Capítulo 9: Me ofrecen una misión.
Ahora toda la sala contenía sus nervios. Hace tan solo unos minutos la cabaña de Apolo/Febo, junto al dios, fueron inmediatamente hacía un cuarto a curar a los nuevos visitantes.
El dios junto a su cabaña salió del cuarto, ellos estaban con calma y serenidad, y con una aura de alivio en su alrededor. —Están estables, la chica estaba un poco mejor que el chico a pesar de que ella estaba inconsciente. —Respondió sentándose en su trono, sus hijos se desplomaron a su alrededor. —Tal vez despierten dentro de unas horas... —Se escuchó un grito de sorpresa. —o Ahora, de las dos formas esta bien... —Se iba a volver a levantar de su trono, pero un arco lo detuvo.
—Descansa, Apolo. —Pidió su hermana, mientras caminaba hacía el cuarto en su forma de adolescente. El dios del sol asintió sorprendido al igual que sus hijos.
En el cuarto:
— ¡Theo! —Gritó asustada la morena, se encontraba sudando, sus ojos verdes derramaban pequeñas lágrimas.
—Pequeña, sh. Tranquila. —Se acercó a ella, Artemisa, siendo acompañada por sus tenientes.
— ¿Artemisa? ¿Dónde esta Annabeth? —La chica sostuvo la vestimenta de la diosa. — ¿Esta bi... —Fue interrumpida por un quejido de la cama de al lado. — ¡Theo! —Chilló ahora, se levantó de la cama y se acercó al chico, quien se levantaba con una mueca en el rostro.
— ¿Penny? —Dio un quejido, y entreabrió los ojos, sus ojos centellaron, y abrazó a la chica. — Estamos fuera, a salvo... —Susurraba en el oído de la morena.
La diosa carraspeo incomoda, su teniente actual miraba la escena con repugnancia, y la segunda con un destelló pícaro en su mirar.
—Sera mejor que salgan, se tienen que presentar. —Les guió Thalia, con una sonrisa. Los chicos le siguieron con desconfianza.
Llegaron a la sala, y vieron a todos los dioses, sus ojos empezaron a irradiar rabia, un aura azul rodeó al chico, y una verde a la chica. —Ahora si se dignan a hablar con nosotros... —Comenzó la chica. El chico respiró onda mente, y una nota calló en sus manos, la leyó de reojo, y se acercó a la morena:
—No estamos en nuestro mundo, Penny. —Trató de calmar la furia de la chica. —... Respira, y saca el agua mala de tu río puro... —Empezó a susurrar el chico. Los dioses miraban con curiosidad al par de chicos. — ¿Mejor?
—Sí. —Miró a los dioses de la sala, e inclinó un poco la cabeza. — dioses, soy Penélope Jackson. —Dijo mientras asentía un poco. — Líder del campamento Mestizo, también líder del campamento Júpiter. Ah, soy hija de Poseidón. —Se terminó de presentar. — Soy la contraparte de... —Leyó la nota que estaba en manos del pelinegro. —Perseo Jackson. —Asintió.
El hijo de Poseidón miró a la chica con sorpresa.
—Ahora yo. —Levantó la mano aún con el ceño fruncido, el chico. — Soy Thadeuss* Grace, hijo de Zeus el rey supremo de los dioses, bla, bla, bla. Segundo al mando en el campamento Mestizo. Soy contraparte de Thalia Grace. —Señaló a la teniente.
—... Son como ver la parte femenina que siempre saca Percy, y el lado masculino que saca Thalia. —Soltó Leo con una sonrisa pícara.
— ¿En su mundo soy hombre? —Pregunto con curiosidad, Annabeth.
—Emhn, nop. —Negó confundida la hija de Poseidón. —Eres la teniente de Artemisa, una doncella inmortal, y de medio tiempo arquitecta del Olimpo.
—Valla, en ese mundo soy una cazadora. —Dijo la rubia con los ojos en plato. — Espera... Si yo no soy la pareja de Percy en el otro mundo, ¿Quién es tu pareja, Penny?
—Yo/Este idiota. —Dijeron al unísono los pelinegros. Ahora todos miraban sorprendido al par de chicos.
—Espera, se estaban quejando de los dioses... ¿Están en la guerra contra Gea? —Preguntó Percy mirando a los chicos.
—Ahora mismo, no sabemos lo que está sucediendo afuera del... —La chica trago en seco, y sus ojos se humedecieron. — Tártaro. —El hijo de Zeus se acercó a ella y la trató de calmar. La hija de Atenea se levantó, junto al hijo de Poseidón y se acercaron a la pareja, y lo abrazaron.
Todos se mantenían en sus lugares bajando un poco la cabeza. Un hijo de Apolo se levantó de su lugar, y se sentó al lado del hijo de Hades y le rodeó con el brazo, el italiano escondió su cara en el pecho del rubio.
—Mejor sigamos, yo leeré ahora. —Pidió Hades levantando su mano, el libro apareció en su regazó. Los chicos se sentaron juntos tratando de calmar a las chicas. —"Me ofrecen una misión"
— ¿Están leyendo mi vida? —Se quejó la morena.
—Oh, no te acostumbras. —Comentó su contraparte.
—Qué raro... Pensé que era inmune a todo ahora. —Resopló mientras rodaba los ojos.
—No lo haz conocido todo. —Dijeron a la vez su pareja riendo un poco.
— ¡Silencio! —Se quejó el rey del inframundo.
A la mañana siguiente, Quirón me trasladó a la cabaña 3.
No tenía que compartirla con nadie. Gozaba de espacio de sobra para todas mis cosas: el cuerno de Minotauro, un juego de ropa limpia y una bolsa de aseo. Podía sentarme a mi propia mesa, escoger mis actividades, gritar «luces fuera» cuando me apeteciera y no escuchar a nadie más.
—Genial... —Se escuchó un suspiro de anhelo por toda la sala. Todos los hijos de los 3 grandes negaron con la cabeza.
—Es totalmente deprimido. —Dijo Percy.
—Desearía poder tener compañía. —Dijo Nico.
—Alguien con quien hablar en las madrugadas sin sueño. —Dijo Jason.
—Poder hablar y jugar, o tan solo hablar de algo interesante. —Dijo Theo.
—A veces le tengo envidia a los hijos de Atenea, o a los de Hermes. —Suspiró Penny.
Ahora todos tenían una mueca y las cabañas abrazaban a sus hermanos.
Pero me sentía totalmente deprimido.
—Exacto.
Justo cuando empezaba a sentirme aceptado, a sentir que tenía un hogar en la cabaña 11 y que podía ser un niño normal —o tan normal como se pueda cuando eres mestizo—, me separaban como si tuviera una enfermedad rara.
—Algo así... —Susurraron a la vez los morenos hijos de Poseidón.
Nadie mencionaba el perro del infierno, pero tenía la impresión de que todos lo comentaban a mis espaldas.
—Lo sentimos... —Se disculpó la cabaña de Afrodita y la de Hermes.
El ataque había asustado a todo el mundo. Enviaba dos mensajes: uno, que era hijo del dios del mar; y dos, los monstruos no iban a detenerse ante nada para matarme. Incluso podían invadir el campamento que siempre se había considerado seguro.
Percy y Penny hicieron una mueca de disgusto, mientras que Thalia y Theo gruñeron algo parecido a: "Nadie me puede atravesar perras..."
Los demás campistas se apartaban de mí todo lo posible. Después de lo que les había hecho a los de Ares en el bosque, la cabaña 11 se ponía nerviosa conmigo, así que mis lecciones con Luke ahora eran particulares. Me presionaba más que nunca, y no temía magullarme en el proceso.
—Vas a necesitar todo el entrenamiento posible —me dijo, mientras practicábamos con espadas y antorchas ardiendo—. Vamos a probar otra vez ese golpe para descabezar la víbora. Repítelo cincuenta veces.
—Eso es mucho para un principiante... —Silbó sorprendido Ares.
—Cierto, ¿Por qué lo hacías tan rudo, Luke? —Preguntó con el ceño fruncido Bekendorf.
—Sabía que un día lucharía contra él. —Confesó Luke—. Lo quería hacer el mejor espadachín...
—Y ahora lo es. —Dijo Annabeth con una sonrisa, haciendo sonrojar a Percy.
—En nuestro mundo es Penny. —Dijo Theo.
—Sí, tú eres igual de bueno, pero no te gusta mostrarlo. —Bufó sonrojada Penny.
Annabeth seguía enseñándome griego por las mañanas, pero parecía distraída. Cada vez que yo decía algo, me reñía, como si acabara de darle una bofetada.
—Lo siento. —Murmuró entre dientes la hija de Atenea.
—Disculpa aceptada, listilla. —Sonrió con picardía.
Después de las lecciones se marchaba murmurando para sí: «Misión... ¿Poseidón...? Menuda desgracia... Tengo que planear algo...»
—Como siempre... —Dijeron al unísono todos los campistas, haciendo sonrojar a la rubia.
—Eso es bueno, gracias a ella no están muertos. —La defendió con una sonrisa cariñosa, Sally.
—Cierto. —Afirmó Clarisse.
Incluso Clarisse mantenía las distancias, aunque sus miradas cargadas de veneno dejaban claro que quería matarme por haberle roto la lanza mágica. Deseé que me gritara, me diera un puñetazo o algo así. Prefería meterme en peleas todos los días a que me ignoraran.
—Lo hubieras pedido, Prissy. Lo hubiera hecho con mucho gusto. —Afirmó Clarisse con una sonrisa malvada.
—Clarisse, cariño. Apaga tu mirada. —La calmó Chris con una mano en su frente y una sonrisa divertida.
Sabía que alguien en el campamento me tenía manía, porque una noche entré en mi cabaña y encontré un periódico que habían dejado en la puerta, un ejemplar del New York Daily News, abierto por la página dedicada a la ciudad. Casi me llevó una hora leer el artículo.
—La dislexia no es para tanto... —Murmuró Annabeth.
Porque cuanto más me enfadaba, más flotaban las palabras por la página.
—Ah.
UN CHICO Y SU MADRE SIGUEN DESAPARECIDOS TRAS EXTRAÑO ACCIDENTE DE COCHE. POR EILEEN SMYTHE
—Oh Styx... —Resopló el hijo de Poseidón.
Sally Jackson y su hijo Percy llevan una semana en paradero desconocido tras su misteriosa desaparición. El Cámaro del 78 de la familia fue descubierto el pasado sábado en una carretera al norte de Long Island, calcinado, con el techo arrancado y el eje delantero roto. El coche había dado una vuelta de campana y patinado varios metros antes de explotar.
— ¿Cabum? —Pregunto Leo con los ojos lleno de emoción.
—Cabum... —Respondió con una sonrisa emocionada, Nani.
—Ustedes no van a explotar nada. —Pidieron/Ordenaron Piper y Daap a la vez.
—Ouh.
Madre e hijo estaban de vacaciones en Montauk, pero se marcharon muy pronto en misteriosas circunstancias. En el coche y la escena del accidente fueron hallados pequeños rastros de sangre, pero no había más señales de los desaparecidos Jackson. Los residentes de la zona rural aseguraron no haber visto nada anormal alrededor de la hora del accidente.
—Estábamos en medio de la nada, ¿Qué íbamos a ver? —Bufó con el ceño fruncido Sally, no le gustaba para nada lo que estaba sucediendo.
El marido de la señora Jackson, Gabe Ugliano, asegura que su hijastro Percy Jackson es un niño con problemas que ha sido expulsado de numerosos internados y que en el pasado manifestó tendencias violentas.
— ¿Yo? ¿Violento/Violenta? —Preguntaron a la vez los pelinegros con una sonrisa pícara.
—Se siente raro tener una hermana. —Comentó Teseo.
—No, raro es tener dos Percy y que nada allá explotado. —Comentó ahora Thalia con una risita.
La policía no se pronuncia acerca de si el hijo Percy es sospechoso de la desaparición de su madre, pero no descarta ninguna hipótesis. Las imágenes de abajo son fotos recientes de Sally Jackson y Percy. La policía ruega a todos aquellos que posean información que llamen al siguiente número de teléfono gratuito.
Habían señalado el teléfono con un círculo en rotulador negro.
Tiré el periódico y me dejé caer en mi litera, en medio de la cabaña vacía.
—Luces fuera —dije con tristeza.
—Pobrecitos... —Arrullaron las diosas.
Esa noche tuve mi peor pesadilla.
Los pelinegros hicieron una mueca, y luego suspiraron. La hija de Poseidón se acurrucó en su novio, el cual solo dio una pequeña sonrisa como respuesta. Mientras que el hijo de Poseidón le pidió a la hija de Atenea que le dejará hacer lo mismo, y esta solo le miró sonrojada, y luego acepto hacerlo.
Corría por la playa en medio de una tormenta. Esta vez había una ciudad detrás de mí. No era Nueva York.
— ¿Cómo sabías qué no era Nueva York? —Preguntó Leo.
—Yo nací, viví, me crié en Nueva York, yo SÉ cómo es Nueva York con tan solo verla.
—Y Percy siente los cambió de ciudades gracias al mar. —Respondió rodando los ojos Annabeth.
—También eso. —Le restó importancia.
Estaba dispuesta de manera distinta, los edificios más separados, y a lo lejos se veían palmeras y colinas.
—Aja.
A unos cien metros de la orilla, dos hombres peleaban. Parecían luchadores de la televisión, musculosos, con barba y pelo largo. Ambos vestían túnicas griegas que ondeaban al viento, una rematada en azul, la otra en verde. Se agarraban, forcejeaban, daban patadas y cabezazos, y cada vez que colisionaban, refulgía un relámpago, el cielo se oscurecía y se levantaba viento.
—Están peleando. —No fue una pregunta, si no más una afirmación. Atenea señaló a su padre y tío. —Como siempre.
Yo tenía que detenerlos. No sé por qué, pero cuanto más corría el viento me ofrecía mayor resistencia, hasta que acababa corriendo sin moverme, mis talones hundiéndose en la arena.
Por encima del rugido de la tormenta, oía al de la túnica azul gritarle al otro:
— ¡Devuélvelo! ¡Devuélvelo! —Como dos niños peleando por un juguete.
Algunos dioses rieron, mientras que Hades miraba con burla a sus hermanos, quienes estaban sonrojados.
Las olas crecían, chocaban contra la playa y me impregnaban de sal.
— ¡Deteneos! —gritaba—. ¡Dejad de pelear!
—El chico es más maduro que ustedes. —Bufó Hera.
La tierra se sacudía. En algún lugar de su interior resonaba una carcajada, y una voz tan profunda y malvada que me helaba la sangre entonaba con suavidad:
—Baja, pequeño héroe. ¡Baja aquí!
— ¿Hades? —Llamó Poseidón al dios que leía, el dios le miró con una ceja arqueada. — ¿Por qué quieres que mi hijo baje?
—No es él... —Murmuraron Percy y Penny, haciendo que los dioses que descubrieron quien era, se tensaran.
La arena se separaba bajo mis pies, se abría una brecha hasta el centro de la tierra. Yo resbalaba y la oscuridad me engullía.
Desperté convencido de que estaba cayendo.
—Mal forma de despertar. —Dijo un romano legado de Hipnos.
—Para ustedes hijos y legados de Hipnos/Morfeo despertarse es estar mal. —Rodó los ojos Will. —Eso es malo para la salud.
—Cierto. —Apoyaron al rubio sus hermanos, y padre.
—Will, tu estas obsesionado con la salud —Rodó los ojos ahora Nico, sonrojando al rubio. —, eso es estar mal.
Seguía en la cama de la cabaña número 3. Mi cuerpo me indicó que era por la mañana, pero aún no había amanecido, y los truenos bramaban en las colinas: se fraguaba una tormenta. Eso no lo había soñado.
— ¿Nunca soñaré algo bonito? —Pregunto Penny con una mueca de disgusto.
— ¿Cómo qué? —Preguntó Apolo, mirando de arriba abajo a la semidiosa.
—No lo sé. Algo como un caballo azul que te deja comida azul... —Sus ojos empezaron a brillar.
—O una tormenta de comida azul. —Los ojos de Percy brillaron.
—Sesos de algas, estas babeando. —Dijeron a la vez el hijo de Zeus y la hija de Atenea.
—Ah. —Los hijos de Poseidón se limpiaron la baba, y volvieron a sonreír.
Los dioses reían por lo bajo, mientras que el rey fruncía el ceño confundido, ¿Cómo podría su hijo salir con esa mocosa del mar?
Oí sonido de pezuñas en la puerta, un carnicol que pisaba el umbral.
—Pasa.
Grover entró trotando, con aspecto preocupado.
—El señor D quiere verte.
— ¿Por qué?
—Quiere matar a... Bueno, mejor que te lo cuente él.
— ¿Matar? —Preguntó el dios del mar al sátiro.
—Oh, hmenh... ¿Enchiladas? —Preguntó el sátiro como excusa, mientras sonreía como idiota. Los semidioses empezaron a reír.
Me vestí y lo seguí con nerviosismo, seguro de haberme metido en un lío gordo.
Hacía días que llevaba esperando que me convocaran a la Casa Grande.
Ahora que había sido declarado hijo de Poseidón, uno de los Tres Grandes dioses que habían acordado no tener hijos, supuse que ya era un crimen seguir vivo. Sin duda los demás dioses habrían estado debatiendo la mejor manera de castigarme por existir, y el señor D ya estaba listo para administrar el castigo.
—Espero que no. —Amenazó con la mirada al dios de la locura, el cual se escondió detrás de una de sus revistas.
Por encima del canal Long Island Sound, el cielo parecía una sopa de tinta en ebullición. Una cortina neblinosa de lluvia se aproximaba amenazadoramente. Le pregunté a Grover si necesitaríamos paraguas.
—No —contestó—. Aquí nunca llueve si no queremos.
Señalé la tormenta, — ¿Y eso qué demonios es?
Miró incómodo al cielo.
—Nos rodeará. El mal tiempo siempre lo hace.
— ¿Siempre?—Preguntó Annabeth con una sonrisa.
—El mal tiempo siempre nos rodea...—Afirmó Percy. —Siempre.
Los semidioses asintieron, los dioses miraban con curiosidad a sus hijos, Sally dio una pequeña risa acompañada por el Centauro el Sátiro, y la ninfa.
Reparé en que tenía razón.
En la semana que llevaba allí jamás había estado nublado. Las pocas lluvias que habían caído lo hacían alrededor del valle. Pero aquella tormenta era de las gordas.
En el campo de voleibol los chavales de la cabaña de Apolo jugaban un partido matutino contra los sátiros. Los gemelos de Dionisos paseaban por los campos de fresas, provocando el crecimiento de las matas. Todos parecían seguir con sus ocupaciones habituales, pero tenían aspecto tenso. No dejaban de mirar la tormenta.
—Estaba muy cerca. —Respondió Will.
Grover y yo subimos al porche de la Casa Grande. Dionisos estaba sentado a la mesa de pinacle con su camisa atigrada y su Coca—Cola light, como en mi primer día; Quirón, en el lado opuesto de la mesa en su silla de ruedas falsa. Jugaban contra contrincantes invisibles: había dos manos de cartas flotando en el aire.
— ¿Anne eres tú? —Peguntó Thalia.
—Sí. —Sonrió la rubia.
—Bueno, bueno —dijo el señor D sin levantar la cabeza—. Nuestra pequeña celebridad.
Esperé.
—Acércate —ordenó el señor D—. Y no esperes que me arrodille ante ti, mortal, sólo por ser el hijo del viejo Barba—percebe.
Atenea empezó a reír, mientras señalaba con burla al dios del mar, quien escondía su sonrojó avergonzado.
Un relámpago destelló entre las nubes y el trueno sacudió las ventanas de la casa.
—Bla, bla, bla —contestó Dionisos.
— ¿Bla, Bla, Bla? —Preguntó con seriedad Leo.
—Bla. —Respondieron con seriedad los idiotas de la sala, más una hija de Apolo.
Quirón fingió interés en su mano de cartas.
—Observas mucho tu alrededor, siente a los monstruos, tienes buenos sentidos, buenos reflejos... ¿Estás seguro de que no quieres ser una chica? —Preguntó Artemisa con un brillo emocionado en sus ojos.
—No quiero, gracias. —Se negó avergonzado Percy. La diosa miró a la contraparte femenina de Percy.
— ¿Y tú? ¿Quieres un arco e ir de aventuras? —Preguntó con una sonrisa la diosa—. ¿Ser virgen y casta toda la eternidad? ¿E inmortal?
La semidiosa hija de Poseidón empezó a reír con toda sus ganas, mientras que el hijo de Zeus se sonrojó y miró a otro lado. La diosa la miró confundida. — ¿Yo Casta y Pura? —Volvió a reír, limpió unas pequeñas lágrimas—. Afrodita está orgullosa de mí. —Comento sonriendo. La diosa de la luna se sonrojó al entender, y fulminó con la mirada a una contenta diosa del amor.
—Espera... ¿No eres virgen? —Preguntó con el ceño fruncido Poseidón.
—Ay no, esta conversación otra vez no. —Bufó la morena. — No responderé, así que sigamos con la lectura. —Pidió con un leve sonrojó la hija del mar.
Grover se parapetó tras la balaustrada. Oía sus pezuñas inquietas.
—Side mí dependiera —prosiguió Dionisos—, haría que tus moléculas se desintegraran en llamas. Luego barreríamos las cenizas y nos evitaríamos un montón de problemas. Pero a Quirón le parece que eso contradice mi misión en este campamento del demonio: mantener a unos enanos mocosos a salvo de cualquier daño.
—Y lo haces tan bien... —Ironizó el hijo del dios del mar, alargando la "A" del tan.
—La combustión espontánea es una forma de daño, señor D —observó Quirón.
—Tonterías. El chico no sentiría nada. De todos modos, he accedido a contenerme. Estoy pensando en convertirte en delfín y devolverte a tu padre.
—Señor D... —le advirtió Quirón.
—Dionisos. —Le advirtió ahora Poseidón. El dios tragó en seco.
—Bueno, vale —cedió Dionisos—. Sólo hay otra opción. Pero es mortalmente insensata. —Se puso en pie, y las cartas de los jugadores invisibles cayeron sobre la mesa—. Me voy al Olimpo para una reunión de urgencia. Si el chico sigue aquí cuando vuelva, lo convertiré en delfín. ¿Entendido? Y Perseus Jackson, si tienes algo de cerebro, verás que es una opción más sensata que la que defiende Quirón.
Dionisos tomó una carta y con un gesto la convirtió en un rectángulo de plástico. ¿Una tarjeta de crédito? No. Un pase de seguridad. Chasqueó los dedos.
El aire pareció envolverlo. Se convirtió en un holograma, después una brisa, después había desaparecido y dejó sólo un leve aroma a uvas recién pisadas.
El dios dio un pequeño suspiro.
Quirón me sonrió, pero parecía cansado y en tensión.
—Siéntate, Percy, por favor. Y tú también, Grover.
Obedecimos.
Quirón dejó las cartas sobre la mesa, una mano ganadora que no había llegado a utilizar.
—Dime, Percy, ¿qué pasó con el perro del infierno?
Me estremecí de sólo escuchar el nombre. Quirón quizá quería que dijera:
«Bah, no fue nada. Desayuno perros del infierno.»
Los semidioses rieron.
Pero no me apetecía mentir.
El dios de los ladrones frunció el ceño.
—Me dio miedo —admití—. Si usted no le hubiera disparado, yo estaría muerto.
—Tan positivo como siempre. —Sonrió con burla Leo.
—Vas a encontrarte cosas peores, Percy, mucho peores, antes de que termines.
—Termine... ¿qué?
—Tu misión, por supuesto. ¿La aceptarás?
—Pero si no le has dicho nada. —Bufó Sally con los brazos cruzados.
Miré a Grover y vi que tenía los dedos cruzados.
—Yo... —titubeé—. Señor, aún no me ha dicho en qué consiste.
Quirón hizo una mueca.
—Bueno, ésa es la parte difícil, los detalles.
—Cierto... —Murmuraron los dioses con diversión.
El trueno retumbó en el valle. Las nubes de tormenta habían alcanzado la orilla de la playa. Por lo que podía ver, el cielo y el mar bullían.
—Poseidón y Zeus están luchando por algo valioso... —dije—. Algo que han robado, ¿no es así?
Quirón y Grover intercambiaron sendas miradas. El primero se inclinó hacia delante e inquirió:
— ¿Cómo sabes eso?
Me sonrojé. Ojalá no hubiera abierto mi bocaza.
—Siempre la abres en momento equivocados, sesos de algas. —Se lamentó Annabeth.
—Hey, que en eso momentos siempre los hago reír. —Dijo Percy con el ceño fruncido. Los semidioses que han visto a Percy abrir su bocaza en momento equivocados asintieron con una sonrisa.
—El tiempo ha estado muy raro desde Navidad, como si el mar y el cielo libraran un combate. Después hablé con Annabeth, y ella había oído algo de un robo. Y... también he tenido unos sueños.
— ¡Lo sabía! —exclamó Grover.
—Cállate, sátiro —ordenó Quirón.
—Quirón, me estás empezando a caer mal. —Admitió Sally con ceño fruncido.
— ¡Pero es su misión! —Los ojos de Grover brillaron de emoción—. ¡Tiene que serlo!
—Sólo el Oráculo puede determinarlo. —Quirón se mesó su hirsuta barba—. Aun así, Percy, tienes razón. Tu padre y Zeus están teniendo la peor pelea de los últimos años. Luchan por algo valioso que ha sido robado. Para ser precisos: un rayo.
Solté una carcajada nerviosa.
—Semidiós, tómatelo en serio. —Bufó el rey de los dioses.
— ¿Un qué? —pregunté.
—No te lo tomes a la ligera —dijo Quirón—. No estoy hablando del zigzag envuelto en papel de plata que se utiliza en las representaciones teatrales de segundo curso. Estoy hablando de un cilindro de medio metro de purísimo bronce celestial, cargado en ambos extremos con explosivos divinos.
El rayo empezó a dar pequeñas descargas, como sí le emocionará su descripción.
—Ah.
—El rayo maestro de Zeus —prosiguió Quirón, nervioso—. El símbolo de su poder, de donde salen todos los demás rayos. La primera arma construida por los cíclopes en la guerra contra los titanes, el rayo que desvió la cumbre del monte Etna y despojó a Cronos de su trono; el rayo maestro, que contiene suficiente poder para que la bomba de hidrógeno de los mortales parezca un mero petardo.
— ¿Y no está?
—Ha sido robado —dijo Quirón.
— ¿Quién?
—Mejor dicho, por quién —me corrigió Quirón, maestro siempre—. Por ti.
— ¿¡Que!? —Rugió el rey de los dioses. — ¿Cómo osas robar MÍ rayo? —Le señalo con su dedo, mientras sus ojos se llenaban de locura.
—Hermano, no tiene de saber una semana que es un Semidiós, ¿Cómo podrá robar tu rayo? —Preguntó con una mirada filosa, y su aura de poder rodeándolo, Poseidón. Su hermano tragó en seco y se sentó mientras murmuraba algo sobre "Estúpido Poseidón".
Me quedé atónito.
—Al menos eso cree Zeus —apostilló Quirón—. Durante el solsticio de invierno, durante el último consejo de los dioses, Zeus y Poseidón tuvieron una pelea. Las tonterías de siempre, que si Rea te quería más a ti, que si las catástrofes del cielo eran más espectaculares que las del mar, etcétera. Cuando terminó, Zeus reparó en que el rayo maestro había desaparecido, se lo habían quitado de la sala del trono bajo sus mismas narices. Inmediatamente culpó a Poseidón. Ahora bien, un dios no puede usurpar el símbolo de poder de otro directamente; eso está prohibido por las más antiguas leyes divinas. Pero Zeus cree que tu padre convenció a un héroe humano para que se lo arrebatara.
—Pero yo no...
—Ten paciencia y escucha, niño. Zeus tiene buenos motivos para sospechar. Verás, las forjas de los cíclopes están bajo el océano, lo que otorga a Poseidón cierta influencia sobre los fabricantes del rayo de su hermano. Zeus cree que Poseidón ha robado el rayo maestro y ahora ha encargado a los cíclopes que construyan un arsenal de copias ilegales, que podrían ser utilizadas para derrocar a Zeus. Lo único que Zeus no sabía seguro es qué héroe habría usado Poseidón para cometer el divino robo. Ahora Poseidón acaba de reconocerte abiertamente como su hijo. Tú estuviste en Nueva York durante las vacaciones de invierno y podrías haberte colado fácilmente en el Olimpo. Por tanto, Zeus cree que ha encontrado a su ladrón.
—Es una buena razón. —Fulminó con la mirada a su hermano, pero solo recibió la mirada más fría que el ártico de parte de su hermano mayor.
— ¡Pero yo nunca he estado en el Olimpo! ¡Zeus está loco!
—Algo así, hijo. —Sonrió con burla, Poseidón.
Quirón y Grover observaron el cielo, nerviosos. Las nubes no parecían evitarnos, como había prometido Grover; antes bien, se dirigían directamente hacia nuestro valle, y nos estaban cubriendo como la tapa de un ataúd.
—Pensé que el único que comparaba las nubes con tapas de Ataúd eras tú, niño zombie. —Se burló con una sonrisa, Will de Nico.
—Solace, ¿No entiendes un cállate cuando te lo dicen? —Gruñó por lo bajo Nico con un leve sonrojó.
—Esto, Percy... —dijo Grover—. No solemos usar ese calificativo para describir al Señor de los Cielos.
—Quizá paranoico... —matizó Quirón—. Además, Poseidón ha intentado destronar a Zeus con anterioridad. Creo que era la pregunta treinta y ocho de tu examen final... —Me miró como si realmente esperara que me acordara de la pregunta treinta y ocho.
—Si lo hacía, aun lo hago. —Respondió Penny.
—Yo igual. —Respondió ahora Percy.
¿Cómo podía alguien acusarme de robar el arma de un dios? Ni siquiera era capaz de robar un trozo de pizza de la partida de póquer de Gabe sin que me pillaran.
—Estoy tan decepcionado. —Se lamentó Hermes.
Quirón esperaba una respuesta.
— ¿Algo sobre una red dorada? —recordé—. Poseidón, Hera y otros dioses... Creo que atraparon a Zeus y no lo dejaron salir hasta que prometió ser mejor gobernante, ¿no?
—Exacto. —Asintieron los dos morenos.
—Correcto. Y Zeus no ha vuelto a confiar en Poseidón desde entonces. Por supuesto, Poseidón niega haber robado el rayo maestro. Se ofendió muchísimo ante tal acusación. Ambos llevan meses discutiendo, amenazando con la guerra. Y ahora llegas tú, la proverbial última gota.
— ¡Pero si sólo soy un niño!
—Percy —intervino Grover—. Si fueras Zeus y pensaras que tu hermano te la está jugando, y de repente éste admitiera que ha roto el sagrado juramento que hizo tras la Segunda Guerra Mundial, que ha engendrado un nuevo héroe mortal que podría ser utilizado contra ti... ¿no estarías mosqueado?
—Pero yo no hice nada. Poseidón, mi padre, no ha mandado robar el rayo, ¿verdad?
—Exacto, robar no es lo mío. —Resopló Poseidón.
—Es lo mío. —Respondió Hermes con una sonrisa. Atenea repasó la mirada a los muertos, y se fijó en cierto hijo de Hermes incómodo y tenso por lo que padre ha dicho.
Quirón suspiró.
—Cualquier observador inteligente coincidiría en que el robo no es el estilo de Poseidón.
— ¿Atenea? —Apolo miró divertido a su hermano.
—El robo no es estilo de barba percebe. —Respondió avergonzada la diosa.
—Pero el dios del mar es demasiado orgulloso para intentar convencer a Zeus. Éste ha exigido que le devuelva el rayo hacia el solsticio de verano, que cae el veintiuno de junio, dentro de diez días. Por su parte, Poseidón quiere el mismo día una disculpa por haber sido llamado ladrón. Confío en que la diplomacia se imponga, que Hera, Deméter o Hestia hagan entrar en razón a los dos hermanos. Pero tu llegada, ha inflamado los ánimos de Zeus. Ahora ningún dios va a echarse atrás. A menos que alguien intervenga y que el rayo original sea encontrado y devuelto a Zeus antes del solsticio, habrá guerra. ¿Y sabes cómo sería una guerra abierta, Percy?
— ¿Mala?
Los semidioses rodaron los ojos, mientras que los dioses resoplaron.
—Imagínate el mundo sumido en el caos. La naturaleza en guerra consigo misma. Los Olímpicos obligados a escoger entre Zeus y Poseidón. Destrucción, carnicería, millones de muertos. La civilización occidental convertida en un campo de batalla tan grande que las guerras troyanas parecerá de juguete.
—Mal asunto —dije.
Ahora todos. —tanto mortal, como centauro, sátiro, y ninfa. — se golpearon la frente por la idiotez del chico.
—Y tú, Percy Jackson, serás el primero en sentir la ira de Zeus.
Empezó a llover. Los jugadores de voleibol interrumpieron el partido y miraron al cielo en silencio expectante.
Era yo quien había traído aquella tormenta a la colina Mestiza. Zeus estaba castigando todo el campamento por mi culpa. Sentí rabia.
—Oh. —Canturreó Leo junto a Rachel. —Persassy se enfadó...~
—Así que tengo que encontrar ese estúpido rayo —concluí— y devolvérselo a Zeus.
— ¿Qué mejor ofrecimiento de paz —apostilló Quirón— que sea el propio hijo de Poseidón quien devuelva la propiedad de Zeus?
—Si Poseidón no lo tiene, ¿dónde está ese cacharro?
Hubo unos minutos de silencio, antes de que los hermanos del dueño de dicho "Cacharro" empezaran a reír y a burlarse del rey, quien frunció el ceño avergonzado. Con ese apodo lo molestaran por siglos.
—Creo que lo sé. —La expresión de Quirón era sombría—. Parte de una profecía que escuché hace años... bueno, algunas frases ahora cobran sentido para mí. Pero antes de que pueda decir más, debes aceptar oficialmente la misión. Tienes que pedirle consejo al Oráculo.
— ¿Por qué no puede decirme antes dónde está el rayo?
—Porque, si lo hiciera, tendrías demasiado miedo para aceptar el desafío.
—Touche. —Silbó Percy.
Tragué saliva.
—Buen motivo.
— ¿Aceptas, entonces?
Miré a Grover, que asintió animoso. Qué fácil era para él, ya que Zeus no tenía nada en su contra.
—De acuerdo —contesté—. Mejor eso que me conviertan en delfín.
—Cierto. —Afirmó Teseo.
—Pues ha llegado el momento de que consultes con el Oráculo —concluyó Quirón—. Ve arriba, Percy Jackson, al ático. Cuando bajes, si sigues cuerdo, continuaremos hablando.
—Tan inspirador como siempre, Quirón. —Comentó divertido, Hércules. Todos se sorprendieron al ver una mirada llena de cariño en los ojos azules del dios menor.
Cuatro pisos más arriba, las escaleras terminaban debajo de una trampilla verde. Tiré de la cuerda. La portezuela se abrió, y de ella bajó una escalera traqueteando.
El cálido aire que llegaba de arriba olía a moho, madera podrida y algo más... un olor que recordaba de la clase de biología. Reptiles. Olor a serpientes.
Contuve el aliento y subí.
El ático estaba lleno de trastos viejos de héroes griegos: armaduras cubiertas de telarañas; escudos antaño relucientes y ahora manchados de orín; baúles viejos de cuero con pegatinas en las que se leía: «ÍTACA», «isla de circe» y «PAÍS DE las AMAZONAS».
Reyna se mostró sorprendida, pero luego sonrió con cariño al recordar a Hylla.
Había una mesa larga atestada de tarros con cosas encurtidas: garras peludas troceadas, enormes ojos amarillos, distintas partes de Monstruo. En la pared destacaba un trofeo polvoriento; parecía la cabeza gigante de una serpiente, pero tenía cuernos y una fila entera de dientes de tiburón. En la placa ponía: «cabeza n.° 1 de la hidra, Woodstock, N.Y., 1969.»
Junto a la ventana, sentada en un taburete de madera de tres patas, estaba el objeto más asqueroso de todos: una momia. No de las que van envueltas con vendas, sino un cadáver de mujer encogido y arrugado como una pasa. Llevaba un vestido teñido con nudos, muchos collares de cuentas y una diadema por encima de una larga melena negra. La piel del rostro era delgada y coriácea, y los ojos eran rajas de cristal blanco, como si hubieran reemplazado los auténticos por piedras de mármol; llevaba muerta muchísimo tiempo.
Los más pequeños hicieron una mueca de asco, y abrazaron a Rachel, mientras murmuraban: "Te queremos Rachel" "Eres nuestra linda Hippie"
Mirarla me produjo escalofríos. Y eso fue antes de que se retrepara en el taburete y abriera la boca. De dentro de la momia salió una niebla verde que se enroscó en el suelo con gruesos tentáculos, silbando como veinte mil serpientes juntas. Tropecé intentando llegar a la trampilla, pero se cerró de golpe. Una voz se me coló por un oído y se me enroscó en el cerebro: «Soy el espíritu de Delfos, degollador de la gran Pitón. Acércate, buscador, y pregunta.»
Yo quería decir: «No, gracias, me he equivocado de puerta, sólo estaba buscando el baño», pero me forcé a inspirar.
Todos empezaron a reír de los sonrojados hijos de Poseidón.
—Solo a Percy se le puede pasar eso por la cabeza... —Murmuró divertida Annabeth.
La momia no estaba viva. Era algún tipo de receptáculo truculento para otra cosa, el poder que ahora me envolvía en forma de niebla verde. Sin embargo, su presencia no transmitía maldad como mi profesora de matemáticas demoníaca o el Minotauro. Era más bien como las tres Moiras que había visto hilando en aquel puesto de frutas: arcaica, poderosa y sin duda no humana, pero tampoco particularmente interesada en matarme. Reuní valor para preguntar:
— ¿Cuál es mi destino?
—Ser el mejor héroe de la historia... —Dijo Annabeth.
—En tu caso, Penny. La mejor heroína. —Dijo divertido Theo.
—Esto de tener dos Percy es confuso. —Dijo Penny.
—Percy coincide con Penny.
—Penny está feliz de que Percy coincida con ella.
—Cállense los dos. —Pidió la hija de Atenea con el ceño fruncido.
La niebla se espesó y se aglutinó justo frente a mí y alrededor de la mesa con los tarros de trozos de monstruos en vinagre. De repente aparecieron cuatro hombres sentados a la mesa, jugando a las cartas. Sus rostros se volvieron nítidos: eran Gabe el Apestoso y sus colegas.
Algunos semidioses gruñeron por lo bajo.
Apreté los puños, aunque sabía que aquella partida de póquer no podía ser real. Era una ilusión de niebla.
Gabe se volvió hacia mí y habló con la voz áspera del Oráculo:
«Irás al oeste, donde te enfrentarás al dios que se ha rebelado.»
El tipo a su derecha levantó la vista y dijo con la misma voz:
«Encontrarás lo robado y lo devolverás.»
El de la izquierda subió la apuesta con dos fichas y después dijo:
«Serás traicionado por quien se dice tu amigo.»
Por último, Eddie, el portero del edificio, pronunció la peor de todas:
«Al final, no conseguirás salvar lo más importante.»
Rachel suspiró de alivio al notar que el espíritu que la albergaba no hizo sus momentos locos.
— ¿Por qué nunca me dijiste la profecía completa? —Inquirió con el ceño fruncido el centauro.
—Porqué saber que no rescataría lo que más me importa, y que un amigo me traicionaría no estaba bien en mi mente de 12 años, Quirón.
Las figuras empezaron a disolverse. Me quedé alelado contemplando cómo la niebla se retiraba y, enroscándose como una enorme serpiente verde, se deslizaba por la boca de la momia.
— ¡Espera! —grité—. ¿Qué quieres decir? ¿Qué amigo? ¿Qué es lo que no podré salvar?
Los morenos bajaron la mirada, pero miraron de reojo a cierto hijo de Hermes, quien se mantenía en silencio en su lugar.
La cola de la serpiente de niebla desapareció por la boca de la momia, que se reclinó de nuevo contra la pared y cerró la boca con fuerza, como si no la hubiera abierto en cien años. El desván quedó otra vez en silencio, abandonado, nada más que una habitación llena de recuerdos. Me dio la sensación de que podría quedarme allí hasta que tuviera telarañas y aun así no averiguaría nada más. Mi audiencia con el Oráculo había terminado.
— ¿Y bien? —me preguntó Quirón.
Me derrumbé en la silla junto a la mesa de pinacle.
—Me ha dicho que recuperaré lo que ha sido robado.
Grover se adelantó en su silla, mascando nervioso los restos de una lata de Coca—Cola light.
— ¡Eso es genial!
— ¿Qué ha dicho el Oráculo exactamente? —Me presionó Quirón—. Es importante.
—Es realmente importante. —Dijo la nueva Oráculo con un porte serio.
Aún me resonaba en los oídos el tintineo de la voz de reptil.
—Ha... ha dicho que me dirija al oeste para enfrentarme al dios que se ha rebelado. Recuperaré lo robado y lo devolveré intacto.
—Lo sabía —intervino Grover.
Quirón no parecía satisfecho.
— ¿Algo más?
—Dile. —Rogó Rachel, junto a Apolo.
No quería contárselo. ¿Qué amigo me traicionaría? Tampoco tenía tantos. Y la última frase: fracasaría en lo más importante. ¿Qué clase de Oráculo me enviaría a una misión y me diría: «Ah, y por cierto, vas a fracasar»? ¿Cómo podía confesar aquello?
—Solo lo digo. —Comentó con un poco de burla la peliroja.
—No —respondí—. Eso es todo.
Estudió mi rostro.
—Muy bien, Percy. Pero debes saber que las palabras del Oráculo tienen con frecuencia doble sentido. No les des demasiadas vueltas. La verdad no siempre aparece evidente hasta que suceden los acontecimientos.
Tuve la impresión de que sabía que me aguardaba algo malo y que intentaba darme ánimos.
—Vale —dije, ansioso por cambiar de tema—. ¿Y adonde tengo que ir? ¿Quién es ese dios del oeste?
—Yo. —Se señaló a si mismo Hades.
—Piensa, Percy. Si Zeus y Poseidón se debilitan mutuamente en una guerra, ¿quién sale ganando?
—Yo no. —Se señaló a si mismo de nuevo Hades.
—Alguien que quiera hacerse con el poder —supuse.
—Pues sí. Alguien que les guarda rencor, que lleva descontento con lo que le ha tocado desde que el mundo fue dividido hace eones, cuyo reino se volvería poderoso con la muerte de millones. Alguien que detesta a sus hermanos por haberle hecho jurar que no tendría más hijos, un juramento que ahora han roto ambos.
Pensé en mis sueños, la voz malvada que había hablado desde las entrañas de la tierra.
— ¿Hades?
—Él no. —Dijeron al unísono todos sus hijos con el ceño fruncido.
Quirón asintió.
—El Señor de los Muertos es el candidato seguro.
A Grover se le cayó un pedazo de aluminio de la boca.
—Uau. ¿Q—qué?
—Una Furia fue tras Percy —le recordó Quirón—. Lo observó hasta estar segura de su identidad, y luego intentó matarlo. Las Furias sólo obedecen a un señor: Hades.
—Hades odia a los héroes —comentó Grover—. Y si ha descubierto que Percy es hijo de Poseidón...
—Primero, NO, no odio a los héroes. —Fulminó con la mirada a un apenado centauro y a un avergonzado sátiro. — segundo, siempre me han caído bien los hijos de Poseidón, ellos me visitan, y tercero y último, debe haber una buena razón para que mandara a Alecto.
—Un perro del infierno se metió en el bosque —prosiguió Quirón—. Sólo pueden ser invocados desde los Campos de Castigo, y tuvo que hacerlo alguien del campamento. Hades debe de tener un espía aquí. Debe de sospechar que Poseidón intentará usar a Percy para limpiar su nombre. A Hades le interesa ver a este joven muerto antes de que pueda acometer su misión.
—Que no. —Gruñó Hades, tratando de mantener la calma, siguió leyendo:
—Estupendo —murmuré—. Ahora quieren matarme dos de los dioses principales.
—Pero una misión al... —Grover tragó saliva—. Quiero decir, ¿no podría estar el rayo robado en algún lugar como Maine? Maine es muy bonito en esta época del año.
—Maine siempre es bonito. —Dijo Grover con una sonrisa.
—Hades envió a una de sus criaturas para robar el rayo —insistió Quirón—. Lo ha escondido en el inframundo, sabiendo de sobra que Zeus culparía a Poseidón. No pretendo entender las razones del Señor de los Muertos, o por qué ha elegido este momento para desatar una guerra, pero hay algo que es seguro: Percy tiene que ir al inframundo, encontrar el rayo maestro y revelar la verdad.
—Percy siempre tiene que ir al inframundo, ¿Por qué Percy no puede ir a... No sé el bosque encantado de galletas azules? —Preguntó Percy con sus ojos de foca bebe.
—Por qué no existe. —Respondió Annabeth con su mirada calculadora, haciendo reír a todos, menos a Percy y a Penny.
Sentí un extraño fuego en mi estómago. Fue lo más raro del mundo: porque no era miedo, sino ganas. El deseo de venganza. Hades había intentado matarme ya tres veces, con la Furia, el Minotauro y el perro del infierno. La desaparición de mi madre en un destello de luz era culpa suya. Ahora intentaba atribuirnos a mi padre y a mí un robo que no habíamos cometido.
Estaba listo para devolvérsela. Además, si mi madre estaba en el inframundo...
«Vamos, chico —dijo la pequeña parte de mi cerebro que aún conservaba un atisbo de cordura—. Eres un crío. Y Hades un dios.»
—Ja, creo que esa pequeña cordura se fue al caño desde que te tiraste de ese monumento. —Dijo Grover divertido.
—Yo digo que aun la tiene, solo que no la quiere escuchar, y la tiene amenazada con galletas azules. —Dijo divertido Theo, viendo a su novia que se reía de la cara de su contraparte.
Grover estaba temblando. Había empezado a comerse las cartas del pinacle como si fueran chips. El pobre tenía que cumplir una misión conmigo para conseguir su licencia de buscador, fuera eso lo que fuese, pero ¿cómo podía yo pedirle que me acompañara en esta misión, sobre todo cuando el Oráculo me había dicho que estaba destinada a fracasar? Era un suicidio.
—Iré contigo a donde sea hermano. —Admitió Grover.
—Gracias G-Man. —Sonrió Percy.
—Mire, si sabemos que es Hades —le dije a Quirón, ¿por qué no se lo decimos a los otros dioses y punto? Zeus o Poseidón podrían bajar al inframundo y aplastar unas cuantas cabezas.
—Tal vez lo haga. —Amenazó Zeus.
—Sospechar y saber no es lo mismo, padre. —Comentó Atenea.
—Sospechar y saber no son la misma cosa —repuso él—. Además, aunque los demás dioses sospechen de Hades (y supongo que Poseidón no será la excepción), ellos no podrían recuperar el rayo. Los dioses no pueden cruzar los territorios de los demás salvo si son invitados. Ésa es otra antigua regla. Los héroes, en cambio, poseen ciertos privilegios. Pueden ir a donde quieran y desafiar a quien quieran, siempre y cuando sean lo bastante osados y fuertes para hacerlo. Ningún dios puede ser considerado responsable de las acciones de un héroe. ¿Por qué crees que los dioses operan siempre a través de humanos?
—¿Por qué es para lo único que sirven, sera?—Respondió con descaro Hera.
—Yo nunca sospecharía de mi hermano. —Dijo con el ceño fruncido, y con una mueca de ofendido Poseidón. —Zeus es el único paranoico.
—Me está diciendo que estoy siendo utilizado.
—Algo así.
—Estoy diciendo que no es casualidad que Poseidón te haya reclamado ahora. Es una jugada arriesgada, pero el pobre se encuentra en una situación desesperada. Te necesita.
Mi padre me necesita.
Las emociones se arremolinaron en mi interior como pedacitos de cristal en un calidoscopio. No sabía si sentir rencor o agradecimiento, si estar contento o enfadado. Poseidón me había ignorado durante doce años. Y ahora de repente me necesitaba.
—No es así... —Trato de disculparse Poseidón. Sus hijos se levantaron, corrieron, y abrazaron al dios del mar.
—Ahora lo sabemos, papá... —Dijeron al unísono tanto Percy como Penny.
Miré a Quirón.
—Usted sabía que era hijo de Poseidón desde el principio, ¿verdad?
—Tenía mis sospechas. Como he dicho... también yo he hablado con el Oráculo.
Intuí que me estaba ocultando buena parte de su profecía, pero decidí que ahora no podía preocuparme por eso. Después de todo, también yo me estaba guardando información.
—Exacto. —Respondió con diversión el centauro.
—Bueno, a ver si lo he entendido —dije—. Se supone que debo bajar al inframundo para enfrentarme al Señor de los Muertos.
—Exacto —contestó Quirón.
—Y encontrar el arma más poderosa del universo.
—Exacto.
—Y regresar al Olimpo antes del solsticio de verano, en diez días.
—Exacto.
Miré a Grover, que se estaba tragando el as de corazones.
— ¿He mencionado que Maine está muy bonito en esta época del año? — preguntó con un hilo de voz.
—No tienes que venir —le dije—. No puedo exigirte eso.
—Oh... —Arrastró las pezuñas—. No... es sólo que los sátiros y los lugares subterráneos... Bueno... —Inspiró con fuerza y se puso en pie mientras se sacudía pedacitos de cartas y aluminio de la camiseta—. Me has salvado la vida, Percy. Si... si dices en serio que quieres que vaya contigo, no voy a dejarte tirado.
—Son tan buenos amigos. —Arrullaron todas las mujeres en la sala, todas menos las cazadoras del pasado, y la diosa de la casa.
Me sentí tan aliviado que tuve ganas de llorar, aunque no me parecía un gesto demasiado heroico. Grover era el único amigo que me había durado más de unos meses. No estaba seguro de hasta qué punto podría ayudarme un sátiro contra las fuerzas de los muertos, pero me sentí mejor sabiendo que estaría conmigo.
—Pues claro que sí, súper G. —Me volví hacia Quirón—. ¿Y dónde vamos? El Oráculo sólo ha dicho hacia el oeste.
—La entrada al inframundo está siempre en el oeste. Se desplaza de época en época, como el Olimpo. Justo ahora, por supuesto, está en Estados Unidos.
— ¿Dónde?
Quirón pareció sorprendido.
—Pensaba que sería evidente. La entrada al inframundo está en Los Ángeles.
—Oh claro, por supuesto que sabré en donde está el inframundo. —Respondió con ironía Percy.
—Ah —dije—. Naturalmente. Así que nos subimos a un avión...
— ¡No! —Exclamaron todos en la sala.
— ¡No! —Exclamó Grover—. Percy, ¿en qué estás pensando? ¿Has ido en avión alguna vez en tu vida?
Meneé mi cabeza avergonzado. Mamá nunca me había llevado a ningún sitio en avión. Siempre decía que no teníamos suficiente dinero. Además, sus padres habían muerto en un accidente aéreo.
—No es por eso, cariño. —Rió con una atmósfera maternal, Sally.
—Percy, piensa —intervino Quirón—. Eres hijo del dios del mar, cuyo rival más enconado es Zeus, Señor del Cielo. Así pues, tu madre fue suficientemente sensata como para no confiarte a un avión. Estarías en los dominios de Zeus y jamás regresarías a tierra vivo.
Por encima de nuestras cabezas, refulgió un rayo. El trueno retumbó.
—Vale —dije, decidido a no mirar la tormenta—. Bueno, pues viajaré por tierra.
—Bien —prosiguió Quirón—. Puedes ir con dos compañeros. Grover es uno. La otra ya se ha ofrecido voluntaria, si aceptas su ayuda.
—Caramba —fingí sorpresa—. ¿Quién puede ser tan tonta como para ofrecerse voluntaria en una misión como ésta?
—Annabeth. —Dijeron el centauro, ninfa, mortal, y sátiro.
—Anne. —Dijeron los dos campamentos.
—Annie. —Dijeron los pelinegros del otro mundo.
—La rubia. —Dijeron los dioses, menos Atenea.
El aire resplandeció tras Quirón.
Annabeth se volvió visible quitándose la gorra de los Yankees y la guardó en el bolsillo trasero.
—Llevo mucho tiempo esperando una misión, sesos de alga —espetó—. Atenea no es ninguna fan de Poseidón, pero si vas a salvar el mundo, soy la más indicada para evitar que metas la pata.
—Siempre. —Dijeron divertidos los semidioses.
—Anda, si eso es lo que piensas —repliqué—, será porque tienes un plan, ¿no, chica lista?
— ¡Están coqueteando! —Chilló toda la cabaña de afrodita menos Piper, que fruncía el ceño.
Se puso como un tomate.
— ¿Quieres mi ayuda o no?
—Listilla. —Llamó a Annabeth, Percy.
— ¿Sí? —Preguntó con una sonrisa Annabeth.
—Siempre quiero tu ayuda. —Respondió con seriedad pero con una sonrisa, Percy. La rubia se sonrojó completamente.
Vaya si la quería. Necesitaba toda la ayuda que pudiera obtener.
—Un trío —dije—. Podría funcionar.
—Claro que sí. —Ronroneo Afrodita con una sonrisa, todos los semidioses se sonrojaron.
—Excelente —añadió Quirón—. Esta tarde os llevaremos a la terminal de autobús de Manhattan. A partir de ahí estaréis solos.
Refulgió un rayo. La lluvia inundaba los prados que en teoría jamás debían padecer climas violentos.
—No hay tiempo que perder —dijo Quirón—. Deberíais empezar a hacer las maletas.
—Capítulo terminado. —Terminó Hades. Cierta hija de Afrodita salió de la sala, dejando confundido a la Prectora, y al hijo de Júpiter.
— ¿Qué tendrá? —Pregunto Reyna a Jason, quien solo frunció sin responder.
—No lo sé... ¿Cómo ha estado el campamento? —Preguntó el hijo de Júpiter, y así comenzó una conversación sobre el campamento.
Afrodita frunció el ceño un poco, y luego suspiro, su esposo la miró preocupado. — ¿Qué sucede esposa mía?
—Ya se unió el primer hilo, Fes. Pero el segundo, el de mi hija está siendo remplazado, la hija de Bellona, ningún semidiós podrá ocupar su corazón... Pero eso no significa que ella no pueda ganar los corazones de los semidioses... —Murmuró mordiendo su pulgar.
—Tranquilo Afro, ella sabrá que hacer. Es una hija de Afrodita, el amor está en sus venas. —Dijo Hefestos con una sonrisa tranquilizadora. — Yo seré el siguiente en leer. —Pidió el dios de la forja, haciendo aparecer el libro en sus piernas.
— ¿Esperamos a Piper? —Preguntó Drew preocupada, y jugando con un mechón de su cabello.
—Pronto vendrá, cariño. —Respondió Afrodita, igual de preocupada.
Capítulo subido neñas... Juas.
El Jasper esta en riesgo... Oh Oh..
