Los personajes pertenecen exclusivamente a Stephenie Meyer, yo solo los uso para adaptarlos en la historia original perteneciente de A.L


CAPÍTULO 10

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Un agudo pitido inundó la habitación. Edward se despertó sobresaltado cuando éste se repitió por segunda vez. Inmediatamente dirigió los ojos al reloj. Las seis y cuarto de la mañana. ¿Quién podría llamar a tan intempestivas horas?

—¿Diga? —respondió con la voz aún cargada de sueño.

Apenas había dormido un par de horas y estaba agotado física y mentalmente. La noche anterior supuso una durísima prueba para él, que contribuyó a mermar su ya escaso autodominio y a sumirle en un lamentable estado de alteración nerviosa, traducido en varias horas dando vueltas en la cama sin llegar a conciliar el sueño. Cuando consiguió alcanzarlo, éste estuvo plagado de tormentosas pesadillas en las que se veía encadenado mientras una seductora Bella lo tentaba con su erótica danza. Luchaba denodadamente para librarse de sus ataduras y poseer a aquella exquisita criatura que lo estaba enloqueciendo, pero se agotaba en el intento mientras oía la burlona risa de ella y sus gemidos de placer cuando era satisfecha por otro hombre. Fue terrible y agradeció la inoportuna llamada que le libraba de aquella tortura.

—¿Diga? —repitió, algo exasperado por la tardanza de su interlocutor en responder.

—Señor Cullen, soy el inspector Uley —anunció la voz al otro lado—. Perdone que le llame a estas horas, pero he creído que estaría interesado en recibir buenas noticias.

—Soy todo oídos —respondió Edward, ahora totalmente despierto y expectante.

—Pues resulta que anoche detuvimos, en una redada antidrogas, a varios miembros de la banda de Los Panameños y han acabado cantando todo lo que saben sobre el asunto Swan.

Edward se tensó visiblemente. Tal vez había llegado la solución a sus problemas y la tan ansiada libertad para Bella.

—Continúe.

—Nos ha costado varias horas de interrogatorio ya que no querían soltar prenda. Al final, uno de ellos se decidió a hablar. Según dice, hace cosa de un mes recibieron la llamada de una persona anónima, una voz de hombre concretamente, que les expuso el plan a seguir y les ofreció un adelanto. Lo recogieron en el lugar concertado, así como las indicaciones e información suficiente para perpetrar el secuestro de Bella Swan. Únicamente les faltaba el día y la hora oportunos, que les serían indicados con sólo unas horas de antelación, por lo que debían de estar preparados en todo momento a partir de la llegada de la chica para primeros de julio. Pero hace tan sólo tres días, esa persona volvió a llamarles para suspender la operación alegando que ya no era necesario. Ellos se quedaron con la cantidad adelantada y se olvidaron del asunto.

—¿Tienen idea de la persona que les contrató? —preguntó ansioso.

—Ahí está lo bueno. Aunque no pueden asegurarlo, creen que se trata de su antiguo camarada Néstor Cruz.

—¿Qué les ha llevado a esa conclusión?

—En primer lugar, la forma de ponerse en contacto con ellos. Según el cabecilla de la banda, el número de teléfono al que llamó sólo lo conocen unas pocas personas, entre ellas nuestro amigo, y la forma y el lugar donde dejó el dinero y la información eran los habituales en sus tiempos de complicidad. Además, aunque intentaba disimularlo, le pareció detectar un ligero acento cubano en la voz de la persona que llamó. Por otra parte, esa persona parecía conocer bastante bien sus movimientos y trabajos anteriores, tanto aquí como en su país de origen. Todo eso les llevó a pensar que se trataba de su antiguo compinche. Por eso decidieron hacerle una visita al día siguiente de recibir la llamada en la que les informó que se cancelaba la operación. Por supuesto, el tal Néstor Cruz negó tener relación alguna con lo que le estaban contando. Y, aunque no quedaron convencidos, como el dinero ya era suyo y el trabajito no les gustó desde el principio, no insistieron y lo dejaron tranquilo. Pero ahora viene lo mejor —Uley hizo una pequeña pausa para crear un poco de tensión—nuestro amigo lleva dos días escondido, concretamente desde que recibió la visita de sus antiguos camaradas, y no se ha dejado ver en ningún momento. De no haberle puesto vigilancia, se nos habría escapado. Por suerte, nuestros muchachos hicieron bien su trabajo y ahora estoy esperando la orden del juez para proceder a su detención —terminó con voz en la que se apreciaba claramente su satisfacción.

Edward no pareció tan aliviado ante las buenas noticias ofrecidas por el inspector. No acertaba a explicar la causa, pero no estaba totalmente satisfecho con el desenlace. Un sexto sentido le indicaba que algo no estaba bien. Parecía todo demasiado fácil y eso no contribuía a tranquilizarle en absoluto.

—Permítame felicitarle por su labor, inspector. Ha realizado un gran trabajo —manifestó Edward, considerando que tal vez se estaba preocupando excesivamente.

—Gracias. Ya he puesto en conocimiento de mi superior la información conseguida y él la hará pasar a la importante persona interesada en este caso. En cuanto al señor Swan, pienso que le gustaría a usted informarle de las buenas noticias y adoptar las medidas que crean oportunas.

—Se lo agradezco. También me gustaría que me mantuviese informado del resultado del interrogatorio a Néstor Cruz y de todo lo que pueda descubrir relaciona—do con el caso. Creo que es importante no dejar ningún cabo suelto.

—Descuide. Le llamaré en cuanto tenga alguna novedad.

Tras cortar la comunicación, Edward quedó pensativo. No podía desterrar la sospecha de que el asunto no había concluido. Era totalmente razonable que el ex amante de la actual esposa de Swan, y reconocido delincuente en su país de procedencia, estuviese detrás del complot para secuestrar a la hija del industrial. Estaba al tanto del elevado tren de vida del cubano y de que, aparentemente, la única fuente de ingresos era los generosos favores de sus amantes, mujeres maduras y ricas que consideraban al atractivo caribeño un capricho en sus aburridas vidas. Pero eso no debía ser suficiente para los elevados gastos del gigoló y podría haber considerado la posibilidad de unos cuantiosos ingresos extras. El escoger a la actual familia de su antigua amante parecía más un motivo de venganza que una casualidad o el fruto de un concienzudo análisis.

Lo que no acababa de convencer a Edward era que el cubano recurriese a sus antiguos compinches para ejecutar sus planes e intentara ocultar su identidad. ¿De verdad pensaba que no iban a descubrirlo? Lo lógico era que él mismo hubiese llevado a cabo sus propósitos con la ayuda de uno o dos cómplices y no implicar a una conocida y numerosa banda de malhechores. En ese tipo de delitos solían intervenir el menor número de personas, uno de los requisitos aconsejables para garantizar el éxito, y el cubano debía ser consciente de ello. O se trataba de un completo inepto o toda la trama era una cortina de humo para desviar la atención de los verdaderos instigadores.

Miró el reloj. Aún faltaban unos minutos para las siete de la mañana y le pareció demasiado temprano para llamar al industrial, a pesar de las buenas noticias que tenía que comunicarle. Pero no para hablar con su tío. Sabía que rara vez el amanecer le pillaba acostado y deseaba cambiar impresiones con él y exponerle sus dudas.

—¡Hola, sobrino! ¿Qué se te ofrece?

Edward sonrió. Con toda seguridad, esperaba su llamada. Era difícil sorprender a uno de los mejores espías del país, se dijo con orgullo.

—Debes haberlo deducido ya, ¿no es así?

—Eso creo. Aunque me temo que no puedo ampliar la información que ya posees. ¿Te han comunicado que han detenido a la banda y esperan hacer lo mismo con Néstor Cruz en las próximas horas?

—Sí. Acaba de llamarme el inspector encargado de la investigación.

—Pues entonces, caso cerrado. Te confieso que no esperaba que se resolviese tan rápidamente. Probablemente subestimamos la labor de la policía cuando, en realidad, contamos con unos magníficos profesionales.

—Tienes razón, pero...

Edward quedó callado durante unos segundos sin atreverse a expresar sus temores

—¿Qué te ronda por la cabeza, sobrino? —preguntó Eleazer. Lo conocía como a él mismo y advertía cuándo estaba preocupado.

—No sé cómo expresarlo. Es sólo una conjetura, una intuición más bien, pero creo que el peligro aún no ha desaparecido realmente —confesó con un matiz receloso en la voz, que no se le escapó a su tío.

—Si estás pensando en una implicación política, puedes descartarla con total seguridad. Como ya te informé el último día que hablamos, no he podido descubrir ningún punto en común entre Los Panameños y algún grupo radical, al menos con los que tenemos bajo vigilancia. Tampoco se ha detectado una actividad especial ni traslados sospechosos de estos individuos. Nuestros informadores no tienen la menor sospecha de que pueda haber algún grupo que esté planeando una operación de este tipo. Todo parece estar muy tranquilo en ese aspecto. Debe ser por las fechas en las que estamos. Los terroristas también tienen derecho a unas vacaciones, ¿no crees?

—Todos tenemos derecho a unas vacaciones —puntualizó Edward, esperando que su interlocutor captara la indirecta. Su tío le había metido en ese problema y, aunque la mayor parte se la creó él mismo, no podía dejar de maldecir a su único pariente cuando se encontraba como un toro en celo y le venían a la mente los lascivos sucesos de la noche anterior.

—Y las podrás iniciar de inmediato si lo deseas, ya que el caso está resuelto y tu ayuda no va a ser necesaria a partir de ahora —insistió—. Olvida tus temores, son infundados. Por suerte, este caso ha resultado ser más sencillo de lo que en un principio parecía, quedándose en un vulgar intento de secuestro y una venganza personal sin ningún tipo de conexiones políticas y, además, bastante chapucero. No obstante, esa familia constituye un bocado apetitoso para cualquier delincuente con pretensiones de embolsarse unos cuantos millones de forma rápida y puede que en el futuro vuelva a surgir este problema. Alguien debería convencer a Swan de que es una costumbre muy saludable adoptar ciertas medidas de seguridad cuando se tiene una cuenta corriente tan abultada.

—Sí, creo que tienes razón —concedió Edward, no del todo convencido—. Llamaré al industrial y lo pondré al corriente de los hechos para que decida lo que se debe hacer. Por mi parte, intentaré convencerle de que no sea tan confiado de ahora en adelante y permita a su hija deambular por ahí a su antojo. No estaría mal que decidiese mantener un escolta durante el tiempo que permanezca en este país o, al menos, que decida conservar el sistema de seguridad instalado. La señorita Swan está en verdadero peligro ante cualquier desalmado. Pasa la mayor parte del tiempo con una anciana que le sirve de asistenta y, además, cuando llegué aquí descubrí que la casa no tenía ni una maldita alarma antirrobo. No me explico tanta despreocupación e imprudencia por parte del padre. Espero que este suceso le haya servido para mostrar un poco más de interés por la seguridad de su hija —concluyo con calor.

Eleazer frunció el entrecejo, sorprendido por lo que acababa de oír. Parecía que su sobrino mostraba demasiada preocupación por la seguridad de su protegida. Incluso le pareció intuir que su relación podía llegar a traspasar los límites de la estricta relación profesional, y eso podía causarle problemas. Pensaba que ya había aprendido la lección con aquella imprudencia que casi le cuesta la vida. No quería que la situación se repitiese y verle sufrir por ello. Si eso ocurría, él no se perdonaría haberle pedido el favor.

—Tal vez deberías ofrecerte para ese trabajo, sobrino. Eres el mejor profesional que conozco en este campo y de esa forma la chica no tendría nada que temer —tanteó con habilidad.

—Ni lo sueñes. No vas a volver a convencerme, Eleazer. Ha sido suficiente con estos pocos días. Estoy cansado de tanta monotonía. Probablemente he perdido el gusto por la profesión.

—No te creo nada, Edward. Imagino que estarás disfrutando más de lo que deseas admitir. Además, tengo entendido que la hija de Swan es una mujer muy guapa. Al menos, te alegrarás la vista con ello, ¿no es así? —Insinuó con picardía.

Edward juzgó que su tío se quedaba bastante corto en la apreciación de su protegida. Bella Swan era una mujer preciosa y él estaba loco por ella, algo que por nada del mundo desearía que se descubriese.

—Aunque es bastante agradable de mirar, su carácter resulta insufrible. En varias ocasiones estuve a punto de tirar la toalla y decirle al industrial que la protegiera él mismo. No lo hice porque sabía que me darías un buen tirón de orejas —confesó con aparente disgusto.

Eleazer sonrió divertido ante el inusual interés de Edward por la joven, y eso no era tan malo después de todo. Si la bella Bella había tocado alguna fibra sensible en el pétreo corazón de su sobrino, él debería felicitarse por ello en vez de estar preocupado. Ya era hora de que Edward despertase del letargo en el que parecía haberse sumido desde aquel desengaño, muchos años antes, y olvidase de una vez su rencor.

—Y aún puede que te lo dé por desagradecido. Deberías alegrarte de que te haya alejado de tu aburrida existencia y proporcionado un poco de diversión —se quejó con guasa—. No me creo que no estés disfrutando de lo lindo en tus intentos por domar a esa preciosa fierecilla.

—Ni lo más mínimo, puedes creerlo. Está acostumbrada a hacer en todo momento lo que le viene en gana y lleva bastante mal que le impongan la menor atadura. Probablemente ha estado quejándose a su padre todos los días y éste no me ha relevado porque no sabe a quién acudir. Debe de estar deseando que todo esto termine para quitarse de una vez el problema de encima y los quebraderos de cabeza que le supone. En cuanto a la propia Bella, imagino que no accederá a conservar la escolta cuando su padre le haga saber que han detenido a la persona que les estaba hostigando.

—Entonces no tendrás ningún problema en dar por liquidado tu compromiso y tomarte esas vacaciones que tanto ansias. ¿Qué te parece unos días de descanso en la cabaña? Pienso marcharme en unas dos semanas a más tardar, aunque puedes adelantarte si lo deseas. Será como en los viejos tiempos.

Edward pensó que sería agradable aceptar la propuesta. Recordaba con nostalgia las gratas vacaciones en la cabaña que su tío poseía en las Adirondack, las largas sesiones de pesca en la vieja barca, las caminatas por la montaña. Tal vez era lo que necesitaba para serenar la actual efervescencia de sus sentidos y conseguir apartar a Bella de su mente y su corazón.

—Ya veremos. Tal vez te haga una visita y me tome la revancha de la última vez —amenazó bromeando.

—Lo dudo, sobrino. Aunque reconozco que me has superado en muchas cosas, aún soy mejor pescador que tú.

—Eso está por ver. Hasta pronto, Eleazer —y con una profunda carcajada, se despidió de él.

Edward continuó sonriendo mientras se daba una estimulante ducha fría y después bajó a desayunar. Quería esperar un poco más para llamar al industrial, al tiempo que aprovechaba para reponer fuerzas después de la agotadora noche pasada.

Bajó a la sala de control y comprobó, por los monitores encendidos, que todo parecía estar en orden. Al no encontrarle allí, llamó a Mc Carthy por el comunicador quien le indicó que estaba realizando una inspección por los alrededores de la casa. Después se dirigió a la cocina para hablar con Susy.

Le agradaban estas charlas distendidas, siempre sazonadas con anécdotas de la infancia de Bella y de gratos recuerdos de la familia de ésta, a la que servía desde que era una niña. Pero esa mañana Susy no estaba tan locuaz como habituaba y le sorprendió su gesto de preocupación.

—¿Hay algún problema? —preguntó tras unos minutos de silencio.

La mujer pareció remisa en un primer momento, pero pronto se decidió a contarle sus temores. El guardaespaldas parecía buena persona y muy preocupado por la seguridad de Bella.

—Se trata de ese chico, el primo de la niña —hizo un expresivo gesto de desagrado y Edward asintió al comprender a quién se refería—. No me gusta nada. Me parece que no es honrado. Siempre que aparece es para sacarle algo. Y ella, aunque sabe a lo que viene, es incapaz de negarse. Es como su madre, que en paz descanse. Piensa que les debe algo. Como si ellas tuvieran la culpa de que el padre del chico fuera un holgazán, al igual que lo es el hijo. ¡Qué poco se parece a su hermana, tan dulce y trabajadora! Ella sí es una buena compañía para la niña. Aunque ahora no tardará en marcharse. No soporta la desvergüenza de su hermano.

Edward sonrió ante la perspicacia de la mujer y su justo enfado. Parecía que la naturaleza de Micke no pasaba desapercibida por muchos esfuerzos que hiciese por disimular su ambición. Se alegraba de haber tomado la determinación de exigirle que se marchara, y más ahora que él no estaría allí. Una lacerante punzada atravesó su corazón. Ya no estaría a su lado para cuidarla y protegerla y eso le provocaba un agudo dolor.

Con un gran esfuerzo, apartó los lúgubres pensamientos y decidió que ya era hora de llamar a Charlie Swan y ponerle al corriente de las novedades. Aunque, imaginaba, no tardaría en enterarse por fuentes más poderosas.

Acabó el desayuno y subió a su habitación. Prefería llamar desde su teléfono móvil para evitar que alguien pudiese escuchar la conversación.

El industrial tardó un rato en responder y, cuando lo hizo, Edward advirtió en su voz que acababa de despertarlo.

—Siento llamarle a hora tan temprana, señor Swan, pero tengo algo importante que comunicarle —se disculpó Edward incómodo.

—No se preocupe, muchacho, y cuénteme lo que sepa —le urgió ansioso.

—Hace unos minutos he recibido la llamada del inspector a cargo del caso para comunicarme que detuvieron a la banda de Los Panameños la pasada noche y, tras el interrogatorio, la policía está convencida de que la persona que les encargó el trabajo es Néstor Cruz. Se hallan a la espera de una orden judicial para arrestarlo e interrogarlo.

—¡Vaya, eso es estupendo! —expresó Charlie con evidente alivio.

Edward oyó al otro lado del teléfono una voz femenina preguntando lo que ocurría y al industrial explicarle atropelladamente lo que acababa de escuchar.

—Lo siento, mi mujer se interesa por las magníficas noticias —se disculpó por la desatención—. ¿Entonces, la policía está totalmente convencida de que se ha resuelto el caso? ¿No existe ningún peligro ya? —preguntó con expectación.

—Según el inspector, no hay razones para pensar que pueda haber alguien más implicado y que decida continuar con el asunto. Las motivaciones de Cruz se conocerán cuando lo interroguen. Probablemente serán de carácter económico, aunque pueden estar unidas al deseo de venganza personal hacia su esposa, que terminó su relación con él al conocerle a usted.

—Sí, ya estoy al corriente de ese tema y podría ser una adecuada motivación junto con la económica, claro —eludió el industrial con nerviosismo—. ¿Qué cargos recaerán sobre él entonces?

—Pasará una temporada en la cárcel, no tema. Los Panameños llegarán a un acuerdo con la policía para que se les reduzca la pena y, para ello, acusarán a Cruz de instigador y cerebro del plan. Con todo eso y algo de presiones de ciertas personas, el juez tendrá suficiente para imponerle una pena bastante elevada. De todas formas, imagino que no tardarán en ponerle al corriente de esos pormenores y del resultado del interrogatorio al sospechoso. Aunque dudo que confiese abiertamente, dado que no hay evidencias que lo incriminen y la policía sólo tiene la palabra de unos reconocidos delincuentes en su contra —concluyó Edward, convencido de que el industrial era consciente de lo que quería decir.

—Me alegro de que se haya resuelto el caso con tanta rapidez, señor Cullen. Estoy deseando comunicárselo a mi hija. No lo esperaba realmente —confesó Swan con franqueza, sin poder ocultar su alegría al verse libre al fin de tan peligrosa e ingrata situación.

Habían sido unas semanas de auténtico suplicio. A la angustia por el peligro al que Bella estaba expuesta, debía sumar la intransigencia de Leah. Se quejaba constantemente de la continua vigilancia a la que era sometida por el escolta, negándose a llevarle consigo en sus salidas e intentando despistarle a la menor ocasión. La situación era tan insostenible que decidió prescindir de él, teniendo en cuenta que su mujer no estaba en el punto de mira de los secuestradores. Por otra parte, y aunque su hija no hizo ningún comentario al respecto, en las conversaciones telefónicas mantenidas con ella la sintió irritable, imaginaba que a causa de la presencia de la protección asignada. Por ello, y aunque en un principio pensó continuar manteniéndola después de pasado el peligro, reconsideró su decisión y juzgó más apropiado permitir a su hija que disfrutase esos meses de libertad.

—Sí, es sorprendente la rapidez con la que se ha solucionado el problema —comentó Edward, que aún no podía abandonar su inicial desconfianza.

—Pues es una suerte para todos. Incluso para usted, que estará deseoso de reincorporarse a sus actividades cotidianas. Le agradezco enormemente que aceptara encargarse de la seguridad de mi hija. Sé que ya no suele hacer este tipo de trabajos y, si accedió a desempeñarlo, fue por presiones o por hacer un favor a ciertas personas.

—No tiene importancia. Ha sido agradable el cambio de actividad.

—De todas formas estoy en deuda con usted y no deseo abusar más de su amabilidad. A pesar de haber desaparecido el peligro, estaba dispuesto a continuar proporcionando a mi hija protección personal durante algún tiempo. Si bien, me temo que Bella no va a estar de acuerdo con ello. En caso de que pudiese convencerla, me gustaría que usted me recomendase uno de total confianza. Lo que sí me parece muy adecuado es mantener la alarma instalada en la casa. He de reconocer que apenas contaba con medidas de protección, y eso es algo que no estoy dispuesto a continuar permitiendo. Le ruego que aleccione a Bella sobre su funcionamiento y le recuerde que la mantenga conectada la mayor parte del tiempo —pidió con énfasis.

—Lo haré, por supuesto.

Edward pensó que Swan haría bien en insistir a su hija para que continuase manteniendo, al menos, un escolta. Aunque estaba convencido de que ella se negaría rotundamente.

—Entonces, pueden ustedes marcharse cuando lo estimen oportuno. Le reitero mi agradecimiento, que espero haga extensivo a su compañero. Cuando lo desee, puede mandar la nota con sus honorarios y gastos a mi oficina.

—De acuerdo, señor Swan. Buenos días.

Cuando colgó, Edward no pudo evitar que lo invadiera por completo la sensación de desaliento que fue creciendo en él durante toda la conversación. ¿Por qué se sentía tan abatido cuando debía de estar contento de abandonar ese trabajo y con ello los problemas y sinsabores ocasionados? Al fin podría alejarse de allí y comenzar a olvidar a la tentadora mujer que ocupaba su mente y sus sentidos de una forma demasiado peligrosa para su estabilidad emocional.

Necesitaba tomarse unos días de descanso lejos de todo para poner sus ideas y sentimientos en orden y de esa forma lograr arrancar a Bella de su corazón. Le iba a costar un gran esfuerzo, lo sabía. El pensar que ya no podría contemplar su exquisita belleza, que no volvería a oír su dulce y sensual voz, su alegre y cristalina risa, le provocaban un profundo dolor. ¿Cómo permitió que ocurriese? Fue una insensatez, principalmente la noche pasada. Nunca debió dejarse vencer por sus deseos y permitirse el imprudente regalo de tenerla entre sus brazos. Ahora le costaría un mayor esfuerzo olvidarse del dulce sabor de su boca y la suave textura de su piel.

Una débil llamada a su puerta lo sacó de golpe de los amargos pensamientos que ocupaban su mente, devolviéndolo a la realidad. Se levantó y fue a abrir. Ante sus ojos apareció el rostro demacrado de Alice.

—¿Puedo hablar con usted unos minutos, señor Cullen? —preguntó con tímida voz.

Edward se hizo a un lado para dejarla pasar y cerró la puerta tras ella.

—Dígame, señorita Brandon. ¿Qué desea? —se ofreció, invitándola a sentarse en una silla frente al escritorio y haciéndolo él en la cama.

Alice parecía remisa a hablar. Se la veía sumamente nerviosa y con aspecto de haber pasado mala noche. Edward decidió no apremiarla. Lo que pensaba decirle debía de costarle un gran esfuerzo y ser muy importante para ella.

—Verá, resulta que... sucede que anoche no podía dormir. Yo... yo estaba preocupada por Bella, ella bebió demasiado y como no está acostumbrada al alcohol pues... no suele hacerlo, créame, pero anoche estaba rara y por eso... Sucede que yo estaba despierta cuando usted la llevó a su cuarto y también cuando... cuando subió mi hermano. Lo vi entrar en su habitación y salir al poco con las maletas y... y también vi que llevaba la camisa manchada de sangre y en el rostro...

Alice no dejaba de retorcerse las manos y evitaba mirarle a los ojos. Le costaba un gran esfuerzo hablar y Edward se compadeció de ella.

—Me... me gustaría saber qué sucedió exactamente y las consecuencias que puede acarrearnos —continuó con sorprendente coraje—. Ya sabe usted que dependemos económicamente de Charlie. Aunque yo lograra encontrar otro trabajo, estaría muy lejos de percibir el generoso sueldo que cobro en la actualidad, y en cuanto a Micke... él es tan incompetente que, de no ser familia del dueño, hace tiempo que lo habrían despedido.

Edward guardó silencio durante unos segundos. Comprendía sus temores y lo que debió imaginar al ver a su hermano subir con claros signos de pelea. No podía ocultarle la verdad por mucho que le doliera oírlo. Aunque sí podía exponerlo de la forma menos traumática posible.

—Verá, señorita Brandon. Como usted ha señalado, su prima no aguanta bien el alcohol. No conozco la causa que la llevó anoche a excederse con la bebida, pero el caso es que lo hizo y sufrió las consecuencias. Tampoco sé lo que ocurrió cuando usted se marchó. Sólo puedo decirle que oí los gritos de la señorita Swan y, cuando llegue allí, encontré a su hermano intentando abusar de ella. Lo demás puede imaginarlo.

Alice se cubrió la cara con las manos abrumada por la vergüenza y, también, por el sentimiento de culpa que la embargaba. Ella presentía que algo parecido iba a suceder. Advirtió cómo Micke incitaba hábilmente a Bella a excederse en las copas y supo cuál era su intención. Lo que no pudo imaginar era que iba a ser tan desalmado como para intentar forzarla.

—Él... él llegó a...

—No. Incluso puede que Bella no recuerde gran cosa esta mañana —se apresuró a decir Edward, comprendiendo sus temores.

—¿Eso cree? —el anhelo en su voz era patente.

—Es lo más probable y, por mi parte, no voy a hacer ningún comentario si no se me pregunta directamente —confesó con gesto tranquilizador.

—No sabe cuánto se lo agradezco, señor Cullen. Comprenderá que si este incidente llega a oídos de Charlie, el futuro de mi hermano en la empresa, e incluso puede que el mío, está sentenciado. No podemos permitirnos perder ese trabajo, como usted comprenderá. En cuando a Bella, ella es tan buena con nosotros y nos ayuda tanto, que no soportaría su resentimiento.

—Usted no debe considerarse responsable de los actos de su hermano, Alice. Tanto su prima como el señor Swan lo entenderán así. Pienso que el incidente no va a tener ninguna trascendencia. Incluso puede ser beneficioso si le sirve de advertencia.

—Eso espero —reconoció con una sonrisa—. A pesar de ello, pienso marcharme esta misma mañana. Me encuentro incómoda tras lo sucedido y deseo regresar a casa.

Edward pensó que Alice deseaba estar al lado de su madre por si llegaba a sus oídos el incidente provocado Por su hijo.

—¿Ha comunicado a Bella su decisión?

—No, aún está acostada —respondió con manifiesta inquietud en la voz—. Y temo ese momento, se lo aseguro. Aunque deploro el comportamiento de Micke y soy consciente de que merece un castigo, eso sería un duro golpe para mi madre. Ella lo adora.

—No se preocupe. No ha ocurrido nada irreparable y no pienso poner en conocimiento del señor Swan los sucesos de la noche pasada. A no ser que me pida una explicación y, en todo caso, intentaré suavizar las cosas. En cuanto a su prima, puedo asegurarle que va a recordar bien poco de lo sucedido. Apenas estaba consciente cuando yo la socorrí y, de acordarse, no creo que piense en represalias. Sí le pediría que hablase seriamente con su hermano y le advirtiese que no vuelva a repetir ese tipo de actuaciones con la señorita Swan o yo mismo me encargaré de hacérselo pagar bien caro —declaró con dureza.

—Imagino que habrá aprendido la lección. Ya vi cómo lo dejó usted anoche y no creo que se le pase por la cabeza volver a intentarlo. En el fondo, mi hermano es un auténtico cobarde —reconoció con un matiz de desprecio en la voz.

Alice se levantó con una clara expresión de alivio en el rostro y se dirigió a la puerta. Aunque le quedaba aún un trago bastante amargo, había superado este trance con bastante dignidad. Miró fijamente a Edward y le dedicó una de sus más luminosas sonrisas, que fue respondida de idéntica manera por él. Alice creyó que se le paraba el corazón ante la visión de Edward sonriéndole con ternura. Sí, debía marcharse de allí de inmediato antes de que sus sentimientos fuesen demasiado evidentes. Salió al pasillo.

—Le estoy más que agradecida, señor Cullen, y me gustaría devolverle el favor algún día.

Alice tendió la mano en un gesto que quería corroborar la sinceridad de sus palabras.

Edward se la estrechó con calor y, sin que él lo esperase, ella se puso de puntillas y le dio un beso en la mejilla, tras lo cual se dirigió corriendo a su cuarto. Ninguno de los dos advirtió que, al fondo del pasillo, se abría la puerta de Bella y ella se asomaba atraída por las voces. Pero sí oyeron ambos el fuerte golpe con el que se cerraba y que daba a entender claramente la furia de su ocupante.


¿Bella esta celosa? ¿Ustedes que dicen?

(^_^)凸

Gracias por sus reviews! Espero que me sigan leyendo, últimamente me parece que muy pocas me siguen leyendo!

***Les comento que voy a cambiar mi nick en FF así que para no perderse mis historias les sugiero que tilde la opción que dice Follow Author y no olviden darle click a "Save"!***

Nos leemos el Miércoles 20/03, si es que me leen aún! XD

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#Andre!#