CAPÍTULO 11
NO HAY NADA COMO DESPERTARSE EN UN LUGAR DESCONOCIDO
En alguna calle de Costa del Sol
Aproximadamente, 9:45 de la tarde.
Según lo que me ha contado Strife, tendríamos que reunirnos ahora con alguien de los Turcos, aunque no me ha especificado con quien.
Todavía se puede ver la aeronave, elevándose y perdiéndose en la oscuridad, rumbo a Nibelheim.
Strife tiene una expresión seria. Normal, no debe estar acostumbrado a trabajar junto a los Turcos. Incluso yo estoy poco acostumbrada a trabajar con alguien que no sea un Turco. Red XIII también debe de tener una expresión similar, aunque no estoy segura. No sé diferenciar muy bien las caras que pone un felino y simplemente lo deduzco por la postura con la que camina, mucho más activa.
Yuffie, por otra parte, no parece tan preocupada. Hasta parece algo contenta. Me pregunto que la hará sonreír de esa manera. No puedo evitar sino fijarme en el estilo de ropa que lleva la ninja: Una camisa sin mangas azul oscura, con flores blancas en ella, y una minifalda negra con tirantes (que sospechosamente se parece a la que llevaba Lockhart durante el incidente de Meteorito). No es que le queda mal, por eso. Es solo que… resulta extraño verla en minifalda.
— ¿No viene nadie a recibirnos? – pregunta Yuffie.
— El punto de reunión que me especificó Tseng es en el bar "El Mariachi Alegre" – responde Strife, mientras se pone en camino –. No está muy lejos.
No tengo la menor idea de donde está ese bar, así que tendré que dejar que me lleven.
— ¿Por qué me suena ese nombre? – vuelve a preguntar Yuffie.
Red realiza un gemido de felino, agachando la cabeza y Strife medita si responder o no la pregunta.
— Pues… porque es el bar en el que quisiste demostrarnos que sabías beber… y vomitaste encima de Red – responde Strife, sin dejar de mirar al frente.
Siento una necesidad imperiosa de partirme de risa aunque reúno todas mis fuerzas para impedirlo. No lo consigo del todo y esbozo una ligera sonrisa que Yuffie logra ver. La pobre chica está ahora roja como un tomate y agacha la cabeza intentando mirar para otro lado.
Bueno, no es precisamente algo que querrías comentar con desconocidos…
Continuamos nuestro camino a través de las calles de Costa del Sol y no puedo evitar fijarme en que hay un montón de gente. Supongo que será normal por aquí, porque tanto en Midgar como en Junon uno no puede salir a esta hora de la noche, a menos que cuente con algún tipo de "seguridad adicional". Quizá sea por eso que la gente últimamente se va de las grandes ciudades y empieza a vivir en sitios como éste.
Al pertenecer a los Turcos nunca he tenido que preocuparme de esas cosas, siempre he sido bastante mejor que el atracador medio. Supongo que para la gente normal esto será diferente.
Eso sí. Aquí hace mucho calor. Suerte que es de noche, y que no llevo la chaqueta, que sino sería un infierno.
— Ya casi hemos llegado – anuncia Strife –. Es aquí delante.
Al final de la calle por la que vamos, justo al lado de la plaza, puede verse un rótulo que parpadea con el título de "El Mariachi Alegre", con un gorro ladeado (supongo que típico de los mariachis) encima de las letras, brillando con luces de neón para llamar la atención de la clientela. Estoy por decirles a los propietarios que el programa espacial de ShinRa se canceló, que ya pueden quitarlas puesto que no llamarán la atención de ningún astronauta porque, ¡vaya si brilla esa cosa!
Supongo que funcionará, porque la entrada del local está llena de gente, aun a esta hora del día. Aunque, a lo mejor, aquí los días son más largos.
Y mientras pienso eso frente a la entrada, Strife y Red XIII ya han entrado, y Yuffie me está esperando en la puerta.
— ¡Vamos, lenta! – me escarmienta con una sonrisa en la cara, para luego entrar sin esperarme.
Yo, obviamente, me apresuro a entrar.
El interior del bar es… diferente… a lo que me había imaginado. Mucho menos animado de lo que hacía presuponer todo el neón del continente. Apenas hay algunos hombres sentados, bebiendo en la barra situada a la izquierda y, aunque hay unas escaleras que llevan al segundo piso en fondo del recinto, en las mesas que ocupan la mayor parte del local no hay casi nadie.
Los tres integrantes de AVALANCHA están quietos justo a unos metros de mí. Intentan localizar al posible contacto.
No es demasiado complicado. Es Tseng en persona. Está sentado en solitario en la mesa de al fondo a la derecha, aunque aún no se ha dado cuenta de que hemos llegado. Está algo absorto en lo que sea que está bebiendo.
— ¿Solo está Tseng? – pregunta Red XIII.
— Eso parece – responde Strife –. No lo hagamos esperar, entonces. Pero manteneros alerta.
Eso de manteneros alerta… No puedo decir que no, sinceramente. Yo misma me he estado fijando por si durante el camino sufríamos alguna emboscada. Tradicionalmente, nuestra empresa ha sido famosa por eso. No parece que haya nada parecido en este bar. Parece todo muy tranquilo, quizá hasta demasiado.
Con lo que nos acercamos. A medida que lo hacemos, Tseng se da cuenta de nuestra presencia.
— ¡Elena! – dice Tseng, casi rompiendo la poca tensión que hay en el ambiente – Veo que estás bien. ¿Te han tratado correctamente?
— Si. No puedo quejarme – respondo honestamente, mientras me acerco para sentarme en la silla adyacente a él.
Por su parte, Strife se ha sentado enfrente de Tseng. Yuffie ha sido menos ortodoxa y ha elegido sentarse en la mesa de al lado, encarándonos a nosotros, mientras que Red XIII se ha puesto a descansar (como ya he podido comprobar que hace siempre) al lado de Yuffie.
— ¿Solo sois vosotros? – pregunta Tseng.
— ¿Acaso esperabas a más gente? – responde esquivamente Strife.
Se impone un silencio absoluto, solo interrumpido por los sonidos de los transeúntes de fuera.
— No es por nada, pero… ¿no tenemos cosas importantes que hacer? – rompe el silencio Yuffie, con una cara risueña.
— Cierto. Mis disculpas. Sin más preámbulos, pues, os enseñaré el laboratorio – dice Tseng, mientras se levanta de su asiento.
Como es natural, los demás (que estábamos sentados) también nos levantamos.
— He de decir, sin embargo, que el Presidente Rufus no tiene conocimiento de lo que estamos haciendo – comenta Tseng.
— ¿No se lo has dicho al Presidente? – pregunto asombrada, puesto que no es un comportamiento normal en Tseng.
— ¿Rufus… sigue vivo? – pregunta también Strife – ¿No murió durante el ataque de ARMA a Midgar?
—… no. Fue herido de gravedad, eso es todo – responde Tseng.
— ¿A sí? Pues en Wutai no paraban de dar la noticia de su muerte, día sí y día también – añade Yuffie. Lo cual es comprensible ya que en Wutai no se le tiene mucha estima a ShinRa.
—… Simplemente digamos que se decidió exagerar un poco el estado de nuestro Presidente, para evitar que la situación se volviera aun más peligrosa – revela mi jefe –. Lo que me sorprende es que no supierais esto, Strife. Si se realizó una campaña en Midgar sobre la condición real del Presidente al mes o dos del ataque de ARMA.
— Pues es la primera noticia que tengo, te lo aseguro.
Que poco informados que están los terroristas últimamente, ¿eh?
Tseng se sorprende un poco ante el comentario de Strife, pero no parece darle demasiada importancia.
Ahora estamos siguiendo a Tseng que, para mi sorpresa (y la de los demás), no se dirige a la puerta principal, sino que ha girado a la derecha y va en dirección a las escaleras.
— Al presidente solo le he contado lo que debía saber: que Sefirot sigue vivo y que investigaremos aquí y en Nibelheim – comenta Tseng, respondiendo a mi pregunta –. Solo he omitido que lo haríamos con vosotros – en clara referencia a AVALANCHA –. Ya le sugeriré una alianza provisional para acabar con Sefirot en cuanto llegue el momento.
Y, nada más alcanzar el piso superior, entra en la primera puerta a la izquierda. El lavabo de caballeros.
Naturalmente, todos (y digo todos) nos quedamos algo perplejos. Strife, sin esperarse demasiado, decide entrar, seguido de cerca por Red XIII. Yuffie y yo tenemos algo más de reparo.
Menudo día llevo hoy.
Pero como es por trabajo, empujo hacia adelante la puerta (ni de broma toco el pomo, que nunca se sabe…) y entro.
A simple vista no es tan raro como esperaba. Hay unos retretes de pared a mi izquierda. Justo en frente hay unos cuantos retretes "normales" y al lado un par de lavamanos. Todo está bastante más limpio de lo que alguna vez me he supuesto que estaría. Por ejemplo, ahora que me fijo, en los lavamanos hay-JODER QUE ASCO.
Intentando olvidar lo que acabo de ver, me centro en Tseng y Strife, que están observando quietos la puerta de uno de los retretes. Yuffie, que ya ha pasado por la puerta, corre y se pone detrás de ellos, intentando ver que es lo que les mantiene tan absortos.
— Bonito poema – dice finalmente la chica.
Tanto Strife como Tseng no le hacen caso, aunque Red XIII sí que parece haber reaccionado.
En ese momento, Tseng consulta su reloj de pulsera y, esperando unos segundos, abre rápidamente la puerta y tira de la cadena tres veces.
Inexplicablemente, empieza a sonar algo justo por debajo de nosotros. Acto seguido, el retrete adyacente al que estamos mirando empieza a desplazarse hacia la derecha, empujando también a los otros dos que están en su camino y revelando unas escaleras descendentes.
Pues no tenía bien escondido el laboratorio ni nada.
Tseng es el primero en empezar a bajar, seguido de Strife. Supongo que no debería quedarme demasiado detrás.
Al fondo se observa una puerta de metal, con una especie de comunicador a la derecha. Al llegar a su altura, Tseng pulsa el botón del comunicador y se escucha una voz electrónica:
— Verificación por voz. Introduzca la contraseña.
Tseng se acerca al interfono del comunicador.
— "Banana".
Menuda contraseña, si es que es la correcta.
Y, en efecto, lo es, ya que la puerta de metal se abre con un chirrido estridente. Al mismo tiempo, nuestra salida se cierra a la misma velocidad a la que se ha abierto. Los retretes vuelven a su lugar.
Por suerte no nos quedamos a oscuras. El interior del laboratorio empieza a iluminarse.
Mi primera reacción sobre el laboratorio es de sorpresa. Es más pequeño de lo que esperaba. No es más grande que el lavabo de caballeros de arriba. Tiene una gran mesa cuadrada en el centro y más mesas pegadas a cada una de las paredes, con muchos cachivaches con formas extrañas y, por encima, montañas de hojas de papel con formulas complejas y de pizarras llenas de números y de tiza.
— ¡Que sucio que está esto! – exclama Yuffie.
— Es cierto, no parece su laboratorio. Recordaba a Hojo mucho más ordenado – añade Red XIII.
Si que tienen algo de razón. No parece su laboratorio.
— Pero puede que haya algo que nos sea útil. ¿Qué tal si tú y Elena os ponéis a buscar en aquellas mesas de allá – comenta Strife, señalando a Tseng una de las mesas de la derecha – y nosotros nos ponemos en estas?
— Está bien – responde Tseng.
Pues está decidido. Me empiezo a dirigir hacia la mesa seleccionada.
— ¿Cuál mesa queréis? – pregunta Strife a los otros dos.
— Cualquiera está bien – responde el felino.
— La que tenga menos instrumentos raros de esos – dice Yuffie, casi al instante.
Strife se la queda mirando.
— Pues ponte en esta de aquí, que es la que tiene más hojas – ordena Strife, poniendo la mano en la mesa que está a su lado –. Veo que no has superado ese miedo tuyo a las máquinas, ¿eh?
La chica parece que acaba de arrepentirse de esas palabras.
— No es que tenga miedo, es que se me dan mal – refunfuña Yuffie –. Además, siempre que toco alguna pasan cosas malas.
— ¿A sí? – pregunta curiosamente Red XIII.
— La última vez que lo hice, el laboratorio del Profesor Gast se fue a pique. Y si no, que te lo cuenten ellos – dice la chica, señalándonos con la cabeza a nosotros.
Esbozo una ligera sonrisa al recordar cómo me salvó la vida. Nadie diría que eso pasó este mismo día. Con la de cosas que han pasado hoy.
Intento hacer oídos sordos (ahora sí) a su conversación y centrarme en el trabajo que tengo que hacer. Tengo delante de mí una montaña de hojas.
Esto va a ser hasta doloroso.
¿?
¿?
— ¡BWWAAAAAAAAA…!
Mis ojos se acostumbran a la luz que impacta cruelmente contra mis ojos. No reconozco nada de lo que estoy viendo. Por lo pronto, estoy acostada en una cama, reposando tranquilamente sobre mi parte derecha.
Abro más los ojos. Desde donde estoy acostada puedo ver una ventana abierta, que da a un balcón. La verdad es que la vista es preciosa, con las cortinas blancas y medio transparentes ondeando con una brisa que, por lo pronto, es marina.
Ahora estoy recordando un poco más. Estamos en Costa del Sol. De ahí que, a pesar de la brisa, haga calor.
Si mal no recuerdo, fuimos al laboratorio de Hojo, situado en los lavabos de un bar. Recuerdo también un montón de hojas, de texto ilegible y de números. Muchos números.
Lo que ya no recuerdo es como he llegado yo aquí. Esto debe de ser una posada o un hotel. Quizá me haya quedado dormida y me habrán traído.
ESPERO QUE NO. ¡QUE VERGÜENZA!
Tengo intención de levantarme, pero la cama es tan cómoda y mullida que esas ganas se esfuman de inmediato.
Espera.
Al acomodarme he notado algo. Algo en mi cintura.
Miro rápidamente a mi cintura. Hay unos brazos. Mejor dicho: hay unos brazos que no son los míos.
¿POR QUÉ NO RECUERDO NADA DE ESTO?
Mi corazón se acelera.
Tengo a alguien abrazándome por la espalda.
Mi pulso aumenta.
Noto un sudor frío recorriéndome todo el cuerpo. Me giro lentamente hacia la izquierda, para no despertar al portador de estos brazos.
Y…
Posada "Soles gemelos", Costa del Sol
¿? + 40 minutos
Oigo el mar.
…
A lo lejos. Las olas del mar.
Huelo el mar.
…
El olor de la brisa marina por la mañana no está nada mal.
Abro los ojos lentamente, dejando que se aclimaten a la luz.
Tengo algo delante. Algo extraño que no acabo de reconocer.
Y mis brazos también notan algo.
Estoy abrazada a algo.
…
¿¡QUÉ!?
Abro los ojos en su totalidad.
Estoy abrazada a Yuffie, con quien he pasado la noche.
No me puedo creer que esté haciendo algo tan… embarazoso. No recuerdo haber hecho algo así (al menos conscientemente) aunque debo reconocer que ayer estaba muy cansada.
Parece que Yuffie está dormida. Sigo rodeándola con mis brazos y, puesto que su cuerpo está encima de mi brazo derecho, sería conveniente asegurarse de que está dormida antes de hacer cualquier movimiento.
De verdad espero que no esté despierta. Menuda vergüenza de lo contrario.
…
No. Duerme apaciblemente.
Lamentablemente, por mucho que intento liberar mi brazo, su peso no me deja. E intentar sacarlo a la fuerza puede despertarla, cosa que preferiría evitar.
Bien, algo he de hacer. Lentamente me levanto, sin desplazar las manos y apoyándome en el codo derecho. Ahora mismo tengo una buena vista de esa preciosa cara durmiendo. He de ir con cuidado de no despertarla. Por varios motivos.
Mi otro punto de apoyo es mi rodilla izquierda, pero… me acabo de dar cuenta de que, puesto que se me arrugarían los pantalones al dormir con ellos, decidí quitármelos para dormir. Supuse que no pasaría nada con esa manta fina tapándome, aunque en esta situación no sirve de nada…
¡COMO PUEDES DEJAR QUE TE PASEN ESTAS COSAS, ELENA!
Y ahí hay otra razón para evitar que se despierte…
…
He de concentrarme. Esto no puede salir mal.
Pongo mi mano izquierda en la parte de su cintura que toca con la cama (donde está mi brazo atrapado) y gentilmente empiezo a levantarla.
Poco a poco. Solo necesito crear el espacio necesario para que pueda sacar el brazo.
Y entonces…
—… hmmm…
Yuffie se mueve.
Se me hiela la sangre del susto.
Me quedo así unos segundos. Por suerte, no parece que se haya despertado. Aunque mi corazón va a cien. Me ha dado un infarto, como mínimo.
Vale. Recomponte.
No pasa nada, tienes todo el tiempo del mundo. Ya casi está. Un poco más y… listo. El brazo está fuera.
Ahora solo falta volver a dejar, lentamente, la cintura en la posición en la que estaba. Que no se despierte, por favor…
…
Esto ha resultado agotador. Y de buena mañana.
Menuda manera de despertarse.
Aun así, no me imaginaba que algún día pasaría algo así. Quiero decir, aquí estoy, sentada en la cama junto a una chica que me ha salvado la vida un par de veces ya. ¿Quién lo hubiera imaginado hace un par de años? ¿Quién hubiera creído que sería ascendida a la vanguardia de los Turcos? ¿O que hubiera visto el resurgir de Sefirot con mis propios ojos? Como cambia la vida en un par de años.
Y sigo sin pantalones.
Además. No sé qué hora es. Y tengo hambre.
Será mejor que me vista.
Posada "Soles gemelos", Costa del Sol
9:20 de la mañana.
Esta ciudad es bastante interesante. Por la noche estaba llena de gente pero ahora, por la mañana, esto está completamente vacío. Es… agradable.
Eso sí, intentar encontrar una tienda de ropa formal es casi imposible. Me he pasado casi una hora buscando una camisa blanca (para no ir con la que llevé ayer durante todo el día) y otra chaqueta azul, a poder ser parecida a la que me dejé en la nave voladora. He estado a punto de desistir un par de veces. Todo por aquí es ropa de verano y/o bañadores de muchos tipos diferentes.
Al final he tenido algo de suerte y he encontrado lo que quería. Visto que todavía era pronto, he ido otra vez al hotel. Más concretamente al bar que hay en el hotel, a desayunar.
Miro el reloj.
Todavía faltan diez minutos para la hora acordada, así que voy a disfrutar de la vista de la playa que se tiene desde aquí con mi café con leche, porque en mi trabajo nunca se sabe si tendrás muchas oportunidades de relajarte como esta. Especialmente si en tu misión sale el nombre de Sefirot, aunque en ese caso, la incertidumbre es si volverás a relajarte alguna vez.
En ese momento aparece Strife. Es divertido ver su indecisión, al no saber si saludarme y sentarse o simplemente pasar de mí. Duda (quizá demasiado) visiblemente. Al final, después de varios segundos de indecisión, se acerca a mi mesa y me saluda.
Por el fondo también aparece Yuffie, que se acerca rápidamente.
— ¿Estáis desayunando? – pregunta, aunque también noto que evita mirarme – Pues esperad, que voy a pedir algo y me siento con vosotros.
Y se va tan rápido como ha llegado hacia la barra del bar, en el interior del hotel, a pedir algo.
Strife parece que iba a decir algo pero, ya la chica ha entrado y salido como un tornado, se ha quedado con la palabra en la boca. Se encoje de hombros y dice:
— Pues yo también iré a pedir algo. Ahora volvemos.
Al cabo de un par de minutos vuelven, con sus desayunos en la mano. Strife trae un café de algún tipo y, por lo que parece, el plato estrella para el desayuno: "Tiras de panceta de chocobo con huevos". Por su parte, Yuffie también trae algo de café (aunque no sé por qué, pero no me la imaginaba tomando café) y dos cruasanes.
La mesa en la que estoy sentada es grande y redonda, con lo que caben perfectamente. Deciden sentarse cada uno en un lado de la mesa para que, más o menos, nos podamos mirar a la cara al hablar.
— ¿Habéis dormido bien? – pregunto amablemente, para iniciar una conversación.
Yuffie evita mi mirada y la fija en Strife. Éste desvía la pregunta con un "mejor no preguntes". Pues empezamos bien.
— Yo… yo he dormido bastante bien – responde finalmente Yuffie.
— Espero no haberte despertado esta noche ni nada de eso – confieso (aunque sin entrar en detalles).
— ¡No! No. Por supuesto que no – niega Yuffie, aunque quizá un poco demasiado efusivamente – Pero… ¿por qué… hemos dormido en la misma habitación?
— Cuando llegamos, solo quedaban dos habitaciones libres en el hotel – interrumpe Strife –. Al parecer estamos en "temporada alta" (o algo por el estilo) y nos aseguraron que no habría más habitaciones libres en todo Costa del Sol.
Por cómo suena la voz de Strife es obvio que no ha dormido demasiado.
— Tampoco era necesario que los Turcos ejercieran su influencia, así que al final nos quedamos aquí – continua, aunque puede que esta parte sobrara un poco.
Yuffie asiente con la cabeza, mientras toma un sorbo de su café. No, espera. No es café. Es… ¿qué es?
— ¿Eso quiere decir que has dormido junto con Tseng? – oigo decir a la chica.
Strife la mira con frialdad.
— No preguntes – concluye, aunque Yuffie se ríe entre dientes.
— ¿Dónde está Red, por cierto…?
— Durmiendo en la habitación – responde Strife –. Ya sabes como es…
Yo sigo interesada en qué está tomando Yuffie. Porque no parece… ¿es leche?
— ¿Estás… tomando leche? – pregunto sin pensar.
Yuffie se sorprende, como es obvio, por el tipo de pregunta. Yo me quedo con cara de estúpida, seguro, porque no quería preguntar eso. No quería preguntar nada de nada.
— Ahhh… si… ¡T-Todavía estoy creciendo! –dice medio enfurruñada.
Vaya. Parece que he tocado una fibra sensible. Sin embargo, enseguida le cambia la cara.
— Por… cierto, antes de que se me olvide. Lo siento. Por quedarme dormida – se disculpa Yuffie –. No era mi intención y de verdad que lo siento.
— Tranquila. Es normal que tuvieras sueño. Después de todo, eras la única que sufrió heridas de consideración luchando contra Sefirot. Nadie te lo echará en cara – dice Strife, quien dirige una sonrisa a su amiga.
Yo no puedo hacer otra cosa que asentir.
— Además – continúa Strife –, ya acabamos de revisar todos los archivos y documentos de ese… ¿hombre? La mayoría no servía para nada. Sin embargo… sí que encontramos algo de utilidad.
— ¿En serio? – pregunta risueña Yuffie.
— Si. Aunque te lo explicará mejor Elena. Ella fue quien lo descubrió.
Cierto. Entre esa montaña de hojas había algo que sí que valía la pena.
— Al parecer, el Profesor Hojo hizo algunos experimentos con corriente vital. Según sus estudios, la materia que utilizamos está atraída por la corriente vital en todo momento. Normalmente la atracción es muy pequeña, de manera que no influye normalmente. Sin embargo, es posible que Sefirot, al poder manipular la corriente, pueda crear una atracción mucho mayor. Esto explicaría como nos quitó las materias allá abajo – comento a una Yuffie bastante interesada.
— ¿Y hay alguna forma de impedir que lo haga?
— Lamentablemente no. O, como mínimo, nada de lo que el Profesor Hojo tuviera conocimiento – digo mientras tomo un sorbo de mi café –. Si que comentaba (en el experimento) que la materia condensada tiene un efecto contrario en la corriente vital. Es decir, la materia condensada repele la corriente vital. Pero esto no nos es útil en absoluto. Tseng nos explicó que ShinRa no dispone de materia más condensada que la actual e intentar crear una ahora, aun con grandes inversiones de tiempo y dinero, no dará resultado alguno a tiempo.
— Estamos como al principio entonces, ¿no? – pregunta Yuffie, algo descorazonada.
Pues sí.
— No tiene porqué – responde Strife –. Al menos ahora sabemos a ciencia cierta que es él quien nos arrebata las materias. Lo que hemos de hacer es atacarle por sorpresa y lanzarle de todo. Además… hmm… mejor esperaré a contarlo una vez llegue Tseng.
— Oh, vamos. No te hagas el interesante y cuenta – protesta Yuffie.
Yo, simplemente, pongo cara de curiosidad.
— Los demás. Me han llamado esta mañana. Ahora cuando llegue Tseng os lo explico – responde Strife, obviamente cansado por la falta de sueño.
Miro mi reloj. Aun faltan unos pocos minutos.
Aunque ahora tengo un problema. Ellos se han quedado callados y se ha instaurado un silencio algo incómodo. ¿Qué hago? ¿Queda raro que no diga nada?
Sin embargo, no me tengo que preocupar por mucho, pues Yuffie rompe el silencio.
— ¡Qué bueno que está esto! – exclama la chica, mientras empieza a comerse el segundo cruasán.
Sonrío. Que cara de felicidad que pone.
— No sabía que te gustara tanto – comento, para incitar a la conversa.
— ¡Ya te digo! – responde Yuffie – Y encima está recién hecho, como me gusta. Sabes, si no hubiera sido ninja, seguramente me hubiera hecho panadera.
— ¿En serio? Vaya, nunca lo hubiera adivinado…
Noto como Strife se la queda mirando. Aprovecho para intentar acabarme mi café, que ya me está durando demasiado.
— Por cierto. No dejo de tener esa sensación… – continúa Yuffie – Como si ya hubiera estado en este hotel antes…
Strife lo escucha y se centra en su desayuno, y Yuffie lo nota.
—… ¿Poté sobre alguien, verdad? – bromea Yuffie.
Strife, aun con su desayuno, no desvía la mirada y solo responde:
—… Sobre Tifa.
Y noto como el café me sale por la nariz de la risa. Yuffie se gira hacia mí, con su cara enseñando una mezcla de vergüenza y sorpresa. Yo todavía me estoy riendo mientras cojo la servilleta para limpiarme.
Strife también se ha girado sorprendido, aunque parece que mi risa se le ha contagiado y su cara muestra una tímida sonrisa.
Pobre Yuffie. Ahora solo centra su mirada en su cruasán, con la cabeza gacha. No era mi intención reírme de ti. De veras.
No estoy segura de si disculparme o no, aunque debería hacerlo. Primero pararé de reírme y limpiaré los restos de café que he esparcido por ahí, si eso.
Sin embargo, antes de que pueda mediar palabra alguna, aparece la persona que faltaba: Tseng.
