11- La voz de humo
Ninguno de los personajes me pertenece todos son propiedad de J K Rowling. Únicamente la trama de este fic en especifico es de mi invención.
La luz del cuarto bajo la alacena estaba formada por particulas brillantes y rojizas, como luciérnagas de fuego, que daban vueltas lentamente alrededor de un punto invisible del aire. Granger las miraba con atención preguntándose qué clase de hechizo era aquel. La diminuta pieza estaba inundada de un aire tibio del cual carecía el resto de la casa, la alfombra era sobria y suave. Sabía que afuera de su pequeño mundo bajo la alacena las maldiciones y los relámpagos ya habían comenzado su danza bélica. Pero los ruidos apenas lograban invadir un poco su atmósfera de silencio y calidez.
Las luciérnagas rojas giraban en orbitas bien delineadas, como electrones perezosos.
-¿Qué encantamiento es ése profesor Snape? No lo había visto antes.
El bulto tendido cerca de ella emitió un ruido áspero y ronco. Se dio la vuelta enredado entre varias sábanas y la miró con cierta burla implícita en sus ojos.
Algo que la sabia Gryffindor desconoce. No seré yo quien la rescate de la ignominiosa ignorancia Granger
Se giró dejándole de nuevo sólo la vista de su espalda.
Afuera alguien forcejeaba con la puerta de la cocina, como en las noches anteriores. Pero Hermione se sentía un poco más protegida, estaban en el centro de la casa, un poco más abajo del nivel del suelo. En el lugar más seguro de la edificación. La luz flotante y el amable tacto de la alfombra la hacian recordar su hogar y a sus padres. Tenía la impresión quizás falsa pero intensa de que nadie podía violar la tranquilidad del pequeño cuarto.
Snape se acurrucó despreocupadamente, abriendo sus pulmones a una inhalación larga y pacífica. Hermione no lo conocía lo suficiente, pero se hubiera aventurado a decir que estaba de buen humor.
Se encontraba con el hombre durante sus andanzas por la casa, lo hallaba tomando agua y mirando por la ventana que daba al patio, con el aire de quien mira através del tiempo, hacia atrás o hacia adelante, nunca la imagen que tiene enfrente, siempre el trasfondo de algun misterio íntimo y remoto. Con la cara elevada hacia el cielo nublado de la cocina como un sabio de las montañas o como un náufrago perdido.
O simplemente como un hombre ermitaño y sólo que se busca en los cielos amplios.
Le gustaba espiarlo cuando meditaba junto a la ventana. Era como entrar en una parte de él que era desconocida para los otros.
Muchas veces se preguntó en qué cosas pensaría mientras observaba el avance de las nubes. Pero nunca se atrevió a hablar. Fue el mismo Snape el que un día acabó con esos momentos, con su voz grave, que hacia tanto que Hermione no escuchaba.
-Sé que está ahí.
Granger dio un ligero respingo, atrincherada junto al muro. La cara del hombre se giró lentamente hacia ella.
¿No tiene nada qué hacer Granger, además de estar allí parada como una idiota?
-No soy una idiota profesor Snape.- Le dijo seriamente, observando el piso y la punta de sus pies descalzos. El hombre esperó impaciente a que la muchacha volviera a levantar la cara para poder usar legeremancia. Pero ella siguió mirando hacia sus pies, inmóvil, con una actitud similar a la de una niña reprendida y con un gesto grave.
-Dejem… me sol… sol.- Pero su voz fracasaba al salir de su boca.
Hermione alzó el rostro.
-No soy una idiota, pero está en lo cierto cuando dice que no tengo nada qué hacer. Aunque creo que usted tampoco profesor. No hay nada que hacer, ni nadie con quien hablar, más que usted y pensé, que podríamos intentar tener una charla, sobre cualquier cosa.
¿Está segura de querer intercambiar sus amenas pláticas conmigo? ¿con el asesino de Dumbledore?
Levantó las cejas en un gesto histriónico de sorpresa.
-Las razones por las que lo hizo serían un buen tópico para empezar.- Le respondió sin acobardarse, ante su ceño imponente y sus labios apretados.
Sólo desaparece de mi vista, mocosa petulante. No tengo por qué explicarte nada a ti.
Hermione permaneció un momento en el mismo sitio, el único cambio en ella era la comisura de su labio un poco caída. Snape le había dado la espalda, dejando claro que pensaba ignorarla a partir de ese momento.
-No quiero pelear con usted, sólo quiero hablar un poco, no he hablado con nadie en semanas.
El hombre no se movió, ni emitió ningún sabía que no quería escucharla, no iba a recibir respuesta alguna, pero nada podía evitarle hablar, dejaría correr las palabras hacia él. Siempre era más humano comunicarse con otro, que con el espejo u con la pared. Incluso si ese otro era Snape.
Le contó lo que había ocurrido la noche en que mataron a Dumbledore, le habló de la reacción de Harry, de las varitas en alto, de las luces mortuorias y de la desesperanza. El mestizo no había intentado marcharse, seguía de pie frente a la ventana, como una escultura insípida. Hermione supuso que después de todo, estaba oyéndola.
Luego le relato los detalles de su búsqueda de Horrocruxes, lo pesado que era llevar el relicario, los pensamientos grises que relampagueaban en sus mentes gracias a el, la pelea con Ronald…
-Pensábamos que nunca encontraríamos nada, que quizás era mejor abandonar y escondernos, al menos yo llegué a pensar eso.- Se encogió acariciando su cabestrillo y levantando los ojos hacia le espalda de Snape, estático.
-Harry dijo que vio a una sierva de luz y que ella lo guio a la espada, esa noche Ron volvió con nosotros y los dos estaban felices, por que al fin alguien no estaba ayudando, pero yo nunca supe quién fue ése alguien, supongo que la madre de Harry. Es increíble.- Agregó más para si misma que para el hombre que había girado la cabeza levemente como si quisiera mirarla y no se atreviera.
Los ojos amplios y honestos salieron al encuentro de la mirada escondida del pocionista. Durante su largo monólogo había sentido muchas veces que era estúpido hablarle a alguien que te cierra sus oídos, que lo mejor sería irse, pero se detenía con la esperanza de despertar su interés y al fin lo había logrado, sus palabras llegaron hasta él, su charla al fin no había sido en vano.
¿Por qué me cuenta esto a mí Granger? Usted sabe lo que hice.
-Precisamente por eso ¿Usted alguna vez pensó en los demás?- Sus palabras eran un reproche, pero su expresión estaba suavizada y su voz sonaba amable, Snape se halló confundido durante uno momentos. Estaba harto de aceptar una culpa que ya ni siquiera era necesario llevar, él no había matado a Albus por voluntad propia y no tenía razónes para seguir cubriendo al viejo y soportando los desplantes de los que lo rodeaban. Él los había ayudado en el lago, aunque de cierto modo no se equivocaban al decir que había sido Lily, ella era el motivo, él actuaba siempre en su nombre.
Pero ya no, esa vida prolongada en la casa de los gritos, en Azkaban y ahora en ese lugar medio derruido ya no tenía ningún lazo con Lily, más que el hecho de que él fuera Snape y estuviera irremediablemente infectado de amor por ella. Sin embargo ya no había nada más que hacer para descargar sus tormentas de adoración desesperada, se habían apagado ya los ecos del pasado de Lily y él estaba entonces más solo y más vacio de lo que había estado nunca.
No había nada qué hacer por Lily, no tenía caso ya vivir por ella.
A secas, no tenía caso vivir, ni esconder las cosas, ni callarse, ni aparentar nada. Él podría haberle dicho todo Granger: que él era la cierva, que amaba a Evans, que no era un traidor. Pero sentía algo de placer al callar, al dejarlos a todos hundirse en la duda cenagosa, a confinarlos a la inquietud, al rencor y a la confusión. A negarse a sí mismo. A negarse por orgullo a hincarse ante los Gryffindors y recibir sus aplausos y su compasión y sus estúpidas lágrimas hipócritas, que no iban a menguar ninguno de sus dolores, ni de sus culpas. Y que no iban a aplacar el odio y la melancolía que se lo devoraban diariamente.
Granger seguía esperando detrás de su huracán interno.
-¿Qué piensa de todo esto profesor Snape?
El hombre la miró en silencio, con ojos de buho, agudos y penetrantes.
Pero nunca usó la oclumancia ni separó los labios, la observó directamente durante un minuto eterno, como si pudiera ver muchas cosas además de a ella, pero no contestó y volvió a darle la espalda.
-¿Qué es lo que no quiere que sepa? Si es culpable ¿para qué se esconde? No tuvo miedo de matar a Dumbledore en frente de Harry ¿pero no puede hacer algo tan simple como decirmelo a mí? Y si es inocente ¿Por qué se lo calla? ¿Por qué no nos lo grita a todos en la cara para que lo dejemos en paz?
El hombre se dio la media vuelta con parsimoniosa lentitud. No lucía tan imponente vestido con ropa muggle. No con esa camisa café que evidenciaba su cuerpo escuálido y carente.
¿Cuál es la diferencia? No importa lo que tú piensse de mí, el juicio seguirá adelante y ninguna de tus opiniones va a persuadir al secretario
-¿Cómo está tan seguro de eso?- Espetó la bruja con el ego golpeado.
¿No es evidente Granger? Si tú tuviersa alguna relevancia, no te encerrarían aquí sin enviarte comida, para que perecieras conmigo ¿o si?
La muchacha frunció el ceño, pensativa y enfurruñada.
¿Entonces por qué tendría que hablar contigo? Si te digo que soy culpable me gritarás y me abofetearás
Granger enrojeció ligeramente recordando su mano estampada en la mejilla de Snape.
Si te digo que soy inocente ¿Qué podrías darme? ¿Tus llantos? ¿Tus ridiculas palabras de apoyo? ¿O es que tengo que develarte mis motivos sólo para satisfacer tu curiosidad patológica y tu orgullo sobrealimentado? Date cuenta de tu estupidez Granger.
Hermione agachó la cabeza lentamente, le resultaba difícil digerir que quizás por una vez, no podía hacer nada útil. Y que Snape tenía buenas razones para no querer hablar con ella.
Granger se fue sin decir nada, con los ojos perdidos y ausentes, Snape saboreó la dualidad de satisfacción y amargura que le había proporcionado su victoria. Y se preguntó si realmente no sería mejor tener a la joven con las mejillas húmedas frente a él, si no hubiera sido mejor su mirada de admiración y su respeto. Le hubiera gustado humillarla de esa manera y restregarle en la cara que si ella y sus amigos estaban vivos era gracias a él que había escondido la espada.
Pero no. El único sobajado hubiera sido él precisamente, por que no sabía si sería capaz de soportar esas efusiones de piedad que tanto había anhelado y repudiado al mismo tiempo desde su niñez.
Tal vez hubiera terminado arrodillado frente a Granger, como un beato o un redimido. Se la imaginaba prodigándole misericordia con su brazo enyesado y sus pelos revueltos.
Nunca, nunca de esa engreída insoportable. Antes prefería un beso del dementor, que uno de lástima ofrecido por ella.
Hermione escuchó las pisadas quedas del hombre ya entrada la noche, sintió su cuerpo tenderse cercano, en algún lugar de la pieza. Las luciérnagas se habían extinguido hacia rato y ella había estado dormitando. Tras su plática fallida con él, no había intentado hablarle durante varios días, reflexionando una y otra vez en las cosas que el mestizo había expuesto. Sabía que Snape tenía algo de razón, pero después de pensarlo mucho se dio cuenta de que faltaba algo por decir.
Y planeaba sincerarse esa noche.
Con ansias espiaba de reojo como el pocionista se desabrochaba los zapatos y extendía una sábana sobre él.
-Buenas noches profesor Snape.
El legeremante levantó una ceja sorprendido de que aún osara dirigirle la palabra.
-¿Cenó algo?
¿Temes que no esté respetando tu dictadura de raciones?
-Temo que no esté comiendo nada. – El hombre hizo una cara fea, arrugando la nariz como un perro que enseña los colmillos.
-Quiero responder a su pregunta.
No recuerdo haberte preguntado nada Granger
Se sentó apoyándose en sus codos flacos, tenía el pelo desordenado por haber frotado la cabeza en la almohada, Hermione ahogó la sonrisa que le picaba en los labios. Snape parecía serio y solemne, pero su mechón irreverente de cabello le hacia traición.
-Preguntó qué ganaría usted hablando conmigo.
No tienes que contestar todas las preguntas que escuchas Granger ¿Cuándo vas a entenderlo?
Puso los ojos en blanco molesto por un pensamiento repentino
Espero que no pienses responder a eso también
La joven del cabestrillo lo miraba desde su nido de cobertores. Con una mano acariciando el yeso inconscientemente.
-Quiero saber porque quizás si usted fue forzado a… a hacer lo que hizo yo esté tratándolo mal. Necesito saber profesor, no puedo ser la misma con uno que con el otro. Le di una bofetada, sin saber ¿y si usted es inocente? No quiero que me lo diga por mí, quiero que me lo diga para tratarlo con justicia.
Estuviste pensando Granger. No me interesa cómo me trates.
Hermione lo observaba perpleja sin decir nada y sin cambiar de posición.
¿Tu ego te hace pensar que me importa lo que puedas decirme? ¿Qué cuando me ofendes no puedo dormir? No seas absurda.
Abandonó su figura escuálida a las sábanas en el suelo y se dio la vuelta sin gracia. Granger pasó mucho rato cavilando antes de poder dormir y se dijo, que intentar sacar la verdad de Snape era empresa de locos o idealistas. O quizás todo era tan obvio que hubiera sido un insulto decirlo directamente. Algo en la actitud de Snape le daba un aura de mártir, de estar pagando por cosas por las que no debería. Sus ojos estaban apagados, como cubiertos por una pelicula de tierra, llevaban una atenuación en su mirada antes corrosiva, como si ya nada importara, como si ya nada fuera suficiente.
Eran precisamente sus ojos, sus miradas de anciano hastiado los que la hacían dudar. Los que le provocaban un sobresalto.
Habían multiplicado la comida tantas veces que ya no era posible hacerlo, la materia real se había desgastado y ya no conseguirían multiplicar un pan que era resultado de un pan que a su vez era multiplicado de otro.
Granger calculaba que las raciones que les quedaban durarían una semana si se limitaban a comer dos galletas de avena y beber una taza de café al día. Y se quedaba atónita mirando lo poco que les quedaba y preguntándose desesperadamente, con un inicio de ira ¿dónde estaban Harry, Ron, McGonagall…los nombres seguian desfilando en su mente sin que alguno de ellos le infundiera tranquilidad.
Snape comía lentamente sus dos galletas, las partía con sus dedos huesudos y largos. Hermione lo observaba prepararse un café descolorido con una resignación que a veces la molestaba, ella no podía estar tan calmada ante el hambre y cada día su enfado hacia Harry y Ron crecía enormemente. Aunque después de pensarlo y alentarse a sí misma se decía que debía haber algo qur estaba impidiéndoles ayudar, que quizás el ministerio no les había comentado nada y ellos vivían en la pacifica ignorancia, creyendo que todo estaba bien.
Pensar en ello calmaba su enojo, pero aumentaba su angustia.
Ron
Te necesito, ¿por qué no puedes oírme? ¿Por qué no sospechas que algo está pasando? ¿Por qué no sospechan, tú o Harry o McGonagall, o hasta Luna que siempre cree ver cosas que no son?, ¿por qué no presiente ella lo que está pasando?
Ya casi no hay qué comer. ¿Qué va a pasar cuando todo se acabe? Cuando este paquete de galletas deje de separarnos del futuro y estémos encerrados y sin nada qué comer ¿Qué vamos a hacer Ron?
Ya estuvimos una vez así, nosotros y Harry. Pero podíamos salir a los bosques y buscar hongos y plantas. Pero en esta casa Ron ¿Qué vamos a hallar en esta casa?
A veces pienso que vamos a terminar cazando ratas.
Quisiera escucharlos, ver las centellas azules y verdes de sus ojos, oir sus bromas, Ojalá pudieras sospechar Ron, que estoy aquí, esperándolos.
Los quiere, los necesita y los extraña H J Granger
Empujó la puerta del cuartito bajo las escaleras. La estrella rojiza y tenue estaba aún encendida, flotando en el centro de la pieza. Distinguió un cuerpo dibujado entre las líneas de las sábanas. Snape había ido a acostarse antes que ella, un acto muy inusual de su parte. Hermione se fue sentando con cuidado, sin hacer ningún ruido. El pocionista extrañamente yacía boca arriba, siempre se cuidaba de darle la espalda u ocultar su cara, molesto ante la idea de que lo vieran dormir. Pero ése día el cansancio lo había tomado sin aviso
El estómago de Granger iniciaba una revolución clamando por alimento, al menos ella se consolaba con el hecho de que aún no había comido su ración y podría entretener el hambre con sus dos galletas de avena. Las extrajo del paquetito que estaba sobre una repisa improvisada y las miró largamente sabiendo que al comerlas un día más de esperanza se apagaría. Menos comida, menos tiempo, menores probabilidades de ser rescatados.
Partió su primera galleta por la mitad para hacer tardada su ingesta y engañar al estómago. Snape se removió respirando pesadamente y llevándose la mano pálida a algún punto del vientre para luego volver a su inmovilidad. Hermione podía escuchar que la entrañas de su maestro gruñian de hambre aún estando él dormido.
Contempló su galleta de nuevo, con aires de carencia, recordando los viejos tiempos en los que se sentaba frente a la mesa del gran comedor y había montones de platillos para elegir, pasteles, pavo, potajes, casi revivía el vapor apetitoso de los panecillos bajo su nariz.
Prince se giró peresozamente, enredando las piernas entre las sábanas. Hermione adivinada su cuerpo famélico, sus costillas sobresalientes y una palidez antinatural invadiendo todo el territorio de la piel.
Probablemente se había sentido enfermo y por esa razón estaba recostado antes que ella, aún en contra de su costumbre.
Observó de nuevo sus galletas de avena y después la figura delgada y triste de su ex profesor. Y decidió que por esa noche no tenía fuerzas ni ánimos para albergar sospechas, ni para ser renuénte. Sólo por esa noche, creería en él, sólo por esa noche dejaría de dudar y se entregaría a su pequeño mundo compartido bajo las escaleras.
En realidad era ella la que se rehusaba a convencerse de que Snape era inocente. Harry se lo había dicho, Dumbledore a su modo también al haberlo salvado, el mismo oclumante había dejado fluir la verdad de formas implícitas. Pero ella no deseaba creerlo.
No aceptaba que Dumbledore pudiera haber sido ese mago manipulador que tendría que ser para orillar al mestizo a una decisión así. No quería imaginar que toda esa efusión de secretos hubiera estado moviéndose bajo sus ojos y ella no hubiera sido capaz de verlo.
Pero ya era suficiente de engañarse y de negar. Snape había sido salvado por Dumbledore, le había dicho que Harry estaba en lo cierto, la estaba protegiendo…un mortífago no tendría esa clase de lazos con los demás. Y ella no podía ni debía ignorar más ese hecho.
El hombre desgastado y empobrecido que dormitaba en el suelo, no era el traidor asesino al que todos apuntaban con el dedo, era su maestro y su guardián, o al menos el de Harry.
Granger se dejó conquistar por el remordimiento, por la confusión absoluta, por la sensación de desconocer el mundo, de no poseer ninguna certeza. Y fue abrumador, pero de algún modo también la alivio. Snape se había llevado consigo un trozo de su fe y ahora se la regresaba.
El hombre bajo las sábanas, el amargado murciélago de las mazmorras le regresaba su fe. Y sin saberlo.
Las raciones se habían terminado dos días atrás, desde entonces se llenaban el estómago sólo con agua y con un té dudoso que hacia Hermione con las hojas de un arbol que extendía sus ramas hasta la ventana de una de las habitaciones de arriba.
Dormían mucho. Cuando había comida se paseaban por la casa cada quien en un rumbo diferente y se veían las caras sólo por la noche cuando iban a refugiarse bajo las escaleras. Pero desde que las raciones comenzaron a hacerse más pequeñas y a escasear intentaban recuperar las energías durmiendo y se hallaban juntos en la alacena gran parte del día, meditando Snape, leyendo sus cuentos Granger.
Pasaba las páginas y leía las ya cansadas palabras de la cenicienta, de pinocho, de la bella y la bestia. Miraba los dibujos que en un principio la habían emocionado con un aburrimiento incurable. Cerca de ella Snape hacia el amago de levantarse, pero se deslizó en la pared, cercano a desplomarse, mareado y se quedo quieto mirando hacia el frente. No parecía tener ánimos de volver a intentarlo.
La herida de Hermione le inmovilizaba un brazo pero afectaba bastante menos a su salud. Ella podía reconocer que las fuerzas y la resistencia del hombre estaban muy minadas a causa de la mordida de Nagini y lo veía languidecer a falta de alimento, sin que ella pudiera hacer nada.
Sin embargo, dada su naturaleza previsora Granger había guardado una de sus raciones, por si se llegaba el momento en el que no soportara más el hambre. Originalmente la había escondido para ella, pero el rostro amarillo y las piernas lacias de Snape lograron preocuparla lo suficiente como para renunciar a sus galletas a pesar de los gruñidos rabiosos de su estómago.
-Tenga profesor Snape, las guardé para una situación desesperada.
El pocionista recargó la nuca en la pared y la miró con sus ojos fijos y desdeñosos. Tenía la boca torcida.
Santa Granger protectora de los desvalidos
Colocó las galletas envueltas en una servilleta a los pies del hombre.
-Están alli y son suyas, usted decide si se las come o deja que se desperdicien.
Pasaran horas sin que el mestizo diera muestras de querer comerlas, pero por la noche, Hermione escuchó ya un poco sumergida en la nebulosa de sus sueños, como crujian las galletas al ser mordidas y asomando un ojo entre las cobijas descubrió al pocionista, sus manos blancas y huesudas, partiendo la galleta que le quedaba, con un aura de humildad o de modestia, propia de un hombre simple, de un tipo de hombre que ella pensaba que Sanpe no era. Comía muy despacio, trozos pequeños, su nariz enorme le afilaba las facciones, su mirada perdida y pensativa, hundiéndose en la oscuridad de la pieza lo hacia verse más viejo, quizás más sabio de lo que le había parecido antes.
Cuando terminó se sacudió las migajas del regazo, con esas mismas manos delgadas y endurecidas y hermosas de alguna manera. Se acostó en el tenderete de colchas y sábanas, con lentitud de gigante antiguo, de débil ancianidad, como si ya nada lo apurara en el mundo, como si la vida no esperara nada de él.
Granger siguió observando un rato más la figura recostada, escuchando el exhalar y los viajes suaves y armoniosos del aliento del mestizo.
-Gracias Granger.
La voz que llevaba tanto tiempo recluida vibró unos segundos en la pieza, como una luz que se encendiera en medio del aire, como un humo brillante.
Hermione sonrió, alegremente sorprendida, sintiendo que el hueco de su estómago se llenaba un poco. Que la vigilia hambrienta había valido un poco la pena.
Aquí me tienen justo una semana después, me parece. Ojalá les guste éste capítulo. Por favor dejen un review, es gratis XD. Además sus comentarios son el corazón y motor de éste fic.
Muchas Gracias a quienes dejaron su review.
Trygun, Ayra 20, Evelyn, Alexza Snape y Voramar.
Saludos
