Capítulo 11
Encuéntrame en la guerra
"De donde yo estaba
es a ti a quien mantengo…
Contigo lo que sé
es que estoy volviendo a casa,
De vuelta a casa"
La poca luz que se colaba por la entrada, brillaba por el reflejo de las armaduras doradas del ejército que se apostaba frente a ellos.
Todos los enanos ya estaban listos para que alguien iniciara la guerra, la quisiesen o no estarían presentes, como bien había dicho Bilbo a sus atacantes, ellos estarían dispuestos a darlo todo por su rey, defenderían a muerte la ciudad que casi les había costado la vida durante el viaje.
No les había sido fácil sobrevivir a semejantes agresiones primero de los trolls, seguida de una persecución de horribles orcos, para más tarde escapar de las garras de wargos y trasgos, después un ataque de arañas gigantes y luego el encierro en las prisiones de los elfos del bosque, para llegar a un pueblo enardecido que les creía ladrones y casi terminar bajo el fuego de un dragón con el único afán de destruirles. No, definitivamente no cualquiera podría resistir todo ello más sin embargo ahí estaban y ahora todavía les faltaba enfrentarse a las tropas de elfos diestros en arcos y espadas, aquello era exponer demasiado su vida… pero la ciudad, los recuerdos, el tesoro lo valían.
El rey bajo la montaña, no temió dar la cara a sus enemigos.
Thorin lucía majestuoso, con su obscura melena decorada por pequeños mechones grises, decorada por la corona que le convertía en rey, le adornaba su dorada armadura, le cubría de pies a cabeza, protegiéndolo y dándole un aspecto señorial de los antiguos tiempos. Además portaba un abrigo de pieles como los que usó su abuelo en sus años de gloria. Los enanos a su lado lucían armaduras similares pero ninguno lograba el mismo efecto majestuoso y distinguido que lograba el rey bajo la montaña.
Escudriñaba el valle con una mirada glacial y desde lejos podía notarse la repugnancia que le causaba en su apuesto rostro, aquella plaga frente a él.
Lo primero que noto fue al elfo rey que se abría paso entre los soldados, como si todo aquello fuese solo una mera presentación, el rey cabalgaba igual de elegante como le recordaba sobre su enorme ciervo. Todos a su paso se movían como si aquello no requiriera el más mínimo esfuerzo, aquel rey parecía realmente deslizarse hacia ellos. A su lado viajaba un hombre, el que fue nombrado rey de la ahora destruida ciudad de Esgaroth: Bardo.
Ambos estaban confabulando contra él. Ambos eran unos miserables ladrones.
En el rostro del rey del bosque, se dibujaba una pequeña pero cínica sonrisa, como si se burlara de él. Aquello era el colmo. Se atrevía a pasar frente a sus dominios y desear adueñarse del pago de su familia por un servicio prestado hace muchísimos años y ahora se creía con el derecho a exigirlas de regreso.
Pues estaba muy equivocado, mientras el tuviese vida y fuerza, no permitirían que aquellas joyas regresaran con los desgraciados que ayudaron a la destrucción de su familia.
Sintió como la rabia se abría camino en su corazón y en un arranque le quitó el arco a Kíli de las manos. Sin pensar dejo caer una flecha justo donde se detenía el traicionero rey de Mirkwood.
- Voy a poner la siguiente entre sus ojos – dijo seguro y confiado. No se mostraría débil, aunque contra él peleasen más de diez mil soldados diestros en la guerra.
Recibió el apoyo de los demás enanos con gritos y ademanes.
El rey no se inmuto ante este ataque, confiaba en sus soldados y sabía que responderían a una agresión. Así que cuando sus soldados se prepararon para hacer llover flechas, solo levantó la mano para que la calma volviera al campo de batalla.
Mientras Thorin ni siquiera se perturbó por ese intento de ataque, quedándose plantado en su lugar mientras los demás se habían resguardado, porque en caso de que hubiesen sido tiradas las flechas, seguro más de uno terminaba herido o muerto.
Era hora de hablar… aquello estaba tomando demasiado tiempo.
- Venimos a decirte que el pago de tu deuda ha sido aceptado – dijo arrastrando las palabras, sabía el efecto que tenía en los demás.
Thorin lo miró fastidiado… un pago… él no había dado absolutamente nada y nunca lo haría.
- ¿Cuál pago? Yo no les di nada... No tienen nada - sentencio con voz fuerte y clara, para que les quedara claro. El no daría su brazo a torcer, menos frente a esos insoportables personajes.
Entonces vio como el hombre sacaba algo de sus ropas… algo brillante, redondo y algo buscado y anhelado por él… era la piedra del arca en manos de sus enemigos.
Kíli vio al igual que su tío la piedra y no pudo evitar quedarse callado. Aquel hombre y elfo tenían en su poder la piedra de su familia.
- Tiene la piedra del arca – susurro - ¡Ladrones! ¿Cómo es que tienen la reliquia de nuestra gente? ¡Ladrones! ¡Esa piedra le pertenece al rey! – grito de lo más profundo de su ser.
Adiós al Kíli tranquilo y sereno. Surgió el enano imprudente en él.
Los demás estaban sorprendidos más sin embargo su opinión no era expresada con gritos. Su tío a su lado se había quedado mudo. Seguramente sorprendido por este inesperado giro en la historia.
- Y el rey puede tenerla – contesto bardo con satisfacción en el rostro – Pero antes debe honrar su palabra… - dijo fijando su mirada sobre el rey que permanecía mudo incapaz de salir de su asombro.
Por fin reaccionó.
- Es un señuelo… una mentira… - dijo a sus compañeros – La piedra del arca esta en esta montaña –
Lo que había comenzado con buenas intenciones, no estaba dando el resultado deseado. Bilbo tuvo que intervenir y explicar su proceder, al entregar aquella piedra a sus enemigos, la finalidad era evitar una guerra, ahora la atención no estaba en el enorme ejército congregado afuera de la fortaleza.
El rey le veía con fuego en la mirada.
Todas sus buenas intenciones terminarían tiradas por la borda.
Thorin le llamo ladrón y gritó una orden que nadie siguió.
Bilbo era como de la familia, sabían que Thorin estaba cambiando, requería reconocer que después de todo el hobbit que le acababa de traicionar si tenía la razón. El líder de antes jamás hubiese faltado a su palabra, se habría comportado cabalmente como le correspondía al rey, no podía olvidar que su palabra tenía valor, que él era un ejemplo de lealtad, valor, coraje, defensor de lo correcto, justo y ahora sus acciones distaban mucho de lo que hace tiempo fue: un líder, un hermano, tío, amigo, compañero y ahora rey.
No, ahora no estaba honrando aquel recuerdo de lo que fue antes de aquel viaje. La travesía que les estaba cambiando la vida a todos.
Bilbo no dudó hacérselo saber, le apreciaba, era su amigo y debía honrar su amistad con honestidad. El pago a tal franqueza, sería ser lanzado por la muralla.
Gracias al cielo Gandalf intervino y se le permitió abandonar a sus amigos… a los amigos que le permitieron seguir con vida… al rey que le quería ver muerto… al que todavía consideraba su amigo.
Bardo le vio bajar y le cuestionó si habría un acuerdo… esperaba que lo hubiera, ciertamente estaba aferrado a aquella esperanza
- Entonces ¿Tenemos un acuerdo… o habrá guerra?
Thorin lo pensó, más cuando volteó a ver las colinas… algo en ellas le hizo volver la vista a sus ofensores, para observar como un cuervo se posaba a su lado y con confianza se volvió al hombre, ante la cara de incertidumbre de algunos de los que le acompañaban.
- Guerra –
La declaración fue bien recibida por compañeros y el rey de los elfos se fue a pasar lista a su enorme ejército.
En ese mismo instante junto a los rayos de sol que se colaban detrás de las nubes y colinas, se vio un gran ejército de enanos que se aproximaba.
Daín o "pie de hierro" como era conocido, se acercaba a prestar su ayuda en esta hora de necesidad.
Ahora si la guerra estaba más equilibrada, pensaron los enanos dentro de la muralla.
La ayuda estaba por llegar.
/
Ya logró ver la montaña solitaria. Alta e imponente.
Pronto estaría ahí… pronto estaría junto a él…
Seguían el camino del norte, el aire parecía estar quieto, el sol continuaba sin asomarse, las nubes seguían predominando los cielos.
- Ven vayamos por acá… quizás así lleguemos antes – Legolas, se deslizo por una vereda angosta, era formidable contar con su ayuda, su mera presencia le animaba. Confiaría su vida a él siempre, no dudaba de su gran talento y de su amplio conocimiento de los caminos a cruzar – A estas horas todavía no estarán llegando –
Su amiga no respondió.
Algo parecía perturbarle.
- Legolas… lamento nunca haberte hablado de tu madre… ella siempre pidió por ti… te amaba… -
Buen momento para recordarlo.
- Gracias Tauriel, mantengámonos concentrados – dijo volviéndose a ella.
- Lo sé… pero no quiero llevarme ningún secreto… en caso de que… -
Le interrumpió – No lo digas… ni siquiera lo pienses – le dijo serio.
- Lamentó no haber sido lo suficiente valiente para enfrentarme a tu padre antes… supongo que el hecho de ser desterrada me ha dado el valor… en verdad siento como si me dirigiera a casa… de verdad ame estar en el palacio, el bosque, los prados… pero deseo encontrar con él mi hogar… y si muero hoy… quisiera pensar que es donde él este… -
Le cayó con un dedo sobre sus labios – Por favor eso no es necesario… sabes que en cuanto lo hayamos hablado, podrás volver como si nada hubiese pasado… - retiro su mano de su rostro y retrocedió. Le quería y haría por ella lo que fuese para verla feliz… supuso que el destierro le facilitaba algunas cosas, como ser libre y viajar… pero no deseaba que se alejara de él para siempre, había perdido su corazón, pero no quería perder a su amiga.
Eso no tenía discusión.
- No hables como si esto fuera el fin Tauriel –
- Legolas… no puedo evitar pensar en mis padres… ellos no temían morir por el ser amado y defender lo que creían justo… o tu madre… por proteger a una indefensa criatura… eran muy valientes al enfrentar la maldad… -
- Sí, lo eran y son un buen ejemplo a seguir – no entendía hacia donde iba toda aquella conversación – Tauriel, será mejor que te deshagas de esas ideas absurdas… nada pasara… todo saldrá bien… -
- Hace unos días te pregunte si podrías prometerlo… se que la respuesta sigue siendo la misma… creo que hay que pensar en si las cosas no salen de acuerdo a lo planeado –
El día parecía caer antes de salir. Los pocos rayos del sol que atravesaban las nubes, pintaban el lugar de un rojizo extraño, a Legolas aquella imagen no le agrado… tenía bastante tiempo conociendo lo que esa señal significaba.
Además estaba el hecho que Tauriel presagiara la perdida de alguien… ¿la de ella?... no, el jamás lo permitiría… ella no moriría si el pudiese evitarlo, pero si él moría… no, él no le temía a la muerte.
Iban a pelear y a dar lo mejor de ellos mismos, en una guerra en la que no habían sido requeridos, pero en la que igual estarían.
Él estaba dispuesto a hacer concesiones por ella… por él enano que la hacía feliz.
Caminaron un poco más hasta que por fin lograron ver la ciudad de Dale, en ruinas y cayendo ante el estruendo de los gritos de terror de los hombres de la ciudad.
/
El rey desplegó su ejército y se encontró peleando contra los poderosos enanos de las montañas de hierro, no eran más que enanos con fuertes armaduras… nada que unas flechas y un arquero especializado lograra derrotar, pero era bien sabido por todos que un enano armado y en distancias cortas era muy peligroso.
El terreno era un valle perfecto para una guerra "pareja" por así decirlo, pues los enanos podrían moverse con facilidad sobre ese espacio. En cambio si fuese uno escarpado les sería más difícil. No agradeció que esa fueran las condiciones, pero confiaba en el poder y rapidez de sus soldados para permitirse verles derribar enanos sin piedad.
Esta guerra no la habían iniciado ellos, sino el mismo rey bajo la montaña, que aún permanecía en la montaña atrincherado…
Cobarde
El desgraciado enano y los que con él estaban, no se disponían a salir de su escondite… dejarían que él solo destruyese a los enanos que venían de lejos a prestar su ayuda a un rey sin derechos, un miserable enano que se sentía dueño de todo lo que había en esa montaña… era el vivo recuerdo de su abuelo.
Ahora no interesaba si estaba infectado con la misma enfermedad del oro que enveneno la mente de su antecesor, algo casi seguro pues estaba repitiendo los mismos errores que su abuelo.
El podía burlarse ahora, el ejército que ahí estaba era fuerte y mucho, más sin embargo sabía que pronto les caería el cansancio. En cambio ellos podrían pelear toda la noche e inclusive días ¿Aquellos enanos aguantarían su ritmo?… lo dudaba mucho, seres inferiores a la grandeza de los elfos inmortales… el saldría victorioso, nadie podría igualarse a su grandeza.
Nadie.
/
Daín viajaba sobre un gran cerdo, era de cabellos rojizos y de muy mal humor.
Se había presentado ante los presentes a la guerra e inclusive les dio la oportunidad de marcharse, pero ellos no siguieron su amable consejo de largarse de ahí.
Desconfiaba de los elfos tanto o más que Thorin, no dudaría a la hora de hacer guerra contra despreciables criaturas como los elfos o los hombres, estos últimos se veían notablemente asustados por su presencia.
El espíritu del bosque
Llamó al rey Thranduil, para ofenderle, quizás así le borrase su ridícula sonrisa del rostro.
Él era el señor de las montañas de hierro y estaba al mando de un gran ejército, no dudaba prestar ayuda a su bien amado primo Thorin, juntos podrían partirle su hermosa cabeza al rey de los elfos, que ya lucía bastante inflada desde hace mucho tiempo, sintiéndose importante en aquellos lugares.
Se encargarían de darle una lección a aquellos hombres y elfos. Con los enanos nadie se mete, pues son fuertes y hábiles, además decididos, una vez que se les mete algo en la cabeza, no lo dejarían hasta haberlo conseguido.
Su meta ahora, era destruir a cada elfo que intentara pisar las tierras de su primo, quien había recuperado lo que bien sabía años añoraba. No era muy afectuosos, pero eran familia y si los demás no le ayudaban ahora, el lo haría.
Dudo cuando se presentó ante él, hace más de un año. En ese momento, lo creyó una locura y se sentía deslindado de todo lo que hubiese tenido que ver con recuperar la fortaleza y la ciudad principal de los enanos, la casa de su familia.
Ahora todo era distinto, su primo lo había conseguido, no sabía cómo y realmente no importaba… el muy condenado lo había conseguido y ahora si la esperanza regreso a todos… lo menos que podía hacer por su torpe actitud era ayudarle a defenderla, de ello no había duda, juntos en el campo de batalla serian invencibles.
Solo que había un pequeño problema.
Thorin no descendía al campo de batalla y él ya estaba en una disputa por el honor de su primo.
/
El fuerte estruendo pareció detener la guerra por un instante.
De las montañas emergía un gran rugido.
Altas nubes de polvo ascendían disfrazando lo que se avecinaba al ya preparado campo de batalla.
- Gusanos come tierra – dijo Gandalf, lo que tanto había anunciado se acercaba.
Al disminuir el ruido y asentarse el polvo lanzado, de entre las sombras surgieron orcos y trasgos de un gran foso en las colinas vecinas a la montaña solitaria.
Grandes y horribles criaturas corrieron para encontrarse con los ejércitos que ya peleaban. Todos con pies presurosos, pues tenían días esperando lanzar su terrible ataque y ahora llegado el momento nada les detendría.
Elfos y hombres se detuvieron un instantes horrorizados ante la desagradable sorpresa que les esperaba estar en aquel lugar, en ese preciso momento.
- ¡Adelante mis ejércitos! – se escucho la voz de Azog sobre las montañas, él era el líder indiscutible y deseaba la muerte de todos los que se atravesarán en su camino, nadie debía sobrevivir hoy, esta era su guerra y su objetivo no escaparía con vida de aquel lugar.
La montaña al final del día sería para su señor, el conseguiría su propia victoria sobre el enano.
Debían moverse rápido… los orcos pronto les caerían encima, no había tiempo que esperar.
En el campo de batalla se encontraban elfos, hombres, enanos, reyes, un mago y un pequeño hobbit. Todos estaban a merced de los que ahora corrían para asesinarles.
Aquel orco debía odiar muchísimo a Thorin, como para cazarle en su casa, frente a sus aliados y los que antes eran sus enemigos. Quizás si se unieran… quizás la unión si hacía la fuerza.
Los primeros en salir a la batalla fueron los valientes hijos de Durín… los enanos que hasta hace poco habían hecho su aparición, ahora corrían para pelear contra las criaturas de Dol Guldur.
Bilbo no tardo en darse cuenta que los elfos no se movían, mientras los hombres se veían petrificados… no sabían cuál sería su proceder. Ellos iban a pelear contra enanos… trece para ser exactos y ahora tendrían que defenderse de un millar de orcos. Pronto tendrían que hacer algo más que quedarse congelados, pues si no lo hacían caerían bajos las armas del enemigo y este no tendría ninguna piedad sobre ellos.
Los enanos se formaron listos para recibir el impacto de sus atacantes, poniéndose cada uno al lado de su compañero y con lanzas y escudos listos para la fatal embestida.
Ya se acercaban las tenaces criaturas.
Estaban solos en la guerra.
Justo cuando pensaban que la guerra la harían solo ellos, los elfos se unieron a la batalla. En su vida jamás hubiesen imaginado tal experiencia.
Los altos elfos del bosque, peleando espada con espada junto a los enanos a quienes consideraban poca cosa. Ambos moviéndose con gracia cortando, rebanando y mutilando a quienes se le pusiesen al frente. La batalla se llevaría a cabo después de todo lo único que cambiaba era el enemigo.
Ahora su adversario en común eran los sirvientes de Azog el profanador, que deseaba la muerte de todos en aquel valle, sin importar las bajas en la guerra o el tiempo que le costase.
Comenzaban a creer que saldrían vencedores, cuando una nueva trompeta sonó desde el mismo lugar donde se presumía estaba el director de tan infame plan.
Entonces bardo adivinó el temido plan que ya orquestaba el odioso trasgo. No podrían ganar si pelaban en dos frentes. Sabio el maldito, planeó una estrategia que dividiera el equipo. Ahora ellos tendrían que responder a un nuevo ataque porque era lo necesario, además porque ahí se encontraban los heridos y con mucha mayor premura… porque su familia se encontraba ahí.
Dio la orden y los hombres abandonaron el valle, para dirigirse con rapidez a la ciudad que pronto sería nuevamente azotada por la maldad no de un dragón, sino la voluntad de un Señor de las tinieblas, con un séquito de seguidores sanguinarios.
Maldita fueran las guerras.
Malditos fueran todos los que la provocaban.
/
Kíli sería el primero en saltar… no podía ser solo un observador más ante aquella masacre. Si habría de morir, lo haría defendiendo algo que creía era justo, ellos habían llamado a su familia de las montañas de hierro y ellos habían acudido… no permitiría que ellos falleciesen y él estuviera resguardado en aquella montaña fría y fortificada.
Tauriel
Hasta ahora solo había pensado en lo que su familia, su tío y él pensaba… no la había visto, ni a ese arrogante príncipe con el que se marchó ¿Dónde estaba?... agradeció que estuviese lejos de ahí… ella estaría en peligro, era una buena guerrera, no lo dudaba pero aquello terminaría siendo una masacre y no era tan idealista como para creer que todos regresarían a casa como salieron. El mismo no podría hacerlo.
Por favor… no vengas Tauriel… mantente lejos de este lugar…
Sintió como aquella suplica salía de lo más profundo de su corazón… así no tendría que elegir… si debía morir, lo haría con honor y valor hasta el final.
Si fuera defendiéndola a ella bien lo merecía, le amaba. Si lo hacía por su tío y su familia bien valdría la pena. Su viaje fue para defender y recuperar lo que había soñado con ver desde hace tantos años.
Aunque en el fondo deseara algo distinto…
Amaba la vida, el tiempo con su hermano… Fili, estaba a su lado, tenía la misma idea que él, tan pronto descendieran de ahí pelearían como ningún enano antes en la vida. Ya no eran unos niños, era el momento de probarse de que estaban hechos, la pelea sería grande y ellos responderían con igual grandeza.
Eran hijos y herederos de Durín. Estaban peleando por el gran Thorin "escudo de roble", aquel que siguieron apenas comenzaron a caminar, inclusive antes de la muerte de su padre.
Era un honor estar a su lado y seguirle.
Lo único que les impedía estar en el campo de batalla, fue precisamente la voz de trueno su tío. En el preciso momento en que se lanzarían a ella, Thorin les detuvo.
- Permaneceremos aquí – sentenció y desapareció por las escaleras improvisadas construidas para la muralla.
Fili y Kíli se observaron atónitos, no daban crédito a lo que su tío acababa de decir. Lo mismo le pasaba a Bofur y Balin, que parecían entristecidos, pues la escena de la batalla era algo difícil de borrar de las mentes y más de los corazones.
Ahí frente a ellos, defendiendo lo que era de ellos, estaban los enanos y elfos… aquellos que momentos antes se habían jurado la muerte, ahora combatían como uno y ellos estaban escondiéndose bajo la protección de una montaña.
Kíli intentó protestar… maldita fuera las ideas de su tío, ahora no era el mejor momento para marcharse, afuera estaban muriendo… hizo por desobedecer y seguir a su corazón…
Una idea terrible surgió en su cabeza… que tal si Tauriel si estuviese en la batalla… o estuviese herida… él no podía quedarse ahí de brazos cruzados… debía salir y comprobarlo… debía ayudarle o la perdería… poco le importaba su respuesta, ella era su todo… lo que nunca pidió pero que sin embargo ahora deseaba.
Una agradable y estimulante compañía, una hermosa familia, una vida compartida.
Pasó una pierna sobre la muralla y le detuvieron Balin y Fili.
- No hijo… no vayas, todos nos sentimos igual que tú… pero estamos seguros aquí… nada podrás hacer tu sólo ahí – dijo avergonzado el anciano enano.
Kíli volvió el rostro a Fili.
- No desobedezcas a nuestro rey y familia Kíli – dijo cabizbajo – Se que deseas pelear… todos lo deseamos, pero nuestro deber y lealtad ante todo es para nuestro rey –
Era todo lo que pensaba decir.
Su hermano el sabio y sensato era todo lo que pensaba hacer. Quedarse ahí, no les aseguraba que tarde o temprano los orcos traspasasen la muralla de enanos y elfos que hasta ahora les permitía estar seguros tras aquellas rocas… les habían perseguido por casi el mismo año que ellos viajaron hasta ese lugar… unas cuantas horas, unas piedras no les detendrían, ni hoy ni nunca.
-Fili… - dejo escapar con amargura.
- Vamos a protegernos aquí, como el tío a ordenado… sigamos sus órdenes – sentenció severamente y se quedo lejos de la vista de la pelea. Mientras el arquero no podía dejar de ver aquel escenario.
Qué tal si la perdía… si no volviese a ella nunca… si no volviese a hablar con ella nunca más, sino la viese reír o admirar sus estrellas… si ella dejara de ser y privara a todo ser de su bondad y deseos de justicia.
La guerra terminaría por consumirle… si no hacía algo se volvería loco.
/
La ciudad estaba siendo devastada… los orcos y trasgos, destruían a su paso lo que se les atravesara.
Poco importaba si fuera leñas, casas, heridos, ancianos o niños. Todos debían desaparecer de su vista o seguro serían destruidos sin misericordia.
Bardo se encontró corriendo con todas sus fuerzas, la mayoría de los que con el vajaban eran hombres fuertes y duros… pero la también lo eran mayores. Debían sacar fuerzas de donde pudieran hallarlas, los elfos se habían quedado en su mayoría en el valle a pelear contra los mismos que ahora intentaban eliminar a los hombres de nueva cuenta.
Todo aquello parecía una locura, apenas temprano por la mañana se dirigían a una guerra casi ganada. Los enanos eran pocos y los elfos y hombres más, seguro ganarían. Luego vieron a los enanos de las montañas de hierro, notablemente imponentes, ahora estaban siendo cazados por aquellas criaturas, esto no podía terminar bien.
Estaba seguro que sus hijos y la mayoría con el instinto de supervivencia se esconderían… no dudaba que aquellos seres viles tirarían piedra por piedra hasta acabarles, eran demasiados… imposibles de contar y con tan poco tiempo.
En peor momento no podían haber llegado, ellos iban a una guerra llevándose lo "mejor" de su armería, dejando desprovista de hombres fuertes y ahora tenían que volver a marcha forzada a la ciudad. Había mucha gente indefensa, el no debió ceder a la guerra… pero era necesaria… ahora quizás ya no lo fuera, sino llegaban pronto todo por lo que deseaba pelear habría sido en vano.
No pudo culpar a los enanos, de tal desgracia. Ellos mismos se la habían causado.
Ninguna guerra es justa y ninguna tiene un buen final.
Corrió lo que sus pies le dieron, agradeció ser un hombre atlético y en constante movimiento. Pues regreso a la ciudad en una pieza. Solo para darse cuenta que debía seguir usando todo lo que tenía de sí, porque sobre el suelo ya había cuerpos de los que antes habían viajado con él desde la orilla del lago.
Las malditas bestias, estaban asesinando a su paso.
Espero que sus hijos estuviesen a salvo.
Blandió su espada de un lado a otro, cortando y rebanando orcos… los malditos eran correosos. Pero no sobrevivían a la estocada certera que les propinaba.
Observó a los ciudadanos defenderse al igual que él, todos estaban en el mismo barco, debían unirse y defender lo poco que les quedaba, de otra forma podían despedirse de la vida tal y como la conocían.
Agradeció que el mago y el hobbit viajasen con ellos a defender la ciudad. Reconoció que aquello no auguraba la victoria, pero le hacía sentirse más tranquilo.
Los hombres caían, otros prevalecían… eran poco preparados para la guerra, pero les vio a todos valientes y decididos… al igual que él deseaban vivir y salir adelante. Aquella tragedia les uniría y fortalecería.
Nadie dijo que sería fácil.
La meta ahora era sobrevivir.
/
Dwalin se encontraba frente a Thorin.
Su amigo de toda la vida, si eran familia sanguínea o no realmente no importaba.
Siempre había estado a su lado.
Siempre le apoyaba.
Esta vez no lo haría.
Lo último que había hecho era atroz. Bilbo tenía buenas intenciones, no expresadas de la mejor manera pensó, pero intentaba ayudar. Ahora estaba afuera en medio de una batalla que él no provocó y mucho menos imaginó.
Había dado una sentencia de muerte a quien ante todo, debía reconocer, actuó con más sensatez de todos los presentes de la línea de Durín.
El mismo se consideraba aguerrido y sabio a su manera. Tenía un don para resolver sus problemas con sus puños. Ahora no podía… no, no quería dar a entender a Thorin, su rey que estaba equivocado… esperaba que no le hubiese arrastrado a eso.
Pero ya no podía negárselo más… Thorin estaba siendo envenenado con el mismo mal que terminó con la vida de su abuelo.
Bilbo lo sabía y ahora no estaba con ellos.
Pobre Bilbo
Sintió algo de pena por el hobbit, no era de su completo agrado desde el inicio, parecía demasiado débil e inútil y ahora se encontraba ahí, sintiendo pena por él. No era justo el trato que recibió, no del rey… del que admiraba, de su amigo.
Pero aquello no terminaba ahí, ahora sabía que contaban con el apoyo de una de las familias de los enanos… apoyo proveniente de Daín de las montañas de hierro, viajo desde lejos sobre su imponente cerdo y ahora estaba ahí peleando una batalla que no era de ellos.
La guerra contra azog era de ellos mismos.
Ese maldito trasgo apestoso, había sobrevivido, solo para hacerles la vida imposible o por lo menos ser un guijarro en sus botas. Debían eliminarle para siempre… el mismo se ofrecía a realizar esa acción.
Más sin embargo estaba atado a su palabra de lealtad a su rey.
Por lo que requería de todo su valor para enfrentarse a sus enemigos… pero todavía requería más para hacerlo con su amigo.
- ¿Desde cuándo abandonamos a nuestro pueblo? Thorin están muriendo allá afuera ¿Es que acaso no ves lo que sucede?... afuera están muriendo… nuestra familia, los mismos elfos han entrado a la guerra para defenderse... lo mismo los hombres… nos quedaremos aquí encerrados ¿fingiendo que nada sucede? – exclamo tranquilo, pero imprimiendo el mayor reproche a su voz.
Thorin no se movió de su trono.
Le dejaría hablar, que escuchase era otra cosa distinta.
- hay salones… bajo los salones de esta montaña… - dijo girando la cabeza, como si fuese un secreto que nadie pudiera escuchar – pisos que se pueden fortificar… - se levanto y fue hasta Dwalin – debemos resguardar el oro… protegerlo… -
Dawlin no pudo escucharle más – Daín está rodeado… van a masacrarlos –
- La vida no vale… pero le tesoro de esta empresa, no se puede contar con vidas perdidas… este oro vale todas las vidas que se sacrifiquen… -
- te sientas a quien estos vastos salones, con tu corona en la frente y aún así estas lejos de lo que fuiste siempre – dijo entristecido al ver la conducta de su amigo.
- no me hables ya más, como si fuera un enano cualquiera… como si fuera… aún Thorin "Escudo de roble" … - dijo trastornado – ¡Yo soy tu rey!! – dijo mientras sacaba su espada frente él, queriendo mostrar su poder.
-Siempre fuiste mi rey – contesto Dwalin, sorprendido de lo bajo que había caído Thorin – Antes lo sabías bien… pero no se que te ha pasado… no te has dado cuenta en lo que te has convertido… -
- Largo… vete de aquí, porque de lo contrario te asesinare –
Dwalin lo miró con lastima una última vez y salió de ahí
/
Sobre el suelo yacían varios cuerpos.
Sintió pena por ellos, no había distinción, unos eran hombres, otros elfos y otros orcos.
La guerra estaba en la ciudad.
¿Acaso no habían llegado a tiempo?...
La ciudad caía bajo las espadas de los enemigos… ellos harían lo imposible por rescatar a los que hubiesen sobrevivido al filo de las espadas enemigas.
Tauriel corrió a un grupo de orcos que intentaban asesinar a un pequeño grupo de hombres del lugar, que se defendían con trinches, palos y las pocas espadas que encontraron. Se defendían a como podía, pero daban muestra de querer vivir, porque no dejaban de mover sus brazos en busca de lastimar o asesinar a su enemigo.
Así eran las guerras… o matas o mueres.
Se movió rápido y dio un salto encajando sus dagas sobre la espalda de un orco enorme, el monstruo se giro enfurecido, tirando con su lanza al desconocido atacante. Como si aquella herida no hubiese sido nada se movió hacia ella que le esperaba atenta para atacar. Cuando este cayó sobre sus piernas con una flecha en la cabeza.
- Vamos Tauriel – le dijo Legolas guardando su arco.
Los hombres les observaron. Acababan de pelear con elfos, pero todos notablemente vestían una elegante armadura dorada. Algo que ninguno de esos elfos llevaba.
- La ciudad ha sido tomada – advirtió un hombre – Somos muy pocos los que aún quedamos con vida… los orcos nos han tomado por sorpresa –
Legolas se detuvo.
- Explícate hombre – pidió Legolas con impaciencia - ¿Estos orcos de donde han venido? –
- Salieron de la tierra… peleábamos contra los enanos de las montañas de hierro y entonces… - el hombre se vio interrumpido por la elfa de cabellos rojos.
- ¿Estaban pelando con los enanos? –
- Así es mi señora… creo que debemos seguir… en el centro de la ciudad hay más personas y debemos ver que tan bien están… o si les podemos ayudar... - pidió el hombre notablemente preocupado.
- Iremos nosotros… ustedes resguarden esta entrada… quizás más orcos vengan pronto… - repitió el príncipe – Tauriel sigamos… -
Ella asintió con la cabeza… ahora no entendía nada.
Ellos venían viajando con la idea de ayudar a defender contra los orcos de Gundabad… ahora estos de donde habían salido… ¿de la tierra? Ellos habrían visto algo así…
- Estos orcos salieron de las tierras del sur… de Dol Guldur – le dijo él.
- ¿Pero cómo? –
- Ni Azog ni el obscuro Nigromante escatimarían recursos para una guerra como esta – harían lo que fuera necesario para obtener lo que sus oscuros corazones deseaban… si es que lo tuviesen claro – Esto demuestra el gran valor que tiene para ellos apoderarse de la montaña –
- Entonces estás diciendo que… esperamos otro ataque de orcos en estas mismas tierras… -
Legolas asintió, aquella noticia era todavía más terrible que la primera, pues no era solo un ejército los que pelearían en ese valle, sino cinco los que se enfrentarían. Debía hacerse algo rápido.
No paso desapercibido para ninguno de los dos, que había elfos muertos en las calles de la ciudad.
Su padre. El rey estaba ahí mismo.
Desconocían el motivo, pero los elfos estaban ahí. Le pareció recordar decir al hombre que ellos buscaban guerra contra el rey de los enanos. Supuso que algo de las joyas de su madre tendrían que ver en aquello.
- Creo que yo debemos separarnos… nos encontraremos en la montaña… busquemos ayudar a estos hombres y yo iré por mi padre… ve al lado norte y yo al sur. Nos veremos ahí –
-Está claro –
- Tauriel, cuídate… - parecía querer decir algo más, pero se detuvo, dio media vuelta y se fue
No hagas ninguna tontería. Pase lo que pase… se valiente y mantente viva, por favor…
Tauriel le vio partir… sintió deseos de correr a la montaña… estaba ahora tan cerca y tan lejos… la ciudad necesitaba ayuda y reforzar las defensas… venía en camino un ejército igual o con mayor deseo de destrucción.
Corrió por los caminos, siguiendo el rastro de destrucción que había por la ciudad. Nunca había puesto un pie en aquella ciudad y el recuerdo desagradable que le plasmaba en el alma, era igual de tormentoso que el de sus padres fallecidos sobre el lodo en el bosque.
Muerte a donde quiera que veía.
Escucho los gruñidos de unos orcos rezagados venir hacia ella, alzando sus lanzas amenazadoramente no eran más de tres, pero vio en sus ojos los deseos de aniquilarle.
No estaba dispuesta a concederles ninguna petición.
Rápida tomo su arco y dio en el blanco de uno justo en la cabeza, cayendo con rapidez al suelo sin vida, alcanzó a herir a otro, pero el tercero rápido se lanzó sobre ella. Tuvo que dejar su arco y pasar a las dagas. Era muy hábil y rápido se movió con gracia sobre él encajándole una en el cuello mientras el otro herido le tomaba del pie, tirándola y aplastándola contra el suelo.
- Un elfo menos – dijo la criatura orgullosa; mientras su compañero yacía en el suelo por la herida en su cuello. Levantó su lanza listo para encajarla en el frágil cuerpo tirado sobre el suelo presionado por uno de sus pies - La muerte le llegará a tu pueblo también -
Entonces no supo de donde el orco cayó sin vida, liberándola del peso de su pie.
Volvió el rostro y le vio. Majestuoso, impecable y quizás con su armadura un poco sucia, pero definitivamente imponente.
El Rey Thranduil, le había salvado la vida. Nuevamente.
Se levantó rápidamente y se puso firme.
Como he dicho antes. Su figura elegante imponía a donde fuera, con ella no era la excepción.
Se sintió extraña por aquel comportamiento. El no era más su rey, la había desterrado, más sin embargo se encontraba ahí sintiéndose como siempre que estaba frente a él: como si aún tuviese siete años. Le era difícil dejar de hacer lo que como capitana de sus guardias llevaba haciendo hace más de doscientos años.
/
Thorin caminaba por los pasillos, donde antes se había enfrentado al dragón, causante de todas sus desgracias. Aquella maldita criatura le había cambiado la vida a él y a su familia.
Todo por amor al tesoro.
Recordó las palabras que su hermana Dís le había dicho muchas veces… lo que Dwalin acababa de decirle, él ya era un rey. No necesitaba aquella montaña para saberlo, para que le reconocieran como tal.
Pero él lo necesitaba, se había aferrado a la esperanza de mostrárselo a él mismo. Aquello era más un reto personal, que una empresa comunitaria.
Él era el legítimo rey, el dueño y señor de todo lo que hubiese en aquella fortaleza… el dueño de todo aquel oro.
El Thorin de la comarca jamás habría ignorado su palabra…
Eras más rey de lo que eres ahora…
Tío, le debemos a esa Elfa, la vida de Kíli y créeme cuando te digo que no está esperando una recompensa o las gracias por ello, aunque se las debemos…
Las personas de la ciudad no tienen nada… han perdido su casa… su vida entera…
De pronto todas las palabras de sus seres queridos le llenaban la cabeza… él era el rey… pero entonces por qué se sentía fuera de sí.
Vale todas las vidas que se hayan de perder
Fili, Kíli, Dwalin, Daín…
Todos estaban esperando que él respondiera, que fuera el rey que nació para ser… el que siempre se dijo que sería: uno justo y protector… ahora estaba ahí encerrado incapaz de arriesgar su vida por temor de perder un tesoro…
¿Qué era después de todo ese tesoro? Montañas de oro puro, gemas las más hermosas, ríos de piedras preciosas y reliquias incontables… todas ellas frías, vacías y carentes de amor.
Su hermana había llamado tesoro a sus hijos… aquellos que ahora estaban afuera… dispuestos a defender a su familia, totalmente desapegados a la montaña. Amaban las historias y a su familia, pero era aquello lo que amaban y lo que temían perder…
Nunca habían sentido deseos de seguirle por amor a los tesoros… ninguno de los que estaban ahí, pese a ser enanos trabajadores y con distintas posiciones… el tesoro siempre había quedado en segundo lugar. No que no lo desearan, se requería para llevar alimento a sus casas y familias… pero era el simple honor y placer de seguir a su líder, de seguir a su rey.
El los había expuesto a todos aquellos peligros… todo aquello era su culpa…
Pero como dejar aquel tesoro ahí… quien lo poseería… su familia. Fili era el siguiente en la línea… si él llegará a faltar seguro su sobrino sería un rey sabio, que había elegido a su familia en lugar de la gloria o un tesoro… más sin embargo ahí estaban ambos… probablemente con el mismo fin.
Entendió a Dís y su gran preocupación… debía haberla deshecho que sus amados hijos partiesen a aquella aventura…
El cegado por el "amor" a la montaña a los recuerdos, pero principalmente al tesoro, que ahora lo carcomía… lo trastornaba y le alejaba del rey que siempre deseo mostrar que era…
Una lucha interna sucedía en él… aquel tesoro le había llevado a dudar de quienes siempre habían estado a su lado… de su familia y se lamentó por Dís, sus sobrinos, por el pequeño hobbit que se ganó su agradecimiento y ahora su familia… la única que había ido en su ayuda para socorrerle ante el inminente ataque de esos elfos y hombres…
No supo porque, pero comenzó a pensar en la elfa que salvó a su sobrino… quizás después de todo, lo que vio antes de salir de la muralla podía ser cierto… elfos y enanos conviviendo juntos… defendiéndose uno a otro…
El oro no le convertiría en su abuelo… ya no más… él era Thorin… el mismo que defendió su ciudad cuando cayó bajo el fuego del dragón, el que peleó contra orcos y se defendió con sólo un trozo de roble, el mismo que exiliado dirigió a su pueblo por tierras inhóspitas, que su ganó un lugar entre los hombres en las montañas nubladas, el que viajo con familia y amigos en busca de su casa… porque después de todo Erebor era su hogar… no los tesoros resguardados bajo los pasillos de aquel lugar.
Erebor es su hogar, donde creció y donde soñó mostraría todo lo que podía ser…
Demasiado tarde comprendía que él había mostrado lo que podía ser desde que saliera de ahí… Erebor no era más que un lugar donde ser… lo que siempre había sido: Un líder, un rey, un hermano, padre, tío, amigo y compañero.
Entendió que ante los enanos que le acompañaron durante aquella arriesgada travesía no necesitaba más reconocimiento que el que una piedra pudiese ofrecerle… mucho menos el de un tesoro, pues a los ojos de su compañía siempre había sido el único líder y rey.
Se sintió avergonzado, pues al actuar de esa manera solo estaba logrando decepcionarles y fallándoles miserablemente. Agradecía que aún le siguieran fieles pese a su reciente comportamiento, como pudo desconfiar de ellos, cómo siquiera pensó en compararles con un tesoro… uno que no le esperaría… no se alegraría de verle triunfar… pues no sentía.
Que equivocado estaba… el oro solo eso era.
De pronto sintió que la corona no le era necesaria y salió volando de su cabeza.
El era Thorin, dueño de sí mismo.
Un enano valiente y bravo que defendería a su casa… principalmente a su familia
Salió de su encierro
Se dirigió con su familia.
/
Todos esperaban mientras veían la feroz batalla a los pies del valle, elfos, enanos y orcos peleaban por sus vidas… realmente por que no había nada que defender ni que tomar… bueno solo la montaña y ellos estaban de guardia sobre ella.
Kili, Fili y Dwalin que había vuelto de la sala hace mucho eran los más desesperados, solo estaban de observadores y ellos no les agradaban mucho.
Seguían ordenes pese a no estar de acuerdo con ellas.
Dwalin esperaba que reaccionara su gran amigo de toda la vida. Pero mantenía pocas esperanzas al respecto.
- no puedo creer que estemos aquí sentados viendo como terminan con nuestra familia… - lo pensó – deberíamos hacer algo… no está bien que nos quedemos callados… -
- Kíli, que estarás pensando… salir y gritarle a Thorin que no está actuando correctamente… - dijo irónico – Ni en sus días buenos te atreverías a decirle algo así… - contestó Nori.
- No quizás no, sería lo más prudente… pero definitivamente lo más correcto… no me quedaré callado otra vez… le diré lo que opino de sus ideas – dijo firmemente.
Como debía hacerlo cuando hable de Tauriel… entonces fui un cobarde… no más.
Entonces todos se volvieron a ver a su rey que se acercaba hasta ellos.
De inmediato notaron que se había despojado de su corona y su armadura impecable. Parecía nuevamente el mismo, pero su ceño fruncido y su rostro impasible le acompañaban. Nadie supo cómo interpretar aquello… nadie excepto Kíli que se bajo inmediatamente para encontrarle en el camino.
- No me voy a quedarme más tiempo aquí... así… todo este tiempo hemos estado siguiendo a un líder y a nuestro rey, no vine hasta acá para esconderme tras una muralla de piedra y ver como los demás dan su vida y sangre en nuestra batalla… eso no está en mis venas Thorin… – exclamó con convicción.
- No, no lo está… somos hijos de Durín… y la gente de Durín, nunca huye de sus batallas… – se acercó a él y le sonrió.
Aquel era su sobrino el que siempre consideró imprudente, era fiero y admiraba su sentido de justicia y lo apasionado que era para decir lo que pensaba, Kíli era en muchos aspectos algo diferente a él o a su hermano, pero era quien le recordaba siempre lo que debía hacerse, no estaría frente al reino, pero estaba seguro que siempre le recordaría a Fili la justicia, los motivos correctos por los que debían pelear y las causas injustas que debían arreglarse.
- No tengo derecho a exigirle a ninguno esto… pero les pido que me acompañen por una última vez – Dijo intentando dejar claro que necesitaba de su ayuda y que volvía a ser el mismo de siempre.
De inmediato, todos tomaron sus armas y se pusieron en pie. Todos estaban esperando escuchar esas palabras. Sentían los mismos deseos que Kili acababa de expresar.
Debían hacerlo. Querían hacerlo.
Por honor, por coraje, por lealtad, por su ciudad… por su líder y rey.
Si esta era la última vez que lo harían.
Que así fuera.
Aquella era la compañía de enanos que un día salió de las montañas nubladas, con el único propósito de ir en busca de Erebor, uno tesoros y por supuesto de seguir a Thorin "Escudo de roble".
Se les había advertido que quizás no todos volviesen, la misma Dís se los advirtió y así sería.
La muerte les acompaño todo el viaje. El día de hoy por fin reclamaría a los suyos.
Hoy por fin sería el día.
