¡He vuelto! (Ya ya, los tomatazos y los tirones de oreja me los merezco y lo reconozco)
Este capítulo vuelve a la Tori guerrera y espero que les guste.
La verdad era que, aparte de estar terriblemente molesta con Jade y la abrumadora sensación de inseguridad y miedo que estar fuera del campamento le inspiraba, estaba encantada con su arco nuevo y, entre los sobresaltos ante cualquier ruidito ajeno a su grupo y que se le parara el corazón cada vez que algo se movía en la periferia de su campo de visión, no podía dejar de admirar la perfecta curvatura de sus palas oscuras, la equilibrada tensión de la cuerda y su cuidada empuñadura de madera. Casi conseguía olvidar por un rato que no quería estar donde estaba.
Para su sorpresa, no tardó en descubrir que ella era la piedra angular de aquella partida de caza. Había aparte un tipo que sabía colocar trampas decentes, y otro que decían que tenía la mejor puntería del campamento, el problema de este es que no había visto un arco ni de lejos y las armas de fuego tenían la desventaja tanto de espantar a las demás presas como de atraer visitas indeseables. Así que de pronto todo el mundo contaba con ella para cobrarse las piezas grandes de la manera más eficiente, o silenciosa, y cuando al menos doscientas personas dependían de lo que ellos consiguieran traer, las piezas grandes eran las que contaban. Conclusión: aparte de ellos tres, el resto de las quince personas que habían sido designadas a la caza ese día estaban allí sólo para intimidar y proteger.
Iba a ser un día movidito.
O no. Pensó mientras tensaba la cuerda. Llevaba casi dos horas subida a ese árbol y aquella era la primera pieza que había aparecido. Había tenido que alejarse del grupo, escondida entre las ramas tanto como estrategia de caza como protección, cuando descubrió que entre sus murmullos, el traqueteo de las armas más grandes y sus patosas pisadas hubiera tenido suerte de cazar un solo conejo.
Contuvo el aliento, soltó la flecha, tan buena como el arco, sabiendo que era de vital importancia que no fallara ni lo hiriera de forma superficial, entró en el pecho del animal, que emprendió la retirada con torpeza, rapidez y un quejido sonoro y muy propio.
Soltó el aire, anotó mentalmente la dirección en la que había huido y volvió a esperar.
Sólo bajó del árbol cuando llegó el resto de hombres del grupo, los cuales no parecían demasiado contentos con tener que depender de una niña hasta que vieron el rastro de los animales heridos. Tori indicó las direcciones de las presas, así como un cuervo que había tenido la poca prudencia de posarse demasiado cerca de ella, y se unió de nuevo a ellos para ir a buscarlos. No había fallado, todos sus tiros fueron mortales, y sintió un gran alivio y orgullo al comprobarlo.
-¡Mira esto!- bramó un hombretón rubio.- Hay que admitir que la niña es buena.
-No está nada mal.
-¡Venga! Hay que atarlo y prepararlo para llevar al campamento.
-Van dos, muchachita- le palmeó otro la espalda con una gran sonrisa, no sabía su nombre, pero creía que se había ganado su respeto-. No está nada mal.
El tipo de las trampas, un hombre tosco y con una barba espesa, pero que cada vez que hablaba lo hacía para entretener a los demás, llegó también con varias piezas, un par de conejos y otro cuervo, y detrás de él llegaban otros dos llevando lo que parecía un jabalí.
-No nos ha ido mal el día- comentó ella, cada vez menos aprensiva por encontrarse en el bosque, casi se estaba olvidando de que estaban en peligro-. Espero que siga así.
-Ya está niña. ¡Acabas de gafarnos!
-Bueno, basta de tonterías. Reed, Neil, atad ese bicho y volvamos a la playa- ordenó el jefe de grupo de forma autoritaria, que parecía guardarle la misma simpatía a Tori que al principio del día.
-Ey, Tori- la llamó Scott, que parecía ser el único de ellos que sabía su nombre, lo cual estaba bien, porque ella sólo conocía el suyo-. ¿A que no eres capaz de acertarle a esa especie de atrapasueños de allí?
¿Un atrapasueños? ¿Qué probabilidad había de encontrar algo así en ese bosque salvaje? Levantó la vista hacia dónde le indicaba el chico, que a pesar de ser el más joven de todos podía llevarle fácilmente diez años. No era un atrapasueños propiamente dicho, sino más bien una especie de red confeccionada con cáñamo, ramillas y huesos de animales, posiblemente colocada por aquellos hombres que parecían invadir la dichosa isla con el fin de alertar y asustar a los visitantes. Y estaba muy lejos. Por lo menos a 70 metros, era más que complicado, llevaba toda la vida tirando con arco, pero no era una profesional como su padre.
-Puedo intentarlo- sonrió ella-. Pero tendré que usar una de las flechas buenas.
-Si le das y la clavas en el árbol de atrás podremos recuperarla. Si aciertas te acompaño.
Le dio.
-¿Has visto cómo se ha movido?- exclamó entusiasmada.
-Yo creo que ha sido más bien el viento- bromeó Scott.
-¡Y una porra! Le he dado y bien.
-¿Queréis dejaros de tonterías?-exclamó el jefe.- Tenemos que irnos y habéis desperdiciado una puta flecha haciendo gilipolleces. Esto es lo que pasa cuando trabajas con niños.
Tori apretó el arco entre sus manos a su espalda, bajando la vista y sintiéndose como la niña tonta que la acusaban de ser, aunque se mordió el labio para contener su molestia y no contestarle algo desagradable al hombre.
-Tranquilo, Bruce- dijo el trampero-. Tenemos tiempo. No es ni medio día. Deja que vayan a por la estúpida flecha y nos vamos.
-Cómo se ha puesto- susurró Scott con complicidad.
-¿Y ahora cómo la cogemos?- preguntó ella una vez llegaron al árbol lejano, viendo lo alto que estaba la saeta.
-¿Te aúpo?
Tori hizo una mueca que demostraba lo desconforme que estaba con la idea.
-No me gustan demasiado las alturas.
-¿Bromeas? Llevas todo el día subida a un árbol.
-Sí, pero ese árbol no era más alto de cuatro metros. La flecha está al menos a quince.
-Si consigues darme un impulso subo yo -suspiró él-. Pero va a ser difícil. La primera rama está a más de tres metros.
¡Oh, lo consiguió! Con tal de no subir sacó las fuerzas de donde no las tenía.
-¡Yest' dva!
Se le heló la sangre al escuchar los gritos de los sectarios viniendo de donde estaban sus compañeros, justo antes de que comenzaran los disparos. Se quitó el arco de la espalda, aunque no se sentía con fuerzas para usarlo contra nadie.
-¡Corre, Tori!
-¡No puedo dejarte aquí!
-¡Corre, joder! Si no me ven no me pasará nada, ¡pero tú tienes que largarte!
Le latía el pulso en la sien mientras atravesaba el bosque lo más rápido que podía, aliviada por que la ola de adrenalina opacara la sensación de culpa. Sólo esperaba que no pillaran a Scott. Y que el resto del grupo consiguiera salir con vida.
Para colmo de males unos brazos fuertes la apresaron por la espalda. Cayó de bruces, golpeándose la barbilla contra el suelo. Consiguió zafarse cuando al hombre también lo tomó la caída por sorpresa. Le dio una patada en la cara al levantarse para evitar sus manos y siguió corriendo. Pero la suerte no parecía estar de su parte, porque el camino que había tomado llevaba a un pequeño risco, que si bien podía tirarse y sobrevivir, si superaba su miedo a las alturas, la fortísima corriente de agua que pasaba a sus pies la desanimaba bastante.
-¡Mierda!
-Zaplatit' mne teper', suka- dijo el hombre con voz ronca y zafia.
Le dio una bofetada que hizo que le pitara el oído. La brecha de su mejilla comenzó a sangrar de nuevo, pero antes de que pudiera quejarse siquiera la tomó por los brazos y la apretó con violencia contra un árbol. Golpeándole la cabeza, haciendo que le doliera de nuevo la herida del costado. Apretó la espalda contra el troco, levantó las piernas, interponiéndolas entre ellos y lo apartó con todas sus fuerzas clavando las suelas de sus botas en el pecho del mercenario. Desesperada, intentó correr de nuevo, pero la embistió contra el borde, ella agarró su camisa y ambos cayeron por el precipicio.
La corriente hizo que tardara una vida entera en salir a la superficie. Intentó agarrase a cualquier cosa, pero no había nada, o las piedras venían hacia ella a demasiada velocidad. Había perdido el rastro del hombre, pero él era ahora el menor de sus problemas. Una rama le golpeó la cabeza, intentó a agarrarse a un tronco que se precipitaba como ella, una roca estuvo a punto de partirle un par de costillas. Después todo se volvió negro.
"…Tori…"
"…Tori…"
"Tori…"
"Tori…"
"Tori"
-¡Tori! ¡Tori estás bien! ¡Tori!
-¿Foster?
Notó dos brazos apretarle los hombros mientras el mundo le daba vueltas y el dolor de cabeza le hacía difícil el enfocar la visión, más cuando al abrir los ojos la brillante luz del día la deslumbró.
-¡Ey, chica! ¿Cómo te encuentras?
-¿André?
-Sí, Tor, soy yo.
-¿Qué…? ¿Dónde…? ¿Qué ha pasado?- preguntó con voz débil mientras los dos muchachos la ayudaban a incorporarse. Todavía tenía medio cuerpo metido en el agua.
Foster la abrazó con cariño antes de sostenerle la cara con las manos.
-No sé qué te ha pasado, pero por lo que sé al equipo de caza lo atacó un grupo de esos… hijos de perra.
-¡Creíamos que te habíamos perdido!-exclamó André separándola de Foster y abrazándola también.
La apoyaron contra una roca y esperó a que las ideas se aclararan en su atontada mente. No era capaz ni de percibir lo que la rodeaba, y un par de nauseas revolvieron su estómago, así que intentó quedarse lo más quieta posible hasta que pasaran.
-Pero… ¿Y vosotros? ¿Qué hacéis aquí? ¿Tú no deberías estar a medio camino de la torre de radio?
-Lo mismo. Nos sorprendieron. Eran montones- relató el muchacho-. Escapé para no perder el dispositivo de radio, pero tuve que dejar atrás al resto del equipo.
-¿Y tú?- le preguntó a André, por fin comenzaba a sentirse algo mejor.
-Nos habían designado al equipo de recolección. Había un avión caído a pocos kilómetros del campamento y el capitán y Kings pensaban que era lo suficientemente seguro. No lo era.
Foster le ofreció un par de tiras de carne, que rechazó con un simple gesto, era lo último que necesitaba ahora, con el zumbido en la cabeza y las ganas de vomitar. El olor le revolvió más el estómago, pero también le trajo el recuerdo de cuando los había cocinado con Jade. Jade… No pudo evitar pensar en la chica.
-Jade- susurró sin pretenderlo.
André pareció escucharla y puso una cara de culpabilidad y sorpresa que hizo que Tori le levantara una ceja interrogante, el chico bajó la cabeza con desánimo y cierta vergüenza, lo que a ella no le gustó una pizca.
-Creo que tienen a Jade…
-¡¿Qué?!- se incorporó de golpe, arrepintiéndose al instante, luchando de nuevo con las náuseas-¿Cómo que tienen a Jade? ¿Cómo ha pasado?
-Estaba en el mismo grupo que yo.
-Tori- dijo Foster preocupado, ayudándola a no caerse de nuevo.
-¡Tenemos que ir a salvarla! ¡Tenemos que ayudarla! ¡No puede estar muerta! ¡No!
-No creo que esté muerta. ¡Tranquilízate!- le sujetó las mejillas el chico rubio.- La tienen un grupo de hombres que se dirigen al poblado de chabolas que está pasando el bosque. Esas cosas no las hacen en medio del bosque. A las mujeres no.
-Has visto lo que hacen esos hombres- no pudo evitar gritarles mientras sentía las lágrimas correr-. ¿Cómo puedes decir eso?
-No matan a las mujeres directamente- intervino André, viendo que su amiga era presa de un ataque de ansiedad-. Has escuchado lo de los rituales de los que hablan los exploradores. Podemos volver a la playa y el capitán Rodríguez enviará a alguien para que la rescate.
Había oído hablar de ellos, todos lo habían hecho, y era imposible olvidarse de ellos porque corrían los rumores de cadáveres crucificados, mutilados, rodeados de alambre de espino, colgados, devorados por alimañas o quedamos hasta la muerte… Pero con las mujeres parecían deleitarse, como si formaran parte de un rito macabro para invocar al diablo o algo por el estilo. Nuevamente, no pudo evitar pensar en lo mucho que hubiera disfrutado Jade de leer una noticia así, y en la ironía de lo distinto que era ahora que era ella quien iba a convertirse en la protagonista.
-¿Rituales? ¡Querrás decir sacrificios! ¡Vi lo que ese loco de la cueva estuvo a punto de hacerle a Jade una vez, no voy a dejar que se repita! ¡Tenemos que salvarla antes de que la crucifiquen o… o…! ¡Dios!
Ambos muchachos se interpusieron en su camino. El río que la había arrastrado daba a la playa, subiendo por él llegabas al bosque, y pasado el bosque estaba el poblado de chabolas. O eso creía. Tenía que cogerlos antes de que abandonaran la protección que los árboles le daban, ese era su terreno, sólo así tendría una oportunidad. Pero tenía que moverse rápido, o perdería la única oportunidad que podía tener.
-El capitán no va a enviar a nadie para salvar a una sola persona- les chistó en la cara, apartándolos-. ¡Tengo que salvarla! ¡Tengo que intentarlo al menos! O si no mi conciencia nunca me lo perdonaría.
-¡No vas a ir a ninguna parte!
Foster la cogió por la espalda, apretándole los brazos contra los costados y levantándola del suelo. Tori chilló y se revolvió, levantó las piernas para intentar hacerle perder el equilibrio, pero lo había visto sin camisa, sabía lo fuerte que era, así que desesperada echó hacia atrás la cabeza para golpearle en la barbilla. Le dolió una barbaridad, pero dio resultado. Intentó soltarse el arco de la espalda en lo que se levantaba, pero el chico no la dejó, la sujetó por los brazos, de tal forma que se acordó del hombre que la había atacado esa mañana. Entró en pánico, pensando que no ganaría, que no podría salvar a Jade.
Adelantó el cuerpo con fuerza y le abrió el labio con el hombro. Foster la soltó de nuevo, pero en lugar de correr le arrebató la pistola que sobresalía del borde de su pantalón. Vio a André correr también hacia ella, notó cómo Foster le cogía la mano. No supo cuándo había apretado el gatillo, o si lo había hecho ella o el chico le había apretado el dedo sin querer.
Pero el sonido del disparo y el grito de Foster los detuvo a los tres. Tori pensó que no había aire suficiente para llenarse los pulmones cuando vio las gotas rojizas desparramarse sobre la tierra.
Después se obligó a sí misma a recomponerse. Apretó bien la culata entre ambas manos y apuntó a André que se acercaba a ellos.
-¡Quieto!
-¿Qué?- exclamó el chico histérico- ¿Qué diablos te pasa, Tori? ¡Le has disparado!
-Ha sido sin querer, pero te juro que si intentas detenerme tú también haré lo mismo contigo. Nadie se muere de un disparo en la pierna- amenazó apretando los dientes.
-¿Joder, estás loca? ¿Qué coño pretendes, qué crees que puedes hacer?- decía Foster, y para Tori era la primera vez que la miraba con tanta dureza.- Sólo vas a conseguir que te maten, ¿es eso lo que quieres? ¡No tienes la menor oportunidad de salvarla! ¡No hagas una idiotez!
-Tengo que intentarlo, Foster- dijo con tono suplicante, desesperada porque ninguno de los dos chicos podría entenderlo.
-¿Por qué?- preguntó casi tan desesperado como ella.
No supo que responder. Bueno, siendo justos, sabía exactamente la respuesta, pero no se veía diciéndole al muchacho que iba a hacer la mayor tontería de su vida por amor. Sonaba demasiado cursi hasta en su cabeza. Y sabía que eso le haría todavía más daño.
-Tori…- intentó André.
-Llévalo al campamento, por favor.
-Vas a morir- suplicó su amigo.
-Entonces es mejor que sepas que has sido el mejor amigo que he tenido nunca.
Foster le lanzó la bolsa que llevaba colgada al hombro. Ella se la cruzó por el mismo lado por el que tenía el arco, decidiendo que ya la examinaría luego para no bajar el arma.
-Tienes comida, una radio y un par de cosas que te pueden ser útiles. Aunque no creo que te mueras de hambre con esos hombres por ahí. Te encontraré, Tori. Te lo juro. Te prometí que saldríamos juntos de esta, y pienso cumplirlo aunque te esfuerces tanto por que no sea así- dijo suavemente a pesar de la mirada de enfado que le estaba dirigiendo con insistencia.
A Tori le palpitó el corazón un par de veces más de lo normal y sintió unas ganas terribles de besarlo, pero no le parecía nada justo en ese momento. Así que se dio la vuelta y echó a correr antes de que André decidiera de nuevo que podía pararla.
Se le paró el corazón cuando estuvo a punto de toparse de lleno con una patrulla de hombres armados, y eligió dar un rodeo para evitar a otros dos, a pesar de estar segura de que los tenía perfectamente a tiro y que la maleza cubría su posición. Sólo tenía una idea vaga de dónde podía estar Jade, pero sentía que tenía que seguir avanzando pasara lo que pasara. Y que sólo podía estar tomando el camino correcto.
Un disparo sonó sobre su cabeza, haciendo saltar la corteza del árbol.
-No, no, no, no- suplicaba para sus adentros, alejándose cuanto podía del nuevo grupo de perseguidores.
Había conseguido enterrarle una flecha a uno en la pantorrilla, lo que dejaba a otros cuarto corriendo tras ella. Rezaba por que las tinieblas de la noche recién nacida consiguieran camuflar su huida. Por si fuera poco, una furiosa capa de lluvia había comenzado a caer, ayudando a ocultarla y haciendo que tropezara con más frecuencia entre las rocas empapadas y las ramas húmedas.
Les había sacado una buena distancia y comenzaba a creer que conseguiría escapar cuando se topó con una enorme pared de roca que el agua hacía imposible escalar.
-¡Mierda!
Los mercenarios tenían linternas y los lejanos haces de luz que delataban su posición comenzaron a salir de entre los árboles.
-No, mierda, mierda, mierda…
Siguió la pared, hacia la derecha. No podía trepar directamente, pero en un lado había una hendidura, algo estrecha, pero por la que creía que podía subir. Apoyó la espalda contra un lado, y clavó las botas en el contrario. Era un truco manido, pero en las películas siempre parecía funcionar. No era tan fácil como en las películas, pero estaba subiendo. A pesar de tener ya la ropa mojada el agua que corría por la piedra se le colaba por el cuello de la camisa y se le escurría por la espalda, calándole hasta los pantalones, pero tampoco le prestaba mucha atención a eso, porque el hecho de que los pies perdieran agarre cada poco tiempo, amenazándola constantemente con caer ya la distraían lo suficiente. Eso y los haces de luz de las linternas que brillan justo debajo suyo, apenas a unos cuatro metros de distancia.
Se le resbaló la bota, cayó unos centímetros, luchó contra sí misma para obligar morir un grito en el interior de su garganta, se cortó la palma de la mano izquierda de un lado al otro empezando por debajo del pulgar, y consiguió frenar clavando la rodilla de golpe. El dolor le hizo ver las estrellas. El corazón le latía tan fuerte que le pitaban los oídos, se quedó lo más quieta posible, sin respirar siquiera, porque había causado un pequeño derrumbamiento, de apenas un par de piedrecillas, pero había sido lo suficiente ruidoso como para alertar a los hombres, que miraron hacia arriba en la oscuridad.
No era una persona creyente, salvo por su abuela nadie le había inculcado la tradición religiosa, pero cerró los ojos y rezó.
Cuando llegó por fin a la cima, todo lo sana y salva que podía considerar aceptable, se desparramó sobre la superficie con las extremidades extendidas, tomando bocanada de aire tan grandes que parecía que no había suficiente oxígeno en el mundo como para llenarle los pulmones. Cuando por fin pudo incorporarse, sobre brazos y piernas temblorosas, se encontró cara a cara con el primer golpe de suerte del día. Estaba cerca del final del bosque, cerca de Jade.
Reconoció el lugar, no porque lo hubiera visto antes, sino porque recordó las palabras de los exploradores, que hablaban al grupo por la noche sobre lo que habían visto por el día, y reconoció el esqueleto del avión que ahora se extendía ante ella, y no era porque un avión caído fuera una novedad de ningún tipo en esa isla, pero sí lo era la cabeza de un tiburón sonriente dibujada en su casco.
Sintió ganas de correr, saltar, gritar. Pero ninguna de ellas era realmente buena idea, porque su suerte esos días no duraba nunca demasiado, y cuando su cabeza razonó por fin que no debería ser capaz de ver el dibujo en plena noche y que si podía hacerlo era por el pedestal preparado para prender una lumbre en su interior estaba encendido, y que si este estaba prendido era porque alguien había tenido que hacerlo. Y ese alguien debía estar cerca.
Tardó dos segundos en esconderse detrás de un arbusto, y apenas el doble en escuchar los pasos que se acercaban con calma y que el sonido de la lluvia no le habían permitido escuchar antes. Se soltó el arco del hombro, porque se sentía más cómoda con él que con la pistola que le había robado a Foster, sacó una flecha y se preparó para tensarlo, pero un dolor agudo se lo impidió. Bajó la vista para darse cuenta por primera vez del reguero de sangre que se escurría mezclado con la lluvia de la palma de su mano hasta su codo y examinó el corte de su palma con cuidado. Se quedó entonces lo más quieta y callada posible hasta que los pasos volvieron a alejarse antes de abrir la alforja que le había dado Foster. Había un par de cosas útiles, como las tiras de carne, una radio que decidió dejar apagada y un mechero, pero no le prestó atención a nada más una vez encontró un par de vendas. Las apretó alrededor de la herida hasta atarla en su muñeca, con la presión justa para parar la hemorragia. Jade se habría enfadado al ver que también sabía de vendajes, pensó con el último ápice de humor que le quedaba en el cuerpo.
Tras comprobar que era más fácil sujetar su arma con la mano vendada siguió el camino por el que se había alejado el matón, cuidando cada paso como hacía un buen cazador, como le había enseñado su tío, hasta que llegaron a sus oídos las voces gritadas en otro idioma.
-¡Vuelve a tocarme y te juro que te arranco los dedos de un mordisco!- escuchó las alegres palabras de Jade, tan amena como siempre.
Evocaron en sus labios una sonrisa. Jade estaba vivita y coleando, y era la misma de siempre.
¡Bien! Ahora todo lo que tenía que hacer era encontrar la forma de acercarse, burlar al grupo de hombres que la custodiaba (que por las voces eran al menos tres y al que había seguido), liberarla y salir de allí las dos con vida. Debía admitir que las estadísticas no estaban a su favor, pero su tío siempre decía que cuando no tenías la ventaja debías utilizar todos los elementos a tu alcance para conseguirla, así que inspeccionó el lugar que la rodeaba. La oscuridad de la noche la ocultaba con bastante eficacia, la altura de los árboles y la cantidad de arbustos y maleza le servían de cobertura y el sonido de la lluvia que chocaba contras las hojas y chapoteaba sobre el arroyo que atravesaba el lugar silenciarían sus pasos. Podía sacar esa ventaja si sabía cómo. Y sabía cómo. Ahora sólo le quedaba responder una pregunta, casi más importante; si estaba preparada para matar, y, por primera vez, de forma completamente consciente. Le volvió a la mente la cara del mercenario del poblado en ruinas y por un segundo sintió el calor de las gotas de sangre que le salpicaron la cara…
Entonces Jade gritó otra cosa, algo que no entendió porque su cabeza estaba en otro lugar pero que sonaba tan amable como lo anterior, y a su voz la acompañó la desagradable risa de uno de los sectarios. Apretó el arco y dejó de pensárselo. Estaba ahí por Jade y no importaba lo que tuviera que hacer. Fuera como fuere iba a volver con Jade, sin importar el precio.
El hombre que patrullaba lo hacía desde el avión hasta el pie de un viejo puente de madera iluminado con otro pedestal de piedra encendido, el puente cruzaba un arroyo poco caudaloso pero que fluía ruidosamente aun por encima del sonido de la lluvia, al otro lado había una hoguera encendida bastante cerca del agua a unos diez metros del puente y atada frente a ella estaba la chica que había venido a buscar. Algo más lejos, y a su izquierda, se erigía una cabaña de madera bastante bien hecha para ser una estructura nueva y teniendo en cuenta que el resto de las construcciones de los sectarios parecían estar hechas con trozos de contrachapado robados de las naves destrozadas y ensambladas con poca maestría. Contaba cinco hombres, con el que ella había seguido.
Podía hacerlo.
Empezó por lo más fácil. El más apartado, el que patrullaba. Saltó sobre él con el arco por delante, pero no para disparar, sino que apretó el cuerpo del arco delante de su cabeza y tiró con todo su peso hacia atrás. Estrangulándolo para que no gritara, y notó como los anillos traqueales cedían, seguramente de forma irreparable. Cuando el hombre cayó ella lo hizo con él. Soltando el arco y llevándose las manos a la boca, respirando con fuerza tanto por el esfuerzo como por el peso de su conciencia, pero no tenía tiempo para llorar. Recuperó su arma de alrededor del cuello del cadáver con dedos temblorosos y se deslizó hasta su siguiente objetivo.
Con el tiempo detectó que otro mercenario se alejaba también bastante del campamento, al otro lado del río, así que, cuando se sintió preparada, se colocó en posición, tensó el arco y apuntó con extremo cuidado, sabiendo que sólo tenía una posibilidad. Hacerlo mortal e instantáneo a la primera. Un tiro limpio y certero en la cabeza, guiándose sólo por lo que el haz de la linterna de su víctima dejaba intuir de ella. Su padre siempre había dicho que Tori podía haber seguido sus pasos, que era mejor que él mismo a su edad. Lo demostró. Y una mezcla de bilis, remordimientos y orgullo le llenó la garganta.
Estaba saliendo bien. Quedaban tres. Eso pensó hasta que escuchó las voces de alarma, habían detectado el segundo cuerpo.
-¡Joder!- susurró con rabia y miedo.
Se alejó todo lo rápido que pudo mientras se mantenía oculta. ¿Qué demonios iba a hacer ahora? Una linterna se acercaba a donde estaba, otro de los hombres había cruzado el arroyo hasta ella.
Mierda. Mierda. Mierda, pensaba temblando con las manos apretando su arma. ¿Y ahora qué hacía? Lanzó una piedra hacia un lado. Desviando la dirección del hombre y saltó sobre él como lo había hecho sobre el primero, confiando en que los otros se habían agrupado alrededor del campamento. Esta vez un puño le golpeó en la frente, y el sectario se echó hacia atrás estampándola contra un árbol. Pero no cedió un ápice, siguió apretando hasta que se desplomó sobre la tierra empapada.
Dios, me duele todo, pensó jadeando y apretándose la herida del costado que creía que volvía a sangrar. Pero no podía pararse ni pensar a la desesperada.
Dio con un plan más rápido de lo que esperaba, cuando miró hacia el árbol en el que acababa de dejar tatuada su espalda. Un pino.
-Resina de pino- dijo para sí.
Necesitaba atraer la atención de los hombres restantes, y apartarlos de Jade a la vez. Tomó la linterna del hombre y se escurrió entre las sombras. Debía prenderle fuego a la cabaña y la resina de pino era inflamable. Sacó las tijeras de Jade y las clavó en la corteza con fuerza un par de veces, intentando agrandar el mismo punto. Cuando comenzaron a escurrirse las gruesas gotas untó con ellas una cuantas flechas de bambú. Cortó también un par de vendas, hizo lo mismo con las tiras y las ató a las astas. Después se acercó a la lumbre de delante del puente, no lo suficiente para que la vieran con claridad pero sí como para camuflar la luz del mechero de gas que había descubierto en la mochila. Enganchó el encendedor alrededor del cuerpo del arco para que prendiera las flechas al colocarlas en él. Funcionaba.
Las tres flechas entraron por la ventana abierta de la cabaña, porque la madera del exterior estaba demasiado mojada. Eso también le sirvió para que el fuego se propagara lo suficiente en el interior antes de alertar a los hombres que se acercaron a ella encolerizados y se alejaron de Jade. No cantó victoria todavía. Se metió en el arroyo para cruzarlo, confiando en que su fluir impidiera que la escucharan. Vio a los dos hombres que quedaban intentar apagar el fuego como fuera. La verdad era que no había pensado en si aquello podría llamar la atención de más gente, pero por ahora solo tenía que lidiar con esos.
-¡Vega!- gritó Jade en un susurro cuando la vio, y sus ojos reflejaron alegría a pesar de sus esfuerzos por disimularlo.
-¡Shhh!- chistó Tori sacando de nuevo las tijeras para soltarle las manos.
-¡Eto chto mal'chishka luk!
Levantó la vista, antes de conseguir liberar a la chica, para ver a los amenazantes tipos correr hacia ella. Uno se llevaba una mano a la espalda y estaba segura de que volvería a aparecer con un arma agarrada. No pensó. Se llevó la mano a la cintura, cogió la pistola de Foster y disparó dos veces, acertando una, en el pecho. Cuando fue a por el siguiente esté le estampó una mano en la cara, tirándola al suelo con violencia, haciendo que se le callera el arma. Jade, atada aún, se lanzó contra el hombre, como lo había hecho en el poblado, y Tori agarró lo primero que vio y le atizó en la cabeza. La punta afilada del pico de escalada le penetró la sien, lanzando al aire trocitos de carne, gotas de sangre y algún fragmento de hueso cuando salió de la herida.
Cayó de rodillas. Exhausta, asustada, con una arritmia importante y no estando muy segura de si iba a vomitar. Jade apareció delante de ella, como en el poblado, pero esta vez se le lanzó encima, besándola con fuerza. Casi desesperada, y los pensamientos llenos de remordimientos de Tori pasaron rápidamente a un segundo plano. La abrazó, agarrándose a ella como a un salvavidas y se dejó llevar por sus labios. Cuando se separaron Jade se apretó contra su cuerpo, apoyando la cabeza en su pecho, ya que sus propias manos estaban inútiles.
-¿Vas a desatarme de una maldita vez?- rompió el encanto con su tono ácido.
-Sí- respondió azorada haciendo lo que le pedía.
-¡Eres idiota, Vega!
Tori abrió mucho los ojos. ¿Qué había hecho ahora? A parte de salvarle la vida, claro.
-¿Qué…?- comenzó, pero los labios de Jade la callaron de nuevo.
-¿Qué demonios haces aquí?- le espetó inmediatamente después de volver a alejarse.
-Uhm…- gruñó sin saber que decir, confusa por los mensajes contradictorios de la chica, y dividida entre su mente, que le recordaba que Jade sólo estaba usándola, y su corazón, que clamaba porque dejara de hablar y siguiera besándola-. ¿Salvarte?
Jade la empujó al suelo con rabia y se puso en pie. Tori, por supuesto, no entendía nada, primero le gritaba para besarla y cuando le decía que había acudido en su ayuda se enfadaba con ella. ¿Quién coño entendía a Jade West y cómo lo había hecho tan bien Beck todo ese tiempo? Bueno, no lo había hecho tan bien, por eso habían roto.
Suspiró.
-Sólo tú puedes ser tan tonta para arriesgar tu vida así por una sola persona. ¡Venga, levántate! Tenemos que alejarnos antes de que aparezca algún otro imbécil de esos.
Tori se mordió el labio mientras se ponía en pie para seguirla, creyó haber detectado un cierto matiz de agradecimiento en esas palabras y, al fin y al cabo, por eso la había besado. Era un beso como retribución por haberle salvado la vida, o tal vez por gratitud. Pero a su estúpido corazón enamorado le bastaba. Y su cabeza le decía que, si se empeñaba en ser idiota, al menos podía disfrutarlo mientras durara.
¿Quién entiendo a Jade?
Siguiendo mi línea, como ya he anticipado ahora le toca a Tori luchar contra el mundo por un tiempo e intentar lidiar con Jade y con ese instinto suicida que la mueve cuando se trata de la chica que hace poco más que atormentarla.
Muchas gracias por el apoyo incluso si estoy en "busca y captura".
ZR
