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Embestida en el Callejón Diagon

James dejó una solicitud para incorporarse a uno de los equipos de quidditch en el Departamento de Juegos Mágicos. Había tenido la oportunidad de revisar las listas y ver los porcentajes de admisión que tenían algunos jugadores que se presentaron en las audiciones. En la cabeza de la lista pudo leer el nombre de una mujer: Loreley Night, quien llevaba un setenta por ciento de probabilidad para ser admitida.

–Sé que es buena –dijo un chico al lado de James, que también revisaba las listas–. La he visto en las audiciones y es sorprendente.

–¿Qué tan buena? –preguntó James, intrigado-. ¿Qué tan buena?

–Bastante profesional. Es un hecho que será admitida. Tiene la mayor puntuación.

El señor Roosevelt apareció en la oficina, parecía apresurado, sin embargo, cuando vio a James se aproximó para saludarlo.

–Señor Roosevelt –saludó James con cortesía–, acabo de hacer una solicitud.

–Me alegra, James –sonrió el señor Roosevelt–. Me han dicho que eres muy bueno como cazador, esperemos que puedas estar en uno de los mejores equipos.

–Espero que así sea –contestó el muchacho, entusiasmado–. Aunque ya he visto que alguien más se está llevando toda la puntuación.

–¿Ah, sí? –preguntó el señor Roosevelt, con curiosidad–. No he tenido la oportunidad de ver ninguna de las pruebas, pero no te preocupes, James, tendrás suerte en tus audiciones.

–Gracias –dijo James, satisfecho–. Tengo que irme señor, todavía hay demasiado trabajo con los aurores.

–Lo imagino –respondió el señor Roosevelt–. Dian ha tenido que salir por algunas investigaciones también. No me gusta nada de eso. Sólo nos deja preocupados a su madre y a mí.

–Usted sabe que Dian estará bien, la conoce perfectamente –dijo James, tranquilo.

–Sí, creo que tienes razón –sonrió el señor Roosevelt–. Nos veremos luego, James.

James asintió y salió del departamento. El señor Roosevelt se alejó por el pasillo y aquella sería la última vez que lo vería.


En la oficina de aurores había una plática seria entre Dumbledore, Moody, Minerva McGonagall y el mismo Ministro de Magia. Charlaban sobre algunas pistas que el Departamento de Misterios había dado a conocer.

–Esas oficinas tienen demasiada información, Albus –decía Moody, con su voz agria de siempre–. Y no nos darán más de lo que ya sabemos, te lo aseguro. Usted mismo lo sabe –dijo dirigiéndose al ministro–, no quieren cooperar con nosotros, en absolutamente nada.

–Mira, Alastor –respondió el ministro–, no estoy seguro de lo que ellos tengan en sus manos. Los presidentes del departamento no han autorizado que nada de eso salga a luz pública, respeto su decisión pues es su trabajo y su responsabilidad. Lo lamento, pero creo que no puedo hacer nada.

–Presionar –dijo Moody–. Presionar es lo que puede hacer.

–Alastor –comenzó Albus–, hagamos nuestro trabajo y dejemos que ellos se encarguen de sus asuntos.

–Pero desde el inicio nos hicieron a un lado, Albus –señaló McGonagall, igual de enfadada–. Cuando se fundó este departamento nos llamaron despectivamente "los caza fantasmas" –dijo con desagrado.

–No le han tomado la importancia que tiene esta oficina –siguió Moody, malhumorado.

–No tienen por qué preocuparse –dijo el ministro, amablemente–. Confío plenamente en que estarán haciendo un trabajo excelente y extraordinario.

–Buscamos refuerzos –dijo Moody–, pero como es sabido hacen falta magos y brujas valientes.

–Esa es otra cuestión que me preocupa –dijo Dumbledore, pensativo–. El día de los ataques en los mundiales, por lo menos había unos veinte o treinta sujetos en capuchas. Este departamento sólo tiene diez elementos.

–Además, Albus –comenzó la profesora McGonagall con preocupación–, habrá más que se unirán al otro bando.

–De eso podemos estar absolutamente seguros –dijo Albus, preocupado–. No podremos confiar a partir de ahora.


El nerviosismo provocó que muchas tiendas del Callejón Diagon, Hogsmeade y algunos otros lugares cerraran sus puertas al público. El Caldero Chorreante era el único lugar donde los aurores podían descansar del ajetreo del trabajo. Incluso Lily pensaba seriamente en alquilar una habitación en la misma pensión donde vivía Remus, sólo por algunos días, ya que era muy cansado tener que viajar a casa de sus padres todos los días y después transportarse hasta el ministerio.

Sirius llegó unos minutos tarde, cuando vio a los chicos en una mesa se acercó rápidamente. Llevaba un costal rojo bajo el brazo, como si no se tratara de nada importante.

–Hola –saludó apresurado–, miren lo que me han entregado esta tarde.

–Creo saber –dijo James, observando el costal–. ¿Te han dado dinero?

–Así es –dijo Sirius y se sentó despreocupado–. Parte de la herencia del tío Alphard.

–Vaya –se sorprendió Lily–. ¿Todo ese dinero para ti solo?

–Calculo que serán alrededor de mil galeones –dijo Frank pesando el costal en su mano.

–Podrías hacer muchas cosas de provecho con este dinero –dijo Remus, pero Sirius tenía una mirada traviesa–. ¿Qué piensas hacer?

–Les parecerá una locura –comenzó Sirius, sonriendo y acomodándose el sedoso cabello, pues había algunas brujas mirándolo desde la mesa continua–, pero no gastaré una sola moneda.

–¿A qué te refieres? –preguntó Peter, extrañado.

–Lo dejaré en Gringotts –respondió Sirius.

–¿Qué? –exclamó Lily incrédula–. ¿Tú, Sirius Black?

–Así es –respondió Sirius, satisfecho–. En algún momento podría ser útil.

–Has enloquecido, Sirius –le dijo Lily–. Pero es una extraordinaria idea.

–Alguna vez compraré algo realmente bueno, cuando lo necesite. Como una escoba, por ejemplo.

La puerta del Caldero Chorreante se abría de vez en cuando, grupos enteros de magos y brujas paseaban por el pueblo todavía. Algunos padres llevaban a sus hijos a diversas tiendas, en el Callejón Diagon; la tienda de túnicas y de varitas Ollivander eran, como siempre, las más llenas.

–Mañana comienzan las clases en Hogwarts –sonrió Lily.

–Me gustaría viajar nuevamente en el Expreso –dijo Remus.

–Preferiría estar en el colegio que en el ministerio –dijo Sirius, contemplativo.

–Mira el lado bueno de esto, Canuto –dijo James–. Pronto seremos los más reconocidos en el mundo mágico, por nuestra noble labor.

–¿En serio crees eso? A mí me parece que no vamos a ningún lado –dijo Sirius.

Unos gritos ensordecieron las palabras de Sirius, afuera se escucharon ruidos estrepitosos como de explosiones. Una decena de magos y brujas corría con desesperación, resguardándose entre los muros, las luces de la calle se apagaron de repente y en unos segundos el caos reinó en el sitio. Los aurores salieron del Caldero Chorreante, con las varitas preparadas, para ver lo que sucedía; entre toda esa multitud no se alcanzaba a distinguir el verdadero motivo del desastre. Caminaron velozmente entre las personas que al mismo tiempo los empujaban.

Sirius descubrió a cincuenta sujetos vestidos con túnicas negras, máscaras blancas y montando escobas, que aterrorizaban a cualquier mago y bruja que se encontraran. Llevaban las varitas levantadas esperando la oportunidad de lanzar un potente maleficio.

–¡Por aquí! –gritó James al resto, pues había descubierto un atajo.

Todos corrieron hacia el lugar indicado, pero Sirius tropezó con un niño de no más de tres años, de cabello intensamente rojizo; lloraba aferrado a una de las paredes. Sirius se acercó a él, apresuradamente, y lo levantó en brazos. El niño lloraba vigorosamente, detrás de ellos corría uno de los sujetos enmascarados, siguiéndoles el paso sobre la escoba. Lanzó un par de maleficios que no consiguieron asestarse en Sirius. Remus apuntó con la varita hacia el enmascarado que perseguía a Sirius, consiguió darle a la escoba y la sacó de su curso, mientras ellos tomaban ventaja para correr. Pero el tumulto de gente separó sus caminos.

El enmascarado retomó el control de la escoba y esta vez fue a Remus a quien comenzó a seguir el paso, lanzó un hechizo que alcanzó una de las piernas de Remus e hizo que cayera estrepitosamente en el adoquinado. Remus intentó levantarse, pero tenía la pierna completamente descompuesta.

–Nunca hagas enojar a un mortífago.

Remus escuchó la voz y la reconoció como familiar, pero el dolor de sus músculos era tan intenso que no podía pensar en ello. Creyó que aquel sería su fin, pero el enmascarado desapareció en un instante, igual que el resto del grupo. Remus escuchó pasos que se acercaban, tuvo miedo, pero reconoció el cabello enmarañado de James Potter.

–¿Estás bien, Lunático? –James lo ayudó a incorporarse, pero su pierna no respondía.

–Esto no se ve nada bien –murmuró Remus.

–No te preocupes, pediremos ayuda –dijo James, alentándolo.

Sirius se unió a ellos, con el pequeño niño todavía en sus brazos. Lily apareció entre uno de los muros y se abrazó inmediatamente a James.

–Mi varita brilla. Moody nos quiere en el ministerio –dijo la chica, con la respiración entrecortada–. ¿Estás bien, Remus?

–Vayamos al ministerio –respondió éste, con el rostro lívido.

–Alguien tiene que examinarte –dijo Lily, preocupada, examinando la pierna mortecina de Remus.

–Dumbledore sabrá qué hacer. ¿Crees soportar esto hasta que lleguemos al ministerio? –preguntó James.

- Sí… vamos –respondió Remus, con fortaleza.

Una bruja se acercó a los aurores, corrió desesperada buscando a su hijo, Sirius lo sostenía en sus brazos. El niño había dejado de llorar y en cuanto vio a su madre estiró los brazos. Era una bruja muy baja estatura y el cabello de un rojo encendido, llevaba en mano a dos niños más, un poco mayores y con el mismo cabello colorido.

–¡Percy! –gritaba la mujer–. ¡Creí que te perdía! ¡Gracias, gracias por salvarlo!

La bruja se abalanzó sobre Sirius, dándole un fuerte abrazo. Cuando al fin lo soltó pareció reconocerlo. Sirius le entregó al pequeño y le guiñó un ojo.

–¡Por Dios! –exclamó la mujer–. ¡Pero si eres Sirius Black!

–¿Molly Weasley? –preguntó Sirius, por fin reconociéndola.

–¡Sirius, nunca imaginé que fueras tú!

–¡Sí que es una sorpresa, Molly! –exclamó el muchacho.

–Jum… Sirius –carraspeó James, con Remus apoyado en su hombro.

–Lo siento Molly, mi amigo no se encuentra bien, tenemos que ir al ministerio. Fue un placer saludarte.

–¡Gracias otra vez! –los despidió Molly, agitando amistosamente la mano.

Los aurores se trasladaron al Ministerio de Magia para alertar sobre los mortífagos.