Akatsuki no Yona no me pertenece, es de Mizuho Kusanagi.


~Sunburn

«Ella quema como el sol y él no puede mirar a otro lado. [AU]»


Capítulo 11. Creciendo

Ella brilla, arde, quema. Hace de su triste y asqueroso mundo algo millones de veces mejor.

No es la misma chica que conoció meses antes, él no es tampoco el mismo imbécil.

Ella danza para él –sólo para él– un nuevo tipo de baile. Debajo de las sábanas, sobre su cama, sus gemidos siendo la única banda sonora que los acompaña.

Hak es adicto a ella, ya sea de día, de noche o a la luz de las velas. Encima o debajo de él. La necesita.

Aprende de memoria los lugares que debe acariciar para enloquecerla, dónde besar, cómo morder. Graba en su mente un mapa de su cuerpo; las casi imperceptibles pecas adornando su rostro, el pequeño lunar sobre su hombro, la distancia entre sus pechos.

Él intenta recordar, especialmente, la manera en que ella respira agitadamente contra su pecho, cómo rodea sus caderas con sus piernas, la forma en que araña su espalda, tratando de traerlo más cerca, más adentro.

Su sabor: a sudor, miel y cerezas. La manera en que grita su nombre.

Hak la reverencia, la venera en cada encuentro, siendo egoísta, siendo aprensivo. Tomando lo que necesita sin importar qué.

Él sabe que ella es como el fuego; cálido, indomable, fascinante, peligroso. A él no le importa ser consumido hasta las cenizas.

Hak sabe que ella lo disfruta, por su manera de abrazarlo, de aferrarse a él, de casi ronronear.

Lo pone orgulloso –casi petulante– poder satisfacerla de ese modo. Aunque fallase en tantos otros.

—Soy Yona —susurra ella una noche, recostada sobre su pecho, escuchando su corazón.

Es como un balde de agua fría para él. Yona, Yona, Yona. Su nombre, Yona.

La besa con urgencia, jugando con su lengua, mordiendo su labio inferior. Dejándola sin aliento. Acaricia su cuerpo ya desnudo, sus pechos, su vientre, su centro, convirtiendo el aire en algo viscoso, caliente.

Se entierra en ella con el mismo fervor, gimiendo su nombre –Yona, Yona, Yona– una y otra vez. Ella lo muerde, dejando marcas y baila junto a él, a su ritmo.

Ellos hacen una sinfonía.

Él la despierta de pronto, en medio de la noche. Somnolienta y con sólo una lámpara iluminándolos, ella ve el reloj: tres de la mañana.

—Debes irte. Ahora —anuncia con voz grave.

Sus ojos se topan con esa mirada de orbes amatistas, ya nunca más temerosa pero indecisa. Más abrasadora que nunca. Se miran por unos segundos eternos en los que parecen querer decirse tantas cosas.

Pero eligen no hacerlo.

Ella se levanta, decidida, y toma sólo lo necesario. Él le da un plan: salir por el estacionamiento donde alguien la alejará lo suficiente. «Promete que no volverás» quiere decirle, pero es en vano. Sabe bien que no lo hará.

Lo mira una última vez, con una sonrisa y susurra un simple: —Gracias.

Él cierra la puerta detrás de ella, con seguro –para no correr y alcanzarla– y nota, sin sorprenderse, que la habitación es un poco más fría sin ella.