Albert a todo galope y a casi dos días de camino del castillo, llevaba a Candy inconsciente en sus brazos mientras la desesperación y las lágrimas se acumulaban en su rostro, pidió a Dios y al santo patrono de su familia, que por sobre todas las cosas, ella viviera.
A toda prisa recorría las praderas de la tierra que lo había visto nacer, mientras llevaba a una delirante Candice que sólo podía pronunciar su nombre entre quedos susurros "¡Albert!" Le había escuchado decir su nombre en tres ocasiones; casi sin fuerza y eran las mismas en que él había respondido: "¡Aquí estoy amor mío! ¡Resiste! ¡Candy no me abandones! ¡No tú! ¡Dios! ¡No me la quites!" Corría en su corcel blanco por esas verdes praderas hasta que finalmente vislumbró su castillo a lo lejos, había atravesado la peor neblina que jamás hubiera visto y casi a ciegas había dado con el paradero de Terrance, pues parecía que un manto de oscuridad quería caer sobre su tierra. ¡No lo permitiría! Había rogado y se había encomendado al Señor, para que le mostrara el camino y pudiera encontrar a su esposa y así fue, pues como si fuera guiado fue encontrando el rastro de Terry hasta que pudo dar con ellos, cuando en un pueblo había oído resonar unas campanas y sino se equivocaba esa repique era de casamiento. Su corazón se había contraído hasta su más mínima expresión, y sintió un alivio cuando los encontró y Candy no tenía sangre derramada entre sus piernas…
Cuando entró en el castillo con Candy en brazos la llevaron directo a sus aposentos, para su sorpresa sus madres habían arreglado ya todo lo que él había tirado. Depositó suavemente a Candy en su lecho, y lentamente y con mucho amor, comenzó a retirarle las mantas en las que la llevaba envuelta, y dejó finalmente la sábana que había guardado su cuerpo… Estaba hirviendo de la cabeza, la fiebre la llenaba por completo y Candy parecía que no quería vivir más… Frotó sus pies que estaban tan fríos como dos cubos de hielo y trató de calentarla con desesperación; quería que la sangre de Candy bajara a sus pies y dejara de estar en su cabeza o la perdería para siempre. Las amorosas madres habían traído compresas de agua fría y mientras él se las colocaba, ellas le ayudaban a frotar las piernas de Candy para bajar el calor de la cabeza a las piernas. Albert no podía sentirse más culpable, pues de todo la había protegido menos de él. Sostuvo con fuerza aquella blanca y fría mano entre las suyas, mientras elevaba una plegaria al Señor. La había tenido entre sus brazos apenas al despuntar el alba, hacía no más de dos días, había probado esos dulces y amorosos labios, que habían sido como dulce miel entre los suyos. Había sentido su respiración y su corazón palpitando junto al de él. La había desposado y todavía no era su mujer, todavía no podía morir, porque si ella lo abandonaba, él se iría con ella. Habían pasado ya tres días de éste ir y venir y los Anderson no dejaron de preocuparse y mostrar su solidaridad para con Albert; él sólo confiaba que esa solidaridad y comprensión estuvieran presentes cuando les confesara que ya se había casado y que no podría cumplir la última voluntad de su padre.
Tras la segunda noche, y después de haberse debatido entre la vida y la muerte, Candy finalmente abrió sus ojos. Albert sintió su pulso desaparecer la noche anterior y la había pegado a su pecho, mientras oraba y en su desesperación cantaba un antiguo cántico escocés, para dar la bienvenida a todos aquellos que regresan de un largo viaje, era el cántico que Rosemary siempre entonaba esa canción cuándo su padre anunciaba su regreso e incluso cuándo él llegaba, ella no dejaba de cantársela a él y a su hermanito. ¡Cuánto la extrañaba! "Rosemary, no permitas que Candy deje éste mundo" imploró en silencio "No la dejes pasar al mundo en el que habitas ahora, la necesito hermana, como las rosas necesitan agua, ella es todo el aire que yo respiro. Os lo suplico, traedla de regreso, seré el mejor esposo que ella pudiere pedir, no permitas que me quede solo Rosemary" pronunció mientras la arrullaba contra su ser, manteniéndola entre mantas y cerca del fuego.
Él debía ser el hombre más idiota del mundo: tenía a la mujer que siempre había amado y ahora, estaba a punto de perderla, para cuándo se acercaba el amanecer sollozaba como un pequeño, pues Candy no recuperaba el color. Sus madres llegaron a relevarlo pero él no se apartó ni un minuto de Candy, pues sentía que si esto le ocurría no era más que por toda la sangre que había ensuciado sus manos. Rezó y rezó hasta casi quedarse inconsciente con Candy entre sus brazos. Para él fue un milagro, que ella abriera sus esmeraldas y entre la confusión, pudiera reconocerlo por sobre todas las personas:
-Albert...-dijo, tan quedamente que fue como un bálsamo para su alma, sentía que todo estaría bien…
-Mi amor… No me has abandonado…-musitó, estrechándola aún más contra sí.
-Albert… ¿Qué has dicho?
- Que os amo mi señora, y doy gracias porque seguís con vida -declaró el con dulzura fuera de toda descripción-No digas nada, ahora descansa -pidió, colocando un dedo sobre sus labios al oír que ella balbuceaba unas palabras incoherentes. Una punzada la había recorrió hasta lo más profundo de su ser y, siguiendo un impulso desconocido, besó el suave dedo de Albert; el sintió la más grande felicidad al sentir esa pequeña muestra de amor, sus rostros se iluminaron y se contemplaron con una sonrisa. Él suavemente acercó sus labios a los de Candy y tierna y amorosamente la besó. Fue suave como una caricia, como el pétalo de una rosa había posado sus labios sobre Candy, pues sentía que era tan frágil, casi la había perdido y Dios se la había regresado, Rozó la punta de su nariz con la de ella y luego la abrazó, con tanta alegría que casi no cabía en él. Le siguió cantando la canción de Rosemary y pronto los dos la entonaban para ellos. Cuando sus madres habían regresado las dos estaban conmovidas ante la escena pues Albert, un caballero portentoso, estaba como un pequeño asiéndose a Candy, la mecía mientras en su rostro sólo había felicidad. La sonrisa de Albert y la de Candy sobresalían sobre todas las cosas que brillaban bajo los rayos de sol esa mañana y pronto los dos se encontraban desayunando. Albert dándole pequeños bocados a Candy besándola una y otra vez sobre esos pequeños labios carmesí que eran su total debilidad.
-Albert, amor mío -comenzó Candy a hablar de pronto- Yo… tengo que decirte… que…
-No te alteres más esposa mía, lo sé. Sé que Terrance os ha casado con él…-dijo Albert y luego, decidió dejar claras las cosas al ver la expresión angustiada de su esposa-: Ese matrimonio no es válido mi amor, no te aflijas más. No puedes casarte con un hombre y luego volverte a casar por la Ley de Dios. Eso no se permite, así que el primer matrimonio invalida al segundo. Candy, yo te amo y no dejaré que nos separen, mi amor- Había prometido dulcemente, cuando terminaban de desayunar entre caricias, besos y arrumacos. Se amaban desesperadamente y Albert no podía esperar a llevársela con él para consumar su unión. Los dos emanaban felicidad y se podía sentir el dulce y hermoso amor que había entre ambos.
Lady Anderson había ido a ver a Candy todos los días y había sido solidaria con Sir Andrew, pues sabía que para él, Lady White era como su hermana, sólo esperaba que se repusiera para la boda… Pues en todo ese tiempo se había dedicado a preparar la boda, pues habían llevado a todo su séquito y empezarían los preparativos cuánto antes. Sólo esperaba que Lady White estuviera mejor. Albert empezó a ver la tormenta aproximarse pues tenía que decirles que él ya estaba casado con Candice… ¿Pero cómo hacerle para que no se considerara alta traición contra el Rey de Inglaterra…? Éstos pensamientos lo atormentaban todas las noches, mientras Candy se recuperaba, le había dicho que él se encargaría de todo, pues tampoco sería válido que él se desposara por segunda vez… Había pedido a Candy que confiara en él, que confiara que él arreglaría el menudo lío que había dejado su padre… Por fin días después Candy estaba totalmente recuperada y Albert no podía aplazar más las cosas, había decidido que ésa noche le haría saber a Sir Anderson, que no podía desposar a su hija… Debía hacerlo y compensarla con una gran dote para que ella que ya gozaba de gran fortuna y posición acaudalada, pudiera conseguir un mejor marido, mejor aún que él, se decía… Estaba reflexionando en ello, cuándo se oyeron resonar las puertas del castillo pues había alguien que desesperadamente pedía entrar.
-¡Abrid las puertas en nombre del Rey!- Se escuchó resonar por todo el lugar y pronto todos los habitantes del castillo se encontraban reunidos en el recibidor principal, junto con la guardia real…
-Solicito que Sir Andrew, hijo de Andrew, sea llevado bajo custodia por presumirse culpable de haber cometido traición al Rey de Inglaterra, al haberse unido en matrimonio con una doncella, que no es de sangre real y sin consentimiento del Rey -anunció el portavoz real.
Lady Anderson de inmediato había saltado y defendido a Sir Andrew, pues no era cierto, él estaba prometido a casarse con ella. Así habían estado debatiendo el estado de Sir Andrew, pues él había accedido en buena forma acompañarlos y poder pedir audiencia ante el Rey para exponerle el caso…-Os acompañaré, pues mi Rey me llama, y eso es lo que más importa -había respondido Sir Andrew y se disponía a irse con la guardia real, cuándo Sir Neal apareció a las puertas del castillo, gritando:
-¿Acaso Sir Anderson todavía no sabe la verdad? Qué os habéis casado con una huérfana sin dote ni abolengo y que habéis quebrantado los deseos de vuestro padre, en su lecho de muerte! -Su primo sonrió al ver su expresión e informó, con tono satisfecho: - Sí. He sido yo el que he expuesto vuestros crímenes en contra de nuestro Rey.
La guardia real en ése momento lo apresó, para la desesperación de Candy no podía hacer nada. Lady Anderson se le abalanzó y le soltó una tremenda cachetada que había hecho que Albert se liberara de sus cautivos y corriera a levantar a Candy.
-¡Fuera de mi castillo! -bramó, presa de la furia- ¿Cómo os atrevéis? Os lo digo de buena gana: dejad mis propiedades o conocerán mi ira.- Amenazó con toda su fuerza y su voz portentosa, mientras que los caballeros del Rey no sabían si acercarse para controlarlo u obedecerle; pues ellos mejor que nadie conocían sus grandes destrezas en las artes bélicas.
- ¡Sir Andrew! ¡No descansaré hasta que el honor de nuestra familia sea saldado, y el honor de mi hija restaurado! -prometió el padre de lady Anderson con vivo enfado-. De igual forma yo presentaré mis cargos por alta traición al Rey, pues vosotros sabéis que os encontrabais prometido, vuestro padre lo asentó en su testamento y dio su palabra en vuestro nombre, el Rey ya había concedido su permiso.
- No quisiera insultarle, ni quisiera contradecirle -replicó Albert, un poco más tranquilo-; pero soy un caballero de Dios y del Rey y él me juzgará, pues mi corazón sólo le pertenece a alguien. A mi esposa...¡Si! -exclamó al ver surgir las expresiones de sorpresa en todos-. Cómo lo habéis escuchado: Lady White es ahora mi esposa y si he de ser juzgado por eso, pagaré por mis crímenes
El grito de Candy cimbró el ambiente y, en un acto desesperado, se postró ante su esposo suplicándole que la desconociera como esposa. Pues prefería que viviera por sobre todas las cosas.-
Los caballeros de la guardia real, no sabían exactamente qué hacer, así que uno de ellos se aproximó hasta Albert y calmadamente le dijo:
-Sir Andrew, es mejor que nos acompañe. Pida audiencia al Rey y que Dios los ampare, que sea nuestro Dios el que ilumine a nuestro Rey para decidir vuestro futuro - Albert con la cabeza en alto, tomó su espada y su capa y sin poner resistencia acompañó a los caballeros del Rey, pues él era un hombre honorable y no fallaría a su llamado.
