Twilight pertenece a Stephenie Meyer y The Keepsake a Windchymes, quien me ha dado el permiso de traducir su historia.
Capítulo beteado por FungysCullen13. Muchas Gracias.
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Las intrusiones en paralelo del timbre del teléfono y del golpeteo de la puerta me asustan, y me hago hacia atrás, casi cayendo del sofá. Edward me agarra rápidamente con una mano, silencia su teléfono con la otra y me lleva suavemente a su lado mientras mi corazón martillea y mi mente corre. La del teléfono debió ser Alice. Mis ojos se mueven hacia la puerta y sé que la llamada debe tener algo que ver con la puerta. La adrenalina aumenta a través de mí. Mi cuerpo se tensa.
Y Edward me está mirando, con ojos muy anchos y confundidos.
—¿Qué pasa? —susurra—. Bella, tu corazón... —Y me sorprende que tenga que preguntar.
Mis ojos cambian de cara a la puerta, luego caen al teléfono en su mano.
—Era Ellie, de mi clase de psicología. La conociste en la biblioteca la semana pasada —Edward, que sostiene el teléfono, me muestra en la pantalla que dice que tiene una llamada perdida: Ellie.
—¿No… no es Alice? —Pero siempre es Alice. Y yo estoy tan conmocionada con la sorpresa que sólo una pequeña parte de mí se pregunta cómo es que Ellie tiene su número y por qué lo está llamando.
—No, no es Alice —Edward sacude la cabeza, obviamente confundido, luego mira por encima del hombro hacia la puerta cuando vuelven a tocar.
—Es tu vecina de nuevo —dice, volviéndose hacia mí—. Su gato atacó el avión de papel al llegar a casa y su nieto está triste. Esperan que pueda hacerles otro —se encoge de hombros mientras observo—. Paredes finas. Oído de vampiro.
Luego sonríe, una sonrisa del tipo tímida y ese es mi antídoto. Mi corazón comienza a desacelerar, mi ansiedad se desvanece y tomo aire mientras formo una sonrisa temblorosa en respuesta. Con un pequeño apretón en la mano, Edward se levanta y va nuevamente hasta el bloc de notas en la mesa de la cocina.
Toma una hoja de papel que pliega en otros dos aviones pequeños, al tiempo que yo voy a abrir la puerta.
—Siento tanto molestarte de nuevo, Bella…
La Sra. Upshot está llena de disculpas, agradecimientos y cuentos de gatos caprichosos. Los sollozos y lágrimas de Nicholas se convierten en sonrisas cuando Edward le envía un par de nuevas creaciones que vuelan en elaboradas volteretas fuera de la habitación y hacia el pasillo. Nicholas corre tras ellos y la señora Upshot promete no molestarnos otra vez.
—He sacado a Minerva ahora —explica.
Edward hace un gesto de despedida con la mano mientras cierro la puerta detrás de ellos y me hundo en el sofá.
—Asumo que Minerva es el gato —Edward sonríe—. Y la señora Upshot no acaba de desalojar a la diosa romana de la sabiduría de su departamento.
Río y Edward ladea la cabeza, sonriendo mientras me mira.
—Bella, ¿qué pasó antes? —pregunta en voz baja.
Se acerca a mí, se agacha junto al sofá, para estar al mismo nivel. Vacila y luego apoya sus manos suavemente sobre mis rodillas. Aunque sus manos están frías, su cuidadoso toque envía un calor que fluye a través de mi cuerpo.
—¿Qué pasó? —pregunta de nuevo, esta vez más suave.
—Viejos hábitos —me encojo de hombros. Pero no es explicación suficiente, y lo sé. Los ojos de Edward son intensos y suspiro antes de comenzar—. Está bien. Cuando estábamos en Forks, siempre era Alice quien llamaba. Generalmente con algún tipo de advertencia acerca de una visión que había tenido. Y sólo me tocaba esperar ver lo mucho que me contarías. Cuanto menos que me decías, sabía que era peor.
Termino con otro encogimiento de hombros y Edward me mira de cerca, pero su expresión no se altera; es casi como si mis palabras no hubieran sido entendidas.
—¿Advertencias?
—No siempre eran cosas importantes —aclaro—. Podíamos estar en el prado y ella llamaba para avisarnos que venía una tormenta. O que Charlie volvía temprano a casa un día que estaba destinado al estudio y que se suponía tú no deberías estar; ella nos advertía para que quitaras tu auto del camino, así él no lo veía.
—Esas no suenan como cosas de las cuales preocuparse —las palabras de Edward son cautelosas, como si estuviera tratando de entender.
—Pero hubo otras veces —me encojo de hombros de nuevo—. Veces en que Alice llamaba y sólo me decías que no era nada de qué preocuparse, pero entonces cambiabas repentinamente nuestros planes. Y nunca sabía por qué, sólo sabía que era malo.
—¿Y yo no te lo decía?
—No.
Edward frunce el ceño.
—Eso debe haber sido... frustrante.
—Eufemismo —le susurro.
Se frota la mandíbula con la mano, pensativo.
—Probablemente creía que te estaba protegiendo.
—Así es —sonrío—. Creo que, ya sabes, después de lo de la furgoneta de Tyler y los tipos en Port Angeles... —la mandíbula de Edward se tensa cuando asiente lentamente y después baja la mirada al suelo.
—Puedo entender el deseo de mantenerte a salvo, así me siento ahora —murmura—. El instinto de protección es como nada que haya experimentado… o recuerde experimentar —levanta la vista—. Es muy fuerte.
Le acaricio la mejilla con los dedos. Cierra los ojos y voltea la cara hacia mi toque.
—Pero te habría dejado más vulnerable al ocultarte la verdad —susurra y besa suavemente mi palma.
Es un momento Eureka. Bueno, se siente de esa manera para mí, de todos modos. Pero no digo nada. A juzgar por la cara de Edward al mirarme de nuevo, no creo que sea necesario. En vez de eso, me acerco a él y le quito el cabello de los ojos.
—¿Y esta noche pensabas que la llamada telefónica estaba relacionada con lo que estaba en la puerta? ¿Pensaste que Alice nos estaba advirtiendo de algo?
Asiento y me acomodo en mi asiento, recojo piernas y las abrazo.
—En realidad, pensé que podría haber sido Jake.
—¿Jacob Black? —los ojos de Edward se agrandan y asiento de nuevo.
—Porque estuviste en Forks. Pensé que los lobos podrían haber encontrado tu olor y no me extrañaría que Jake viniera a ver si estoy bien. Él también es muy protector y creí que Alice podría haberlo visto.
Edward se sienta sobre sus talones y sacude la cabeza.
—A menos que visitara la casa de Charlie, o estuviera en el bosque alrededor de nuestra casa, él no sabría que había estado allí.
—Oh.
Se hace un silencio ahora. Se extiende entre nosotros y no me gusta. Edward parece perdido en sus pensamientos, y me gustaría saber qué está pensando.
—¿Importaría si Jacob Black sabe? ¿O tu padre? —pregunta en voz baja después de un momento. Levanto la mirada y me lo encuentro mirándome.
—No, para nada.
Edward levanta una equina de su boca – el comienzo de una sonrisa que lentamente crece a una brillante hasta que él está sonriéndome. Me inclino hacia delante y lo beso, moviendo mis labios de manera suave, lenta contra los suyos – probando, descubriendo. Acerca sus manos para enredarlas en mi cabello, sosteniéndome. Cuando me alejo para respirar, él suspira y apoyo mi frente contra la suya. Sus manos se arrastran sobre mis hombros y brazos hasta instalarse en mi cintura. Cierro los ojos y escucho el sonido de mi corazón, el que palpita por los dos.
—Entonces, ¿Jacob también es protector contigo? —murmura Edward.
Abro los ojos y me encuentro con su brillante mirada dorada. Y aunque él no lo dice, puedo ver la pregunta allí. La pregunta que nunca me hará, pero que, sin duda, siempre vivirá en el fondo de su mente.
—Fue un buen amigo para mí cuando lo necesitaba. Nunca fue algo... más. —Pero fue casi algo más y me doy cuenta de que estoy inquieta y que mi voz vacila. Y, por supuesto, Edward ha captado esto. Ladea la cabeza ligeramente, y a la nueva pregunta en sus ojos se le une un destello de algo más. Me muerdo el labio, sin saber qué hacer ahora, pero porque no quiero dejar a Edward con alguna duda, me decido a hablar.
Le hablo de la noche en que Jake y yo estábamos estacionados frente a la casa de Charlie en su Rabbit
—Pensé en eso —le susurro—. Te habías ido hace un tiempo, y Jake llenó una parte del agujero que dejaste atrás. Era sólo una pequeña parte, pero pensé que tal vez si... —me encojo de hombros torpemente, tratando de leer la expresión de Edward y fallando—. Cuando él se inclinó para besarme esa noche pensé que tal vez podría pasar... pero no estaba bien. Él no era tú. Así que en vez le di un abrazo y le dije que era mi mejor amigo.
Me muerdo el labio mientras veo los ojos de Edward, esperando su reacción. Sin embargo, él no da a entender nada, aunque el agarre de sus manos en mi cintura se vuelve más firme. Traga, sosteniendo mi mirada. Después de un largo, largo rato, él habla, pero sus palabras no son lo que yo esperaba.
—Suena como yo y Kate —susurra.
—¿Kate? —¿Kate?
Los ojos de Edward se ven preocupados al mirarme.
—Um... es... era... —mi boca se seca y las palabras se pegan en mi garganta.
—Kate es como yo —confirma Edward—. Ella es parte de la familia de Denali, de la que te hablé antes y con los que nos quedamos por un tiempo el año pasado —suelta mi cintura y se sienta sobre sus talones, observándome mientras se pasa la mano por el cabello.
Kate.
Él tenía a otra persona. Mi corazón se siente como que quiere acurrucarse y morir. Trato de mantener mi cara neutral mientras los celos arden y me digo a mí misma que no debo sentirme así... no estábamos juntos el año pasado; Edward ni siquiera recordaba quién era yo, pero aun así...
Aplasto las manos sobre los bordes del cojín del sofá.
—Durante meses mi familia andaba de puntillas a mi alrededor—Edward continua y su voz es tan suave—. Todos caminaban sobre cáscaras de huevo y eso sólo me hacía sentir peor... eso destacaba lo que me había sucedido. Pero Kate no andaba de puntillas. Nos conocemos desde hace mucho tiempo y me trataba como si nada hubiera pasado, y eso me gustaba. Podía hablar con ella y reír, y cuando estábamos juntos las cosas que había olvidado no parecían importar tanto. Después de unas semanas comencé a preguntarme si nuestra amistad podía convertirse en algo más.
Mi estómago está comenzando a retorcerse en nudos y ahora me pregunto, cuando dijo que nuestro beso fue el primero, ¿se refería a su primer beso con un humano? Y una parte masoquista de mi cerebro quiere saber si todavía es virgen. Oh, no sé si quiero escuchar esto.
—No pasó nada —dice Edward rápidamente—. Nada —tenía los ojos enormes, casi sorprendidos, como si sólo ahora se hubiera dado cuenta de cómo sonaban sus palabras. Poco a poco, el alivio me recorre y comienza a sofocar los celos.
—¿Nada? —suelto.
Edward sacude la cabeza lentamente.
—¿Pero... estuvieron cerca? —¿Al igual que Jake y yo?
Pasa un momento antes de que él asienta.
—Solíamos correr juntos —dice—. Y un día tomé su mano. Después de sentirme tan perdido y aislado durante tanto tiempo, el contacto era agradable. Me incliné para besarla y por un momento pensé que eso era lo que quería. Creo que sabía, en algún nivel inconsciente, que antes había sido feliz. Creo que estaba buscando esa la felicidad de nuevo. Simplemente no sabía dónde encontrarla.
—¿Pero no la besaste? ¿O algo?
—Me alejé, como hiciste con Jacob. Se sentía mal —me da una media sonrisa cautelosa y se encoge de hombros. Ahora el alivio me recorre como una ola, ahogando los celos y llevándoselos lejos—. Así que en su lugar la abracé y le ofrecí ir primero cuando encontráramos al siguiente oso.
Mi boca se abre.
—Le ofreciste... —una risita sorprendida se me escapa. La sonrisa cautelosa de Edward gana confianza.
—Es el equivalente vampiro de decir "eres un buen amigo" —dice. Luego extiende la mano y toma la mía, entrelazando sus dedos con los míos.
—Sólo tú —susurra y me sonríe, justo cuando mi estómago ruge—. ¿No has comido? —dice Edward de repente—. ¿Cenaste?
La cabeza me da vueltas con el repentino cambio de tema.
—Um, ah... no. No, no tenía hambre antes.
—¿Pero ahora tienes hambre?
—Supongo que tengo, sí.
Se pone de pie rápidamente y toma su abrigo que está tendido sobre un taburete.
—¿Qué estás haciendo, Edward?
—Te llevo a cenar.
—Oh...
—Después de que te cambies a algo más abrigador.
Se pone el abrigo y sonrío ante ese gesto pequeño y familiar del antiguo Edward haciéndose cargo.
—Sólo dame un minuto —le digo y voy a borrarme las pecas de la cara y a cambiarme de ropa.
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Caminamos hasta un pequeño restaurante llamado Knife, Fork, Spoon (Cuchillo, Tenedor, Cuchara), a sólo unas cuadras de distancia. El brazo de Edward está a mi alrededor y me sostiene cerca, escondiéndome en su costado. Cuando me acerco a él siento el suspiro que sube y baja en su pecho.
Mientras caminamos trato de sacar de mi cabeza todo lo que ha sucedido en la última hora o dos – su regreso, sus declaraciones. Kate. Una vez más, su admisión se me viene a la mente, pero sólo parpadea y luego se desvanece. Él sabía desde el principio que me amaba – incluso sin los recuerdos, él lo sabía.
Me acurruco más cerca y casi tropiezo con mis pies. El brazo de Edward se aprieta a mi alrededor y siento sus labios en mi pelo.
Edward ha dicho que todas las decisiones son mías y ahora me pregunto exactamente lo que quería decir con eso y si eso se extiende a mi conversión. Abro la boca para preguntar, pero la vuelvo a cerrar. Es demasiado pronto. Y ahora mismo no puedo pensar en eso. Esto me sorprende. Hubo un tiempo en que ser convertida era todo lo que quería, creía que era la respuesta a todo – pero en este momento, con Edward a mi lado y su brazo acercándome a él, entiendo que, por ahora, esto es todo lo que necesito. Sólo quiero disfrutar el tenerlo de vuelta. Así que dejo que los pensamientos se vayan y se conviertan en otros.
—Dijiste que tenías curiosidad sobre algo de mi habitación en Forks —le recuerdo mientras caminamos—. Me ibas a preguntar sobre eso antes de que sonara el teléfono.
—Oh... eso —hay una sonrisa en su voz, pero no dice más.
—¿Y bien?
—¿Bien qué?
—¡Edward!
Él ríe y aprieta el brazo a mi alrededor.
—Más tarde —susurra, provocando que aumente mi curiosidad.
Su teléfono vibra en su bolsillo y se queja levemente cuando lo saca y ve la pantalla.
—Lo que pensaba —murmura, y cuelga la llamada.
—¿Ellie?
Edward asiente cuando guarda el teléfono en la chaqueta y me doy cuenta de que antes no pensé en preguntarle porque ella lo estaba llamando. Y de repente es como si Edward hubiera leído mi mente, porque responde a mi pregunta silenciosa.
—Yo diría que está llamando borracha de alguna fiesta por ahí.
—Ah, ¿sí? ¿Lo ha hecho antes?
—Sólo una vez.
—No estoy acostumbrada a que la gente te llame. Excepto por tu familia.
—Sucede —Edward me sonríe—. Los grupos de estudio implican intercambiar números de celulares.
Él sostiene la puerta del restaurante abierta para mí y entro.
Nunca antes he estado aquí, pero el ambiente íntimo y la iluminación suave se hacen notar al instante. Edward le habla en voz baja a la camarera, que se sonroja y tartamudea. Ella nos muestra a una mesa tranquila en un rincón, le tiende a Edward los menús y le pregunta si hay algo que ella pueda traerle para beber. Frunce el ceño y se vuelve hacia mí.
—Bella, ¿quieres algo?
Ahora la camarera se da cuenta de que me ha estado ignorando e inmediatamente realiza un control de daños, arrastra sus ojos de Edward, pone una sonrisa falsa en su cara y se centra en mí. Ella garabatea mi solicitud de coca-cola y se muerde el labio cuando Edward le pide que sean dos. Luego se escabulle, mirando dos veces hacia atrás por sobre su hombro hacia nosotros antes de desaparecer en la cocina. Todo el escenario me recuerda a Port Angeles y a esa noche en el restaurante Bella Italia. Nuestras bebidas llegan, junto con una jarra de agua y dos vasos, y Edward me estudia mientras muevo mi pajilla dentro de la coca-cola.
—Esto es surrealista —dice en voz baja—. Estar aquí contigo de esta manera.
—Nunca antes llevaste a un humano a cenar, ¿eh? —le doy un guiño y me sonríe.
—No que yo recuerde, no. Lo siento.
—No lo sientas.
—Me frustra.
—Lo sé.
Sacude la cabeza.
—No, no lo sabes.
Suspiro.
—Tienes razón, no lo sé.
El estado de ánimo ha cambiado. Edward cruza las manos sobre la mesa frente a él y se queda mirándolas.
—Todo lo que me contaste el domingo, las cosas que mi familia me dijo esta noche... no hay ni una pisca de reconocimiento. Nada.
Aprieta las manos en puños y me estiro para alcanzarlas. Puedo ver la frustración en su cara, puedo sentirlo en la tensión de sus nudillos por debajo de mi palma, pero no sé qué decir. La camarera viene con nuestras bebidas y nos toma nuestras órdenes. Inmediatamente Edward se endereza, relaja las manos y ahora sus rasgos son suaves, impasibles. Con la máscara en su lugar. Retiro mi mano y elijo lo primero en el menú – pollo con aguacate a la parmesana.
—Nada para mí, gracias —Edward le ofrece a la camarera una sonrisa amable y ella tartamudea nerviosa de nuevo.
—Um, usted... usted tiene que pedir algo —balbucea—. Es la política de restaurante.
—Pan de ajo —responde sin perder el ritmo. Él me mira.
Los ojos de la camarera recorren a Edward, pero su voz es temblorosa.
—Er, se supone que debe ser una comida.
Edward rueda los ojos mínimamente y empuja el menú hacia mí.
—No puedo decidir... ¿qué se ve bien, Bella?
Exploro las opciones, consciente de lo que está haciendo, y escojo algo ligero que irá con mi pollo.
—La ensalada de verano con pan frito suena bien.
—Voy a pedir la ensalada —Edward le devuelve el menú a la camarera.
—¿Sólo la ensalada?
—Sí, gracias.
Ella asiente con la cabeza, frunce el ceño un poco, y se aleja rápidamente a la cocina. No mira hacia atrás en esta ocasión.
—¿Así era las otras veces cuando salíamos a comer? —Edward se inclina hacia adelante cuando pregunta.
—A veces —sonrío—. No salíamos mucho a restaurantes.
Él sonríe y extiende la mano para tomar la mía. Su estado de ánimo ha cambiado una vez más, la conversación ha tomado una nueva dirección y casi puedo sentir regresar el familiar latigazo. Su pie golpea suavemente el mío bajo la mesa. Lo golpeo de vuelta.
—¿De qué te ríes? —pregunta.
—De ti. Sigues siendo tú, pero eres diferente.
Ladea la cabeza, esperando que elabore, y esos ojos dorados me embeben. Me siento ahogada en ellos.
—¿Bella?
—¿Mm? Oh... um, eres diferente.
—Dijiste eso.
—Deja de sonreírme.
—¿Estaba sonriendo?
—Sabes que sí.
Él ríe, se apoya contra la silla y vuelve a darme un golpecito con el pie.
—Estás más relajado —digo finalmente—. Pero relajado no es la palabra correcta. No sé cuál es la correcta.
Inclina la cabeza hacia el otro hombro.
—Es como si hubieras dejador ir algo —frunzo el ceño, ahora casi hablando para mí misma—. Parecía que siempre estuvieras luchando contra algo, luchando contra ti mismo, creo. Eras tan... intenso antes. Aún lo eres, pero no tanto.
Edward se encoge de hombros y mira hacia la cocina.
—Todavía tengo mis momentos —murmura.
—Oh, estoy segura de que sí —escucha la sonrisa en mi voz y me mira, sonriendo de regreso—. Puedes ganar medallas de oro por comportarte de forma perturbadora, Edward.
Mis palabras son un riesgo, pero el riesgo vale la pena. Después de una momentánea mirada de sorpresa, Edward echa la cabeza hacia atrás y ríe. Y es hermoso.
—Probablemente pueda —dice inclinándose hacia adelante, con los codos sobre la mesa, acunando la cara en sus manos.
Sonrío y también me inclino hacia adelante, reflejando su pose.
—Entonces, ¿qué es lo contrario de intenso?
—Moderado —responde y resoplo.
—¿Moderado? Bien, ahora pareces más moderado, Edward.
Él me da una sonrisa agridulce.
—Enloquecer te hace eso —susurra y sus palabras me sorprenden.
—Tú no enloqueciste.
—Tal vez no, pero así se sentía. Creo que pude haber estado cerca —se encoge de hombros—. Mi habilidad me había hecho arrogante y perezoso, por lo que perderla fue difícil. Supe lo mucho en que me basaba en los pensamientos humanos cuando ellos estaban a mi alrededor y cuando no pude leer esos pensamientos fue aterrador. Por primera vez tuve miedo de los humanos, y ese miedo rayaba en la paranoia —por un momento fugaz vi el eco de ese miedo en sus ojos—. Solía manipular las situaciones porque sabía lo que la gente estaba pensando, pero ya no podía hacer eso. Tuve que aprender sobre confianza. Y como usar mis instintos —estira una mano sobre la mesa y me toca la mano—. Probablemente es por eso que te parezco más moderado —sonríe ahora—. Porque estoy confiando mis instintos y mis instintos me dicen que esto, tú y yo, es correcto.
Enrosco los dedos alrededor de los suyos.
—Entonces, ¿crees que tus instintos no te decían eso antes? ¿Sobre mí? ¿Nosotros?
Frunce el ceño.
—Creo que probablemente no sabía cómo escucharlos.
La camarera vuelve con nuestras comidas y observo a Edward meter el tenedor en su ensalada.
—Sin embargo, Alice dijo que ahora eras más impaciente. Eso no parece encajar con lo más moderado de ti.
Las palabras salen sin pensarlo y por un segundo me pregunto si ofenderá a Edward. Pero parece estar bien para cuando apuñala un tomate cherry.
—Soy más impaciente. Y me frustro fácilmente. Pero no contigo.
Oh.
—¿Con tu familia?
—A veces. Están acostumbrados a mí. Y siempre son rápidos en ponerme en mi lugar. Especialmente Emmett —rueda los ojos y yo río.
—Bien por Emmett.
Edward sonríe y extiende su tenedor con el tomate cherry en el extremo. Me inclino y lo tomo entre los dientes.
—Se siente extraño, el que conozcas a mi familia.
—Hace que sea más fácil que me lleves a tu casa a conocer a tus padres.
—Es cierto —dice sonriendo—. ¿Fue difícil la primera vez? ¿Tenías miedo?
—Sólo a que no les gustara.
Tomo un bocado de pollo mientras Edward sonríe y sacude la cabeza.
—Te preocupaba que no les gustaras.
—Sip. Y tu hiciste algunos comentarios poco halagadores sobre mi salud mental, si mal no recuerdo.
—Qué grosero de mi parte.
—Ya lo creo.
Edward me tiende otro tomare.
—¿Y esa fue la primera vez que toqué el piano para ti? ¿El día que te llevé a casa?
—Sí.
Me inclino y tomo el tomate y, esta vez, cuando muerdo, saltan chorros de jugo hacia los cuadros rojos y blancos del mantel.
—Mierda —murmuro y rápidamente limpio el desorden con la servilleta.
—Dijiste que era una canción de cuna —Edward frunce el ceño y sé que está tratando de recordar.
—La canción de cuna de Bella —le sonrío y hago una bola con la servilleta. —Es hermosa.
Él asiente, baja su tenedor para luego levantar la mirada de repente.
—¿Tocas un instrumento?
—Er, no. No soy muy musical.
Otro asentimiento.
—Mucho que aprender —murmura.
El domingo en el claro, cuando el mundo se derrumbó sobre nosotros, le conté todo sobre nuestra relación; todo, desde el momento en que los vi en la cafetería hasta que Alice y Carlisle golpearon mi puerta tres semanas atrás… pero me mantuve en los hechos, no había entrado en la profundidad de los detalles.
Ahora, Edward quiere los detalles. No solo los hechos, sino también lo que sentía, lo que pensaba, lo que me llevó a tomar tal o cual decisión.
Bajamos el volumen de nuestras voces, apenas audibles incluso para mí, por lo que nos inclinamos sobre la mesa hacia el otro. Edward tiene los codos sobre la mesa, con las manos ahuecadas alrededor de la nuca al tiempo que hace una pregunta tras otra y yo respondo. Sus ojos son hipnóticos mientras escucha, fijos en mí como si pudiera encontrar sus recuerdos perdidos en mis palabras o mi cara. Mi comida comienza a enfriarse, pero ya no tengo hambre y aunque mis cubiertos están es mis manos, el pollo que queda en mi plato sin tocar.
Edward no lleva una línea de tiempo. Sus preguntas no van en orden y mis recuerdos saltan al medio, al final y al principio. Es cansador, y no habría elegido un restaurante como lugar para esta conversación, pero no voy a detenerlo. Él quiere saber. Necesita saber.
Mi boca se seca y cuando finalmente dejo de hablar pata tomar un sorbo de coca, Edward pregunta, con mucho cuidado, si le podía contar exactamente lo que sucedió la noche en que succionó el veneno de James de mi muñeca.
—Pero entiendo si prefieres no contármelo…
—Está bien —sonrío. Y le cuento todo lo que recuerdo; no sólo los hechos que él ya sabe, sino también el miedo, el dolor, y le cuento sobre el ángel cuya voz me consoló y cuyos labios quitaron el fuego de mis venas—. Te dije que eras más fuerte de lo que pensabas —susurro y tomo su mano.
Edward trata de sonreír, pero no lo logra. Baja la mirada y baja una mano desde su cuello y cubre mis dedos con los suyos. Observa su pulgar acariciar mi muñeca. Se queda en silencio. Muy callado. De pronto, los sonidos de los otros comensales a nuestro alrededor parecen fuertes. Tomo otro sorbo de coca. La mesera nos está mirando, sus ojos están fijos en la espalda de Edward, sus pensamientos de admiración están claramente pintados en su cara. Edward mantiene los ojos bajos, su mano aprieta suavemente la mía, una y otra vez, como si lo necesitara para asegurarse a sí mismo contra los detalles que acabo de implantar en su cerebro. Por debajo de la mesa, golpeo suavemente su pie. Veo sus labios curvarse en una sonrisa, pero sus ojos quedan ocultos por el cabello que le cae sobre la frente.
—¡El baile de primavera! —sisea de repente y levanta la mirada. Puedo ver sus ojos ahora y los tiene anchos por la sorpresa. Luego veo sus ojos estrecharse y ladear la cabeza de esa forma… como un vampiro.
—¿Qué pasa con el baile de primavera?
—Tu pierna aún estaba enyesada —dice horrorizado—. Y anoche me dijiste que no te gustaba bailar… entonces, Bella, ¿por qué fuimos al baile de primavera?
Me muerdo el labio y veo los ojos de Edward ensancharse de nuevo.
—Te hice ir, ¿no? Oh, querido Señor, no te hice bailar con el yeso, ¿verdad?
Cuando no contesto, exhala fuertemente, deja ir mi mano y se hace hacia atrás en la silla, mirándome.
—¿Por qué? —dice sin hacer sonidos—¿Por qué haría eso?
—No querías que me perdiera nada por estar contigo—digo rápidamente, haciéndome hacia delante y tomando su mano de nuevo—. Dijiste quera una parte importarte de ser humano —me encojo de hombros y Edward sigue mirándome.
—Pero tú no querías ir.
—Mm… no.
Parpadea hacia mí, murmura algo para sí mismo y sacude la cabeza.
—¿Sabía yo que no querías ir?
—Edward, ahora no importa. Fue hace años.
—¿Sabía? —sus ojos arden dentro de los míos.
—Sí, lo sabías.
Me observa por un momento. Sus ojos se endurecen.
—¿Pero aun así te vestiste y fuiste conmigo?
Me retuerzo en mi asiento, sintiéndome incómoda, y con la mano libre tomo mi tenedor y empujo la comida en mi plato.
—Bella…
—No sabía que me llevabas al baile hasta que casi estábamos en la escuela —las palabras salen rápidamente de mis labios—. Hiciste que Alice me vistiera y me dejara lista; pelo, maquillaje, todo, e incluso con eso no me daba cuenta de qué estaba pasando hasta que estuvimos en el auto y en camino.
—No lo entiendo. ¿Qué pensabas que estaba pasando?
Mi cara arde de la vergüenza. No quiero decirle, pero sé qué él no lo dejará pasar.
—Creía que me ibas a transformar.
La boca de Edward cae abierta, pero la cierra rápidamente.
—¿Eso creías?
Asiento, tomando mi servilleta, cortándola en pequeños fragmentos con una mano. Mi otra mano aún sostiene la de Edward y sé que él entiende mi vergüenza cuando aprieta suavemente mis dedos. Se queda en silencio y cuando levanto la mirada, veos sus ojos brillar, casi sonriendo.
—¿Y pensabas que convertirte era una ocasión para vestir de gala?
Es divertido. Y a pesar de que sus palabras son suaves, me envuelve la exasperación y una ardiente y familiar vergüenza. Levanto las manos.
—¡Dijiste los mismo la última vez! —siseo—. Si, está bien, fue muy divertido, Bella pensaba que convertirse en vampiro podría ser marcado como una ocasión especial. Vamos…
—Ssh, por favor… —Edward me mira y de repente me doy cuenta de dónde estamos. Los dos miramos alrededor para ver si mi arrebato, callado como fue, ha llamado la atención. Al parecer no. Nadie está mirando. Edward y yo volteamos hacia el otro.
—Lo siento —murmuro.
—No, yo lo siento —dice rápidamente y sus ojos son suaves—. No quise reírme.
Hago un gesto con la mano.
—No, no te disculpes. Fue una estupidez de mi parte pensar eso —suspiro y me paso las manos por la cara y una sonrisa comienza en mis labios—. Mirando hacia atrás, ahora incluso puedo verle el lado divertido —ruedo los ojos ante mi propia ingenuidad a los diecisiete años. Ahora Edward deja su sonrisa libre. Y estamos inclinándonos hacia el otro de nuevo.
—¿Te importa si te pregunto?... ¿qué fue lo que dije cuando me dijiste eso?
—Eso de que no me convertiría es un monstruo sin alma.
Edward frunce el ceño. Baja la mirada mientras sus dedos trazan el patrón del mantel.
—¿Eso fue todo lo que dije?
—Más o menos.
Hay silencio. Contengo la respiración, me pica el cuero cabelludo. Me pregunto a dónde va esto.
—El domingo dijiste que querías que te convirtiera, pero que yo no quería.
Asiento. Mi pie rebota debajo de la mesa – no creo que quiera hablar de esto ahora.
—¿Siempre fue esa la forma en que iba la conversación?
—En su mayoría, sí —susurro—. Creías que estabas condenado y no querías eso para mí.
Edward levanta sus ojos.
—¿Qué es lo que tú crees?
—¿Qué es lo que creo?
Mi pie sigue rebotando. Contengo la respiración.
—¿La pregunta te sorprende?
—Um, sí. Nunca me la habías hecho antes.
—¿Nunca te lo pregunté? —dice incrédulo.
—No.
—¿Entonces no había discusión?
—No en realidad, no.
Él mira hacia otro lado y murmura en voz baja de nuevo, pero no puedo entenderlo esta vez.
—¿Qué crees tú, Bella? —voltea hacia mí y sus ojos cambian, son penetrantes y determinados ahora. No estoy segura dónde comenzar y me tomo un momento para ordenar mis pensamientos.
—Siempre he creído que tienes alma —digo en voz abaja y hablo de lo que está mi corazón—. Siempre me pareció tan obvio por la forma en que me amabas y la forma en que amabas a tu familia. Y a causa de tu conciencia, de tu decisión de dejar de cazar humanos —lo observo, tratando de medir sus pensamientos, pero no logro hacerme una idea—. Yo siempre creí que mantendría la mía si me convertía. Pero tú pensabas diferente.
Ahora Edward y yo somos dos esculturas, fijas en nuestras posiciones, sin movernos; sólo hay pulgadas de distancia entre los dos mientras nos miramos a los ojos. A pesar de que mi corazón se acelera, siento como su pasara toda una vida entre latidos, mientras espero su respuesta. ¿Me dará el mismo viejo argumento? ¿O uno nuevo?
—Estaba equivocado —Edward dice bajito después de un momento—. Conservarías tu alma si te convierto.
Su simple declaración me sorprende. Las palabras rebotan en mi cabeza —son poco familiares y extrañas, casi como en otro idioma, y no estoy segura de haber oído bien. Trato de formar mis propias preguntas… pero simplemente no lo logro. En su lugar, lo sigo mirando, con la boca abierta, como un pez fuera del agua.
—Sé que la mantendrías —Edward continúa—. Porque yo conservé la mía.
Ahora siento como si me hubieran quitado el aire de los pulmones. De la habitación.
—¿Crees que tienes alma? —finalmente me las arreglo para soltarlo, y Edward asiente. Siento que ha habido un cambio en el universo; como si se hiera demostrado que una gran verdad estaba errada. O tal vez le habían dado la razón. Me tomo otro momento para registrar las novedades de Edward y ahora mis preguntas llegan pronto, las palabras caen una tras otra en mi prisa por sacarlas. Al inclinarme sobre la mesa, agito las manos y Edward parece casi alarmado—. Pero toda esta angustia… y el… la angustia… y el drama… que nos podríamos haber evitado… ¿estás?... ¿En serio? ¿Cómo? —ante la sorpresa, mis palabras suenan como acusaciones y los ojos de Edward se agrandan al mirarme. Al final me las arreglo para decir una frase coherente—. ¿Cuándo encontraste tu alma, Edward?
—Cuando alguien me robó mi Volvo.
Las palabras me golpean como un tren de carga y me sacuden en mi asiento. No tienen sentido. Ninguno en absoluto. Mi mente es un desorden mientras trato de encontrar la conexión entre el espíritu inmortal de Edward y un coche escandinavo de lujo. Edward todavía se ve alarmado, me mira con ojos cautelosos. Su última frase está en repetición, pasando una y otra vez por mi cabeza hasta que, de repente, estoy furiosa.
—¡Eso no es divertido, Edward!
—¿Divertido? —Ahora se recarga en el respaldo de su silla.
—¡Te creí! ¿Cómo puedes hacer eso?
—¡No estoy bromeando!
—¡No me trates como una idiota!
Los ojos de Edward brillan.
—¡Yo nunca te trataría como una idiota! —el siseo y el enojo en su voz me detienen. Quedo con la boca abierta mientras él me mira desde el otro lado de la mesa.
—¿Dices que es en serio?
—Muy en serio.
Parpadeo hacia él.
—¿En serio?
—En serio.
Mi ira se desvanece, y al parecer también la de Edward. Toma mi mano y sus ojos se suavizan.
—Sé que suena ridículo.
—Tienes razón, así suena.
—¿Puedo explicar?
—Sí, por favor.
Edward asiente y toma una respiración pesada. Mi corazón se aprieta por la anticipación.
—Una de mis primeras salidas al mundo real después de mi accidente, fue ir a ver un concierto de Bach, por la Orquesta Sinfónica de Vermont —comienza—. Esperaba que fuera una distracción por un rato y quizás encontraría placer en escuchar música sin la intrusión de pensamientos. Y lo disfruté. Esas dos horas fueron las más… tranquilas que había tenido en las últimas semanas. Pero, después, cuando salí del teatro mi auto no estaba —tenía la mandíbula apretada y no necesitaba leer mentes para saber cómo eso lo había hecho sentir. Apreté su mano con más fuerza y sus ojos fueron a nuestros dedos enlazados—. Personas habían pensado en robarme el auto antes, pero siempre leía sus planes en sus mentes. Pero no esta vez, por supuesto —vi el músculo de su cuello saltar y levantó la mirada hasta mi rostro—. Era capaz de leer mentes a tres millas de distancia —susurró—. El Volvo estaba a quinientos pies de distancia.
Su rostro se oscurece y mi corazón se retuerce. Sé lo que eso le habría hecho a él. Mis ojos arden cuando continúa.
—La rabia que sentía era terrorífica, pero la humillación era agobiante. No lo manejé muy bien.
—¿Qué pasó?
—Llegué a casa —se frotó el rostro con la mano libre—. Y como diría Emmett… me fui a la mierda —se encoge de hombros como disculpándose y le aprieto la mano—. Había hecho pasar a mi familiar por un infierno desde que había perdido la memoria y mi don. Estaba enojado, amargado y ellos aguantaban mucho de mí… mucho más de lo debido. Pero esa noche —inclina la cabeza—. Esa noche fue mala.
—Oh, Edward…
—Pero su amor por mí nunca ha vacilado, incluso cuando estaba en mi peor momento y eso fue lo que me hizo entenderlo; ver los ojos de Esme esa noche después de que atravesé un muro con el puño —se detiene y mueve la cabeza—. Donde debí haber visto rabia y reproche o incluso pena, sólo había amor y compasión. Era más de lo que merecía —mantiene la cabeza inclinada, cierra los ojos—. Ella puso los brazos a mi alrededor y me abrazó. Me dijo que yo no estaba solo. Y esa noche me di cuenta de que no había manera de que Esme fuera un monstruo. Toda mi familia, ellos se aman unos a los otros, y para mí… ninguno de ellos era un monstruo.
—¿Y si ellos no eran monstruos?
Edward levanta la mirada.
—Entonces, tal vez yo tampoco.
De pronto, me paro de mi asiento y me subo al regazo de Edward. El alivio y la alegría burbujean a través de mí a la vez que lo abrazo por el cuello y apenas noto su expresión de sorpresa cuando hace la silla hacia atrás para hacerme espacio. Sus brazos se cierran a mi alrededor y presiono mi rostro contra su cuello. Las lágrimas arden detrás de mis ojos.
Siento la mano de Edward frotándome la espalda.
—Ahora la gente sí está mirando —ríe.
—No me importa. Déjalos —murmuro y luego alejo su cara. Su hermoso rostro me está sonriendo. Sus hermosos ojos. Toco su mejilla.
—Siempre fue tan claro para mí… tienes un alma hermosa, Edward.
Se ve realmente tímido, casi avergonzado, a la vez que rueda mínimamente los ojos.
—No sé si sea hermosa —murmura—. Pero hay algo allí.
Me acerca a él de nuevo.
Por encima de su hombro veo que la gente nos está mirando. El ceño fruncido de la camarera. Una pareja en la mesa del rincón más alejado nos mira fijamente. Un tipo joven que está pidiendo una mesa en la recepción se burla.
Bajo con timidez del regazo de Edward y él parece decepcionado de que me vaya.
—Um, por lo general no soy de dar demostraciones públicas escandalosas —murmuro.
Los ojos de Edward centellean.
—Es una pena —dice—. A mí me gustó tu demostración pública escandalosa.
Abro la boca por la sorpresa y mi cara se calienta. Edward sostiene mi mano y la aprieta antes de soltarla.
Para cuando me vuelvo a sentar estoy sonriendo, sacudiendo la cabeza con gloriosa incredulidad… él cree que tiene alma… pero Edward se pone serio.
—No había previsto esta conversación —murmura—. Por lo menos, no ahora. No esta noche.
—Yo tampoco.
—Bella...
—No tenemos que hablar de eso ahora, Edward —no quiero pensar en nada más que en el hecho de que él está de vuelta y que me ama—. Esto es suficiente por ahora.
Su expresión se entibia y toma mi mano; me acaricia suavemente la piel con el pulgar.
—Pero necesitamos hablarlo —susurra—. Y cuando hablemos, te prometo que voy a escuchar —se pasa la mano libre por el pelo y en su rostro hay un destello de ansiedad—. Parece que no era un muy buen novio cuando estábamos en Forks.
Lo simple de su declaración me golpea. Estoy a punto de estar en desacuerdo con él, pero también me doy cuenta de que hay algo de verdad en lo que acaba de decir.
—Tenías tus puntos buenos —sonrío y el labio de Edward se curva—. Y yo no era exactamente perfecta. Tampoco era muy buena para escuchar.
Edward levanta mi mano y la besa, luego voltea a mirar por encima del hombro.
—La camarera se acerca —frunce el ceño.
La camarera quita nuestros platos y comienza a hablar del postre, pero Edward pide la cuenta. La trae un momento más tarde y él paga, haciendo caso omiso a la forma en que ella parpadea y se ruboriza a su alrededor. Entiendo demasiado bien el efecto Edward Cullen y casi me siento mal por ella. Luego me ayuda a ponerme de pie, enrosca un brazo a mi alrededor y salimos por la puerta.
La noche es más suave ahora y tomamos una ruta a casa un poco más larga para que podamos mirar algunas de las elaboradas decoraciones de Halloween en los jardines de las casas vecinas. Mi cabeza da vueltas después de la conversación que tuvimos durante la cena. Edward me ha dado mucho a considerar, y ahora es bueno estar al aire libre. Mi mente se comienza a limpiar y, aunque sé que hay más que discutir, simplemente estoy tomando cada momento como viene. Y ahora mismo, en este momento, estamos viendo las decoraciones de Halloween
La mayoría de los niños que salieron a pedir dulces ahora están ordenándolos en sus casas, pero en las calles todavía hay bulla de los chicos más grandes, disfrazados, riendo y divirtiéndose. Vemos una batalla de globos con agua y bombas de harina entre un Conde Drácula y un tipo con motosierra de esa película sangrienta, y reímos cuando al conde le llega una bomba a la cara y sus colmillos salen volando. Vemos como rebotan por la verada.
—Siempre odio cuando eso ocurre —Edward sonríe y me quita de la trayectoria peligrosa.
Nos detenemos frente a una casa donde el césped se ha convertido en un cementerio y la puerta de enfrente tiene la forma de la tapa de un ataúd. Una sábana fantasmal, colgada de los cables, aparece detrás de una lápida.
—Boo —Edward susurra en mi oído y rio.
—Qué miedo —le doy un codazo en las costillas y él ríe—. ¿Salías a pedir dulces cuando eras niño?
—La gente no lo hacía entonces. Sin embargo, a veces había fiestas. Y decoraciones. Creo que recuerdo... —se detiene un momento, frunciendo el ceño, claramente buscando algo en su pasado humano—. Recuerdo tallar una calabaza con mi padre —el ceño fruncido se convierte en una sonrisa—. Tenía dos caras, una espeluznante y otra feliz.
—Eso suena genial —le digo.
—Lo era. Genial. Pero en ese entonces yo habría dicho que era estupendo.
—¿Estupendo? ¿En serio?
Sonríe hacia mí.
—Sip. Estupendo.
Rio mientras caminamos y cuando llegamos a una esquina Edward mira en ambas direcciones.
—Hay algunas decoraciones a la derecha… ¿quieres echar un vistazo?
Levanto la vista hacia él y sonrío.
—Claro —le digo—. Eso sería estupendo —y río cuando rueda los ojos.
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De vuelta a mi departamento, Edward dobla su abrigo sobre el taburete de nuevo y yo dejo mi chaqueta sobre el sofá. Pongo algo de música —jazz con un suave clarinete. A medida que las cálidas notas llenan la habitación, Edward camina hacia mí. Me acerca a él con cuidado, mi espalda contra su pecho, y envuelve sus brazos a mi alrededor. Antes de darme cuenta, estamos moviéndonos suavemente al compás de la música.
Edward descansa su barbilla en mi hombro y oigo su voz, como el terciopelo, en mi oído.
—¿Está bien así? No vamos a bailar —me asegura—. Nos balanceamos.
—Mm… —suspiro mientras descanso mis manos sobre las suyas. Él ríe suavemente y retumba en su pecho; puedo sentir las vibraciones a través de mi espalda.
—¿Recuerdas el festival de jazz del domingo? —susurra y su aliento es fresco en mi cuello—. Quería abrazarte así cuando estábamos escuchando esa banda de guitarristas.
—Podrías haberme abrazado.
Siento sacudir su cabeza cuando su barbilla se mueve contra mi hombro.
—No sin decirte quién era yo.
Aprieto mis manos sobre las suyas.
—Creo que esa fue una de las cosas que más me enfureció —susurra y me doy vuelta, frente a él, y sus brazos me acercan a él.
—¿Qué te hizo enojar?
—No tener la oportunidad de contártelo yo —levanta una mano para acariciar mi mejilla, sus ojos tienen una mezcla de dulce y triste cuando sonríe—. Yo sabía que te amaba. Y había decidido contarte la verdad. Por supuesto estaba asustado sobre cuál sería tu reacción, pero estaba muy dispuesto a que me conocieras. Todo de mí.
Oh...
—Dime ahora —digo rápidamente—. Dime lo que ibas a decir.
Frunce el ceño.
—Pero ya lo sabes.
—No —sacudo con la cabeza—. Nunca me lo dijiste. Lo averigüé yo sola la primera vez. Y esa fue una conversación tensa y tú estabas enojado y confundido —hago una pausa y sonrío hacia él—. Quiero oírte decirlo. ¿Por favor? Nunca tuve eso.
Los labios de Edward se estiran en una sonrisa.
—Soy un vampiro, Bella.
Las palabras son apenas un susurro. Acarician su lengua y si hubieran sido mi introducción a la verdad sé que no habría tenido miedo.
Él toca mi mejilla. Sus ojos están tan brillantes, tan intensos, ardientes de su admisión.
—Y también te amo —se inclina, siento su aliento en mi garganta mientras sus labios dejan un beso sobre el punto del pulso—. Te has convertido en lo más importante en mi mundo —su nariz recorre mi mandíbula y sube a mi oído—. Tú eres mi vida —me besa la sien—. Nunca te haré daño.
Tengo los ojos cerrados, apenas respiro y son sólo los brazos de Edward los que me mantiene en posición vertical. Me apoyo contra ellos, con la cabeza hacia atrás y Edward deja más besos a lo largo del arco de mi garganta. Cuando llega a mis clavículas siento su sonrisa contra mi piel. Luego se endereza lentamente, me lleva con él y me acunaba contra su pecho.
—Wow —respiro—. Bueno, eso fue mejor que la última vez.
Edward ríe, bajo y profundo.
—Entonces, ¿así es como planeabas decírmelo?
—Hubo un poco de improvisación envuelta allí.
—Me gusta tu improvisación.
Suspiro y me recuesto contra él. La música se arremolina y flota, y Edward nos mece suavemente a su ritmo. Incluso cuando termina el CD, continuamos y lo hacemos a nuestro propio ritmo en silencio. Finalmente, mis ojos se sienten pesados.
—Estás cansada —susurra.
—Si. ¿Cómo lo sabes?
—Tú corazón.
—¿Te quedarás conmigo?
Miro su cara y me da un lento guiño, y luego me toma en sus brazos.
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En mi habitación él me baja y luego se pasa la mano por el cabello y mira alrededor. Sus ojos captan las imágenes en la pared, el desorden en mi tocador y luego aterrizan en la cinta roja que venía con mi globo de nieve. Está atado alrededor del poste de mi cama y él sonríe.
—Um, sólo será un minuto —le digo. Tomo mi camisola y pantalón corto para dormir del cajón y quisiera tener algo más elegante mientras me dirijo hacia el baño.
Me ducho rápidamente, me lavo los dientes y me peino. Mi corazón está zumbando, mi sangre está cantando y el pensamiento de quedarme dormida en los brazos de Edward me llena de dicha que casi me hace llorar. Es casi demasiado.
Cuando vuelvo a la habitación me siento tímida. El viejo Edward me había visto vestida así antes, pero el nuevo Edward no. Está sentado al final de la cama de dos plazas, sonriendo. Loa zapatos, calcetines y el suéter están descartados, solo está usando sus jeans y una camiseta blanca.
Tiene el cabello más alborotado, sin duda por quitarse el suéter, y se ve tan hermoso en la luz suave que mis rodillas se sienten realmente débiles.
—Hola —susurra, y también se ve tímido.
Se pone de pie cuando me acerco a la cama y veo que ha retirado las mantas para mí. Subo entre las sabanas y los dedos de Edward están nuevamente en su cabello. Frunce el ceño.
—¿Yo…? Sé que dijiste que en Forks… —se detiene cuando abro las cobijas para él, respondiendo a su pregunta. Sonríe y se desliza a mi lado. Mientras se tiende me acerca a él y enreda los pies con los míos, igual como hacía antes. Es tan natural, tan suave… su cuerpo me recuerda, incluso si su mente no lo hace. Sonrío y parece darse cuenta de lo que acaba de hacer. Él también sonríe—. Esto se siente… bien —dice—. ¿Está bien?
—Mm… esto está bien.
Compartimos la misma almohada, nuestras caras están cerca y su aliento se mezcla con el mío a la vez que sus ojos se posan en mis labios. Me acerco y él también se mueve, nuestras narices se tocan y acarician, y sonreímos antes de que sus ojos se cierren y me besa con suavidad, con ternura, sus labios se mueven sobre los míos y mis brazos se mueven alrededor de él. Lo beso de regreso, mi cuerpo se amolda al suyo, mis dedos se enroscan en su cabello. Él gime. El sonido retumba en mis labios y resuena dentro de mi cuerpo.
—Bella... —respira antes de alejar sus labios y acariciar mi cuello.
Estoy sin aliento. Edward se aferra a mí como si lo matara el dejarme ir y ahora acuno su cabeza contra mi pecho para que pueda sentir la furia de mi corazón bajo su mejilla. Él curva su cuerpo contra el mío y soplo suavemente en su pelo, viendo los mechones revolotear y elevarse.
Edward ha entrado antes a mi cama, pero nunca tan tranquilamente como esta vez. Hay algo diferente - una tranquilla rendición, su silenciosa aceptación de sus sentimientos; no hay culpa aquí, no hay dudas, ni miedo. Paso las uñas detrás de su cuello. Gime.
—Siempre te gustó eso —le susurro y él suspira.
Nos quedamos muy quietos y me entrego a la dicha del momento. Siento el suave inhalar y exhalar de su aliento contra mi piel. Cierro los ojos y me voy a la deriva.
—¿Bella?
—¿Mm?
—Me estaba preguntando sobre algo en tu antigua habitación.
Casi me había olvidado de eso, abro los ojos cuando la curiosidad se hace cargo y espero para escuchar lo que Edward va a decir. Se acerca y empuja mi mano hasta que la vuelve a dejar en su cuello.
—Más uñas —susurra y río.
—Sólo si me dices qué te da curiosidad.
Sonríe y lentamente abre los ojos. Estos resplandecen dorados al mirarme fijamente.
—Es tu cama.
—Mi cama te da curiosidad.
Él asiente y pienso en mi cama – cabecera de madera, edredón morado, nada extraordinario.
—Era de una plaza —murmura Edward—. ¿Siempre fue de una sola?
—Oh, um, sí.
Asiente y se acomoda, levantándose un poco en la cama para estar sobre la almohada, con la cabeza a un suspiro de distancia. Pero sus piernas aún están sobre las mías, su brazo aún se curva alrededor de mi cintura. Veo su garganta cuando traga.
—Cuando me quedaba toda la noche contigo... me quedaba en la cama.
—Sí.
—Por lo que estábamos muy juntos.
—Sí.
Nos miramos a los ojos. Hay apenas unos centímetros entre nosotros. Edward toma una respiración lenta y deliberada.
—Bella, ¿intimábamos?
Sus ojos no se apartan de mi cara y de pronto mi corazón acelera como si fuera a salirse de mi pecho en mi cualquier momento.
—No —susurro—. No intimábamos.
Él asiente de nuevo, pero no dice nada.
—Te pregunté sobre eso —susurro—. Pero dijiste que eso no era posible para nosotros. Que sería demasiado peligroso para mí.
Hay más silencio. La expresión de Edward no dice nada. Cada latido de mi corazón ahora es pesado, esperando que él hable. Después de un momento sus palabras vienen despacio, con cuidado.
—Si tu olor me afectaba como me has descrito, entonces sí, habría sido muy peligroso.
Su agarre se aprieta un poco y frunce el ceño, con los ojos fijos en un punto encima de mi hombro… la ventana, tal vez.
—Así que yo estaba dispuesto a dejarte vivir una vida sin sexo –es como si estuviera hablando consigo mismo y estoy segura cuando lo oigo murmurar algo en voz abaja. Suena algo como "bastardo egoísta".
Edward cierra los ojos de nuevo y no estoy segura de qué decir.
—Creo que tu pensabas que no duraríamos mucho tiempo —admito suavemente—. Mirando hacia atrás, me da la sensación de que, incluso antes de que nos separáramos, creías que yo eventualmente querría otras cosas y te dejaría.
Edward asiente, con los ojos todavía cerrados y hay una pregunta ardiendo en mis labios.
—Um, entonces, si mi olor es diferente ahora… —dejo ese pensamiento colgando entre nosotros, pero jadeo suavemente cuando veo a Edward abrir los ojos. El deseo es inconfundible y siento el calor arder por mis venas. Debajo de las sábanas froto mis piernas con las de Edward.
—Aún habría riesgos —susurra—. Eso no cambia sólo porque el olor lo ha hecho. Mi fuerza es un problema. Yo siempre tendría que tener cuidado contigo.
Apenas puedo formar palabras, pero me las arreglo para asentir.
Los ojos de Edward van y viene a mis ojos. Su mano se aprieta suavemente contra mi cintura.
—Pero mi instinto me dice que nunca te haría daño.
Mi corazón da volteretas en mi pecho. Mis labios se separan en una sonrisa. Y mi cuerpo se siente como si tuviera fuego ardiendo bajo mi piel.
Edward se acerca y me besa con dulzura, castamente, lo que, por supuesto, no hace nada para calmarme.
—Es difícil de explicar —sonríe, se aleja y pasa una mano por mi costado—. Acabo de conocerte, sin embargo, aquí estoy, compartiendo tu cama y… no se siente demasiado pronto.
No creo que mi sonrisa pueda ser más amplia. Se inclina y me besa de nuevo, no tan castamente esta vez. Sus manos se mueven por encima de mi espalda y mi costado. Sus pies se deslizan sobre mis piernas desnudas. Su beso me consume, su sabor es libertad, vida y alegría.
Estoy tan atrapada que sin pensarlo deslizo mis dedos por debajo de su camiseta y apenas toco la piel de su torso. Edward silba y jadea, se hace hacia atrás y retiro mi mano rápidamente. Él abre los ojos y están oscuros, casi negros.
—Lo siento —susurra—. ¿Hice algo mal?
—¿Tú? No, tú no… creí que yo estaba haciendo algo mal. ¿Fui demasiado lejos?
Edward me mira.
—No lo sé. ¿Qué es demasiado?
Siento que mi rostro se enrojece y sé que incluso en la oscuridad Edward podría ver mi sonrojo.
—Yo tampoco lo sé —susurró—. Nunca antes me dejaste tocarte bajo tu camiseta.
Hay un momento de absoluto silencio y luego, las siguientes palabras de Edward envían mi corazón a las nubes.
—Se sentía bien.
—¿Sí?
Él asiente lentamente, con el pelo desordenado contra la almohada.
—Ha sido toda una tarde —reflexiona—. Se siente como si hubiéramos pasado de cero a la sexta, cuando deberíamos ir en primera velocidad.
—¿Tienes problemas para mantenerte al corriente?
—No —niega—. No, me mantengo bien. Creo que es eso lo que me sorprende… que tan rápido van las cosas, pero que tan bien se sienten.
—Entonces, ¿crees que un día podríamos ir más lejos?
Los ojos de Edward arden cuando asiente.
—Quiero estar contigo —susurra.
Mi jadeo llena la habitación, y luego es superado por el golpeteo frenético de mi corazón.
—Pero hay cosas que tener en cuenta —añade.
—Mm, ¿cómo qué? —¿Quizás la frialdad de su cuerpo? ¿O posiciones seguras? Mi cara se enrójese de sólo pensarlo. ¿Quizás el lugar?
—Control de natalidad.
Abro los ojos a todo lo ancho y lo miro, no segura de haber escuchado bien.
—¿Has dicho control de la natalidad?
Él asiente y de repente parece cohibido. Me incorporo rápidamente, las sabanas se arrugan alrededor de mi cintura mientras miro hacia él, tumbado en mi almohada.
—Pero creía que tú no podías…
Edward me da una sonrisa de disculpa.
—En realidad, hay una posibilidad de que sí pueda.
.
.
Wow!
Y a que velocidad van estos dos!
Muchas gracias por leer y comentar. Me encanta leerlos en los reviews!
Nos leemos en el próximo ;)
