¡Hola! Nueva actualización, ya saben. En fin, espero que tengan un buen año y una lectura agradable. Por cierto, como aviso decir que éste capítulo ocurre unos cuantos meses después del beso.

El silencio que reinaba en la habitación llegaba a ser torturante. No sabía qué hacer ni qué decir ante el hombre que no cesaba de moverse de un lado a otro, sopesando el avance que todo había dado y parecía tener una fecha como límite y no se atrevía a decir. Ambos Ryuzaki esperaban fueran del lugar tras haber recibido órdenes claras de "únicamente quiero hablar con el enfermo". Y había sido introducido en la habitación y estaba en espera. No le gustaba esa presión. Sabía lo que venía, ¿por qué no podían ser más rápidos a la hora de dar una noticia?

Era claro que no iban a operarle. Se lo había escuchado decir a una de las enfermeras que solían turnarse para llevarle al interior del gimnasio de rehabilitación. Había echado atrás a todas aquellas personas que estaban en lista de espera, igual que él. Se sintió ciertamente abatido, pero no era suficiente como para pensar que no podía seguir viviendo. Se había dado cuenta de que podía trabajar en los caballos cuanto quisiera, al no tener esfuerzos de más no tenía ataques. Lo único que le preocupaba en esos momentos era ser enviado otra vez a la ciudad, con su sofocante madre encima en todo momento.

Él no quería regresar. Le gustaba el rancho, los caballos y las personas que vivían en él. Claro que esto nunca se lo confesaría a ninguno de ellos. Días atrás había sido testigo del primer día de clases de Riku y se había visto envuelto en la emoción del momento. Apartado en un rincón le sonrió de forma orgullosa al pequeño con intenciones de darle ánimos y Riku había comprendido al instante que se trataba de eso. No sabía exactamente cuando fue que comenzó a llevarse bien con la criatura. Seguramente, el día que Momoshiro y Ann les demandaron a él y a Sakuno que se encargaran de cuidarlo mientras ellos tenían un merecido día libre. Sakuno cayó enferma y el cargo de cuidar al pequeño cayó sobre él. No fue agradable, desde luego. Era la primera vez que hacía algo con un niño, pero tampoco fue tan desagradable como decían.

Llevaba cinco meses de rehabilitación y finalmente, en agosto, estaba teniendo resultados… negativos. Fuji Shyusuke tenía el ceño fruncido, deteniéndose finalmente para apoyarse en el escritorio y cruzar los brazos encima del pecho. Lo observó con sus ojos fríos y serios.

-Tengo noticias- dijo- no he querido decirlo delante de los demás porque creo que eres tu quien debe de tomarlas. A tu edad ya eres lo suficiente inteligente como para saber lo que te conviene o no. Tú decides.

Bien. Eso no parecía tener tan mala pinta. ¿O sí? Cruzó los dedos para no desear apretar el cuello del médico cuando le diera la noticia.

-¿Qué?- Exigió.

-Tu operación- respondió finalmente el hombre- vas a operarte. A finales de éste mes de agosto- explicó- Ya tengo plaza para ti. Creo que eres consciente de que es una operación de larga duración en la cual estarás en peligro. Tampoco se te garantiza que puedas volver a caminar, aunque si todo sale bien, esperemos, lo lograrás con una dosis más alta de rehabilitación y fuerza de voluntad. ¿Qué dices? ¿Quieres hacerlo?

Su interior se agitó frenéticamente. ¿Estaba de guasa? Claro que quería operarse. Se había estado preparando mentalmente para ello y había llegado a la conclusión de que si iba a estar mucho mejor de cómo estaba en esos momentos, lo haría. Conocía los riesgos y los aceptaba. Quizás, su firmeza y valor a la hora de operarse era lo que estaba haciendo retroceder a ese médico.

-Lo haré- respondió seriamente.

-Bien. Entonces, perfecto- se acercó hasta la puerta y se inclinó- Ryuzaki, puede entrar.

Con la mirada fija en la puerta esperó. Padre e hija entraron en el interior de la consulta, pálidos y confusos. Fuji los puso al corriente y Ryuzaki padre fue el primero en mirarlo con atención.

-¿Estás seguro?- Le preguntó.

-Sí- respondió encogiéndose de hombros.

Sakuno fue la que se encargó a continuación de recoger todos los datos y demás necesidades que el médico especulo. Él espero, con la mirada fija en la delgada figura de la ranchera. Temblaba ligeramente y se movía con torpeza. ¿Miedo? ¿Por qué debería de sentir miedo? Era a él a quien iban a operar. Suspiró y apartó la mirada de ella. Seguramente, terminaría enterándose de qué inquietaba a la chica tarde o temprano.

No podía evitar algo así.

Tras que las pautas marcadas quedaran establecidas, Yohei Ryuzaki empujó la silla por él, esperando a la despistada Sakuno que iba más atenta a la carpeta con los diferentes informes médicos que a su paso.

-Sakuno, te caerás- advirtió Yohei frunciendo el ceño- podrás revisarlos en casa, deja de ser tan curiosa.

-No soy…- intentó protestar la joven con un ligero rubor en sus mejillas- está bien- finalizó suspirando.

Los siguió esta vez a la altura, con la carpeta bajo el brazo y más atenta a cuanto tenía a su alrededor, aunque eso no pareció evitar que entrara en el ascensor equivocado o que se equivocara de salida. Yohei movía la cabeza negativamente mientras se detenía en la puerta del copiloto.

-Desde luego, el hombre con el que te cases te tendrá que enlazar la cintura para evitar que te pierdas- masculló avergonzando a la joven y abriendo la puerta- eres un caso perdido. Menos mal que tu sueño no fue crear mapas que si no…

-Ya, ya, papá- detuvo abrigada por el enojo y la vergüenza- sé que soy torpe, despistada y me pierdo con facilidad. Mou…

Pese a todo no había perdido su mirada preocupada y aferraba con más fuerza de la necesaria la carpeta entre sus manos cuando se sentó antes que ellos en el sillón trasero. Ryuzaki le dejó paso libre para que se subiera él mismo. Había instalado una barra en la puerta para que pudiera utilizarla como apoyo, al igual que otra en la parte superior. Luego, alguien debía de encargarse de nivelarle las caderas. Se había dado cuenta que gracias a eso, sus brazos habían ido acumulando la suficiente fuerza como para moverse él mismo sin la necesidad de la silla de ruedas, poniendo en facilidad algunas de las tareas que los demás debían de hacer por él. Era increíble la de vueltas que había dado su vida durante esos largos meses.

La furgoneta se detuvo ante la casa. El rancho estaba florecido de vida gracias a la gran luz. Por suerte, el calor no era demasiado fuerte y ya comenzaban a tener preparados los bidones con agua para que se mantuvieran frescos para dar de beber a las reses que no podían ser trasladadas. De nuevo, ese año, se perdería aquel acontecimiento. Pero esperaba con gran ilusión poder estar presente el siguiente y no solo como espectador.

Momoshiro los esperaba al pie de las escaleras, junto a la rampa y con Riku a su lado. El pequeño había crecido unos cuantos centímetros en aquel tiempo y ya gustaba de los brazos de su padre. Quería ser como él y eso también entraba a la hora de estar de pie las horas que fueran necesarias. El primer año del curso había comenzado y estaba empezando por aquellos cursos que eran realmente fáciles y simples.

-¿Tenemos noticias?- Cuestionó Ryuzaki nada más descender de la furgoneta mientras se encaminaba hacia él- ¿Una llamada o algo?

-Nada- respondió con cansancio Takeshi- sigue sin dar señales. Me preocupa, señor.

Sakuno se crispó a su lado, sujetándole con firmeza la silla de ruedas aun con los frenos puestos. Se dejó caer sobre ella y suspiró cuando parecía haber caído correctamente sin necesidad de ayuda. Quitó los frenos y empujó las ruedas para subir por la rampa. Momoshiro los miró y saludó con una sonrisa triunfal.

-¿Qué tal ha ido?- Preguntó agitado.

-Le van a operar- respondió Yohei por él- Es una buena noticia.

Las listas estaban tan cerradas y con la muerte de un doctor la lista había disminuido gravemente. De ahí que pensara que no iba a estar entre los futuros pacientes. Aquellas mujeres deberían de haber aclarado el asunto antes de ponerlo en el mal presagio. Se quitó la fina chaqueta que llevaba y se la entregó a la castaña cuando le extendió la mano como ofrecimiento.

-¿De verdad… no hay noticias de él?- preguntó la joven a media voz.

-No, lo siento, Sakuno- se disculpó Takeshi- nunca pensé que cogería una rabieta como un adolescente. Y eso que es un adulto y no ha cometido ningún pecado. Ese chico…

-Dejemos que pase el tiempo- interrumpió Yohei con severidad- necesita estar a solas y darse cuenta de que no ha hecho lo que él crea que ha hecho y que yo ni siquiera sé porque ninguno de vosotros quiere decirme qué ha pasado entre todos ustedes. Creo que solo pinto algo cuando tengo que firmar el talón del dinero.

Todos rieron.

-Está bien, papá- murmuró Sakuno sonriéndole- Eiji… Eiji vendrá. Estoy segura.

Yohei quedó satisfecho. Se encogió de hombros y se frotó los cabellos, mirándole.

-Llamaré a tus padres para decirles la noticia. Sé que seguramente te parece innecesario, pero mientras vivan, siguen siendo tus padres y tienen derecho a saber lo que sucede contigo. Especialmente, con esta operación tan delicada. Y sí, seguramente vendrán.

Le había leído como un libro abierto. Se encogió de hombros. Suponía que aquello era algo normal. Aquellas dos personas eran sus padres, aquellos que lo engendraron. Aunque uno de ellos fuera demasiado protector y otro bastante despistado o mejor dicho, que se hacía el loco.

Yohei se encerró en su despacho mientras estaba deliberando la situación y Momoshiro cargó a su hijo hasta la cocina, reuniéndose con Ann y Kawamura. Él simplemente rodó hacia el ascensor para poder subir y cambiarse de ropa. Se asombró cuando el ascensor se detuvo y se encontró a Sakuno subiendo las escaleras. Se detuvo al verle, parpadeando antes de caminar hasta su altura y entregarle la carpeta con los papeles.

-Está todo bien. Ya he colocado en el calendario la fecha. Tienes que estar la noche anterior para que te preparen y tal…

-Ok.

Atrapó la carpeta para colocarla sobre sus inservibles piernas y la observó de nuevo. Ryuzaki había cambiado lo suficiente en ese tiempo como para que él se diera cuenta. Su cuerpo ya tenía las marcas de una mujer y aunque no iba a crecer en altura, su cuerpo había tomado más formas de mujer. Pero seguía siendo la misma joven torpe y avergonzada que aquel día. Alargó una mano hacia ella.

-Oí- llamó.

Sakuno alzó la cabeza, observando con curiosidad aquella mano. Tardó varios segundos en aceptarla y arrodillarse a su lado. Perpleja y sorprendida, esbozó una sonrisa con torpeza. Se inclinó hacia ella, besándola en un leve roce de sus labios y la liberó. Sakuno agachó la cabeza y escondió su mirada entre sus parpados, tocándose los labios avergonzada.

Aquella cercanía se había convertido en algo demasiado habitual y de vez en cuando, se daban el antojo de besarse desde su último y primer torpe beso, peor que el primero pero que pareció hacer estallar la cercanía entre ellos. Cierto era que Sakuno salió corriendo nada más besarse, por primera vez, con demasiado énfasis como para que sus lenguas se quedaran quitas y él se quedó pensando en un intento de descifrar qué había pasado. Pero sin darse cuenta, durante esos meses, se había dado cuenta de que se estaba haciendo muy adicto a esos labios suaves e hinchados.

Ella no se apartaba, se acercaba y dejaba besar con total naturalidad, pero no había nada entre ellos. Aquello era claro entre ellos. Ninguno de los dos había nombrado la palabra "compromiso", especialmente, desde que fueron descubiertos por Eiji Kikumaru mientras se besaban en el salón de su casa. Eiji, que parecía estar en shock desde el día que él y Sakuno habían desaparecido, desapareció ese mismo día y no había llamado ni nada. Momoshiro y Yohei parecían estar totalmente preocupados por no encontrarle. Sakuno se había sentido deprimida muchas veces y no sabía qué era lo que debía de hacer para animarla, aunque había descubierto que con cada beso que le daba los pensamientos de Sakuno desaparecían.

Giró la silla para poder entrar en su dormitorio, deteniéndose cuando sintió un tirón de las manillas. Giró para verla, sonriéndole con ternura. La dejó guiarle hasta el interior. Le sacó ropa limpia del armario, más cómoda que la que llevaba y se la dejó sobre la cama.

-Le diré a mi momo que suba para terminar de vestirte- informó antes de salir.

Afirmó con la cabeza simplemente y espero a que ella se marchara. Rodó los ojos hacia la mesilla de noche. Se había pasado días pensándolo seriamente. Quizás ya iba siendo hora y descubrir qué le había entregado tiempo atrás como regalo la chica. Ahora, encontraba tan lejana aquella declaración de sentimientos, comparada con la facilidad de robarle castos besos tras el pasional y torpe de la última vez.

Abrió el cajón con cuidado, cogiendo entre sus manos el paquete. Estaba todavía intacto, tal y como él lo dejó la noche atrás. Llevaba tiempo sopesando aquella idea. ¿Dar más vueltas al asunto y aclarar lo que sucedía o seguir siempre con la clase de relación que estaban viviendo ahora?

Aunque comenzó a sospechar que sus problemas amorosos no era lo más preocupante en ese momento. Tenía muchas cosas que pensar. Su madre iría y seguramente no aceptaría la extraña cercanía entre ellos. Era demasiado… maternal. Aceptó a Claire simplemente porque no dio gran importancia a Ryoga pero a él, no le irían las cosas tan sencillas, especialmente, según como terminara saliendo la operación. Si volvía a caminar, quizás y solo quizás, otro gallo cantaría.

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Cerró la puerta con cuidado, descansado su espalda contra ella. Intentaba controlar con todo el esfuerzo que podía el inquieto latir de su frenético corazón. Le latía con tanta fuerza que parecía estar a punto de salírsele del pecho. Si bien era cierto que debería de haberse acostumbrado a que cuando menos lo pensara él la besara, no comprendía por qué razón no podía controlar a su corazón que latía igual que un caballo desbocado.

Todavía recordaba la torpeza con la que había comenzado en el establo para comprobar si sentía lo mismo que había sentido con Eiji y se sorprendió cuando su boca correspondió increíblemente excitada, mucho más que con los besos del pelirrojo. Ryoma se las ingeniaba, y no sabía cómo, para hacer que su cuerpo quemara interiormente y que sus labios ansiaran más de la poca miel que le entregaba en cada beso, llegando a turbar por completo su mente. Pero por muy extraño que pareciera, nunca se arrepentía. Aunque comenzaba a intentar descifrar qué clase de situación era aquella. No eran novios y tampoco nada que fuera serio. Entonces, ¿solo eran dos simples personas de sexo diferente con derecho a roce? Claro que únicamente roce labial.

Suspiró, sintiendo como su corazón se había calmado levemente y su rostro ya no desprendía calor. Poco a poco, la preocupación comenzó a anidar nuevamente en su pecho. Los recuerdos sobre Eiji se habían vuelto a convertir muy sensibles. Recordó aquella noche en que ambos se habían quedado cuidando a Riku y ella pilló un resfriado. Terminó agotada en el sofá cubierta por una manta y una bombona de frio en su frente. Ryoma se encargó del pequeño Riku, quien parecía comprender perfectamente la situación y no se comportó como el monstruito que era cuando estaba con sus padres. Ryoma había aprovechado que Riku se había quedado dormido finalmente, se inclinó contra ella y depositó un suave beso en sus febriles labios. Justo en el momento en que le correspondía, Eiji entró.

El momento fue demasiado lento como para percatarse. La puerta dejó entrar una leve corriente que los golpeó con suavidad y eso provocó que se alejaran, totalmente confusos por aquel golpe helado. Ambos clavaron los ojos en la puerta abierta, encontrándose con los azulados ojos del ranchero. Nunca le había visto aquella mirada. Dolorida, acusadora, entristecida, culpable.… Ryoma no dijo nada. Y ella menos. Eiji se marchó con los puños apretados y no regresó. Ni una llamada. Nada. No había ni rastro de él. Su padre había tenido que ocupar su puesto con la pronta llegada del verano y el hombre que se encargaba ahora era un poco más joven que Eiji, pero no era él. Sentía la imperiosa necesidad de explicar aquello que vio, pero no lograba deshacerse de la necesidad de besar a Ryoma. Era como una droga.

-Sakuno, ya he llamado a los padres de Ryoma- explicaba desde el piso de abajo la voz de su padre- ¿Sakuno?

-¡Voy!- Gritó echando a correr escaleras abajo.

-Ey, ey, frena- detuvo el hombre alzándola de las axilas antes de que llegara al suelo- con una persona en silla de ruedas me basta y sobre. Además, antes de lanzarte corriendo por unas escaleras deberías de recordar que tu sentido de estabilidad y equilibrio: es nulo.

-Jo, papá- protestó sintiéndose demasiado pequeña- ¿qué decías de los padres de Ryoma? Oh, espera- se volvió hacia Kawamura, quien salía de la cocina en ese preciso instante- Kawamura, ¿podrías subir para ayudar a Ryoma a cambiarse los pantalones, por favor?

-C-claro- aceptó el hombre algo avergonzado.

-Bueno, a lo que iba- continuó su padre cruzándose de brazos tras dejarla en suelo con estabilidad en sus pies- he llamado a los padres de Ryoma y como sé que te entusiasma siempre tener las cosas de la casa listas y preparadas, te informo de que van a venir antes de tiempo. Operan a Ryoma a finales de mes y ellos vendrán pues….

-¿Cuándo?- interrogó preocupada- ¿papá?

-Mañana por la noche- respondió finalmente el hombre rascándose la cabeza- llegarán mañana por la noche. Al parecer, Rinko quiere estar más tiempo con Ryoma.

-Comprendo… supongo que… es justo. Prepararé la habitación para ellos y el resto de las cosas. Le diré a Kawamura que vaya a hacer la compra y…- lo miró aturdida- ¿Qué pasa? Siempre sueles detenerme en esta parte.

Yohei se frotó las sienes cansado y suspiró, colocándole una mano sobre su hombro.

-Seguramente, vendrán en plan progenitores al cien por cien. Sakuno, sé que te estás carcomiendo por dentro por la operación y por lo de Eiji. Que tienes más preocupaciones de las que tendrías que tener a tu edad. Otra más se va a sumar a tu lista.

-¿Qué quieres decir?- Cuestionó aturdida. Él sonrió.

-¿Crees que Rinko aceptará que te estés besando con Ryoma sin tener nada serio que os comprometa? Rinko está más cercana a las creencias de tu abuela que al modernismo. No querrá que estés cerca de Ryoma de esa forma a menos que tengas un anillo de compromiso.

Gimió alarmada. ¿Tan obvio era todo que hasta su despistado padre se había dado cuenta de ello? ¡Santo cielos! Quizás deberían de empezar a esconderse mejor, aunque teniendo en cuenta que lo que decía su padre era algo correcto y ninguno de los dos había pactado que aquello serio, era cierto: tenía un problema mayor. Esperaba que Ryoma fuera capaz de pensar con serenidad y aclararle las cosas antes de que todo aquello se convirtiera en una gran bola pesada que tendrían que cargar en sus espaldas. Además, si se aclaraba, podría explicarle mucho mejor a Eiji lo que sucedía cuando regresara. Si es que regresara.

Fue consciente de que su padre continuaba ahí de pie, esperando alguna respuesta que explicara por qué se besaba con un joven cuando nadie se lo esperaba y por qué sus besos eran algo castos y otros, demasiados largos. Especialmente, los nocturnos. Siempre, a la hora de irse a dormir, se besaban como despedida y estos no eran nada castos.

-Yo… papá…- tartamudeó y se dio cuenta de que él realmente le concedía un momento de explicación- bueno… ya sabias que… me enamoré de él y me di cuenta cuando se marchó… lloré… delante de ti. Pero… ahora…

-¿Algo serio?

Alzó los ojos atónita. ¿Qué decir? ¿Qué padre no se preocuparía por su hija en la situación en la que se encontraban? Yohei Ryuzaki estaba demostrando tener mucha más paciencia de la que esperaba, especialmente si reaccionaba de aquella forma con unos simples sujetadores, aunque se había hablando durante todos esos meses y aceptado que era una mujer. Eso no quería decir que hubiera bajado la guardia.

-Ya veo- habló él por ella- estáis en la fase de ir probando hasta estar seguros de que lo que probáis os gusta. Bien. Lo comprendo. Pero me gustaría mucho que siempre fuerais con precaución.

Oh, no. Debía de detenerle antes de que se hiciera ideas erróneas sobre su situación "con derecho a roce". Que la tuvieran, no quería decir que hicieran nada… sexual. Lo único sexual que había habido entre ellos fue en sus sueños cuando se dio cuenta de que estaba enamorada de Ryoma y que había usurpado completamente el lugar de Ryoga.

-Papá- farfulló sintiendo que se atragantaba con su propia saliva- no es que… nosotros no hemos llegado a eso, ¿Eh? Y no creo que… lleguemos- dedujo con firmeza.

Yohei rompió a reír con fuerza hasta el punto de necesitar cubrirse el estómago con sus grandes manazas.

-Vale, vale. Eso creo que no hará mucha gracia saberlo, ¿Sabes? Al igual que los hijos no quieren saber lo que hacen sus padres dentro de las sábanas de su cama, los padres tampoco queremos saber qué hacen nuestros hijos siempre y cuando, sean precavidos- y recalcó la última palabra con énfasis.

Afirmó con la cabeza, avergonzada y sintiendo que esa conversación había tomado ciertos talantes vergonzosos que no deseaba continuar hablando. Desde luego, era un tema entre ella y Ryoma, pero, demonios, no llegaban a nada y no sabía qué hacer. ¿Qué pensaría el chico con la llegada de su madre? Claro que Ryoma debería de comenzar a estar más interesado en su operación que en ella, como debía de ser.

Y si alguien creía que ella no estaba preocupada, estaba en un error. Se había sentido tan inquieta mientras esperaba en la sala de espera y su corazón estaba a punto de estallar cuando el doctor Fuji les había llamado. Sus sospechas se habían incrementado cuando dieron la noticia y él, Ryoma, pareció tan imperturbable, como si aquello no fuera con él. Había revisado una y otra vez las hojas para convencerse de que aquello era verdad. Aunque albergaba los deseos de que Ryoma pudiera cumplir su sueño de poder andar con normalidad también temía que no lo hiciera y aquello defraudara al chico. Especialmente ahora que estaban en aquel extraño punto.

-¿Le das tú la noticia de la llegada de sus padres o yo?- Preguntó su padre sacándola de sus pensamientos.

-No… ahora se lo diré- murmuró recobrándose- mañana has dicho, ¿verdad?

-Sí, mañana por la noche los tendremos aquí. Yo tengo que encargarme de los animales, lo sabes. No puedo ayudarte nada más que darte dinero por si necesitas cosas nuevas. Tendrás que contar con la ayuda de Ann y de Kawamura. Lo siento, pequeña. Para compensar tu trabajo le diré a Ryoma que se cuide también de Jess por ti.

-No, no creo que sea bueno que Ryoma siga trabajando. Rinko seguro que tomará eso como una broma muy cruel… temo las cosas que dirá…

Y sabía que hablaba especialmente por su extraña relación. Se imaginaba a la mujer llegar con claras ideas de estar con su hijo todo el tiempo que fuera posible y a saber qué más.

Kawamura descendió por las escaleras y tras informarles que el chico ya estaba listo pero se negaba a bajar todavía, le indicó la situación. Su padre se deshizo del tema y se marchó para regresar nuevamente a sus qué aceres en el rancho con los animales. Kawamura pareció tan desconcertado como ella al principio y comenzó a hacer planes sobre la comida.

-Mañana nada más que amanezca iré a comprar. Le diré a tu padre qué carne debería de traer. Intentaré conseguir la mejor de nuestras carnes- explicó- tenemos suerte de que gracias a las reses ahorremos un gran gasto de dinero. Por los demás lo tengo todo listo. Haré como siempre- añadió- pagaré y luego traeré las facturas. Ah, también aprovecharé y hablaré con Tachibana para saber si necesita algo y de paso, traerlo. ¿Está de acuerdo?

Afirmó, sonriéndole en agradecimiento. Ella tenía suficientes cosas que hacer como para encargarse de hacer la compra. Y Ann, seguramente, se las apañaría para ayudarla.

-Justo ahora cuando estamos en medio del cambio de estación y tenemos más trabajo que nunca- se quejó Tachibana cuando se lo comentó antes de subir a ver a Ryoma- pero bueno, nos esforzaremos. Su habitación será lo primero que haremos.

-Bien, gracias, Ann.

Ann se había encogido de hombros. No podía quejarse por algo que era obvio. Si Ryoma iba a ser operado era lógico que los padres estuvieran presentes.

Subió las escaleras una vez más, deteniéndose ante la puerta para llamar. Un gruñido por parte de Ryoma y el ruido de papeles fue lo que le dio la señal. Pero no entró al instante, dejándole tiempo para escondiera aquello que fuese que estaba viendo. Finalmente, cuando creyó que ya era suficiente tiempo; entró.

Ryoma cerraba el cajón de su mesilla justo en aquel instante. Se tensó. Sabía lo que había ahí. Lo había visto muchas veces y estaba cerrado. ¿Podría ser que ahora lo hubiera abierto lleno de la curiosidad por saber de qué se trataba? Cerró la puerta tras ella, fingiendo no haberse dado cuenta y se sentó en la cama en espera que él girase la silla hacia ella para mirarla. Era una costumbre hacerle esperar por tal de escuchar su voz.

-¿mhn?- musitó en pregunta.

-Mi padre acaba de hablar con los tuyos como prometió- comenzó sin alzar la mirada de sus rodillas- llegarán mañana por la noche aquí.

Se quitó los zapatos de los pies y los alzó hasta que las rodillas le quedaron a la altura del pecho y los dedos se sujetaron a la blanquecina colcha. Fingió observarse las uñas pintadas de rosa suave y silbó para distraerse. Ryoma no apartó la mirada de ella. Seguramente, aquella noticia era algo que ya esperaba. Pero si era así, ¿Por qué la miraba con tanta atención, como si esperase otra cosa de ella? Lo miró de reojo, hasta parpadear cuando vio lo que sujetaba en uno de sus brazos.

-Ah… eso es…- susurró- fue mi regalo de cumpleaños… la noche que te fuiste.

Y el peso del recuerdo la hizo estremecerse por completo. Ryoma se humedeció los labios, observando el objeto hasta que sonrió orgullosamente y la miró con los ojos entrecerrados. Si él hubiera sido palabras fluidas habría sido más fácil explicarle el motivo de que aquel objeto fuera idéntico a ella. Una muñeca de peluche que tenía su forma física. Cuando se le declaró, no lo hizo únicamente con palabras que casi le desgarraron la garganta. Lo hacía al completo y le entregaba todo su ser, demostrándoselo con aquella muñequita. ¿Qué hubiera pasado si Ryoma se hubiese atrevido a abrir el paquete ante ella? ¿Se habría marchado por igual?

Ladeó la cabeza para borrar aquellos pensamientos. Tenía que ser firme en el presente donde no existía ninguna atadura entre ellos, solo el contacto físico agradable que los atraía de aquella forma tan intensa. ¿Existía solo atracción física y nada más? Ya no significaba aquella muñeca nada, ¿o sí? Ryoma parecía algo conmocionado con el descubrimiento que había hecho, quizás pensando igual que ella, que ya era demasiado tarde para poner en libertad unos sentimientos que jamás había albergado por ella. Quizás, muy profundamente, estaban en cuarentena dentro de su corazón.

Extrañamente, conservaba aquella esperanza. Muy dentro de ella….

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Observó con curiosidad la muñeca una vez entre sus dedos. Con la luz apagada y la puerta cerrada a esas horas de la noche, era mucho más sencillo pensar en todo con tranquilidad.

Sujetó una de las pequeñas trencitas que colgaban de la pequeña cabeza, creadas con lana marrón y que eran sujetadas con dos cintas doradas en forma de lazo. El pequeño cuerpecito estaba cubierto por un peto tejano y una camisa de manga corta que parecía estar enlazada a la prenda vaquera junto a unos zapatos que parecían unas tejanas. Dos botones marrones, casi rojizos, hilo carmesí bajo estos y uno de tono melocotón en los labios que sonreían. Si. Se había plasmado al completo en aquel regalo que fue tan estúpido de no abrir el día que se iban a marchar. Había estado hasta a punto de dejarlo y si su madre no lo hubiera sorprendido, seguro que no lo tendría consigo en todo momento hasta su regreso.

Y si bien tenía una idea de lo que significaba eso, no estaba al cien por cien seguro.

Se humedeció los labios y movió nuevamente la cabeza de la muñeca con un dedo. Era ridículo. Definitivamente ridículo. Pero tenía que reconocer que cierta excitación se había anidado en su corazón al primer pensamiento que tuvo al ver la muñeca con el reflejo exacto de la chica. Había sido claramente una muestra de que se entregaba por completo a él.

Suspiró y depositó la muñeca nuevamente en el cajón de la mesilla. El reloj que había sobre su mesilla de noche marcaba la tres de la mañana. Quedaban solo cuatro horas o menos para que Yohei despertara y una más para que Sakuno le despertara, besándole tan tiernamente en la boca que era capaz de deshacerlo por completo, algo realmente extraño. Pero sintió cierta inquietud sobre ello. Cabía la posibilidad de que Sakuno esa mañana no lo despertara con sus labios, sino que fuera otra persona quien lo hiciera. La razón: estaba claramente estresada con la llegada de sus padres y la operación. Se lo había demostrado esa tarde cuando él estaba demasiado interesado por la muñeca y su significado más que por otra cosa que preocupara a la chica. Aunque no era ciego y tampoco tonto.

Conocía a su madre. Y comenzaba a conocer a Sakuno. Al menos, un poco mejor. Pero, ¿qué había de él?

Cruzó los brazos tras su cabeza y entrecerró los ojos. No era un tema bastante sencillo de tratar, teniendo en cuenta que había comenzado hacía escasos meses a darse cuenta de cuan apetecible era besar a una mujer o simplemente lo maravilloso que era hacerla enrojecer. Su corazón no podía latir ya tan apaciblemente mientras estaba a su lado y siempre que terminaba cerrando los ojos ella se llevaba su último pensamiento. Sí, definitivamente, estaba extraño. Muy gravemente extraño.

Pero ¿bastaría esta extrañez para hacer frente a su madre? Estaba seguro de que Rinko vendría con una marcha irrefrenable que introduciría a Sakuno en un bucle de desagrado y nula aceptación. Seguramente, porque no consideraría oportuno aquellos extraños sentimientos tan cerca de su operación.

Bien pensado, ese era un problema que estaba a la vuelta de la esquina. Debía de operarse. Eso lo sabía perfectamente desde que llegó al rancho con nuevas expectativas que crearon una burbuja llena de sorpresas a lo largo de largos días en los que la castaña había estado presente, cumpliendo la promesa que había hecho en el hospital antes de marcharse y que Ryoga le había recordado una y otra vez.

Se destapó levemente hasta la cintura, observando su cuerpo únicamente adorado por la luz de la luna. El astro desplegaba su falsa luz por encima de su piel, otorgándoles los toques blanquecinos que le parecía a una piel de muerto. Sus piernas lo estaban, pero quizás, podría comenzar a andar si todo marchaba bien. Entonces…

¡Oh! Entonces nadie podría volver a detener sus ganas de volver a montarse en los lomos de un caballo y ser él quien marcara el paso. Tampoco se negaría a acompañar al rebaño para que disfrutara de su verano en "fresco" y mucho menos, necesitaría la ayuda de los demás. Hasta esperaba ser él quien despertara a Sakuno con dulces besos en lugar de ser quien tenía que esperarla.

Se sorprendió al darse cuenta de que su mejora introducía en sus planes a Sakuno Ryuzaki. De nuevo, comenzó a pensar en aquel torpe beso que había ocasionado el mismo comportamiento en ambos durante aquellos meses. Sonrió ciertamente orgulloso sin poder evitarlo. Si tenía la suerte de cara podría hacer tantas cosas… con ella. Con todos.

Suspiró y antes de que fuera consciente, había quedado profundamente dormido.

Tal y como sospechó, no fue Sakuno quien le despertó como todas las mañanas desde que llegó al rancho. Fue Momoshiro quien le abrió la puerta y le preparó el agua de la bañera antes de acercarle la silla de ruedas y ayudarle en su aseo matutino. Algo que nunca debía de faltar, especialmente, cuando vives en un rancho donde oler a paja, sudor, heces y a animal, era algo totalmente natural.

Una vez terminado, como costumbre, fue sentado ante un gran plato de comida y leche, la cual encontraban necesaria para su crecimiento. Estaba bien, lo aceptaba, pero odiaba profundamente la leche, aunque tenía que reconocer que desde comenzaron a darle leche de cabra y no de vaca, era otra cosa más factible a su paladar. Yohei hacía rato que se encontraba con las reses y Momoshiro se excusó con la idea de ir a ayudarle con el chico nuevo y otros trabajadores que había contratado el cabeza de familia ante la llegada del verano.

-Entonces- se escuchó la voz de Tachibana al otro lado del tabique- deberíamos de poner las colchas color miel y los cojines dorados que te trajo tu abuela las vacaciones pasadas, ¿Verdad?

-Sí, creo que sí- contestó Sakuno con voz cansada- las de mis padres las cambiaremos también. De plateadas será mejor que se las pongamos color azul pastel, que la tela es más fresca. Las de mi cuarto las pondré blancas y las del dormitorio de Ryoma… Hum… igual deberíamos de preguntarle y que decidiera cual quiere- sopesó- ¿Dónde estará?

-He visto a Takeshi llevarlo a la cocina. Mientras le preguntas yo iré haciendo el dormitorio de los invitados. Y creo que también deberíamos de preparar el cuarto de tu abuela. No creo que se haya dado tan por vencida y es capaz de presentarse por la operación.

-Ah, cierto. Entonces… las del cuarto de mi abuela ponlas de encaje floral rosado. Son sus preferidas.

-De acuerdo.

Ambas parecieron separarse y la vio aparecer con una gran caja que parecía bastante pesada y dejarla junto a la silla.

-Buenos días- saludó sonriendo- mira, quiero que elijas las cortinas de tu dormitorio. Tienes las de invierno todavía y ya deben de cambiarse por las de verano- se agachó para sacar algunas de las largas telas, mostrándoselas- ¿Cuál quieres?

Las miró por encima. Blancas al completo, seguramente diferentes a las del dormitorio de Sakuno, que más tarde descubría que eran blancas y con encajes. Otras eran azul marino, verde claro, moradas o blancas con bordes rojizos. Frunció el ceño bastante desinteresado. No le gustaban ningunas, aunque había escuchado algo sobre… ¿plateadas?

-¿Sucede algo?- Cuestionó la chica aturdida- ¿No te gustan los colores? Supongo que no son muy masculinas… como mi padre suele usarlas bastante más… serias. No pensé en qué clase de cortinas querría un joven.

Se quedó pensativa, dándole vueltas al asunto. ¿Por qué las mujeres encontraban tan irremediablemente necesario tener cortinas? No era para preocuparse tanto. Bufó y tiró de la blusa de la chica, sintiéndose ridículamente infantil y apartando la mirada cuando le observó, respondiendo a su llamada.

-Plateadas- murmuró.

-¿Plateadas?- Preguntó aturdida- las plateadas son de invierno… pero… ¡Ah, espera!

Salió corriendo de la cocina y regresó totalmente cubierta por una capa plateada, con ciertos encajes bastante poco llamativos que le costó darse cuenta y en las que tenía gravadas las iniciales del progenitor de la chica.

-Las hizo mi madre justo antes de morir- explicó ilusionada- mi padre nunca quiere que se las ponga. Son preciosas, ¿no crees?

Tuvo que reconocer que no estaban nada mal y encima, tenían su color preferido plasmado en ellas. Afirmó con la cabeza finalmente y accedió a que se las colocara en las ventanas junto a la nueva colcha. Desde luego, Sakuno estaba más emocionada con la llegada de sus padres de lo que esperaba. Tras que él aceptara las cortinas se marchó a toda prisa recogiendo las cosas que había dejado por medio. Suspiró y movió la cabeza.

Justo cuando terminaba de comer, Kawamura entró con las bolsas de la compra que casi le colgaban hasta de los dientes. Dejó unas cuantas sobre el pollo hornilla y volvió a marcharse para regresar con más bolsas.

-¿Dónde está Sakuno?- preguntó cordialmente.

Se encogió de hombros. Realmente no sabía a donde había ido. No veía a través de las paredes y la chica se movía de una forma tan inquieta que era difícil seguirle el rastro. Kawamura puso las manos sobre su cintura y negó repetidas veces mientras chasqueaba la lengua. Ahora tendría que ir a buscarla y eso incrementaría la tardanza del cocinero en sus qué aceres. Pero para su sorpresa la voz de Sakuno se dejó escuchar en la parte inferior del porche. Al parecer, estaba preparando también el porche para las futuras cenas y comidas en él.

Kawamura no tardó en ir hasta ella y él lo siguió tras haber terminado de comer. Sakuno demandaba a Momoshiro y al chico nuevo, del cual no lograba recordar su nombre, que le ayudaran a colocar las pesadas mesas de hierro pintadas de blanco en el costado del porche, mientras en el otro, observó a otro de los nuevos integrantes intentando montar correctamente el balancín. Un objeto que parecía demasiado particular y ansiado por la familia Ryuzaki. Más tarde comprendería la de cosas que Sakuno y su padre habían compartido en ese lugar en movimiento, mientras observaban las estrellas y recordaban a su difunta madre y esposa.

-Sakuno, tengo que hablar contigo- interrumpió Kawamura a la jovencita- al parecer, tenemos un pequeño problema.

Sakuno puso los ojos en blanco antes de exclamar horrorizada.

-¿De qué se trata?

-El señor Deling ha tenido un ataque al corazón y la tienda del pueblo por lo tanto, está cerrada. No llegaré a tiempo si me marcho a hacer las compras yo. No tendremos ni comida ni cena preparada.

-¿Qué es lo que necesitamos exactamente?- Cuestionó con preocupación dibujada en su rostro la pequeña de los Ryuzaki.

-Bebidas, maíz, algunas verduras que no he encontrado en el mercado…- redactó con solemnidad el cocinero- en fin. De todas formas, sin carnet no podrías ir. Y te conviene tener un hombre a tu lado para cargar las grandes cajas de bebidas. Lo sabes.

-Sí… pero estamos todos tan ocupados que no sé a quién pedírselo.

-¿Por qué no llamáis a la tienda para que os lo traigan? Suelen hacerlo también- comentó el joven recién llegado- a mi madre se lo traen a casa siempre desde que mi padre murió y yo trabajo.

Una sonrisa amplia y reluciente que dejó entrever dientes blancos y perfectos. Su piel cobriza y sus cabellos tan negros como el tizón. Definitivamente, aquel muchacho provenía de gente de aquella tierra… nativa. Un indio. Sakuno casi le abrazó por su idea. Y el apartó la mirada antes de que aquello ocurriera. ¿Cómo demonios se llamaba aquel maldito guaperas?

-Muchas gracias Eddy, me has ayudado mucho ahora mismo- exclamó la simpática y dulce voz de Sakuno- Igual es mucho pedir, pero…

-¿Quieres el número?- Interrumpió el joven de voz acaramelada- Lo tengo. Deja que vaya a buscarlo a la camioneta entre los muchos papeles y te lo tendré en un plis plas. Sin que te des cuenta.

-Estaré dentro- indicó la chica reculando hacia atrás hasta que casi quedó sentada sobre él- Oh, Ryoma- exclamó ofendida- Por favor, no te quedes ahí parado. Molestas. Ves a hacer algo.

Y con nerviosismo, se marchó en una carrera seguida de cerca por Kawamura.

¿Molestas? ¿Ves a hacer algo?

¿De qué iba todo aquello? ¿Tan nerviosa estaba que no era ni capaz de recordar que él no estaba ahí ni así por gusto? ¿Acaso creía que no le gustaría estar haciendo algo en vez de ver cómo le ponía ojitos al joven delante de sus narices? Chasqueó la lengua y se empujó hasta el rampa, dispuesto a encargarse de Karupin II y de Jess, como Yohei le había encargado.

Intentó con todas sus fuerzas centrarse en su tarea, algo bastante difícil teniendo en cuenta que todo lo escuchaba desde su lugar y que era muy probable que algunas personas desconocieran que él estaría ahí. Quizás por ese mismo motivo logró ver al llamado Eddy ensayando la forma correcta de pedir a la chica para salir. Se mordió el labio inferior con deseos de tirarle un cubo de agua helada en la cabeza.

-Esto… a ver como se lo debo de decir- murmuraba para sí mismo el joven- señorita… o solo Sakuno… Creo que mejor Sakuno… ¿querría salir conmigo una tarde al cine de la ciudad próxima? No..., eso igual es demasiado típico… ¿La feria?... Joder, Eddy, que quedan tres meses para la feria. Una cita a larga distancia- habló con sarcasmo- bueno, primero que nada, tendré que averiguar si tiene novio o algo… Espero que no.

Entrecerró los ojos pensativo al verle marchar. Cierto era que Ryuzaki hija no tenía ninguna atadura. Ni siquiera entre ellos mismo, aunque tenía que reconocer, que cierta inquietud comenzó a anidarse en su pecho. ¿Y si…. Ella aceptaba?

--

Fue justo cuando estaba colgando las cortinas nuevas del salón tras poner las fundas a los sillones, que se dio cuenta de lo que le había dicho a Ryoma, pero ya era tarde para disculparse y estaba demasiado ocupada. Estas eran el último par de cortinas que tendrían que poner y todavía no habían cambiado la ropa de vestir, los muebles de lugar tenían que cambiarlos, colocar ambientadores más veraniegos y hasta pulir el suelo. La suerte que tenían era que Ann siempre estaba limpiando y la casa estaba más limpia que los chorros del loro. Y luego quedaba lo exterior. Seguramente que cuando los hombres terminaran de montar el balancín y la mesa con las sillas, sería su turno de barrer y recoger todos los desperdicios.

Hundió levemente el principio de una aguja entre sus labios, alargando las manos hasta que logró agarrar la primera arandela atada a la barra. Pasó por el gancho por la arandela y volvió a colocar otra aguja, royendo con sus dientes la que mantenía en su boca. Era bastante cansado tener que hacerlo, especialmente para sus brazos y su equilibrio, el cual no era demasiado bueno. Y así lo comprobó cuando logró colgar el último enganche. Sus piernas fallaron y la escalera se retorció bajo sus pies. El choque contra el suelo era inminente. Si al menos fuera alguien ágil, habría podido caer de pie.

Cerró los ojos con fuerza y presionó sus dientes contra la aguja.

-Uff, porque poco.

Abrió los ojos de par en par, parpadeando para poder descubrir que no sentía dolor en ninguna parte de su cuerpo y que todavía no había llegado a tocar el suelo. Ahora comprendía por qué. Eddy había logrado detener su caída justo a tiempo, sujetándola con sus fuertes brazos sin el menor de los esfuerzos. Su juvenil rostro demostraba la sonrisa ancha que siempre lo había catalogado. La dejó con suavidad en el suelo, observándola con atención.

-¿Te encuentras bien?

-Sí, gracias Eddy- agradeció sumamente avergonzada- siempre… he sido demasiado torpe.

-Y arriesgada.

-¿eh?

Alzó una ceja en señal de no comprender sobre qué hablaba, tensándose cuando sintió los dedos masculinos arrebatarle la aguja que todavía sostenía entre sus labios. Algo muy, muy peligroso. Se acaricio los labios aturdida.

-Cielos- jadeó- me podía haber hecho mucho daño. Gracias de nuevo.

Recogió la aguja en cuestión y buscó el cojín para colocarla sin riesgo de que nadie se hiciera daño, especialmente, con Riku pululando por el lugar. Eddy continuó tras ella, esperando y cuando se volvió hacia él, le entregó el papel con el número de teléfono de la tienda.

-Diles que estás planeando una fiesta y tienes la agenda demasiado ocupada. Seguro que esos les hará traértelo sin rechistar- le sugirió-

-Gracias, otra vez- rió avergonzada, caminando hasta la cocina con intenciones de entregarle la nota a Kawamura.

-Ya mismo llamaré- anunció el cocinero.

-Yo regreso a pelearme con esas cortinas- informó.

Eddy la siguió de cerca, observándola con detenimiento mientras ella comprobaba nuevamente los pies de la cortina. Ya había cortado suficiente tela y remetido como para pensar que no estuvieran correctamente en su medida. Estaba comenzando a hartarse y quería echarle una mano a Ann con el cambio de muebles antes de que tuvieran que hacer el doble de trabajo.

-Bien, ya no tendré que subir a la escalera de nuevo. Muchas gracias, Eddy. Uy, creo ya te he dado las gracias muchas veces, disculpa.

Se rascó la mejilla avergonzada, no logrando entender si hacía lo correcto al disculparse o mal hacia él. Existían muchas personas que odiaban que una persona le diera tanto las gracias, como a otras que se disculparan sin cesar. Recogió las cosas una a una, asegurándose de no dejarse nada que pudiera estar a la mano de Riku. La inquieto que Eddy continuara ahí, como un pasmarote, observándola igual que si fuera una película que estaba siendo trasmitida en la televisión.

-¿Sucede algo…?- Preguntó torciendo levemente el cuerpo para poder verle- ¿Una herida…?

Tragó preocupada. Lo que le hacía falta ahora era que alguien estuviera herido. Eddy negó con la cabeza abarcando sus distancias con dos simples pasos de sus largas piernas. Casi sintió la necesidad de retroceder. Sus ojos negros estaban clavados en los suyos con intensidad. Finalmente, retrocedió, con la caja entre sus brazos repentinamente pesada.

-¿E-Eddy?

-Sakuno, necesitó hablarte de una cosa- farfulló con voz ronca- verás… es que…

Oh, oh.

-… me gustaría pedirte una cita. Al cine, a la feria… donde quieras. Como si quieres ir al campo. No me importa. Soy buen explorador y…. ¿Qué sucede? ¿Hablo demasiado?

Sí, hablaba demasiado deprisa y de una forma muy inoportuna, especialmente al tener en cuenta que no era el momento para una declaración y teniendo en cuenta que Eddy estaba siendo más torpe que ella a la hora de declararse. Y para más irritación, se estaba comenzando a sentir demasiado avergonzada como para poder gesticular una palabra coherente. ¿Cuántas veces se le habían declarado? Bueno, si descontaba a Eiji… pocas. Bien pocas.

Cogió una bocanada de aire y dejó la caja sobre el sofá, colocando sus manos en su cuello y pecho. Esto estaba siendo demasiado bonito para ser cierto, solo que era la persona equivocada. Era cierto que Eddy era un joven muy apuesto, pero desgraciadamente, su corazón no bombeaba de la misma forma que sucedía con Ryoma… o con Eiji.

-Eddy…- tartamudeó- yo… no puedo aceptar tu invitación.

El joven frunció las cejas, entrecerrando los ojos.

-¿Es porque soy un indio?

-No, no- intervino abrumada- no es eso. Es que no puedo aceptar porque… pues porque… yo… yo ya estoy…- carraspeó, rascándose la mejilla avergonzada- enamorada… de otra persona.

Un suspiro de alivio y resignación escapó de la garganta masculina. Alzó la mirada para poder verle. Eddy había llevado las manos hasta sus caderas y comenzó a reír para sí mismo.

-Desde siempre he creído que las mujeres blancas me rechazaban por ser indio. Tú me has rechazado por estar enamorado de otro. Bueno, eso es más lógico. Lástima. He llegado tarde, ¿Verdad?

-Sí…- murmuró aturdida.

-Está bien. Tengo que reconocer que he sido demasiado embalado y probablemente me hubieras dicho que no si no hubiera existido otro hombre, ¿me equivoco?

-Probablemente no- confesó- no nos conocemos tanto como para salir juntos- sonríe tímidamente- pero no digo que no al cien por cien.

Bueno era lo que bien acababa. Si en lugar de darle una negación tan completa le aturdía con cierta esperanza de un "y si…" era mucho mejor. El sentimiento de rechazo no sería tan poderoso.

-Sakuno, ya he terminado de arreglar el cuarto de tu padre. ¿Subirás para ver qué te parece?- Preguntó la voz de Ann desde lo alto de las escaleras.

-¡Sí, ahora mismo!- Exclamó de forma que la chica la escuchara. Se inclinó ante su joven pretendiente- discúlpame, Eddy. Y… gracias nuevamente.

Antes de que el chico dijera nada bajó al desván para dejar la caja y cuando volvió a salir al salón, él había desaparecido, seguramente, recordando que debía de terminar el porche y ayudar a su padre con la matanza. Debían de comenzar a preparar los toros, las vacas y hasta el cerdo que fueran a matar para alimentarse durante esos largos días. Ese año habían tenido la suerte de no perder demasiadas reses por culpa del frio y los lobos, así que Yohei no escatimaría en el gusto de dar lo mejor a sus invitados.

Al recordar el asunto, subió de dos en dos los escalones que la llevarían hasta el pasillo pasando por las habitaciones de ventanas abiertas y olores diferentes. Se había asegurado de que cada habitación respondiera al olor personal de cada persona, con sus gustos. El suyo, por ejemplo, olía a jazmín y rosas. El de su padre olía a menta y brisa, olores que taparan, por desgracia, el fuerte olor a tabaco que tanto la disgustaba. El de Ryoma era un olor que la atraía bastante. Ryoma lo había elegido extrañamente por encima de todos aquellos que le había dado a oler días atrás: Madera y manzana verde. Un toque de frescor y rudimentario que unido a su olor corporal era una… una delicia.

Ladeó la cabeza cuando se dio cuenta de que estaba detenida ante la habitación del chico, oliendo igual que si fuera un perro el suave aroma perfumado de la habitación. Se sonrojó y caminó a grandes zancadas hasta la habitación de su progenitor, teniendo que sujetarse del quicio cuando casi tropezó con los cubos de limpieza de Ann. La castaña clara soportó una carcajada mientras terminaba de colocar un cenicero limpio en la mesita de noche de su padre.

Había cambiado las colchas y las fundas de los dos grandes cojines que adornaban la cama, junto a las sábanas como siempre. Las dos mesillas habían sido decoradas con dos pequeñas plantas que neutralizaban el olor y el pequeño zapatero había sido usurpado por una cajonera que hacía juego con las puertas del armario empotrado. Afirmó con la cabeza y ayudó a Ann a extender las grandes alfombras a cada lado de los lados de la cama y una última a los pies.

Tras eso, pasaron por la habitación de Ryoma, por la suya, por la de su abuela, por la de Kawamura, por los cuatro baños, el ropero, el balcón, el ático y por último, la habitación de los padres de Ryoma. Mientras se encargaba de ayudar a Ann con las cortinas, Momoshiro apareció.

-Oí, Sakuno. Acaban de llamar los padres de Ryoma. Dicen que ya han cogido el avión. Y por parte de Kawamura, que ya nos tiene lista la merienda.

-¿La merienda?- Interrogó Ann alarmada- ¡cielos! Takeshi, ¿puedes ir tu a recoger a Riku?

-No- negó rápidamente el joven- tengo que matar a un toro. Trabajo, ¿Recuerdas?

-Yo también estoy trabajando- protestó enérgicamente la mujer- ¿O te crees que llevo en pie desde las cuatro de la mañana por gusto? Demonios, soy madre, limpiadora, esposa, madre, esposa, madre, limpiadora… ¡Me vais a matar!

Ann tiró el trapo en el cubo del agua con vinagre y detergente. Momoshiro retrocedió al instante, hasta que la espalda chocó contra el quicio de la puerta, gimiendo de dolor. Estaba asustado y ella, terriblemente preocupada. Era cierto que Ann trabajaba mucho y se le notaba que no había dormido demasiado bien.

-Sabes que Riku está cambiando los dientes y se tira llorando todas las noches. Tú también estuviste enfermo el mes pasado y tengo de… ¡Tengo de nuevo un maldito retraso que me hace sentir pesada y enferma! ¡Deja de fastidiarme!

Takeshi puso los ojos en blanco y ella comenzó a sospechar que no pintaba nada en el lugar, pero cualquiera pasaba entre medias de ellos dos para huir.

-¿Retraso?

La voz de Momoshiro se alzó por encima de los jadeos de Tachibana, la cual se erizó cual gato, dándose cuenta de que había hablado de más. Los arilados ojos se habían ablandado súbitamente y el hombre se dio el atrevimiento de caminar hasta ellas, abrazando entre sus fuertes brazos a su mujer. Carraspeó para llamar la atención y únicamente fue Momoshiro quien la miró de reojo, besándole la cabeza a su mujer.

-Yo, haré que alguien vaya a recoger a Riku. Ryoma le acompañará y así podéis hablar con tranquilidad.

-Gracias.

La voz de Takeshi Momoshiro sonó tan ronca que la avergonzó. Corrió hasta la salida, cerrándoles la puerta en silencio y sonrió. Era imposible no sonreír cuando los veía así. Recordó la hora cuando el reloj de cuco del dormitorio de su padre sonó por encima del silencio. Bajó las escaleras con cuidado y corrió hasta la salida. Por suerte, se encontró con Eddy ayudando a uno de los trabajadores que se había ofrecido para terminar de colgar el balancín. Parecía que éste se había puesto difícil hasta el punto de necesitar dos personas.

-¿Te ocurre algo, Sakuno?- Interrogó el joven indio. Afirmó con la cabeza.

-El hijo de Momoshiro y Ann va a salir de clase y alguien tiene que ir a recogerle. Ambos están demasiado ocupados por mi culpa y no sé quien podría ir que tuviera carnet y pudiera trasportar a Ryoma.

-Yo mismo- se ofreció limpiándose las manos de grasa en un trapo- puedo llevar la silla de ruedas en la parte trasera de mi picar- Explicó- venga, busca al chico. Os espero en el coche.

-Muchas gracias, Eddy. Enseguida te lo llevo.

Eddy alzó una mano sin darle importancia y ella corrió hasta los establos, donde sabría que encontraría a Ryoma. Iba a ser difícil comentárselo después de lo que le había dicho, pero ya encontraría un hueco para poder explicarle que aquello no había sido adrede. Que la disculpara. Últimamente los nervios le estaban jugando una mala pasada.

Abrió la puerta con cuidado, encontrándose de lleno con los dorados ojos, insultantemente acusadores. Tan absorta estaba que no se dio cuenta del barro bajo sus pies, cayendo contra el suelo de espaldas.

--

Casi rompió en carcajadas al ver la caída tan infantil que acababa de tener la chica ante sus ojos. ¿Tan descuidada se estaba convirtiendo o era un don natural que la hacía caerse cada dos por tres? Igual iba por día…

Empujó las ruedas hasta que llegó a su altura y le extendió la mano sin mirarla. Sakuno no la aceptó, pero se levantó igual, corriendo hasta ponerse en su espalda y empujar la silla hasta sacarlo del establo. Arqueó una ceja cuando casi se da de morros contra el picar rojo del tal Eddy, el cual estaba sentado en el asiento del conductor, dispuesto a descender para hacer algo que se olía pero no terminaba de comprender. Sakuno se inclinó hacia él, dejando que una de las trenzas cayera por el hombro izquierdo de ambos. Clavó los dedos sobre el posa brazos de la silla para no cogerle de ella.

-Riku necesita a alguien conocido que vaya a recogerle al colegio. Tú estás más libre que sus padres y yo no tengo carnet y tampoco puedo ir. Te dará tiempo de ir y volver antes de que tus padres lleguen, que por cierto, cada vez están más cerca- explicó atropelladamente- anda, hazme el favor- rogó, tocándole el hombro con ternura.

No pudo negarse, sobre todo porque ya estaba lista la puerta del copiloto para que se subiera a ella. Chasqueó la lengua, aceptando y subiendo cuando casi estaba a punto de negarse. Se colocó el cinturón y los observó a través del espejo. Ambos subían la silla de ruedas en la parte trasera del vehículo mientras intercambiaban un par de palabras, las cuales hicieron reír a la chica. Volvió a crujir la lengua dentro de su boca y descansó la mejilla sobre su puño cerrado. Estaba de mal humor… de muy mal humor.

Eddy guardó en la parte trasera la silla porta niño que habían sacado del coche de Momoshiro y después, se instaló en el asiento del conductor y tras ponerse el cinturón, comenzó a conducir. El camino era silencioso hasta que él decidió romper en carcajadas sin razón alguna. Lo miró con una ceja alzada. Sus largos cabellos negros se movían al compás del viento y se sintió ridículamente raro con sus cortos cabellos verdosos. ¿Sería él engendro de la naturaleza que era incapaz de aclarar sus relaciones con la chica y dejar que otro se la quedase?

-¿Sabes?- exclamó el chico sin apartar la mirada de la carretera- tengo un largo repertorio de chicas blancas que me han rechazado. Creí que Sakuno sería diferente, pero parece que está enamorada de alguien. Es increíble. La primera vez que me rechazan por eso y no por ser nativo.

Desvió la mirada hacia la carretera también, sintiéndose extrañamente orgulloso.

-no me ha dicho de quien se trata. Tampoco quiero ser en plan de "ey, ¿quién es el cabrón que me la ha quitado?". Creo que seguramente será aquel que la ponga nerviosa, la haga verse de otra forma, hasta verse fea. Un montón de cosas más. En fin. Las mujeres blancas son un reto que quiero completar. No es que quiera salir con una simplemente para hacerme el machito o que me corten en pedazos, pero macho, son tan… tan distintas. En fin. ¿Crees que ese tipo puede ser ese que se ha ido antes de que yo regresara?

Frunció el entrecejo hasta que le dolió por tensarlo tanto. Era increíble que de la misma forma que se había sentido orgulloso pudiera sentirse de nuevo en un estado de alerta y advertencia increíble. Provocaba que su cuerpo se agitara en demandas de algo que no concordaba con nada de lo que sabía por experiencia de vida, claro que era en estos momentos cuando le estaba sucediendo todas estas cosas nuevas y extravagantes de las que no había conseguido salir desde los diecisiete años, cuando la conoció y le besó de aquella forma.

-Ya hemos llegado. He aparcado cerca. Para que no tengas que bajar llamaré a la profesora para que te reconozca.

Antes de que pudiera negarse él ya había descendido. Lo observo mientras se alejaba, sorprendiéndose de cómo la gente, la mayoría jóvenes madres asustadizas, se alejaban a su paso y tras esto, comenzaban a cuchichear mientras lo miraban horrorizadas. No le dio gran importancia, hasta que él y la profesora de Riku, junto a este, llegaron hasta la altura del coche. La mujer nada más reconocerle les cedió el cuidado de Riku, quien saltó al asiento trasero y después comenzó a hablarle a media lengua sobre lo que habían hecho durante aquel día de clase. Se preguntó dónde tendría las pilas aquel niño.

Eddy se despidió de la profesora, quien salió corriendo hasta verse segura tras la puerta del colegio. El joven indio corrió hasta el vehículo, subiendo y cerrando la puerta justo cuando en su cristal explotaba un tomate maduro. El chico habló en una extraña lengua, pero no era necesario saber aquel dialecto como para no darse cuenta que era una maldición. Instantes después, una lluvia de piedras comenzó a caer contra el cristal. Eddy puso pies en polvorosa, deteniéndose cuando la lluvia de proyectiles cesó.

-Maldita sea, espero que no se haya roto nada. Tardé mucho tiempo en reparar el coche. Espera, Riku, enseguida te abrocharé el cinturón.

Se giró hasta llegar a la altura del niño y colocarle los cinturones de seguridad a la silla y al cuerpo del crio. Ryoma observó con interés el cristal manchado con tomate y apretó los dientes. Eddy pareció darse cuenta y le sonrió abiertamente.

-No te preocupes. Siempre ocurre. Mi hermana mayor está casada con un hombre blanco y una vez fui a buscar a su hijo. Gracias a dios, mi sobrino ha heredado el aspecto físico del padre y no parece mitad indio. Casi me mataron a pedradas cuando vieron que iba corriendo con el niño en brazos el día que fui a recogerle a clases. Llamaron hasta a la policía para acusarme de secuestrador- soltó una ligera risotada antes de ponerse serio- es normal. Los blancos siguen sin aceptarnos y eso que nos han quitado casi todas las casas. Por suerte, mis padres nos han criado entre los blancos porque le regalaron una casa a cambio de sus tierras y una vida segura. Por ahora no han roto el pacto y podemos andar más o menos a su alrededor. Pero cuando te acercas a uno de sus hijos… es otra historia. En fin, perdona, no había contado con eso.

Le dio un suave apretón en el codo y volvió a poner en marcha el picar para regresar al rancho. Desde luego, solo quedaba pensar una cosa y es que ese hombre tenía un par bien grande para continuar viviendo sin problemas con otros blancos. Era lógico en todo animal proteger a sus retoños, especialmente en el lado maternal. Pero tampoco tenían por qué ser tan posesivos simplemente porque era un hombre diferente. Aunque respiraba igual que él y que el marido de una de esas mujeres. Malditos racistas…

Llegaron al rancho en el menor tiempo del que esperaba y reconoció enseguida el secreto que protegía realmente Eddy a la hora de quejarse sobre su coche: Estaba totalmente trucado y mimado. Esperó pacientemente para poder bajar. Primero, Eddy quiso demostrarle que no todo el mundo era igual y tras tomar a Riku en sus brazos, se acercó hasta Ann. Esta acaricio a su pequeño estando todavía en manos del joven indio y no se mostró absolutamente arisca al hecho de que un nativo estuviera tan cerca de su retoño. Eddy le guiñó un ojo desde el lugar y finalmente, le entregó a Ann su hijo. Momoshiro estrechó la mano del muchacho y después, ambos se dirigieron para ayudarle a bajar del picar.

-Gracias de nuevo por recoger a mi hijo, Ed- agradeció Takeshi con las manos firmemente sujetas al manillar de la silla- siento si te sucedió algo. No pensamos en eso- movió la cabeza negativamente- Te pagaré la limpieza.

-No será necesario- rió el joven- estoy acostumbrado. De verdad. No te preocupes.

Momoshiro terminó por encogerse de hombros y Eddy se marchó para limpiar su coche en una de las bombas de aguas cercanas. Regresaron hasta la casa, siempre siendo empujado por el joven tras él. Riku había decidido marcharse con su madre para poder merendar y cuando entraron, se encontraron a Sakuno dando gran cuenta de un bocadillo de jamón serrano y queso. Al parecer, no se había dado cuenta de que ella y Ann habían sido las únicas desaparecidas durante la hora de la comida, hasta que su estómago demandó algo de comida. Ann también compartió algo de comida con su hijo. Kawamura le entregó una ponta y un bocadillo pequeño de queso y tomate.

-¿Ha llegado la compra?- Preguntó Sakuno casi atragantándose. El cocinero afirmó.

-Mientras vosotras estabais haciendo el baño de abajo y comenzabais el despacho del jefe. Ya está todo colocado y ya sabes que odio que mi cocina esté sucia.

Con cierta vergüenza pero con orgullo, el muchacho hizo alarde de lo que era visible ante cualquier ojo experto: La cocina siempre relucía. Seguramente, ni una sola bacteria quedaría viva por ese lugar. Sakuno giró hacia él rápidamente y miró a Momoshiro, golpeándose el pecho al verse atragantada. Ann golpeó su espalda, suspirando aliviada cuando pudo hablar finalmente.

-Ryoma… deberías de ir duchándote. Tus padres estarán al llegar.

-Oh, entonces yo iré con él. Ya conseguí matar al toro mientras estabais fuera y tu padre me ha echado cuando me he emocionado demasiado en mi tarea- confesó Takeshi suspirando y girando la silla- Nos vemos luego.

Casi no había terminado de comer cuando fue subido al ascensor y empujado hasta su dormitorio. Momoshiro se encargó de prepararle la bañera y cuando esta estuvo llena, lo empujó hasta ella. Habían colocado unas barras para que pudiera ayudarse y únicamente, tenían que sacarle los pantalones y la ropa interior. Algo no muy agradable cuando las manos eran de un hombre, pero tenía que aguantarse. Prefería no tener a Tachibana haciendo esa tarea, puesto que Ryuzaki terminaría mareada y convertida en calor desprendido igual que la arena del desierto.

Después, tras adentrarse en el agua, era él quien se acicalaba a su libre albedrio. Por último, era sentado sobre un par de toallas en el servicio y secado por él mismo hasta que tenían que volver a cubrirle la parte inferior de su cuerpo y el resto, él mismo. Cepillarse el pelo no era algo que hiciera frecuentemente. Solía moverlo entre sus dedos y luego, que el viento hiciera lo que quisiera, quizás por eso pillaba los resfriados que pescaba.

Una vez que terminó y fue puesto de nuevo en la silla de ruedas, Momoshiro se marchó, dejándole finalmente algo de intimidad. Observó su limpia habitación, percatándose así que las cortinas habían sido cambiadas y que la colcha de su cama era similar junto a las fundas del pequeño cojín que descansaba sobre la almohada y que él retorcía por las noches para tener una postura más cómoda. Se notaba claramente que esa, había sido una limpieza bastante meticulosa que no había ido más allá de lo que tuviera que ver con sus pertenencias privadas. Como siempre, Ryuzaki era experta en mantener las cosas de cada cual en su intimidad propia.

Fijó los ojos sobre la estantería en la que solía tener perfectamente doblada su ropa y algunas revistas. Ahora, había un estante para algunas de sus colonias. Se deslizó hasta ella y revisó con curiosidad cada bote. El desodorante fue lo que tomó primero y encontró bastante gustosa una de ellas de un olor bastante… ¿Masculino? Bah, qué más daba.

El ruido de los pasos de la castaña en el pasillo lo hizo girarse. Sakuno se adentraba en su dormitorio, liberándose las largas trenzas hasta que sus mechones cayeron como cascadas sobre su espalda. La escuchó quejarse cuando uno de sus dedos quedó atrapado en un enredo y finalmente, como se adentró para cerrar la puerta tras ella. Pensó en seguirla, pero se detuvo al tiempo de escuchar el sonido del agua corriendo. Stop. Giró y descendió por el ascensor.

Cuando bajó se encontró con Ann y Riku mirando por la ventana, observando como Kawamura daba indicaciones sobre la recién carne que abastecería la lacena. Solían preparar toda la carne en una habitación donde había preparado unos congeladores especiales, ganchos para las aves y toda clase de trabajos necesarios. Tachibana se volvió hacia él.

-Momoshiro y yo nos marcharemos antes de que lleguen tus padres. Se lo he dicho ya a Sakuno. Iré a buscar el coche, ¿puedes cuidarme un momento a Riku mientras?

-Sí- respondió clavando la mirada en el mocoso que sonreía abiertamente y extendía sus manos hacia él.

Lo sujetó de las axilas y lo sentó sobre sus piernas insensibles. Riku adoraba que lo trasportara cual paquete de un lado a otro de la casa y como no le costaba nada y lo mantenía entretenido, ¿qué más daba? Era divertido y refrescante sentir el viento contra su cuerpo. Pero se detuvo. El vehículo que acababa de llegar no era el de los padres del pequeño, sino los suyos.

Yohei Ryuzaki caminó, o corrió, hasta ellos, saludándolos y dándole el recibimiento merecido. Su padre fue el primero en saludar con un apretón de manos al ranchero. Rinko, su madre, descendió un momento después. Casi se sorprendió al ver la delgadez que la había arrancado más kilos de los que debía perder. Ambos intercambiaron palabras con Ryuzaki, señalando la parte trasera del vehículo. Pensó, que Ryoga y Claire junto a su sobrino habrían venido, pero no era así. Ryoga ya hubiera salido tiempo atrás y estaría demostrando que su llegaba había sido ejercida. Pero la puerta de atrás se abrió. Justo la contraria a su visión.

Parpadeó y movió la silla hasta el porche. Riku se había tensado sobre él, sujetándose a su camisa con una de sus manos y mirando con curiosidad a los recién llegados. Rinko posó la mirada sobre ellos justo cuando el niño preguntó quienes eran. La sonrisa de madre no le gustó absolutamente nada. Corrió hasta él y lo estrechó entre sus brazos.

-¡Ryoma! ¿Cómo estás? –Preguntó una y otra vez, palpándolo- Que bien que te vayan a operar, ¿Verdad? No tengas miedo, seguro que todo irá perfectamente y….

Oh, no.

Ahí estaba. La presión de su madre. Esas manos que siempre estaban encima de él. Demasiado protectora. Demasiado… madre. Demonios, ¿por qué no podía ser de otra forma? Igual la culpa era de él por haber nacido enfermo y haber hecho que su antigua madre orgullosa y serena, terminara siendo tan, tan, tan posesiva y preocupada por él.

El sonido de unos pareció hacerla retroceder en su gran charla. Puso las manos en sus caderas y sonrió abiertamente.

-Ryoma, cariño, te he traído algo que seguro que no esperabas y ya tocaba. Seguro que te gustará.

Arqueó una ceja. Su progenitora se alejó para dejarle paso y poder ver a una joven chica de su misma edad, sonriéndole totalmente encantada con lo veía. Vestida con un traje de chaqueta para su viaje y botas negras.

-Te presento a Osakada Tomoka… Tu prometida.

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Bien, hasta aquí ha llegado el capítulo. Como han podido ver y ya avisé arriba, el tiempo ha pasado hasta traer la buena noticia de que Ryoma va a ser operado. (la verdad, he fantaseado bastante con eso, así que disculpen si ofendo a alguien con ello x.x).

Como consecuencia de lo ocurrido en el capítulo anterior y dado que los ve en un momento "íntimo" Eiji sale por patas a no se sabe dónde. Pero algún día regresará.

Por su parte, Ryoma y Sakuno solo están en fase de "con derecho a…" pero nada serio, aunque el joven no puede evitar sentir celos y deseos. Finalmente el regalo fue dado a luz y su significado también. Pero con la llegada de los padres todos comienza a cambiar… ¿Qué sucederá?