Nota del Traductor:

Excelencia académica. Genial.

Lo prometido es deuda.


TEORIA

— ¿Puedo hacerte sólo una pregunta más? —imploré mientras aceleraba a toda velocidad por la calle desierta. No tenía prisa en responderle a la de ella.

Negó con la cabeza.

—Teníamos un trato.

—No es una pregunta, de hecho. Sólo es una aclaración sobre algo que dijiste antes.

Puso los ojos en blanco.

—Que sea rápido.

—Bueno... Dijiste que sabías que no había entrado en la librería y que me había dirigido hacia el sur. Sólo me preguntaba cómo lo sabías.

Desvió la vista a propósito.

—Pensaba que habíamos pasado la etapa de las evasivas —dije.

Me dio una mirada de "tú lo pediste".

—De acuerdo. Seguí tu olor.

No le pude responder, por lo que vi hacia la carretera.

—Te toca, Beau.

—Aún no has respondido a la primera de mis preguntas —dije para ganar tiempo.

— ¡Ay, Dios!

— En serio. ¿Cómo funciona lo de leer mentes? ¿Puedes leer la mente de cualquiera en cualquier parte? ¿Cómo lo haces? ¿Puede hacerlo el resto de tu familia?

Era más fácil de hablar de esto en el coche. Los faroles estaban detrás de nosotros, y en el brillo leve de las luces del panel, todo lo loco parecía ser un poco más posible.

Parecía que ella sentía el mismo sentimiento de surrealismo, como si tuviéramos la realidad en espera mientras estuviéramos juntos en este espacio. Su voz parecía ser casual cuando me respondió.

—Sólo yo tengo esa facultad, y no puedo oír a cualquiera en cualquier parte. Debo estar bastante cerca. Cuanto más familiar me resulta esa «voz», más lejos soy capaz de oírla, pero aun así, no más de unos pocos kilómetros —hizo una pausa con gesto meditabundo—. Se parece un poco a un enorme hall repleto de personas que hablan todas a la vez. Sólo es un zumbido, un bisbiseo de voces al fondo, hasta que localizo una voz, y entonces está claro lo que piensan... La mayor parte del tiempo no los escucho, ya que puede llegar a distraer demasiado y así es más fácil parecer normal—frunció el ceño al pronunciar la palabra—, y no responder a los pensamientos de alguien antes de que los haya expresado con palabras

Me miró con ojos enigmáticos.

— ¿Por qué crees que no puedes «oírme»? —pregunté con curiosidad.

—No lo sé —murmuró—. Mi única suposición es que tal vez tu mente funcione de forma diferente a la de los demás. Es como si tus pensamientos fluyeran en onda media y yo sólo captase los de frecuencia modulada.

Me sonrió, repentinamente divertida.

— ¿Mi mente no funciona bien? ¿Soy un bicho raro?

Esas palabras me preocuparon más de lo previsto, probablemente porque había dado en la diana. Siempre lo había sospechado, y me avergonzaba tener la confirmación.

—Yo oigo voces en la cabeza y es a ti a quien le preocupa ser un bicho raro —se rió—. No te inquietes, es sólo una teoría. .. —su rostro se tensó—. Y eso nos trae de vuelta a ti.

Suspiré. ¿Cómo empezar?

Aparté la vista del rostro de Edythe por primera vez en un intento de hallar las palabras y vi el indicador de velocidad.

— ¡Dios santo! —grité.

— ¿Qué pasa? —se sobresaltó, pero el automóvil no desaceleró.

— ¡Vas a ciento sesenta! —seguí gritando.

Elche una ojeada de pánico por la ventana, pero estaba demasiado oscuro para distinguir mucho. La carretera sólo era visible hasta donde alcanzaba la luz de los faros delanteros. El bosque que flanqueaba ambos lados de la carretera parecía un muro negro, tan duro como un muro de hierro si nos salíamos de la carretera a esa velocidad.

—Tranquilízate, Beau.

Puso los ojos en blanco sin reducir aún la velocidad.

— ¿Pretendes que nos matemos? —quise saber.

—No vamos a chocar.

Intenté modular el volumen de mi voz al preguntar:

— ¿Por qué vamos tan deprisa, Edythe?

—Siempre conduzco así —se volvió y me sonrió torciendo la boca.

— ¡No apartes la vista de la carretera!

—Nunca he tenido un accidente, Beau, ni siquiera me han puesto una multa —sonrió y se acarició varias veces la frente—. A prueba de radares detectores de velocidad.

—¡Manten tus manos en el volante, mujer!

Suspiró y vi con alivio que la aguja descendía gradualmente hasta los ciento veinte.

— ¿Satisfecho?

—Casi.

—Odio conducir despacio —musitó.

— ¿A esto le llamas despacio?

—Basta de criticar mi conducción —dijo bruscamente—, sigo esperando tu última teoría.

Me obligué a no verla, pero no sabía que mirar. Era difícil mirarla a la cara, sabiendo lo que estaba a punto de decir. Ella debió de sentir mi ansiedad.

—No me voy a reír —prometió.

—Eso no me preocupa.

—¿Entonces, qué es?

—Temo más que te enfades conmigo.

Ella quitó su mano derecha del volante y me la ofreció. La vi rápidamente, preguntándome si me equivocaba, y sus ojos tenían una expresión suave.

—No te preocupes por mí. Lo podré manejar.

Tomé su mano, y ella apretó la mía por un segundo corto, y después, me soltó para volverla a poner en los cambios. Cuidadosamente volví a poner mi mano sobre la suya. Recorrí con mi pulgar su mano, navegando desde su muñeca hasta la punta de su dedo meñique

—El suspenso me está matando, Beau.

—Lo siento. No sé cómo empezar —admití.

Otro silencio largo llenó el auto. Solo sonaba el ronroneo del motor y el sonido de mi respiración forzada. No podía oír la de ella.

— ¿Por qué no empiezas por el principio? ¿De dónde sacaste tu idea? ¿De un libro? ¿De una película? —me sondeó.

—No. Fue el sábado, en la playa —me arriesgué a alzar los ojos y contemplar su rostro. Pareció confundida—. Me encontré con una vieja amiga de la familia... Jules Black —proseguí—. Su madre y Charlie han sido amigos desde que yo era niño.

Aún parecía perpleja.

—Su madre es una de los ancianos de los quileute…

La examiné con atención. Una expresión helada sustituyó al desconcierto anterior. Extrañamente, se miraba aún más bella así, como una diosa en la luz de los paneles. Aunque debo admitir de que no se miraba muy humana.

Se quedó inmóvil, por lo que me sentí obligado a continuar.

—Una chica quileute, Sam no sé qué, respondió a un comentario de Logan, quién habló para burlarse de mí. Dijo que tu familia no iba a la reserva sólo que sonó como si aquello tuviera un significado especial, por lo que me llevé a Jules a solas y la engañé para que me lo contara… las viejas leyendas quileutes.

Me sorprendió cuando habló; estaba lívida y sus labios apenas se movían.

—¿Qué leyendas? ¿Te dijo Jules Black lo que soy?

Medio abrí la boca, pero la volví a cerrar.

—¿Qué?

—No lo quiero decir. —admití.

—Tampoco es mi palabra favorita. —su rostro se suavizó un poco; ya volvía a parecer humana. —Aunque no decirlo no significa que deje de ser cierto. A veces… creo que negarlo lo hace más poderoso.

Me pregunté si tenía razón.

—¿vampiresa? —susurré.

Hizo un gesto de dolor.

No. Decirlo en voz alta no lo hacía menos poderoso.

Era gracioso como todo no parecía estúpido, como lo había sentido cuando estaba en mi habitación. No me sentía como si habláramos de cosas imposibles, sobre viejas leyendas o películas de terror estúpidas o de libros de bolsillo. Se sentía real.

Y muy poderoso.

Conducimos en silencio por otro minuto, y la palabra parecía crecer y crecer. No se sentía adecuada para ella, en serio, pero parecía más que tenía el poder de lastimarla. Intenté pensar en algo que decir para eliminar el sonido de ésta.

Antes de poder decirle algo, habló.

— ¿Qué hiciste entonces?

—Eh… um, busqué en Internet.

— ¿Y eso te convenció? —su voz apenas parecía interesada.

—No. Nada encajaba. La mayoría eran tonterías, y entonces. .. —me detuve.

Ella esperó, y me quedó viendo cuando no terminé de hablar.

— ¿Qué?

—Decidí que no importaba. Así que lo dejé así.

Sus ojos se abrieron increíblemente, y repentinamente los cerró, mirándome con cara de pocos amigos. No quería señalarle que probablemente debería ver la carretera, pero su velocidad rebasaba los ciento veinte, y parecía estar completamente inconsciente del trecho enredado.

—Eh, Edythe…

—¿Qué no importa? —me gritó, su voz convirtiéndose en un sonido casi… metálico. — ¿No te importa?

—No. A mí no, de todos modos.

— ¿No te importa que sea un monstruo? ¿Que no sea humana?

—No.

Se calló y volvió a mirar al frente. Su rostro era oscuro y gélido.

—Te has enfadado —suspiré—. No debería haberte dicho nada.

—No —dijo con un tono tan severo como la expresión de su cara—. Prefiero saber qué piensas, incluso cuando lo que pienses sea una locura.

—Perdóname.

Dejó escapar un suspiro de exasperación, pero después se quedó callada. La seguí acariciando con el pulgar.

—¿En qué estás pensando?

—Eh… en nada, realmente.

—Me vuelve loca no saberlo.

—No quiero… ya sabes, ofenderte.

—Escúpelo, Beau.

—Tengo muchas preguntas. Pero no debes responderlas… solo es curiosidad.

—¿Sobre qué?

— ¿Cuántos años tienes?

—Diecisiete —respondió de inmediato.

La vi fijamente por un minuto, hasta que sonrió a medias.

— ¿Y cuánto hace que tienes diecisiete años?

—Bastante —admitió, al fin.

—De acuerdo.

Esbocé una sonrisa más amplia de estímulo y frunció el ceño.

Para mí era mejor que fuera así. Era más fácil que ella fuera sí misma, sin preocuparse de ocultarmelo. Me gustaba saberlo. Quería estar en su mundo.

—No te rías, pero ¿cómo es que puedes salir durante el día?

En cualquier caso, se rió.

—Un mito.

El sonido de su risa era cálido. Me hacía sentir como si me hubiera tragado un poco de luz solar. Mi sonrisa se volvió más grande.

— ¿No te quema el sol?

—Un mito.

— ¿Y lo de dormir en ataúdes?

—Un mito —vaciló durante un momento y un tono peculiar se filtró en su voz—. No puedo dormir.

Necesité un minuto para comprenderlo.

— ¿Nada?

—Nunca —contestó con voz apenas audible.

Se volvió para mirarme con expresión de nostalgia. Sus ojos dorados sostuvieron mi mirada y perdí la oportunidad de pensar. Me quedé mirándolo hasta que apartó la vista.

—Aún no me has formulado la pregunta más importante.

Ahora su voz sonaba severa y cuando me miró otra vez lo hizo con ojos gélidos.

— ¿Cuál?

— ¿No te preocupa mi dieta? —preguntó con sarcasmo.

—Ah, ésa.

—Sí, ésa —remarcó con voz átona—. ¿No quieres saber si bebo sangre?

Retrocedí.

—Bueno, Jules me dijo algo al respecto.

— ¿Qué dijo Jules? —preguntó cansinamente.

—Que no cazaban personas. Dijo que se suponía que tu familia no era peligrosa porque sólo cazaban animales.

— ¿Dijo que no éramos peligrosos?

Su voz fue profundamente escéptica.

—No exactamente. Dijo que se suponía que no lo eran, pero los quileutes siguen sin quererlos en sus tierras, sólo por si acaso.

Miró hacia delante, pero no sabía si observaba o no la carretera.

—Entonces, ¿tiene razón en lo de que no cazan personas? —pregunté, intentando alterar la voz lo menos posible.

—La memoria de los quileutes llega lejos... —susurró.

Lo acepté como una confirmación.

—Aunque no dejes que eso te satisfaga —me advirtió—. Tienen razón al mantener la distancia con nosotros.

—No comprendo.

—Intentamos... —explicó lentamente—, solemos ser buenos en todo lo que hacemos, pero a veces cometemos errores. Yo, por ejemplo, al permitirme estar a solas contigo.

— ¿Esto es un error?

Oí la tristeza de mi voz, pero no supe si ella también lo había advertido.

—Uno muy peligroso —murmuró.

A continuación, ambos permanecimos en silencio. Observé cómo giraban las luces del coche con las curvas de la carretera. Se movían con demasiada rapidez, no parecían reales, sino un videojuego. Era consciente de que el tiempo se me escapaba rápidamente, se me acababa como la carretera que recorríamos, y tuve un miedo espantoso a no disponer de otra oportunidad para estar con ella de nuevo como en este momento, abiertamente, sin muros entre nosotros. Sus palabras apuntaban hacia un fin y retrocedí ante esa idea. No podía perder ninguno de los minutos que tenía a su lado.

—Cuéntame más —pedí, sin preocuparme de lo que dijera, sólo para oír su voz de nuevo.

Me miró rápidamente, sobresaltado por el cambio que se había operado en mi voz.

— ¿Qué más quieres saber?

—Dime por qué cazan animales en lugar de personas —sugerí. Tomé conciencia de que tenía los ojos llorosos y luché contra el pesar que intentaba apoderarse de mí.

—No quiero ser un monstruo —explicó en voz muy baja.

—Pero ¿no bastan los animales?

Hizo una pausa.

—No puedo estar segura, por supuesto, pero yo lo compararía con vivir a base de queso de tofú y leche de soya. Nos llamamos a nosotros mismos vegetarianos, es nuestro pequeño chiste privado. No basta para saciar el apetito por completo, bueno, más bien la sed, pero nos mantiene lo bastante fuertes para resistir... la mayoría de las veces —su voz sonaba a presagio—. Unas veces es más difícil que otras.

— ¿Te resulta muy difícil ahora?

Suspiró.

—Sí.

—Pero ahora no tienes hambre —aseveré con confianza, afirmando, no preguntando.

— ¿Qué te hace pensar eso?

—Tus ojos. Te dije que tenía una teoría. Me he dado cuenta de que la gente se enfada cuando tiene hambre. Y al parecer tu color de ojos está relacionado con tu humor.

Se rió entre dientes.

—Eres muy observador, ¿verdad?

No respondí, sólo escuché el sonido de su risa y lo grabé en la memoria.

—Así que todo lo que vi, el día con la furgoneta, sucedió de verdad. La atrapaste.

—Sí, —respondió, encogiéndose de hombros.

—¿Qué tan fuerte eres?

Me vio por el rabillo de sus ojos.

—Lo suficiente.

—O sea, ¿puedes levantar quinientos kilos?

Se miró algo abatida por mi entusiasmo.

—Si lo necesitara. Pero no me pongo en cosas de fuerza. Solo ponen a Eleanor competitiva, y jamás seré tan fuerte.

—¿Qué tan fuerte es ella?

—En realidad, creo que si quisiera, ella levantaría una montaña. Pero nunca diría eso cerca de ella porque lo podría intentar.

Se río, y era un sonido relajado, de afecto.

—Este fin de semana estuviste cazando, ¿verdad? —quise saber cuándo todo se hubo calmado.

—Sí —calló durante un segundo, como si estuviera decidiendo decir algo o no—. No quería salir, pero era necesario. Es un poco más fácil estar cerca de ti cuando no tengo sed.

— ¿Por qué no querías marcharte?

—El estar lejos de ti me pone... ansiosa —su mirada era amable e intensa; y me estremecí hasta la médula—. No bromeaba cuando te pedí que no te cayeras al mar o te dejaras atropellar el jueves pasado. Estuve abstraída todo el fin de semana, preocupándome por ti, y después de lo acaecido esta noche, me sorprende que hayas salido indemne del fin de semana —movió la cabeza; entonces recordó algo—. Bueno, no del todo.

— ¿Qué?

—Tus manos —me recordó.

Observé las palmas de mis manos y las rasgaduras casi curadas de los pulpejos. A Edythe no se le escapaba nada.

—Me caí.

—Eso es lo que pensé —las comisuras de sus labios se curvaron—. Supongo que, siendo tú, podía haber sido mucho peor, y esa posibilidad me atormentó mientras duró mi ausencia. Fueron tres días realmente largos y la verdad es que puse a Eleanor de los nervios.

— ¿Tres días? ¿No acabas de regresar hoy?

—No, volvimos el domingo.

—Entonces, ¿por qué no fueron ninguno de ustedes al instituto?

Estaba frustrado, casi enfadado, al pensar el gran chasco que me había llevado a causa de su ausencia.

—Bueno, me has preguntado si el sol me daña, y no lo hace, pero no puedo salir a la luz del día... Al menos, no donde me pueda ver alguien.

— ¿Por qué?

—Alguna vez te lo mostraré —me prometió.

Pensé en ello durante un momento.

—Me podías haber llamado —decidí.

Se quedó confusa.

—Pero sabía que estabas a salvo.

—Pero yo no sabía dónde estabas. Yo... —vacilé y entorné los ojos.

— ¿Qué? —me impelió con voz arrulladora.

—Sé que sonaré estúpido, pero… me asustó. Pensé que no volverías. Que de alguna forma sabías que ya lo sabía y… temí que desaparecieras. No sabía que haría. Tenía que volverte a ver.

Me sonrojé al decirlo en voz alta. Se quedó quieta y alzó la vista con aprensión. Observé su expresión apenada, como si le doliera algo.

—¿Estás bien?

—Ay —gimió en voz baja—, eso no está bien.

No comprendí esa respuesta.

—¿Qué he dicho?

— ¿No lo ves, Beau? De todas las cosas en que te has visto involucrado, es una de las que me hace sentir peor —fijó los ojos en la carretera abruptamente; habló a borbotones, a tal velocidad que casi no le comprendí—. No quiero oír que te sientas así —dijo con voz baja, pero apremiante—. Es un error. No es seguro. Beau, soy peligrosa. Te lastimaré, Beau. Tendrás suerte de salir vivo.

—No me importa.

—Eso que dijiste es algo muy estúpido.

—Lo sé, pero es cierto. Te lo dije, no me importa qué seas. Es demasiado tarde.

—Jamás digas eso. Todavía no es tarde. Puedo poner las cosas como estaban antes. Lo haré. —espetó con dureza y en voz baja.

Contemplé la carretera. Ya debíamos de estar cerca. Conducía mucho más deprisa. Me alegré por llevar la bufanda, pues mi cuello era una masa de manchas rojas.

—No quiero que vuelvan a ser como antes, —murmuré.

Me pregunté si se suponía que tenía que soltarla, pero la mantuve ahí. Quizás se olvidaría de que estaba ahí.

—Lamento haberte hecho esto, —dijo, con su voz teñida de arrepentimiento genuino.

La oscuridad nos envolvió en su silencio. Al traspasar los límites de Forks fuimos más despacio. El viaje le había llevado menos de veinte minutos.

— ¿Te veré mañana?

—¿Quieres que sea así?

—Probablemente más que otra cosa que haya deseado.

Era patético escuchar la veracidad de mis palabras. Y eso que me las quería tirar del rogar.

Cerró sus ojos. El auto no se movió ni un milimetro del centro de la calle.

—Entonces sí. También he de entregar un trabajo.

Me miró, y su cara se miraba relajada, pero sus ojos eran turbios.

Estábamos enfrente de la casa de Charlie. Las luces estaban encendidas y mi coche en su sitio. Todo parecía absolutamente normal. Era como despertar de un sueño, de esos que no quieres perder, en los que cierras los ojos fuertemente y te cubres con tu almohada para volver a él. Detuvo el vehículo, pero no me moví.

—¿Me guardas un puesto en el almuerzo? —pregunté-

Me recompensó con una sonrisa amplia.

—Claro.

— ¿Me prometes estar ahí mañana?

No pude mantener el tono despreocupado.

—Lo prometo.

La vi fijamente, y de verdad sentí que era un imán. Como si me atrajera hacia ella y yo no tuviera el poder para impedirlo. La palabra vampiro seguía entre nosotros, pero era más fácil de ignorar de lo que pensaba. Su rostro era insoportablemente perfecto, me lastimaba de alguna forma verla. Al mismo tiempo, no quería dejar de verla. Quería saber si sus labios eran tan suaves como su mano…

Y de repente su mano estaba ahí, a centímetros de mi rostro, impidiéndome acercarme. Sus ojos se abrieron en horror y apretó los dientes.

Retrocedí rápidamente.

—¡Lo siento!

Me quedó viendo fijamente por un largo rato, y juré que no respiraba. Despues de un largo rato volvió a relajarse.

—Debes ser más cuidadoso, Beau, —dijo, en una voz gélida.

Cuidadosamente, como si fuera de cristal o algo, apartó mi mano de la suya. Crucé mis hombros sobre mi pecho.

—Quizá…—empezó.

—Puedo hacerlo. —interrumpí. —Dime que debo hacer, y lo haré. Lo que sea.

Suspiró.

—En serio. Dime qué hacer y lo haré.

Inmediatamente me arrepentí de haberlo dicho. ¿Y si me pedía que la olvidara? Eso era algo que no podía hacer.

—Ah, de acuerdo.

Esbozó una amplia sonrisa.

— ¿Sí? —me volví hacia ella con cautela.

—No vayas solo al bosque.

Le miré fijamente, totalmente confuso.

— ¿Cómo sabes eso?

Se tocó la nariz.

—¿Hablas en serio? Debes tener un sentido increíble

—¿Vas a decirme que sí o no?

—Claro, está bien. ¿Puedo preguntar por qué?

—No soy la criatura más peligrosa que ronda por ahí fuera. Dejémoslo así.

Me estremecí levemente ante su repentino tono sombrío, pero estaba aliviado. Al menos, ésta era una promesa fácil de cumplir.

—Lo que tú digas.

—Nos vemos mañana —suspiró, y supe que deseaba que saliera del coche.

—Entonces, hasta mañana.

Abrí la puerta a regañadientes.

— ¿Beau?

Me di la vuelta mientras se inclinaba hacía mí, por lo que tuve su espléndido rostro pálido a unos centímetros del mío. Mi corazón se detuvo.

—Que duermas bien —dijo.

Su aliento rozó mi cara, aturdiéndome. Era el mismo exquisito aroma que emanaba del coche, pero de una forma más concentrada. Parpadeé, totalmente deslumbrado. Edythe se alejó.

Fui incapaz de moverme hasta que se me despejó un poco la mente. Entonces salí del coche con torpeza, teniendo que apoyarme en el marco de la puerta. Creí oírle soltar una risita, pero el sonido fue demasiado bajo para confirmar que fuera cierto.

Aguardó hasta que llegué a trancas y barrancas a la puerta y entonces oí el sonido del motor del coche. Me volví a tiempo de contemplar el vehículo plateado desapareciendo detrás de la esquina. Me di cuenta de que hacía mucho frío.

Tomé la llave de forma maquinal, abrí la puerta y entré. Charlie me llamó desde el cuarto de estar.

— ¿Beau?

—Sí, papá, soy yo.

Fui hasta allí. Estaba viendo un partido de baloncesto.

—Has vuelto pronto.

— ¿Sí? —estaba sorprendido.

—Aún no son ni las ocho —me dijo—. ¿Te divertiste?

—No mucho, la verdad.

—¿Qué tienes en el cuello?

Tomé la bufanda, -que olvidé quitarme-, e intenté arrancármela del cuello, pero solo logré ahorcarme.

—Eh, olvidé mi chaqueta, y me la prestaron.

—Te ves gracioso.

—Eso pensé. Pero es tibia.

— ¿Te encuentras bien? Te ves pálido.

—¿Y cuando he tenido color?

—Bueno, eso sí…

De hecho, me empezaba a sentir mal, y aunque sentía frio, sabía que la habitación era cálida.

¿Entonces después de todo si entraría en shock? Tenía que ubicarme.

—No dormí bien anoche… Creo que me acostaré temprano hoy.

—Noches, chico.

Subí lentamente las escaleras mientras un profundo sopor me nublaba la mente. No tenía razón alguna para estar tan agotado, o tan helado. Me cepillé los dientes y me lavé con algo de agua caliente el rostro. Me hizo estremecerme. No me molesté en cambiarme de ropa, sólo me saqué los zapatos y me acosté en la cama completamente vestido, por la segunda vez en una semana. Me acurruqué debajo de la colcha, avovillándome como una pelota, abrazándome, para conservar el calor. Me estremecí varias veces.

La cabeza me seguía dando vueltas, llena de imágenes que no lograba comprender y algunas otras que intentaba reprimir. Al principio, no tenía nada claro, pero cuando gradualmente me fui acercando al sueño, se me hicieron evidentes algunas certezas.

No, había muchas cosas que quería recordar, grabar a piedra en mi memoria. Perder el tiempo con las cosas innecesarias. Tomé la bufanda e inhalé su olor. Casi inmediatamente mi cuerpo se relajó, y los temblores pararon. Me imaginé su rostro, cada ángulo, cada expresión, sus cambios de humor.

Estaba totalmente seguro de tres cosas. Primera, Edythe era una vampiresa. Segunda, una parte de ella, y no sabía lo potente que podía ser esa parte, me veía como su comida. Pero al final, nada de eso importaba. Todo lo que importaba era que la tercera es que estaba incondicional e irrevocablemente enamorada de ella. Ella era todo lo que quería y lo único que podría querer.


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