Epílogo

ISABELLA acunaba a su pequeño de tres meses mientras escuchaba orgullosa el discurso de Edward.

Habían llegado a Río unos días antes con el fin de estar presentes en la ceremonia. Varias monjas se habían echado a llorar al ver el cheque que les había dado Edward, ella había conseguido no derramar una lágrima aunque estaba muy emocionada por lo que había hecho su marido.

Alexander John no tenía más que unas horas cuando Edward había entrado en la habitación del hospital… se había marchado solo unos minutos antes, después de estar con ella durante el parto, y le había dado una cajita y un sobre.

Isabella había abierto primero la cajita pensando que en el sobre habría una felicitación, y había descubierto entusiasmada el precioso anillo de diamantes que le había comprado Edward.

—Antes de que abras el sobre —le había dicho él mientras se probaba la sortija—. Debo decirte que no es de mi parte, aunque sabes que te adoro… Es un regalo en nombre de nuestro hijo para los niños que no tienen la suerte de recibir el amor que él tiene asegurado.

Isabella había sacado el cheque del sobre sin poder creer lo que veía. Estaba a nombre del refugio de Río.

—Edward, sé que habíamos hecho un trato, pero esto es demasiado después de todo lo que has hecho.

—No me has escuchado —la había interrumpido él sonriente—. Esto no tiene nada que ver contigo. Esto es para saldar una deuda por todo lo que tengo: tu amor, el amor de nuestro hijo y el amor que nos dio tu padre a los dos.

Entonces sí había dado rienda suelta al llanto, un llanto de alegría y de agradecimiento.

Ese mismo cheque era el que en ese momento le estaba entregando Edward a la hermana María.

Un poco antes Isabella había estado hablando con otra de las monjas, que le había contado que el refugio seguía abierto solo gracias a la intervención de Edward. Todas estaban muy contentas por ella y por la suerte que tenía de estar casada con Edward. ¡Isabella estaba totalmente de acuerdo! En sus brazos Alexander no dejaba de sonreír, el pequeño tenía la misma sonrisa que su padre.

Al terminar el discurso Edward se acercó a ella radiante de alegría, Isabella lo observó andar con deleite mientras pensaba en las ganas que tenía de quedarse a solas con él.

Como si hubiera podido leerle los pensamientos, Edward la tomó entre sus brazos y la besó. El amor que veía en sus ojos le llenó de dicha el corazón. Él era todo lo que podía desear.

—Te quiero —susurró ella.

—Yo también te quiero, Bella—respondió con ternura—. Siempre te he querido y siempre te querré.

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