Los personajes son propiedad de Suzanne Collins y la historia no me pertenece es una adaptacion

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-¡Ayuda!- grité con todas mis fuerzas y entonces una bala salió de la nada matando a un negro que estaba por devorarme.

Miré a todos lados pero no había nadie. Después otra y otra bala fueron cayendo sobre las criaturas, me quedé inmóvil y la puerta se abrió.

-Ven acá.- escuché la voz de una mujer y sin pensármelo entré.

Me tomó de la mano, su piel estaba arrugada y sentía los huesos de sus nudillos y dedos delgados. No veía nada, absolutamente nada.

-Aquí hay una escalera, tómate del barandal.- dijo y sentí el metal frío.

Subimos hasta llegar a una bodega de ropa y salimos a una tienda departamental.

-¿Estás mordida?- preguntó cuando entramos a una parte con luz.

-No.- respondí con la voz temblorosa aún por el miedo. Y entonces la vi, de piel blanca, cabello grisáceo, ojos azules que no aparentaba más de sesenta, el ángel que me había salvado la vida.- Me llamo Katniss Everdeen.- dije y ella sonrió.

-Llámame Mags.- respondió y en un impulso la abracé con fuerza.

-Gracias, gracias, gracias…- repetí constantemente y sentí que con suavidad ella me empujó para separarme.

-No tienes que darlas, pequeña. Pero, ¿qué hacías sola a estas horas allá afuera?

-Fui a la farmacia por medicamento para una persona.- dije, recordando a Finnick.- Tengo que volver allá.- ella negó con la cabeza y, jalándome de un hombro, me llevó a la salida de esa tienda que se hallaba dentro de un centro comercial.

-Tendrás que pasar aquí la noche, es muy peligroso que vuelvas tú sola.- me mordí el labio. Tenía razón pero no podía abandonar a Finnick, ¿y si le había pasado algo? ¿Cómo iba a saberlo? ¿Cómo le avisaría a Marvel dónde estaba?

-Demonios.- maldije.

Fuimos hacia el área de comidas y ahí había tres personas más. Una señora de complexión esbelta, cabello ondulado y oscuro, piel aperlada y ojos grandes, a su lado un niño moreno de ojos grises que no pasaba de los cuatro años y un hombre mayor, con cabello blanco, arrugas en su rostro y cuello, de ojos grises quien sonrió alegre al vernos llegar.

-¡Amor mío!- exclamó acercándose a Mags y la besó con cariño.- Estaba tan preocupado por ti. La señora sonrió y abrazó con fuerza a aquél hombre, quien, por la alianza en sus manos, supe era su esposo.

-Cariño ella es Katniss, la pobresita quedó atrapada en el callejón y casi no lo logra.

-Es una pena, pero me alegra que estés bien.

-Por suerte su mujer me encontró.- respondí sonriendo.

-Ven, te presentaré a Hazelle y su pequeño Rory.

La mujer sonrió al verme pero no dijo nada.

Amablemente Mags me preparó un café y me dio un pan de dulce argumentando que el azúcar haría que se me pasara el susto. Charlamos un poco y les conté que estaba en el hotel y allá había dejado a mi mejor amigo al cuidado de Annie y Magde . Les pregunté si sabían algo del ejército pero, al igual que nosotros, no tenían idea de si regresarían más aviones. Ellos llevaban más de una semana ahí encerrados.

-Cuando estaba en el callejón alguien disparó desde arriba.- dije, recordando la situación.

-Debió ser Peeta- respondió Hazelle, quien anteriormente me había contado una triste pero linda historia en la que su esposo se sacrificó para que ella y su pequeño estuvieran a salvo.

-Sí, él y Gale han sido de mucha ayuda, aunque llegaron hace un par de días.- añadió Woof, esposo de Mags, dándole un sorbo a su taza.- En un rato más los conocerás.

Asentí simplemente y disfruté de aquellas personas quienes, un poco desconfiadas, no fueron groseras, al contrario, parecían alegres de haberme hallado.

-Es difícil en estos días ver humanos.- dijo Mags.- Si los hay deben estar muy escondidos.

-Me encantaría poder buscarlos, reunir a toda la gente que fuera posible y escapar.- dije y el par de ancianos sólo sonrió, como quien le sonríe a un joven iluso que habla de sus planes para cambiar al mundo.

De pronto se escuchó mucho escándalo, risas y pisadas fuertes y llegaron dos hombres. Uno de cabello negro, piel morena, muy alto y fornido y el segundo…

-¿Everdeen? ¿Qué haces aquí?- espetó, mas que con gusto con cierta desaprobación, el hombre de cabello rubio y ojos azules a quien yo tontamente le había permitido que me metiera mano, literalmente.

-También me da gusto verte, Peeta.- respondí con ironía. El grupo de personas se quedaron en silencio mirándonos y solté un suspiro.- Él me ha ayudado cuando recién comenzó el apocalipsis.- dije, no queriendo dar detalles.

-Y por mí es que aún vive tu trasero.- dijo él de manera grosera y dejó su arma sobre una mesa.

Mags se levantó y les sirvió café a cada uno. Nadie decía nada, incluso no preguntaron por qué me trataba así, al menos eran prudentes al no entrometerse.

Después de un largo rato en el que Gale, quien era el que no cerraba el pico, nos contó fascinantes historias sobre los zombies que había matado y la manera en que lo hizo, se apoderó de mí el sueño y me sentí terriblemente cansada. Después de todo, había corrido mucho y cargar con tanto miedo no era cosa fácil.

Peeta no me quitó la mirada de encima en todo el rato y me pregunté qué estaría pensando, si de verdad le molestaba que yo estuviera ahí. Quise explicarle todo, que Marvel me esperaba al lado de otras personas que, a diferencia de él, habían sido más amables al salvarme, pero no consideraba prudente hablar frente a los demás porque una parte de mí sabía que terminaría reclamándole lo sucedido en el hospital… mientras otra estaba muriéndose por besarlo.

Mags me llevó a una tienda de muebles, me dijo que el lugar era mío y podía disponer de lo que quisiera, me mostró un gimnasio en la planta alta y dijo que ahí había regaderas que podía usar. Aparentemente todo estaba asegurado, cada puerta sellada y las criaturas come cerebros no podían entrar.

Me senté sobre una cama king size de colchón ortopédico y por primera vez en todo ese tiempo extrañé mi recámara y recordé mis cosas.

Me recosté en ella y cerré los ojos, terribles imágenes de mandíbulas destrozadas, ojos cristalinos y piel podrida cruzaron por mi mente y los abrí de inmediato con el corazón sobresaltado.

Mierda, esas cosas afectaban aún sin estar presentes.

Decidí darme un baño, pero antes fui a la tienda departamental donde tomé una pijama de franela, toallas limpias, shampoo y cosas que necesitaría.

La idea de robar no me atraía pero ya nadie reclamaría eso y, dadas las circunstancias, dudaba que fuera castigado como crimen.

Pensé en Prim y en todas las cosas que habría hecho en esa situación.

-Idiota.- le dije, casi sintiendo como si estuviera conmigo.

Subí al gimnasio y se me antojó poder subirme a una caminadora y hacer algo de ejercicio pero las piernas ya me dolían lo suficiente y no quería quedarme inmóvil para el día siguiente.

Abrí una de las puertas de la parte trasera y contemplé, gloriosamente, el área de las regaderas, baños y lockers.


3/5.