Dos menos en un mes.

La nieve y el viento azotaban los terrenos a principios de diciembre. Godric, Salazar y Helga se encontraban reunidos en su lugar habitual. No podían hacerlo con tanta frecuencia como deseaban pues eso levantaría sospechas que podían acabar en un cambio de destino de Helga. No podían permitirse algo así. De forma que, aprovechaban cada momento del que disponían para trazar planes. El mapa que habían trazado de los fragmentos de alma ocupaba un lugar céntrico en la sala. La cual había adquirido la disposición adecuada para un consejo de guerra, era lo que en ese momento eran. Su prioridad era solventar el problema más peligroso, el resto vendrían después. Si no atajaban uno cada vez nada saldría bien.

—Hemos destruido tres Horrocruxes en un tiempo corto de tiempo, cosa que no esta nada mal —resumió Godric. —Sin embargo, queda mucho por hacer. Es un avance que sepamos lo que nos queda. Otros tres y la parte principal. Así que si logramos destruirlos antes que Voldemort asome la nariz, tendremos una gran batalla ganada. Solo quedaría acabar con él.

—Tendremos que aguardar a que haga su movimiento. Vista la actividad que ha tenido en los últimos años no creo que tarde en intentarlo —opinó Salazar mirando el mapa de forma analítica. —Vino a por la piedra al castillo, aunque creo que yo era el otro premio que esperaba obtener. Su intento debió trascender de alguna manera, si estuvo lo suficiente fuerte para alimentarse de la fuerza vital de una persona...

—Es posible que de eso le queden energías y si alguno de sus seguidores le ayudase; todo se complicaría. Sería malo —comentó Helga.

—Muy malo. —Salazar miró pensativo el mapa. Tenían tres accesibles en Londres, solo debían desplazarse a los distintos lugares. Los habían estado estudiando ampliando las localizaciones. Uno de ellos, quedaba fuera de cuestión hasta que lograsen obtener la libertad de Sirius, algo en lo que tampoco podían demorarse tanto. Los otros dos eran otra historia. —Creo que debemos ir a por el que esta en Gringgots y luego centrarnos en el que está en Little Hangleton. Puedo encargarme del de Gringgots.

—¿Cómo?, si no puedes ni ir a Hogsmeade.

—Pero si puedo arguir que necesito dinero y que no confió en sacarlo por mensageria. Se lo diré a McGonagall.

—No funcionara Salazar —declaró Godric. —Te tienen en una burbuja. No te será fácil persuadirlos.

—A Dumbledore no, pero McGonagall es otra cosa. Sobre todo si aprovecho la visita del ministro para hacer la petición.

—Entonces yo me ofreceré a escoltarte. —Helga sonrió. —Es un plan que puede funcionar. Siguiente punto, Little Hangleton. Seré yo quien vaya. Creo que el momento ideal para hacerlo es durante las navidades. Tu no puedes abandonar el castillo entonces.

—Lo sé, pero no confío de enfrentarnos a solas a una de esas montuosidades.

—Puedo acompañarla yo. Siempre que no sea el día de navidad —afirmó Godric. —De hecho la mañana siguiente a la festividad mi abuela tiene reunión en el Wicengamot y el tío Algie suele dejarme siempre mi espacio y apenas hace preguntas.

—¿Y qué pasa con el rastro? —objeto Helga. —En Gringgots no habrá mucho problema, es un edificio protegido del que no se puede registrar la magia.

—He estado investigando eso. —Godric sonrió triunfante. —El rastro esta ligado a la madurez mágica biológica. Una vez tu potencial mágico, desarrollado al completo o no, detecta que tu cuerpo a alcanzado la mayoría de edad se rompe el rastro. Sobretodo en un sortilegio tan débil como el que han puesto con esas normas actuales. Curiosamente aquellos que estudian en casa carecen de él. Tampoco los que entraron a edades superiores a los once años, como los que alguna vez han venido de intercambio.

—Interesante, así que se adquiere con una de las ancestrales tradiciones del castillo. Cruzar el lago. —Salazar frunció el ceño. No estaba muy conforme con eso. Parecía una forma de control más que una de seguridad. Algo que, si hubiese un problema o peligro gordo podía meter a la persona en un problema altamente legal. —Tendremos que hacer algo con eso. Modificar la barrera que permite que se haga eso con nuestros alumnos, porque supongo que no sabrán de ello. La razón de los rastreadores era el control de los criminales. —Se preguntaba cuanto tiempo estarían haciendo aquello. No quería ni imaginar la respuesta. —Tienes algún plan, ¿no Godric?

—Pocion envejededora. Una pocion que nos haga ser adultos según las normas actuales durante unas veinticuatro horas.

—Suerte que yo no tenga que tomarla —comentó Helga con una sonrisa. —¿Cuanto tardarías en prepararla?

—Unas seis horas —respondio Godric.

—Son las diez de la noche —dijo Salazar. —Es sábado. Si la haces ahora podemos tomarla a las seis de la mañana del domingo y el Lunes estaríamos de vuelta a esta edad que mostramos ahora y sin el rastro colocado.

—Es el momento propicio —reconoció Helga. —Sólo necesitareis una cuartada.

—Eso es fácil. Nos acostamos tarde y nos levantamos temprano para estudiar —propuso Salazar encogiéndose de hombros.

—Prepararé la poción. Mientras tanto poneos de acuerdo para vigilarla, nos turnaremos cada dos horas. Yo también quiero dormir.

Así lo hicieron, preparando los ingredientes y luego comenzando a prepararla, dándose el parte cada dos horas para poder seguirla donde había terminado el anterior. Al final la habían terminado, en las cinco horas de elaboración. La sexta era para que pudiese enfriar y ser ingerida.

—Chicos, el brebaje la está. Es vuestro momento de ser adultos por un día —bromeó Helga al despertarlos.

La poción funcionó, ambos crecieron hasta tener una apariencia de unos diecisiete a veinte años. Sintieron como ese famoso rastro desaparecía de sus cuerpos. Lo desafortunado, que debían permanecer ocultos durante esas horas.


Unos días después de aprovechar las circunstancias mencionadas por Salazar, este estaba siendo escoltado al ministerio por Helga, algo que había causado la contrariedad de Dumbledore. Eso se notaba en que ambos habían detectado a Hagrid por los alrededores. Salazar no quería ni imaginar lo que le habría dicho al semigigante para que acudiese. Seguro que algo de aportar una seguridad extra desde la distancia o por el estilo. El caso era que no se trataba de algo precisamente discreto.

—¿Crees que habrá por aqui alguien más de esa orden que el perro mencionó? —le preguntó Salazar en un susurro a su compañera.

—Es posible. Esta claro que por lo relatado por el perro, Hagrid lo era. Tendremos que estar atentos.

Caminaron con calma por el callejón, en silencio. Salazar interpretando el papel de adolescente incomodo por tener que ser escoltado y al mismo tiempo asustado por la amenaza sobre su persona. Era lo más sensato. Mostrar demasiadas confianzas con un auror, por joven que ella fuese podía ser peligroso para ellos en el futuro. Sobretodo si los vigilaban. Era un poco paranoico con eso. De echo, ambos lo eran. No tardaron en alcanzar el banco, lugar donde estaban más seguros, lejos de cualquier hombre de apoyo enviado por Dumbledore.

—Buen día, quisiera audiencia con Bagdod. Se trata de un asunto de injundia.

—Enseguida se lo comunico señor Potter y señorita...

—Tonks.

El duende les dejó a solas por unos instantes, tras hacerles pasar a una especie de sala de espera brillantemente ornamentada. Se notaba con esa decoración el poder económico que tenía el banco. Los gravados reflejaban distintos momentos de la historia mágica, de las tensiones entre magos y duendes y como estas habían acabado por influir en la economía. Salazar consideraba que los magos habían sido idiotas en relegar a los duendes únicamente a los asuntos de la moneda. Pues desde ahí podían hacer colapsar todo el ía que estar atento a una posible revelion para tener un plan de contingencia. Aunque no creía que fuese a suceder nada, el clima no era tan tenso todavía.

La espera era larga, pero normal. Muchas veces sucedía que o estaban reunidos o buscaban medir la capacidad de paciencia de los magos. Paciencia era algo que le sobraba a Salazar, también a Helga. No hablaron mucho entre ellos en esos momentos de espera, simplemente aguardaron. Hasta que por fin, llegó el momento. Pasaron al despacho del gerente de cuentas de Salazar que curiosamente había sido nombrado director recientemente. Siendo así, Salazar entendía mejor el procedimiento. Por otra parte les facilitaba bastante los movimientos.

—Le felicito por su nombramiento, Bagdod.

—Se lo agradezco, señor Potter —el duende le dirigió una sonrisa. —No creo que sea solo felicitarme por mi nombramiento. —Luego miró con interés hacia Helga.

—Ella es de confianza. Aunque ante el ministerio y la escuela no sea más que mi escolta.

—Entiendo. Ahora digamé, ¿que les trae por aquí?

—Temo que seamos portadores de malas noticias para su banco. Un artefacto oscuro se oculta en una de sus cámaras de alta seguridad. Un Horrocrux, de Voldemort.

—Eso es un asunto grave. ¿Puedo saber en que vasaís tal acusación?

Ambos intercambiaron una larga mirada, parecían estar sosteniendo una conversación. Ese detalle no le pasaba por alto al duende, como tampoco que ella era una funcionaria del ministerio pues aunque fuese de paisano había ciertos indicadores en su indumentaria que la señalaban como auror del ministerio.

—Encontramos uno en Hogwarts. Harry ya había destruido uno el año anterior —habló Helga al fin. —Como dicen los muggles, no hay dos sin tres. Así que hicimos ciertas averiguaciones.

—¿Porque no comunicar esto al ministerio?

—Podrían aprovecharlo como argumento contra todos vosotros —Argumentó Helga. El motivo no era ese, sino el secretismo de lo que tenían entre manos y quienes eran, pero aquello no era una mentira después de todo. —Todos aquellos que crecimos en este mundo sabemos lo importante que es, para algunos, controlar todas las esferas de poder.

—Consideramos que esto es un asunto que atañe solo a esta institución —agregó Salazar hablando con tranquilidad. Había captado por donde iba Helga. —A fin de cuentas, este banco es vuestro territorio.

—Sí, lo es —admitió el duende, era difícil saber que estaba pesando. —Aguardad aquí mientras compruevo vuestra información. Dejaré un par de guardias con vosotros.

Ambos asintieron en silencio. Eran conscientes que los duendes eran poco tolerantes con las tomaduras de pelo y los problemas que los humanos pudiesen traerles. También sabían que una vez hallado y destruido el Horrocrux quedarían libres de ese peligro. Si hubiesen acudido al ministerio, primero Helga hubiese tenido que dar demasiadas explicaciones, luego el ministro y su séquito hubiese acusado a los duendes de conspiración con un mago oscuro para derrocar el gobierno actual, y por último todo habría saltado por los aires. No, era mejor lo que habían hecho, ambos estaban seguros de ello. Pasada media hora el duende regresó.

—A sido acertada vuestra advertencia. Un antiguo y valioso objeto ha sido corrompido de tal manera —anunció Bagdod a su regreso. —Supongo que querréis que os sea entregado.

—Nuestro mayor deseo es destruirlo —afirmó Salazar.

—Bien. —Con un signo hizo que entrasen portando el objeto encerrado en una caja que lo contenía de forma segura. —Espero que sepáis cómo.

La imagen que surgió ante ellos los descolocó. Ambos habían reconocido ese objeto y ambos sintieron dolor y rabia al verlo. Era un objeto que pertenecía a uno de ellos, uno de los cuatro. En este caso a Helga. Era la copa en la que había hecho tantas mezclas mágicas en el pasado. Ahora completamente corrompida. No había forma de destruir el Horrocrux sin destruir la copa. ¿Cómo se había atrevido a mancillar un legado maravilloso de esa forma? Salazar cerró con fuerza el puño alrededor de la daga de plata marcada con el veneno de basilisco.

El duende estaba expectante, maravillado con sus reacciones aunque no sabía porque. Simplemente pensaba que ambos habían identificado el valioso objeto que había sido mancillado y conocían su historia.

—Deja que sea yo quien lo haga; a fin de cuentas fui Hufflepuff.

Salazar se volvió hacia Helga sosteniéndole la mirada antes de desenfundar la daga y entregarla sosteniéndola con la hoja hacia él. Comprendía porqué quería hacerlo y lo que le había costado tomar aquella decisión. Todo terminó en cuanto hundió la daga en la copa. El metal quedó completamente quemado, inutilizado y carbonizado. El fragmento de alma pasó a mejor vida, como suele decirse. En cuanto al duende, no había visto en eso nada raro; de hecho encontraba poético que alguien que había sido estudiante de la casa Hufflepuff fuese quien había destruido aquel Horrocux en concreto. Tras aquello, cada cual quedó por su lado y salieron a hacer las compras, que era el pretexto que habían empleado para toda aquella operación.

Mientras eso sucedía, en el castillo, Godric pasaba la tarde junto a Ron y la rata de este, Scabbers. Si no fuere porque sabía la verdadera identidad de esta, sentiría pena por verla tan demacrada y con incipientes calvas en todo su pelaje. La primera parte de la tarde la habían dedicado al estudio. Godric había logrado convencer a Ron de que si quería más atención por parte de sus padres tenía que destacarse por encima de sus perspectivas. Lo había convencido que se pusiese las pilas con el estudio, para así poco a poco mejorar. Al menos ahora no dejaba los trabajos para el último momento, lo que en sí era un gran avance. El resto de la tarde fue más placentero. Lo pasaron jugando al ajedrez mientras hablaban de distintos temas, Quidditch, Sirius Black, los planes para navidades...

—¿Por qué no le llevas a un magizoologo que la examine? —le preguntó dando un vistazo lastimoso a la rata.

—Son demasiado caros y parece que el tónico le va bien. Si no fuese por ese maldito gato que la persigue todo el rato ya estaría recuperada. Creo que es un problema de stress.

—Aún así, una revisión a fondo no le vendría mal. —Godric sabia que un buen magizoologo sabría diferenciar entre un animal magico y uno que no lo era, pero sobretodo, entre una criatura y un ser humano que se hace pasar por una. —Yo puedo ayudarte en lo económico.

—No, Neville. Te lo agradezco pero no puedo aceptarlo. Es incedente ir acerptando el dinero de los demás y los trabajos por pena.

—Como veas —dijo justo antes de ordenar un nuevo movimiento de ajedrez. Justo en ese momento entró Salazar en la sala común.

—¡Harry! —exclamó Ron, que era quien estaba de cara a la puerta. —¿Cómo te ha ido?¿te han dado la vara mucho los aurores?

—No demasiado. Pero al menos tengo todas las compras. Además, me pareció ver a Hagrid. Creo que Dumbledore quería que me sintiese arropado. —Intercambió una fugaz mirada con Godric quien asintió indicando que había captado el mensaje. —Así que todo bien.

—Me alegro —dijo Ron.

—Espero que no te olvisases de mi.

—No lo hice, Neville. —En publico no podían olvidarse de tratarse con los nombres por los que eran conocidos en esa época.


El castillo había quedado prácticamente desértico durante el receso invernal. Eso se había notado en la cantidad de gente que había cruzado los terrenos en dirección a los carruajes. Parecía que aquellas navidades la gente tenía prisa por regresar a casa. Godric había regresado, y Helga se había cogido esos días de vacaciones quedando en el castillo tan solo su compañero auror el cual se las cogería después. Las dos semanas de vacaciones navideñas se las habían partido.

Salazar había quedado sólo en la sala común, con la única compañía de los Weasley y de Hermione Granger. No estaba mal, de hecho parecía que iban a ser unas vacaciones entretenidas, si no fuese por las continuas discusiones entre Ron y Hermione sobre la rata de este y el gato de esta; discusiones que le hacían desear desenmascarar a la rata de una vez por todas ante ese auror, el tal Kingsley. Pero eso era inviable, actualmente. Por el momento sólo podían vigilarla, así que tuvo que contener las ganas de estrangularla cuando esta se refugió en sus manos en uno de los envites de Crokshanks, el gato de Hermione. Salazar sabía porque reaccionaba así ese gato en concreto, era debido a su propio mestizage, su sangre que Knalze le dotaba de un don para detectar donde había algo mal.

—No discutáis, por favor. Hoy no es un día en el que se pueda discutir, sino de disfrutar —les dijo. —Pero si tenemos regalos. ¿Los abrimos?

—Yo ya los he abierto. Por cierto Harry me encanta la enciclope...

—Si, si. Tu con un montón de libros de das por contenta. Ahora saca a esa bestia de la habitación para que Scabbers pueda descansar —dijo Ron en un tono desagradable, mientras alargaba la mano a uno de sus regalos.

—Eres idiota, Ronald —profirió Hermione antes de salir de la habitación.

—Y encima va y me insulta.

—En esta ocasión te lo has ganado, amigo. —Salazar había desenvuelto ya todos sus regalos excepto uno. Un fino paquete que había quedado por debajo de todos. Lo desenvolvió con cuidado, para acabar revelando que su contenido era una escoba voladora. La mejor del mercado. Una Saeta de fuego. Un papel había caído de su interior, papel que se apresuro a desvanecer. Ese papel tenía impresa una huella de perro. Notó como vibraba la escoba y al soltarla esta se quedo elevada a la altura en concreto para que pudiese montarla.

—Wow, Harry. Esa es la mejor escoba del mercado. ¿Me dejarás montarla?

—No estoy segudo que debamos hacerlo. —Si iba a fingir comportarse como una persona más sensata era mejor empezar a mostrarlo ahora. Sabía que a la escoba no le pasaba nada, que estaba en perfectas condiciones; pero al mismo tiempo se suponía que había un loco detrás de él dispuesto a matarlo. Una escoba podía ser un arma excelente, un medio excelente para lograrlo. —No venía ninguna nota en ella.

—¿Y qué?, es un regalo maravilloso.

—Que la puede haber enviado cualquiera.

—Alguien que te aprecia mucho desde luego.

Salazar le sostuvo la mirada. Ron no iba mal encaminado en lo que decía. Sirius Black era su padrino y era habitual ese tipo de regalos dentro de ese tipo de relación. No se conocían lo suficiente como para decir que había una relación de aprecio. Haber estado durante unos años separados por las circunstancias que se habían dado había hecho que no pudiese haber continuidad en su relación. Él no se acordaba de cómo había sido todo antes que Sirius acabase en prisión. Debía fingir completa ignorancia

—No imagino quien pueda ser.

—A Lupin le caes bien.

—Si Lupin tubiese tanto dinero renovaría su vestuario.

—Pues McGonagall, ella te regaló la Nimbus.

—El descuento de dinero fue hecho de mi bóveda.

—¿Lo dices en serio?

—Completamente.

—¿El equipo de Gryffindor?

—Ron, una escoba así puede valer alegremente unos quinientos galeones; tirando por lo bajo.

—¡Ya sé!¡Dumbledore!

—Dumbledore no puede permitirse mostrar ese favoritismo hacía un alumno.

—Por eso precisamente. Eres su favorito.

Salazar negó con la cabeza, gesto que Ron interpretaba como una negativa ante la propuesta pero en realidad estaba pensando en otra cosa. El que se pensase que era el favorito del director iba a jugar en su contra en algún momento, sabía que el director quería usarlo de algún modo, pero ¿cual?. Haciendo ver a todos que era su favorito hacia que sus detractores no estuviesen dispuestos a dar apoyo y sus seguidores sí, casi como demarcar el tipo de relaciones que podía tener. Tenía que estar atento a eso y consultar con Godric y Helga, su opinión era importante en esto. Era una lástima que Rowena no estuviese con ellos, podía aportar un tinte distinto a la situación; aunque esa chica de la casa Ravenclaw a la que sus propios compañeros acosaban tenía ideas bastante divertidas y diferentes.

—Tengo que hablar con Mcgonagall —declaró Salazar, antes de sujetar de nuevo la escoba y salir de la habitación. Sabía bien como debía seguir la jugada entonces.

Agradecía que no hubiese casi nadie en el castillo, así se ahorraba los murmullos de las personas, bastante se iba a montar cuando la existencia de esa escoba entre los estudiantes se hiciese publica. De hecho no le extrañaría nada que el resto de los Weasley lo supiesen ya, Ron era buena persona en general, pero tenía la lengua un poco suelta. Toco a la puerta del despacho de la profesora Mcgonagall. Prefería recurrir a ella antes que al director.

—Adelante.

—Profesora McGonagall, tengo un problema —dijo al entrar. Se encaminó escoba en mano a la mesa de la profesora mientras esta lo miraba con severidad. Era una expresión que solía tener siempre. Suponía que al decir que había un problema se había puesto en lo peor posible. —Acabo de recibir esto. —Depositó la escoba sobre la mesa. —No había ninguna nota en el envoltorio. Es la mejor escoba del mercado y bueno, no creo que nadie regale algo así sin más, de forma anónima. Puede que esté un poco paranoico pero... ¿Y si Sirius Black tiene algo que ver?

—Cualquier cautela es poca. Ha hecho muy bien señor Potter. El profesor Flitwich y yo examinaremos la escoba. Le mantendremos informado.

—Muy bien profesora.

Tras dejar la escoba con la profesora decidió pasar por las cocinas y pedirles algo de comida. Sabía que estaban atareados con el festín navideño, pero esperaba que le pudiesen hacer un hueco. Tenía pensado llevar algo de comida a Sirius Black para que pudiese celebrar copiosamente aquel día. Se llevó un buen paquete y utilizó un pasadizo secreto que llegaba directamente a los terrenos. Así evitaba encontrarse con otro alumno o peor con un profesor, había profesores que no serían demasiado transigentes con que aparentemente optase por comer en solitario en lugar de con el resto del castillo. Era un pasadizo de una sola dirección. Se podía salir a los terrenos pero no entrar a través de ellos.

Recorrió los terrenos nevados hasta el sauce boxeador. Con un simple encantamiento inmovilizo las ramas del sauce para que este no pudiese golpearlo y entró a través del pasadizo. En sus tiempos, aquel pasadizo estaba oculto bajo una formación rocosa. Era una de las rutas de evacuación del castillo. El que ahora fuese otra cosa evidenciaba que había sido descubierto y aprovechado para otros menesteres. No tardó en llegar a la casa de los gritos. Destartalada y ruinosa como siempre.

—Veo que has hecho reformas. Muy listo.

—Lo soy. Me digisteis que no levantara sospechas.

—Y sin embargo me has hecho un hermoso regalo navideño que obviamente he tenido que pedir que revisen a conciencia.

—La escoba no tiene nada de malo.

—Lo sé. Más es muy raro recibir un paquete sin saber de quien es. Nadie regala cosas así porque si.

—Entiendo.

—Sin embargo, me ha gustado. —Le dejo sobre la mesa el paquete con la comida. —Me quedaría a compartirla contigo pero creo que mi ausencia sería demasiado notoria en ese caso.

—Ve y disfruta del banquete. Por cierto, ¿Cuando pensáis atrapar a la rata?

—Tiempo al tiempo. No es algo en lo que podamos apresurarnos. —Le dirigió una mirada antes de abandonar el lugar. —Acuérdate de ser prudente, si te atrapan no podremos ayudarte de ningún modo y no deseo que te atrapen. Tu eres mi pasaporte para abandonar a los Dusrley sin armar un hermoso revuelo.


La navidad había pasado ya y las familias estaban ya dispersas cada uno atendiendo a sus propios menesteres. Godric se alegraba que así fuera, sino lo tendría muy difícil para reunirse con Helga. Hacía unas horas que su abuela se había ido a la reunión en el ministerio y el tío Algie estaba perdido en los invernaderos de la casa. No le supuso mucha dificultad salir de la casa y dirigirse al callejón diagon. La chimenea le sirvió para eso, después de todo no era tan raro que saliese a comprar algo de pergamino para uno de los trabajos vacacionales. Convenientemente se había olvidado de algunas de sus reservas. Así tenía la excusa perfecta si por un casual era cuestionado. Se encontró con ella en el lateral del banco que iba al callejón Nkockturn.

—Te has retrasado un poco —dijo Helga. La reconoció por la voz, aún no se había habituado al don que tenía su amiga en esta vida. En esos momentos parecía una chica más o menos de su edad, puede que dos años mayor.

—Por un momento pensé que adoptarías el aspecto de mi abuela —bromeó.

—Podría hacerlo. Eso engendraría rumores sobre el don de la ubicuidad, quizá hasta empezasen a decir que es una diosa.

—Mejor que no. ¿Nos vamos?.

—Claro.

Llegaron al lugar mediante aparición conjunta a una senda polvorienta alejada de un pequeño poblado con aspecto parecido a estos que salen en la televisión con leyendas negras o rumores de estar malditos. Claro que un lugar donde habían sido asesinados sus terratenientes y el asesinato no había sido resuelto, lo normal era que suscitase ese tipo de ambiente. Avanzaron por la senda. Ambos tenían presente toda la información que la propia Helga había reunido del lugar. Un lugar que antaño perteneció a la propia casa solariega de los Gaunt y que estos perdieron por sus propios despilfarros. La endogamia destruyo a esa rama de la familia del hermano de Salazar. La endogamia y los aires de grandeza.

Llegaron al punto donde se encontraba la vieja cabaña en la que esa familia había terminado viviendo. Una casa de una sola estancia medio derrumbada y cubierta por las malas hiervas con el paso del tiempo. Pero a su vez tenía algo que la hacía resaltar como lugar peligroso, una vez fijabas tu atención en ella.

—Supongo que tendrá puestos hechizos para que pases de largo y no la notes —Observo Helga mirando desde donde se habían detenido con cautela

—De todas formas no creo que nadie entre en un lugar así, avandonado.

—Te dorprendería, Godric. Los adolescentes muggles son capaces de muchas estupideces.

—Pues aseguremonos que este lugar no se convierta en una tumba para curiosos.

Con las varitas en alto se adentraron en el interior de la casucha, sintiendo ambos el escalofrió propio causado por la magia oscura cuando esta arraigada en un lugar o imbuida en algún objeto. Ese lugar era una trampa y ellos acababan de activarla. La propia magia oscura del lugar los estaba tentando a abandonar cualquier cautela. Por fortuna ellos eran más fuertes que esa magia y podían resistirse y darse mutuo aliento.

—Me alegro que Salazar no quisiese que viniese sola.

—Nadie debería enfrentar solo uno de estos. Ni ninguna situación en general.

—Me temo que tendremos que enfrentar a Voldemort entre los cuatro, una vez aparezca Rowena.

—Pues esperemos que no tarde mucho, Helga. El mundo sería un verdadero caos si llegase a pasar.

—Si el plan funciono con nosotros tambié lo hizo con ella. Según mis cálculos debe llevarse uno o dos años contigo y con Salazar.

—Busquemos el Horrocrux.

Dejaron que la magia del lugar los guiase, hasta donde estaba especialmente concentrada. En una zona del suelo donde se notaba que las tablas del suelo estaban algo sueltas. Pero eso no parecía de deterioro, sino hecho intencionadamente y luego simulado que no. Ese debía ser el escondrijo. Grodric procedió a retirar las tablas tras ponerse los guantes protectores, aunque las tablas no parecían hechizadas pero era mejor prevenir. La oscuridad parecía venir de debajo de las tablas. Una vez retiradas, sobre un lecho de terciopelo, había un anillo. Un anillo que invitaba a tomarlo y a ponértelo. Helga pudo identificar la maldición que encerraba y era de todo menos agradable.

—Putrefacción progreseba infrenable —murmuró mientras sacaba la daga que le había proporcionado Salazar para aquella labor

—Eso no es bueno.

—¿Te apetece hacer los honores? —Le ofreció la daga.

—Esta bien, así me pongo a la par con vosotros.

A Kilometros de allí, en la oscura sala de los menesteres, lugar de reunión de los tres amigos. Un punto más desaparecía del mapa. Había desaparecido uno a principios de mes y ahora desaparecía el otro. Eso evidenciaba que otro fragmento de alma había sido eliminado. Los dos que habían planeado destruir aquel mes habían sido destruidos. Ya tan solo quedaba un Horrocrux y la parte anfitriona. Salazar contemplo el mapa con satisfacción, era el momento de centrar sus esfuerzos en Pettegrew para liberar a Sirius y poder acceder al emplazamiento donde estaba el fragmento restante.