Discαimer αpplied.


Kαtsudon

XI

Serendipiα

Es de noche y Viktor yace despierto en su cama en silencio, incapaz de dormir. Reflexiona.

La figura al lado de él se agita y Viktor coloca una mano grande en su cabeza para tranquilizarlo. El otro parece calmarse, porque deja de moverse, murmura unas palabras ininteligibles y continúa sumido en sus sueños con Morfeo.

Viktor acaricia la espalda de su compañero suavemente; sus ojos celestes se hallan fijos en un punto del techo blanco. Continúa pensando sin poder evitarlo.

Una vez fue como una figura esculpida en hielo: perfecta, bella y digna de admirar, pero vacía. Sentía que todo el mundo lo miraba al pasar, se quedaban un segundo a observar los detalles y después pasaba de largo. Luego se derretía el recipiente que contenía su alma hasta que otro escultor creaba otra obra de arte que lo cobijara.

Se sintió solo como la figura en medio de una exhibición. Rodeado de tanta gente, pero sin nadie con quién hablar, pero no de palabras vacuas y formales, sino alguien con quien compartir el té y las galletitas de jengibre de su madre, y hablar sobre el mundo, sus sueños; compartir recuerdos, sorberse las lágrimas y extender sendas sonrisas sinceras por sus rostros.

Se sintió solo y vacío. Triste y sin un norte adonde ir. La escultura se estaba derritiendo y tal vez nunca nadie volvería a esculpir otra igual, y su alma vagaría como una mariposa sin rumbo por todos lados y ningún lugar.

Y, como un milagro de primavera, apareció él. Yūri. Llegó como un beso cálido de la diosa que se despide del invierno.

Yūri llegó a su vida —sí, llegó él por mucho que Viktor haya hecho el viaje a Hasetsu— y la puso de cabeza en un segundo.

No supo en qué comento comenzó a amarlo. Si fue desde el principio cuando vio aquel video viral —que agradece a Georgi toda la vida por hacérselo saber—, o fue después, cuando lo veía en el hielo, sus ojos brillantes o la sonrisa que se asomaba tímida por sus labios.

Empezó a desear que Yūri lo llamara por su nombre todo el tiempo. Deseó mirarlo por siempre, tanto dentro como fuera del hielo. En su vida diaria, en sus penas y alegrías. En todo.

Mirarlo por toda la eternidad, perderse en sus ojos que podían arder como la llama o derramar pequeñas gotas de sal.

Fue Yūri quien empezó todo sin darse cuenta la noche en que le abrió su corazón en China y le permitió calmarlo. Esa vez cayó en la cuenta de que la conexión entre el entrenador y el pupilo estaba mutando a algo más. Amistad tal vez.

Fue Yūri también quien propició el acercamiento de sus almas en el la noche fría de Barcelona, con las luces de la Sagrada Familia y el coro como testigos, y ese anillo que deslizó en su dedo sellando para siempre una alianza que no se rompería jamás…

… Hasta que fue el mismo Yūri quien intentó romperla con seis palabras en un cuarto de hotel.

Viktor lloró aquella vez. Lloró como un ángel al que le arrebataron las alas de repente y descubrió que más nunca podría volar. Sintió su corazón resquebrajarse y todavía hoy siente aquella sensación al recordarlo en las noches de tormenta.

Y otra vez fue Yūri —porque descubrió que Yūri era el que tomaba siempre la iniciativa— quien en Rusia, con una taza humeante de té en la mano, galletitas de jengibre y el rostro sonrojado le preguntó mirándolo a los ojos:

—¿Qué somos, Viktor?

Se sinceró con él. Había esperado casi un año para decírselo, y Yūri le estaba dando la oportunidad ahora. Le habló de sus sentimientos, de lo que pensaba y lo que esperaba, rezando para que estos fueran correspondidos. Y así fue.

Comenzaron poniéndole nombre a aquello que sentían y que todos sabían, incluso ellos. Pero que les costó varias lunas admitir.

A Viktor le pareció un viejo cuento de hadas, de los que la abuela Epachina acostumbraba a leerle antes de dormir. Y fue feliz por primera vez en mucho tiempo.

La escultura se derritió, su alma voló y nadie esculpió otra porque no hubo necesidad de otro recipiente helado, ya que su alma se asentó en Yūri y en Yūri se quedó.

En el camino se encontraron con senderos pedregosos.

Yūri cambió de repente, y su alma se quebró cuando lo descubrió roto, rodeado de sangre y con una cuchilla en la mano. No entendía qué pasaba, pero lo único que sabía era del miedo que le nacía de la boca de su estómago porque Yūri se le iba.

No fue fácil. Yūri recurrió a terapia y a medicamentos. Eventualmente tenía que dejar de lado competencias en pos de su salud. Los demás comprendían y callaban para no meter el dedo en la llaga, pero era imposible acallar a la prensa y a los rumores que lastimaban profundamente a Yūri.

Y él estaba ahí para consolarlo, estaba ahí para sostenerlo. Estaba ahí para todo, con el alma rota, pero una sonrisa siempre en el rostro. Solo Chris y Maccachin eran testigos de sus lágrimas.

Pero así como bebió de la amarga hiel de la realidad, también se le permitió beber de las mieles de la alegría al ver a Yūri recuperar la sonrisa y avanzar hacia adelante con paso firme. Se permitió soñar con un futuro al ver a su sol volver a brillar con todas sus fuerzas.

Ambos siguieron patinando juntos en exhibiciones y también como acérrimos rivales en el hielo, buscando los dos la redonda y dorada medalla de oro. Lo hicieron por varias temporadas, porque Viktor se sentía tan bien consigo mismo que era capaz de desafiar al tiempo y al límite etario que poseía un deporte tan bello y efímero.

El tiempo pasó, Viktor colgó los patines y se dedicó de lleno a entrenar a Yūri y otros pupilos que había acogido de la liga júnior cuando el viejo Yakov decidió retirarse. Con Yūri descubrió lo mucho que le gustaba enseñar y la satisfacción que le producía ver a sus pupilos crecer.

El día en el que Yūri cumplió treinta años anunció su retiro definitivo del patinaje artístico, poniendo fin a una carrera donde había conquistado el oro cinco veces —cumpliendo con la promesa que le hizo después de su primera plata en el Grand Prix Final—, así que llegó el momento de cumplir otra. Y fue de nuevo Yūri quien tomó la iniciativa:

—Quiero casarme contigo, Viktor.

No hubo sonrojos ni miradas bajas, sino determinación y firmeza. Viktor no supo qué decir en un principio, tomado por completo de sorpresa.

Yūri agitó las cinco medallas de oro —las más importantes—, y le recordó:

—Lo prometiste.

Aceptó. Se casaron en Hasetsu, en una ceremonia íntima y tradicional, rodeados de todos sus amigos y familiares —tardó un tiempo en hacerse la idea de que la familia de Yūri era también su familia—. Dijeron el sí en un día de primavera —como la vez que se conocieron—, con risas, katsudon, algún que otro gruñido de Yuri molesto porque lo mandaban a cambiar la corbata de tigre, y selfies, cortesía de Phichit, quien también ofició de padrino en la ceremonia junto con Chris.

De pronto se encontraron formalmente unidos, ambos retirados y con un futuro por delante. Entonces se sentaron a hablar del mismo seriamente, y decidieron vivir en Rusia como siempre. Viktor seguiría enseñando patinaje a los niños y entrenando a los júniors y séniors que surgían en cada temporada, y Yūri patinaría en exhibiciones —en donde Viktor siempre era invitado— y desempolvaría el título universitario que había obtenido en Detroit para ayudarlo con la administración de la pista.

Un llanto proveniente de la cuna irrumpe en la habitación, interrumpiendo el hilo de sus pensamientos. Yūri, una masa amorfa con tantas capas de tela encima y abrazado a una almohada abre un ojo, aún adormilado.

—¿Yelena? —pregunta.

—Sí —responde Viktor—. Seguro debe ser la hora de su leche.

Yūri se arremolina en la cama y tapa su cabeza con la almohada.

—Hoy te toca. —Su voz sale amortiguada de debajo de la almohada.

Yelena no fue planeada en absoluto, sino que fue una serendipia que les deparó la vida durante un viaje a Francia. La niña había sido abandonada en el aeropuerto y fue encontrada, inverosímilmente, por Viktor. Arropada con mantas escasas, y con una nota en un sobre, Yelena dormía tranquila en una cesta, cual Moisés entre las aguas.

Viktor nunca había sentido deseos de ser padre y, por lo que sabía, Yūri tampoco. Demasiado ocupados en sus vidas y entregados a sus tareas cotidianas, Viktor y Yūri no habían considerado la paternidad como una opción. Sin embargo, cuando cargó a la niña entre sus brazos, sintió un cosquilleo en el pecho y vio en ojos de Yūri una sorpresa y ternura infinitas.

El sí fue tácito. No fue fácil, por supuesto. La búsqueda de la madre primero; los trámites y las pruebas duraron muchos meses, y no faltó aquel quien dudaba que dos hombres fueran capaces de criar correctamente a una bebé. Pero finalmente, después de un largo peregrinar, los tres regresaron a Rusia con la venia de un juez.

Fue como embarcarse a una nueva aventura. Ninguno de ellos conocía exactamente la forma de lidiar con una criatura tan pequeña; las largas noches en vela y los llantos continuos en busca de calor o comida eran constantes. Hasta que, finalmente, su madre se instaló un tiempo en su casa para ayudarlos a dar los primeros pasos.

Se levanta de la cama y se dirige hacia la cuna. Cuando lo ve, Yelena deja de llorar y compone para él una sonrisa desdentada. La coge entre sus brazos y la lleva a la cocina para prepararle el alimento.

Nunca antes había creído que viviría una situación así.

Se sienta en el sofá y se dispone a darle del biberón.

Con una familia completa.

Los ojos de Yelena se clavan en los suyos. Le sonríe.

Una vez fue una estatua de hielo completamente sola.

Fue un alma que daba vueltas mientras su recipiente se derretía.

Fue una mariposa solitaria que volaba errante que tenía todo y nada a la vez.

Pero estaba seguro de una cosa:

Ya no más.

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¿Se merece un review?


Bitácorα de Jαz: finalmente, valga la redundancia, el final. Sé que faltaron momentos (como por ejemplo la llegada de Yelena), pero decidí darle el punto final acá, con el punto de vista de Viktor, a quien considero el personaje más solitario del animé. Ahora tiene una familia y es feliz.

Fue mi primer proyecto de Yuri! on Ice, y estoy muy satisfecha con el resultado. GRACIAS, de verdad GRACIAS a los que me acompañaron.

No es el final. Estoy trabajando en otros proyectos para el fandom que, espero, les guste C:

Cof a alguien le tenía que dar un final feliz cof, porque a mi otra OTP la voy a hacer sufrir cof.

» AO8, amé tus palabras.

¡Gracias totales por tu review!

¡Jajohecha pevẽ!

11 de septiembre de 2017.