Hasta hace poco, se pensaba que Matt Groening, creador de las populares series de televisión: Los Simpson y Futurama; se había recuperado totalmente de lo que sea que lo hiciera actuar tan extraño, durante el incidente del episodio conocido como "Death Bart" (La Muerte de Bart), y que esto después, también había afectado de manera negativa, su vida normal. Recientes aclamaciones del empleado que encontró el vídeo de la Muerte de Bart, indican que Groening pasó por un incidente similar, hace diez años…

Era el verano del año 1999 y Futurama se había estrenado recientemente. Matt estaba trabajando para los dos shows y estaba empezando a mostrar señales de estrés... en eso, anuncia que iba a trabajar en un episodio que iba a ser cien por ciento, escrito por él. Este anuncio asustó a muchos miembros del staff, entre los que trabajaban personas de ambos programas, sin embargo, se encontraban indecisos, acerca de comentar sobre el episodio de la Muerte Bart, y a los miembros del staff de Futurama, no pareció molestarles la idea de Matt. Una versión tempranera del episodio fue encontrada y digitalizada por el mismo empleado que encontró la Muerte de Bart. Este episodio se titulaba: "No lo Suficientemente Largo".

El episodio comenzaba con Fry, Leela y Bender haciendo una entrega para la compañía Planet Express. Nunca se reveló a donde exactamente estaban realizando el pedido o a donde se dirigían. Todos parecían tristes por algo que había pasado recientemente, pero que no era explicado en el capítulo. Eventualmente, alcanzaron un planeta que parecía gris y arsénico, que parecía estar habitado por solo una casa, rodeada de nada, y con los campos desolados por todas partes.

Tocaron la puerta, y un grotesco alien que parecía muy viejo les abrió. Le dieron una caja sin decir nada. Él la abrió y tomó un cuchillo de adentro de la caja. Acto seguido, se acuchilló a sí mismo… Ninguno de los personajes principales pareció exaltarse ante este evento, simplemente dejaron el cuerpo en el suelo y regresaron a su nave en silencio.

La siguiente escena era sobre la nave de Planet Express volando en el espacio. Una disonante melodía hecha de instrumentos extremadamente fuertes sonaba a un ritmo muy lento de fondo, mientras, la nave volaba en un limpio y oscuro espacio. Finalmente llegan al planeta Tierra, y aterrizan en una completamente desierta New New York. Fry comienza a pedir perdón mientras caminan por las calles desiertas (no había señal del edificio del Planet Express) pero Leela y Bender lo miraban en silencio.

Fry se separa de sus amigos. Camina en silencio por un rato, sin encontrarse con nadie en ningún momento. Después llega al edifico donde fue congelado, va a mirar adentro y comienza a llorar. El llanto sigue por algunos minutos después de eso. Entonces Fry, se mete en uno de los tubos, activa el temporizador con un número muy grande, con más ceros de los que podría contar, y se encierra dentro del tubo.

La escena se difumina, y cuando reaparece la vista está puesta totalmente sobre Fry. La máquina debió de dejar de funcionar en algún momento, mientras el cuerpo de Fry estaba en decadencia; los huesos le salían a través de la piel, y sus ojos parecían acuosos y deshilachados como un par de globos desinflados. Fry dice entonces, en apenas un suspiro: "Esto es lo que me merezco" y sale del tubo de congelación. Ahora se encontraba en un mundo surrealista, totalmente indescriptible. Había una gran variedad de formas y colores pero no eran ni brillosos ni agradables.

Eran más como los colores que vez cuando cierras tus ojos muy fuerte y los abres nuevamente, para encontrarte con extrañas partículas multi-prismáticas, esparciéndose por el aire. Fry empieza a caminar, y el vacío surrealista en el que iba parecía seguir y seguir. Siguió caminando por algunos minutos, mientras los colores seguían con formas que podías imaginar pero ninguna de ellas era agradable.

Después de esta larga caminata, Fry encontró una foto en el suelo. Estaba completamente fuera de lugar con el nuevo medio; parecía algo dibujado en el estilo normal de Futurama. Era una foto de él mismo, con Leela y Bender. Fry la miró por algunos segundos y empezó a llorar otra vez. La foto entonces se convirtió en polvo y Fry siguió caminando.

La vista se aleja hasta que Fry se deja de ver y todos los colores se mezclan entre sí hasta que se vuelve la pantalla de un negro sólido. La vista se sigue alejando y vemos que el color negro era tan sólo un pequeño fragmento de la pupila del ojo de Fry. Su cuerpo congelado se había caído del tubo de congelación y estaba ahí tirado, abandonado en la habitación, y completamente podrido y corroído por la humedad. Dibujado de la misma grotesca manera híper-realista en la que estaba caricaturizado el cadáver de Bart, del episodio perdido de Los Simpson.

Bender y Leela entran en la habitación. Miraron lo que Fry se había hecho por unos instantes y después Leela dice: "Obtuvo lo que se merecía" después miró su reloj y dice: "Parece que nos tenemos que ir a entregar el siguiente pedido". Sacó un cuchillo de su bolso, lo puso en una caja y se fueron caminando hacia la nave.

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Una mujer pelirroja, envuelta en un traje de neopreno negro, con un zipper surcándole el pecho y ocultando su figura detrás de un envoltorio que parecía una segunda piel, que la envolvía de la misma manera que un caramelo, o una voluptuosa y brillante serpiente, se encontraba recargada contra los vitrales del duodécimo piso de la torre de ingeniería de las Industrias Pesadas Dagget. Había llegado aproximadamente dos horas antes. Consciente, de que Leon S. Kennedy y Sherry Birkin, buscarían incidir en el edificio administrativo, con serias pretensiones de desactivar las barreras electromagnéticas, de la gigantesca antena que ocupaba la cúspide del rascacielos principal. Y ella estaba ahí, precisamente para impedirlo.

Su piel, era una combinación meridional entre la tonalidad café de los italianos sureños y la capa blancuzca, casi pálida de los europeos nórdicos; debía resguardarse detrás de una capa de cera grisácea, que envolvía sus glúteos, pantorillas y el plexo solar, para no llamar la atención de ningún incauto. Evidentemente, ninguna mujer que aparentaba ser lo que ella era, podría pasar desapercibida, y mucho menos, si iba a dar caza a un viejo lobo de mar, como lo era el agente Kennedy y su fiel cervatilla, Sherry Birkin.

En un principio, la pelirroja iba a acceder directamente al edificio principal, colándose por la entrada para bomberos, y ascendiendo grácilmente, entre peldaños y escalones a medio acabar, para recibir a los agentes en el undécimo piso, que era el único libre de infestados y cualquier otro tipo de criaturas, sin embargo, sus planes dieron un giro completo, con la presencia de Jake Muller y de Carlos Oliveira, que se supone, eran los objetivos de Cassius, pero no importaba. Ella podía despacharlos a los cuatro, por igual, solo necesitaba tomarlos en el lugar indicado.

Observó todo. Desde el momento en que los zombis descendieron tempestuosamente a través de los elevadores, y percibieron el olor de la carne fresca y jugosa que corría muy cerca de ellos por los pasillos, y que comenzó a ascender rápidamente los obnubilados pisos de la torre de administración, plagados de cepas víricas mutagénicas, que habían conseguido transformar una miserable especie de cucaracha voladora, en algo horrible, andrógino y malévolo.

Sus binoculares se ciñeron a sus párpados y a las cuencas de sus ojos como una extensión de su propia periferia, y ajustó el mando retráctil de la mirilla y del caleidoscopio, cuando las cucarachas eclosionaron en sus caparazones, y los persiguieron alrededor de cuatro pisos, como una furiosa estampida de elefantes que lo arreciaban todo a su paso.

Se preguntaba cómo iban a salir impunes de esa situación. Ella observó el caos y el pánico que se sembró en los edificios gerenciales y de ingeniería, que eran prácticamente una calcomanía el uno del otro, en cuanto a la distribución de sus monstruos y sus infectados. Ella fue testigo, cuando la hora de desatar el T-Virus llegó, o mejor dicho, "se adelantó".

Los agentes de la verdad – Que era como los llamaban dentro de los círculos internos de la organización – se adentraron en las instalaciones a paso raudo, y sin muchos contratiempos. Fueron un total de nueve individuos, que se repartieron en grupos de tres para tomar entre cada triada un edificio, y posicionarse cada cinco pisos, en el punto central de la infraestructura del rascacielos, y a la vez, el mejor lugar para propagar el gas. Ella estaba resguardada bajo tierra. En un lugar seguro. En un lugar impenetrable, pero tenía acceso directo a las cámaras de seguridad, y observó en tiempo real, el avance progresivo de la catástrofe. La piel deshilachándose de los rostros, los animales rastreros, casi imperceptibles, terriblemente inútiles naturalmente, adquirieron dimensiones monstruosas y se expandieron, y sus extremidades se ensancharon, adoptando apéndices extraños, de los que sobresalían garras, extremidades bulbosas, tentáculos, o alguna especie de órgano venenoso que secretaba el virus, como si se tratara de alguna especie de espora maligna. Todo eso, solo por hablar de manera reducida de lo que había sucedido en Carecas, pues no contaba con un mapa topográfico del lugar, que le indicara exactamente el alcance del virus y su radio de infección, así como su porcentaje de efectividad, pero dilucidaba que debía de ser bastante alto, si conseguía holgar el tamaño de una cucaracha, diez veces, su longitud original.

También contempló el momento en el que los pocos sobrevivientes – Los desafortunados, los catalogó ella – huyeron despavoridos, transformando la poca cordura que quedaba, en un ring de boxeo. Los que lograban escapar de los pisos más elevados, encontraban su muerte en la recepción. Un espacio bastante amplio, y contaminado de personas, que los agentes de la verdad, se habían encargado de cubrir muy bien. Por lo que, se podía decir, que no había un solo ser humano no infectado en kilómetros a la redonda, si se empezaba a contar y a medir el diámetro de alcance de la cepa desde ese lugar. Los que no conseguían escapar, o se veían acorralados, tenían dos posibles destinos: Aventarse a través de la ventana, para conseguir una muerte piadosa y relativamente rápida e indolora, o, eran capturados, y sufrían un castigo, que nada tenía que envidiarle a ninguna tortura inquisitoria o de regímenes políticos extremistas, totalitarios y sumamente intolerantes.

Eran devorados. Su carne se desprendía en jirones, y era arrancada con violencia y ansiedad de sus músculos, que todavía latían, y podían ser testigos de cómo sus venas y sus arterias eran cortadas, como trozos de cartílago, y los órganos explotaban, las vísceras salían volando. La materia, la sangre, el pus, la bilis, las secreciones nasales, la saliva; todo, absolutamente todo quedaba expuesto. No había nada, que los muertos no pudieran comer.

Otros eran devorados por las cucarachas, que por lo general, comían en manadas. Se adherían a la espalda de algún individuo que no estuviera infectado, y cernían sus puntiagudas y resquebrajadas pinzas en torno a la cintura, el pecho o el diafragma de la víctima. Eso lo hacían para inmovilizarla, y hacerla caer, o paralizarla, y que el resto de sus hermanas pudiesen llegar rastreando con sus asquerosas y elongadas antenas la comida. Ya fuese por tierra, trepando por la planta de sus pies, y ascendiendo en forma de espiral por las piernas y las pantorrillas, hasta poder llegar al rostro y succionar cada glándula, cada cavidad nasal, cada iris, cada glóbulo ocular, hasta dejar el cuerpo como un caparazón vacío, o de plano, hacerlo directamente en una arremetida voladora, que consistían en separar su caparazón en dos partes, y revelar unas alas membranosas y sumamente grotescas, que tardaban mucho en poner en acción, pero que una vez activadas, eran sumamente rápidas y efectivas.

Ni los organismos de seguridad de la torre, pudieron hacer algo para contener esa masacre, producto de una fuerza anti-natural claramente superior, y que en teoría, no estaba cometiendo asesinato, o peor aún, valga la redundancia, un genocidio. Ellos solo hacían, lo que su biología les proclamaba que hicieran. Obedecían a sus instintos. Algo similar a lo que ella estaba haciendo ahora.

Y es que, cuando el frasco se destapa, y la peste se desata, todos, absolutamente todos, buscan lo mismo: Sobrevivir.

Algunos, por unos medios más limpios que otros. Ella no iba a detenerse a catalogar la moralidad de sus destrezas, ni el trasfondo detrás de su trabajo. Solo iba a ejecutarlo. Imaginó que Félix, a estas alturas, estaría dando caza a Ada Wong. Quizás la llamaría dentro de poco, pero tampoco importaba. Esto no era una competencia, aunque si era menester acabar rápido.

Lo supo desde el momento en que Leon hizo una intrépida, aunque muy arriesgada jugada, lanzando una granada con interruptor, hacia la avalancha marrón y pardusca, que venía ascendiendo las escaleras como un gran enjambre demoníaco, y que, si hubiese fallado al momento de ejecutar su disparo, estaba segura de que las plagas serían capaces de pasarlo de largo, y cuando tomaran dirección hacia algún nuevo destino, lo único que dejarían como testimonio de lo que Leon alguna vez fue, sería un gracioso esqueleto, que no tardaría mucho tiempo en derrumbarse a pedazos, y luego hacerse polvo.

Pero no. En lugar de eso, las plagas encontraron su muerte, calcinadas tras un mar de fuego, que las consumió por la espalda, atragantándolas, como si un gran dragón hubiese abierto de manera considerable sus grotescas mandíbulas, y se las hubiese tragado a todas de cuajo. Leon salió expelido por la fuerza de la explosión, contra un cuarto de audiovisuales, estampándose contra la puerta y haciéndola añicos con un sonido atronador, que no era nada comparable, con el de la detonación que acababa de provocar.

Ahora sus amigos habían ido a socorrerlo. Leon permanecía tendido en el suelo, pensando en cómo era que había podido sobrevivir. Con la vista perdida hacia el techo, y el rostro y las manos cubiertas de hollín y sudor. La camisa estaba impregnada de polvo y cenizas, y a sus costados, los restos chamuscados de patas, huesos, y extremidades cercenadas reposaban de forma natural, como si aquello fuera lo más natural del mundo.

Vio entonces, como entre la agente Birkin y Jake, levantaban a Leon, entre sus brazos, cargándolo como si fuera un maniquí robótico, que apenas podía poner un pie por delante del otro. Más atrás, Carlos Oliveira cargaba el fusil de asalto y resguardaba el umbral de la entrada, para asegurarse de que no se encontraban más monstruos al acecho.

Suspiró… no sabía si por el hecho de ya no estar cazando como tal a Leon, sino a Carlos, su estrategia debería cambiar. Era arriesgado tratar de eliminarlos desde la terraza, puesto que, en caso de que lograra abatir a uno de ellos, delataría su posición. Ni siquiera importaba el hecho de que acoplara un silenciador al telescopio del rifle de francotirador. Si alguno de ellos observaba la cavidad o el orificio que originaría la bala, después de perforar el cráneo o la pared, en caso de fallar, delataría inmediatamente su posición, y por lo tanto, tendría que reinventarse y esconderse, pues, aunque ella era una profesional, ellos tampoco eran ningunos novatos, y en el mejor de los casos, serían tres contra uno.

Ni modo. Tendría que pillar a cada uno por separado, o por grupos. Debía conseguir que se separaran. Al menos en dos partes iguales.

Sonrío con vehemencia, y también con algo de petulancia. Ya sabía cómo hacer, que ellos operaran exactamente de la forma que ella lo deseaba.

Era muy simple, en realidad. Ella había sido quién había reactivado la energía eléctrica de los generadores auxiliares, luego de la caída de voltaje de los transistores principales de la ciudad. También, había sido la responsable de que no hubiese potencia ni energía, cuando ocurrió la catástrofe en el anexo de las industrias, y por ende, muchos empleados quedaron atrapados en los ascensores, y fueron muriendo lenta y copiosamente, en un lugar pequeño y encerrado. A la espera de que las puertas se abrieran y la carne llegara hasta sus fauces.

Estaba en el undécimo piso. Y tenía una vista fenomenal desde el salón de cámaras audiovisuales y vigilancia. Era la par de la oficina en la que sus objetivos se encontraban en ese momento, solo que un par de pisos más arriba, con respecto al edificio de administración y gerencia. Se sentó frente a uno de los grandes televisores de plasma, con un extenso teclado, que fue pulsando y manejando de manera ágil, al tiempo que sus irises verdes, se desplazaban de un extremo a otro de la pantalla, canalizando y archivando toda la información y las rutas de acceso principales que necesitaría para poner en marcha su plan, adecuadamente.

Finalmente encontró un par de registros de audio, que databan de dos días atrás. En uno, el jefe de mantenimiento Felipe Balanta, solicitaba apoyo técnico de un número que oscilaba entre ocho y diez individuos, para volver a coordinar la antena de telecomunicaciones de la torre de gerencia, en el piso trece.

-A los anexados del departamento de mantenimiento y técnicos suplentes de la torre de gerencia. El día de ayer, un rayo de aproximadamente mil voltios, impactó de lleno contra la base de la antena parabólica del edificio, sobrecargando los circuitos y reventando los fusiles principales, y de emergencia, en el proceso. En estos momentos, la antena está operando con un sistema mecánico de ondas longitudinales, que recibe sus señales por medio de enlaces externos de comunicación de las otras torres. Este proceso demanda mucha energía de parte de las otras dos antenas, que no tienen, ni la capacidad, ni la potencia para ejecutar ese trabajo por más de veinticuatro horas corridas. Se solicita un número mínimo de ocho personas, de preferencia diez, que auxilien al ala de ingeniería al momento de intentar repara la antena, en el piso trece… repito, se requiere de un mínimo de ocho personas para intentar reparar la antena, en el piso trece. No hacerlo, podría significar que la torre de gerencia, y las torres anexadas, queden incomunicadas por un tiempo indeterminado. Esta es una encomienda que debe realizarse con urgencia. Felipe Balanta, jefe de mantenimiento y soporte técnico.

El mensaje finalizaba con un pitido sordo, tipo telefónico, que hizo que la pelirroja abriera de par en par los ojos, con una expresión de asombro gigantesca. Evidentemente, el volumen de los auriculares estaba en su máxima capacidad. Se reprochó internamente por no prestar atención a ese detalle, y desplazó una de las robustas perillas de la consola de mandos, para ajustar el sonido y los altavoces de los altos parlantes.

El siguiente mensaje que reprodujo, era del mismísimo John Dagget, y también databa de un par de días atrás.

-Buen día, estimado personal. A todos los agremiados y jefes departamentales del edificio de gerencia, se solicita su presencia con urgencia, para la realización de una junta de inventario extraordinaria, solicitada por el departamento de finanzas. La reunión dará comienzo a las quince horas, en mi despacho, del último piso. La sala de conferencias del piso cinco, está actualmente en mantenimiento. Se agradece su pronto correspondencia con esta reunión extraordinaria. John Dagget, gerente general, de las Industrias Pesadas Dagget.

Ambas cosas se habían tratado con éxito. De lo contrario, la antena no habría podido bloquear las señales externas de satélites que llegaban desde otras longitudes y John, no habría podido encontrar el dinero que curiosamente se extravió, casi al mismo tiempo de haber invertido buena parte de su capital en las armas biológicas. Le agradecía a Felipe, donde quiera que estuviese, y lo que sea que fuese. De John, prefería no hablar.

Transmitió los mensajes, y mientras el sonido granulado y carrasposo de los altavoces, hacía eco en las inmediaciones muertas del edificio de gerencia, ella encendía los audífonos, y esperaba atentamente la reacción de Leon y compañía.

El mensaje se trasladó fríamente a sus oídos. Uno detrás de otro. Era por demás sospechoso, y ella pudo verlo en sus caras. Se observaban con recelo, como si aquello fuera demasiado conveniente para ser verdad. Básicamente, les estaban dando la dirección a su destino, y en ningún momento recordaban haber filtrado esa información.

La pelirroja frunció el ceño y se reprendió golpeándose la frente con la palma de la mano infantilmente. Buscó un par de registros más, sin importancia alguna, y los retransmitió justo después de haber colado el mensaje en los pasillos del edificio de gerencia. Los semblantes de los agentes no se inmutaron mucho, pero al menos, entre sus rostros se podía vislumbrar una mínima ínfula de confiabilidad ante las casualidades.

-Bueno… ya tenemos la ubicación de la antena, al parecer – Dijo Carlos.

-Y también de la oficina de Dagget – Recapituló Sherry.

-Pero tampoco podemos estar en dos lugares al mismo tiempo, y francamente, no creo que vayamos a encontrar nada de importancia en la oficina de Dagget. O ese sujeto está muerto, o de plano jamás estuvo aquí. Seguramente se fue antes de que pudiésemos empezar a buscarlo. Sugiero que desconectemos la antena, y nos larguemos cuanto antes – Espetó Jake.

Leon bufó y luego tosió. Había querido dar su opinión desde el principio. Pero no tenía el arrebato de sus compañeros. Sin embargo, ahora todos lo atendían y lo escuchaban con cuidado. Habló con dificultad, pero manteniendo la compostura.

-No podemos arriesgarnos a desperdiciar la oportunidad de incurrir en el despacho de Dagget. Es posible que no haya dejado nada de importancia en su oficina, pero tampoco podemos dar fe de ello. Si estuviesen habilitadas las comunicaciones, le diría a Hunnigan que hackeara su servidor, pero en vista de que no tenemos esa opción… – Con un quejido, se separó de Jake y Sherry y se recargó contra la pared contigua a la puerta mancillada de la sala de audiovisuales. Se llevó las manos a la espalda, y ensañó los dientes, pero luego prosiguió – Carlos y yo, iremos a desactivar la antena, y Sherry y Jake irán al despacho de Dagget. Buscarán y traerán lo que sea que podamos utilizar para difamarlo, y luego esperarán cerca de alguna computadora a que Carlos y yo reprogramemos la antena. Todo eso, suponiendo que puedo contar contigo, Jake.

-No hay problema – Afirmó.

-Bien. Entonces – Se recompuso y volvió a tomarse la espalda. Daba pasos cortos en dirección al frente, y apenas podía sostener su pistola – Manos a la obra. Recuerden, deben esperar y luego transmitir un mensaje a Hunnigan y a la B.S.A.A., para que sepan lo que está pasando. Váyanse con cuidado. No arriesguen sus vidas bajo ningún concepto. Y cuando consigan transmitir un mensaje, nos veremos de regreso en este piso.

Se separaron sin decir más. Ella cortó las comunicaciones, apagó el micrófono y cogió su lanzagarfíos. Se precipitaría al edificio de administración desde la azotea de ingeniería, y les daría caza, uno por uno…

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-Bien... hasta aquí podemos llegar.

Chris se bajó del auto, y cerró la puerta de un portazo. A partir de ahí, no le importaba mucho lo que sucediera con el descapotable negro. No podía pasar por encima del hospital con él, así que tendría que conformarse con solo dejarlo aparcado en la entrada, y esperar, que si ellos estaban tomando el camino equivocado, algún superviviente tomase las llaves del auto y corrigiera ese rumbo.

Dejó las llaves sobre el parachoques, convencido de esa premisa, y esperó a que el resto de sus compañeros se bajaran.

Una vez apeados del auto, se quedaron apreciando la imponente estructura que tenían por delante. El hospital, tenía un inmenso porche compuesto por numerosos arbustos que lo rodeaban y enmarcaban como a una foto. La entrada, que estaba compuesta por una serie de escaleras y rampas, que evidentemente, por su organización, correspondían con el ala principal, y no con el de emergencias. Estaba precedido por una rotonda, con una fuente en el centro, y en medio de la fuente, una estatua de concreto, moldeada a la imagen y semejanza de la batuta del dios griego Hermes. Con el bastón, las dos pitones entrelazadas, y las orejas aladas sobresaliendo de la empuñadura.

A los alrededores, frondosos árboles se elevaban en medio de un mar de basura y desperdicios, que Chris intuyó que ya estaban ahí antes de que todo eso sucediera. Y es que solo había que voltearse a apreciar la otra mitad del panorama, para preguntarse, ¿Por qué demonios, ese hospital estaba donde estaba? ¿Fue exceso de altruismo de parte de un gobierno que buscaba comprar votos desesperadamente, o solamente una inversión adelantada a su tiempo? Chris sabía, por experiencia terrenal e histórica, que la gente suele apreciar más el entorno que tiene a su alrededor, a medida que su cultura general se ve más enriquecida por el sistema socio-político en el que vive. Brasil, era una superpotencia suramericana. El país con el avance cultural, ideológico y tecnológico, más grande de toda América Latina, y con la economía más fuerte y más estable, de los países del trópico, pero también, uno de los más peligrosos, y con una de las tazas de delincuencia y pobreza, más exasperantes jamás vistas. Se podría decir, que era una nación bizarramente equilibrada, y ese concepto, podía retratarse en ese momento: El hospital, y las barriadas, o favelas, como solían llamar a los cordones de miseria, por esos lares.

Habían tenido que atravesar calles muy angostas y surcar caminos de piedra y tierra, que evidentemente no estaban hechos para transitar autos. Esas vías, habían sido moldeadas por las propias manos de los pueblerinos que las habitaban. Las habían forjado a la imagen y semejanza de su sociedad, de sus características económicas y culturales. Eran lugares pobres, con casas de ladrillo, que ni siquiera podían gozar o pretender disponer, de una paca de cemento y friso, para moldear las paredes de sus viviendas, y quizás, embellecerlas un poco con alguna capa de pintura barata. Eran lugares, donde no podías distinguir, si los cables que veías surcando por encima de tu cabeza, eran para tender la ropa, o para trasladar corriente eléctrica. Eran sitios, donde podías adquirir un kilo de carne, y en la casa continua, hacerte con el mismo peso en cocaína, o si preferías adquirir tus artículos de primera necesidad, de una manera un poco más económica, pero mucho menos sutil, abastecerte de armas y una buena cantidad de municiones, que no estaban para nada reguladas por ningún alcalde o fiscal de ningún distrito, y que por lo tanto, le conferían a los ciudadanos del barrio San Onofre, la potestad de hacer lo que les viniese en gana, excepto, salir de la pobreza.

Chris sospechaba, que el hospital que tenía delante de si, no era más que un cruel testimonio de todo eso. Creía, además, que en ese lugar se habrían perdido más vidas de las que se hubiesen podido salvar, y que su sola presencia, era para dejar en claro quiénes eran los que mandaban, quienes tenían el dinero, quienes le daban de comer a quién; claramente, no estaban hablando del pueblo. Estaban hablando de las personas, que el pueblo ponía ahí arriba, por encima de ellos. Era trágico y cómico a la vez, porque parecía que lo hicieran a propósito, por el simple hecho de no querer hacerse cargo de sus propias vidas, y dejar que otra persona se las amargara con medidas cautelares y egoístas, y que de vez en cuando, arrojara algún conato intento de buena acción, pero con muy mala planeación como ese hospital, que indudablemente habría sido muchísimo más aprovechado, en cualquier otro sitio, menos ese.

-¿Chris?

La voz de Jill lo sacó de sus cavilaciones. Se pegó la frente con el aire, y arqueó los ojos en dirección a su compañera y amante. Ella lo observaba con un rostro que denotaba impaciencia. Sabía que se había quedado más tiempo del que debía, sopesando una historia que nada tenía que ver con lo que estaban a punto de hacer.

-Por supuesto… bien… la misión es sencilla. Debemos atravesar el hospital y luego internarnos en la jungla. Una vez que hayamos hecho eso, buscaremos la base militar. Según Jake, son dos kilómetros en línea recta, y si conozco las pretensiones de la C.I.A., entonces debe ser un lugar amplio y repleto de armamento. Oculto del resto de la gente, pero solo de ese resto que no debe encontrarlo. Afortunadamente, no formamos parte de ese lote.

-Deberíamos conseguir un mapa – Interrumpió Rebecca. Chris la examinó levantando una ceja, como si se estuviera preguntando, ¿Para qué diablos necesitarían algo así?, Rebecca se alzó de hombros, sin arrepentirse de su comentario, y agregó – Es simple. Nosotros no conocemos ese lugar, y tampoco sabemos que tanto nos costará llegar al final, así que sugiero que consigamos uno.

-Es posible, pero me parece que esto será tan fácil como avanzar en línea recta. Lo que importa, es que estamos a punto de adentrarnos en un hospital, aparentemente abandonado. En estos lugares, por lo general siempre hay una gran concentración de gente a todo momento. Sé que todos ustedes vieron un pueblo fantasma, antes de llegar al santuario, pero, con los hospitales es completamente diferente. De todos modos, el único problema que deberíamos tener, es el espacio. No tenemos por qué pensar, que nos encontraremos con algo extraño ahí adentro… bueno, más extraño de lo que ya estamos acostumbrados – Todos rieron, excepto Mark, que tragó en seco. Chris lo notó, pero no se sentía especialmente paternal en ese momento, como para intentar consolarlo – El punto es, que no deberíamos encontrar ninguna criatura extraña, como perros o arañas ahí dentro, a menos de que tengan un ala veterinaria, y por lo que sé, las clínicas no se dan ese tipo de lujos, y esto, luce de todo, menos como una clínica privada.

-De hecho es un hospital – Citó Rebecca.

-Gracias, cerebrito – Agregó Chris, con sarcasmo. Luego todos estallaron en carcajadas. En medio de la algarabía estrepitosa, Jill apoyó su mano contra el hombro de Chris, y generó una amortiguación electrizante en él. Deteniendo su risa, pero acelerando su corazón.

Bien, creo que ya es suficiente. Acabemos con esto.

Emprendieron una caminata rumbo a la escalinata principal del hospital. Sorteando los restos de basura y heces de animales que se encontraban por el camino. La podredumbre y el mal olor, se fueron intensificando a medida que los escalones reducían la distancia con respecto a los vitrales que resguardaban la entrada hacia el recinto y el ambiente se iba tornando más tenso y más lúgubre. Detrás de las puertas, Jill pudo observar una atmósfera negra muy profunda, y unas fuentes de iluminación bastante pobres, que despedían colores verdes y rojos, que debían corresponder a las luces de emergencia, que se activaban cuando había apagones.

Una vez adentro, Rebecca pudo corroborar que la arquitectura del hospital, era muy distinta a la de cualquier otro lugar que hubiese pisado con anterioridad. Para comenzar, no se componía de un único pasillo profundo, con varias puertas hacia los lados, con membretes que ejemplificaran la función de una determinada sala en particular. El hospital se partía en forma de T invertida, con tres pasillos que se extenuaban hacia los costados, tan pronto como alguien ingresara por el recibidor principal, compuesto por una pared de vidrio bastante fino y bastante delgada, que se abría elocuentemente, cuando los visitantes se encontraban a una distancia prudencial, desplegando los rectángulos de cristal, hacia los lados.

En un principio, tanto ella, como Jill, se olvidaron momentáneamente de lo que habían ido a hacer a ese sitio, si es que ir a hacer algo, cabía dentro del vocabulario que podían emplear, o dentro de los adjetivos que podían usar para referirse a la misión que ellos mismos se habían encomendado. Pensaron por un momento, por un breve momento, en investigar el Hospital San Onofre, pues creían, y todavía lo estaban haciendo, que en ese lugar podrían recabar pruebas importantes, ¿Cómo y por qué? Ni idea. Solo lo sabían. Seguían ausentes de la escrutadora mirada de Chris, que no se limitaba solo a los recovecos, a los pasillos, y a los pasadizos y oficinas corredizas, completamente destrozadas y alborotadas, como si un tornado hubiese pasado por todas y cada una de ellas.

-No nos dividiremos – Se apresuró a decir el capitán con insoslayable decisión. Su tono de voz no admitía réplicas, su ojos se paseaban cuidadosamente por encima de los semblantes perturbados de Rebecca y Jill, que parecían sacadas de una fantasía, en medio de una clase – Nos mantendremos unidos en todo momento. Dos columnas, y dos filas. Delantera y retaguardia. Nuestra misión, es llegar al final de este lugar, y luego entrar a la jungla, para encontrar la base militar, ¿Queda entendido?

-¿De cuándo aquí, me has dado órdenes, Chris? – Le contestó de manera automática Jill, con las manos en la cintura, como las asas de un jarrón, y las penetrantes nebulosas que tenía por ojos, inmiscuyéndose dentro del alma de Chris, exquisitamente. El mencionado percibió cierto tono de ironía, y una sonrisa ladina muy leve, y muy comedida, que le indicaba que debía seguir el juego, sino quería romper la concentración del grupo.

-Desde que le derramé café a Barry, el mes pasado en la cafetería, y como castigo me mandó a cuidar a un trío de niños de kínder – Alzó las cejas y sonrío con mucha confianza, profundizando hoyuelos notables en los bordes de sus labios. A Jill, eso se le antojó de lo más atractivo.

-Capitán, deberíamos…

-Rebecca, ¿Qué opinas de este lugar? – Interrumpió Chris, sin ánimos de ofender a Mark. Le ofreció la palma de su mano en son de disculpa, pero no tardó mucho en apartarla, para dirigir su atención a Rebecca, que suspiró, bufó, volvió a bufar, y luego miró al suelo consternada, o simplemente contrariada. Acababa de presenciar una escena muy tierna, entre el Capitán y la Sub-Capitana de la B.S.A.A., como había acordado llamarlos, cuando estaban en misiones, y no quería ser ella la que interrumpiera ese tipo de momentos. La ayudaban a distraerse de las fantasías que ella no podía cumplir.

-El sitio fue pensado por un arquitecto verdaderamente notable. Si bien, de buenas a primeras, no deberíamos impresionarnos tanto. Si debemos tener en cuenta el hecho de que este hospital, no tiene nada que ver con la zona en la que está ubicado. Salvo por el hecho, de que estos barrios los habitan personas, y que los hospitales curan personas, pero… - Hizo una pausa, tosió. Vio como Mark, buscaba llamar la atención de Chris nuevamente, pero este le decía que aguardara. Luego Mark fue en búsqueda de Jill, y ella correspondió al gesto de Chris, ¿Por qué simplemente no volteaban un momento y ya? Era obvio, que Mark estaba señalando en dirección al pasillo principal. El que se alargaba de frente a las puertas dobles del recibidor, pasando por el mismo escritorio, semi-curvilíneo, donde se solía ubicar la obesa, a veces dulce, a veces despreciable enfermera-cajera, que concertaba las citas, y organizaba a las personas que solicitaban una revisión con el médico especialista de turno, y que se alargaba, maquillado por puertas miméticas, de cuero blanco, con una única ventana rectangular en la parte delantera, y una cinta de aluminio surcando la mitad del pórtico, como si fuera un listón. Por supuesto. A ellos no les costaba en lo absoluto, darse la vuelta, y tratar de dilucidar que al fondo, había una especie de sombra blanca, visiblemente velluda, notablemente simiesca, y evidentemente alterada y peligrosa. Ellos no deberían tener ningún problema en constatar en la cara de miedo y terror crecientes en Rebecca, lo que estaba a sus espaldas, cuando ella evidentemente, lo estaba sufriendo en carne propia, con la curva cóncava negativa de sus labios, y el achatamiento de sus pupilas, que le dieron paso a un pantano revuelto, de color verde, que ejemplificaban sus ojos, y que reflejaban una cara alargada, entre rojiza y rosácea, con ojos amarillos muy profundos, enmarcados por una frente enorme de mandril, y una nariz que se alargaba hasta casi rozar con los pectorales del animal, que todavía, parecía no incidir en la presencia de sus recién llegados visitantes, y quizás por eso, no se había dedicado a desfilar sus dientes, sus garras, su agilidad, su pellejo muerto, y sus músculos salteantes y ennegrecidos por la gangrena, además de adulterados, y seriamente energizados por efectos de un virus mutante de color verde, sin olvidar los chillidos, que podrían atraer a más de sus singulares y renqueantes amigos, de actitudes salvajes y caníbales, si es que habían más. Rebecca le pedía a todos los cielos, que no hubieran más…

Mark no sabía qué hacer. Es decir, sabía que en algún momento debería apuntar su escopeta y disparar, pero el blanco estaba demasiado lejos, y lucía extremadamente pasivo, como para hacer algún movimiento brusco. Mark creía, que en efecto, el simio todavía no los había notado, y que por lo tanto, todavía, podían darse el lujo de pasar desapercibidos. Después de todo, aquel mandril (Si es que aquella cosa, antes había sido un mandril) se encontraba de pie, encarrilado en sus cortas patas traseras, y enarbolado por su largos brazos que rozaban el suelo en torno a sus puños, en el nacimiento de la penumbra. De lo que no se podía observar, más allá del pasillo que guardaba secretos misteriosos, y que según la lógica imperante y la sensatez, debía de ser la única vía posible, si se quería llegar hasta el ala de emergencias, y con ello, a la salida trasera del hospital.

Es decir, tendrían que pasar por donde estaba el simio. O a costa de el simio…

Pero, ¿Y si había una manada enorme de esos animales, justo detrás de él? ¿Qué tal si estos nuevos zombis, tenían una especie de inteligencia colectiva, y habían aprendido a cazar, distrayendo a sus posibles víctimas, encarándolas directamente y fingiendo indiferencia? ¿No sería conveniente echar un vistazo al techo?...

Y Rebecca lo hizo, y en cuanto presenció un par de hileras desiguales de dientes, similares a una pequeña trampa para osos, exhalando saliva, que se contorneaba entre los espacios picudos y montañosos de sus fauces, y balanceándose sobre el techo, muy cerca de su pequeña cabeza de doctora, y con serias intenciones de arrancarle la mitad del cráneo de una mordida, fue cuando Mark se abalanzó sobre ella, y evitó la prematura muerte que no le correspondía.

Jill elevó la pistola y disparó tres veces al cuerpo del animal, que había caído con furia, ante la frustración acaecida por no haber podido pegar un bocado. Chilló de manera muy aguda. Jill tuvo que entrecerrar los ojos para no perder la concentración, porque sabía que esos gritos de furia, eran solamente para ella. Para alterar sus sentidos, para hacerla disentir de su puntería. Finalmente – Y con algo de suerte – logró conectar un proyectil con la frente del simio, y derribarlo secamente, hasta caer de espaldas, y formar un cráter de sangre a su alrededor.

Chris se había girado en su posición, solo para encarar un pasillo oscuro y vacío, donde antes había estado un simio, pero él no lo sabía. O al menos no todavía, cuando un par de esos animales, saltaron detrás de la mesa erguida, en forma de J, del recibidor, y se abalanzaron contra él, golpeando su pecho, apenas protegido por una camisa de lana, para bodas, con sus raquíticos y enérgicos puños. Chillando y berreando en el proceso.

Chris se quitó a uno de una patada, y antes de que el otro, que estaba sobre la plataforma donde se colocaban los documentos, y las macetas decorativas, saltara y le clavara una garra en la cara, giró sobre su propio eje, y se escabulló hasta pegar contra la pared contraria, y quedar a escasos metros del otro simio, que lo observó amenazantemente, acercándose de manera victoriosa hasta él. Más la felicidad no duró demasiado, pues, Mark le voló la cara de un escopetazo. Entre Rebecca y Jill, consiguieron reducir al otro simio, que no había logrado incorporarse de la patada de Chris, y había quedado tendido contra la pared contraria a la de él, resbalando copiosamente sobre el plástico opaco, dejando un camino de sangre profuso y brilloso, mientras descendía lentamente a su muerte, y dejaba guindar la cabeza hacia un lado, como uno de esos sujetos, a los que matan en las películas de gánsteres.

Todo quedó en relativa calma. Se miraron conjuntamente a las caras, como pidiendo una explicación a todo lo que había pasado. La única que encontraron, fue que el hospital colindaba con la jungla, y que por lo tanto, el gas debía de haber alcanzado a varios de esos animales, y finalmente los contaminó, transmutándolas en esas extrañas y grotescas criaturas.

Rebecca recordaba una especie de mono, muy similar, durante sus andanzas en el complejo de entrenamiento para futuros científicos de Umbrella, muy cerca de la Mansión Spencer, en las montañas Arklay, pero esos tenían el pelaje blanco, y eran por lo menos un cuarto más pequeños que estos simios, que eran de pelaje gris brilloso, y tenían más masa muscular, y más energía.

-Tenemos que seguir caminando. Nos alcanzaron con solo estar parados, y ya sabemos que son capaces de planear estrategias. Juntos en todo momento. Miren hacia el techo y hacia los lados, y eviten pasar por esquinas cubiertas con lo que sea, que pueda ocultar a esos animales… ¡Síganme!

Y así lo hicieron. Empuñaron sus armas, y se adentraron en la oscuridad profusa y solitaria del hospital, que los había recibido como se lo merecían, y todavía se preguntaban si aquel sitio, tendría más sorpresas para depararles…

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Billy derribó un par de estantes con cajas vacías, donde debían de haber medicinas, y finalmente encontró un mini-refrigerador, en el que, por suerte, también consiguió una botella de agua mineral, todavía sin destapar. Aquello le sirvió para hidratarse, y sentir el gusto y el placer por percibir el paso del líquido frío y sinuoso, haciéndole cosquillas en su garganta, y rellenando los baches en su estómago.

Recordó lo que era tener hambre, y su órgano primitivo, gruñó en respuesta. Quiso acallarlo de un manotazo, pero más temprano que tarde, descubrió que aquella era una pésima idea y volvió a su botella de agua, que se terminó con solo otro par de succiones.

Había entrado al hospital por la puerta principal, pero a diferencia de los otros cuatro, que entraron media hora después de él, Billy se había desviado hacia la izquierda, tan pronto había entrado. Conocía un poco del San Onofre, pues en algunas ocasiones, le había tocado ingresar, para trabajar como conserje un día o dos. En aquel entonces, Billy se encargó de memorizar muy bien los pasillos, y las puertas del hospital, pues creía que en algún momento, toda esa información le podía resultar de utilidad.

Recordó que la zona de la izquierda, tenía algunos departamentos de pediatría y obstetricia, por lo que, si se iba a encontrar con zombis de personas, estaba casi seguro, de que en su mayoría serían cadáveres de niños o, por muy morboso que sonara, de mujeres embarazadas, o doctoras cansinas y débiles, que no podrían presentarle mucha oposición, y que serían fáciles de evadir.

En efecto, así fue. Más allá de algún barrendero, que se paseaba con el uniforme y la gorra, muy lejos de su escoba, no encontró nada que lo incordiara realmente. Al final de ese pasillo, había una puerta que conducía al gran comedor en el que estaba ahora, y donde todavía permanecía buscando comida. Como tal, no había tocado las mesas donde la gente por lo general se sienta para ingerir sus alimentos. Tenía la idea de probar suerte con la cocina, pero no sabía que tan buena idea sería comer algo de ahí, o si de plano el área estaría vacía. Cierto era, que no había comido nada desde la madrugada del día de ayer, culpa de su neurosis, que lo previno de esta catástrofe, y por lo tanto, lo hacía morirse de hambre. Además. Billy estaba seguro, de que con el estómago lleno, su cuerpo rendiría más, y por lo tanto, tendría más oportunidades de sobrevivir.

Al no ver indicios de zombis en esa área del hospital, concluyó que era muy probable que no hubiese monstruos en ese lugar. Otra prioridad, sería saber si la comida estaba o no infectada, sin embargo, ya había tomado una botella de agua, y no sentía que su piel se le despegaba, que sus ojos se achicharraban o que su cabello se empezaba a caer, a la par de que sus cuerdas bucales se ensombrecían para dejarle paso a una serie de gemidos patéticos, pero profundamente aterradores.

Sabía que de haber estado infectada el agua, ya debería haber comenzado a sufrir todos esos síntomas, pues este virus, estaba claramente repotenciado. Él recordaba los pormenores de la prensa, y las incidencias propias que tuvo con la cepa del Virus-T, en el pasado, y sabía que todo esto no era una casualidad. El virus estaba claramente repotenciado, y por eso la infección, canjeó tantas vidas por muertos vivientes, así de rápido. De estar infectada la comida, ya se abría contaminado con el agua, aunque también era cierto que la botella estaba en una nevera…

-Pues, podrías buscar en una nevera tú también, ¿No?

Lo cual era muy cierto. Solo tendría que detenerse a buscar lo que sea que deseara comer, y luego prepararlo. No podía demorarse mucho, pues si el olor era muy profundo, se arriesgaría a llamar la atención de los muertos que rondaban las inmediaciones del hospital, y eso era lo último que quería provocar.

Así que, para hacer caso de su propia intuición. Se adentró lentamente en la cocina, bordeando las plataformas de aluminio, donde debería de estar reposando la comida. Se internó a una sala enorme y muy larga, que en el centro tenía una gran plataforma plateada, llena de utensilios del mismo color y con el mismo brillo, y muchas especies diferentes de alimentos, entre carnes, legumbres, verduras, frutas y granos, que estaban en pleno proceso de preparación, pero que por obvias razones, no llegaron a estar culminados.

Esa comida, por lo tanto, quedaba descartada. Billy se adentró por el pasillo que había entre la plataforma del centro, y los gabinetes y lava-vajillas que estaban pegados a la pared. Llegó hasta una inmensa compuerta metálica, que en evidencia, era otro refrigerador, pero varias veces más grande. Giró una de las manillas, que hizo un ruido chirriante, y luego cedió. A continuación, ante sí, se reveló un festín de alimentos dignos de un rey.

Tomó un trozo de carne cortado en forma de filete, tomates, cebollas, perejil, cilantro, y también una hilera de salchichas, y luego cerró la puerta de un tirón.

Depositó todo sobre la plataforma que estaba adherida a la pared y tomó un cuchillo que lavó antes de pasar por encima de los alimentos. Cortó los vegetales, los esparció en pequeños trozos sobre la carne y luego, con algo de suerte e intuición, consiguió algo de salsa de soya, sellada y un sobre con sal, que todavía no había sido utilizado. Los junto con la carne, embarrándose la mano de sangre y especias. Luego tomó una sartén, la cual también lavó con mucho cuidado. Invirtiendo cerca de diez minutos en la tarea. La puso sobre la primera hornilla que encontró, que estaba al lado suyo, y la prendió, no sin antes encomendarse repetidas veces a Dios, implorándole que la cocina fuese a gas, y que las tanquetas, todavía estuvieran rellenas.

En efecto, así fue. Puso la carne sobre la sartén. Elevó el fuego a la máxima potencia, y luego esperó… al cabo de diez minutos más, la carne ya estaba lista, junto con las salchichas. Las depositó todas en un plato y comenzó a comer salvajemente.

No se molestó en lavar cubiertos. Para él, siempre fue un placer culposo comer con las manos. Desde que estaba en la marina. Muchas veces obtuvo reprimendas por eso, pero jamás les prestó mucha atención, y no iba a comenzar a hacerlo ahora.

Devoró todo con asombrosa rapidez, y todavía le quedó tiempo de lamer el plato, y rebuscar trozos de carne, en su espesa barba. Definitivamente, aquella había sido su mejor idea, al momento de entrar al hospital. Ahora estaba más que dispuesto a poner rumbo hasta la jungla, y con suerte, conseguir un avión, fácil de pilotar y…

… se había caído una olla.

El estruendo fue fácilmente perceptible, y rápidamente deducible. Se había caído una olla, y no había sido accidental.

Como tampoco lo fue la tempestad que le continuó a eso. Una avalancha de hoyas, utensilios, y unos cuantos gabinetes, todos de metal y aluminio, se fueron abajo, con una fuerza y furia asombrosas. Billy estaba seguro de algo: Lo que sea que hubiese derribado eso, no era un simple zombi, ni un perro, ni siquiera un cazador… era algo mucho más grande y poderoso, y había acudido diligentemente al llamado de la carne a la parrilla del ex - marine Coen.

No quiso esperar a ver de qué se trataba. No le quedaban muchas balas, y solo deseaba usarlas, en caso de que estuviera completamente acorralado, y sin mejores opciones. Como aquella vez en los departamentos del San Onofre. Desde entonces, no había invertido más balas, y estaba seguro, de que si decidía enfrentar a esa cosa, no le iría mucho mejor, con una simple pistola.

Así que simplemente corrió. Salió despedido entre saltos y volteretas, en dirección a la salida de la cocina. Sorteó las mesas y las estructuras, corrió las puertas, derribó estantes, derrapó en las intersecciones entre pasillos, esquivó zombis por longitudes mínimas, y finalmente llegó al vestíbulo. Todo con un estruendo ensordecedor de fondo, y un rugido claramente animal y sumamente gutural.

Al llegar a la intercepción, erró en el movimiento, y se internó en el pasillo, pero para cuando se dio cuenta, ya era demasiado tarde para corregir el movimiento y salir al exterior, a coger aire y más campo, en caso de poder escapar. Ahora estaba acorralado en una sola dirección, y con una cosa monstruosa y enorme detrás de él.

Corrió, corrió y corrió lo más que pudo por dentro del pasillo, hasta que un perchero médico, más ubicado, lo hizo tropezar de bruces contra el suelo. El terror se apoderó de él. Las pisadas, que eran como manotazos de algo muy grande, se escuchaban cada vez más cerca, y para colmo de males, su pistola se había ido girando sobre el piso liso, hasta quedar más cerca de su pie izquierdo, que de su mano izquierda. Para empeorar la situación, Billy ni siquiera era zurdo, era diestro…

Entonces una mano se ciñó sobre su muñeca y lo tironeó dentro de una oficina oscura. La puerta que antes estaba abierta, pero que Billy simplemente no había notado, se cerró de golpe, y el animal habría notado la diferencia, sino hubiera percibido otras dos puertas cerrarse de golpe al mismo tiempo, confundiéndolo.

Billy permaneció agazapado, muy cerca de la persona que lo había salvado, compartiendo su espacio respiratorio. Con los ojos y la boca muy abiertos, y vio al inmenso gorila despellejado que transitaba el pasillo, con un par de ojos rojos muy profundos, como pozos de lava volcánica, y un tamaño claramente descomunal. Ocupaba casi todo lo alto del pasillo, y eso era demasiado, inclusive para tratarse de un gorila.

Tenía la piel parda, casi gris. Se veía bastante viejo. Sus músculos estaban hinchados, y claramente despellejados, en donde debería tener un rictus de enojo y seriedad, había una línea de colmillos irregulares que sobresalían de sus achatados y alargados labios, y su cabeza, en lugar de ser plana, y alargada, había pasado a ser redonda y llena de huecos sanguinolentos. Transpiraba profundamente, pero de manera raquítica y errática. Si aquello era un experimento, entonces claramente se trataba de uno fallido, pero Billy no quería comprobarlo.

Finalmente, el animal no supo que hacer, y decidió retirarse. Cuando su enorme cuerpo, dobló en dirección de regreso a la cocina, Billy dejó escapar un profundo suspiro, cerró los ojos y se recostó contra la pared. Muy cerca de la persona que le había salvado la vida.

-Hey, muchas gracias, en serio. De no ser por ti, esa cosa ya me habría devorado, igual que una banana. Muchas gracias, en serio.

Pero todo lo que obtuvo fue un tenso y muy raro silencio. Billy se extrañó, y luego se preocupó, ¿Y si lo que lo había sujetado había sido un zombi? ¿Y si solo escapó de una trampa para caer en otra?

Rápidamente, se dio la media vuelta. Encarando en la oscuridad a la persona o a la cosa, que lo había retirado de la vista de aquel gorila. Se puso de pie, tanteó con la palma de la mano la pared, hasta encontrar una irregularidad, que claramente se correspondía con un interruptor, y la accionó.

Pero la sorpresa fue mayúscula, y hasta cierto punto rara… hermosa, y juvenil, pero rara.

-¿Billy?

-Re… ¡Rebecca!

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