El caos se había desatado por todo el lugar y por un segundo, LadyBug creyó encontrarse en medio de la guerra. Por más que lo intentaba, sus ojos llorosos apenas podían ver nada a su alrededor por culpa de la bruma, sin embargo sus oídos eran capaz de captar hasta más mínimo sollozo, grito o golpe.

Los civiles estaban asustados, muy asustados.

El portazo de la puerta del establecimiento al abrirse fue para ella como un cántico celestial y los pasos que lo siguieron en tropa, perteneciente a los miembros de la policía con el capitán Rogers a la cabeza, parecieron la llegada de ángeles vengadores.

Porque todo había acabado.

Finalmente los encapuchados habían sido pillados y irían directos a prisión, de eso se aseguraría ella.

No obstante, por más que sabía que era su deber hacerlo, LadyBug no le prestó mucha atención a eso, no pudo hacerlo, pues era otra cosa lo que reclamaba completamente su atención. Y es que lo había escuchado, había oído perfectamente el sonido de los disparos justo después de que ella activara las bombas de gas, y un terrible miedo se había anidado en su pecho al pesar que alguien podría haber resultado herida por las balas... que su gatito pudiera estar herido...

—¡Llamad a los enfermeros! ¡Sacad a todos de aquí!— escuchó la voz del Oficial Rogers por encima de todo el barullo— ¡Inspeccionar todo el lugar! ¡Apresadlos!

Todavía la bruma no había desaparecido completamente, sin embargo, ya se veían algunas figuras oscuras yendo de un lado a otro por el lugar, así que LadyBug aprovechó las circunstancias para escapar. Deseaba quedarse y buscar a su compañero, asegurarse de que estaba a salvo y bien, que nadie había resultado herido, pero no podía. Su álter ego civil era una de las rehenes y si de pronto desaparecía, levantaría sospechas y era algo que debía evitar a toda costa. Rápidamente se escabulló hacia la habitación donde supuestamente estaba encerrada y cuando se aseguró de que estaba bien cerrada la puerta y nadie pudiera verla, acabó con su transformación.

En el momento en el que volvió a ser Marinette fue como si un interruptor se acciona dentro de ella. Al no contar la ayuda y energía de Tikki en su organismo, el dolor de su brazo parecía haberse multiplicado por mil, haciéndola ver las estrellas por el mínimo esfuerzo de tan solo respirar. Tuvo que ahogar un gemido bajo la atenta y preocupada mirada de Tikki, y si no fuera porque tenía justo detrás una pared, habría caído al suelo.

Abrió la boca, intentando conseguir el mayor oxígeno posible, y ordenó a sus temblorosas piernas no desfallecer.

—Marinette...— susurró la kwami en un hilillo de voz.

—Lo hemos conseguido, Tikki— a pesar de que quiso sonreirle, lo único que le salió fue una mueca— Ya todo ha acabado. Los salvamos.

—Sí, y pronto vendrá la ambulancia. Los médicos te mirarán el brazo y estarás bien.

¿Por qué la habitación parecía dar vueltas? Apenas podía asentir y atender a lo que le decía su amiga.

De pronto, la puerta se abrió, causando que un poco de bruma que aún se encontraba en el aire se colara en la habitación, y los perdidos ojos de Marinette captaron la oscura figura en el umbral. Una figura que conocía muy, muy bien.

Su cuerpo se relajó y exhaló todo el aire que tenía en sus pulmones.

—¡Princess!— sí, era su voz.

Rápidamente el joven se acercó a la herida y sus miradas se conectaron. Marinette fue capaz de leer en ella la preocupación e inquietud por su estado y durante un instante, deseó borrar cualquier rastro de dolor en su semblante.

—Estoy bien, Chat...

Él cabeceó, no muy conforme.

—Ahora vendrán a por ti, Marinette, tan solo aguanta.

Ella asintió, sin muchas fuerzas, y sus ojos se cerraron involuntariamente. Como deseaba ahora descansar en su camita, sin preocuparse por nada...

—¡Princess! ¡Princess, mírame, abre los ojos, no puedes dormirte!

Sintió los cálidos dedos de Chat recorriendo su rostro y no sin esfuerzos, sus ojos se entreabrieron lo justo para poder verlo.

—Está en sus últimas, no puede más...— creyó oír hablar a Tikki.

—No— se sobrepuso la heroína. Apretando con fuerza los labios para no gemir, se incorporó un poco— Estoy bien, de verdad.

Sin embargo, lo dijo muy rápido, pues sus fuerzas fallaron y si no fuera porque Chat la había agarrado se habría dado contra el suelo. Escuchó un gemido, que le puso los pelos de punta, porque... no había sido ella quién lo había pronunciado.

Alertada, inclinó la cabeza hacia atrás para mirar a Chat Noir, pero no pudo hacer nada, porque este le rehuía la mirada. Sintió sus manos rodear su cintura y un segundo después la había sentado con mucha suavidad en el suelo. En ningún momento, Marinette apartó la mirada de su rostro y fue por eso que pudo advertir la tirantez en su mentón, un extraño matiz en su mirada que no pudo descifrar y como incluso, su frente brillaba por el sudor.

¿Sería por lo que acababan de vivir?

—¿Chat?— susurró. Alzó una mano, para llevarla a su mentón y que así sus ojos se conectaran, sin embargo, él fue más rápido y se incorporó. Miraba a todos lados menos a ella y la chica sintió algo revolverse en su interior.

—Debo irme.

—¿Qué? ¿Cómo que te vas?— le preguntó con verdadera extrañeza y, dicha toda la verdad, con un dolor en el pecho. ¿Iba a dejarla? Lo necesitaba a su lado...

—Sí, pronto vendrán a por ti— habló entre dientes.

—Pero...

Pasos se escucharon y al contrario de la última vez, esta vez no eran nada malo. Es decir, venían a por ella, a curarla y la sacarla de aquella pesadilla... pero una vocecilla en su interior le decía que estaba pasando algo malo, muy malo, y no podía evitar escucharla. Sentía que si Chat se alejaba de ella...

—Ya nos veremos, princess.

Y antes de poder parpadear si quiera, el héroe había sacado su bastón, había subido hasta el conducto de ventilación y había desaparecido por él.

En ese momento la puerta se abrió y el señor Rogers apareció por él. Marinette creyó oírlo hablándole, acercándose a ella, llamando a alguien,pero ella apenas reparó en ello. Su vista y toda su atención estaba en el lugar por donde había desaparecido el joven, mientras una extraña y nada agradable sensación se estaba apoderando de ella.

¿Por qué...?

De pronto, tuvieron que tocar su hombro o rozarlo al menos, porque su vista se nubló. Se encogió sobre si misma mientras que un fogonazo de dolor le recorría todo el cuerpo.

Fue, entonces, cuando en medio de todo aquello, vio algo.

Algo que le dejó el cuerpo helado, que le dificultó la respiración y causó que su corazón amenazara con escaparse del pecho.

—Tranquila, cariño, ya estás bien. Te curaremos— le pareció oír a su lado.

Pero ella no podía escucharla, su mente no reaccionaba.

No, no, imposible, dime que es mentira...

Sintió un pinchazo en el brazo y fue como si de pronto, todo el cansancio acumulado se implantara sobre sus hombros. Luchó contra ello, realmente quiso hacerlo, pero ya no tenía las suficientes fuerzas como para seguir nadando a contra corriente.

Abrió la boca, esperando que cualquier cosa saliera de entre sus labios, pero no pudo ser, tan solo se escapó un gemido angustioso.

Con su mente perdiéndose a la deriva, en la oscuridad, deseó con todo su corazón que las gotas de sangre que había en el suelo... no pertenecieran a él...

Gatito...

·

Lentamente, Marinette fue volviendo en sí. Su mente era un hervidero de distintos pensamientos que no tenían coherencia ninguna, aturdiéndola aún más. No sabía donde estaba, ni qué había pasado. Incluso le costaba bastante recordar en qué día se encontraba.

Suponía que eso debía ser un efecto secundario de todo el medicamento para el dolor que en ese momento estaba circulando por su cuerpo. Suspiró, sintiéndose muy incómoda a pesar de estar en un lugar suave y mullido, y se removió un poco.

En ese momento, notó una mano cogiendo la suya y cuando abrió los ojos, se encontró con la mirada anegada en lágrimas de su madre, mientras le sonreía con ternura y felicidad.

—Cariño...—susurró, inclinándose hacia su hija y dándole un beso en la frente. Todavía tenía el susto y el miedo en el cuerpo y sabía que tendría que pasar mucho tiempo antes de que se le olvidara la angustia que había pasado en el día— Menos mal que estás bien, hija.

—Ma-mamá...— su voz sonó pastosa y bastante grave.

—Shhh, tranquila. Estamos en el hospital. Oh, mi pequeña, que mal lo has tenido que pasar...—la voz se le cortó por un sollozo— Siento haberte pedido que fueras por mi, cariño, si no fuera por eso...

—Mamá... no— apretó el agarre de sus manos en un intento de hacerle callar— No ha si-sido culpa tuya...

—Bueno, no te esfuerces, hija. Ya hablaremos después— le sonrió su madre mientras colocaba un mechón detrás de su oreja.

Marinette se la correspondió levemente y cerró los ojos. Se sentía como si le hubieran arrollado con un camión por encima y no tuviera fuerzas ni si quiera para parpadear.

—Las enfermeras me han dicho que poco a poco el medicamento dejará de hacer efecto y ya no estarás tan... cansada— escuchaba la voz de su madre— Pero mientras descansa, cariño, has pasado por mucho.

Si su madre supiera...

Sintió los dedos de su madre pasando por su cabello, en una tierna caricia, y poco a poco fue relajándose. En algún momento, volvió a dormirse y en sus sueños un par de ojos verdes no dejaban de mirarla.

·

—Toma, cielo.

—Gracias, papá— Marinette sonrió, sentada en la cama del hospital, y cogió con gusto el dulce que le tendía su padre, su favorito de toda la tienda.

Casi estaba anocheciendo y si todo seguía igual, según el médico, mañana por la mañana le darían el alta. Su brazo derecho lo tenía completamente escayolado, para evitar cualquier movimiento, y según el diagnóstico por el desplazamiento de la articulación, los huesos de la zona habían sufrido pequeñas fisuras. También tenía ambas muñecas vendadas, con las heridas de las rozaduras de las cuerdas, curadas y la visión de estas conseguían que su cuerpo se estremeciera. Además, en los brazos de la enfermera, cuando la habían encontrado, había sufrido un desmayo y bajada de tensión por el estrés postraumático.

Ya se encontraba más repuesta y aunque a veces sentía un fuerte dolor y pinchazos en le brazo, la situación era algo más llevadera.

—¿Cómo te encuentras, Mari?

La mencionada tuvo que tragar antes de poder responder.

—Algo mejor. Ya no me duele tanto...

—Alya nos ha llamado. Dice que mañana quiere ir a verte en casa, cuando estés más tranquila, y que seguramente la acompañen tus amigos. ¿Crees que podrás...?

Marinette, feliz por la noticia, sonrió ampliamente.

—Claro, papá, no te preocupes. Me vendrá bien algo de compañía para entretenerme, ya que me queda una larga temporada con esto...— hizo una mueca mientras se miraba el brazo con la escayola.

Su padre le sonrió, con ánimo y consuelo, y en ese momento escucharon como llamaban a la puerta. Ambos se miraron, porque no esperaban a nadie pues su madre estaba en la casa, y con un encogimiento de hombros el señor Dupain fue a abrir la puerta.

Estaba comiéndose el último trozo del dulce cuando un rostro sonriente apareció por la puerta. Marinette rápidamente lo reconoció.

—¡Selene!— exclamó, muy feliz de verla.

Había preguntado por ella cuando los agentes le habían interrogado antes, y estos le habían asegurado que estaba sana y salva y que había sido capaz de llegar al exterior. Sin embargo, aunque lo supiera, el verlo de primera mano fue mucho mejor.

—Hola, Marinette— se acercó a ella con pasos dubitativos.

—Cariño, voy un momento a la cafetería a por un café, ¿vale? Os dejo a sola para que habléis— dijo su padre desde la entrada. La mencionada asintió y el padre se marchó, cerrando la puerta tras de sí.

—¿Cómo te encuentras?— preguntó Selene mirándola fijamente, aún sin acercarse del todo.

Marinette quiso encogerse de hombros, pero ya lo había intentando antes y como sabía que eso solo le causaría dolor, se limitó a alzar las comisuras de sus labios para quitarle importancia.

—Mejor de lo que parece, te lo aseguro— recogió una de sus piernas y con un movimiento de manos, la instó a sentarse— ¿Y tú? ¿Has podido ver a tu familia? ¿A... Annie?

Advirtió como con sus preguntas, los ojos de ella se llenaban de lágrimas en el momento que cogió asiento, por lo que en un acto inconsciente su mano buena se movió buscando la de ella. Selene le lanzó una mirada llena de agradecimiento y apretó el agarre, ante de inspirar hondo para tranquilizarse.

—Sí... Mi madre casi me aplasta con el abrazo que me dio nada más verme, dejándome sin respiración— rememoró soltando una risilla—, y mi hermana me hizo prometerle que no iría nunca a ningún lado sin ella. Sam, por otro lado, creo... que fue la primera vez que lo vi llorar— aunque la curvatura aún perduraba en sus labios, inconscientemente una lágrima se le escapó y Marinette sintió como un nudo en la garganta le impedía respirar— Pero cuando vi a Annie salir entre todo ese humo, aferrada al brazo de un policía, me sentí... sentí como todo volvía a su sitio. La llamé, sin importarme mi alrededor, y cuando nuestros ojos se encontraron... Corrí a ella— calló, con sus pupilas perdida en algún lugar de las sábanas de la camilla, antes de que sus miradas se conectaran— Tuviste razón desde el principio, Marinette. Siento no haberte escuchado...

—Tranquila, lo entiendo— respondió en un murmullo. Tuvo que parpadear más rápido de lo normal para que no empezara a llorar como una tonta— No era una buena situación, y ambas hacíamos lo que podíamos...

Selene se acomodó mejor en el lugar, subiendo una de sus piernas, y con ambas manos cogió la buena de la heroína. Clavó su mirada en el agarre y durante unos segundos no dijo, dándole vueltas a un pensamiento.

—Había un plan— dijo, entonces, sin alzar la mirada— Iría yo primero, después tú... Pero tú no apareciste.

Marinette sintió como se le retorcía el estómago ante lo perdida que se veía su voz, sin embargo, el salto que pegó su corazón le impidió poder pronunciar palabra alguna.

—Te esperé y tú no apareciste. Tiempo después me di cuenta de que era imposible, con tu brazo así... pero cuando acepté el plan, me aferré a la vana esperanza de que todo había acabado, de que estaba a salvo...

—Selene...

—No sabes lo... estúpida y aterrada que me sentí cuando vi que tú no saldrías por ahí...

—Pero yo estoy bien— susurró con la voz entrecortada— Todo salió bien al final, nos hemos salvado todos. Lo conseguimos...

—Sí, tal y como dijiste...— aceptó ella sus palabras y sus labios se curvaron en una enorme sonrisa. Inspiró con fuerzas y soltando una mano del amarre, se quitó el rastro de lágrimas que había en el rostro— Ay, en el día de hoy estoy llorado como un bebé— se quejó con una risa.

—Normal— soltó otra risilla, contenta de no verla tan triste.

—Pero ha sido una pena.

—¿Cómo?

—Bueno, me hubiera gustado hablar con LadyBug y darle las gracias. Tan solo la pude ver un momento a lo lejos cuando sacó al pequeño— hizo un pequeño puchero— Y Chat... fue como si se lo hubiera tragado la tierra. Annie dice que creyó verlo correr hacia algún lado, pero no puede asegurar donde porque apenas podía ver a su alrededor... No ha vuelto a saberse de él.

¿Chat?

Entonces lo recordó.

Su corazón se detuvo en el pecho cuando a la mente llegaron las últimas imágenes antes de desmayarse. Cómo él fue a ver como estaba, cómo hablaron, cómo él se alejó de ella... y se marchó...

Cómo ella vio la sangre en el suelo.

Imposible... jadeó su mente, todo su cuerpo estremeciéndose.

Pero en su memoria apareció el eco de los disparos, justo antes de que ella hiciera acto de presencia.

No, no, no...

Chat Noir no podía estar herido... No podía estar...

Ni si quiera pudo pensar la palabra antes de que, finalmente, las lágrimas se escaparan, deslizándose sin cesar por su aterrorizado semblante.


¿Me convertiré en asesina o simplemente una adorable chica que disfruta causando dolor? **sonríe inocentemente**

¡Nos vemos en el, ya sí, penúltimo capítulo!