Capítulo 11
Sexto encuentro
Sábado, 7 de marzo
Aquella mañana, fue diferente a todas las demás. Debido al común horario nocturno de Yukito (pues el hombre insistía que aquel turno de urgencias era el más interesante), era Sakura la primera en levantarse por las mañanas. Sin embargo, después de salir de la mansión de Tomoyo a las casi tres de la mañana, Sakura se encontraba exhausta, y su cuerpo se había negado a hacerla despertar antes de mediodía.
Yukito, acostumbrado a pasar las noches en vela, y aun así madrugar al día siguiente, había despertado a su hora habitual. Fue por ello que aquella mañana, cuando Sakura rodó por la cama, la encontró vacía. Confundida, se desperezó lentamente, y buscó a su novio con la mirada. Pero en la habitación se encontraba ella sola.
Aún aturdida, se levantó de la cama, y emprendió la caminata al cuarto de baño. Después de lavarse el cabello, tallarse el cuerpo, y quedarse un rato debajo del chorro de agua para despertar por completo y reunir fuerzas, la muchacha finalmente salió del baño, envuelta en una simple toalla rosa. Se calzó las pantuflas, y sin preocuparse por vestirse, salió de la habitación, y bajó las escaleras, en búsqueda de su novio.
Encontró a Yukito sentado a la mesa del comedor, con una taza de café en mano, mientras que con la otra, leía el periódico de aquella mañana.
-Buenos días –saludó la muchacha, un poco nerviosa-. ¿Qué haces aquí?
-Buenos días, princesa –respondió Yukito, con toda la naturalidad del mundo-. Perdón por no esperar a que despertaras, pero tengo que ir a trabajar.
-¿A trabajar? –repitió Sakura, un poco cabizbaja. Debía suponer que él no podía simplemente ausentarse del hospital.
-Le mandaré tus saludos a Touya –fue la respuesta de Yukito, al tiempo que apuraba el café, y dejaba el periódico doblado en la silla contigua. Del mismo modo, se levantó de su asiento, y dirigiéndose a la cocina (pasó de largo frente a Sakura) dejó la taza en la tarja-. Podríamos invitarlo a él y a Nakuru a cenar. ¿Hace cuánto no lo ves?
-Creo que ya van tres meses… -respondió Sakura. Había algo en aquella conversación, extremadamente casual, que la hacía sentirse nerviosa-. Oye Yukito…
-Perdón, amor, pero tengo prisa. Voy un poco tarde –apuntó con la mirada al reloj que descansaba en la pared de la cocina (y que indicaba que eran las doce cuarenta), y después de tomar su bata blanca que descansaba en uno de los bancos de la barra, se detuvo frente a Sakura, para darle un tierno beso en los labios. Tierno beso que a ella le pareció un poco forzado. ¿Qué estaba pasando? -¿Te veré para la cena?
-Seguro –respondió ella, aún en su estado de aturdimiento. ¿Es que la ducha no había sido lo suficientemente larga?
-Te amo –dijo Yukito en un susurro alto, con lo que finalmente se deslizó a un lado de su novia, y cruzó la sala y el pasillo, hasta detenerse frente a la puerta, donde abrió fugazmente el armario de los abrigos, para sacar una gabardina color hueso y una bufanda gris.
-También te amo –respondió Sakura, obligándose a sonreír. Su novio la imitó.
-Ya lo sé –fue su comentario final, antes de salir de la casa y cerrar la puerta tras de sí.
Cuando bajó hasta el estacionamiento subterráneo, el Doctor Tsukishiro subió a su elegante auto negro. No era para nada comparado a los deportivos que manejaban sus compañeros de trabajo, pero tampoco era cualquier cosa. Era algo más maduro y sobrio que reflejaba su personalidad seria y centrada, a diferencia de los que manejaban convertibles para sentirse veinte años más jóvenes. Yukito era plenamente consciente de que se acercaba velozmente a los cuarenta, y lo aceptaba sin resentimientos. Después de todo, seguía siendo atractivo, tenía un cuerpo muy bien cuidado, y su personalidad seguía siendo un imán con las féminas. Sin embargo, aquella mañana, algo había cambiado en él, algo que ahora lo hacía sentirse diez años más viejo. Más agotado, más intrascendente.
El Doctor Tsukishiro salió del estacionamiento subterráneo, y condujo por las calles del centro de la capital (siempre en dirección al este), hasta llegar al estacionamiento del Hospital Metropolitano de Tokio. Se estacionó en su lugar (reservado con su nombre) y apagó el motor.
El invierno estaba próximo a terminar, y por tanto, el frío se estaba retirando poco a poco. Sin embargo, Yukito siempre había sido una persona friolenta, por lo que mientras la mayoría de las personas caminaban con simples camisas de manga larga (una que otra sí llevaba un sweater), el doctor aún portaba su calientito abrigo y una bufanda de lana alrededor del cuello.
Se apeó del auto, y miró la hora en el reloj que llevaba en su muñeca izquierda. Era la una veinte.
-Voy un poco tarde –se repitió al tiempo que emprendía la caminata, y entraba al hospital, por la puerta principal.
Sin embargo, el doctor Tsukishiro no se dirigió a Urgencias, ni a su despacho, sino que siguió de largo, y entró al pasillo donde se concentraban los consultorios de odontología. Se detuvo en la tercera puerta, y tocó con los nudillos. Al instante, el hombre que se encontraba sentado detrás de su escritorio, lo miró por encima de sus papeles.
Se trataba de un hombre de más o menos la misma edad que él. Y del mismo modo, se veía muy bien conservado para estar tan próximo a sus cuarenta años. Tenía el cabello de un castaño oscuro, una piel morena, espalda y pecho ancho y fuerte, además de unos ojos cafés que le otorgaban una expresión madura, aunque a diferencia de Yukito, la suya era mucho más severa. Daba un aire de ser una persona demasiado reservada y renuente a compartir oraciones de más de cinco palabras.
-Buenas tardes, Touya –saludó el doctor Tsukishiro. El odontólogo volvió a mirar sus papeles.
-Llegas tarde –fue su respuesta, mientras estampaba su firma en un par de hojas-. ¿Qué tal la fiesta de anoche?
-Fue bien –ahora era el turno de Yukito de contestar con oraciones cortas. Touya lo notó al instante, pues prontamente alzó la vista de sus papeles, y miró a su mejor amigo. Éste se encogió de hombros-. En serio.
-Pero algo te preocupa. Algo pasó –Yukito fingió que se ajustaba la bufanda. Odiaba que Touya lo leyese como un libro abierto, aunque no era culpa suya: Touya Kinomoto podía hacer eso con casi cualquier persona.
-Algo así. Más bien quiero hacerte una consulta.
-¿Una muela del juicio está haciendo el juicio incorrecto en tu boca? –Yukito rio por lo bajo, y negó lentamente.
-Es sobre Sakura –si anteriormente no había captado la total atención de su mejor amigo, ahora era definitivo que sí la tenía. Touya soltó la pluma que aún sujetaba en la mano (sin darse cuenta) y frunció el entrecejo, adoptando su característica expresión severa.
-¿Por eso llegas tarde? ¿Te falta valor para hablarme de mi hermana?
-¿Te parece si mejor vamos por nuestro almuerzo, un café y lo platicamos?
Touya Kinomoto emitió un pesado suspiro y se levantó de su escritorio. Revelando que era igual de alto que su mejor amigo, tomó su teléfono celular, se guardó el aparato en uno de los bolsillos de la bata (nunca sabía cuando podía hablarlesu esposa Nakuru), y con esto, ambos hombres salieron del consultorio, en dirección a la fría calle.
Habría podido dormir sólo dos horas, o habría podido no dormir para nada, pero la rutina que Li Syaoran mantenía desde que tenía cinco años, nunca había sido alterada. Y nunca lo sería. Fue por ello, que después de haber llegado a su habitación en el hotel Four Seasons, alrededor de la una de la madrugada, y de haber dado vueltas por toda la cama, incapaz de dormir, se levantó a sus acostumbradas seis de la mañana, para iniciar con su rutina.
Sin embargo, aquel sentimiento de pesadez que lo siguió cuando salió a correr, cuando regresó a darse una ducha, y cuando bajó a desayunar, era algo completamente nuevo.
La noche anterior había salido prácticamente huyendo de la mansión de los Daidouji. Apenas y le había dado tiempo de decir a los hermanos Monou que el vestido estaba en perfectas condiciones y era de su total satisfacción, antes de salir de la casa, a paso veloz.
Si no fuese porque Fuuma lo había seguido hasta la puerta principal (donde Syaoran había tenido que esperar a que el valet le trajera el auto) se hubiese olvidado completamente del negocio que había dejado pendiente.
-¿Cuál será su forma de pago? ¿Y dónde enviaremos el vestido?
-Hablaré de ello con la señorita Daidouji, personalmente –fue su respuesta, mientras se sacaba del bolsillo interior del saco, su tarjeta de presentación, y se la extendía a Fuuma-. Dígale que me agende una cita, lo más pronto posible.
Y sin detenerse a agregar nada más, bajó la escalinata y entró al auto, sin mirar atrás una sola vez.
Ahora, mientras caminaba por el pasillo del sexto piso del hotel, después de haber bajado al restaurante a desayunar, se encontraba buscando la tarjeta electromagnética en el bolsillo del pantalón, cuando sintió vibrar su celular en el bolsillo.
Su primer pensamiento paranoico, fue que se trataba de su madre. ¿Cómo le explicaría que estaba comenzando a dudar de sus sentimientos por Mei Lin? Sin embargo, al sacarse el aparato del bolsillo, descubrió un número japonés desconocido.
-Habla Li –fue su saludo al conectar la llamada, mientras deslizaba la tarjeta por el lector, y entraba a la habitación.
-Buenos días, señor Li –lo recibió una seductora pero al mismo tiempo alegre voz. Pese a solo haberla escuchado una vez en su vida, la reconoció al instante-. Lamento molestarlo tan temprano.
-Descuide señorita Daidouji –respondió el muchacho, quien ya dentro de su habitación, se había acercado al refrigerador a tomar una botella de agua fría-, para ser honestos, me encontraba ya esperando su llamada.
-Parece ser que aparte de nuestras negociaciones pendientes, también tenemos que hablar de otro asunto de compra-venta.
Sintió que se le encogía el estómago, y la botella de agua (ya abierta) se había detenido a medio camino hacia su boca. Claro, ella hablaba del vestido. Aquel recuerdo lo asaltó nuevamente, pero se apuró a apartarlo.
-Dígame cuando y donde podemos reunirnos para negociar.
-¿Le parece hoy por la tarde? Tengo unos asuntos pendientes en el despacho del señor Hiragizawa, podríamos reunirnos allí.
-Me parece perfecto. ¿Después de las dos está bien?
-Le enviaré la dirección a su correo.
A una cuadra del Hospital Metropolitano de Tokio, había una bonita cafetería estilo americana, a la cual los doctores y enfermeras estaban acostumbrados a ir, cuando se hartaban de la comida del hospital. Así, cuando Yukito y Touya entraron al lugar, saludaron a varios colegas, antes de dirigirse a su usual mesa en el rincón, colocada junto a la ventana. Al instante, una mesera los atendió, a lo que los dos hombres ordenaron un desayuno continental, y una taza de café americano. Les sirvieron el almuerzo prontamente, y de este modo, volvieron a quedar solos, para conversar tranquilamente.
-Entonces, ¿cuál es el problema con Sakura? –Touya inició la conversación, sin andarse con rodeos, otra de las características de su imponente personalidad. Yukito, en cambio, se entretuvo en tomar un poco de café, y limpiarse la comisura del labio, con una servilleta.
-El problema no es ella. Soy yo –Touya no pudo contenerse, y desvió la mirada de su plato, para clavar sus ojos cafés en los grises de su mejor amigo.
Aquel simple comentario había hecho que demasiadas preguntas, y bastantes suposiciones, se amontonasen en su cabeza. No supo cual formular, por lo que prefirió esperar a que Yukito dijese algo más.
-Hace más de treinta años que te conozco, a ti y a tu familia –comenzó a explicarse Yukito-. Habíamos sido amigos durante varios años antes de que inclusive Sakura hubiese nacido. Aún recuerdo cuando ella tenía solo cinco años, y había soltado lo que en aquel momento sonó como un disparate infantil.
Touya no necesitó que se lo explicara, sabía perfectamente a qué se refería. Cuando Sakura tenía cinco años, y Yukito y él tenían ya quince, su hermana menor había anunciado delante de los dos, y sin ningún tipo de tapujo:
-Cuando sea mayor, me casaré contigo.
-En aquel momento solo te reíste –recordó Touya. Yukito rio por lo bajo-. Y yo también. Después de todo, en ese tiempo pensaba que su afición por ti pronto pasaría.
-Los dos pensamos lo mismo. Pero Sakura siguió siendo aquella niña linda y adorable, que prontamente se volvió una adolescente aún más hermosa y encantadora. Y fue allí cuando nuestra amistad estuvo a punto de terminar.
-Debes entender que como su hermano mayor, mi trabajo es protegerla –se defendió Touya-. ¿Cómo hubieses reaccionado si de la nada, tu mejor amigo de treinta años te dice que está enamorado de tu hermanita de veinte?
-Sabía ya que te lo tomarías así. Después de todo, la diferencia de edades es abismal. Pero desde un principio, yo te dije que mis sentimientos por Sakura eran sinceros. Te lo comprobé cuando nos hicimos novios. Y te lo compruebo día a día cuidando de ella.
-Eso ya lo sé –Touya intentó no darle importancia. Pese a que Sakura y Yukito habían estado juntos los últimos cinco años, aún le disgustaba un poco aquella relación. No era que desconfiase de Yukito, sino que sus instintos de hermano mayor nunca desaparecerían. Intentando dirigir la conversación a un tema más neutral, volvió a tomar su tenedor, y se dispuso a comer, no sin antes preguntar-. Lo que no sé, es a que viene todo esto.
-Bueno, tiene que ver un poco con la diferencia de edades. Estoy… Estoy empezando a temer que sea demasiado viejo para Sakura. Ella aún tiene gustos por salir a divertirse, ir al cine, de compras, a conciertos… Y yo disfruto de ver documentales en la televisión, y estar despierto hasta tarde leyendo libros. No es como si tuviésemos muchas cosas en común. Siento que lo único que nos une es el amor que sentimos el uno por el otro. Porque yo la amo Touya. La amo de verdad.
La porción de huevo que Touya estaba por llevarse a la boca, se vio detenida a medio camino. ¿A caso el siempre joven Yukito estaba comenzando a sentirse como un anciano? ¿A caso temía que Sakura lo dejase por alguien más joven por el simple hecho de que Yukito era diez años mayor?
-¿Esto tiene que ver con algo que haya pasado anoche? ¿Ocurrió algo en la fiesta?
Yukito volvió a tomarse su tiempo para responder. A Touya aquello no le daba buena espina. ¿Debería confesar lo que había visto? ¿O más bien, lo que había creído ver?
Ese hombre, el señor Li… Era atractivo, y parecía ser que tenía algún asunto pendiente con Sakura. Si no fuese así, ¿por qué se miraban con tanta intensidad mientras bailaban? Y aquel momento en que se habían queda estáticos, ¿habían estado casi a punto de besarse?
No, estaba seguro de que esas eran imaginaciones suyas.
-Sakura sigue siendo joven, y cada día es más hermosa. No quiero limitarla y obligarla a madurar demasiado rápido para que permanezca a mi lado, para que se moldee como yo. Quiero que siga siendo infantil, delicada e inocente.
-¿Yukito…? –pero el aludido parecía ya no poder parar.
-Sé que me ama, Touya, pero tengo miedo de que en algún momento encuentre a alguien que comparta más cosas con ella, de las que comparte conmigo. Y aquello me vuelve egoísta, porque yo también la amo, y la quiero solo para mí. La quiero a mi lado, apoyándome, y yo apoyándola a ella, por el resto de mi vida. Touya, yo… Quiero pedirte permiso para casarme con ella.
El tenedor que Touya aún sujetaba en la mano, cayó en el plato, haciendo un ruido tintineante. Inclusive su mandíbula había caído, y ahora, con la boca ligeramente abierta, su rostro había abandonado aquella expresión de confusión, y había sido sustituida por el asombro.
-¿Por qué me pides permiso a mí? –intentó decir sin balbucear.
-Estoy seguro de que tu padre no se opondrá, pero como ya quedó claro, no importa si tienes cuarenta u ochenta años, siempre serás el hermano mayor sobreprotector. Y como necesité de tu permiso para poder preguntar a Sakura si quería ser mi novia, esto me pareció lo más lógico. No quiero que haya problemas entre nosotros, en especial si nos convertiremos en familia.
Touya no supo qué responder a ello. Una parte de su mente (aquella que le decía que su mejor amigo era un pervertido por salir con su hermana) le decía que golpeara a Yukito, y fuera con Sakura para prohibirle casarse con él. ¡Casarse! Su hermanita menor aún era demasiado niña para eso. Sin embargo, otra parte de su mente le susurraba que aquello tarde o temprano tenía que ocurrir, que Sakura debía vivir su propia vida al lado de un hombre que la hiciera feliz, y después de todo, no conocía alguien que fuese mejor para su hermana, que Yukito. Aunque no lo admitiría en aquel momento, su mejor amigo tenía demasiadas cualidades que admiraba y respetaba. Definitivamente era un buen partido para cualquier mujer.
¡Pero para su hermana!
Empezó a sentir un dolor de cabeza. Le estaba dando demasiadas vueltas al asunto. Intentando serenarse, suspiró profundamente, y mirando a su mejor amigo directamente a los ojos (Yukito lo miraba también, conteniendo la respiración), finalmente dijo:
-De acuerdo. Puedes proponerle matrimonio. Y si ella acepta, puedes casarte con Sakura.
La muchacha de corto cabello castaño, había vuelto a subir la escalinata y se había dirigido con paso lento a su habitación. Allí, pese a saber que se encontraba sola, aún se sintió apenada por revelar su desnudez al retirarse la toalla del cuerpo. Aquel día se sentía extraña. Tenía la impresión de que alguien la veía, vigilando cada uno de sus movimientos. Como si el "casi" beso que había tenido la noche anterior con Syaoran, lo hubiese visto todo el mundo, y ahora, todas aquellas invisibles miradas la juzgaran, a la espera de que cometiera otro error.
Sintiendo un escalofrío recorrer toda su espalda, se vistió rápidamente. Como el clima cada vez era más primaveral, Sakura optó por una bonita falda negra esponjosa, y una blusa blanca, que le daban un aspecto joven y fresco, pero al mismo tiempo profesional. Fiel a su costumbre, se maquilló ligeramente, y dejó que su cabello suelto enmarcara su rostro, no sin olvidarse de adornarlo inocentemente con un pequeño moño negro, prendido del lado derecho de su cabeza.
Dirigiéndose de nueva cuenta a la planta baja del departamento, la muchacha se dirigió con paso veloz al armario de los abrigos, de donde tomó un bolso largo que se cruzó por el pecho y le llegaba a la cadera. Aun sintiéndose como la princesa de un cuento de hadas (debido a su hermoso vestido de la noche pasada) decidió que aquel era un buen día para usar tacones, así que eligió unos zapatos de color negro con un elegante moño blanco en la parte delantera, y que tenían un fino tacón de apenas tres centímetros de alto. Le hubiese gustado tener el valor (y la habilidad) que poseía Tomoyo para usar tacones de casi 13, pero consideró que esos estaban bien. No quería tentar a su suerte y caerse, lastimarse o cansarse a la media hora.
Sin entretenerse más, se apuró a salir de la casa, dirigiéndose con el paso más veloz del que ahora era capaz, al estacionamiento subterráneo, donde subió a su auto blanco, y emprendió la marcha rumbo al trabajo. Recorrió las acostumbradas calles, viendo los usuales paisajes, hasta finalmente llegar a su cajón de estacionamiento y apagar el motor. Se apeó, tomó su maletín de trabajo y se dirigió a las oficinas de la Casa Fotográfica Clow, donde registró su huella digital en el checador de entradas y salidas, y (debido a que aquella mañana nadie más se encontraba en el edificio) se dirigió a la oficina de su jefe sin entretenerse.
-Buenas tardes, Eriol –saludó Sakura desde la puerta. El muchacho de cabello negro azulado se encontraba sentado a su escritorio, leyendo unos papeles. Sin embargo, al escuchar la voz de Sakura, inmediatamente retiró la vista de estos, y se levantó, sonriente.
-Buenas tardes, Sakura –respondió mientras se acercaba para saludar a su amiga y empleada, con un beso en la mejilla. Sakura le sonrió de vuelta-. Te ves hermosa hoy. Pasa, siéntate.
-Gracias –musitó ella un poco apenada. Proviniendo de Eriol, aquello significaba mucho-. Traigo las fotografías de anoche –señaló ella, apuntando a su maletín, donde llevaba la cámara, mientras Eriol se sentaba de nueva cuenta en su silla giratoria-. Aún tengo que pasar a revelarlas, así que podrás entregárselas a Tomoyo dentro de un par de días.
-Puedes decírselo tú misma –fue la respuesta del joven, quien había vuelto a tomar sus papeles, mientras Sakura se sentaba delante de su escritorio, en una de las dos sillas que habían allí-, está aquí.
-¿Aquí? –repitió Sakura, mirando alrededor, como si esperase ver a Tomoyo pegada al otro lado de las paredes de cristal que separaban la oficina de su jefe, del pasillo y los demás cubículos. Eriol la miró por encima de sus hojas.
-Sí, está en la sala de juntas, tuvo una reunión con un socio.
-¿Y por qué hacer la reunión aquí y no en sus oficinas?
-Yo la hice venir. Tiene que firmar esto –y agitó ligeramente los papeles que tenía en las manos-. Son el cobro por mis servicios de hosting en la cena de anoche, y el cobro por tus servicios de fotografía.
Sakura no pudo evitar sorprenderse por lo tranquilo y profesional que había sido aquel comentario. Conocía a Tomoyo y a Eriol desde hacía años, y cuando se encontraban en ambientes informales, destilaban amor, pasión y lujuria. Enseguida podía notarse que se amaban y se deseaban. Sin embargo, cuando hablaban de negocios, se trataban con un profesionalismo que hacía parecer que no eran pareja, ni siquiera cercanos. Simplemente socios. Durante todos aquellos años que Tomoyo había contratado a Eriol para tomar las fotografías de sus pasarelas, de sus colecciones y de sus promociones, nunca habían cruzado aquella línea entre trabajo y noviazgo. Inclusive, cuando firmaban contratos o tenían conversaciones sobre negocios, se llamaban como "señorita Daidouji" y "Señor Hiragizawa".
-¿Tardará mucho? –preguntó Sakura-. Estaba pensando en invitarla a comer.
-Sinceramente, no lo sé –fue la respuesta de Eriol-. Llevan allí quince minutos, pero no sé de qué están hablando, ni cuanto más vayan a tardar.
Allí había otro detalle del profesionalismo de Eriol hacia su novia. Los negocios de Tomoyo eran cosa que solo le incumbían a ella, y él nunca preguntaría, porque tampoco era como si le interesara. Sakura no pudo evitar fruncir los labios, en forma de puchero infantil.
-Supongo que la esperaré. ¿No hay problema?
Eriol había vuelto a despegar la mirada de sus papeles, para posar sus ojos azules en los verdes de su empleada, pero algo más, fuera de la oficina, captó su atención. Sonrió ligeramente.
-Descuida –respondió, dejando las hojas de nueva cuenta en el escritorio-. Ya vienen.
-¡Buenas tardes, Sakura! –fue el alegre saludo de Tomoyo. Sakura no pudo evitar sonreír. Entonces, dejando su maletín en la silla contigua, se giró para ver a su amiga, quien venía acompañada de una persona que hizo flaquear su sonrisa.
Era Syaoran.
El muchacho llevaba aquella tarde uno de sus acostumbrados trajes, esta vez de color gris oscuro, con una camisa blanca, y corbata y zapatos negros. Esta vez había prescindido el usar un saco, por lo que ofrecía un aire muy casual, que no le sentaba nada mal.
-Buenas tardes, Tomoyo –respondió intentando que la voz no le fallase. Por un instante sintió las piernas flacas, y agradeció estar sentada.
-Ya conoces al señor Li, ¿verdad? –dijo la muchacha de largo cabello negro (que aquel día se encontraba peinado en unos elegantes rizos), completamente ajena a la reacción de su mejor amiga. Sakura asintió, en silencio.
-Buenas tardes, señorita Kinomoto –respondió Syaoran, en aquel acostumbrado tono burlón. Era como si le dijese a Sakura su acostumbrada línea de "es el destino el que nos ha reunido de nuevo". Sakura hubiese querido volver a hacer un puchero, pero se contuvo.
-Buenas tardes, señor Li –respondió un poco incómoda no por la actitud del muchacho, quien ahora sonreía animadamente, sino por la forma en que lentamente le robaba el aire y le hacía flaquear as piernas. Se decidió mejor a ignorarlo, y se apuró a tomar su maletín-. Vine a traerle a Eriol los negativos de tus fotografías, Tomoyo. Confío en que las tendremos listas para el lunes.
-Las esperaré con ansias, Sakura –y su mejor amiga se giró hacia Eriol quien esperaba pacientemente-. ¿Tiene ya listas mis facturas, señor Hiragizawa?
Eriol le deslizó las dos hojas que descansaban en su escritorio. Tomoyo sonrió satisfecha, y tomó ambos papeles.
-Siempre tan eficiente. Le haré llegar los cheques el lunes sin falta. ¿No hay problema?
-Un placer hacer negocios con usted, señorita Daidouji –respondió el muchacho de ojos azules.
-En ese caso, creo que es todo por hoy –Tomoyo volvió a girarse para ver a Syaoran-. Esperaré su llamada la próxima semana, para agendar aquel almuerzo, señor Li. ¿Lo acompaño a la salida?
Sakura no pudo evitar sonreír. Mentalmente, agradeció a Tomoyo por excluir a Syaoran de los planes que tenía para aquella tarde.
-Seguro señorita Daidouji –respondió el muchacho, realizando una corta reverencia-. La contactaré apenas sepa que está en China. Y no se preocupe, puedo dirigirme yo solo a la puerta. ¿Necesita que la acompañe a usted, señorita Kinomoto?
Sakura estuvo tentada a fruncir el entrecejo, pero se decidió a mejor adoptar una expresión triunfal.
-No hay problema, señor Li –respondió orgullosamente-. Estoy aquí también para invitar a Tomoyo a comer.
-Oh, pues… -la muchacha de rizado cabello negro miró a su amiga, un poco apenada-. Lo lamento Sakura, pero ya tengo ocupada el resto de la tarde. El director de Natational Geographic quiere verme para hablar sobre ti.
Sakura sintió que su corazón daba un vuelco. Hablar sobre ella con Shigeo Otsuka solo podía significar cosas buenas. Sin embargo, al mismo tiempo se sentía asustada. El saber que no podía robarse a Tomoyo para estar con ella el resto del día, había hecho que su expresión altanera se desvaneciera poco a poco. Se apuró a mirar a Eriol, esperado su apoyo. Pero el muchacho, quien se encontraba ya de pie tomando su abrigo, se limitó a encogerse de hombros.
-Voy a revelar tus fotografías Sakura. Después de todo, ya prometimos a la señorita Daidouji que las entregaríamos el lunes.
Fue allí cuando Sakura sintió que el sentimiento de triunfo también se le resbalaba completamente por el cuerpo. Sin embargo, no fue hasta que Syaoran abrió la boca, que fue consiente de cómo se le caía el alma a los pies.
-Yo tengo la tarde libre, señorita Kinomoto. Y no tengo problema en acompañarla a una comida. ¿A dónde desea ir?
Bonita tarde tenga todos y todas, espero y hayan tenido una buena semana. Para mi ha sido de locos, me hubiese gustado horrores hacerme la loca y no hacer up hoy, pero como se las debo desde la semana pasada, pues heme aquí :v
Este capi me ha causado mucho conflicto. Por un lado, quería dedicar un largo y tendido rato a explicar los sentimientos de Li, pero considerando que aún tenía asuntos pendientes con Tomoyo, y quería que volviese a encontrar con Sakura (si ven bien, ha ocurrido un encuentro por día), me decidí a mejor posponerlo un poco. Espero y no les moleste.
Por el otro lado, tenemos a Yukito, y yo y mi "necesidad" de hacerlo "malo", los cuales siempre terminan con una "evolución de la psique del ser humano y las acciones que tomamos por el bien de... blah blah blah". Para ser honestos, solo quería que pareciera que Yukito vio a Sakura con Syaoran, se puso celoso y decidió "amarrarla" a él, y terminé escribiendo un pobre hombre enamorado que no quiere perder a su persona más especial... Así que si quieren amar u odiar a Yukito, supongo que las dos me van bien xD.
Para los que ya me conocen, y saben que me encanta poner "detallitos ocultos", solo diré que deberían esperar algo de todas esas reuniones de Tomoyo con el director de Nat Geo ;) Se los dejo a su imaginación XD!
Finalmente, considerando que TODO este mes estará de locos en el trabajo, creo que tendré que cambiar las ups del fic, cada 2 domingos. Dejaré la fecha abierta para la próxima semana, por si resulta que las cosas se calman un poco, pero en caso de que no publique, pues ya saben a qué se debe, y a lo que se pueden atener :v
Espero sus reviews, likes, follows y todo eso. Les mando abrazos y besos, y nos seguimos leyendo. Sigan bellos!
