A la mañana siguiente, Eugene y Rapunzel fueron a la ciudad. El bandido no dejaba de darle vueltas a lo sucedido durante la noche anterior y se ponía rojo cada vez que recordaba el haber dormido junto a su amiga y, sobre todo, cuando su miembro había reaccionado tan intensamente ante su cercanía. Eugene nunca se había sentido avergonzado porque su cuerpo reaccionase así ante una mujer, de hecho, le enorgullecía mostrarse tan receptivo durante aquellas noches de pasión (noches que, desde que conocía a Rapunzel, no habían vuelto a repetirse ni las echaba de menos); pero cuando pensaba en la joven rubia, notaba una sensación similar a una desagradable patada en el estómago y se insultaba a sí mismo por semejante comportamiento.
¡Es mi amiga!, ¿cómo he podido hacer eso?, se decía mentalmente el chico, ¡Joder, soy un imbécil, un insensible y un depravado! ¡Maldita sea!
Mientras el ladrón continuaba regañándose ante la incrédula mirada de Maximus, Rapunzel observaba los escaparates, que exponían de los más variados artículos. La muchacha intentaba concentrarse en buscar cosas nuevas en los escaparates, pero no lograba olvidar la noche que había pasado con Eugene. En su cabeza se sucedía la imagen del rostro de su amigo, cuyos ojos castaños resplandecían bajo la luz de la luna; pero les sobrepasaba la sonrisa dulce y sincera que esbozaba. También recordó sus reconfortantes y cálidos brazos, que le habían dado consuelo durante la espantosa tormenta; de hecho, en cuanto ella había reparado en que el chico se había acostado a su lado para tranquilizarle, su corazón se desbocó a mil por hora. Salvo por el incidente con aquel extraño bulto, la velada había sido maravillosa. Un lametón en la mano por parte de Fisgón hizo que Rapunzel regresase al mundo real, y observó su reflejo en el cristal de la tienda en la que se acababa de detener: sus mejillas se habían encendido al máximo.
Los dos jóvenes ignoraban la lucha de sentimientos por la que estaba pasando el otro, razón por la cual no se dieron cuenta de que dos enormes sombras les vigilaban desde una esquina, esperando el momento adecuado para atacar.
-Espera a que te dé la señal, Carl.-dijo Jack.
El aludido apuntó con su ballesta hacia la espalda de Eugene, contrayendo la pupila con un odio infinito. En cuanto su objetivo estuvo donde querían, Jack sonrió maliciosamente.
-¡Ya!-susurró.
La flecha de Carl salió disparada hacia el bandido. Rapunzel, que se había girado para proponerle a su compañero ir a otro sitio, en seguida se fijó en el letal proyectil.
-¡Eugene, cuidado!-Rapunzel empujó al joven hacia con todas sus fuerzas y ambos cayeron al suelo.
La fecha se clavó en un poste de madera cercano. Por suerte, en aquel instante no había gente por esa callejuela, que ya de por sí no era tan transitada como las demás durante las mañanas, y no hubo ningún herido ajeno.
-¿Te encuentras bien, Rapunzel?-preguntó Eugene, preocupado, al ver que ella mantenía la cara enterrada en su pecho.
Entonces, Rapunzel levantó la vista y reparó en que su amigo no había sufrido ningún daño. Ajena al peligro que corrían, se abrazó al cuello del joven, dejando escapar una exhalación de alegría y alivio, agradeciéndole al Cielo que Eugene no hubiera resultado herido. El ladrón se mantuvo inmóvil durante un par de segundos; no se esperaba aquel gesto, pero el alivio porque la chica estuviera sana y salva, y el agradecimiento porque ésta le hubiese salvado la vida, hicieron que el chico le devolviese el abrazo con aún más fuerza.
-Oh, Eugene. Me alegro tanto de que estés bien.-sollozó Rapunzel contra el hombro del joven.
-Y yo de que tú también lo estés-con esa contestación, ella se pegó aún más al chico, sintiendo los fuertes latidos de su corazón.
Por su parte, los Stabbington resoplaban furiosos ante su fracaso.
-¡Maldición!-espetó Jack-No hay más remedio, los mataremos a los dos de frente.
Dicho esto, los malvados empuñaron sus espadas y se lanzaron hacia la pareja, que no tardaron en reparar en ellos.
-¡Oh, no! ¡Rapunzel, corre!-dijo Eugene a la vez que levantaba a su amiga y la empujaba por los hombros hacia Maximus, que también había visto la agresión, al igual que Fisgón.
Subieron al lomo del corcel justo cuando las afiladas armas de los hermanos ladrones caían sobre ellos, salvándose por los pelos; Fisgón les siguió a poca distancia.
-¡No escaparéis! ¡Estáis muertos!-gritó Carl, cargando su arco de nuevo.
El pelirrojo tuerto apuntó a la cabeza de Eugene, pero falló porque Max giró a tiempo y la fecha chocó contra una pared, rompiéndose por la mitad.
Eugene y Rapunzel huyeron tan deprisa como pudieron con el fin de alejarse cuanto antes de aquellos terribles criminales, pero su alivio duró poco. Al pasar por delante de una taberna, el capitán de la guardia, que se encontraba en ese momento en una de las mesas exteriores tomando una cerveza, les vio. El militar bigotudo no lo dudó un instante y de un salto montó sobre su caballo y fue en pos de los fugitivos.
-¡Alto en nombre de la ley!-les ordenó.
Al escuchar la amenazadora voz de aquel hombre, Maximus aceleró el paso, ganando un poco más de terreno. De repente, Rapunzel se fijó en que iban directos hacia un enorme letrero colgante de metal sobre la entrada de una tienda de sartenes.
-¡Cuidado, Eugene, agáchate!-le advirtió a su amigo al tiempo en que se agachaba sobre el cuello de Max.
-¿Qué…?-el chico no pudo terminar la pregunta porque se dio de lleno con el letrero en toda la cabeza.
Ya inconsciente, el bandido perdió el equilibrio y se habría caído de no ser porque Rapunzel le agarró por la camisa y le colocó de nuevo sobre la silla, cargándolo sobre su espalda para que no se tambalease. El capitán disparaba flechas constantemente, tratando de derribarlos, pero Maximus siempre se apartaba en el momento oportuno.
Después de un buen rato de persecución, al pasar por una calle que se dividía al fondo en dos direcciones, Fisgón repararó en que el alto cargo había colocado la ballesta de modo que cuando Max girase, acertara a Rapunzel. Entonces, el cachorro se paró en seco y se puso a ladrarle al caballo del capitán, obligándolo a detenerse, y luego avanzó hacia éste con amago de morderle. El animal relinchó asustado y se encabritó, provocando que su jinete se cayese de espaldas al suelo. Rapunzel, que había detenido a Max para ver por qué el lobezno no les seguía, le sonrió en agradecimiento y reanudó la marcha tan pronto como Fisgón volvió a su lado, con la cola levantada en señal de orgullo.
-Bien hecho, chico. ¿Quién es mi héroe?
En seguida Maximus notó un olor familiar y cabalgó hacia el lugar de donde procedía: Una vieja casa con patio trasero situada a las afueras de la ciudad, a pocos metros de la entrada del bosque. Rapunzel miró confusa al caballo, ¿por qué los había llevado hasta allí? ¿Acaso era un refugio abandonado, donde Eugene y él pasaban las noches, o tal vez donde el muchacho guardaba los objetos robados? Entonces, Eugene abrió los ojos y balbuceó, medio aturdido.
-¿Qué… Qué ha ocurrido? ¿Dónde estamos?-preguntó el bandido al tiempo que se llevaba la mano a la zona lastimada y se erguía sobre la montura.
-Te diste un golpe en la cabeza con un letrero. -respondió la rubia, contenta al ver que su amigo ya se había despertado.
-Oh, ahora lo recuerdo-el joven se rascó la nuca, avergonzado por el despiste de hacía unos minutos.- ¿Y el capitán de la guardia?
-Fisgón derribó al capitán asustando a su caballo- mientras Rapunzel decía esto, el ladrón miró con sorpresa al aludido-Y después Maximus nos trajo hasta aquí.
Eugene se fijó en la vivienda que señalaba su compañera y sonrió con ironía a Maximus.
-Era de esperar-dijo el chico para sí mismo en voz alta.-Éste es el orfanato donde me crié.
Rapunzel abrió los ojos de par en par al escuchar aquello. ¡Ese era el antiguo hogar de Eugene, el lugar donde había pasado su infancia y su adolescencia! El muchacho descendió del caballo y ayudó a la chica a bajar agarrándola delicadamente por la cintura. Durante ese instante, ambos sintieron cómo el corazón les rebotaba de alegría en el pecho, disfrutando cada segundo del tacto del otro.
Cuando Rapunzel ya estaba en el suelo, Eugene no se dio cuenta de que no la había soltado y tanto él como la joven se quedaron mirándose a los ojos. Una vez más, no sintieron la tierra bajo sus pies; era como flotar en el aire, no había nada a su alrededor, sólo ellos dos. La voz del día anterior se hizo oír de nuevo en sus respectivas mentes: Bésale; bésale…
Sin saberlo, la pareja se sonrió tiernamente y justo cuando comenzaban a impulsar sus labios hacia los del otro, una voz les interrumpió.
-Si queréis traigo a una orquesta para que toque música de ambiente.
Los aludidos se giraron hacia el que les había estropeado el mágico momento: Un adolescente de unos dieciséis años, de cabello castaño claro y ojos negros; sus ropas estaban algo harapientas aunque notablemente limpias; y calzaba unas alpargatas un poco viejas, pero en buen estado.
-Tan oportuno como siempre, Mike-le dijo Eugene con sarcasmo al recién llegado.
-Ya lo sé, me lo dicen a menudo.-contestó éste mientras se acercaba, divertido- ¿Quién es tu amiga?
Rapunzel se algo tímida tras deducir que el muchacho debía de ser uno de los huérfanos de los que su amigo le había hablado, y también uno de sus hermanos pequeños.
-Rapunzel, éste es mi hermano Mike; Mike, ella es mi amiga Rapunzel.- Eugene presentó a cada uno.
-Así que tú eres Rapunzel, es un placer conocerte- Mike le tomó la mano a la joven y se la besó con cortesía-Eugene no deja de contar maravillas sobre ti.
-¡Cállate!-contestó el delincuente, completamente ruborizado.
Rapunzel rió levemente, intentando ocultar sus mejillas encendidas con los cabellos. Después de las presentaciones, siguieron a Mike hasta el vestíbulo de la casa. Nada más dar poco más de cuatro pasos, un grupo de niños se abalanzó sobre Eugene para abrazarle y subirse sobre su espalda y sus hombros.
-¡Hermanito!-dijo una niña pequeña, loca de contenta y rodeándole el cuello con sus manitas.
-Has vuelto, Eugene-comentó otro niño un poco más mayor, colgándose del brazo del chico.
-Te echábamos de menos-contestó una chica que debía de rondar los trece años, abrazándolo.
-Y yo a vosotgloglgl…-respondió Eugene, con la garganta estrujada por los abrazos de sus hermanos.
Rapunzel ahogó una risa y se quedó mirando la escena, sonriente y con ojos tiernos. Un tirón de su vestido la obligó a mirar hacia abajo, donde un niño de poco más de tres años la observaba con curiosidad.
-Hola, señorita-la saludó-¿Cómo te llamas?
-Rapunzel-contestó ella a la vez que se agachaba a la altura del pequeño-¿Y tú?
-Herman. Eugene nos habló de ti.
-Encantada, Herman.
La muchacha le tendió la mano al niño, que la recibió con alegría.
-¿Eres la novia de Eugene?
La inocente pregunta de Herman provocó que los carrillos de Rapunzel se pusieran rojos otra vez.
-Eh… No, soy su amiga-dijo mientras se tapaba la piel colorada con el pelo.
-Mi hermano decía la verdad, eres muy bonita.
-Gracias, Herman-Rapunzel le dio un beso en la mejilla al pequeño, que se ruborizó por completo.
En ese momento apareció una mujer que rondaba los cuarenta años con una melena de color castaño claro, salpicada por unas cuantas canas, que le llegaba hasta la mitad de los omóplatos.
-¿Eugene, eres tú?-la recién llegada abrió los ojos de par en par al fijarse en el joven rodeado por los niños.
-Hola, mamá.-respondió Eugene esbozando una sonrisa.
La mujer corrió a abrazar a su hijo mayor, feliz por verle sano y salvo después de varios días, ya que ella se había encontrado haciendo recados cuando Eugene traía comida o dinero al orfanato. El bandido le devolvió el gesto y rodeó a su madre con los brazos para estrecharla contra él aún más; la había echado mucho de menos.
Rapunzel miró la escena, conmovida. Cuando Eugene y su madre se separaron, ella reparó en la chica de melena larga.
-Hola-le preguntó la señora con ojos gentiles mientras se acercaba-Tú debes de ser Rapunzel.
La aludida no supo qué responder, debido a lo sorprendida que se había quedado al averiguar que en aquel orfanato, al parecer, todos sabían de ella.
-Hola... Eh… Sí, yo soy Rapunzel. Encantada de conocerla.
-Yo soy la que está encantada de conocerte por fin, Eugene nos ha hablado mucho de ti. Me alegra que hayas venido, mi hijo nunca ha traído a ningún amigo a casa, y menos a una chica.
Mientras la comadrona hablaba, Eugene desvió la mirada hacia el suelo, y Rapunzel abrió los ojos con perplejidad. Cuando se fijó en su amigo, reparó en que estaba cabizbajo y que se había puesto colorado.
-¿Habéis venido a cenar con nosotros?-quiso saber Esperanza.
-Bueno, el motivo por el que hemos acabado aquí es una larga… y complicada historia. Ya te lo explicaré después-contestó el ladrón con una sonrisa desganada.
En ese momento, la pequeña Emile se fijó en Fisgón y se acercó a acariciarlo.
-¡Eugene nos ha traído un perrito!-dijo mientras el lobezno le lamía la cara.
Los huerfanitos ahogaron una exclamación de euforia y rodearon al cachorro, deseosos de acariciarlo y de jugar con él. Por su parte, Fisgón se sentía como pez en el agua con aquellos niños encantadores y tan revoltosos como él.
Esperanza invitó a la pareja a comer y los niños saltaron locos de contentos cuando éstos accedieron. Eugene metió a Maximus en el establo y lo desensilló, mientras que Rapunzel ayudaba a poner la mesa, y después el bandido y la rubia le echaran una mano a Esperanza en la cocina, sirvieron la comida.
Los niños se sentaron alrededor de la mesa con la boca haciéndoseles agua al contemplar una humeante pota, que desprendía un delicioso olor a verduras. Rapunzel, Eugene y Esperanza llenaron los cuencos y bendijeron la mesa, y entonces comenzaron a comer.
-John, mastica bien antes tragar-le dijo la comadrona a uno de los más pequeños-Y tú, Amanda, deja de tirarle bolitas de miga de pan a tu hermano.
-Me ha llamado "atontada"-se defendió la adolescente.
-Pero si no he dicho nada.
-Lo dijiste articulando los labios, ¡te he visto!
-¡Zopenca!
-¡Estúpido!
Su madre se llevó las manos a la cabeza y Rapunzel dedujo que, aunque no sería la primera vez que le fastidiase que los niños se pelearan, la exhalación extenuada de la mujer no era precisamente por eso, sino por algo mucho más grave.
-¡Chicos!-esta vez fue Eugene el que levantó la voz-Mamá está muy agotada y no está para escuchar peleas tontas.
-Pero…-contestaron los dos aludidos a la vez.
-A comer y a callar.
Los muchachos suspiraron frustrados y se concentraron de nuevo en su plato. Esperanza miró agradecida a su hijo mayor, a lo que éste respondió con una sonrisa.
La comida concluyó sin ningún otro incidente y los huérfanos ayudaron a los adultos a recoger y a limpiar. Una vez que los primeros se habían ido a jugar, la comadrona soltó un sonoro suspiro y se dejó caer sobre una silla.
-¿Te encuentras bien, madre?-quiso saber Eugene, posando su mano sobre el hombro de su madre.
-Sí, hijo, no te preocupes.
El bandido y su amiga se miraron; ambos sabían que aquello no tenía ninguna pinta de ser cierto.
-¿Es por Walter, verdad?
La pregunta del chico sobresaltó en principio a Esperanza; por mucho que tratase de ocultar su desdicha, su hijo solía adivinar lo que ocurría.
-Así es-dijo al fin-Le pagué la semana pasada con el dinero del sueldo que gané en la panadería de Hernán, y también con el que tú nos trajiste el otro día, pero Walter dijo que aquello apenas cubría algunas deudas y que, si no le entrego todo lo que falta en cuatro días, perderemos el orfanato.
La noticia impactó a Eugene como una bala de cañón al rojo vivo: ¡Iban a perder su hogar, por el que tanto habían luchado, por culpa de la avaricia de aquel apático banquero! A Rapunzel se le encogió también el corazón, no lograba imaginar a Esperanza y a los niños en la calle, hambrientos y muertos de frío, ni tampoco cómo alguien podía sobreponer el dinero a las personas. La comadrona se echó a sollozar y la pareja se acercó a consolarla.
-Tranquila, mamá.-dijo el ladrón mientras besaba la cabeza de la mujer-Saldremos de esta, te lo prometo.
-Eso mismo, Esperanza-añadió Rapunzel-No llores más, seguro que pronto se nos ocurrirá algo.
En ese instante, alguien llamó a la puerta.
-¿Quién es?-contestó Eugene mientras se aproximaba para abrir.
En el umbral de la entrada apareció un hombre medio calvo, de constitución enclenque y de mirada frívola. Detrás de él se encontraban dos tipos de aspecto forzudo y con unos ojos que recordaban a los de una fiera al acecho. Cualquiera diría que eran casi idénticos a los Stabbington, sólo que no eran pelirrojos y ninguno de ellos era mudo o tuerto.
-Buenas tardes, Eugene-le saludó el Sr. Walter con una falsa sonrisa.
-Lo eran hasta que has llegado-contestó secamente el joven.
Uno de los guardaespaldas de Walter se adelantó y, sin previo aviso, agarró a Eugene por el cuello de la camisa con intención de pegarle.
-Cálmate, Tim; no es más que un crío-dio el banquero, haciéndole una seña al hombretón para que soltase al joven.
El enorme tipo soltó a Eugene sin delicadeza alguna y siguió a su jefe y a su compañero hasta el interior del orfanato.
-¿Cómo te encuentras hoy, Esperanza?-le preguntó Walter a la matrona con arrogancia mientras se sentaba en la mesa.
-Me encuentro de maravilla-respondió la mujer, notablemente molesta-¿Qué quieres de mí? Ya te pagué ayer lo que debía de este mes.
-Pero no lo que me debes de los dos meses anteriores, y ya son ochocientas monedas.
-Tengo unos cuantos ahorros, si me das una semana más…
-¡Ni en sueños!-el semblante del banquero cambió de diversión a furia-Te he dado tiempo más que suficiente y ya estoy harto, de ti y de tus asquerosos niños.
George dio un paso hacia el banquero, decidido a darle una lección, pero su gemelo le detuvo y le pidió con la mirada que se tranquilizara.
-¿Y cómo quieres que te entregue ochocientas monedas en sólo tres semanas?-preguntó la matrona a Walter, indignada.
-Ese es tu problema, no el mío. Dentro de esos próximos días quiero ver mi dinero sobre esta misma mesa, o sino…
Tim se golpeó la palma con el puño, a la vez que sonreía con malicia.
-Canalla-masculló Amanda.
-Eres malo-dijo Emily al banquero en voz alta.
-¿Qué dices, mocosa?-le preguntó el aludido.
-Que eres malo.
-¿Cómo osas hablarme así, niña? Bob, dale una buena lección.
El segundo guardaespaldas avanzó hacia a pequeña como una bestia que pretende dar caza a un cervatillo indefenso, pero cuando el hombretón iba a golpear a Emily, una firme mano lo detuvo.
-Tócale un solo pelo a mi hermana y estás muerto-le advirtió Eugene con un tono amenazante y los ojos brillando de rabia.
-Vaya, vaya. Parece que tenemos a un valiente aquí-comentó Walter antes de asentir a su guardaespaldas.
Bob captó la indirecta y le dio un potente puñetazo al joven, que cayó a un metro de distancia.
-¡Eugene!-gritaron Rapunzel y Esperanza al mismo tiempo.
Las dos corrieron a socorrer al herido mientras que Walter y sus guardaespaldas se carcajeaban cruelmente. Pero al poco tiempo se detuvieron las risas, porque Emily y Herman le habían propinado una patada al tobillo de Bob.
-¡Aaayy, mi pie!
Los niños le echaron la lengua al matón en señal de desprecio.
-Os voy a…
-¡No toques a mis hijos!-Esperanza se levantó con la intención de proteger a sus pequeños.
-No te metas, vieja- contestó Bob, dándole a la matrona un empujón sin contemplaciones, haciendo que cayera fatalmente al suelo.
-¡Mamá!-Eugene y los niños fueron hasta su madre, preocupados por su estado.
Bob estaba a punto de reírse de nuevo cuando algo duro le golpeó en la cabeza, lo que le dejó inconsciente. Walter y Tim observaron perplejos al caído y después a su agresor: Rapunzel.
-Ya está bien-les dijo la chica, enojada-¿Es que no tenéis respeto por nadie?
-Esto no quedará así-sentenció el banquero antes de girarse hacia su caballo.
Tim agarró a su compañero desmayado y lo cargó en sus hombros, para después tumbarlo sobre el lomo de su respectiva montura. Antes de montar, Walter lanzó una mirada gélida al grupo.
-Que te quede bien claro, Esperanza, si en una semana no me entregas el dinero, haré que tú y esos sacos de piojos os marchéis aquí; y me aseguraré de que no os den cobijo ni en el peor cuchitril de la ciudad-entonces desvió sus ojos de rata hacia Eugene y Rapunzel-En cuanto a ti, Eugene, más te valdría mantenerte alejado de los asuntos de los mayores, y también deberías controlar a tu "amiguita", creo que no la has calmado lo suficiente anoche.
Eugene estuvo a punto de abalanzarse sobre aquel miserable cuando Rapunzel lo detuvo.
-No merece la pena, Eugene.
-¡No pienso permitir que nadie te insulte, y menos este bastardo!
-No, Eugene-la joven le cogió la mejilla para la mirase-Por favor, no tiene importancia lo que piense de mí, no quiero que te hagan daño.
El bandido entonces se tranquilizó y ambos observaron cómo Walter y sus matones espoleaban a sus caballos para emprender la marcha, pero de repente Fisgón les rodeó, ladrándoles con rabia.
-¡Fuera, chucho apestoso!-gritó Walter al ver que su caballo se ponía cada vez más nervioso-¡Quitádmelo de encima!
Eugene, Rapunzel y los niños se reían a carcajada limpia, viendo cómo los animales se encabritaban cada vez que el lobezno se les acercaba y les gruñía, mostrándoles sus afilados colmillos. Finalmente, se fijaron en cómo Maximus salía trotando del establo y mordía al caballo del Walter en la grupa, haciendo que éste relinchase de dolor y espanto, y saliera desbocado hacia la ciudad.
-¡Espérenos, jefe! ¡Vuelva!-gritaba Tim mientras salía al galope tras el banquero, seguido por el caballo del aún inconsciente Bob.
En cuanto los malvados desparecieron, Max y Fisgón volvieron con el pecho hinchado de orgullo.
-Buen trabajo, chicos-felicitaron a los animales al tiempo que los acariciaban.
Esa noche, poco después de que los más pequeños fueran a dormir; Rapunzel, Eugene, Esperanza, Mike y Amanda se fueron al salón para hablar sobre la deuda con el banquero.
-¿Cómo vamos a conseguir tanto dinero en sólo tres semanas?-se debatía la pobre matrona.
-Tiene que haber una solución-decía Mike, sin llegar a concluir alguna que le pareciera lo bastante recomendable.
-Yo podría…-Eugene iba a contar lo del robo de la corona, por cuya venta podrían librarse de todos sus males, pero Esperanza le detuvo.
-No, Eugene, no quiero que robes más.
-Pero…
-Mamá tiene razón, hermano-añadió Amanda-No puedes seguir haciendo eso, si sigues así podrías acabar muy mal.
-Dudo que peor que cuando estaba ayudando a los Stabbington.
-Podrías ir a la horca…-comentó Mike.
-¿Y qué sugieres que hagamos? ¿Quedarnos de brazos cruzados mientras...?
-Por favor, dejad de discutir-les pidió Rapunzel-¿No veis que vuestra madre ya está lo bastante disgustada?
Los tres hermanos callaron, la rubia estaba en lo cierto; además, así no iban arreglar nada. Por su parte, Esperanza se encontraba sentada en el sofá que había frente a la chimenea, con el rostro tapado con las palmas.
-¿Qué vamos a hacer? ¿Qué vamos a hacer?-repetía la mujer, con la voz ahogada por los sollozos.
Al final, Esperanza rompió a llorar, aunque de la manera menos audible posible, pues no quería despertar a los pequeños. Los demás presentes, conmovidos tanto por el llanto de la matrona como por el hecho de que comprendían (de un modo u otro) su situación, se aproximaron a ella y le dieron entre todos un fuerte abrazo.
Cuando Mike y Amanda también fueron a la cama, Eugene se llevó la mano al mentón lastimado, donde le había golpeado Bob.
-¿Te duele mucho?-le preguntó Rapunzel, preocupada.
-Tranquila, estoy bien.
-Déjame ver.
La joven estudió con delicadeza la herida y luego, ante el asombro de Esperanza, posó sobre ella un mechón de su cabello.
-Rapunzel, no...-Eugene trató de impedirlo, pero era demasiado tarde.
-Brilla, linda flor
Dame tu poder
Vuelve el tiempo atrás
Torna lo que ya fue...
La melena de la muchacha brilló como el sol y su poder mágico no tardó en alcanzar el mentón de Eugene, sanando su herida. Cuando terminó, Esperanza no daba crédito de lo que veía.
-Co... Cómo es posible...-decía la mujer, con el rostro pálido como la nieve.
-¡No entre en pánico!-le dijo Rapunzel.
-Será mejor que te pongas cómoda, mamá-contestó Eugene con una sonrisa divertida.
Rapunzel le contó a su anfitriona acerca de su cabello mágico y sobre por qué nunca se lo había cortado. También le habló de su madre y de su vida aislada de todo el mundo. Fue entonces cuando Esperanza intervino:
-¿Dónde vivís tu madre y tú?
-En el bosque, en una torre-la chica trataba de responder sin que su contestación sonase rara, aunque en el fondo sabía que lo hacía en vano.
La comadrona la miró con los ojos abiertos de sorpresa.
-¿En una torre?
-Sí, mi madre me ha mantenido aislada del resto del mundo porque piensa que así estaré a salvo.
-¿A salvo de qué?-Esperanza se mostraba cada vez más consternada.
-De los peligros que hay en él-Eugene decidió intervenir en la conversación para ayudar a su amiga-Delincuentes; animales salvajes; plantas venenosas, los hombres en general…
-Pero eso no es motivo para encerrar a nadie en una torre más solo que la una, y menos a una hija.
-Bueno, no siempre he estado sola, mi madre suele estar en casa todos los días y únicamente se ausenta para ir a por provisiones o para hacer algún recado; y también tengo a Pascal, él nunca se ha ido de mi lado y me ayuda con las tareas todo lo que puede.
El camaleón sonrió e hinchó el pecho de orgullo.
-Pero, aún así, todos tenemos que convivir con los problemas de la vida y, poco a poco, aprendemos a superarlos. Sin embargo, si los rehúyes siempre, estarás indefensa ante ellos porque entonces no sabrás cómo combatirlos-Rapunzel escuchaba con atención las palabras de la mujer, tan sabias que le hicieron pensar en aquellas hadas madrinas de los cuentos-La responsabilidad de una madre es, además de amar y proteger a sus hijos por encima de todo, ayudarles a superar los obstáculos que se encuentren en la vida, y animarles en los momentos de fracaso para que sigan adelante.
La aludida, entre sorprendida y respetuosa, asintió. Las palabras de Esperanza tenían mucho sentido, y le quedarían grabadas en la memoria para siempre. Por su parte, Eugene se limitó a observar la reacción de su amiga ante la lección de su madre, y entonces supo que, desde ese instante, ella reflexionaría más seriamente sobre la manera tan exagerada que tenía su madre de protegerla.
Cuando la muchacha le pidió a Eugene que la llevase a casa, Esperanza la detuvo con una sonrisa maternal en el rostro.
-Espera.
-¿Sí?
-Verás-comenzó a decir, algo insegura por la posible respuesta de la chica a su siguiente sugerencia-Ya es muy tarde, y a estas horas hay bandidos merodeando por los caminos. ¿Por qué no te quedas a dormir esta noche?
La joven, agradecida, aceptó sin reparos. La habitación que le proporcionaron era muy acogedora, y la rubia no tardó en sentirse como en casa.
A la mañana siguiente, Rapunzel decidió pasar el día en el orfanato. Esperanza y los niños le cayeron muy bien, y deseaba conocerlos mejor y disfrutar de su compañía. Ayudó a Espereanza con las tareas y pasó mucho tiempo con los niños, jugando con ellos y contándoles historias. Cuando cayó la noche, Rapunzel les cantó a los más pequeños la canción que había oído toda su vida:
-Brilla, linda flor
Dame tu poder
Vuelve el tiempo atrás
Torna lo que ya fue...
Los retoños se sorprendieron en cuanto vieron la melena de la rubia brillar, pero en lugar de asustarse -como hicieron los adultos-, se les iluminó la cara de felicidad.
-¿Eres un hada?
-¿También puedes volar?
-No, ¡es un ángel!
Rapunzel negó a los pequeños con una sonrisa, aclarándoles que ella ya había nacido así y que no sólo relucía, también tenía dones curativos. Poco después, los niños se quedaron profundamente dormidos, felices por tener a una chica mágica con ellos. Como ya era muy tarde, decidió quedarse otra noche más, y no tardó en acostarse también, al igual que Eugene y Esperanza. El cuarto del primero estaba al lado del de Rapunzel.
-Muchas gracias, rubita-le dijo situándose justo en frente de ella.
-¿Por qué?
-Por todo lo que has hecho hoy. Nunca he visto a los enanos tan contentos, y Esperanza te está enormemente agradecida por lo mucho que la has ayudado.
-No tiene importancia.
-Créeme, sí la tiene-Eugene, casi sin darse cuenta, posó su palma en la mejilla de Rapunzel y la empezó a acariciar con el pulgar-Nunca antes alguien había sido tan considerado con nosotros, ni se había preocupado tanto por lo que estamos pasando. Eres una persona maravillosa.
Justo antes de desaparecer cada uno en su cuarto, el bandido y la joven intercambiaron una tierna pero intensa mirada.
