~N/A: ¡Hola! Este capítulo viene con salseo y trato directamente lo que he insinuado en varias ocasiones sobre Draco y cierta señorita sangre pura. Como todo lo que aparece aunque ahora no lo parezca, será importante en un futuro. No os entretengo más.

Agradecimientos a Sam Wallflower, Alice1420, Isela Malfoy, MsWildeN, MonseMiles, johanna, Cris James, Effy0Stonem, Sally ElizabethHR, artemisvan89, LuNaChocoO y yulss957 por sus reviews. N/A~


Para AliciaBlackM.


EPITAFIO A UNA MENTIRA


xi. Lo opuesto del amor no es el odio, sino la apatía. (Rollo May)

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31 de julio de 2006

Draco termina de anudarse la corbata y recoge la chaqueta que había dejado en una silla. Mira a Astoria, quien lo observa desde la cama en todo su esplendor desnudo. Se pasa la lengua por los labios, pensando que podrían hacer una segunda ronda, pero desecha la idea con rapidez. Le apetece irse a casa, darse una ducha y meterse en la cama.

―¿Te vas? ―pregunta ella.

Él está a punto de decirle que ya no tiene nada más que hacer allí, pero sabe que su lengua viperina no hará que la mujer vuelva a quedar con él gustosamente.

―Sí ―se limita a responder.

―Creía que Hermione tenía una fiesta esta noche.

―Y la tiene. ―Su esposa ha ido a la fiesta de cumpleaños de su mejor amigo, el cara rajada, así que Draco ha aprovechado para quedar con su amante.

Astoria se levanta y se acerca a él con movimientos felinos. Pone una mano en su brazo, pero Draco no se deja seducir y mantiene la mirada fija en sus ojos verdes.

―No te vayas ―dice ella, haciendo pucheritos―. De todas formas ella no te echará de menos si llegas más tarde.

Draco coge su mano y la aparta con delicadeza, escondiendo el hecho de que su insistencia lo aburre.

―Otra vez será.

Astoria se aparta de él y empieza a vestirse. Draco sabe que está molesta y dolida, pero como no le apetece discutir, la ignora. Para eso ya tiene a Hermione.

Para cuando ella termina de vestirse, ya se le ha pasado el berrinche. Draco la espera junto a la puerta del dormitorio.

―Lo siento ―se disculpa Astoria, volviendo a poner su habitual expresión inocente―. Es que no me gusta compartirte ―dice, acercándose a él y pasando las manos alrededor de su cuello.

Draco coloca una mano en su cintura y le da un beso en la mejilla.

―No eres tú quien me comparte, preciosa.


12 de junio de 2007, tarde (Malfoy Manor)

Tomarse un jueves libre es un capricho que Draco no necesita darse, pero desde que se enteraron de su pérdida, sus socios están preocupados por él: temen que se derrumbe en cualquier momento y sea incapaz de dirigir su empresa de forma eficaz. De nada sirve mostrarse tan entero como siempre, insisten en que se tome unos días libres.

Y ahora ahí está, sentado en su despacho con los dientes apretados y una copa de bourbon frente a él.

Observa con rabia los documentos viejos que tiene delante. Los ha repasado tantas veces durante la última hora que ya se los sabe de memoria. Cuando se casó no le prestó mucha atención: sus padres le habían insistido mil y una veces en la importancia de elegir bien a la mujer con la que perpetuaría el apellido Malfoy. Cuando empezó a relacionarse con Granger, pensó en que estaba matando dos pájaros de un tiro: se ahorraba casarse con una sonrisa bonita pero con la cabeza hueca y fastidiaba y se ganaba la admiración de todo el mundo a partes iguales. Para él, Hermione era tan buena como cualquier otra.

Quién le hubiera dicho que querría divorciarse en algún momento.

Pero no había manera. Una vez se firmaba aquel documento, la unión era irrompible a menos que hubiera una causa de fuerza mayor.

Maldice a Hermione por haberle contado lo de su aventura con Weasley y también a sí mismo por haber tenido la genial idea de firmar un contrato extramatrimonial. Si no lo hubiera hecho, podría habérselas ingeniado para destapar los cuernos y a estas alturas ya se habrían divorciado.

¡Joder!

Finalmente, con un suspiro frustrado, guarda el infame documento familiar en el último cajón del escritorio y lo sella con magia. Apura el bourbon y se levanta con decisión, pero entonces recuerda que no tiene nada que hacer y se deja caer de nuevo en la silla.

—Señor Malfoy… —Uno de sus elfos aparece delante de él, a unos metros prudenciales de distancia.

—¡¿Qué?! —espeta él, mirando al elfo fijamente. Se da cuenta de lo brusco que ha sido y cierra los ojos un segundo, inspirando hondo—. ¿Qué pasa? —vuelve a preguntar.

—Tiene visita. La señorita Greengrass —anuncia después de una pausa.

Draco enarca ambas cejas. ¿Qué cojones quiere Astoria ahora? Parece que las desgracias nunca vienen solas.

—Hazla pasar. —Podría decirle que la echara, pero la conoce y sabe que volvería al día siguiente. Puede ser muy pesada cuando quiere.

Se sienta ligeramente de lado y apoya un tobillo en la rodilla contraria. Es su pose de «Te estoy regalando mi tiempo, no lo desperdicies».

Astoria entra en su despacho como si de su casa se tratara. Lleva un vestido veraniego, de color rojo, y el pelo suelto sobre los hombros. Sus ojos verdes se clavan en Draco y no se despegan de él en todo el recorrido. Rodea la mesa con una sonrisa y se inclina hacia él para darle un beso. Draco no varía su expresión y acepta el beso en la mejilla, pero no se lo devuelve.

—¿Qué haces aquí? —pregunta.

Astoria se encoge de hombros con gesto indefinido.

—Verte. ¿Es que no puedo echarte de menos?

Draco se queda mirándola con los ojos entornados y le señala con una mano la silla frente a él. El trato especial terminó meses atrás, y si ha venido a recuperar su afecto, está muy equivocada. Y si algo se le da bien a Draco Malfoy es mostrarse indiferente.

Astoria acepta su invitación y se sienta muy recta, con los tobillos cruzados. Pose de perfecta señorita rica. Si supiera lo aburrida e insulsa que la hace parecer, abandonaría el hábito.

—También quiero saber cómo estás —dice, borrando la sonrisa de golpe—. Me he enterado de lo que le pasó a Hermione… —Siempre que pronuncia el nombre de su mujer, a Draco le da la sensación de que no debería hacerlo o de que sus labios se niegan a emitir la palabra, pero se fuerza a hacerlo—. Lo siento.

Si tan solo fuera sincero, Draco aceptaría su pésame y hasta se dejaría consolar. Pero sabe reconocer a alguien de su calaña cuando lo ve, y Astoria y él se parecen más de lo que le gustaría.

—Gracias —responde—. ¿Algo más?

La mujer empieza a hacer pucheros.

—¿Por qué tienes que ser así conmigo? —le reprocha—. Siempre tan seco, siempre tan distante, siempre tan frío… ¿Qué te hace ser así?

Draco se encoge de hombros. Una frase más y la echa.

—Nada. Yo soy así.

Una ceja enarcada le indica a Astoria que tiene una última oportunidad de decir algo sensato. Ella se inclina hacia delante y lo mira con anhelo.

—Sé que es pronto todavía, pero quiero que sepas que, si me necesitas, aquí estoy. Siempre te esperaré.

Draco se levanta y se acerca a la ventana. No quiere ser tan cruel como para poner los ojos en blanco en su cara.

—¿Te lo repito por enésima vez? Nosotros hemos terminado. No tengo la cabeza ni los ánimos para preocuparme por nadie, y tú deberías buscarte a alguien más.

—Pero… —empieza a protestar ella, pero la mirada que le dedica Draco cuando se da la vuelta la hace callar.

—Te han criado para estar siempre guapa, con la esperanza de que eso te gane un marido rico e importante que te sitúe bien en la vida. —Ella lo mira, ofendida y con los labios muy apretados para evitar llorar—. Serás una esposa preciosa, colgada del brazo de cualquier mago importante que te acepte. Yo —levantó la mano donde llevaba el anillo de boda— ya no estoy disponible. Llegas varios años tarde.

Astoria baja la vista y permanece inmóvil varios segundos, pero finalmente se levanta lentamente y lo mira con toda la dignidad que es capaz de reunir.

—Bien. Tranquilo, que no volveré a molestarte más —dice antes de marcharse.

—Eso espero —suspira Draco. Se aproxima a la mesa de la bebida y rellena su copa.

Está claro que implicarse con mujeres, a la larga, solo le da dolores de cabeza.


12 de junio de 2007, noche (Malfoy Manor)

Hermione no ha bajado a cenar, pero como tiene la mente inquieta, ha decidido ir a la biblioteca a por un libro. Cuando era pequeña, e incluso ya de adolescente, leer era lo único que la distraía cuando estaba triste. Si es cierto que las palabras escritas poseen algún tipo de magia, es hora de que lo demuestren.

Mientras baja las escaleras, percibe la suave melodía de las teclas del piano negro que hay en la biblioteca. Hermione intentó convencer a Draco una vez de que el piano tendría mejor uso en el salón, pero él argumentó que cuando tocaba, no lo hacía para complacer a nadie, así que el instrumento estaba bien donde estaba. De hecho, pocas son las ocasiones en que Hermione lo ha visto tocar; es algo suyo, y ella prefiere no inmiscuirse.

Es increíble cómo dos personas pueden vivir juntas y convivir tan poco.

Se acerca de puntillas a la puerta de la biblioteca, que está entreabierta, y asoma la cabeza. Draco está tan concentrado en la partitura que está tocando que no se da cuenta de que tiene público, y ella decide disfrutar un poco más del espectáculo. Es buen pianista, probablemente debido a una educación estricta y a que practica cuando nadie lo escucha. Tiene, desde luego, manos de pianista: grandes, de dedos largos y elegantes; aunque eso ella ya lo sabe, porque Draco sabe tocar las teclas de su placer muy bien.

Pero todos los hechizos tienen un final, y el de esa pieza llega cuando Hermione abre la puerta del todo y carraspea, haciendo notar su presencia. Los dedos de Draco se detienen antes de que alzara la mirada hacia ella. Sus ojos se quedan fijos en Hermione unos segundos, antes de proseguir con la pieza.

Ella lo toma como una invitación para pasearse por la estancia. Pasa los dedos por un par de tomos, hasta que se decide por uno al azar. Lo único que quiere era tener la mente ocupada.

—Espero no molestarte si me quedo aquí —dice antes de sentarse en uno de los mullidos sofás y abrir el libro. Es, al parecer, el tercer tomo de una compilación sobre la era de Merlín, pero le da igual.

Draco no responde, y siguen en silencio, solo roto por las notas que flotan en el aire antes de desaparecer, un rato más.

—¿Cómo ha ido la primera sesión? —pregunta él.

Hermione levanta la vista de la primera página con sorpresa. Se había perdido en sus pensamientos mientras fingía que leía, y no esperaba esa interrupción.

—Sin más —responde; en realidad la primera sesión le ha parecido rara y ha revuelto algo dentro de ella que no sabría definir, pero sabe que a Draco eso no le interesa. Luego se encoge de hombros—. Es rara, pero creo que servirá.

—Bien. —Hermione intenta concentrarse otra vez en el libro, pero cuando la música se detiene brevemente, levanta los ojos de nuevo. Las manos de Draco se han quedado suspendidas en el aire y su mirada en la partitura. Son apenas unos segundos, pero bastan para que sepa que quiere contarle algo—. Astoria ha venido esta tarde.

Él sigue tocando, pero sus ojos están fijos en su mujer. Los labios de Hermione amenazan con torcerse en una mueca, pero logra dominarse.

—¿Qué quieres que responda exactamente? —Cambia de postura, subiendo los pies al sofá, y pasa de página—. Mi bendición ya la tienes —responde con un ligerísimo toque de sarcasmo.

No sabe por qué se enfada, si ya sabía que estaban liados antes del embarazo; era cuestión de tiempo que reemprendieran su relación.

—No hemos hecho nada —aclara él con los ojos entrecerrados. Hermione casi cree percibir que le ha herido su suposición—. Solo quería darnos el pésame.

Hermione cierra el libro y esboza una sonrisa ladeada. Aquella sí que es buena.

—Claro. Qué amable por su parte. Si vuelves a verla, dale las gracias.

—Lo dudo mucho —responde Draco, sin dejar de mirarla.

—¿Ya te has cansado de ella? —pregunta Hermione.

Draco hierra una nota y se detiene, mirando al teclado con frustración, como si fuera él y no sus manos quienes se habían equivocado.

—¿Vas a juzgarme por usar a una persona y luego deshacerme de ella como si no fuera nada?

Hermione está a punto de espetar que a ella sí le importaba Ron, pero las palabras se quedan atascadas en su garganta. No puede hacerse eso a sí misma, no puede mostrarse tan débil.

Con un movimiento brusco, se levanta. Deja el libro en su sitio con fuerza, y se dirige hacia la puerta abierta.

—Buenas noches, Draco.

Como toda respuesta, él empieza a tocar de nuevo. Nocturno, de Chopin. Tal vez es su manera de desearle buenas noches, pero Hermione no puede evitar sentir nostalgia por algo a que no sabría ponerle nombre. Es lo que tienen esa clase de obras, que sacan lo peor de tu corazón. Otra gente diría que son buenos sentimientos. La lágrima que recorre su mejilla mientras sube las escaleras hasta su habitación opina lo contrario.