Candy se quedó sin aliento al abrir la puerta

CAPÍTULO XI

R E C U E R D O S

La imponente escalera se erguía frente a ellos como un escalofriante pasaje al pasado y al dolor.

Era inevitable que los recuerdos se agolparan en sus mentes al unísono, que el sufrimiento volviera a sus corazones, que las lágrimas amenazaran con brotar de sus ojos.

En ese lugar sus sueños se habían hecho pedazos años atrás, su vida se había convertido en desolación.

"Prométeme que serás feliz..."

"Terry..."

"Promételo tú también..."

"Quisiera detener el tiempo..."

"¡Terry está llorando!"

"Candy..." "No digas nada..."

"Déjame estar así un momento..."

Evocaban al unísono, sincronizados como la luna y la marea, el dolor de aquellos aciagos momentos en los que su amor se volvía imposible. Ese vínculo infinito que los unía se manifestaba en ese momento haciendo latir sus corazones al mismo ritmo.

Ahí parados, uno junto al otro, tan cerca y tan lejos, recordaban que el tiempo no se había detenido como Terry lo deseara aquella tarde nevada en ese mismo lugar; el tiempo había pasado y los había llevado por caminos distintos y apartados. Y sin embargo, era curioso como los había devuelto, inesperadamente, juntos a ese sitio. ¿Sería acaso una señal? ¿Una oportunidad para recomenzar? Candy lo deseaba sin duda. Terry no estaba seguro.

- ¿Les puedo ayudar en algo? – preguntó una enfermera que los había observado desde su llegada, extrañada de ver a ese par de jóvenes permanecer estáticos mirando fijamente hacia el mismo punto por largos minutos.

En ese momento salieron del trance en el que se encontraban.

- Si, buscamos a un joven que desapareció hace algunas horas... – Candy explicó angustiada con lujo de detalles a la enfermera las características físicas y el padecimiento de Stear.

- Deben dirigirse a Urgencias, en un momento estaré ahí para auxiliarlos – dijo amablemente la joven enfermera. – Sigan por este pasillo y al final doblen a la izquierda.

- Gracias

Candy se sintió como una verdadera tonta. Siendo ella enfermera lo lógico era que se hubiera dirigido a Urgencias en cuanto llegaron al hospital, ella conocía perfectamente ese procedimiento pero sus alocados sentimientos le jugaron traición. Sólo esperaba que Terry no lo hubiera notado.

Mientras caminaban siguiendo las instrucciones de la enfermera, Candy notó a Terry distante y pensativo.

- ¿Habrá sentido lo mismo que yo? – Pensaba rememorando la intensa experiencia recién vivida frente a las escaleras del hospital.

Sentimientos y pensamientos encontrados taladraban el corazón y la cabeza de Terry. A pesar de que había estado en ese lugar en innumerables ocasiones después de la separación, esta vez había sido distinto. Siempre recordaba la dolorosa situación sucedida en ese lugar, pero nunca antes la había revivido con tanto realismo.

- ¿Habrá sentido lo mismo que yo? – Se preguntaba mientras veía de reojo a Candy - ¿Será posible que lo que Susanna me dijo aquella noche sea cierto?... No, no debo pensar en ello. No es el momento ni el lugar.

Finalmente llegaron a Urgencias sin haber cruzado palabra alguna.

Candy repitió ante la enfermera de guardia las explicaciones dadas anteriormente sobre Stear. La enfermera buscó entre sus registros mientras Candy rogaba al cielo que su primo se encontrara en ese lugar.

- ¿Alstear Cornwell dice usted?

- Si

Aquí está, lo trajeron hace un par de horas.

- ¡Gracias al cielo! – exclamó Candy emocionada, sintiendo que el gran peso que sentía sobre sus hombros desaparecía. Instintivamente volvió sus ojos a Terry quien compartió con ella el alivio por la noticia recibida. Se sintió inmensamente feliz de poder compartir esa alegría con él y agradeció a la vida por tan precioso momento en medio de los difíciles momentos recién vividos.

- ¿Cómo está? ¿Puedo verlo? – preguntó ansiosa.

- Llegó inconsciente pero hace unos 30 minutos volvió en sí y nos proporcionó sus datos. Está estable aunque fue necesario administrarle un analgésico y un calmante – explicó la enfermera.

- ¿Puedo llevarlo a casa? Su padecimiento es poco convencional y ahí tengo todos los elementos necesarios para tratarlo.

- Permítame preguntar al médico responsable – dijo la enfermera e instantes después desapareció por la puerta que llevaba al área donde se encontraban los pacientes.

Candy se volvió hacia Terry sintiéndose profundamente agradecida con él por su apoyo.

- Gracias, no sé que habría hecho sin tu ayuda.

- No agradezcas nada Candy. Me alegra que Stear esté bien, aunque me gustaría que me explicaras más detalladamente esta situación. Aún hay muchas cosas que no entiendo.

- Tienes razón. En el auto no pude explicarme muy claramente, estaba tan nerviosa y preocupada que creo que sólo dije incoherencias – apuntó Candy dándose a sí misma un pequeño coscorrón, lo que hizo evocar a Terry aquella chiquilla de la que se enamoró siendo un adolescente.

No cambias. A pesar de que tu cuerpo grita a los cuatro vientos que te has vuelto mujer, por dentro sigues siendo la misma niña – decía Terry para sus adentros, esforzándose en mantener sus defensas emocionales bien firmes.

La enfermera volvió a instalarse tras el escritorio.

- Buenas noticias, señorita. Puede llevarse a casa al paciente, sólo que antes deberá llenar estas formas – decía mientras le entregaba unas hojas y una pluma – y esperar un par de horas a que pase el efecto de los sedantes.

- Gracias – respondió Candy feliz por la noticia e inmediatamente se dio a la tarea de llenar los documentos que le precisaba la enfermera. Cuando terminó se volvió hacia Terry y le dijo:

- Te agradezco con toda el alma Terry, ahora ya estoy bien, en cuanto Stear esté listo lo llevaré a casa.

- De ninguna manera te dejaré sola. Esperaré contigo el tiempo necesario y después los llevaré en mi auto.

- No, eso sería abusar. Además debes tener muchas cosas que hacer y tu novia se preocupará por ti – se atrevió a decir a pesar del dolor que le provocaba pensar en, lo que ella creía, la aplastante realidad de Terry enamorado de otra.

¿Mi novia?... ¡Ah! Te refieres a Amanda… - dijo él divertido ante la actitud celosa que Candy adoptó sin darse cuenta, sin embargo, de inmediato atravesó por su mente la macabra idea de no sacarla del error en el que se encontraba al creer que Amanda y él sostenían una relación más allá de la amistad. Tal vez esta era la oportunidad de darle revancha a esa parte de su corazón que aún seguía profundamente lastimado después de aquel abandono.

"Ella no es mi novia, es una gran amiga", pretendió responder, pero la parte más oscura de su carácter ganó la batalla y se dejó llevar por la necesidad de revancha. Tal vez después se arrepentiría, pero por el momento creyó que era lo mejor. Después de todo Candy misma había decidido no quedarse junto a él aquel día, ¿porque ahora que ella había recapacitado y estaba de vuelta por él debía correr a sus brazos de inmediato? ¿Acaso su sufrimiento y su decepción no contaban?

- Por ella no te preocupes – dijo finalmente- de hecho ella sabe que los lunes son los días que dedico a mis amigos de la Compañía y ella a su vez los destina a poner en orden su agenda y sus reportajes de la semana. Es una mujer muy segura de sí misma, que me da la libertad que necesito – dijo triunfante al vencer a su conciencia.

Entiendo – refutó Candy sintiendo el infierno quemarle las entrañas. Terry la había olvidado y ahora se lo decía de frente, mirándola a los ojos, parecía incluso disfrutar el momento como si se tratara de una sutil venganza, ella no sabía que para él eso era precisamente. Sin embargo, en medio de ese dolor, logró vislumbrar algo en el fondo de la mirada de Terry, algo que no sabía como describir pero que se parecía mucho a la culpa. Lejos estaba la mirada del actor de demostrar ese amor infinito por la joven periodista que ella creía su novia. Ella sabía bien el color que tomaban los ojos de Terry cuando estaban llenos de amor y de dulzura, y no era ese color el que le mostraban al hablar de Amanda. Tampoco su voz mostraba esas tiernas inflexiones que ella le conocía tan bien.

¿Podría ser acaso que Terry no estuviera verdaderamente enamorado de esa chica?

Algo en el fondo de su ser y de los ojos de Terry le gritaba que así era, que ella tenía aún una oportunidad de volver a formar parte de su vida.

Tal vez la periodista era su novia pero no la amaba y Candy, que estaba cansada de reprocharse el no haber luchado por su amor cuando se enteró del terrible accidente de Susanna, no estaba dispuesta a dejarse vencer tan fácilmente una vez más.

Al final, Susanna había decidido no quedarse con Terry, finalmente aquel sacrificio no había valido la pena. ¿Quién podía asegurarle que pasaría lo mismo con Amanda? Ella no pasaría el resto de su vida haciéndose a un lado para que los demás fueran felices, no después de ver que de poco habían servido sus anteriores sacrificios. Además esta vez no había honor ni deuda de por medio, era sólo cuestión de sentimientos y decisiones y ella podía luchar para conseguir reavivar el fuego entre las cenizas.

¿Acaso no había sido toda su vida una luchadora? ¿No valía la pena arriesgarlo todo por la mínima posibilidad de perderse de nuevo en aquellos brazos, de beber de nuevo de aquellos labios?

Era un momento crucial y ella lo sabía, debía decidir si abandonarse a la certeza de que Terry la había olvidado o aferrarse a la esperanza de que sólo estuviera encerrado en un espejismo para alejarse de la soledad. Después de todo ella lo conocía a la perfección y sabía que el amor por aquella chica no habitaba su corazón.

Era el momento de echar todo aquello por lo que había esperado por la borda, escondida tras el orgullo o el momento de luchar por recuperar el amor de aquel que le había enseñado lo que una mujer siente entre los brazos de un hombre, lo que el cuerpo tiembla y se estremece ante el roce de los labios del ser amado sobre los propios. Era, una vez más, el momento de decidir qué camino tomar, qué destino buscar.

Sus verdes ojos brillaron finalmente con decisión... lucharía por él.

Si al final del camino descubro que Terry me ha olvidado, por lo menos tendré la satisfacción de saber que luché, que no dejé morir a mi corazón en una duda infinita. Prefiero su rechazo a la eterna incertidumbre. Si descubro que no me ama me haré a un lado sin dudarlo.

- Terry, pensaba que si insistes en esperarme y llevarnos a casa, lo menos que puedo hacer es invitarte un café. ¿Aceptarías? – inquirió finalmente, rompiendo el silencio, tratando de aparentar una serenidad que estaba muy lejos de sentir. Sabía a lo que se arriesgaba con Terry dado su fuerte sentido de acidez y sarcasmo, pero también sentía la confianza de conocerlo a la perfección y de saberse capaz de contestarle en cualquier situación.

- ¡Por su puesto que es lo menos que puedes hacer! – Exclamó juguetón sorprendido por el cambio de actitud de Candy. Estaba seguro de que en cuanto le confirmara su relación con Amanda, comenzaría a sentir su alejamiento y el endurecimiento de su corazón, no estaba preparado para percibir todo lo contrario. ¿Sería acaso que había cambiado tanto durante el tiempo que la vida los llevó por caminos separados? Esta nueva faceta de Candy le fascinó, así que decidió que seguiría el juego que ella le proponía. – Sólo que me permitirás pagar la cuenta… pecosa.

- Pecosa – repetía Candy en su mente mientras un eco lejano le respondía una y otra vez. Era la primera vez en años que escuchaba ese cariñoso sobrenombre. Cierto era que al principio le molestaba sobremanera que Terry la llamara así, poco a poco se fue convirtiendo en una especie de fetiche entre ellos hasta llegar al punto en el que esa simple palabra le traía a la memoria los recuerdos de aquella hermosa relación agridulce, y a su estómago una intensa sensación de vacío.

Terry notó la ausencia en la mirada de Candy, notó también hacia a donde había viajado porque a él le había pasado lo mismo al pronunciar esa mágica palabra. Él también rememoró momentos inolvidables al revivir en sus labios el sobrenombre que durante tanto tiempo usó para llamar a la mujer dueña de sus amores.

Era la segunda vez en esa noche en la que se habían remontado juntos a momentos especiales y lejanos. Era la segunda vez en esa noche que aquella extraña conexión se presentaba entre ellos y hacía que las convicciones de Terry se cimbraran desde sus bases. Esto lo hacía sentir vulnerable y, por ende, incómodo. Sin embargo trataba de controlarse y mostrarse lo más sereno posible ante Candy, lo último que deseaba era que ella se diera cuenta de la lucha interna que se desarrollaba en él.

Conozco una cafetería muy cerca de aquí, no es nada lujoso pero sí muy agradable. Si no te importa me gustaría que fuéramos a ese lugar, el café y los pastelillos son muy buenos, en especial el de chocolate – dijo Terry, aparentemente desenfadado, haciendo volver a Candy de sus recuerdos.

- No tengo inconveniente, vamos a ese lugar si así lo deseas – respondió algo aturdida por los recuerdos sin notar la intención de Terry de aligerar el ambiente entre ellos haciendo alusión a su gusto por devorar pasteles y toda clase de postres. Esa noche le estaba resultando excitante, llena de evocaciones dolorosas por su imposibilidad y eso, aunado a la estresante situación que vivió durante la desaparición de Stear, la hacía sentir un poco cansada. Terry lo notó y volvió a su mutismo mientras enfilaba sus pasos hacia la salida del hospital.

Dos calles separaban el hospital de la cafetería. Caminaban juntos por la acera sin mirarse, Terry con las manos metidas en los bolsillos de su pantalón pensando si había sido correcto mentir, Candy con la mirada perdida en su interior aprovechaba esos momentos para tratar de poner en orden sus ideas y sentimientos, buscando encontrar las fuerzas necesarias para luchar en contra de la otra mujer y de sus propias convicciones.

Finalmente llegaron y ambos agradecieron la calidez del lugar después del inclemente frío que tuvieron que soportar durante la corta caminata. El invierno estaba en su apogeo y el frío calaba hasta los huesos.

Terry se dirigió hacia una de las mesas del fondo, en donde podrían conversar sin ser molestados, no podía dejar de lado el hecho de ser una figura pública y lo último que deseaba era que algún necio reportero los viera y empezaran las especulaciones sobre su vida personal. Esa era la única parte que odiaba de su profesión, le molestaba ser blanco del escrutinio público y del constante asedio de los periodistas de espectáculos. Así se lo hizo saber a Candy.

- En este lugar estaremos tranquilos, a salvo de los malditos reporteros – dijo en un tono de molestia.

- Te comprendo, no debe ser fácil tener que cuidarte siempre del qué dirán, sobre todo cuando se es un espíritu libre como tú – respondió esbozando una comprensiva sonrisa.

- Pues tú debes saberlo también, supongo que siendo la heredera de una acaudalada familia la prensa se debe interesar mucho en tu vida.

Los dos recuperaban poco a poco la calma y la sensación de bienestar al estar juntos, después de los momentos de lejanía que experimentaron durante la caminata.

- No lo creas, nunca he sido su blanco predilecto. Mi vida es sencilla, simple, no doy mucho de que hablar. No asisto a las grandes galas ni me paseo por los lugares de moda, no es mi estilo y finalmente eso es lo que atrae a la prensa. Sólo asisto a los eventos en los que Albert me solicita que lo acompañe en representación de la familia – explicó relajada.

- Ahora que lo mencionas... ¿cómo es que Albert no está aquí acompañando a su sobrino en esta penosa situación? Leí en los diarios la increíble noticia de que nuestro amigo resultó ser un rico heredero además de tu padre adoptivo. Eso es verdaderamente asombroso.

- Si que lo es. Imagina lo que pensé cuando supe toda la verdad, fue difícil de asimilar pero pronto comprendí, a la luz de esa verdad, que todo tenía sentido. Entendí porque Albert siempre aparecía cuando lo necesitaba, él siempre supo cada detalle de mi vida y se encargó de darme todo el apoyo que no podía darme como padre. Es un gran hombre – dijo evocando a su entrañable amigo.

- Si que lo es, pero aún no me has dicho porqué él no está haciéndose cargo de su sobrino. Lo más lógico sería que fuera él quien asumiera esta responsabilidad, no entiendo por qué lo haces tú y además sola – dijo con cierto tono de molestia. Sí, se sentía inexplicablemente molesto al pensar que Candy sola cargaba con la responsabilidad enorme de atender al "Inventor" en su enfermedad. ¿Acaso su familia no servía para nada más que para darle problemas y para rechazarla?

- Yo misma lo he preferido así, no he informado a nadie de la familia Andley sobre la reaparición de Stear. Quiero darles la sorpresa de verlo completamente recuperado – respondió ella ignorando el agrio tono de Terry, para de inmediato intentar desviar el rumbo de la conversación – ¿Y bien?... ¿Dónde están esos deliciosos pastelillos de chocolate? – preguntó pícara mientras un mesero se acercaba a ellos con el menú.

- ¡Vaya! Parece que tu apetito ha despertado – espetó divertido ante la graciosa cara de Candy, soltando una carcajada, de esas que siempre la hicieron estremecer.

- Dos cafés americanos y un pastelillo de chocolate – dijo Terry al mesero al tiempo que le devolvía con seguridad las cartas sin haberlas leído, aún con la risa habitando su boca.

Candy lo miraba embelesada. Verdaderamente era el hombre más atractivo que hubiera visto en su vida y mucho más con ese gesto alegre adornando su rostro. Desvió su mirada hacia la mesa en un intento por huir de tales pensamientos y se encontró con la mano de Terry que descansaba plácidamente junto a la taza de café que recién les habían servido. Sus ojos quedaron atrapados en aquella parte del cuerpo de masculino, una parte tan expuesta, tan normal que nunca había reparado en ella per se. En ese momento comprendió que jamás había sostenido aquella fuerte mano entre las suyas, que nunca le había acariciado el rostro, que nunca había paseado por alguna calle o algún parque tomada de ella al lado de Terry; y se preguntó dolorosamente qué se sentiría ser acariciada por ella, qué se sentiría que esos dedos se enredaran en sus rizos, qué se sentiría caminar sintiendo aquella fuerza sosteniéndola y protegiéndola. Entonces su mente voló hacia el rostro de Amanda y un agudo dolor le atravesó el corazón. Ella seguramente sabía lo que se sentía ser acariciada por esa mano, ser tocada por esos dedos, caminar entrelazando la propia con la de él. Comprendió que no sería fácil aceptar el reto de reconquistarlo sabiéndolo de otra. ¿De cuando acá te gustan las cosas fáciles, Candy? Se dijo infundiéndose valor.

Terry volvió a sentir la ausencia momentánea de Candy y le punzaba ver en su rostro el dolor mal disimulado, pero no se permitía el lujo de aceptarlo de una manera consciente. La herida en su propio corazón sangraba aún y un hombre intenso como él no puede actuar al margen de sus heridas.

El silencio habitó los labios de ambos manteniendo a cada uno en su propio mundo de emociones e interrogantes.

Finalmente estaban ahí, frente a frente, separados únicamente por una mesa de cafetería y por sus propios demonios, y una vez más había algo que les impedía disfrutarse, entregarse al amor que mutuamente sentían aunque uno de ellos lo negara. Par de corazones necios y dudosos, par de amantes que habiendo sufrido tanto se refugiaban en todo menos en el amor compartido.

Una vez más un vagón de tren era el escenario de un monólogo mental, de un debate interno, de un analizar y re analizar la vida, el pasado y el futuro.

Esta vez era el turno de Albert.

La fecha de la firma del convenio previamente establecido con la firma bancaria más importante de Nueva York estaba a punto de llegar. En un par de días para ser exacto, y Albert decidió viajar a la Gran Manzana con un margen de tiempo suficiente para buscar a Candy y salir de las dudas que le hacían sentir tan ansioso.

Ella no había vuelto a escribir desde aquella vez que le pidiera una suma mensual de dinero, ni siquiera un par de líneas para informarle sobre su bienestar. ¿En qué momento se habían alejado tanto uno del otro? Se preguntaba una y otra vez Albert recostado en la cama de su cómodo camerino de primera clase.

Verdaderamente le dolía la lejanía de su amiga y protegida, le punzaba el siquiera imaginar que lo que Archie le había dicho tantas veces acerca de sus sospechas sobre Terry, fuera verdad. No encontraba una explicación lógica para tal comportamiento. Candy no era rencorosa, nunca lo había sido, así que le resultaba imposible pensar que estuviera resentida con él por no haberle dedicado más tiempo mientras vivieron juntos en la mansión de Chicago, era un argumento demasiado simple para una mujer como ella.

- ¿Será a caso que vive una relación clandestina con Terry y se siente avergonzada? – Se preguntaba. – No, eso no puede ser. Yo mismo he leído cada día los diarios en busca de alguna noticia, de algún indicio que hable sobre tal posibilidad y no he encontrado nada. Terry está separado de Susanna desde hace meses y no se le conoce ningún amorío. Pero… ¿Qué otra cosa puede ser?

Un par de suaves golpes en la puerta lo sacaron de sus cavilaciones.

- ¿Quién? – Preguntó desganado escuchando la voz de George pidiéndole autorización para entrar como respuesta.

- Te traje un té, el frío es cada vez más intenso y te ayudará a entrar en calor – decía el fiel colaborador de la familia mientras colocaba sobre una mesilla la charola con el servicio.

- Gracias George, lo estaba comenzando a necesitar – respondió afable mientras veía por la ventanilla los copos de nieve caer constantes y rítmicos.

- ¿Pasa algo?

- No, nada. ¿Puedo saber el por qué de tu pregunta?

- Es sólo que me pareció ver en tu cara signos de preocupación ¿me equivoco?

- Me conoces demasiado bien, no en vano eres mi compañía constante desde que era un chiquillo – dijo el rubio esbozando una sonrisa de divertida derrota. Recordó entonces que George había sido el único adulto con el que tuvo contacto durante un gran período de su niñez después de la muerte de su hermana Pauna, que se mantuvo inquebrantable a su lado en su época de rebeldía, enfrentándose incluso a la Tía Abuela y ayudándole a llevar a cabo cada uno de sus planes por descabellado que fuera, que le ayudó a proteger a Candy siempre que lo necesitó y que no descansó un solo instante hasta encontrarlo durante su desaparición a causa de la amnesia.

– Se trata de Candy. Me preocupa su lejanía, no física, sino emocional. Hace tiempo que no escribe y me duele no saber de ella además de que me angustia no conocer la situación en la que vive – dijo finalmente comprendiendo que si alguien merecía su absoluta confianza era el hombre frente a él.

- Yo que tú no me preocuparía tanto. La señorita Candy ha demostrado ser siempre una dama. Creo que debes dejarla vivir su vida y preocuparte un poco más por vivir la tuya – expuso serenamente con su habitual tono respetuoso mientras salía en silencio del camerino dejando a un Albert perplejo ante tal respuesta.

- ¡Vaya, vaya! – Exclamó elevando los ojos al cielo y dejando caer estruendosamente sus manos sobre los laterales de sus muslos. – Esta sí que no me la esperaba – dijo soltando una sonora carcajada ante la actitud de George.

Lentamente se acercó al espejo del pequeño tocador que se encontraba junto a la ventana y se detuvo en su propio reflejo mientras la sonrisa se desvanecía abandonando su rostro.

"…me pareció ver en tu rostro signos de preocupación ¿me equivoco?"

Recordó las palabras que George le dijera minutos antes y buscó en el espejo tales signos. Encontró un semblante atractivo, sano, enmarcado en una cascada de cabello sedoso y rubio. Nunca había sido vanidoso o fatuo pero en ese momento fue totalmente conciente, como pocas veces, de lo atrayente de su rostro y su aspecto en general. A pesar de no vestir el traje que tradicionalmente usaba en sus jornadas de trabajo, irradiaba una elegancia innata. Vestía un ajustado suéter negro de cuello de tortuga que permitía mostrar discretamente la amplia espalda y los brazos fuertes, no era una pieza de ropa muy común en ese tiempo entre los hombres de su categoría, pero él los mandaba hacer especialmente para sí con un modisto que le complacía en todos sus caprichos aunque la moda no los dictara, finalmente era un rebelde y ese era uno de los pocos aspectos de su vida en el que podía expresar tal indocilidad. El alto cuello de la prenda resaltaba sus facciones encabezadas por la contundente mandíbula, la nariz de líneas perfectas y sus atrayentes ojos azules, de ese azul tibio de cielo de primavera.

Entonces pensó en él mismo como nunca antes. Aceptó que era un hombre de corazón generoso, de alma libre y bondadosos sentimientos, de fuerte temple que le había ayudado a superar el dolor de las pérdidas constantes en su vida. Desde niño se enfrentó a la muerte de sus seres queridos una y otra vez, primero sus padres, después su hermana, luego su sobrino y por último Stear, que aunque no tenía un parentesco tan cercano como en el caso de Anthony, era un chico al que le profesaba un gran cariño; y eso le había formado un carácter maduro y de gran fortaleza.

Nunca en el pasado se había visualizado a sí mismo de tal manera, es más, rehuía ese tipo de análisis por considerarlos presuntuosos, pero en ese instante, frente a su propio reflejo no pudo evitar reconocer tales cualidades en su persona.

¿Cómo era posible que con semejantes atributos físicos y espirituales no hubiera logrado encontrar el amor? Fue la pregunta que atravesó su mente como un furioso relámpago en una noche de tormenta, y ahí comprendió su soledad y reconoció el vacío que habitaba en su corazón. Cierto era que tenía una familia a la que adoraba aunque fuera de una estructura peculiar, no había un padre, una madre, hermanos y sobrinos directos, pero estaba la Tía Abuela, Archie, los Legan muy a su pesar, y sobre todo, Candy.

Esa chiquilla que le había robado el corazón tantos años atrás al encontrarla triste y desvalida en aquella colina junto al gran árbol en el que a menudo se escapaba para buscar tranquilidad. Los demás siempre pensaron que él la había ayudado al adoptarla y hacerla parte de su familia, pero estaban equivocados, era ella la que le había ayudado a él a encontrarle un sentido a su vida, ella significó para él la tabla de salvación en medio del naufragio de su existencia solitaria, marcada por un destino que lo obligaría tarde o temprano a aceptar responsabilidades que nunca había pedido y que lo llevarían inexorablemente a alejarse de la más intensa de sus pasiones: la vida libre e indomable cerca de la naturaleza.

Fue por ella que viajó a Londres, fue por ella que volvió de África y fue por ella que logró recuperar su vida después del accidente y la terrible enfermedad que lo sumió en tinieblas por meses enteros.

Sin embargo, ahora comprendía que ni siquiera Candy podía llenar ese hueco en su corazón que parecía agigantarse ante la perspectiva de reconocerlo como parte de él mismo. Ni siquiera ella con todo su cariño podía hacerlo sentir un hombre completo, porque ahora era ya un hombre aunque se negara a aceptarlo del todo, no era más el adolescente trotamundos que huyó de sus responsabilidades por largo tiempo, era un hombre de compromisos, un hombre complejo que descubría la necesidad de compañía, pero no de cualquier tipo, necesitaba una compañía que le llenara el alma y le alborotara las entrañas.

En múltiples ocasiones había sufrido el asedio de las mujeres, de las ricas herederas que veían en él al partido perfecto bajo los estrechos cánones de la sociedad de la época, lejos estaban ellas de saber que una mujer de ese tipo le provocaba cualquier cosa menos interés romántico, él necesitaba una mujer libre de ataduras y convencionalismos. Incluso reconoció que en algún momento de su vida, cuando compartía la vida diaria con Candy, llegó a confundirse respecto a los sentimientos que ella le inspiraba. Este era un tema escabroso que nunca se había atrevido a comentar con nadie, a él mismo le resultaba incómodo recordarlo.

Tal vez fue un resultado normal de la cercanía y la convivencia cotidiana, tal vez fue la atmósfera de hogar que invadía el pequeño y sencillo departamento, ese calor de hogar que él apenas recordaba desde su más tierna infancia, pero en ese momento desconocía por completo su pasado y no podía relacionar tales sentimientos con sus propias carencias. Recordaba la crueldad de los celos apoderándose de su frágil emotividad cuando ella atravesaba el umbral preguntando si había alguna carta desde Nueva York con las más radiantes de su sonrisas vistiendo sus labios, recordaba el dolor atravesando su alma cuando sus verdes ojos se iluminaban al mencionar simplemente el nombre de aquel afortunado joven actor que ella le decía había sido su amigo en Londres, recordaba la impotencia y la rabia mezclarse en su interior al verla llorar destrozada a su regreso de aquel fatídico viaje en el que se separaran por azares del destino.

Afortunadamente logró disimular con éxito aquella estampida de pasiones y cuando finalmente recuperó la memoria tuvo claro que tales sentimientos habían sido sólo una creación de su mente para llenar vacíos. En cuanto recordó el lazo emocional que siempre lo había unido a esa chiquilla, ahora convertida en mujer, comprendió que no era amor romántico lo que por ella sentía, sino un profundo cariño de hermanos. Sin embargo esa etapa de confusos sentimientos aún lo abochornaba.

El recuerdo de Candy se desvaneció y ante sus ojos volvió a aparecer su propia imagen en el espejo. Acomodó hacia atrás su rubia melena con las manos y dijo:

- No desesperes tonto, ya llegará y cuando eso suceda tu corazón estará preparado para latir de nuevo.

Se dio la media vuelta y se sentó frente a la mesilla en la que George dejara minutos antes la humeante taza de té inglés.

Las dos horas pasaron volando y llegó el momento de regresar a buscar a Stear para llevarlo a casa.

Habían logrado desviar la conversación hacia temas menos profundos y peligrosos. Él habló de su carrera y sus planes profesionales, ella de su trabajo y de su deseo de estudiar la carrera de medicina a pesar de que no era una en la que hubiera mucha oportunidad de desarrollo para las mujeres en la época, de Albert y del Hogar de Pony. Se alentaron uno al otro y hablaron también de Susanna y Tommy, evitando desde luego cualquier aproximación al tema de la ruptura entre él y la escritora.

Los dos se cuidaron muy bien de evitar tocar el tema de Amanda, Terry porque no quería caer en contradicciones al encubrir su mentira y porque en el fondo le causaba cierta incomodidad la propia acción de mentir; Candy por el dolor natural que le provocaba pensar en la relación de Terry con esa chica y por la intención de borrarla de los pensamientos del actor mientras estuviera con ella.

Mientras caminaban de regreso al hospital, el silencio los envolvió y de nuevo los sumió en cavilaciones profundas y personales.

Una vez en el mostrador de Urgencias, la misma enfermera que les atendiera antes apareció nuevamente.

Hemos regresado, ¿despertó ya mi familiar? – preguntó Candy esperanzada de que la respuesta fuera afirmativa.

Así es señorita, puede llevarlo a casa pero le recomiendo que vea a su médico cuanto antes, la crisis que sufrió fue muy dura y puede haberle dejado alguna secuela que en este momento sea imperceptible – advirtió la enfermera.

Ya lo había considerado, gracias. Mañana mismo lo llevaré con el Dr. Brenner a que lo revise.

Aún está un poco adormilado, un camillero le ayudará a llevarlo al auto de su novio – dijo la enfermera asumiendo que esa era la relación que mantenían la rubia y el atractivo joven que la acompañaba, al tiempo que se daba la media vuelta sin darle tiempo a ninguno de los dos de sacarla de su error.

El rubor había subido instantáneamente a las mejillas de Candy y Terry la miraba divertido, dejando escapar una risilla traviesa.

¿Puedo saber de qué te ríes? – inquirió ella con tono molesto al ser descubierta en su bochorno.

¿De qué va a ser mujer? De lo colorada que te has puesto – respondió ahora instalado en una franca carcajada.

No le veo la gracia – dijo ella haciendo un mohín y dando un golpe en el suelo con el tacón de su zapato.

Está bien, está bien – suspiró resignado – todo con tal de no aguantar tu sermón durante todo el camino de regreso, pecosa.

¡Muy gracioso!

En ese momento salió de nuevo la enfermera, esta vez acompañada de un camillero que empujaba la silla de ruedas donde habían colocado a Stear.

Al ver a su primo Candy corrió a abrazarlo, dando rienda suelta a toda la angustia contenida durante las largas horas de su desaparición.

Candy – murmuró Stear con voz apenas audible al sentir el abrazo de su prima y amiga.

- Shhh, no digas nada, debes descansar – le respondió cariñosamente ella mientras le acariciaba los cabellos.

Terry observaba la escena absorto, enfrentándose de súbito a muchas de las actitudes por las que se había enamorado de aquella chiquilla. Vio la bondad, la amorosa dedicación, la entrega, y hasta tuvo tiempo de observar la belleza de los ojos verdes de Candy similares a una pradera bajo la lluvia cuando se llenaron de lágrimas por la emoción de ver a Stear de nuevo.

Por un momento se sintió un miserable por haberle mentido, por ceder ante los impulsos necios de su ego, por hacerle daño con sus actitudes arrogantes, pero luego recordó que para él, esa misma mujer no tuvo ni el más mínimo de los gestos amables aquella tarde y su corazón se endureció de nuevo, esta vez con mayor intensidad porque el dolor le resultaba más intenso también.

Una vez en el auto, el silencio volvió a habitar en sus labios. Stear dormitaba en el asiento trasero, Candy miraba absorta por la ventanilla y Terry se concentraba en las calles y autos frente a él.

Ella había percibido ya la lejanía del actor y el endurecimiento de su corazón, por lo que optó por el mutismo. Estaba muy cansada como para soportar una nueva batalla verbal. Se limitó a darle las indicaciones para llegar hasta el apartamento.

Cuando finalmente llegaron Terry reconoció de inmediato el edificio ya que varias veces había estado con anterioridad de visita en el apartamento de su amigo Jean Montmorency.

¡Qué coincidencia! En este edificio tiene un apartamento un gran amigo, el no está ahora pero cuando se encuentra en la ciudad organiza unas tertulias estupendas – dijo abandonando momentáneamente su frialdad anterior.

Creo saber de quien se trata. Susanna me ayudó a conseguir el apartamento y creo que se trata del mismo del que me hablas – apuntaba Candy mientras trataba inútilmente de bajar del auto a un Stear profundamente dormido.

- ¿Te refieres a Jean Montmorency? – inquirió Terry.

- Al mismo. Sé que está de viaje por Francia pero que volverá en un tiempo. Seguramente para entonces ya habremos abandonado este lugar – señaló la joven quien era ayudada ya por Terry en su tarea de bajar a su primo del auto.

El Sr. Winkle se ofreció a ayudarlos en cuanto los vio, interrumpiendo la conversación.

- ¡Es un placer volver a verle Sr. Grandchester! Hace tiempo que no nos visitaba, bueno… es lógico, el joven Jean no está en la ciudad, no tendría por qué visitarnos a menos de que ahora sea amigo de la Srita. Candy. Imagino que es así, de otra forma no estaría aquí ayudándole con su primo. Por cierto Srita. ¿Qué le ha sucedido al joven Stear? ¿Por qué viene como desmayado? – El viejo portero hablaba sin parar como era su costumbre y tanto Terry como Candy, que lo conocían bien, trataron de ser afables con él al pedirle que dejara de hablar por unos instantes. Había conseguido marearlos a ambos con su perorata interminable.

Finalmente acomodaron a Stear en su cama y se deshicieron de la amable contrariedad que significaba el Sr. Winkle. Solos en el salón del apartamento, Terry aceptó una taza de té que Candy le ofreciera.

Mientras preparaba el té en la cocina buscaba frenéticamente la manera de que esta no fuera la última vez que Terry la visitara, pero no quería ser tan obvia en sus intentos de ganarse de nuevo su corazón. Debía ser agresiva y sutil en su estrategia. Sin embargo, Terry se mostraba esquivo y frío. No desistas, debes tener paciencia, pensaba mientras servía el té.

El silencio era denso, lleno de tensión. Ninguno de los dos sabía que decir, justo como aquella mañana en el Blue River, sólo que en aquel entonces su historia juntos apenas comenzaba. Ahora los unían y los separaban sentimientos mucho más complejos, ellos mismos habían crecido y ahora veían la vida desde otra óptica, con más madurez pero también con más recelos.

Candy, debo irme – oyó decir a Terry súbitamente mientras se acercaba decididamente a la puerta.

Terry... pero... ni siquiera has terminado tu té – apuntó ella sintiendo invadirla la desesperanza, sabedora de que esta vez no le propondría un paseo por el zoológico.

Es tarde, mañana tengo un ensayo temprano – mintió él. No podía explicarle que sentía la necesidad de salir de ese lugar, de estar solo y pensar, pensar hasta el amanecer. Ni siquiera él mismo sabía por qué.

Está bien – susurró poniéndose de pie – te acompaño.

No, no es necesario. Sé el camino – expresó secamente enfilándose a la salida.

¡Terry! – Exclamó Candy en un intento desesperado por retenerlo, más de inmediato se dio cuenta de su error y enmendó resuelta.

Gracias – dijo cuando Terry posó su mirada en la suya.

No hay de que. Buenas noches – dijo cerrando la puerta tras de sí.

Continuará...