces comenzó a retorcer un mechón de cabello alrededor de su dedo y se mordió el labio. Eso significaba que algo la molestaba y no sabía qué hacer al respecto. ¿O qué decirme?
Cerré mi puerta y caminé cerca del pórtico. —¿Qué está mal, Bella?
—¿A dónde vas? —preguntó. Eso no era lo que estuve esperando.
—A casa. ¿Por qué? ¿Necesitas algo?
Miró de vuelta a la casa y tomó una profunda respiración. —No quiero quedarme aquí sola con Seth fuera. Normalmente duermo con mi teléfono junto a mi cama y su número en marcación rápida así todo lo que tengo que hacer es presionar llamar.
Parecía como que me quedaría aquí. No sonreiría. No lo haría. Pero maldita sea, quería. —Tengo un par extra de pantalones de pijama y una camiseta en mi auto. Déjame agarrarlos y luego me dirigiré al granero. Ve a dentro y relájate. No iré a ninguna parte.
No se movió. Regresé a mi auto y conseguí mis cosas. Bella aún permanecía en el pórtico cuando caminé de regreso a la entrada. Todavía se mordía el labio y retorcía su cabello.
—¿Qué está mal? Aun estás haciendo esa cosa con tu cabello y tu labio —dije.
Dejó caer su mano de su cabello y se detuvo de morder su labio. Luego suspiró y señaló a la casa. —Hay un montón de camas en la casa. El granero es frío en esta época del año, y no conseguiré dormir nada si me estoy preocupando por ti congelándote allí afuera.
No sonreiría. Maldita sea, eso era duro. —De acuerdo. Si estás segura porque puedo conseguir mantas extra y mantenerme en calor ahí fuera.
Sacudió su cabeza. —No. Eso es una tontería y sin sentido. Solo tienes que entrar. No hice la cena, pero pensé en hacer un poco de chile.
Quise preguntarle cómo se sentiría Seth sobre esto, pero quería que me lo dijera por su propia cuenta. No quería forzarla a admitir que ya no estaba comprometida. Si quería mantenerlo para ella misma justo ahora, entonces la dejaría. Tomé los escalones de dos en dos y me detuve en la parte superior. Abrí la puerta y luego hizo un gesto para que entrara. —Después de ti —le dije.
Sonrió, y el alivio en sus ojos me hizo sentir cálido por dentro. Me aseguraría que mi chica consiguiera algo de sueño esta noche. Entró y seguí detrás de ella, sintiendo la primera esperanza real desde que había empezado esto una semana atrás. Bella no se sentía lista para perdonarme y tomarme de vuelta, pero estaba a punto de admitir que me necesitaba. Eso era suficiente por ahora.
—Solo toma el cuarto en que solías dormir —dijo, sabiendo que era raro que de hecho durmiera en ese cuarto. Normalmente terminábamos juntos en el granero en aquellas noches.
—Necesito una ducha también. Vendré a ayudarte con el chile después de asearme.
Asintió. —Tomate tu tiempo —dijo, y la dejé allí sin tocarla. Sin un beso. Extrañaba eso. Extrañaba la habilidad de tocarla y sostenerla cuando fuera que quisiera. Me preguntaba si ella extrañaba eso también.
Después de asearme y cambiarme a mis pijamas, me dirigí a la planta baja para escuchar a Bella tarareando mientras picaba pimientos. No pude evitar sonreír. Solía cantar esa canción mientras hacía alguna cosa de hacer sonar una taza de plástico. Lo había visto en una película y pensó que era divertido. Tantas pequeñas cosas que extrañaba.
—¿Dónde está tu taza? —pregunté.
Dejó de tararear y levanto la vista hacia mí. La sonrisa en su cara era juguetona. Tenía que tomarlo lento esta noche. Porque justo en ese momento quería tomarlo muy, muy rápido. —Te las arreglaste para tomarte el tiempo suficiente para dejarme terminar. Ahora lo que necesito hacer es agregar esto y dejar que el chile se cocine a fuego lento —dijo mientras recogía los pimientos.
Me acerqué y levanté la tapa mientras dejaba caer los pimientos en la olla.
—Ves, me presenté para el trabajo pesado —dije.
Rodó sus ojos. —Lo que sea. Pero me voy a duchar ahora. Vigila la olla. Revuélvelo cada cinco minutos o algo así.
Podía hacer eso.
Capítulo 21
Bella
Cenar con Edward mientras estaba siendo encantador y saliendo de su camino para hacerme sonreír era agradable... y difícil. No debería haberle pedido que se quedara. Debería haberlo dejado ir al granero. Debería haber sido una chica grande y tratar con ello. Pero estaba tan cansada esa noche. No había dormido la noche anterior, y aunque el médico dijo que las pastillas para dormir que me dio eran seguras para el bebé, no confiaba en ellas.
Así que cedí y le pedí a Edward quedarse. Sabía que me sentiría segura con él allí. Tan estúpido como eso era, quería saber que se encontraba en la habitación pasillo abajo esa noche, durmiendo. Incluso después de que me hiciera tanto daño. Aún era Edward. Era el padre de mi bebé, y había dejado todo para venir a casa. Por nuestro bebé.
Estábamos bailando alrededor de esta cosa entre nosotros. En algún momento iba a tener que forzarme a hablar con él sobre esas fotos. Y ese —tomé una respiración profunda— video. El dolor siempre cortaba a través de mí cuando pensaba de ellos. Edward era un mujeriego. Le gustaban las mujeres. Supe eso la primera vez que dejé que me besara. Su sensual sonrisa y hermoso cuerpo habían causado que tire todo el sentido común por la ventana y me enamorara de él.
Pagué por ello. Puse una mano sobre mi estómago y me di cuenta que valió la pena. Edward podría haberme roto en dos pero también me dio esto. Me ayudó a encontrar la vida de nuevo después de Jacob. Y ahora que necesitaba a alguien en mi vida de nuevo para apoyarme, allí estaba. ¿Podríamos ser amigos? ¿Era eso posible?
Vi cómo puso la última olla en el lavavajillas y su camisa se levantó de su cintura para destellarme los dos perfectos hoyuelos en su espalda baja justo encima de su increíble trasero. Lamí esos hoyuelos más de una vez antes de dar un mordisco a su culo. Sonriendo ante el recuerdo, no me di cuenta de que Edward me miraba de regreso.
Cuando sentí sus ojos en mí, rápidamente aparté mi mirada de su piel expuesta y volví a entrar en la sala. —Gracias por limpiar. No tienes que hacer eso —dije tan casualmente como pude.
Tomé la manta de la parte posterior del sofá y me acurruqué en ella, cubriéndome a pesar de que mi cuerpo se calentó lo suficiente con los recuerdos del desnudo trasero de Edward. Pude verlo entrar en la habitación por el rabillo de mis ojos, pero alcancé el mando a distancia de la televisión y comencé a surfear los canales. No podía mirarlo. Tenía que ir a la cama.
—¿Me estás corriendo ahora o puedo ver un poco de televisión contigo? —No había humor en su voz, así que me arriesgué a darle un vistazo. No estaba divertido. Bueno. Tal vez no me había visto estudiando su culo como si quisiera un bocado. Porque los dos sabíamos que era una fan de su trasero.
—Claro. ¿Algo en particular que quieras ver? —pregunté, forzando una sonrisa antes de mirar de vuelta a la televisión.
Cruzó la habitación, y contuve la respiración, esperando a ver dónde iba a sentarse. Cuando se dejó caer para sentarse centímetros de mí en el sofá, continué aguantando la respiración.
—Dame tus pies —dijo, estirándose por la manta cubriéndome de pies a cuello. Antes de que pudiera protestar, tenía uno de mis pies tirado sobre su regazo y estaba quitando mi calcetín.
—¿Qué estás haciendo? —Le pregunté, aunque ya lo sabía.
—Exactamente lo que parece —respondió. Esta vez su sonrisa divertida era en esos carnosos labios suyos.
—¿Por qué?
Comenzó a masajear mi pie justo en el lugar correcto. Sabía que me encantaba tener mis pies frotados, y sabía exactamente dónde frotarlos y cómo. Había hecho esto cientos de veces antes. Mi cuerpo se relajó al instante bajo su tacto. No podía controlarlo.
—Porque has estado de pie todo el día. Porque me gusta tocarte. Y porque haces los ruidos más increíbles mientras lo hago.
No levanté la mirada de mi pie en su mano para mirarlo a la cara. Sus ojos estaban puestos en mí. Mirándome. Lo sabía. Podía sentirlo. Pero no iba a mirarlo. Esto era demasiado.
—Dame ambos pies —dijo, tratando de alcanzar mi otra pierna y tirando hasta que ambos mis pies estaban en su regazo—. ¿Por qué no llevas mis calzoncillos esta noche?
Tragué saliva. Empecé a empujar el edredón para cubrir mis piernas desnudas y me detuvo. Lo tomó y con cuidado me cubrió. —Me gusta verte en mis calzoncillos.
Debería ir a mi habitación. Edward movió una mano hasta mi pantorrilla, que ahora se hallaba debajo las cobijas, y comenzó a masajear mi pierna, manteniendo sus ojos en mí. Finalmente me rendí y me encontré con su mirada. —Sólo tengo un par. Necesitan ser lavados.
Edward sonrió. —Te daré algunos más.
—Eso no es necesario.
—Sí, creo que lo es.
Esto no era bueno. —Edward —le dije con voz severa.
—Bella —respondió, sonriendo ahora.
Era muy duro ponerse enojada cuando él estaba todo adorable y haciendo que mis piernas se sientan celestiales. —¿Qué estás haciendo? ¿Por qué haces eso? —Le pregunté.
—Creo que ya he respondido a esa pregunta, cariño —dijo arrastrando las palabras.
Dejé escapar un suspiro de frustración y traté de convencerme de ir a la cama. Sacar mis piernas de su regazo e ir a la cama. Pero mi cuerpo estaba disfrutando de sus atenciones demasiado. El maldito cuerpo era un traidor.
—Relájate, cariño. No estoy tratando de hacer nada más que ayudarte a descansar más fácil esta noche. Lo juro, todo lo que voy a tocar es tus pies y pantorrillas.
Lo estudié un momento, y su mano se movió de nuevo a mis pies. Estaba siendo sincero. Y esto se sentía muy bien. Así que me di por vencida, me recosté en el sofá y puse la manta debajo de mi barbilla. Las manos de Edward se mantuvieron haciendo exactamente lo que dijo que iban a hacer, y mis ojos se pusieron más pesados con cada segundo que pasaba.
Edward
Estaba dormida. Lo había estado por al menos treinta minutos, pero aún continuaba frotando sus pies. No estaba listo para dejar de tocarla todavía. También hizo esos pequeños sensuales sonidos satisfechos en su sueño. Jodidamente los amaba.
Esta noche había sido un éxito. Mi pecho se sentía más ligero. Había dejado que me quede. Quiso que me quedara. Me necesitaba, y esa fue la sensación más increíble en el mundo. Verla reír mientras cenaba casi había hecho posible que finja que era mía de nuevo. Casi.
Alcancé sus desechados calcetines y los puse de nuevo en sus pies. Por mucho que preferiría que ser yo manteniéndola caliente esta noche, sabía que ella no quería eso. Sin mis piernas para meter sus pies debajo para mantener el calor, tendría que usar calcetines. El dolor regreso. Quería ser el que calentara sus pies fríos.
No estaba allí todavía. Tenía que creer que lo estaría un día. Hasta entonces tenía esto. Me permitía acercarme de nuevo. Eso me ayudaría. Mi única debilidad fue cuando me miró con deseo en sus ojos. Cuando había atrapado sus ojos fijos en mi culo con esa mirada hambrienta, estuve muy cerca de hacer algo por lo que habría estado molesta. Me alegré de que saliera huyendo de la cocina. Necesitaba un segundo para recobrar el aliento. La dulce boca de Bella en mi culo era un recuerdo que hizo a mis rodillas debilitarse y a mi polla endurecerse.
Me moví lentamente para no despertarla, entonces me agaché para cogerla en mis brazos. Abrazó la manta y murmuró algo antes de meter su cabeza en mi pecho. No me permití pensar en lo mucho que quería meterme en la cama con ella y seguir sosteniéndola así toda la noche.
Subí las escaleras y la llevé a su habitación. Mientras la metía dentro, murmuró un gracias que sabía no recordaría. Debido a que estaba durmiendo y podía salirme con la mía, le di un beso en la frente, en su suave mejilla, y luego en sus labios. Obligándome a detenerme, di un paso atrás y salí de la habitación, cerrando la puerta suavemente detrás de mí.
Ella dormiría bien esta noche. Yo no estaba seguro de que lo haría.
El sol aún no se había levantado... pero yo lo estaba. En algún momento de la noche, me las arreglé para dormir, pero no había sido mucho. Comprobé a Bella varias veces e incluso bajé a la cocina a por un vaso de leche. Sin embargo, fue la mejor noche que tuve en mucho tiempo.
Me di por vencido tratando de dormir y decidí vestirme e ir hacer el desayuno a Bella para variar. Durmió toda la noche y estaría descansada. Quería ser quien cuidara de ella esa mañana. No quiero ponerme mis vaqueros aún. Todavía estaban sucios de ayer. Así que me sacudí en mis pantalones de correr y dejé la camisa. Si Bella conseguía ponerse emocionada por ver breves destellos de mi piel, entonces me gustaría hacer que sea fácil para ella. Sonriendo, me dirigí a la puerta y por el pasillo.
El suave gemido procedente de la habitación de Bella me detuvo en seco. Me congelé y me paré allí, forzando mis oídos a oír si lo había imaginado o si acababa de hacer uno de sus sexys gemidos que hacía cuando estábamos haciendo el amor. Conocía el sonido, y yo no estaba allí con ella. Lo hizo de nuevo.
Mierda.
Estaba sola. ¿Estaba dormida? Santo infierno.
Di un paso hacia la puerta y escuché mientras hizo otro ruido. Tres gemidos sensuales y me encontraba duro como una roca. ¿Qué estaba haciendo? ¿Soñando? No debería estar escuchando, pero, demonios... ¿cómo iba a alejarme de eso?
Entonces dijo mi nombre. Sí, iba a entrar. Al diablo con dejarla sola y darle tiempo. Esa mierda no estaba sucediendo ahora. Abrí la puerta y entré en su cuarto oscuro. Inmediatamente se calmó.
Estaba despierta. Esto no era un sueño.
—Edward —dijo con voz ronca, y tiró de las mantas sobre ella. Pero no antes de que viera su mano en sus bragas.
Mi corazón golpeaba contra mi pecho, y yo estaba malditamente seguro de que no estaba respirando. —Bella —respondí, dando un paso hacia ella.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó, con los ojos fijos en los míos.
—La pregunta es, cariño, ¿qué estás haciendo tú?
Incluso en la oscuridad, pude ver sus mejillas sonrojadas. No estaba seguro de si estaba avergonzada o si era por el orgasmo que estaba trabajando cuando entré.
No me respondió.
—Dijiste mi nombre. —Mi voz sonó como un gruñido. No pude evitarlo. Estaba a punto de perder el control. Luchar no sé acercaba de explicar con lo que trataba en ese momento.
—No sabía que estabas despierto —susurró.
—Bueno, lo estoy —le dije cuando llegué a su cama. No dije nada más. Agarré las cubiertas y las aparté. Su mano aún estaba metida dentro de las pequeñas bragas de encaje. Realmente no había visto a su estómago así todavía. Pero saber que tenía a mi bebé dentro hizo a mi sangre calentarse y a mi deseo rabiar más duro. Comenzó a deslizar la mano fuera y agarré su muñeca.
—No. No lo hagas —le dije, apartando mis ojos de la visión de ella tocándose para mirarla a los ojos.
Respiraba rápido y sus senos estaban apenas cubiertos por la camiseta que llevaba puesta. Se levantaban y caían, presionando contra la delgada tela, sólo probando a volverme más enloquecido.
—Quiero verte tocarte a ti misma —le dije.
El pequeño tirón en su respiración me dejó saber que la idea la excitaba. Bella siempre había sido traviesa. Mi dulce chica inocente y su lado malo me volvían salvaje. —Voy a quitarte estas bragas, y tú seguirás haciendo exactamente lo que hacías cuando entré aquí. Pero esta vez, cuando digas mi nombre, no voy a estar en tu imaginación. Voy a estar jodidamente aquí.
Llegué a los lados de sus bragas de encaje rosa y las bajé por sus largas piernas. Ella deslizó sus pies fuera. Me ayudaba. Joder, sí. Tomé las bragas y las sostuve hasta mi nariz y respiré hondo. Me encantaba su olor. Lo había extrañado.
—Edward —dijo sin aliento.
Mantuve sus bragas en la mano y codeé sus piernas hasta que se extendieron totalmente abiertas en la cama. La mano de Bella no estaba en su clítoris por más tiempo. Tiró de ella hasta su estómago.
Me incliné sobre ella y presioné un beso en su mano y luego la recogió y la moví hacia abajo para ponerla de nuevo en donde la había tenido antes. —Finaliza.
Bella se estremeció, pero no se movió.
—¿En qué pensabas cuando te he oído? ¿Eh? Dime, nena. ¿Qué pasaba por esa cabecita tuya cuando estabas haciendo esos ruidos? ¿Cuándo llamabas por mi nombre? —Le pregunté, y se mordió el labio inferior.
A veces mi chica traviesa necesitaba ayuda. Esta era una de esas veces. Me puse de pie y me moví para doblarme sobre ella. Inclinándose, le di un beso en la oreja y luego mordí suavemente. —Ahora, ¿qué era lo que estaba pensando? ¿Tenía la cabeza entre esas largas piernas tuyas? ¿Estaba lamiendo tu dulce coñito? Porque joder ahora mismo me encantaría lamer tu coño. Deslizando mi lengua a través de tus calientes labios húmedos. Mmm, siempre saben tan bien. ¿Me pregunto si saben mejor ahora? Tus labios están hinchados ahora. Los vi. Son diferentes. ¿Son más tiernos? ¿Si deslizo mi mano ahí abajo y muevo los dedos sobre ellos, se sentiría bien?
Su mano empezó a moverse. La miré mientras sus ojos se cerraron y arqueó la cabeza hacia atrás. —Quiero verte. ¿Estás recordando lo bien que se siente cuando me deslizo dentro de ti? Joder, nena, es todo en lo que puedo pensar. —Me eché hacia atrás mientras empezaba a mover su mano más rápido. Tenía la intención de ponerla más caliente así cedería y acabaría, pero ahora no estaba tan seguro de poder manejar esto.
Sus dedos se deslizaron arriba y abajo, quería estirarme y tocarla también, pero no me había dado permiso para hacer eso. No merecía llegar a tocarla de esa manera. Tenía que perdonarme... Tenía que confiar en mí. Pero estaba tan cerca de venirme en mis malditos pantalones, eso no era gracioso.
—Edward —gritó, y tuve que coger las sábanas y contenerme.
Su espalda se arqueó y sus piernas cayeron completamente abiertas. —Oh Dios, sí, Edward, —gimió, y salté de la cama como si estuviera en llamas. Mierda... Tenía que salir de aquí. Iba a tocarla. También estaba muy malditamente cerca de correrme. Esta fue la cosa más sexy que jamás había visto, y Bella había hecho algo de mierda sexy antes. Esto se lo llevó todo.
—Sí. Oh, sí —gritó, y salí de la habitación.
No miré hacia atrás. Fui directamente al baño. Sólo tomó dos tirones rápidos, y grité su nombre mientras me vine.
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Bueno, ¿Qué les pareció? Nuestros chicos volvieron a las andadas, Pillines
Cualquier comentario, queja, recomendaciones, cartas de odio (donde la adaptadora esta exenta), ya saben, solo le dan al botoncito de comentarios…
Besos y Hasta el próximo capítulo…
Elisse CG
